EL REY FINAL, de Jorge Antares

Hay cosas de las que se debe hablar sin esperar a que la historia repose. A tiro pasado todos hubiéramos evitado la ascensión de Hitler o las guerras en Oriente Medio. Pero cuando se trata de apuntar con el dedo en caliente, es otro cantar. Entonces callamos por miedo. ¿Quién se hubiera atrevido a apoyar a Galileo cuando le juzgaron por afirmar que la tierra es redonda? Los que controlan los hilos lo saben y por eso se creen tan poderosos… hasta el día que todos seamos Galileo. Escribí este cuento a principios de 2003. Creo que me quedé corto…

Jorge Antares

 

Ilustraciones de Pedro Belushi

 

Gaspar ayudó a Melchor a entrar en la vivienda. Estas dobles ventanas actuales eran un incordio que aumentaba la dificultad de acceder a estos “amplios pisos de lujo” de 40 metros cuadrados. La cabeza de Melchor entró con dificultad y su cuerpo le siguió con la misma suavidad de un parto. Baltasar no pudo reprimir una risita cuando la cabeza de Melchor se topó con una lámpara con forma de sirena de cuento. Gaspar miró con gesto reprobatorio a Baltasar y éste levanto las palmas de las manos disculpándose y siguiendo ahogando la risa.

Cuando los tres reyes entraron en la casa comenzaron el ritual que durante tantos años habían seguido, generación tras generación, con los regalos de los niños. Sacaron un rollo de pergamino donde mágicamente cada año aparecían los nombres y actos de los niños, y claro, el regalo acorde a las buenas y malas acciones hechas en los pasados doce meses. No había trampa ni cartón en el recuento. A un lado los puntos de lo que se había hecho bien y al otro lo que se había hecho mal. Se sumaban, y si el balance era positivo, entonces el chaval tenía regalo. Si no, pues ya se sabe, carbón. Así año tras año, y siglo tras siglo.

La mayoría de las veces siempre eran magnánimos, pues el correr una coma a la derecha o a la izquierda en las cuentas no les costaba nada, y la cara de felicidad de un niño o una niña valía ya de por sí, esas pequeñas “trampillas” que se hacían. Total, los padres de los chicos estaban todo el tiempo haciendo cosas parecidas con hacienda, con los empleados o con los clientes, y sería un poco injusto no castigarles a ellos y sí a sus hijos por haber roto el jarrón que les regaló la tía abuela Ágata, máxime si era un horror y lo tenían en la mesilla principal para que la pobre mujer lo viera, y se acordara de ellos en su testamento.

Gaspar leyó mentalmente el nombre de los niños: Vhanessa(¡hala! ¡Con h y dos eses! ¡Olé tus huevos, majita!) y Kevin. Melchor le miro e hizo un ligero mohín con la boca. Recordaban cuando los nombres eran más normales. Había Pablos, Carlos, Javieres, Alejandros, etc.. pero, claro, llegaron las películas y culebrones, y el desmadre de las Giselas, Yonatanes (sí, escrito así de cutre) y demás se adueñaron de todo. ¿Es que los padres no se daban cuenta de los traumas que estaban creando en algunos niños? ¿La cara que se les ponía cuando su maestra pasaba lista en voz alta ”¿Harrison Ford de todos los Santos?” y todos los niños se le quedaban mirando como si fuera un marciano?

Baltasar soltó suavemente su saco en el suelo. Sonrió mostrando su sonrisa perlada y con voz socarrona dijo:

– ¿Qué? ¿Otro Action Warrior con sacaojos laser y otra Sthupida glamour de Luxe?- Gaspar y Melchor se le quedaron mirando con gesto reprobatorio. No se podía hacer mofa de los gustos de los niños, aunque cada año fueran menos imaginativos y más influenciados por clubes televisivos que los lobotomizaban mediante presentadores veinteañeros intentando pasar por quinceañeros descerebrados. Baltasar estaba últimamente más graciosillo de lo habitual. En el fondo le envidiaban su buen humor tras 20 siglos haciendo lo mismo. Sobre todo al final de la jornada, cuando se marcaba el “Think” a lo Aretha Franklin mientras que Gaspar y Melchor arrastraban sus cansados huesos hacia los camellos que les esperaban en los tejados de las viviendas. ¿De dónde sacaba la energía? A lo mejor tenía relación con ese polvillo blanco que utilizaba contra las migrañas. Algún día tendrían que pedírselo prestado …

-Venga. Déjate de tonterías, que no tenemos toda la noche, Baltasar. Veamos, una Barbarita Virtud Plus para la niña y un Casco azul justiciero infinito para el niño- dijo Gaspar, centrándose en el trabajo.

– Y luego vas y dices que yo no soy serio, Gaspar. Mi bromita no está muy lejos de la realidad. Los niños sólo piden la porquería que ven en la televisión. ¿Dónde están los libros de aventuras? ¿Y los juegos de ingenio? Durante una temporada pensé que habíamos superado el “juguete armado hasta los dientes” pero ahora ha vuelto la moda. ¡Y más fuerte!

– No hay que ponerse así, Baltasar. Es eso que dices, sólo una moda. Una moda que esperemos que pase pronto. Si no, no quedará gente que pueda recibir esos regalos de ingenio. Vamos, no tendrán neuronas para disfrutarlos.

– Es una pena que en la época en la que hay acceso a más cultura, la gente quiera embrutecerse más- suspiró Melchor.- Pero ésos son los problemas del libre albedrío; si no vas con cuidado, al final te conviertes en esclavo de tus comodidades. Ahora les es más cómodo ir al cine que leer el libro en que se basa la película y…

– Vale, vale. Ya está bien- cortó Gaspar.-. Si queréis hacer un debate, tenemos 364 días para hacerlo, pero ahora no hay tiempo. Venga, Baltasar, a sacar los regalos rapidito.

– Sí, Bwana.

– ¡Y menos cachondeo, Baltasar! Hala, acércate a los pies de sus camas y déjales los juguetes.-

Baltasar se acercó sigilosamente con pequeños pasitos. Miró cuidadosamente a las literas donde estaban durmiendo los niños, esperando ver las caritas de los tiernos infantes. De repente, sintió un golpe seco en la cara y se notó caer a cámara lenta en un túnel cada vez más oscuro, mientras oía las voces cada vez más lejanas de sus compañeros.

– ¡Baltasar!¡Dios mío!¡Le han destrozado la cara!- gritó Gaspar mientras sostenía el cuerpo de su caído amigo y trocitos de carne rezumaban entre sus dedos como gelatina de fresa. Sus ojos miraron hacia arriba y vieron al agresor: un niño de unos 12 años con un bate de béisbol ensangrentado en el que ponía con letras militares “LIBERATOR”. El niño les miró con una mezcla de temor y odio y gritó:

-¡Terroristas!¡No nos volveréis a amenazar! – tal era la intensidad y la ira con que lo dijo que Gaspar y Melchor se quedaron congelados en sus sitios…y éste fue su ultimo error. Sonaron dos disparos y ambos sintieron un dolor horrible, como si les echaran lava, a uno en el pecho y al otro en el estomago. Con los feos impactos en su cuerpo se zarandearon un poco, pareciendo sortear la fuerza de la gravedad, pero pronto cayeron como troncos milenarios. Detrás del niño apareció una niña de unos 8 años llevando una Mágnum Satán Baby, un modelo que a pesar de su pequeño aspecto podía competir en eficacia y precisión con sus hermanas mayores.

Los niños se acercaron a los cuerpos agonizantes de los magos. Gaspar, con la mano en el pecho sudaba copiosamente y había apretado tanto los dientes de dolor que se le había roto un colmillo. Su rostro parecía una máscara deforme que temía desmayarse en cualquier momento. Los intestinos de Melchor se estaban saliendo lentamente de su cavidad con un sonido fétido y acuoso, formando una macabra guirnalda en el suelo. Temblorosamente, el mago intentaba volver a meter los largos tubos en forma de morcillas blancas dentro del maremágnum que era su vientre, pero los intentos eran infructuosos y sentía poco a poco cómo se le estaban durmiendo los dedos entre calambres. La vida le iba abandonando poco a poco al ritmo de sus vísceras. La niña apuntó a la cabeza de Baltasar y fríamente disparó dejando un enorme boquete humeante en la tarima flotante. Los ojos del niño parpadearon momentáneamente ante el estruendo, pero no soltó en ningún momento su “LIBERATOR”.

Gaspar vio entre una bruma de agonía el destino de sus compañeros. Observó indefenso al niño enrollar los intestinos de Melchor y tirar de ellos apoyándose con una pierna en el pecho del caído. La niña volvió a apuntar su arma, esta vez a la cabeza de Melchor. De nuevo, apretó el gatillo sin emoción. Melchor cayó hacía atrás por el impacto.

Cuando se dirigieron a Gaspar, sus labios pudieron articular un:

-¿Por qué?- recibiendo como respuesta un golpe del bate. Arrebujado entre sus antebrazos, el Rey Mago sólo atisbó a ver una figura recortada por la luz de la luna que se filtraba por la ventana, que le apuntaba a la cabeza con la misma frialdad anterior. Escuchó el percutor chocando y después de un estallido blanco, oscuridad…

– Bien hecho, mis niños -dijo una voz desde la oscuridad. Los niños se volvieron y vieron a la gruesa figura levantarse del sillón desde donde había observado todo lo sucedido, como si de la función de un sádico teatro se tratase.

– No podíamos permitir que nos amenazasen ni a nosotros ni a nuestros padres- se excusó el niño a punto de llorar, fruto de la tensión y de darse cuenta de lo que habían hecho. Una mano gordezuela se apoyó en su cabeza y con una suave caricia calmó un poco al niño:

– Buen chico. No te preocupes. Eran ellos o vosotros- le dijo el adulto con voz suave. La niña se acercó a su hermano y a la voluminosa figura y se les abrazó, soltando por fin unas lágrimas que no había podido permitirse antes.

– Todo acabó. Todo acabó- decía el adulto mientras arrullaba con un abrazo de oso a los niños.- Menos mal que os advertí de esos tres y su triunvirato siniestro. Sus planes estaban claros para mí, pero sólo os lo podía decir a los niños. Sólo a los niños. Los adultos nunca me hubieran creído.

Los tres se quedaron quietos en la penumbra, en el silencio de la habitación. A lo lejos, una sirena en mitad de la noche rompía la quietud. Era el principio de una nueva era. Santa Claus dibujó una sonrisita cínica en su barba algodonosa. Por fin se había quedado con todo el negocio y se había convertido en el Rey Final…

© 2004 Jorge Antares por el texto.
© 2004 Pedro Belushi por las ilustraciones.

Jorge Antares nació en la Década prodigiosa. Francotirador confeso y visceral sobre cualquier tema que merezca sacarle punta y darle una vuelta de tuerca, en la actualidad compagina su trabajo en una empresa de telecomunicaciones con la escritura de cuentos y guiones de los cuales ya se han rodado varios cortometrajes. Ha ganado varios premios con sus relatos y ha quedado finalista del Premio Espiral 2003.

Pedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties (Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001). Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando oPablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet)

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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