CIENTIFICO LOCO BUSCA NOVELA, por Joan Antoni Fernàndez

Todavía recuerdo con cariño aquellas novelas “de a duro” donde siempre existía el personaje de un científico loco dispuesto a conquistar y/o destruir el mundo, no importa en qué orden (?). Por supuesto, el héroe de turno, guapo, cachas y un tanto lerdo, se encargaba de desbaratarle a hostias los planes. Todo muy científico.

Sin duda el desarrollo de la ciencia-ficción puede compararse con el crecimiento del propio ser humano. Primero, en la niñez del género, los relatos eran fantasiosos, predominaba la aventura y los monstruos malos. Seres verdes y viscosos asaltaban la Tierra desde el espacio exterior con la sana intención de sojuzgar, esclavizar y devorar a la raza humana, o al revés, un esforzado astronauta llegaba a otro planeta con el único interés de ayudar, liberar y proveer a los pobres alienígenas de turno, salvándoles de las garras de seres (¿cómo no?) verdes y viscosos.

Luego llegó la adolescencia y, como diría Freud, salió a relucir el deseo de negar la autoridad paterna (léase la Ciencia). Las historias de esos años se llenaron de científicos megalómanos cuya única meta en la vida consistía en fastidiar al género humano. Tal vez, al igual que le sucediera a Cantor, estos investigadores enloquecían al enfrentarse a la grandeza de sus propios descubrimientos. Lo cierto es que el público desconfiaba cada vez más de esos hombres de bata blanca que provocaban explosiones nucleares y aceleraban la sociedad a un ritmo vertiginoso. La radio, el teléfono, el cine, el automóvil, la televisión, el avión, la industrialización, la guerra atómica, la cibernética, la propaganda, hasta la Coca-Cola y las hamburguesas de los MacDonald’s. Ciertamente eran demasiadas cosas y todas ocurrían muy deprisa, sin tiempo para que el ciudadano medio pudiera asimilarlo. Había una sensación de pánico generalizado y la gente se preguntaba dónde acabaría aquella escalada sin fin.

Y claro, los malos eran los creadores, la gente que impulsaba la sociedad con un frenesí históricamente avasallador. Que el crecimiento fue descompasado es evidente, tan sólo hay que ver las tremendas desigualdades que existen hoy en día entre los países de bata blanca y los sin bata. Los americanos captaron la idea y, a golpe de talonario, se hicieron con las mentes más brillantes, acaparando sus descubrimientos. Tan sólo ese extraño híbrido que se llamó URSS, un socialismo industrial creado a la fuerza en un imperio sin industria, pareció durante cierto tiempo capaz de igualar al gigante del dólar, pero todo fue un espejismo y la socialización de la ciencia, igual que tantas otras socializaciones, se fue al garete. Una lágrima por la MIR y por lo que representó en su día, antes de ser hipotecada y alquilada para acabar convertida en fuegos de artificio. Huérfanos de alternativas, nos contentaremos con ver cómo las multinacionales pueblan nuestro cielo de satélites pay per view. Hasta en la reciente estación orbital internacional ya se admiten turistas (millonarios, desde luego). Reserven sus plazas.

Pero no nos desviemos del tema, hablábamos de los científicos locos en la ciencia-ficción. De repente, sin previo aviso, desaparecieron. ¿Qué había pasado? Nada más fácil: la mayoría de los escritores de ci-fi también eran científicos. ¡Ah caramba! Hay que ser muy masoquista para criticarse uno mismo, ¿no es cierto? Si alguien lo duda que pregunte a Gregory Bendford o a Greg Bear, incluso más cerca, a Miquel BarcelóJavier Redal o Eduardo Gallego. Seguro que ellos están hartos de semejante arquetipo. Y tienen razón, porque la ciencia-ficción ha acabado al fin su etapa de adolescencia.

Bueno, todavía estamos hablando de un género joven, no quiero ser mal interpretado. Pero ya ha alcanzado una juventud diría que serena, con cierto grado de madurez (aunque todavía hay mucho acné publicado, no nos engañemos) Ahora, por fin, los científicos no son los malos. Ya basta de matar al mensajero.

Tras una época en que el papel de malos era para las corporaciones (o mega-corporaciones, ciberpunk dixit), donde siempre existía algún informático o ingeniero de perversas intenciones, en la actualidad nos hallamos ante una disyuntiva. ¿Qué hacer con los científicos? Si bien es cierto que daban el pego como los pérfidos antagonistas del guaperas de turno, no parece que triunfen en el rol de protagonistas. A nadie se le escapa que existe mayor acción en la Guía Telefónica que en Cronopaisaje, para poner un ejemplo bien notorio. Entonces, ¿qué? De acuerdo en que debe existir una ciencia-ficción reflexiva, pero no olvidemos que buena parte del género se sustenta en la aventura. ¿Alguien se imagina a un científico de verdad corriendo locas peripecias y luchando a brazo partido contra un teorema casquivano? Reflexionemos sobre tan espinoso tema: ¿realidad o fantasía, tedio o aventura? Y mientras tratamos de hallar un difícil equilibrio entre la Ciencia y la Ficción, podemos leer el anuncio aparecido en la sección por palabras de un diario nacional: “Científico loco busca trabajo en novela de C.F. Ref. Desesperado.”

© 2003 Joan Antoni Fernández

Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive en Argentona y trabaja en una caja de ahorros. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un duro. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo entre otros. Ha publicado relatos y artículos en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en la web NGC. Que la mayoría de estas publicaciones hayan cerrado es una simple coincidencia… según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de antologías, aunque sean de Star Trek. Hasta la fecha ha publicado tres libros: “Reflejo en el agua”, “Policía Sideral” y “Vacío Imperfecto”. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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