LA LUZ DE LA GRAN VERDAD, por Luis Astolfi

El origen de “La luz de la gran verdad” fue el Concurso Espiral 2001, certamen anual de relatos de Ciencia Ficción convocado por la editorial Espiral, de Juan José Aroz.  El tema propuesto en aquella ocasión fue la Globalización y yo participé con el presente relato.

No gané (sé que nunca podré ganar, por muy bien que algún año me salga la historia; se trata de un certamen de Ciencia Ficción y yo, en realidad, no escribo Ciencia Ficción, como ya habrá comprobado cualquiera que me haya leído), si bien el relato fue uno de los destacados según el editor, y por lo tanto apareció en la antología del certamen publicada en abril de 2002.

En este relato, y por encima de la Globalización y sus efectos, trato asuntos que a mí, personalmente, me preocupan en grado sumo, cosas que de verdad importan, más allá de nuestras a veces banales preocupaciones cotidianas: el deterioro medioambiental, las adopciones ilegales, la prostitución, el tráfico de órganos… consecuencias de la explotación de la miseria a la que nos ha llevado esta dualidad egoísta y absoluta a la que parece abocada en su declive nuestra civilización. No obstante, pretende ser un cuento conciliador, esperanzador, que habla de la vida, de la búsqueda de su sentido en un camino que todos emprendemos y que parece que nunca vamos a concluir, esa Luz de la Gran Verdad que permanece bien escondida pero que, sin embargo, está ahí mismo, al alcance de nuestra mano.

También debo decir que este relato está incompleto. Las bases del concurso imponían un límite en cuanto a su extensión, por lo que necesariamente quedaron muchas cosas en el tintero, tantas que siempre lo he visto como el primer capítulo de algo mucho más extenso que tal vez un día concluya, en lo que pueda explayarme a gusto sobre todas esas cuestiones que en el relato apenas pude esbozar.

Y una anécdota: tiempo después de haber publicado el relato encontré en un libro una de las posibles interpretaciones de la palabra en sánscrito que acompaña al saludo tradicional hindú que se menciona varias veces en el mismo, y que yo desconocía en el momento de escribirlo y, por supuesto, antes siquiera de ponerle título: “Namasté: saludo a la luz que hay en ti”.

De modo que… “Namasté”, amigo lector.

Luis Astolfi

 

La luz de la gran verdad

 

Autor: Luis Astolfi

Ilustraciones: Juan Antonio Fernández Madrigal

Cuando el Mundo se creó, los dioses se reunieron porque no deseaban que el Hombre descubriera el Secreto de la Gran Felicidad, y quisieron encontrar el mejor lugar para esconderlo. Uno propuso ocultarlo en la profundidad del mar; otro, en la más alta montaña; otro, en el centro de la tierra; otro, en el cielo. Pero ningún lugar les convenció, pues pensaron que tarde o temprano el Hombre acabaría por encontrarlo. Finalmente otro dios, muy tranquilo, les dijo: “Esconderemos La Luz de la Gran Verdad dentro del Hombre mismo, donde nunca la hallará, ya que jamás pensará que él mismo la lleva dentro.” (Leyenda hindú)

“Me llamo Sukhwindara, y pertenezco a la casta superior de los Brahamanes”, nos informó, orgulloso, el guía hindú que había acudido al aeropuerto a recogernos, mientras se guardaba el cartel con mi apellido que había estado exhibiendo entre la maraña de gente que esperaba la llegada del avión. Tendría unos treinta años y era moreno, con bigote, no muy alto, extremadamente delgado y de piel apergaminada. Sonriendo, me tendió la mano. Después se volvió hacia Khalidah, mi mujer, con las palmas de las manos juntas sobre el pecho, como si estuviera rezando, y musitó “Namasté.”, su saludo tradicional, a la vez que inclinaba levemente la cabeza hacia delante. “Pero, por favor, me gustaría que me llamaran Sukhi.”

Guiados por Sukhi atravesamos la puerta de salida para encontrarnos con la mañana de Calcuta, que nos abofeteó con un soplo de aire caliente y nauseabundo. Apenas había amanecido, y ya el calor húmedo y bochornoso de la ciudad hacía insufrible la estancia fuera de un recinto sin aire acondicionado. El recorrido hasta nuestro coche no fue fácil, pues desde la salida tuvimos que nadar en un mar de cuerpos dormidos tirados por el suelo. Llamó mi atención una chica muy joven, casi una niña, vestida con un sari rojo y morado y que tenía en su regazo, protegiéndolo, a un niño muy pequeño. Cuando tuvimos que pasar por encima de ellos (ante la imposibilidad de rodearlos), ella se agitó un poco, lo que dejó al descubierto su zona lumbar revelándonos una monstruosa cicatriz rosada, de aspecto antiguo, que nacía en la cintura y se perdía hacia arriba entre los pliegues del sari. Nos miró un segundo con ojos de sueño, apretó a su hijo un poco más contra ella, y volvió a quedarse dormida.

Junto al coche nos esperaba el conductor, un corpulento y sonriente sikh que lucía una frondosa barba negra y un turbante azul celeste. Recogió en silencio nuestro pesado equipaje, lo depositó en el maletero con gran agilidad y delicadeza, y nos franqueó la entrada al microclima artificial del vehículo.

Durante el trayecto hacia el hotel observé a Khalidah, que sentada junto a mí observaba seria y taciturna el caótico tráfico de la megaciudad a través de las ventanillas de cristal ahumado. Apenas habíamos hablado durante el viaje, aunque eso no era nada extraordinario.

-¿Estás nerviosa? –le pregunté.

-¿Por qué? –me respondió volviendo rápidamente la cabeza hacia mí y clavando sus negros ojos en los míos, sin mover el cuerpo, como quien reacciona por instinto a una agresión-. ¿Es que te he molestado en algo?

-No, no, claro que no, sólo que… –me ponía a la defensiva, lo cual me molestaba hasta la exasperación-. Sólo que yo sí que lo estoy, y como no has abierto la boca en todo el viaje no sé cómo te sientes, ahora que por fin ya estamos aquí…
-¿Qué yo no he abierto la boca? –ahora sí que giró el cuerpo hacia mí-. ¿Yo? Y tú, ¿qué? Será que has hablado mucho desde que salimos de casa…

-No sé por qué tengo que ser yo siempre el que empiece la conversación. Pero vale, déjalo ya.

-¿Por qué lo tengo que dejar? ¿Por que tú lo digas? Siempre tiene que ser tuya la última palabra…

-¡Qué lo dejes ya te he dicho!

Realmente sigo sin comprender cómo pudimos ponernos de acuerdo para tomar la decisión que nos había traído hasta la India. Quizá fue que se tomó por sí misma, al ser la única opción que nos quedaba para intentar, por última vez, salvar nuestro matrimonio. Veinte años juntos y mil recuerdos hermosos se merecían ese último esfuerzo.

Llegados al hotel, Sukhi se encargó eficientemente de todo el papeleo de entrada. “Suban ahora, tomen una ducha y coman algo. Mientras yo les esperaré en el hall.”

Nos acompañó, llave en mano, un muchacho moreno y vestido totalmente de blanco, mientras veíamos a otro chico hacerse cargo de nuestras maletas. Al entrar en la habitación nos sorprendió sobre todo la gigantesca cama, suficientemente grande como para acoger a dos parejas que no quisieran encontrarse en toda la noche.

Nos sorprendió menos encontrar una delicada cuna de madera clara, totalmente preparada con sabanitas de color crema, al lado de la cama.

Una hora después nos reencontramos con Sukhwindara, que nos esperaba en el hall del hotel cómodamente sentado en un sillón dorado con tapizado rojo. Al vernos saltó de su asiento y se dirigió hacia nosotros sonriente y con las manos juntas sobre el pecho.

Suspiré y miré a Khalidah, que esbozó una sonrisa tensa, sin apenas mirarme.

De camino hacia nuestro destino pudimos contemplar miríadas de niños vagando desnudos por calles de tierra sin asfaltar, convertidas por las lluvias y la carencia de alcantarillado en lodazales inmundos, que nos miraban curiosos al pasar junto a los chamizos que pretendían ser su hogar. Me pregunté la razón por la que no se fabricaba una especie de camino de acceso, con maderas, o piedras, hasta la entrada de las casas para evitar la insana acumulación de barro y basuras que se formaba ante ellas. La respuesta llegó de Shukhi, como si leyera mi pensamiento: “En la India existen cuatro castas: los Brahamanes, que son sacerdotes y maestros, los Kshatriyas , administradores y defensores del poder, los Vaishyas, comerciantes y campesinos, y por último los Sudras, también llamados harijans o intocables.
Esos de ahí son de esta última clase, parias, inferiores a todos los demás. No trabajan más de lo necesario para conseguir su ración diaria de alimento. Si les sobra tiempo se dedican a descansar, como ése.” Donde indicaba su dedo vimos a un hombre tumbado en el suelo frente a su miserable vivienda, mientras un montón de niños correteaban, cubiertos de barro negruzco y maloliente, alrededor del que debía de ser su padre.

Pensé sobre todo en los niños, el bien más preciado, el más bello, el más caro. Niños abandonados a su suerte como algo sin importancia, sin valor, quizá porque en esta tierra se desconocía su escasez.

“No hay futuro. Ni para ellos ni para nosotros.”, pensé, mientras el coche se detenía frente a un edificio de poca altura y aspecto muy viejo.

En el interior nos recibió, viniendo a nuestro encuentro, una monja de raza negra, muy joven, muy alta y muy delgada, y con un rostro muy tenso y muy serio, vestida de blanco, surcado en la toca y en el hábito por tres líneas de color azul añil, una de ellas mucho más gruesa que las otras dos. A Khalidah y a mí nos tendió la mano a la usanza occidental, mientras que a Sukhi, que había descendido del coche con nosotros para acompañarnos, lo ignoró como si no estuviera presente.

-Sean bienvenidos al Centro de acogida eventual de huérfanos Santa Madre Teresa de Calcuta. Soy la hermana Nirmala, la directora. Si quieren acompañarme…

Se refería exclusivamente a nosotros dos, así que pedí a Sukhi que nos esperase allí y seguimos a la monja. Sin pronunciar palabra, nos llevó por una serie de estrechos pasillos iluminados solamente por un haz de luz amarillenta que caía de unos pequeños ventanucos que se abrían en el techo, hasta que desembocamos en una amplia estancia.

Era cuadrada, de unos diez por diez metros, y estaba bañada por luz natural que provenía de un patio que se extendía a la derecha, separado por una tupida celosía de hierro que recorría todo el lateral; a la izquierda, la parte superior de la pared estaba pintada de gris claro, mientras que la inferior estaba cubierta por azulejos color crema, sobre los cuales se había dibujado un diseño que formaba arcos con flores amarillas y marrones, que daban la sensación de ser lenguas de fuego. Tanto a derecha como a izquierda había cunas de hierro sobre el suelo de baldosas de piedra gris, tres hileras de diez a cada lado formando un pasillo central. Estaban pintadas de verde y cubiertas con sabanitas muy limpias a cuadros de color blanco, morado claro y morado oscuro. Dentro de las cunas había algún juguete: una pelota, un peluche, piezas de construcción… Y niños, hasta tres por cuna, con pañalitos de tela haciendo juego con las sábanas.

El corazón se me encogió por la emoción. Sentí que Khalidah, a mi lado, temblaba compungida, llevándose las manos a la boca.

Porque uno de esos niños iba a ser nuestro hijo.

Supongo que para sacarnos de nuestra estupefacción, Nirmala nos preguntó:

-¿Cuánto llevan esperando?

-Bueno –respondí, confuso, después de pasear mis ojos rápidamente por el contenido de la estancia-, pues como unos cinco años, desde que firmamos la solicitud en la Entidad Colaboradora de Adopción Internacional que nos pareció más seria.

Pero para entonces ya habíamos pasado un año de entrevistas con psicólogos y trabajadores sociales para que nos concedieran el certificado de idoneidad imprescindible para realizar el pedido.

-No es demasiado tiempo –respondió ella.

-No, quizá no, pero ha sido verdaderamente exasperante: primero el tiempo que pasamos hasta entender lo que teníamos que hacer, luego papeleo y más papeleo, obtención de documentos, idas y venidas de un estamento público a otro, esperas interminables, silencios, incertidumbre… Y las tasas, claro, tanto las oficiales, como las otras.

-Entiendo –torció el gesto-. Eso es inevitable.

-Sí, pero muy desagradable. No sólo tenemos que doblegarnos y padecer en nuestros propios cuerpos los resultados del fracaso total de una política medioambiental egoísta y despreocupada, sino que además tenemos que pagar si queremos paliar las consecuencias inmediatas.

-Se refiere a…

-Por supuesto –interrumpí, sintiendo como la rabia burbujeaba en mi pecho-. Mi padre fue el último varón fértil de mi familia, y esto ya fue un caso extraordinario, de aguante fuera de lo común. Pero ni mis hermanos ni yo mismo podemos engendrar hijos. De nada sirve la fecundación in vitro, ni la corrección genética, ni nada. Porque el problema está en el agua contaminada que bebemos, en la comida corrompida que comemos, en el aire polucionado que respiramos. No se puede hacer nada. Hasta que a alguien se le ocurra algo, cosa que dudo, tendremos que seguir comprando los hijos en los países tercermundistas del planeta, convirtiéndolos en criaderos de niños para nosotros; y por cierto, condenándolos a su vez, si son varones, a la esterilidad al llevarlos a casa.

-Existía la posibilidad de fecundación externa, con un donante de uno de esos países –me recordó Khalidah-, pero tú no has querido.

Me puse de nuevo a la defensiva, ante la mirada inexpresiva de la monja.

-Prefiero cien veces tener un hijo que no sea de ninguno que sólo tuyo y de un desconocido. Además, no sé por qué hablas, precisamente tú, que te compraron en Marruecos.

-¿Marruecos? –preguntó, conciliadora, sor Nirmala–. Yo también soy de África, pero de algo más al sur, de Sierra Leona. Nací en un pueblecito cerca de Tokey. Mi nombre era Matilda.

Mi mujer se interesó, ignorando el golpe bajo que acababa de propinarle.

-Mis padres adoptivos conservaron el nombre que me habían dado los naturales. ¿Sabe lo que quiere decir Khalidah?

-Sí, creo que sí: Inmortal –sonrió muy levemente-. Serví varios años en otro país árabe, Jordania. En mi caso, cuando entré en la Orden de las Misioneras de la Caridad elegí el nombre que llevó la que fue primera sucesora de la Santa Madre Teresa. Nirmal es una palabra bengalí que se traduce como “pureza”. El Nirmal Hriday fue el primer centro que abrió en Calcuta la Santa para acoger a los enfermos desahuciados. Significa “Inmaculado Corazón”. Yo también tengo mucho que agradecer a la Orden. Las alternativas en mi país eran morir de hambre, o violada y asesinada por los soldados de la guerra o, como hicieron muchas de mis amigas, escapar a alguna ciudad occidental para acabar como prostituta en las calles… La Orden salvó mi vida, y mi alma.

-Ya. Otra consecuencia de este mundo global que hemos construido… –la verdad es que comprendía su estado de ánimo-. Lo nuestro es parte del precio tenemos que pagar para disfrutar de un relativo bienestar. Pero veo que no somos los únicos que lo estamos pagando, ¿verdad?

La monja no respondió, sólo se quedó unos segundos en silencio, mirado al vacío, absorta. Comparada con ese espanto nuestra vida era un paraíso, a pesar de las dificultades por las que estábamos pasando, en su mayor parte provocadas por mi incapacidad para tener hijos. Ambos sabíamos que un hijo no arregla los problemas que ya lleve consigo una pareja, pero dado que esa era la principal causa del desmoronamiento de nuestro matrimonio, había que intentarlo quemando ese último cartucho.

Cuando Nirmala volvió, fue para informarnos:

-Sólo nos está permitido tener en acogida eventual a niños menores de cinco años –nos contó la hermana-. Por lo tanto, no los busquen mayores.

-¿Y qué pasa con los que superan esa edad y no se han vendido? –pregunté-, ¿dónde los llevan?

Un rictus de asombro cruzó el brillante e imperturbable rostro de ébano de la monja.

-¿No lo saben?

-No… –respondimos los dos a un tiempo, mirándonos y conteniendo un presentimiento. La explicación de Nirmala, directa y franca, fue como atragantarse con un trozo de carne cuando no hay nadie alrededor que te pueda ayudar a expulsarlo para respirar y no morir asfixiado:

-Si llegan a los cinco años y no los ha comprado nadie, se coordina con el Organismo Internacional de Trasplantes para que se busque, en alguno de los países desarrollados, al comprador más adecuado de alguno de los órganos duplicados del cuerpo, sin el cual una vida normal es perfectamente viable. Por ejemplo, la venta de un riñón proporciona a los niños ingresos suficientes para garantizar su manutención en la India de por vida, y ellos apenas lo notan. Una córnea reporta menos, pero les ayuda a salir del paso.

Silencio.

-Sí, ya sé –Nirmala contuvo un gesto de desaprobación-, el sistema puede que sea moralmente discutible, pero se está evitando que muchos niños mueran de hambre en las calles. De cualquier manera, es hablar por hablar, ya que la ley obliga a ello.

-Ya –comenté, sin poder contener mi sarcástica e hiriente ironía-, me parece entender: no creo que mantener a una persona en la India cueste demasiado dinero, y el Gobierno no va a perder su parte en el disparate que se cobrará por los órganos, como lo que sacan por la venta de los niños para adopciones…

-Por supuesto –fue su escueta respuesta.

No dijimos nada más. El asunto era demasiado grande para que nosotros pudiéramos hacer algo para evitarlo.

-Bien –la monja zanjó la cuestión-. Es el momento. Aquí los tienen, pueden elegir.
Elegir.

Difícil responsabilidad. Sabía que antes no se elegía, sino que el niño era preasignado según un complicado proceso con mil condicionantes que enredaban la concesión y que, además, retraía a muchos candidatos a padres por el riesgo que existía de recibir algo que no era lo que se esperaba. Pero como casi siempre ocurría que en el viaje de asignación se permitía (a cambio de un “donativo” adicional que se quedaba el funcionario de turno) elegir entre varias alternativas, las ECAI (que no querían perder su parte del pastel) presionaron a los gobiernos para que la cosa se hiciera oficial.

Ahora se podía comprobar el “género” antes de comprarlo, eligiendo como si se estuviera en un mercado. Sin embargo, lo que nos estaba ahogando en esos momentos, lo verdaderamente terrible de la situación, no era tener que elegir, sino tener que descartar.

Elegir.

Y, con ese mismo gesto de salvación para uno, condenar al resto al abandono y a la miseria, mutilados, en el caso mejor. Probablemente, una condena a muerte. Una amarga responsabilidad cuyo resultado iba a ser satisfacer nuestra necesidad, y no otra.
Pero para eso estábamos allí.

Mi mujer fue la primera en moverse. Me sorprendió su valentía y decisión: con la mano iba saludando a los críos, hablándoles, acariciándoles. No parecía estar eligiendo, más bien daba la sensación de que les estaba haciendo una visita amistosa. Yo la seguía en silencio, con Nirmala cubriéndome las espaldas. Los niños y niñas mayores respondían a su saludo, levantando la mano, saltando en la cuna, dando chillidos de alegría. Los más pequeñitos, tumbados boca arriba, movían los brazos y las piernas muy deprisa, demostrando su excitación. Khalidah caminaba entre las cunas cada vez más relajada, deteniéndose de tanto en tanto ante alguno para decirle unas palabras, para regalare su hermosa sonrisa (tan añorada). Ellos parecían conscientes de lo que estaba pasando, pues hacían todo lo que estaba en sus pequeñas manos para llamar su atención (la de ella, pues parecían no haber reparado en mí, tan solo una sombra alargada de mi mujer), hasta casi llegar a saltar por encima de las barandillas. Los que estaban dormidos eran despertados bruscamente por las monjas que estaban a su cuidado, con zarandeos y cachetes en las cabecitas. Tuve la desagradable sensación de que los querían despiertos para que hicieran su numerito…

Recorrimos despacio todas las cunas, entre enormes ojos de sorpresa o de alegría, escrutadores o implorantes, entre risas y sonrisas, manitas y cuerpecillos delgados, murmullos y grititos.

-Entonces, ¿con cuál se quedan? –preguntó, algo impaciente, la monja negra. Nuestro silencio fue significativo.

-Entiendo –respondió ella. No dijo más, y pareció sumirse en una profunda meditación.

Creo que pasaron minutos (incómodos, inexplicables, eternos minutos) hasta que dijo:

-Aún falta la salita de juegos. Síganme, por favor.

Salimos de la habitación por la puerta del fondo, que daba a otro pasillo en apariencia similar a los que ya habíamos andado para entrar. Lo recorrimos mientras oíamos cada vez más fuertes los típicos ruiditos que hacen los niños mientras juegan. Ese sonido me hizo sentir un poco mejor. Cuando entramos en esta nueva sala (pequeña en comparación con la otra, algo más de veinte metros cuadrados) pude ver lo que ya estaba en mi imaginación gracias al rumor que habíamos oído: dos docenas de niños y niñas de entre uno y cinco años jugaban por los suelos, sentados con sus juguetes (pelotitas desinfladas, rompecabezas descabalados, muñecas desmembradas…), gateando a toda velocidad o corriendo a trompicones de un lado para otro. Se levantaban, corrían, se caían, se sentaban, se volvían a levantar… todo sin parar, incansablemente, cada uno a lo suyo.

Nosotros los observamos con una sonrisa desde la puerta, disfrutando con el júbilo y la algarabía infantil que surgía de la estancia. “Los niños siempre serán niños, no importa lo que ocurra, en cualquier tiempo y lugar”, pensé. Y en mitad de estos pensamientos, mi mirada aterrizó sobre un ángel.

Fue como un latigazo, como un golpe de adrenalina ante un estímulo intenso, que explota en los riñones y sube por el estómago hasta encender el rostro. Era una niña, casi un bebé todavía, vestida sólo con una camiseta azul y un pañal de tela a cuadros. Su piel tenía el tono marrón oscuro del betún, y sus rasgos inconfundiblemente indios brillaban bajo la luz que entraba a su derecha por una ventana exterior. Los cuatro pelitos que tenía en la cabeza eran negros como el azabache, y estaba sentada, con las manitas apoyadas en el suelo entre sus pies descalzos y diminutos, un poco inclinada hacia delante y con la cabeza, gorda en comparación con lo minúsculo de su cuerpecillo, erguida hacia lo alto. Nos miraba.

Y sonreía.

Miré a Khalidah. Su mirada estaba presa de los ojos de la niña.

Nos acercamos. Yo primero, mi mujer a mi lado, un tanto rezagada. Nos detuvimos frente a ella, y la miramos desde arriba. Sin despegar las manos del suelo (tal vez para no caerse hacia delante) levantó aún más su cabecita pelona, mirándonos directamente, sin perder su luminosa expresión. Miró a Khalidah, me miró a mí, volvió a mirarla a ella y entonces nos mostró un par de dientecillos de ratón que asomaban de su boca sonriente. Una expresión muy extraña en el rostro de una criatura tan pequeña. Se balanceaba a un lado y a otro, adelante y atrás, haciendo verdaderos esfuerzos por sujetarse y no caer rodando por el suelo.

Me di cuenta de lo incómodo de su posición, mirando desde abajo a dos adultos enormes que la miraban desde arriba, así que yo también me senté en el suelo. Khalidah me imitó, situándose a mi derecha, a una distancia equidistante de mí y la niña. Ella pareció agradecerlo, porque se atrevió a levantar una mano del suelo y dirigirla hacia nosotros. Acerqué mi cara a la manita, cuyos dedos apretaron mi nariz, que debió de llamar su atención por sus considerables proporciones. Mi mujer, sin embargo, recibió una ligera caricia en sus labios. La cría tenía unos ojos enormes, rasgados hacia arriba, de largas pestañas negras; y eran de color gris claro, gris como el mar cuando amanece, como el mar cuando hay tormenta.

-¿Cómo se llama? –preguntó Khalidah, volviéndose desde el suelo hacia la hermana Nirmala.

-No tiene nombre –respondió ella, en tono cortante. Y añadió-: Pero nosotras la llamamos Runa Laila.

-¿Runa Laila? –el nombre me resultó chocante-. ¿Y qué significa?

-No todos los nombres tienen que significar algo –contestó. Y de repente, sonrió con una amplísima sonrisa blanca-. La llamamos así porque se pasa el día cantando, como una intérprete bangladeshí de música hindi que fue muy conocida por aquí hace unas décadas.

-¿Cantando? ¿Qué quiere decir con eso? –pregunté.

-Si se la quedan ya tendrán ocasión de oírla, lo hace a todas horas.

-Runa Laila… me gusta… ¿Y a ti?

Los ojos de Khalidah se separaron de los ojos de la niña.

-Sí, me gusta.

A la vez que decía esto, Khalidah tomó en brazos a Runa Laila, poniéndose de nuevo en pie. Yo también me incorporé, sin dejar de mirar a ambas. La abrazó. La pequeñaja se apretó contra ella, apoyando la cabeza en su pecho y entrecerrando los ojos. Oí suspirar a las dos.

Supe que ya había decidido. Que ya habíamos decidido.

Me la dejó. A falta de instinto maternal, yo la sujeté como pude, sosteniéndola en el aire por debajo de los brazos con su cara enfrente de la mía. Ella colgó de mis manos como un muñeco, laxa, sin moverse, y mirándome a los ojos con curiosidad, divertida. Era muy ligera, como una plumita.

-Hola, Runa Laila.

La sonreí, y ella me volvió a agarrar la nariz con su manita. Mi cara le debió de hacer mucha gracia, porque soltó una carcajada, arrugando su naricilla, y sujetó con más fuerza su presa.

-Parece fuerte –comenté con la voz gangosa.

-Sí, lo es –respondió Nirmala-, aunque como todos los demás, está un poco justa de peso. No anda todavía, pero es que sólo tiene quince meses. Lo que sí les puedo garantizar es que no ha tenido ningún problema de salud.

Mi mujer y yo nos miramos, y miramos a la niña que todavía colgaba de mis manos y mi nariz. Volví a dejarla en el suelo.

-¿Qué, Runita, te vienes con nosotros?

No respondió, pero se agitó con una risita de alegría.

-Parece que está de acuerdo… ¿No habla nada?

-No, ni una palabra. Sólo canta.

-¿Y cuando la vamos a oír?

-No sé, ya les he dicho que lo hace continuamente, es raro que ahora esté tan callada…

Un sonido interrumpió las explicaciones de la religiosa. Era un murmullo que provenía de los niños que estaban en la sala de juegos, los cuales había cesado en sus actividades y se habían sentado en el suelo. Empezó como un gimoteo que, rápidamente, se convirtió en un sollozo que se contagió de uno a otro, como una enfermedad. Los sollozos se fueron transformando en llantos desconsolados, extendiéndose, más allá de la sala, por la otra estancia del centro, como la onda expansiva de una explosión. De sala a sala. De cuna a cuna. De niño a niño. En unos minutos aquello se había convertido en un lamento uniforme, en un griterío doliente que nos estremeció. Los niños no se movían, pero no paraban de llorar.

-Dios mío, ¿qué les pasa? –preguntó Khalidah, algo asustada.

-Nunca los habíamos visto así –susurró Nirmala, pensando en algo que no nos dijo.

Las monjas cuidadoras intentaban calmarlos, tomándolos en brazos, pero esto sólo servía para que se retorcieran, pataleando y gritando, dando manotazos y arañando. Los niños parecían asustados, casi desesperados, por algo que no veíamos ni comprendíamos.

Y entonces oímos cantar a Runa Laila.

En realidad no era una canción, lo que generalmente se entiende por canción, si no más bien un ruidillo bajo, una vibración que surgía de lo más profundo del pequeño pecho de la criaturita, un murmullo que subía y bajaba, un sonido grave e intenso, a la vez que suave y delicado, y que hacía difícil creer que su origen estuviera en un ser humano tan menudo. Ella, sentada en el suelo, ya no sonreía. Nos miraba con la boca apenas entreabierta, concentrada en una actitud tan ajena a su tamaño y edad que nos sobrecogió.

Pero sólo durante unos instantes.

Inmerso en ese canto que parecía llenar toda la habitación, en seguida empecé a percibir, dentro de mí, una sensación de calma, paz y bienestar que se expandía por mi pecho colmando cada hueco de mi organismo. La misma sensación que produce el agua fresca cayendo por la garganta reseca cuando uno está sediento: alivio, satisfacción, sosiego. La misma sensación que produce echarse en la cama tras una jornada agotadora de trabajo: descanso, relajación, calma. La misma sensación que produce un beso de la persona amada: placer, bienestar, plenitud. La misma sensación que produce reencontrar a un ser querido: alegría, felicidad, emoción.

Khalidah tenía todo el aspecto de estar sintiendo lo mismo que yo.

Hasta Nirmala, tirante y evidentemente enojada por nuestra presencia, pareció relajarse como si le quitaran de repente un enorme peso de encima. Suspiró y las brunas facciones de su rostro perdieron la tensión que las deformaba hasta en las infrecuentes ocasiones en que se había permitido sonreírnos.

A la vez, los gritos de los niños, que un minuto antes se habían vuelto insoportables, empezaron a decrecer, rápidamente, desde la sala en donde estábamos y empezando por los más próximos a la niña, extendiéndose en una oleada en sentido contrario al inicio de los lamentos, por el resto del edificio. Un minuto después, la tranquilidad era total, con los niños de nuevo inmersos en sus juegos.

Me acerqué a Runa Laila, arrodillándome en el suelo. Ella seguía con sus ojos claros mi mirada. Estaba muy seria. Acerqué mi rostro al suyo, percibiendo la fuerza de su canto.

Sin saber por qué, me sentía muy bien. Ella no se movió del sitio. Le di un besito en la nariz, muy suave y lleno del amor que ya sentía por ella, y entonces enmudeció y sonrió de nuevo. Volvió a agarrar mi nariz.

-Parece que has intimidado a tus compañeros, ¿eh, chiquitina? Vaya carácter…

-Entonces, ¿se la quedan? –la monja tenía prisa, pero sus rasgos seguían relajados.

-Sí –respondió simplemente mi mujer, sin consultarme pero segura de que hablaba por los dos. Yo sólo hice un gesto afirmativo con la cabeza, que fue acompañado por las risas de la niña, mientras seguía jugando con mi nariz.

Khalidah, entonces, fue a tomarla entre sus brazos, pero Nirmala la detuvo con la mano.
-Recuerden que aquí sólo proporcionamos la posibilidad de elegir al niño y una concesión provisional. Las gestiones y la concesión final se llevan a cabo en la sede de la Agencia Central de Recursos para la Adopción en la India.

De toda la parrafada llamaron mi atención sólo dos palabras:

-¿Concesión provisional?

-Sí, claro. No me digan ahora que no lo sabían…

-Pues… la verdad es que nosotros ignorábamos este detalle –dije yo, decepcionado. Khalidah me miraba con los ojos muy abiertos, expectante-. En la ECAI no nos dijeron en ningún momento que sería una concesión provisional, supusimos que una vez concedida sería definitivo, para siempre… ¿Quiere decir que nos la pueden quitar después de que nos la llevemos?

-Estrictamente hablando, sí, y también podrían ustedes echarse atrás durante este periodo. Pero no se apuren, casi siempre la concesión provisional lleva a la definitiva.
Es más bien una cuestión de adaptación, de la niña a ustedes y de ustedes a la niña.
Aunque la impresión inicial suele funcionar, no siempre el nuevo trío resulta compatible.

-Entiendo…

-Serán sólo dos o tres semanas, pero ustedes han venido con tiempo, ¿no? La mayoría de las veces la confirmación es incluso antes. No se preocupen, en la Agencia les harán unas cuantas preguntas, y poco más. Ahora acompáñenme a rellenar los documentos. Ah, pueden traer a la niña, si lo desean.

Fui yo quien la tomé en brazos, adelantándome al impulso de mi mujer. Por un segundo la miré un poco amedrentado, pero ella me sonrió complaciente. Me di cuenta de lo mucho que echaba de menos esa sonrisa. Recogí del suelo a Runa Laila, que me miraba alegre y risueña, como esperándome. Por primera vez la abracé con fuerza, y lo que sentí fue algo parecido, por supuesto salvando las distancias, a lo que se siente cuando se abraza por primera vez a la mujer que uno ama. Algo puramente físico, y no sólo emocional. Químico. Eléctrico. Ella me devolvió el abrazo, apoyó su cabecita en mi hombro, y la oí ronronear como un gatito. Percibí su olor dulzón, con un fondo de flores, fruta y caramelo. Un solo segundo, y ya me había ganado.

Cuando terminamos el papeleo nos dispusimos a marcharnos. Nirmala nos acompañó hasta la salida.

-Alguien de la Agencia se pondrá en contacto con ustedes directamente –nos dijo mientras nos tendía su negra mano envuelta en su hábito blanco y azul. Yo la hubiera abrazado antes de irme, tal era mi estado de ánimo, pero con la niña en brazos hubiera sido complicado, además de poco oportuno: a las monjas no se las abraza; así que me limité a darle las gracias.

-Cuídenla –añadió sonriendo, mirando a la niña-, que ella también cuidará de ustedes. Y que Dios les acompañe.

Yo soy agnóstico, pero en el fondo de mi corazón agradecí sus deseos, que dirigí, sin poderlo evitar, hacia los niños que se quedaban allí.

En el coche, de camino de vuelta a nuestro hotel, miré a Khalidah. Llevaba en su regazo a Runa Laia, que con el ruido del motor se había quedado dormida.

-¿Cómo te sientes? –le pregunté.

-Bien, muy bien –respondió, y por primera vez en muchos meses no detecté en su voz ni una pizca de rabia o desafío.

Después, fue el silencio quien tomó las riendas. Sólo cuando pasamos por el tremendo mecano del puente Howrah, en cuya base se extendía, como todos los días, el mercado de las flores, pedí al conductor que se detuviera. Ni él ni Sukhwindara preguntaron nada. Me bajé del coche, acompañado por el guía, dejando a mi mujer y a la niña al cuidado del sikh.

Yo no comprendía muy bien el objetivo de un mercado de flores en esa ciudad. Un mercado enorme, una marea humana que iba y venía comprando no algo de primera necesidad, como alimentos, o ropas, sino sólo flores, de todo tipo, desde simples matojos de verdura hasta los más exquisitos y aromáticos brotes. Los vendedores pregonaban y mostraban sus mercancías, los compradores miraban, regateaban y comparaban. Enormes cestas multicolores, llenas a rebosar, se desplazaban entre los puestos sobre las cabezas de los colies o porteadores (hombres y mujeres, ancianos y niños) de un lado a otro sin descanso. Miré alrededor un poco aturdido, mareado por los penetrante olores de las plantas. “Son sobre todo para los templos, pero también para las bodas, las ofrendas, los hoteles… En Calcuta hay muchos millones de habitantes, y esto es sólo un pequeño lugar.” me explicó Sukhi, traduciendo mi expresión.

Busqué, vi algo que me gustó, pregunté al indio que llevaba el puesto (un hombre anciano de tez muy oscura, barba y cabellos blancos y una sonrisa encantadora), negociamos durante unos segundos y cerramos el trato. Me despidió con un “Namasté.”, juntando sus manos sobre el pecho.

Volvimos al coche. Cuando entré ofrecí el aromático ramo a Khalidah. Ella abrió mucho los ojos al verlo, me miró, sonrió y me dio un beso. Era la primera vez en la vida que le regalaba flores.

Cuando llegamos a la habitación del hotel comprobamos que la Agencia se había ocupado de todo: sobre la cuna que ya encontramos al llegar nos habían dejado alimentos infantiles, ropa, pañales, accesorios y, al lado, hasta un cochecito de paseo. Su cantidad nos escamó un poco: parecía que nos aguardaba un largo tiempo de espera. Y de angustia.

Pero no fue así. Nuestra espera no fue ni larga ni de angustia.

La primera noche que pasamos con Runa Laila empezó siendo de insomnio, aunque no por culpa de la niña. En realidad, ella se durmió nada más depositarla en su cuna de sabanitas limpias y suaves, pero nosotros, sin embargo, éramos incapaces de conciliar el sueño. Primero por la emoción: pasamos largo rato mirando como dormía, su carita inocente de ángel. Luego por la preocupación: recordamos que todavía no era nuestra.

Por último, por la angustia: el pensar automáticamente una y otra vez en la posibilidad de perderla nos hacía ver el desastre inevitable y seguro. Al final acabé dando vueltas por la habitación como un animal enjaulado, intentando convencerme de que no iba a pasar nada malo. Pero no podía. Khalidah, sentada en la cama junto a la cuna, intentaba argumentar mil razones por las que no tendríamos que devolverla, pero podía sentirla tan inquieta y afligida como yo. Me encontraba peor a cada minuto que pasaba hasta que, presa del desatino, empecé a prepararme para salir a tomar el fresco aire de la noche de Calcuta. Mi mujer intentó en vano convencerme de que no hiciera semejante insensatez, pero entonces Runa Laila se despertó.

Abrió los ojos, bostezó, estiró los bracitos desperezándose, miró algo extrañada a su alrededor, nos miró a nosotros y sonrió al vernos.

Nos observó despacio.

Y se puso a cantar.

Sentí que me llenaba la misma sensación que en el hospicio, cuando Runa Laila acalló los llantos de sus compañeros de abandono. Pero esta vez el oleaje fue mucho más fuerte, la plenitud mucho más intensa, la calma mucho más profunda. Ahora, Runa Laila estaba cantando sólo para nosotros dos.

Dormimos los tres como tres niños hasta bien entrado el día.

Justo una semana más tarde recibimos la llamada. Era una mujer llamada Shazia Manzoor, quien se declaró la máxima responsable de la Agencia Central de Recursos para la Adopción en la India en Calcuta. Nos citó para una entrevista a la mañana siguiente, en sus oficinas.

Esa noche ninguno de los tres pudimos pegar ojo, pero para ninguno de los tres fue una noche de ansiedad o malestar.

Muy pronto por la mañana nos avisaron por teléfono de que Sukhi nos esperaba abajo.

Ya estábamos más que listos, y bajamos al momento. Me di cuenta de que Khalidah estaba silenciosa y abstraída, como ensimismada. No quise preguntar lo que me parecía obvio, y la dejé tranquila con sus pensamientos.

Cuando llegamos a la sede de Agencia nos atendió un vigilante de seguridad uniformado, armado, serio y estirado que comprobó, parsimoniosamente, nuestros datos en el ordenador, acompañándonos a continuación hasta el despacho de Shazia Manzoor sin decir nada.

Allí nos esperaba una mujer delgada de gesto adusto, rostro anguloso, nariz grande, piel morena y cabellos negrísimos formando una sencilla cola de caballo sujeta con un ramillete de florecillas blancas, rosas y amarillas. Vestía un discreto sari ocre, y lucía una cadena de oro al cuello. Cuando nos miró vi que tenía los ojos grises, muy claros.

Nos saludó estrechando nuestras manos y nos invitó a sentarnos, mientras ella hacía lo mismo al otro lado de la mesa. Tuve tiempo de mirar a mi alrededor, comprobando la sobriedad del despacho, que por alguna razón me agradó mucho.

Vi que, sin sonreír, pasaba su mirada por nosotros tres, deteniéndose unos instantes en cada uno: primero en mí, luego en mi mujer, por último en la niña. Runa Laila le sonrió amistosamente, y ella le devolvió el gesto, que ya había desaparecido al volver sus ojos a los míos.

Intenté calmar mis nervios pensando que tal vez la mujer fuera así de seria por naturaleza, como el vigilante y tal vez todos en esa casa oficial, y no porque pasara algo malo. Runa Laila manoteaba feliz sentada sobre las rodillas de Khalidah.

-¿Y bien? –dijo la mujer. Tenía un montón de papeles sobre la mesa, sus manos encima de los papeles.

Miré a Khalidah, quien me miró a mí con una expresión que llevaba tanta paz que me desconcertó.

-Pues… –dudé, sin saber a qué se refería exactamente.

-¿Cómo les ha ido con la niña? –me pareció ver que su expresión se ablandaba.

-Ah, eso… Bien, muy bien. La niña se ha adaptado muy rápido a nosotros, y nosotros también a ella, y…

-¿No han notado nada raro? –nos preguntó de sopetón.

-¿Raro? –repetí.

-Si me pregunta es que no lo han percibido… –levantó una ceja.

-¿Percibir? –repetí otra vez, como un idiota.

-Sí –intervino por fin Khalidah, con una voz firme llena de seguridad y confianza-, por supuesto que sí.

Shazia Manzoor se volvió hacia ella, aguardando a que continuara, con su ceja levantada.

-Nos hemos dado cuenta de que cuando las cosas van mal Runa Laila canta.
Shazia Manzoor sopesó las palabras de Khalidah durante un largo rato, sin que los ojos de las dos mujeres se separasen ni un instante. La vi suspirar, y después relajarse. Su rostro perdió la dureza. Parpadeó una vez, despacio.

-Saben que la deberán dejar ir pronto.

-Sí, ya lo hemos supuesto.

-El mundo se resquebraja. El Hombre debe encontrar La Luz de la Gran Verdad. Y necesita ayuda. Aún somos pocas, pero pronto habrá más.

Yo no entendía nada. Fui a decir algo, pero mi mujer puso su mano sobre la mía, y me sonrió un instante. La niña también me miraba sonriendo. Opté por callarme. Khalidah se volvió hacia la funcionaria.

-Cuidaremos de ella, la guiaremos hasta que encuentre su propio camino. Tiene mucho que hacer, ¿verdad?

Shazia Manzoor no respondió. Sólo sonrió, se puso en pie, juntó las palmas de sus manos sobre su pecho, y nos dijo “Namasté

© 2003 Luis Astolfi
© 2004 Juan Antonio Fernández Madrigal, por las ilustraciones.

Luis Astolfi nació en Madrid, el 3 de agosto de 1963, en pleno siglo XX, y es informático de estudios y profesión. Comenzó a escribir a la temprana edad de nueve años, y aunque nunca abandonó el gusto por la escritura, no fue hasta 1992 cuando comenzó a publicar sus trabajos, principalmente en la revista BEM (hasta su cierre en 2000) escribiendo, entre otras cosas, comentarios sobre libros clásicos de ciencia ficción y fantasía. También realizó alguna colaboración esporádica en la informativa de Augusto Uribe, Kembeo Kenmaro y Pórtico. Ha publicado relatos en Kernel BEM (la versión electrónica de BEM), Kenbeo Kenmaro, Axxon, Ciberpaís, Nitecuento, Espiral, Artifex y Visiones (publicación de la AEFCF).

Bibliografía. Relatos:

“Olvide Corporation” (1993), en Kernel BEM, la versión electrónica de BEM
“200 años de cine” (1996), en Kenbeo Kenmaro
“Club Gricel” (2000), en Visiones 2000. Publicada también en formato electrónico en
WEB AXXON ON LINE:
http://axxon.com.ar/rev/108/c-108ClubGricel.htm 
“SMS” (2001), en Ciberpaís Mensual 16
“La luz de la gran verdad” (2002), en Espiral 25 (especial Globalización)
“Quercus Alba” (2002), en Artifex 8
“El Tren” (2002), en Nitecuento 21
“De pie no se puede conciliar el sueño” (2003), en Espiral 28 (especial Estación Espacial Internacional)
“Para siempre” (2003), en Visiones 2002

Anuncios

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s