POR EL TIEMPO, de Robert Silverberg

La que hoy  preseno es la tercera columna de “Se buscan libros” que fue publicada en BEM, en el número 61 (Febrero-Marzo de 1998) y que, en realidad, debía ser la segunda. Lo que ocurrió ya lo expliqué someramente en las colaboraciones anteriores, y a ellas remito al lector interesado.

Sí que diré ahora que la versión que pueden leer en este espacio es la primera que escribí de varias, siendo ésta la original, la menos trabajada, pulida y acabada de cuantas envié a los editores, quienes guardaron cuidadosamente la primitiva hasta el momento de publicarla, deshaciéndose por alguna razón misteriosa de todas las sucesivas que les fui facilitando. Lo cual debo reconocer que aún hoy me sigue fastidiando enormemente.

No obstante, y a pesar de conservar todas las versiones, he querido seguir respetando la idea de republicar aquí lo ya publicado en BEM, tal cual se publicó, sin darme opción a “desfacer entuertos” corrigiendo el texto, como ya tuve ocasión de explicar.

La novela reseñada fue una de las primeras que leí cuyo tema es el viaje transtemporal (uno de mis favoritos, según cuenta mi hermano Eduardo, tal vez por mi tendencia inconsciente a regalarle este tipo de libros en cada cumpleaños) Aunque en mi opinión, no es la mejor que se ha escrito sobre el asunto, aunque sí que me parece una de las más divertidas y sobre todo, la más “arriesgada” de cuantas conozco, si consideramos el cariz que toma su línea argumental principal. Salvando las distancias, y por lo inconfesable de los deseos que se consuman en ella, me recordó aquello que hizo el protagonista invisible de un viejo cuento de Rudy Martínez: ¿Salvar al mundo? ¡No! Colarse en un harén.

 

 

DE TURISMO POR EL TIEMPO EN BUSCA DE ANTEPASADOS

Pido al lector que piense durante unos segundos en la siguiente pregunta: ¿a cuántos de mis antepasados conozco?

Casi todos conocerán los nombres de sus dos padres. Muchos, los de sus cuatro abuelos. Algunos, los de sus ocho bisabuelos (o los de una parte al menos). Casi nadie los de alguno de sus dieciséis tatarabuelos. Y si seguimos profundizando en la línea del árbol genealógico, las probabilidades de saber quiénes eran y lo que hacían los siguientes tatarabuelos se van reduciendo hasta ser casi cero.

poreltiempoSin embargo, hay dos sistemas de investigación que pueden facilitarnos el conocimiento de muchos de estos antepasados.

El primero de ellos es la investigación documental. Todo el mundo nace y muere, muchos se bautizan o casan, algunos son militares o pertenecen a algún tipo de sociedad, otros compran o venden bienes, hacen negocios… Todos estos actos se llevan registrando oficialmente desde hace mucho tiempo, y dichos registros pueden hallarse en forma de documentos (partidas, actas, inscripciones, expedientes…). Al investigador genealógico no le resultará muy difícil ir buscando estos documentos en los ayuntamientos o iglesias de las zonas geográficas origen de sus antepasados, empezando por los más cercanos y siguiendo la línea, con la facilidad añadida de que en muchos documentos suelen constar los datos (nombre, lugar de nacimiento…) de los propios ascendientes, lo que nos llevará de uno a otro, cada vez más atrás en el tiempo. Con paciencia y tesón este sistema funciona bastante bien; yo mismo lo he probado, llegando a encontrar datos documentales de mis siete generaciones anteriores. Pero también tiene un límite: no se han llevado registros durante toda la historia de la humanidad, y remontar más allá del año 1600 (unas trece generaciones) será extremadamente difícil.

Por tanto, si queremos seguir adelante con nuestras indagaciones genealógicas, podemos emplear el segundo sistema de investigación (el cual hasta ahora yo no he utilizado): viajar en el tiempo e ir descubriendo por nosotros mismos a cuantos ancestros/as deseemos, lo cual nos proporcionará, además de información sobre sus vidas, la posibilidad de conocerlos personal e íntimamente… muy íntimamente, en el caso de Jud Elliott, miembro del Servicio Temporal y coleccionista de antepasados.

Judson Daniel Elliot III, nacido el 11 de octubre de 2035, ingresó en el Servicio Temporal en el año 2059, animado por su amigo Sam el Negro, con la intención de ser Guía Turístico Temporal y llevar a turistas interesados en el pasado a través de la Historia. Especializado en la historia de Bizancio y adiestrado magistralmente por su amigo Temístocles Metaxas consiguió su propósito, llegando a ser un afamado guía.

Pero la influencia de ciertas amistades es peligrosa. Animado por un compañero guía, Capistrano, Jud comenzó un loable entretenimiento: buscar y catalogar antepasados. Remontando la línea temporal, salto a salto, fue añadiendo a una lista los nombres de sus predecesores, siguiendo la línea materna (la única conocida, y que además fue noble por el año 1000 con el nombre de Ducas). Esta sana afición, sin embargo, le empezó a complicar la vida cuando su maestro Metaxas le tentó con la posibilidad más excitante con que un viajero temporal puede contar: el incesto transtemporal, es decir, acostarse con sus propias antepasadas.

Y lo que comenzó como algo inocuo acaba por convertirse en algo sumamente peligroso cuando conoce a su multi-tátara-tátara-tátara-tátara-tátara-abuela, Pulcheria, nacida en Bizancio en el año 1105.

Mediante una narración ágil y divertida (donde abunda un interesante componente erótico muy descriptivo), llena de sentido del humor (baste mencionar los diferentes negocios que los guías sin escrúpulos llegan a idear utilizando la ventaja que les da viajar por el tiempo) Jud nos cuenta su aventura, con el corazón quemado por el amor y la pasión que siente hacia su antepasada Pulcheria, con una desesperación tan grande que le hace desafiar a la poderosa Patrulla Temporal, violando todas sus inviolables reglas y provocando en una serie de paradojas en el continuo temporal que acaban lpor llevarle a generar un duplicado de sí mismo, con el que, por cierto, llega a entablar una entrañable amistad. A propósito de esto, hay que decir que la consecución de las paradojas temporales sigue la línea habitual en este tipo de narraciones (cuando todos sabemos que si alguien viaja en el tiempo y llega a provocar una paradoja, la propia estructura espacio-tiempo la evita impidiéndole el viaje antes de iniciarlo), lo que no le resta el más mínimo interés ni mérito.

Aunque sin ninguna duda, paradojas aparte, es el histórico el aspecto más dominado por el narrador de las aventuras de Jud Elliot. Las descripciones del pasado de Bizancio son (como ya nos tiene acostumbrados Robert Silverberg) absolutamente visuales, magníficas, tanto que página a página podemos vivirlas junto a él: entre los años 400 y 1500 nos relata la evolución de Bizancio, desde sus orígenes hasta su desaparición, deteniéndose con profusión en los acontecimientos más destacados de su historia (incluyendo unas estremecedoras escenas de la Peste Negra que asoló Europa durante casi veinte años a partir de 1348).

Amor, sexo, humor, amistad, historia, mucha fantasía y un final que se sospecha sólo tres líneas antes de acabar el libro son un combinado que dejará un sabor dulce, con un ligero toque amargo, en el recuerdo de aquél que se aventure POR EL TIEMPO.

© 2004 Luis Astolfi.

Título: Por el tiempo
Título original:Up the line
Autor: Robert Silverberg
Año: 1969
Traducción: Francisco Arellano
Colección: Futurópolis, número 23, Miraguano Ediciones
Año de la edición: 1990

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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