CURA DE ANSIEDAD, de Juan Antonio Fernández Madrigal

Una de las primeras revistas que conocí cuando comencé a familiarizarme con este extraño mundo del fándom fue BEM, la cual me pareció tan atractiva que quise publicar allí sin dudarlo. El relato escogido fue “Cura de Ansiedad”. Sin embargo, como es bien sabido, a veces tienes que tener cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se cumpla de la manera más inesperada. Eso es lo que sucedió precisamente en aquella ocasión: aceptaron publicarlo (con unos comentarios tan favorables, tanto al relato como a las ilustraciones, que me hicieron enrojecer), pero pocos meses después BEM dejaba de editarse y en su lugar vio la luz en un CD recopilatorio.

Sin embargo, el fin de BEM en papel coincidió con el comienzo de una estupenda relación con los responsables de esa revista, que se ha prolongado hasta ahora y espero que lo haga en el futuro. Mi tocayo Joan Antoni Fernández ya les ha definido bastante acertadamente aquí mismo: son unas personas encantadoras. No puedo estar más de acuerdo. Ojalá BEMonLine se convierta, como creo que lo está haciendo ya, en una referencia en el fantástico español como mínimo tan importante como lo fue BEM.

”Cura de Ansiedad” es un relato atípico para mí. Normalmente me dejo llevar mucho más por una atmósfera, una frase, una palabra (incluso un color, un olor, una sensación) que por una idea. De ahí que lo que escriba esté normalmente alejado de la ciencia ficción como se entiende habitualmente, lo cual ni me preocupa ni lo pienso cambiar.

Pero en este relato, por algunas vivencias personales y familiares, la idea se dedicó a revolotear por mi cabeza durante un tiempo. Había que ahuyentarla de alguna manera… Así nació esta historia, que como siempre, encuentro grandes dificultades para definir (no valgo). Podría decir que es una historia de amor. O una historia de debilidad, de enfermedad. Aunque también es una historia de superación. Y de anticipación: estoy convencido de que tardaremos menos de lo que imaginamos en ver con nuestros propios ojos este tipo de tecnología o alguna que se le parezca bastante…

Juan Antonio Fernández Madrigal.

 

Ilustraciones del autor

 

hijo

La casa le sostenía y le protegía, como siempre.

Durante el breve paseo desde la sala de baños, el ente hogar le ofreció distintas soluciones humeantes. Las paredes blandas se iban abriendo a su paso de acuerdo con las sensaciones que la casa recibía de sus perceptores emocionales. Cada una le hacía su oferta, normalmente acompañadas de relajante música, no muy alta, y nunca protestando por su indiferencia o sus negativas. Tras rechazar varias, terminó eligiendo la infusión digestiva azucarada y siguió hasta llegar al despacho. El calor que emanaba de la taza de cerámica ocre le calentó las manos agradablemente.

-¿Vas a estar mucho rato? -se oyó una voz desde una habitación lejana. Apenas sin prestar atención contestó, aclarándose al mismo tiempo, torpemente, la garganta.

-Avísame a las cinco, mami.

Con su entrada en la sala algunos pétalos se agitaron un poco. Cuando se acercó más al centro, la corola le esperaba ya completamente desplegada, casi anhelante. Sonrió y se sentó dentro. Los pétalos de aquel material tan parecido a la carne le rozaron vaporosamente mientras se cerraban cubriendo su cuerpo y le llevaban lejos.

-Cariño, hay un aviso de la doctora recordándote la cita de la semana que viene. ¿Te la confirmo para el martes?

-…Sí, de acuerdo. No. No, mejor no. ¿Puedes ponerlo el lunes? O a finales de semana. El martes he de terminar unos análisis del módulo de virus. Posiblemente me llevarán todo el día.

-Últimamente te estás sobrecargando de trabajo, mi vida.

-Tranquila -su sonrisa apagó la inquietud de ella-. Casi todo lo hago dentro del Ansiax.

-Ummm.

La besó en la mejilla y la abrazó, borrando el mohín de su cara. Luego la acompañó a sus estancias y se alejó, intentando contener un leve atisbo de nerviosismo. No era nada importante, estaba un poco cansado. Dormiría y al día siguiente la preocupación habría desaparecido.

La música clásica ambiental fue sustituida por algo aún más monótono durante los últimos minutos antes de dormir.

A la mañana siguiente le sorprendió el notar por primera vez el contraste entre el cálido interior de los pétalos del Ansiax y los triángulos de realidad que se hacían poco a poco más pequeños en el exterior, quedando lejos de su alcance. En toda su vida nunca se había parado a pensar en ello. ¿Qué era más real? Lo que quedaba en el exterior dejaba de existir en pocos momentos. Lo de dentro sin embargo le permitía seguir viviendo… para poder disfrutar del exterior más tarde. Bonito ciclo de dependencias. Sintió el leve rumor precedente a la conexión. Se relajó.

¿Y si probaba a simular con sólo dos órganos vitales? El Ansiax detectó la excitación, si bien no muy intensa aún, y se preocupó de recabar los detalles necesarios para proyectar una imagen nítida del análisis que necesitaba. Una tráquea virtual vibró, y un pulmón, el izquierdo, se alzó en una hipotética respiración normal. El gas fue aspirado y expelido, y los flujos se reflejaron en gráficas por doquier. Análisis de humedad/temperatura en tejidos expuestos. Apenas tenía que subvocalizar sus órdenes. Automáticamente dispuso de los resultados de una nueva simulación sobre la dinámica de las capas celulares externas. Aumento del índice de replicación del agente. Sólo baja activación del vector. Los nuevos datos sucedieron inmediatamente a los anteriores. Su capacidad intelectual se expandía con rapidez con la increíble velocidad de procesamiento del Ansiax y su simbiosis con sus pensamientos, con sus procesos creativos; ambos eran ahora, al menos cognitivamente, una única entidad. ¿Pero eran realmente una entidad superior o sólo un defecto de la evolución? ¿Y qué era la realidad en esos momentos? Si no existía realidad, si estaba en una nueva realidad, ¿dónde debía situar ahora todo lo que no había compartido con el Ansiax? Se sentía algo mareado.

Unos gráficos móviles le indicaron su pulso y su tensión. No los había pedido y le confundieron. Apartó de su mente los pensamientos que le asaltaban e intentó centrarse de nuevo en el trabajo. El Ansiax no tardó en reconocer de nuevo el estado de excitación creativa: aprovechó inmediatamente la energía que su cerebro de doce años dilapidaba generando tal estado, alimentó con ella sus fuentes de energía y dirigió sus procesos artificiales para proveer al cerebro de su joven usuario todos los datos que pudiera necesitar, a la máxima velocidad posible. La simbiosis se encauzó de nuevo. El trabajo continuó con algún que otro altibajo similar durante varias horas.

-Tu última media de excitación vino acompañada de una alta varianza. ¿Cómo te sentiste en la última sesión?

La imagen le hablaba desde un sofá adaptable. Él tomaba una infusión en una taza decorada con personajes imaginarios de colores chillones. Al mismo tiempo examinaba sus pensamientos, no del todo concentrados en la charla con la doctora.

-Bien… normal.

-No es eso lo que los análisis del Ansiax indican. Deberías cuidarte un poco más.

-Sí, ya lo hago. No entiendo qué ha sucedido.

La doctora miró un gráfico flotante. La imagen de su cuerpo parpadeó un momento sobre el sofá mientras cambiaba la postura de las piernas. La conexión no estaba libre de interferencias.

-¿Recuerdas la vez que recaíste, hace un par de meses?

Se revolvió inquieto. La doctora asintió por él.

-Fue durante tu etapa de escritor. ¿Has vuelto a retomar la escritura?

-No. Muy esporádicamente, quiero decir. Apenas nada.

-No creo que sea el momento de retomarla. La ansiedad que te provoca distrae las funciones para las que está programado el Ansiax. El modelo que te proporcionamos creció en Brasil, la mejor plantación. No hay muchos como él. Pero a pesar de su valía para sintonizar con ciertos esquemas mentales, hay tipos de ansiedad con los que no se maneja muy bien, ¿comprendes?

-Claro -afirmó sin demostrar gran convicción. Le molestaba la condescendencia de la doctora. Y estaba un poco cansado de la charla. Le apetecía hacer alguna otra cosa. Quizás terminar de diseñar su catedral. Probar algunas decenas de configuraciones para los arbotantes: que absorbieran la presión de la cúpula central en ángulos equiespaciados, sin transformar el aspecto exterior de las naves laterales; en sólo unos instantes si pudiera entrar en el Ansiax… Maldita reunión de chequeo.

-…Y sabes que tu ansiedad debe ser canalizada. Sobre todo su faceta creativa. ¿Has seguido los controles médicos globales?

-Todos los días. ¿No ha recibido los datos esta mañana?

-Aún no me han llegado. Dile a tu madre que me los envíe de nuevo, o hazlo tú mismo, por favor. -Una sonrisa amplia iluminó el rostro de la doctora-. Bien, veo que estás un poco cansado. Lo dejaremos hasta la próxima sesión. No detecto nada que nos deba preocupar demasiado, pero sí deberías tener más cuidado con el autocontrol. Prueba a recibir alguna lección karma, tenemos un amplio catálogo.

La sonrisa se mantuvo firme hasta que la imagen se desvaneció. El sofá quedó hueco. Él se levantó y caminó hacia el despacho. Hacía un rato que no prestaba realmente atención a lo que sucedía en la habitación, perdido en otros pensamientos.


madre

-En casi todos los factores, su hijo avanza espectacularmente -sonrió el director sin poder evitar un trasfondo de soberbia-. Las últimas medidas de su CI han superado nuestras expectativas.

-Me alegro, director. Sin embargo está trabajando mucho últimamente. Apenas realiza otras actividades, y cada vez pasa más tiempo en el Ansiax. He pensado que quizás unas vacaciones…

-Mmm… Estoy seguro de que le ofreceremos un amplio período en un momento más oportuno, y de que se le proveerá de todas las facilidades para disfrutarlas plenamente, señora, pero habremos de esperar aún; el contrato las programa para agosto… Y su CI puede verse muy beneficiado precisamente en la fase actual.

-Quedan siete meses para agosto. Eso es mucho tiempo.

-Es lo estipulado en el contrato.

-Si eso es inflexible, entonces tendrán que vigilar su evolución más estrechamente. No quiero que le dé un nuevo ataque. Eso también está en el contrato.

Una leve pausa, pero perfectamente perceptible.

-Bien. Se puede arreglar. Le mandaremos los informes semanalmente. Si lo desea, incluso a diario, aunque las tendencias no se muestran claramente en períodos tan cortos…

-No me refería a ustedes.

-¿Cómo?

Una pausa mayor, esta vez por voluntad de ella.

-Me gustaría que los chequeos periódicos los llevara alguna otra empresa.

-Pero eso sería violar las condiciones del contrato…

-Eso depende de ustedes, ¿no cree? Cambien las condiciones del contrato. Él les está consiguiendo buenos resultados con el nuevo vector que ha diseñado.

La imagen flotante se quedó finalmente inmóvil, en el estúpido estado de no ser capaz de decidir qué expresión ocultaría mejor su desconcierto, y así, mostrándolo sin ambages.

-Bien, creo que eso es todo, señor director. Si en dos días no recibo su respuesta me sentiré libre de contratar servicios externos al Departamento. Me ha agradado mucho poder hablar de manera tan razonable con ustedes, de nuevo.

La sonrisa limpia fue la última imagen que recibió el director desde su oficina remota cuando ella cortó la conexión.

La puerta del despacho se desplegó silenciosamente hacia el marco, dejando entrar a la madre, alta, vestida con un suave tejido grisáceo que se adaptaba perfectamente a su cuerpo esbelto. Se acercó elegantemente a una de las paredes esponjosas, miró lentamente a los lados, y se inclinó. Automáticamente, se formó un saliente en la pared donde ella terminó de sentarse. Cruzó las piernas y se mantuvo muy quieta, respirando pausadamente.

La luz de la habitación se reflejaba tan intensa que le molestaba mantener los párpados completamente abiertos. Cuando al cabo de unos segundos se acostumbró, vio los pocos adornos que la habitación se molestaba en formar para ella, variantes de formas vivas: algunos biocuadros y un par de acuarios. Y en el centro, agitado levemente como en respiración irregular, el Ansiax.

Estaba cerrado, los pétalos marrones surcados de arrugas envolviendo a su hijo. Los interfaces biónicos detrás y a los lados, recibiendo incansablemente datos que eran transmitidos sin pausa al Departamento. La forma vagamente vegetal plantada en un amplio octógono hidropónico, balanceándose apenas sobre el líquido; una imagen irreal, de pesadilla. Pero no dejó que el miedo irracional la invadiera. Para evitar esos pensamientos se concentró en los leves vaivenes del organismo simbiótico, dejando que la consciencia reposara en ellos.

Finalmente, el tiempo desapareció. Y reapareció más tarde tras un buen rato sin afectarla.

Los pétalos se abrían ya. El ligero crepitar le provocó de nuevo un escalofrío. El interior estaba oscuro por contraste con la blancura de la habitación. Sólo las diminutas luces de los interfaces iluminaron el rostro de su hijo cuando éste se movió para salir. La pequeña figura se irguió y puso un pie fuera del octógono, apoyándose en los bordes de los pétalos abiertos, parpadeando indeciso. Le pareció apreciar que sus piernas y brazos pequeños temblaban al dar los pasos que le llevaban de nuevo al mundo real. No le extrañaba el afecto que su hijo estaba desarrollando hacia aquel objeto: regresaba a un mundo tan cruel que le obligaba a apartarse de él periódicamente si no quería morir. Aquella cosa no sólo le mantenía con vida: el Ansiax le proporcionaba otro mundo en el que la pesadilla de la muerte por un ataque cardíaco no existiría jamás, y un mundo en el que sería aceptado como una persona normal -no excepcional, que tan sólo era otra forma de discriminación si tenías un CI de 170 con doce años-. ¿Cuándo decidiría él definitivamente que no querría vivir más en el mundo malo de fuera? ¿Podría ella hacerle cambiar de opinión entonces? Si lo conseguía, tenía miedo de que no aprendiera a canalizar los niveles casi inhumanos de ansiedad que tendría que soportar en el mundo de fuera. Ella no le podría garantizar la vida, como el Ansiax.

¿Pero era vida el pequeño mundo que le proporcionaba el Ansiax?

Le sonrió.

-Hola, cariño.

Se sobresaltó un poco. No estaba acostumbrado a encontrarla allí sentada, esperándole.

-Hola, mami.

-¿Te apetece dar una vuelta?

La miró indeciso. A ella se le ocurrió que si no le hacía decidirse ahora, recién salido del Ansiax, quizás no podría hacerlo nunca más.

-Es aquí al lado. Me gustaría enseñarte una cosa.

-¿Qué cosa?

-Ah, eso es una sorpresa.

La sonrisa de ella, ahora más amplia, pareció recabar su resistencia. El cuerpo de él cedió perdiendo parte de su rigidez. Se sentía curioso. Al menos el mundo de fuera nunca decepcionaría esa curiosidad. Eso era algo que el Ansiax nunca podría proporcionarle, puesto que sólo le podía mostrar una imagen amplificada de él mismo.

-Ven, mi vida.

La superficie alabastro del instrumento relució bajo la luz ambiental pastel. Ambos se acercaron despacio: respeto y curiosidad. Ella no le tocó. En su lugar dijo:

-Cógelo.

Él dudó un momento y luego tendió su mano pálida hasta palpar con la yema de los dedos la caja negra. La leve presión sonó un poco más fuerte de lo que había esperado. Los dedos se retiraron. Sólo por un momento. Al regresar descubrieron de nuevo la sonoridad amplificada, y tocaron más, y se deslizaron con suavidad, recién hallado cariño, hacia el mástil, las cuerdas; comenzando a vislumbrar lejanamente las maravillas que podrían surgir de tal unión de materias.

La mano de la madre descansó sobre su muñeca sin apartarlo, sin animarlo tampoco.

-¿Quieres probar?

-Sí.

-No debes dejar que la ansiedad crezca. Esto puede servirte para canalizarla y expulsarla formando algo mejor, pero no para forzarla y hacerla crecer dentro.

Él la miró. Sereno.

Ella retiró su mano advertencia.

El instrumento sonó majestuoso incluso con el roce de la funda. Él lo palpó entero, pulsó alguna cuerda con indecisión y suavidad, experimentó con la forma. Finalmente se volvió para mirarla y luego se sentó en el centro de la sala de músicas.

Un rato más tarde sólo quedaban allí él y el instrumento.

La puerta le habló.

-Señora, el último envío del Departamento.

Ella se acercó extrañada. Iba al comedor y no esperaba la interrupción.

-¿Qué envío? Los resultados de la semana llegaron ayer, puntualmente.

-Es el último envío -volvió a repetir la puerta demostrando la falta de datos de que disponía-. Aunque si lo desea, puedo comunicarle que regrese en otro momento.

-No, déjalo.

La puerta se despolarizó y dejó ver a su través la figura de un robot metálico que sostenía una caja.

-¿Un robot personalizado? -le extrañó la especial atención que eso suponía-. Ábrele.

La puerta se volvió a polarizar y se encogió sobre su propio marco. El robot extendió la caja hacia ella.

-Señora, la sección médica del Departamento le envía por vía urgente estos módulos. Disponen de instrucciones. A utilizar en un día.

Tomó la caja que le ofrecía sin decir nada. El robot consideró el gesto como una despedida y se dio la vuelta. La puerta volvió a plegarse desde el marco, tornándose de nuevo sólida.

Llevó la caja y la conectó al ordenador central en lugar de a la sala de medicamentos.

-Estudio preliminar, por favor.

La voz femenina del ordenador central no tardó en responder.

-Sustancia medicinal. Instrucciones de uso: cien miligramos cada ocho horas, tres días. Similitudes encontradas con sedantes del grupo de la benzodiapezina. Menor actividad.

-Oh.

Permaneció unos instantes sin decir nada más. Luego ordenó la incineración de la caja junto con su contenido.

Tenían más niños. El Departamento no se jugaba el éxito del proyecto a una sóla carta. Ella lo sabía, pero eso no hacía desaparecer el pellizco en el estómago. ¿Cuántos serían? Al comienzo había intentado contactar con el resto, o al menos con algunos, pero no había podido conseguir información al respecto. “El Departamento no puede facilitar información personal, señora”, y una amplia sonrisa. ¿Era su hijo el único con problemas de corazón, tan frágil? ¿Era por ello por lo que mostraban especial interés? ¿O sólo era una impresión mal fundada en las normas protocolarias que regían las comunicaciones del Departamento con las familias de los voluntarios? Se sentía impotente y se sentía sola, muy sola. Su única defensa seguía siendo la desconfianza que aún le permitían, y eso era muy poco… Nunca había estado completamente cómoda con la información facilitada sobre los métodos. Ni con el Ansiax. Cualquiera podía ver la adicción que podía provocar en un niño tan pequeño… tan grande intelectualmente, tan pequeño en sus emociones. Los posibles beneficios que se podrían obtener para el bienhestar común no bastaban para hacer de su hijo una cobaya. Al menos no le bastaban a ella.

-Me gustaría tocar un poco más hoy.

Él masticaba lentamente, saboreando. Su mirada limpia reflejaba la inocencia del que no sabe manejar algo muy grande que le ha sido dado, pero que lo acoge en su interior con el máximo respeto, como un niño verdadero, de los que no cambian aunque la edad sí lo haga. Eso le hacía sentirse orgullosa de él. Ojalá su don no le hubiera sido concedido junto con una extraordinaria debilidad del músculo cardíaco.

-No hay problema cariño.

-Gracias.

-¿Te sientes bien? -la pregunta había llegado a ser algo rutinario entre ellos.

-Muy bien -la sonrisa de él no siempre lo era. Ahora realmente se sentía bien.

-Muy bien -imitó ella sonriendo a su vez.


departamento

-Señora, una comunicación urgente del Departamento.

-Ahora no, estoy cansada.

-Lo siento, señora, viene acompañada de una orden de insistencia grado tres.

Nunca había tenido la oportunidad de escuchar la voz de la casa con un tono tan lastimero y enfermo. No le gustó. Pero le gustaba aún menos tener que ceder.

-Haz el favor de aplazarla para más tarde. Díles que me agradará mucho hablar con ellos en cuanto termine mi lectura.

La voz de la casa enmudeció. Ella se giró un poco en el sofá adaptable e intentó continuar su descanso, pero a los pocos momentos la voz volvió a aparecer.

-Señora, el Departamento insiste en comunicarse con usted precisamente en este momento.

-Ya te he dicho que no es posible. Aplázala.

Sólo unos segundos de silencio esta vez.

-Lo siento señora, no puedo contrariar una orden de insistencia grado tres si ello le causara problemas legales. Me han sido referidos los puntos 1.3.7 y 1.3.8.a del contrato firmado con el Departamento y al cotejarlos con el sistema judicial central he llegado a la conclusión de que negarse a recibir la comunicación en curso podría violar las normas 23)g-h del código alfa sobre civ…

-Está bien -cortó ella fríamente. Cerró el libro con un golpe seco y se mesó los cabellos-. En ese caso pásame la comunicación.

-Es una comunicación audiovis. -La voz de la casa había recuperado la entonación neutra habitual.

La figura del director se materializó sobre un sillón cercano. El asiento no sufrió ningún cambio, pero la imagen hizo ademán de apoyarse en los brazos como si realmente sintiera el cómodo soporte debajo.

-Buenas tardes, señora.

-Buenas tardes -replicó ella incorporándose-. Estaba en mi período de descanso diario. ¿Qué se le ofrece?

-Siento haberla interrumpido, pero hay ciertas cuestiones que no pueden ser postergadas. Relativas a su hijo y al proyecto.

-Le escucho.

-Bien. Los últimos informes que hemos recibido señalan anomalías en el rendimiento que pudieran ser importantes. Las medias de activación son bajas. Los resultados no son los deseados. Algunos parámetros de funcionamiento del Ansiax han sufrido cierto deterioro.

-¿No pueden arreglarlo?

-Señora, éstos son los efectos típicos de una mala utilización del dispositivo simbiótico. El flujo de datos del Ansiax ha disminuido apreciablemente: o bien su hijo no está utilizándolo según le fue recetado o bien el dispositivo ha sufrido algún desperfecto, algo improbable según nuestros últimos datos.

Ella odiaba toda aquella terminología para referirse a la… cosa semiviva que entraba en el cerebro de su hijo todos los días. Se revolvió un poco en el sofá. Miró a los ojos del director y analizó la situación. Tras unos instantes asumió que no tendría ningún sentido dar más vueltas sin ir a ninguna parte.

-Mi hijo está agotado. Le he reducido el tiempo de permanencia.

-Señora, eso está prohibido.

-¿Prohibido? Le he dicho que mi hijo está agotado. Adáptense a su ritmo, no al revés.

-El factor de utilización del Ansiax ha sido minuciosamente calculado teniendo en cuenta todos los parámetros del proyecto, incluida la personalización del funcionamiento al ritmo óptimo de trabajo de su hijo. Y adaptamos ese factor dinámicamente. No es posible que no pueda cumplir los requisitos.

-Creo que se equivoca, señor director. Sé perfectamente qué requisitos puede cumplir mi hijo en estos momentos, y no incluyen el estar seis horas diarias encerrado en el Ansiax.

-Señora, insisto en que todo ello ha sido tenido en cuenta.

-Dígame, ¿se enfrentaría tan fríamente a una demanda por homicidio?

-¿Cómo dice?

-Obliguen a mi hijo a seguir usando seis horas diarias como hasta ahora un dispositivo experimental como el Ansiax y si le ocurre algo su Departamento deberá enfrentarse a una demanda por negligencia médica. De hecho, provóquenle agotamiento nervioso y la primera taquicardia los llevará ante al juez.

-Señora… intente calmarse. -La inquieta figura de luz se removió en el sillón-. Está exagerando la situación médica, y siento decirlo, sin la debida información, de la que sólo nosotros disponemos como se puede deducir del contrato. Su hijo estará bien, se lo aseguro, y no será necesario llevar a la práctica nada de lo que usted me expone.

-La última vez le dije que otra empresa se encargaría de supervisar la situación médica de mi hijo. No han contestado a mi propuesta, por lo tanto me he sentido libre de contratar los servicios de otra compañía. A partir de ahora, ustedes no tienen ninguna información válida sobre el estado de mi hijo. Como consecuencia directa, no tienen autoridad para decidir ni imponer su ritmo de trabajo.

El cuerpo del director se encogió un poco. Ella no creía haber hecho ninguna maniobra que no pudieran haber previsto en el Departamento, por lo que la reacción le desconcertó. ¿Tan fácil era engañarles? ¿Con un bulo tan simple? No te confíes. No te confíes.

-¿Qué compañía lo trata? -preguntó la imagen finalmente.

-No creo que eso sea de su incumbencia. Ahora, si me disculpa…

La figura originalmente paterna del director mostraba en esos momentos una expresión mucho más allá de la serenidad, extremadamente fría y distante. El silencio absoluto de la habitación no hacía menguar esa frialdad.

-Me pondré en contacto con usted próximamente. Gracias.

La imagen desapareció tan bruscamente como había llegado. Ella permaneció unos momentos mirando el sillón vacío. Observando como si aún estuviera allí la mirada glacial del hombre. E imaginando la presencia abrumadora del aparato judicial del Departamento detrás de esa mirada, moviéndose lentamente, despertando demasiado lento esta vez. Aún demasiado lento. Pero cuando se desperezara completamente, su inercia imposible podría aplastarla como a un insecto. Tembló.

-Mami, es inútil que luches contra ellos. Son demasiado poderosos. Y no quiero que te hagan daño.

Le miró y no le fue posible disimular la desesperación que la habitaba.

-Sé lo que estás intentando hacer, pero no podrás evitar que el Departamento consiga sus objetivos. Me obligarán a utilizar el Ansiax. Si tú no lo permites, te denunciarán; distorsionarán los hechos; serían capaces de acusarte de provocarme un ataque. -Ella gimió-. Sabes que harían lo que fuera necesario, porque para ellos el proyecto es muy importante. Para ellos el proyecto es dinero. Grandes cantidades de dinero. Por eso no dejarán que una madre como tú lo estropee todo. Así que, por favor, mami, déjalo. Haré lo que dicen. Estaré más horas en el Ansiax. Diseñaré la vacuna.

Ella no pudo más que permanecer en silencio. Era cierto. No podría hacer nada para detener al Departamento. Pero también sabía que tal ritmo de esfuerzo podría provocarle un nuevo ataque. Y no se atrevía ni siquiera a imaginarlo. Había firmado el contrato tanto tiempo atrás, confiando ciegamente en que ayudarían a su hijo con su enfermedad…

-Mami…

-¿Sí? -consiguió pronunciar mientras secaba las lágrimas que se habían empeñado en mostrar su debilidad.

-¿Tú tiraste los sedantes que enviaron?

-¿Cómo sabes eso? ¿Te lo dijeron ellos?

-No. Supuse que los enviarían porque la doctora me dijo que mis medidas de ansiedad estaban siendo muy irregulares, y porque querían asegurarse contra tu reducción del uso del Ansiax. Ellos querrían mantener lejos el riesgo de ataque, aunque fuera con medios tan…

-¿…poco sutiles? -sonrió irónicamente ella.

-Sí. Pero a partir de ahora no serán necesarios, porque volveré a retomar el horario habitual. Cumpliremos el contrato, ¿de acuerdo?

Ella se mordió los labios. El interior de su cabeza era un puro torbellino que era imposible apaciguar para pensar con claridad.

-¿Estás seguro, hijo?

-Estaré bien, mami, no te preocupes.

Ella le miró sin saber qué contestar.

-¿Sabes, mami? Ahora creo que sé qué quiero ser de mayor. Lo he estado pensando estos días, y cada vez tengo más ilusión en ello.

Ella sonrió finalmente ante el cambio de tema. No se sentía capaz de otra cosa.

-Quiero ser músico.

El Departamento no la molestó en los días siguientes. Los de la semana posterior a su última conversación con el director fueron los más críticos. Porque durante ese tiempo rastrearían las bases de datos del gobierno. Buscarían en sus cuentas bancarias, si hiciera falta. Hasta confirmar lo que ya imaginaban: que ella no había contratado los servicios de ninguna otra empresa que supervisara la evolución médica de su hijo. Algo que ella tampoco terminaría por hacer, ya que cualquier otra empresa lo tendría muy fácil para aprovechar la situación, no haría un buen seguimiento. Es más, dudaba de que hubiera alguna empresa capacitada para hacer un seguimiento siquiera básico de la enfermedad. Por eso había aceptado el contrato con el Departamento.

Por tanto, esperó. Lloró alguna vez, sobre todo cuando más sola se sentía. Intentó no pensar la mayor parte del tiempo. Finalmente, los días transcurrieron y no hubo señales de ningún movimiento del Departamento. Su hijo asistía puntualmente a su cita con el Ansiax. Los informes llegaban a diario. El Departamento no quería ningún cabo suelto, nunca los podría denunciar por negligencia.

Pero él estaba cada vez más pálido, delgado y melancólico. Veía cómo la vida se le escapaba día tras día. Y veía todo el tiempo que faltaba hasta agosto. A veces tenía miedo de que el sentir tanta impotencia la volviera loca. No podía permitir eso. En esos momentos insoportables iba a la sala de músicas y tocaba el viejo instrumento. Lo tocaba por su hijo, que no podía hacerlo, y dejaba que el dolor escapara. Así al menos tenía el consuelo de que la música que ella creaba sí era libre para volar lejos de aquella realidad cruel.

Su música agridulce invadía toda la casa. Incluso se hacia sentir levemente en el balanceo del Ansiax en su sustento líquido.


cura de ansiedad

Los hombres del Departamento entraron sin llamar. La puerta de la casa se había abierto sin aviso previo. La madre tardó unos instantes en reaccionar, aún somnolienta en el sofá.

-¿Qué…?

Los hombres vestían de blanco, llevaban algunos aparatos satélite que les circundaban y les seguían hacia el interior. Desaparecieron por el pasillo central sin ni siquiera detenerse donde estaba ella.

Ella los siguió, gritando, tropezando en aquella carrera absurda.

Llegó al despacho poco después que ellos.

Su hijo estaba en pie fuera del Ansiax, sereno, quieto y pálido. Ella se apresuró a abrazarlo antes de intentar reflexionar sobre la situación. Estaba tranquilo, aunque algo frío.

-No es necesario que se preocupen por mí -dijo él a los hombres. Sin embargo algunos de ellos se acercaron y la apartaron del muchacho, suavemente pero sin dejarle ninguna oportunidad de queja. Comprobaron el pequeño cuerpo con sus aparatos. Se miraron unos a otros. Parecían casi tan desconcertados como ella. Uno de ellos comunicaba mediante un pequeño transmisor de muñeca con alguien del Departamento.

-No… El Ansiax. Ha quedado anulado.

Entonces fue cuando miró al Ansiax y vio lo que quedaba de él. Los pétalos estaban rotos, resecos y arrugados sobre sí mismos. No palpitaba nada a lo largo de su superficie ahora gris, y no existía el menor balanceo del organismo sobre su lecho hidropónico.

Después de deliberar entre ellos unos minutos, los hombres extrajeron muestras de tejido, y luego trocearon los restos más grandes del Ansiax. Se los dieron a algunos de los robots auxiliares que les acompañaban, y cuando terminaron rociaron el estanque octogonal con algun producto aséptico y se marcharon. No les dirigieron la palabra en ningún momento.

Ella apretó su abrazo.

-¿Estás bien?

-Sí, mami, no te preocupes. -Le sonrió como no lo había hecho en todos esos días-. Estoy muy tranquilo. No te preocupes por mí.

Sintió el aura de paz que envolvía a su hijo en aquellos momentos. Vio cómo el color rosado volvía a sus mejillas. No era posible. ¿Qué era aquello que no conseguía comprender? No podía eliminar fácilmente la ansiedad que ella misma había sufrido. Aún temblaba.

-Ya no te preocupes más, mami. No te preocupes más.

Cuando al fin se tranquilizó su hijo le explicó lo que había hecho con el Ansiax todo ese tiempo. No lo había roto él, había sido un mero defecto en el diseño del dispositivo. Pero tampoco había estado trabajando en la vacuna. Había estado diseñando y experimentando en él mismo algo mucho más importante para ellos dos.

Los hombres del Departamento no trajeron el nuevo Ansiax hasta pasadas unas semanas. Mientras tanto sometieron a su hijo a toda clase de pruebas y análisis. Esta vez ella se arriesgó a utilizar los servicios de otra compañía, ejecutando finalmente sus amenazas. Fue la mejor decisión que tomó en su vida.

El corazón de él estaba bien. No tuvo acceso a los informes del Departamento, pero sabía que los que le proporcionó la otra compañía reflejaban el hecho de fondo, incuestionable: milagrosamente, la enfermedad de su hijo se estaba curando.

Intentó utilizar esa información para impedir que el Departamento les obligara a cumplir el resto del período, pero una cláusula convenientemente ambigua lo hizo imposible. Su hijo tuvo que introducirse en el nuevo Ansiax todos los días hasta los meses de verano, donde ella sí podría ejercer su derecho de anulación de contrato. Sin embargo, aquello sólo le preocupó la primera semana. A partir de entonces se hizo evidente que el nuevo Ansiax no tendría efectos perniciosos para su salud. De hecho, su hijo sonreía siempre que salía del encierro simbiótico, y cuando ella le preguntaba el porqué, terminaba por reír y le pedía permiso para tocar el instrumento.

Desde entonces su habilidad musical se había incrementado considerablemente para un niño de su edad.

El Departamento les envió en verano los documentos con la recesión del contrato. Los firmaron con una sonrisa en los labios. No hubo ninguna noticia, ni personal ni pública, sobre algún resultado útil conseguido con el proyecto. No había vacuna, al menos utilizable. Los hombres de blanco les visitaron de nuevo, esta vez saludando amablemente, y retiraron el nuevo Ansiax, para no volver a traer ninguno más. El estanque hidropónico fue cegado y en su lugar ellos dos plantaron un verdadero árbol. Un madroño cuyos frutos saborearon durante muchos años.

Fue en los meses en los que el madroño crecía, y su hijo no parecía encontrar un límite a su capacidad musical creativa, cuando más feliz fue la madre. Se sentía orgullosa siempre que recordaba lo que su hijo había hecho con el Ansiax aquellos días en los que el Departamento le obligó a usarlo a pesar de su salud. Su hijo había sido mucho más listo que ellos. Y por aquel entonces sólo era un niño de doce años.

Ahora el hombre de ojos marrones y cálidos que la miraba mientras tocaba dulcemente la hacía sentirse tan querida… como una niña pequeña.

© 2000-2004 Juan Antonio Fernández Madrigal por el texto.
© 2000 Juan Antonio Fernández Madrigal, por las ilustraciones.

 

Juan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, aunque, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado diversos relatos y la novela Ciclo de Sueños (colección Espiral). Hasta el momento, ha publicado en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM…. y ahora en BEM on line.

 

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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