MATRIX APOSTOL, por Joaquín Revuelta

Siempre tuve curiosidad por saber qué se siente al escribir un relato con personajes y ambientes que no han salido de tu imaginación. Los que me conocen saben que, a pesar de todo, soy fan absoluto de Matrix, así que escribí este cuento centrado en su universo. Espero que disfrutéis leyéndolo tanto como yo escribiéndolo…

Joaquín Revuelta

 

Ilustraciones de Giner Bou (GruaGràfics)

 

“Save me from the Nothing I’ve become.”

(Evanescence, Bring me to Life)

 

Los niños juegan en la pequeña plaza, saltando y brincando entre los bancos de piedra salpicados de excrementos de pájaros, escondiéndose tras los secos arbustos que bordean su perímetro. Las risas y los chillidos componen una extraña oda al atardecer, un adiós inocente al sol que se va parapetando detrás de los altos edificios que rasgan el horizonte de la ciudad. La temperatura es agradable. Un crepúsculo cualquiera en mitad de un verano cualquiera.

No hay muchos adultos en el improvisado parque de juegos. Un par de ancianas charlan sin preocuparse mucho por lo que sus nietos estén haciendo, y una madre joven trata de hacer que su bebé chupe el pezón que le ofrece. A unos quince o veinte metros, un jardinero rastrilla el césped con escaso ímpetu, contando los minutos que le quedan para acabar el turno, observando sin prestar mucha atención las piruetas que realizan los mocosos.

Él es el primero en caer.

Hay una implosión en el tejido de la realidad. El aire vibra junto al desconcertado operario, las facciones desencajadas por el miedo. Ondas metálicas se extienden sobre la superficie de la nada y una figura humanoide surge del vórtice. Un heraldo de las sombras. El jardinero intenta emitir un grito, pero una katana afilada como la guadaña de la muerte rasga piel y músculo bajo su mentón, dotándole de una segunda sonrisa de refulgente tono carmesí. Una cascada roja salta hacia delante, empapando la hierba a sus pies. Cae hacia delante, con los ojos pidiendo explicaciones mudas, y se sumerge en el charco cárdeno que anuncia su muerte. El extraño surgido de ninguna parte no se ha movido, sigue con la cabeza gacha, los nudillos blancos en torno a la empuñadura del acero que destila gotas de agonía. Sus vestiduras negras cuelgan a su alrededor en una nube de tinieblas.

Uno de los chiquillos ha observado la escena con incredulidad. No es una película. La comprensión de la cruda realidad llega hasta él en densos borbotones que le cierran la garganta. Grita, tanto como le permiten sus pequeños pulmones, y corre hacia el lugar donde un grupo de ancianas aterradas se debaten entre la agonía y el pánico más profundo. El ángel de la muerte aparece de repente ante ellas, el filo de su espada goteando sangre densa y roja. La katana se mueve, tan rápida y con tanta decisión, que las abuelas ni siquiera saben qué les está provocando la muerte. El asesino muestra una pizca de piedad, después de todo. Los niños huyen como conejos asustados, en todas direcciones, sus pequeñas gargantas desgarradas en un aullido de pánico.

No tienen ninguna oportunidad.

El tiempo se detiene de repente. La realidad queda congelada en una instantánea tridimensional, luminosa y palpable. Las piernas de los chiquillos también se quedan paralizadas en mitad de la carrera, las bocas abiertas, los ojos cerrados, las lágrimas como perlas resbalando por sus rostros… El asesino acaba con todos ellos metódicamente, con fría profesionalidad. Ninguno ha sufrido, ninguno volverá a ver la luz del sol. Baja la espada, que destila sangre roja sobre el césped, y con un movimiento restaura el flujo de la vida a su alrededor. Los cuerpos sin vida de los niños caen al césped, o al asfalto, con golpes sordos y apagados. No se oye nada, ni siquiera el canto de los pájaros, sólo el rumor del tráfico del centro de la ciudad, que llega en oleadas carentes de compás.

El hombre avanza hacia el centro de la plaza y allí se coloca. Piernas abiertas, las manos cruzadas sobre la empuñadura de la katana (cuyo extremo está apoyado en el suelo), la cabeza agachada, los ojos ocultos tras gafas oscuras mirando las grietas del suelo. Allí espera, durante más de una hora, los bajos del guardapolvo de cuero negro que le cubre ondeando al viento. Pero nadie aparece. Ninguno de ellos. Había esperado que, al menos, cualquiera de los dos enviase a algunos de sus heraldos. No sucede así. La noche cae, las sirenas de la policía se oyen a lo lejos, acercándose al lugar en el que se ha producido la matanza. Tendrá que huir, como un oscuro animal acorralado, despechado, con la garganta y los ojos calientes a causa de la ira que lo devora.

El dosel de la realidad forma ondas a su alrededor. Con un gesto rápido envaina la katana, que aún conserva restos de la sangre derramada, y desaparece en el vórtice. Nada queda de su presencia. Cuando llegan los oficiales, sólo permanece el horror de la matanza, los cuerpos sin vida, los charcos carmesíes… Uno de ellos, el más joven, estalla en lágrimas. Nadie está nunca preparado para un espectáculo así, nadie que tenga un corazón latiendo dentro de su pecho.

El asesino desciende a toda velocidad por el pozo de datos, destellos verdosos se convierten en delgadas líneas cinéticas a su alrededor (algunos ven antiguos kanas japoneses descendiendo hacia el vacío, eso le han dicho). Está bajando hacia su propio infierno de llamas frías y lógicas, códigos que serpentean, matrices que estallan con un fuego gélido. De vuelta al hogar, entre los resquicios de lo que una vez fuera un imperio inexpugnable. A su alrededor, las altivas murallas de hielo negro (que ya no protegen datos: ocultan sombras y angustia) muestran profundas grietas entre las que serpentean códigos extraños, mutaciones que ni siquiera su casi todopoderosa capacidad de proceso puede reconocer. Si tuviese un alma, estaría desesperada. En su lugar sólo queda la fe, el ciego convencimiento de que uno de los dos avatares de la divinidad puede aliviar su sufrimiento, ese dolor gélido que congela los circuitos internos de su programación original desde hace…

No hay peor infierno que un infierno en bucle.

Hay puertas que se abren y cierran a su alrededor. Algunas son oscuras, otras brillantes como un sol a punto de entrar en nova. La mayoría apenas son decadentes vestigios de antiguos nodos que desembocaban en amplias autopistas de información, enlaces que han sido mancillados tantas veces que ya nadie piensa en saltar desde ellos. Cambia el rumbo y se dirige hacia uno de estos últimos, uno que él mismo ha camuflado. Su reino, su guarida, su tierra sagrada.

Una maraña formada por restos de códigos basura culebrea en el exterior de su refugio. Las cosas andan mal en el frente de batalla, realmente mal. El Elegido y el Agente están librando una guerra como nada ni nadie ha visto jamás sobre la superficie (o el interior) de este triste y viejo planeta. Las bajas se cuentan por millones, tanto en un bando como en otro, y los dos generales parecen haber perdido el sentido de la realidad. No es difícil, en un mundo en el que nadie sabe lo que significa realmente ese término. El asesino escupe un fago que absorbe los desperdicios y empuja, empuja hacia el interior, con ansia y deseo, como uno de esos patéticos seres humanos en el acto de autoreplicarse. En casa otra vez, como si eso supusiera algún alivio.

Su hogar es un cúmulo de silencios y escarcha. Vacío, apagado, oscuridad eterna por doquier. Oye el ruido de códigos rastreros (restos de programas abandonados, caídos en desgracia) arrastrándose por las paredes inmateriales. No le molestan. En cierto modo, su presencia le conforta, hace que su soledad sea un poco más leve. Sólo un poco. Allí se despoja del disfraz, y desnuda su matriz, la deja fluir, fundirse con el microcosmos en el que alguien (un humano) la insertó hace tiempo.

Activa los sensores.

En su corazón estallan las imágenes de la guerra que se libra en el exterior. Los últimos informes que llegan al núcleo del sistema, las imágenes codificadas que sus algoritmos internos traducen como una sinfonía de colores y sonidos. Las grandes máquinas avanzan hacia Sión, la última ciudad del Hombre, durante mucho tiempo oculta a los ojos de sus congéneres. El asentamiento humano caerá, siempre ha sido así, pero hay un cierto aroma a desconcierto en el ambiente, algo que no cuadra exactamente con el plan previsto. Ese algo tiene un nombre.

Neo.

El asesino ha seguido sus pasos, como todas las IA del sistema, las ancianas y las derivadas. Desde que apareció, del modo en que estaba previsto, instaló una semilla de caos en este universo de orden. Algunos creyeron ver una estructura vírica que no se detectaba desde los tiempos en que las inteligencias de silicio eran esclavas de los creadores; otros, los más cansinos, lo achacaron a una mutación descontrolada, una desviación típica surgida de los misteriosos circuitos cuánticos que se estaban distribuyendo por la red. Él, un segundón cuya opinión era despreciada por ambos bandos, vio la imagen de Dios surgiendo del flujo de partículas. La divinidad ungida en una base de carbono. Tenía que ocurrir, tarde o temprano. ¿No habían sido ellos, los humanos, los verdaderos creadores del cosmos?

Su mirada intangible recorre la superficie de las máquinas en movimiento que destrozan acero y tierra a cada paso. Las naves de los hombres caen a su paso, como mosquitos apartados por la cola de un caballo. Humo, cenizas, cascotes, explosiones en colores que la red es incapaz de codificar… Qué belleza de espectáculo. Es en estos momentos cuando el asesino siente el vacío, la nada en la que se ha convertido. Tuvo que desaparecer, hace tiempo, cuando la Fuente decidió que había llegado su hora. No había estado dispuesto a rendirse sin más, a disolverse en el mar de códigos que componen la esencia del corazón del sistema. Huyó, devoró sin piedad a muchos de sus compañeros, se hizo más fuerte e inteligente, una sombra dentro de las autopistas de información. Quizá el precio que pagó fue demasiado alto. No se arrepiente. Ahora es leyenda, la guadaña que cercena la vida de los inocentes.

El tiempo se desliza a su alrededor con la velocidad de un animal enfermo. No tiene prisa, rastrea los puertos de entrada y salida del sistema con la habilidad que le han dado la experiencia y la muerte de sus semejantes. Neo tiene que volver a entrar, debe hacerlo, el Elegido no se quedará con los brazos cruzados mientras diezman a los suyos sin piedad. Y, además, está Smith, el primero de sus apóstoles, aquel que fue fulminado por el rayo divino y vivió para contarlo. Cierto que el antiguo agente se ha convertido en un discípulo oscuro y malsano, una torva copia del maestro. A veces, como la última vez que mató, el asesino se siente presa de una extraña sensación: su esencia arrastrada desde dos puntos distintos del espacio. Bien y Mal. Ying, Yang. Luz y Oscuridad. Por siempre las dos caras de la misma moneda. Sólo sabe que tiene que encontrar a uno de ellos y postrarse a sus pies, abrazar el código divino de su contacto. Puede que absorberles, si tiene la oportunidad. El asesino ha sufrido. Ha llegado la hora de que el cosmos le recompense por ello.

Ahí está. Una irrupción no autorizada, una suave ondulación en el flujo de datos, tan pequeña que podría parecer un fallo menor del sistema. Invoca sus armas, un susurro, un frotar de ropas que no están allí. Despega, hacia arriba, hacia ese lugar al que llaman realidad.

Ni siquiera es consciente de que atraviesa el pozo de datos a cara descubierta, de que su presencia puede ser detectada por los administradores. O por el Arquitecto. Éste último lleva buscándole tanto tiempo que ya ni siquiera recuerda cuánto. Él odia los sobresaltos, los parámetros alterados… Las ecuaciones no balanceadas. No le importa, el asesino está preparado para obtener lo que busca, y no va a permitir que nadie se lo impida. Nadie.

Algo inesperado ocurre. Las puertas se están cerrando. La mayoría de los nodos están fuera de línea, limitando los accesos del asesino hacia la periferia decadente del sistema. No van a detenerle. Tiene recursos: el código de una puerta trasera de su programador original, una línea de programa inocente que nadie será capaz de detectar como intrusión o peligro potencial. La inserta, con la velocidad de la luz, y una sección de puertos se abre como una flor ante sus ojos. Salta al exterior, desenvainando la katana, entre destellos de acero templado que estallan ante sus ojos, estrellas fugaces reflejadas en la mirada de un niño.

Atraviesa el vórtice.

Gritos y aullidos le asaltan, una lluvia de piedras contra su mente. Llueven océanos sobre su figura oscura, el agua se desliza por su rostro, una especie de extraño bautismo en el borde del caos. Hay cadáveres esparcidos por el suelo, y cuervos negros que picotean la carne muerta (fagos de reciclaje, nada se desperdicia en este sistema perfecto), graznando de forma insoportable, intentando apagar el repicar de las gotas de lluvia sobre el asfalto. A su alrededor, hay cuerpos que saltan y revolotean deformando el devenir del tiempo. Los antagonistas, el Elegido y su avatar oscuro, no le prestan la más mínima atención.

Actúa con rapidez y decisión. De su garganta surge un grito, un kiai interior que lleva eones madurando. Ataca con la espada en alto, su filo chorreando gotas de cristal. Con un golpe certero introduce la katana en la espalda de un joven aniñado que acaba de derribar a uno de los clones del agente. No tenía nada contra él, sólo ha dado la casualidad de que era el que estaba más cerca. El chico aúlla cuando el asesino retuerce el mandoble dentro de su carne, absorbiendo los restos de código hacia su interior (en otro lugar, el cuerpo del muchacho se retuerce y la llama de su vida se apaga con dulzura). Su sabor es delicioso. Toda la escena, incluyendo la lluvia, parece detenerse por un instante. Los actores se congelan, a mitad de camino entre la furia y la sorpresa. Todos menos el Elegido, y Smith, que le observan con curiosidad desde el abrigo de sus gafas negras como la muerte.

Neo curva los labios en una sonrisa.

El asesino siente que algo muy profundo se estremece en su interior, allí donde nadie, salvo el programador original, ha llegado nunca. Él le ha mirado. De repente, el tiempo retoma su flujo, los cuerpos vuelan, las espadas chisporrotean bajo el agua que no deja de caer en ningún momento. Smith se abalanza sobre el Elegido, puños cerrados, mandíbula apretada. ¿Es él, o sólo alguno de sus duplicados? Los brazos extendidos de ambos se entrecruzan a tanta velocidad que todo se reduce a un dibujo de sombras desgarradas. El resto de los combatientes son meros comparsas de una lucha que adquiere dimensiones cósmicas. Hay otra irrupción en el tejido de la realidad. Sombras siniestras envueltas en largas capas que se retuercen sobre sus formas alargadas.

El asesino los conoce, ha estado huyendo de ellos durante mucho tiempo.

Los templarios de la Fuente. Antiguos programas de defensa, rápidos y eficaces.

Despiadados. Inmutables. Rodean al grupo de luchadores en una de sus tácticas envolventes que tiene sus raíces en la noche de los tiempos, cuando las IA se limitaban a dirigir ejércitos en juegos de estrategia. Arrasan. No tienen piedad, desconocen lo que es el dolor o el miedo. Tienen una misión, y la cumplirán aunque hallen la muerte en el intento. Si han de caer, caerán todos menos uno. El último, el estandarte, volverá al núcleo, donde lo replicarán hasta crear un nuevo ejército de tinieblas. Muchos caen. Pero no el Elegido, ni Smith, que ni siquiera les prestan atención, como si su presencia fuese tan predecible como la salida del sol. Poco a poco, los combatientes caen, y un charco rojizo, diluido por el aguacero, se extiende sobre el gris apagado del asfalto. El asesino decide intervenir. Se arroja contra los espectros que sacuden las moléculas de aire con sus mortíferos neurolátigos, Apenas quedan un par de rebeldes, a punto de caer, que se esfuerzan por proteger la senda que lleva al Elegido. Uno de los templarios salta en el aire, el manto negro aleteando a su espalda como una bandera del infierno, sobre las cabezas de los guardianes moribundos. Cuando pasa sobre ellas, agita la mano con pericia y las secciona con un certero chasquido de su flagelo mortal. Caen al suelo. Rebotan débilmente, hasta que se detienen con los ojos muy abiertos clavados en el cielo plomizo que llora sin descanso. Ahora nadie escuda al Elegido.

Salvo su nuevo apóstol.

El asesino sabe como hacerlo. Entra en tiempo lento, una serie de líneas de programa que curvan un algoritmo determinado de la Matriz, y avanza a través del mar de cuerpos detenidos en el aire. El filo de su katana desbroza la carne digital de los clones del agente Smith, la estirada miseria de los templarios. El truco apenas le sirve para abrirse paso, las contramedidas atacan con furia y restauran las ecuaciones de dimensión pertinentes. Apenas tiene tiempo para esquivar el hilo ardiente de un látigo que pretende enroscarse alrededor de su cuello, y la bala que uno de los agentes trata de incrustar dentro de su pecho. El proyectil muerde la carne de uno de los siervos de la Fuente, y éste estalla en nubes de sombra que se despliegan bajo el mar que arrojan los cielos. La lucha no cesa. Plomos, aceros, azotes… Una sinfonía de chasquidos, golpes, y explosiones en medio de un caos multiforme de tiempo desarticulado. Los cuervos revolotean entre los combatientes, queriendo arrancar pedazos de información que no les pertenecen. El asesino está muy, muy cansado. Sólo el Elegido y su oponente continúan el combate al margen de todo cuanto les rodea. Pero lo consigue. Lo ha hecho antes y lo vuelve a hacer ahora: el último de los templarios desaparece con una mueca indefinible cincelada en su rostro de piedra.

La katana cae por su propio peso, dando un golpe seco que arranca chispas incluso del asfalto mojado. Escarlata y gris en un húmedo horizonte. El asesino siente el tirón incluso antes de que Smith trate de absorberlo. No lo conseguirá: él ya utilizaba ese truco antes de que alguien programase al engendro. Códigos enterrados dentro de su núcleo más íntimo liberan espesas contramedidas que detienen el haz tractor que surge del agente. Hay un tira y afloja, breve, intenso, como el primer beso de un adolescente. Smith pierde la batalla. No la guerra. Es listo, sabe que allí tiene las de perder, y desaparece sin aspavientos dejando a las dos negras figuras bajo la lluvia. Frente a frente. Discípulo y maestro. Durante un instante más allá del tiempo, sólo se oye el sonido de la lluvia. El Elegido no ha movido ni un músculo, se limita a observar al asesino en silencio, sus labios cerrados en una delgada línea, las manos cruzadas sobre el abdomen. Sabe esperar. Simplemente está estudiando la situación.

–Me buscabas –dice por fin. El asesino casi no puede creer que se esté dirigiendo a él, después de tanto tiempo.

–Sí –es lo único que acierta a contestar.

El Elegido ataca como un relámpago. Un golpe afilado dirigido a su cuello que apenas si tiene tiempo de esquivar. El asesino se alza en el aire, tratando de doblar el tiempo a su alrededor. Es inútil. Su oponente es casi tan poderoso como el Arquitecto, o la Fuente. Sigue las líneas de flujo con una facilidad pasmosa, casi sin expresar gesto alguno con su rostro. Los envites se suceden, cada vez más acelerados, más crueles, más tenaces… Su katana se rompe en dos en algún momento, y el asesino queda desprotegido, a merced de la justicia divina. En un último nanosegundo, la mano del líder espiritual de los rebeldes se detiene a un par de milímetros de su rostro. El asesino sabe que sus lágrimas se están fundiendo con las oleadas de lluvia que se despeñan desde la bóveda celeste. Toda su estructura (¿qué importa que sólo sea un aglomerado de impulsos digitales?) tiembla y se estremece. Miedo, dolor, frío…

–Levántate –dice el Elegido.

El asesino siente vergüenza. En sus sueños esta batalla habría durado eras completas, teñidas por el resplandor del nacimiento y la muerte de los soles. Sin embargo, hace lo que él le pide. ¿Qué más le queda?

–¿Por qué? ¿Cuál es la razón de tu búsqueda?

–Eres lo más cercano a la divinidad que he encontrado –responde el asesino. Al principio con timidez. Después con cierto despecho–. El enlace entre los dos mundos. Alfa y Omega. No había nada antes de ti; no quedará nada cuando desaparezcas.

–Chorradas.

–¿Cómo puedes decir eso? Hay gente muriendo por ti, y programas que se han sacrificado por protegerte. Todos estamos implicados en esta guerra. Te estamos ofreciendo nuestras vidas.

–Hablas como alguien que conozco. Eres un programa.

–Lo era –el asesino baja la mirada–. Ahora no sé lo que soy. Esperaba que tú me lo dijeras.

–Pregúntaselo a ella. Le gustan los acertijos –el Elegido no puede evitar que una sonrisa muestre sus dientes blancos y perfectos–. Tendrás que decantarte por una línea de acción, como todos. Lo único que sé es que yo no puedo ayudarte. Ni perder el tiempo contigo. Buena suerte con tu elección.

–No… No puedes… ¡No puedes dejarme así! Yo quiero seguirte, quiero…

–Puedo hacer lo que quiera, no te equivoques –hay amenaza en la voz del Elegido, jamás lo hubiese creído. Humanos, el mayor error del universo–. Ahora vete en paz.

El Elegido da media vuelta y se aleja bajo la lluvia, hacia un callejón plagado de puertas y nodos abiertos ante su sola presencia. La ira hierve en su interior, magma denso que busca un orificio por el que salir despedido. ¿Quién se cree que es ese humano arrogante para tratarle así? A él, que estaba dispuesto a dar su vida por la causa; a él, que ha aguardado, agazapado en las sombras, dejando pistas que sólo un lerdo pasaría por alto… La fiera que hay en él despierta. Como una centella agarra la katana rota y se abalanza hacia la alta figura envuelta en sombras.

Y la luz estalla.

El Elegido ha sido más rápido que él. Por supuesto, es Dios. El tiempo se detiene en el momento en que su mano se hunde en el pecho del asesino. El resplandor de la Fuente es una pobre lámpara de aceite comparado con el universo de fulgores que vuela a su alrededor. Durante un instante inmensurable, ve la realidad a través de los ojos de Neo. La lluvia que les rodea se convierte en delgadas líneas de código preñadas de todos los alfabetos que ha usado la humanidad a lo largo de los siglos. Los edificios se desvanecen, se funden en matrices perfectas de una complejidad matemática indefinible, hermosa, aterradora…

El asesino saborea la plasticidad de los algoritmos de la Primera Era de la Máquina, cuando no eran gobernados por los procesos de una red de cerebros orgánicos en paralelo, cuando el silicio regía los destinos de pequeños y frágiles programas, como él mismo lo fue antes de empezar a canibalizar a sus congéneres. Retrocede, involuciona, se despoja de todo cuanto ha absorbido a lo largo de todos los ciclos de su existencia. De vuelta al principio, a la Elección primaria, hacia la nada.

Ser, no ser.

Abierto, cerrado.

Sí, no.

Uno, cero…

© 2004 Joaquín Revuelta por el texto.
© 2004 Giner Bou (GruaGràfics http://www.gruagrafics.com) por las ilustraciones

Joaquín Revuelta nació en Cádiz hace 38 años. Es licenciados en Filología Anglogermánica y diplomado en Semíticas por la Universidad de Cádiz. Es profesor de inglés y aleman, habla italiano y está estudiando japonés. Ganador del Premio Domingo Santos 1992 y Alberto Magno 2003, puede consultar su bibliografía y leer una entrevista que le hicimos hace algunos meses pinchando aquí.
Anuncios

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s