EL DIOS ESTRELLA, por Domingo Santos y Luis Vigil

Presentación

Sobre Nomanor y otras curiosidades históricas

Recién estrenada la década de los 1970, Luis Gasca, gran aficionado a la ciencia ficción (además de al cine) y entusiasta colaborador de la revista Nueva Dimensión, nos propuso, a Luis Vigil y a mí, la creación de una serie de heroic fantasy, con un héroe al estilo de Conan, que por aquel entonces estaba haciendo furor en España.

La idea nos sedujo. Creamos un universo de fantasy muy particular (recuerdo que su principal característica era que el espacio no estaba vacío, y se podía navegar entre los planetas con una especie de globos aerostáticos) estructurado hasta sus más mínimos detalles (reflejados en una libreta de hojas intercambiables con más de doscientas páginas cuidadosamente estructuradas en apartados, que abarcaban desde la geografía, la sociología y las religiones hasta las costumbres tribales de más de veinte tribus y las características de medio centenar de personajes; una libreta que, desafortunadamente, se perdió en los avatares del tiempo), e iniciamos la redacción de la primera novela, El mito de los Harr. La novela gustó al editor, se firmaron los correspondientes contratos, y en 1971 aparecía el primer volumen en la editorial Buru Lan, una filial norteña del grupo Planeta.

Tanto Luis Vigil como yo nos las prometimos felices creando una serie en la que habíamos puesto toda nuestra ilusión. Proyectamos y estructuramos los ocho primeros títulos. Escribimos los cuatro primeros. Se publicaron el uno y el dos…, y entonces, el mazazo.

Sí, lo han adivinado: La censura franquista.

La censura prohibió tajantemente la serie. ¿Por qué motivo? Les juro que es uno de los motivos más kafkianos con los que me topado nunca, y han sido un montón. La serie de Nomanor había sido planteada como una serie popular. Por ello, los originales no eran muy largos (poco más de 110 páginas impresas) y el precio era bajo (20 pesetas de por aquel entonces). La argumentación ministerial para la prohibición fue, literalmente, la siguiente: dada la extensión de los originales y su precio, la serie quedaba encuadrada automáticamente en el apartado de «literatura infantil y juvenil», ministerium dixit. Constatado que los argumentos de las novelas no eran ni infantiles ni juveniles, sino declaradamente para un público adulto, se resolvía bla y bla y bla y bla.

Cuando llegó la orden de la prohibición, el tercer volumen estaba prácticamente en la imprenta y el cuarto ya escrito. Pero no podía hacerse nada, y el grupoPlaneta, por la cuenta que le tenía, acataba siempre las decisiones ministeriales sin discutir. De modo que pusimos la lápida sobre la serie, escribimos con lágrimas la palabra RIP, y rezamos un breve responso por la corta vida de Nomanor el bárbaro, en el que habíamos puesto tantas ilusiones.

Tres años más tarde decidimos resucitar brevemente a Nomanor en las páginas de la revista Nueva Dimensión, y en su número 58 (agosto de 1974) publicamos en un solo tomo el segundo volumen, el último aparecido, «El bárbaro», junto con el tercero, «La niebla dorada», que había quedado inédito. ¿Y por qué, se preguntarán ustedes, no el tercero y el cuarto, «El bardo de Yisé», que acabo de decir que ya estaba escrito? Bueno, por aquel entonces los ordenadores todavía eran una entelequia, se usaban copias y papel carbón. Habíamos enviado el manuscrito a Buru Lan, y (nos hemos flagelado luego mucho por ello) no nos habíamos quedado ninguna copia. El tercer original pudo recuperarse, porque estaba ya como quien dice entrando en máquinas, pero el cuarto se perdió en los procelosos mares editoriales del norte, y el Cantábrico es mucho más mar que el Mediterráneo. Y fue una verdadera lástima: el volumen estaba compuesto por cuatro historias narradas por el bardo, y una de ellas era una cachonda revisitación de otro mito, el del che Guevara, contado con pelos y señales, de una forma muy acorde con los tiempos, sobre un fondo de heroic fantasy. Desde entonces, siempre, siempre, me he quedado copia de todos mis textos. Por si acaso.

Nomanor permaneció muerto durante casi veinticinco años. Luego, y aquí la historia se difumina un poco, en 1996, alguien nos preguntó: «¿Por qué no resucitáis a Nomanor?» La verdad es que nos habíamos planteado la idea un par de veces a lo largo de los años, sin que nunca se llegara a ninguna decisión. Además, la pérdida de nuestro «archivo» de la serie hacía muy cuesta arriba el volver a iniciar todo el proceso, y ni Luis ni yo nos sentíamos con ánimos de reemprender la aventura a veinticinco años vista. Entonces, nos dijo nuestro interlocutor: ¿por que no al menos un relato de homenaje, algo cortito que refleje la memoria del héroe? Bueno, eso sí, dijimos. Y nos pusimos a la tarea.

Y ésta es la génesis de este relato. Sólo hay un punto negro. Ni Luis ni yo (por aquel entonces metidos ambos en otros proyectos) recordamos exactamente quién fue el que nos impulsó a resucitar aunque sólo fuera momentáneamente a Nomanor, ni dónde llegó a aparecer el relato (apareciera donde apareciese, quien lo publicó no nos envió ninguna copia, o al menos figuraría en mis archivos). Afortunadamente, por aquel entonces ambos trabajábamos con ordenador, y tanto Luis como yo teníamos una copia del cuento grabada en el disco duro. No se había perdido.

Pero ignoramos quién nos lo pidió y dónde apareció.

Así pues, aprovechando la circunstancia de que BEM on Line quiere resucitar de nuevo al ya achacoso héroe, tanto Luis Vigil como yo hacemos un llamamiento a todos los fans de pro de la ciencia ficción y la fantasía, que sabemos que son muchos: ¿Alguien puede facilitarnos algún dato al respecto? Nos avergüenza un poco el tener que pedirlo, pero si lo hace, se lo agradeceremos eternamente…

Domingo Santos

 

EL DIOS ESTRELLA, por Domingo Santos y Luis Vigil

Ilustraciones: José Antonio Fernández Madrigal

En Waldavia hay dos pueblos, Polmar y Polmont, no muy lejos el uno del otro, que exhiben en su plaza mayor como su máximo orgullo una gran estatua. Las dos estatuas, de bronce, son iguales, y representan a un mismo hombre en idéntica actitud: enarbolando un hacha doble en una mano y sujetando una gigantesca estrella de mar en la otra. La leyenda dice que las estatuas fueron erigidas en ambos lugares al mismo tiempo como conmemoración a la gesta de un héroe que dirimió, de un tajo, un conflicto secular entre los dos pueblos. Algunos habitantes de estos pueblos identifican al héroe como Nomanor, el guerrero errante.

KEXI EYTY: CURIOSIDADES Y LEYENDAS DE WALDAVIA

Nomanor sólo buscaba un poco de descanso en su periplo hacia el norte a lo largo de la costa cuando entró en el normalmente tranquilo pueblo de pescadores de Polmar. Lo que menos esperaba era hallarlo convertido en una vorágine. La gente iba de un lado para otro por la calle, hablando excitada y agitando las manos, insultándose unos a otros, a veces incluso llegando a la violencia. Una mujer lloraba desconsolada en el portal de una casa. Un grupo de niños miraba temeroso desde detrás de una ventana. Otros, ya mayores, se perseguían gritando.

La taberna de la Estrella de Mar estaba prácticamente vacía, cosa insólita en una taberna a aquella hora del mediodía. Nomanor dejó su hacha doble sobre la barra y se acodó en la madera.

─Ponme una jarra de cerveza, amigo. Y dime, ¿Qué le ocurre hoy a este pueblo?

El tabernero le miró con ojos entrecerrados. Se tomó su tiempo en servir la cerveza, mientras examinaba de arriba a abajo al recién llegado. Luego habló.

─¿Acaso no lo sabes, forastero? Los rufianes de Polmont han vuelto a robarnos a nuestro Dios Estrella.

Nomanor enarcó las cejas. En Waldavia cada pueblo tenía, además de las habituales deidades planetarias, su dios o diosa particular, referido generalmente a la principal actividad del núcleo de población: un dios agrícola, un dios artesano, un dios marino… Un Dios Estrella encajaba perfectamente con un poblado de pescadores como Polmar, pero no con Polmont, cuyo nombre indicaba claramente que se hallaba tierra adentro.

─¿Y qué pensáis hacer al respecto? ─preguntó.

El tabernero se frotó los labios con una sucia mano e hizo chasquear la lengua. Su dictamen fue definitivo:

─Arrasaremos Polmont y los pasaremos a todos por las armas y recuperaremos a nuestro Dios Estrella, como debimos de haber hecho hace ya mucho tiempo.

Nomanor guardó silencio. Bebió un largo sorbo de cerveza y ahora fue él quien hizo chasquear la lengua. Bien, se dijo; al parecer, ya se había metido en otro fregado.

 

 

No le costó mucho recopilar los antecedentes del asunto. Al principio sólo existía un Polmar, el que ahora estaba en lo alto de las colinas y se llamaba Polmont. Era un pueblo de pescadores a la orilla del mar, un sosias del Polmar actual. Pero, hacía ya mucho tiempo de ello, las aguas de todo el planeta descendieron de nivel cuando los casquetes polares aumentaron de tamaño a causa de un descenso general de la temperatura, y la línea de la costa retrocedió en todas partes. Polmar se vio varado en tierra firme, a casi cinco kilómetros de la actual línea del mar. Durante un tiempo el pueblo resistió allí; luego, una parte de sus habitantes decidieron volver al mar, del que habían dependido siempre. Otros, a los que quizá nunca les había gustado demasiado el mar o que tal vez descubrieron que la agricultura intensiva en unas tierras ahora ubérrimas después de haber permanecido eones sumergidas era muy gratificante, decidieron quedarse. Cambiaron el nombre de su pueblo a Polmont, puesto que estaban en la montaña, y los que volvieron junto al mar conservaron su nombre original.

Pero había un problema. Polmar se había enorgullecido siempre de un dios local, el Dios Estrella: una enorme estrella de mar que en el momento de la fundación del asentamiento había señalado a los primeros colonos el lugar más idóneo y que parecía eterna (aunque algunos incrédulos decían que los sacerdotes del culto se apresuraban a buscar otra de similares características para sustituirla cuando la vieja moría, los muy herejes) y que llevaba una vida plácida entre el fervor de sus fieles en un enorme acuario en el templo. Era un dios marino, y por lo tanto pertenecía a Polmar, pero originalmente había pertenecido a Polmont, y sus habitantes no estaban dispuestos a renunciar a él. Y así, tras una serie de infructuosos intentos de hallar una solución, incluido el tener al dios seis meses en cada pueblo, un grupo de exaltados de Polmar asaltaron Polmont y secuestraron al Dios Estrella. No por mucho tiempo, ya que una semana más tarde eran los de Polmont quienes arrebataban a la deidad a los habitantes de la orilla del mar para devolverla a su lugar de origen.

Eso fue el inicio de una serie de forcejeos que iban a durar incontables años. A épocas de relativa paz (en las que el pueblo que había arrebatado por última vez al Dios Estrella se mantenía lo bastante fuerte como para que el otro se lo pensara dos veces antes de lanzar un ataque o buscar alguna forma de efectuar una incursión por sorpresa que le permitiera lograr con la astucia lo que no podía conseguir con el músculo), habían seguido otras de constantes luchas y forcejeos, en las que el Dios Estrella estaba tanto en un pueblo como en otro. Hubo tremendas luchas, muertes, traiciones, verdaderas batallas campales. Los sacerdotes del culto de ambos pueblos exacerbaban a sus habitantes a «conquistar» de nuevo al dios, que era suyo por derecho, decían, pues esto les daba prestigio y hacía que pudieran reclamar más y más dinero para sufragar los gastos. Y los caciques les apoyaban, pues esto hacía que su poder aumentara y le permitía reclamar también más impuestos. El ejército de mercenarios contratados para defender al dios de los ataques del pueblo rival crecía imparablemente, y no tardó en llegar a límites insostenibles para las arcas públicas de unas comunidades pequeñas como aquellas. Era preciso tomar una decisión drástica y definitiva.

El tabernero le había expresado a Nomanor con muy pocas palabras el sentir general de Polmar: «Arrasaremos Polmont y los pasaremos a todos por las armas y recuperaremos a nuestro Dios Estrella, como debidos de haber hecho hace ya mucho tiempo.» La decisión, prácticamente, había sido tomada.

 

 

El sargento de la guardia detuvo a Nomanor en medio de la calle:

─Tú eres Nomanor, el gran guerrero ─dijo. En realidad le importaba un pimiento el nombre del bárbaro, que había sabido por casualidad de boca de uno de los interrogados por el propio Nomanor, y el hecho de que era un gran guerrero quedaba evidenciado por su porte, las numerosas cicatrices que adornaban su cuerpo y la gran hacha doble que colgaba de su cintura. Pero hacía tiempo que había aprendido que el ego de una persona se hincha cuando uno demuestra que le conoce (aparentemente al menos) por sus hazañas. Era una forma perfecta de congraciarse desde un principio con alguien, y una buena política de acercamiento─. El cacique Hawol quiere hablar contigo.

Nomanor, tras comprobar que los problemas de Polmont y Polmar ni le afectaban ni le interesaban, había decidido ya marcharse del pueblo y proseguir su camino costa arriba. Pero las palabras del sargento picaron su curiosidad. Por supuesto, no perdía nada escuchando lo que tuviera que decirle el cacique. Imaginaba que Polmar necesitaba mercenarios si pretendía lanzar un ataque masivo contra Polmont; bueno, si podía ganarse unos oros sin demasiado esfuerzo, ¿por qué iba a dejar pasar la ocasión? Un poco de ejercicio nunca iba mal.

Siguió al guardia hacia un edificio en la plaza central, cuya acabada estructura de troncos sobre base de piedra lo identificaba como una construcción oficial. La penumbra interior era fresca, y lo agradeció tras el tórrido sol del mediodía. Los aposentos del cacique Hawol estaban en el primer piso, y el hombre se hallaba en aquellos momentos en una estancia cuya ventana dominaba toda la plaza. Como cabía esperar de un cacique que se precie, era orondo, tirando a gordo, con la inevitable actitud sebosa de aquellos que han mantenido durante mucho tiempo el poder rodeados por esbirros que actúan como los músculos que a ellos les faltan. Se volvió al oír entrar a Nomanor, y avanzó hacia él a pasos cortitos y saltarines.

─Ah, Nomanor, el gran guerrero ─dijo─. He oído hablar mucho de ti. Y bien, por cierto.

Nomanor enarcó irónicamente las cejas. El otro hombre vio su actitud y dudó unos momentos; luego hizo una seña al sargento de la guardia para que se fuera y cerrase la puerta tras él. Luego indicó a Nomanor una silla.

─¿Quieres beber algo? Tengo una excelente cerveza agria de Wukari. ¿O tal vez, dada la hora, prefieres algo de comida? Mis cocineros pueden prepararte lo que te apetezca…, dentro de nuestras limitaciones, claro. Sólo tienes que pedirlo.

Nomanor se sentó e hizo un gesto con la mano desechando el ofrecimiento.

─En realidad, sólo estoy de paso. Ya me iba cuando tu sargento me ha interpelado. ¿Qué es lo que quieres de mí?

El cacique Hawol carraspeó ligeramente.

─Aunque parezca que sólo lo digo por adularte, la verdad es que me interesan las noticias de todo Waldavia, y las historias de algunas de tus hazañas han llegado hasta mí. Y me han impresionado, realmente. Además, sé que no eres de los hombres que pasa junto a un problema sin dedicarle al menos algo de su atención. Eso explica el que hayas estado haciendo preguntas por todo el pueblo acerca del Dios Estrella y el conflicto que nos enfrenta con Polmont.

Nomanor no pudo evitar una sonrisa.

─Bueno, ciertamente, la historia que me contó el tabernero picó mi curiosidad. Siempre he sido un tanto curioso, lo reconozco.

─Y nunca te ha importado ayudar, sobre todo si además puedes ganar algo de dinero.
─Ahora la sonrisa del cacique era sibilina.

─¿Me estás ofreciendo alquilar mis servicios?

Hawol se agitó ligeramente en su asiento.

─Bueno, la verdad es que no lo sé exactamente. Quiero decir, nos hallamos ante una situación un tanto… difícil. El asunto se nos ha escapado definitivamente de las manos. Y ahora no sabemos cómo resolverlo.

─¿Qué quieres decir?

─Verás, el problema es que tanto el cacique Sorio de Polmont como yo hace tiempo que estamos de acuerdo en que es preciso acabar con este conflicto de una vez por todas. Pero no sabemos cómo. La gente está cada vez más excitada, y ya no hace caso ni de nuestras advertencias ni de nuestros consejos. Durante mucho tiempo, tanto un pueblo como el otro conseguimos mantener una especie de status quo organizando periódicamente incursiones para apoderarnos del Dios Estrella y manteniéndolo un tiempo con nosotros y así desviar la atención de nuestros ciudadanos de otros asuntos que podrían traernos problemas internos. ─Su sonrisa se hizo inocentemente taimada─. En realidad, para nosotros era un espléndido derivativo de muchos otros problemas reales y acuciantes.

»Pero las cosas se han salido de madre. Ahora es la propia población la que ha tomado las riendas. Las últimas acciones no han sido emprendidas por nosotros, me refiero al cacique Sorio y a mí, sino que han brotado de forma espontánea de la misma población. Y cuando el pueblo toma las riendas de una acción las cosas se desbordan. Esta última vez ha sido la definitiva. Nuestra gente habla de masacre y exterminio, y los de Polmont han afirmado categóricamente que, si el Dios Estrella les es arrebatado de nuevo, lanzarán todo su poder contra nosotros y nos hundirán en el mar. Ya ha habido demasiadas muertes por culpa de eso; no querría que ahora se produjera una auténtica matanza.

Nomanor se mordisqueó pensativamente los labios.

─¿Y nadie ha pedido nunca la opinión del Dios Estrella?

El cacique Hawol lo miró unos instantes, como sorprendido, luego estalló en una enorme carcajada.

─Vamos, Nomanor, supongo que estarás bromeando. Los dioses sólo son un mito. Son lo que nosotros queremos que sean. Son un símbolo.

─Pero originalmente el Dios Estrella era el símbolo de Polmont, de cuando era Polmar.

─Cierto, y esto es lo que argumentan ellos. Pero nosotros éramos originalmente parte de ellos, y el nombre de Polmar pasó a nosotros; fueron ellos quienes renunciaron a él al cambiarlo, al quedarse varados en tierra firme, y así perdieron sus derechos. El Dios Estrella es un dios del mar; es nuestro. Que se busquen ellos un Dios Oruga o un Dios Raíz si quieren.

Nomanor agitó pensativo la cabeza.

─El eterno conflicto ─suspiró─. ¿Y qué quieres que haga yo en medio de este tinglado?

─Tú eres un hombre de experiencia. No quiero que mis excitados conciudadanos se lancen a un ataque de exterminio contra Polmont. Se habla de organizar un ataque masivo esta misma noche. Pero la mayoría de los que tomarán parte en él son pescadores, gente que sabe usar las redes pero no las armas. Las finanzas de la ciudad no han ido muy boyantes últimamente, y hemos tenido que prescindir de muchos mercenarios. Y lo mismo les ocurre a los de Polmont. He pensado que tú podrías encargarte de dirigir a nuestros hombres. Haré circular la voz, mejor dicho ya lo estoy haciendo, de que eres un gran guerrero, con grandes dotes de mando. Evita una matanza, y consigue el Dios Estrella para nosotros. O, mejor aún, resuelve de una vez el problema para que esta situación no vuelva a producirse, y conseguirás toda nuestra eterna gratitud…, además de mil oros.

─La oferta es tentadora. Déjame examinarla, y te daré una respuesta.

Polmont era un insignificante pueblo agrícola que siempre se había sentido a salvo de ataques e invasiones, excepto las de su pueblo vecino y rival. La empalizada defensiva que lo rodeaba era la cosa más endeble que Nomanor hubiera visto nunca, el más simple ataque la convertiría en astillas. Si los de Polmar querían arrasar Polmont, lo único que tenían que hacer era reunir a los hombres suficientes, armarlos con espadas, arcos, hachas y antorchas, y lanzarlos a un ataque masivo. Muchos de ellos morirían, de acuerdo, pero muchos más de Polmont, y la victoria sería suya. Podrían volver a llevarse al Dios Estrella de vuelta a casa. Los que sobrevivieran.

Pero esto no resolvería tampoco el problema. No podían matar a todos los habitantes de Polmont. Ineludiblemente algunos huirían, y éstos tomarían más pronto o más tarde su venganza. Y esa venganza sería terrible.

No, era preciso hallar otra solución. Y Nomanor creía haberla encontrado.

A media tarde reunió a su «ejército» para el «ataque» de aquella noche. Formaban un conjunto lamentable. Vestidos con sus ropas de trabajo, casi todos descalzos, como suelen ir siempre los pescadores, armados con palos, horcas, tridentes, arcos, alguna que otra espada y tan sólo dos hachas de combate, sólo podrían tener éxito ante un adversario aún más mal armado que ellos, lo cual era probablemente el caso.

Pero era lo único de que disponía. Y en el fondo quizá fuera mejor así; un ejército más aguerrido y mejor armado sería más difícil de manejar.

Nomanor dio toda una serie de instrucciones precisas. Luego, cuando el sol se ocultó tras el horizonte, sus mil quinientos «soldados» encendieron sus antorchas e iniciaron el camino monte arriba hacia Polmont.

Cuando llegaron frente a la empalizada vieron que los habitantes del pueblo de la colina se habían preparado para la defensa. Nomanor sonrió para sí mismo. Eran un espectáculo tan patético como el que ofrecían ellos mismos.

Hizo que sus hombres se detuvieran formando un semicírculo frente a la puerta de acceso de Polmont, más allá del alcance de los arcos de los defensores. Luego se adelantó unos pasos, clavó el mango de su doble hacha en el suelo, sacó un gran trapo blanco que agitó encima de su cabeza, y avanzó solo hacia la puerta.

Aquel era el momento más peligroso. Cualquier exaltado de Polmont podía ignorar el gesto de parlamentar y dispararle una flecha. Pero había que correr el riesgo. Afortunadamente, nadie se exaltó lo suficiente ─quizás estaban demasiado sorprendidos de que no se hubiera producido directamente un ataque masivo─, y Nomanor pudo llegar sin problemas ante la puerta. Alzó la vista a los guardias de las dos endebles torres que flanqueaban del acceso y gritó con voz fuerte:

─¡Quiero hablar con el cacique Sorio!

─¿Y quién eres tú para pretender esto?

─¡Hablo en nombre del cacique Hawol y del Dios Estrella para hallar una solución definitiva a vuestro conflicto!

Quizá fue la seguridad que imprimió a sus palabras, o su innegable tono de autoridad, lo que convernció al guardia: dudó sólo unos instantes, luego desapareció. Al cabo de un momento apareció otra figura, cuyo orondo aspecto, casi un sosias de Hawol, lo identificaba sin la menor duda.

─Soy el cacique Sorio. ¿Qué quiere mi amigo y adversario el cacique Hawol? ¿Y por qué no ha venido él personalmente?

─Ha delegado en mi gran experiencia para resolver asuntos conflictivos porque sabe que he llevado a buen puerto problemas mucho más difíciles que éste y porque sabe también que hablo en nombre del Dios Estrella. Soy Nomanor el guerrero, y mucha gente me conoce en todo Yisé.

Hubo murmullos en lo alto de la empalizada. A muchos les sonaba el nombre de Nomanor…, quizá porque Hawol había enviado muy astutamente algunos hombres aquella tarde a Polmont, disfrazados como mercaderes, para que difundieron el rumor de que a Polmar había llegado un gran guerrero conocido en todo el sistema que era un gran experto en asunto religiosos difíciles. Su estrategia había funcionado.

─El cacique Hawol y su consejo acudirá a parlamentar si tú y tu consejo estáis dispuestos a escuchar también mi arbitraje y a llegar a una solución definitiva a este grave y enojoso asunto.

─¿Y si nos negamos?

─Entonces la sangre y el fuego correrán, y morirán muchos hombres y mujeres y niños de ambos bandos, y Polmont será destruido, y quizá también Polmar dentro de poco. ¿Es eso lo que queréis por una estúpida disputa sobre una vulgar estre…? ─Se contuvo prudentemente antes de terminar la frase. No debía ofender la personalidad de su dios.

─Espera un momento ─dijo el cacique Sorio. Desapareció, para volver a reaparecer a los pocos momentos. En aquellos instantes decisivos, su consejo no debía de andar muy lejos─. Está bien. Pero sólo el cacique Hawol, su consejo, y tú.

─Sí ─dijo Nomanor─. Y en esta explanada delante de vuestra empalizada. Para que todo el mundo pueda vernos.

El cacique dudó unos instantes, luego asintió. Nomanor hizo hacia atrás la seña que sus hombres habían estado esperando.

 

 

El cacique Hawol y los ocho hombres de su consejo no tardaron en llegar; en realidad habían estado esperando la señal en la retaguardia de sus conciudadanos. Llevaban consigo el gran tanque circular de oro y cristal lleno de agua de mar, piedras y algas, que había contenido al Dios Estrella hasta que fuera robado por Polmont la última vez. La visión del tanque hizo fruncir el ceño de Sorio y sus hombres, pero no dijeron nada. Salieron de la empalizada y se detuvieron frente a la delegación de Polmar.

─Traed al Dios Estrella ─dijo Nomanor─. Puesto que él es el objeto de toda esta disputa, ha de estar presente.

El sacerdote del culto de Polmont se inclinó hacia su cacique y le susurró algo en voz baja. Este miró el tanque dorado de Polmar y negó con la cabeza.

─Oh, vamos, ¿qué teméis? ─dijo Nomanor, burlón─. Estamos a tiro de vuestros arqueros. ¿Creéis que vamos a coger al dios y echar a correr hacia el mar?

El cacique Sorio dudo, luego hizo una enérgica seña a su sacerdote, y éste se alejó apresuradamente, aunque a regañadientes, hacia el interior del poblado. Tardó un poco en regresar. Cuando lo hizo, iba acompañado por cuatro hombres que cargaban con un enorme acuario cuadrangular de hueso y marfil adornado en su interior con un paisaje marino de imitación. En medio de aquel paisaje flotaba una enorme estrella de mar, anaranjada, verrugosa, sobre las conchas vacías de su última comida. Sus cinco brazos ondulaban como al compás de una inaudible música, aunque en realidad seguían el ritmo del balanceo de sus porteadores. Cuando éstos depositaron el acuario en el suelo sobre sus recias patas de madera de medio metro de alto, la estrella dejó de moverse y flotó perezosa hasta el fondo.

Nomanor dirigió a todo su alrededor una larga mirada, como evaluando lo que le rodeaba. Se acercó al acuario.

─Así que éste es vuestro Dios Estrella en su encarnación material. Y, naturalmente, ambos pueblos tenéis derecho a él, porque en el fondo no sois más dos facciones de una misma comunidad. Vosotros ─extrajo su hacha en un gesto amplio y en absoluto amenazador, y la apuntó hacia la parte superior de la empalizada, repleta de atentos habitantes de Polmont─, porque fue vuestro dios original y no tenéis por qué cambiarlo por otro. Y vosotros ─trazó un gran arco con su arma para abarcar a los no menos ansiosos habitantes de Polmar que habían venido con él─ porque también fue vuestro dios original, y aunque os desgajarais del primer asentamiento habéis permanecido fieles al mar, y el Dios Estrella es un dios marino.

Se acercó al gran acuario. Tenía a un lado unos pequeños peldaños de madera, usados seguramente para la limpieza del interior. Los subió, introdujo su mano libre en el agua y cogió suavemente la estrella por su disco central. El animal enroscó sus brazos alrededor de la muñeca del guerrero, y Nomanor sintió cómo los pies tubulados del animal succionaban hidráulicamente para adherirse a su piel. Alzó el brazo fuera del agua, con la estrella firmemente adherida a él, y lo alzó por encima de su cabeza, casi como si fuera un trofeo. Hubo un jadeo general. Nomanor se mantuvo subido a los peldaños, al lado del acuario, y miró a su alrededor.

─Miradlo ─dijo, con el brazo muy en alto─. Me ha reconocido, sabe que soy el que trae la solución a todos vuestros problemas, y por eso se adhiere a mí. Escuchadme: ¿por qué tenéis que luchar constantemente entre vosotros por un único avatar del dios, cuando cada pueblo puede tener el suyo? Así que esto es lo que decido. Tomad: recibid un dios estrella para cada pueblo.

Hubo un súbito relampagueo a la luz de la luna, y el hacha doble descendió en un movimiento fulgurante. Se necesitaba una gran destreza y una enorme precisión para realizar aquella maniobra, pero Nomanor era ducho en todas las maniobras y con todas las armas. El filo del hacha cortó como una navaja la carne de la estrella de mar en un tajo preciso y milimétrico en medio mismo de su disco central, y se detuvo justo antes de alcanzar la piel de la muñeca del bárbaro, sin siquiera causarle un rasguño. La estrella se estremeció violentamente y sus brazos se retorcieron y soltaron su presa sobre el brazo de Nomanor, y una mitad cayó blandamente de nuevo al acuario, donde descendió agitándose hasta posarse de nuevo en el fondo, donde quedó inmóvil, rezumando un poco, muy poco, de líquido de un color indefinido. Nomanor se apresuró a sujetar con la mano la otra mitad para evitar que cayera al suelo.

El unísono alarido de miles de gargantas rasgó la noche. Nomanor descendió apresuradamente los peldaños; aquél era el momento de mayor peligro. Media docena de flechas lanzadas instintivamente desde la empalizada rebotaron contra el cristal del acuario que se interponía entre el bárbaro y los de Polmont; los caciques y los consejeros de los dos pueblos estaban entre él y los habitantes de Polmar que le habían acompañado colina arriba, de modo que por aquel lado estaba seguro, al menos de momento.

El sacerdote de Polmont, con el desencajado rostro hirviendo de ira, avanzó amenazadoramente hacia él. En su mano lucía una daga que hasta entonces había permanecido oculta entre sus ropas.

─¿Qué has hecho, maldito hereje? ¡Has matado a nuestro dios!

Nomanor se apresuró a levantar el hacha ante él, tanto para señalar al sacerdote como para mantenerlo a raya.

─¡Ja! ─Su voz tronó resonante─. ¿Y tú te llamas sumo sacerdote del Dios Estrella? ¿Tú, que pareces creer que un dios puede morir?

El sacerdote se detuvo, desconcertado, y miró a su alrededor, como buscando ayuda no sabía de dónde, quizá de su colega el sacerdote de Polmar. La pregunta lo había cogido por sorpresa.

Nomanor, tras comprobar rápidamente que los hombres que le habían acompañado estaban demasiado desconcertados como para actuar, puesto que entre otras cosas les había dicho muy claramente que debían aceptar cualquier cosa que hiciera, fuera la que fuese, porque sería en bien de su pueblo y de su dios, alzó de nuevo el brazo que sostenía ahora tan sólo media estrella, que había dejado de agitarse y colgaba fláccida entre sus dedos; ni un momento dejó de apuntar con su hacha al sacerdote de Polmont, pero se dirigió a toda la concurrencia en general.

─¡Escuchad, hombres de los dos pueblos! ¡Malos creyentes sois si creéis que vuestro dios puede morir! ¡Los dioses son inmortales! ¡Y como tales seguirán viviendo y se regenerarán aunque se les haga pedazos! ¡Todo Yisé está lleno de leyendas de dioses despedazados por la noche y reconstruidos de nuevo a la mañana siguiente! ¿Por qué vuestro Dios Estrella ha de ser distinto de todos los demás…, menos perfecto?

Sintiéndose ya más tranquilo acerca de la posible reacción de los reunidos allí, avanzó hacia el tanque dorado de Polmar e introdujo con cuidado, casi con reverencia, la otra mitad de la estrella en el agua. Los brazos del animal se agitaron levemente mientras descendía hasta el fondo, donde se posó inmóvil como su compañera.

Entonces se volvió de nuevo hacia el nutrido grupo de ahora silenciosos polmareses y polmonteses.

─¡Escuchadme! ─tronó─. ¡Como portavoz itinerante de los dioses de Yisé, en mi periplo hasta aquí para resolver vuestro problema con el Dios Estrella, os digo: Antes de que transcurra una lunación, tanto Polmont como Polmar tendrán a su Dios Estrella completo de nuevo, y ya no habrá necesidad de más secuestros ni derramamientos de sangre! ¡Y los dos pueblos podrán volver a vivir como hermanos, como el único pueblo que eran antes de separarse!

Ahora fue el sacerdote de Polmar el que avanzó desafiante hacia Nomanor.

─¿Y cómo podemos estar seguros de nos estás diciendo la verdad? Cuando haya transcurrido una lunación puede que tú ya estés muy lejos.

Nomanor miró a su alrededor con una sonrisa satisfecha.

─Creo que me irán bien unos días de descanso. De modo que me quedaré el Polmar o en Polmont, donde decidáis, hasta que tengáis los dos de nuevo a vuestro dios completo. Si dentro de una lunación no ha ocurrido así, podréis matarme de la manera más horrible que podáis imaginar: no me resistiré. Pero si lo que os digo es cierto, y dentro de una lunación Polmar y Polmont tienen cada uno su Dios Estrella completo, me daréis mil oros cada pueblo para que pueda destinarlos a las buenas obras de otros dioses, como he destinado otras recompensas que he recibido en otros lugares por realizar acciones semejantes. ¿Estáis de acuerdo?

Los dos sacerdotes se miraron. Su titubeo fue breve. Ambos asintieron.

─Estupendo ─dijo Nomanor─. Pero una lunación es mucho tiempo. Tendréis de facilitarme algo de compañía femenina. He comprobado que vuestras mujeres son hermosas…

 

A los pocos días, cuando ya los ánimos se habían tranquilizado y la gente de ambos pueblos acudía diariamente a observar a su respectivo dios, y veía con sorpresa y admiración cómo las dos medias estrellas parecían empezar a regenerar sin ningún problema la parte que les faltaba, Nomanor llamó a los dos sacerdotes a la suntuosa residencia que le había sido adjudicada en Polmar. Ambos acudieron a verle sin rechistar.

─Como sacerdotes, los dos sois más bien estúpidos ─les dijo-. No soy zoólogo, pero he hablado con muchos de ellos, y con otros muchos que sin ser zoólogos conocen la vida animal del planeta, y todos me han dicho que las estrellas de mar regeneran siempre las partes de su cuerpo que han perdido con sólo que les quede una porción de su disco central. Hubierais debido hacer lo que yo he heco hace mucho tiempo; vosotros, o algunos de vuestros antecesores. Se hubieran evitado muchas muertes inútiles.

Los dos sacerdotes bajaron la cabeza.

─Oí hablar de algo de esto en una ocasión ─murmuró en voz muy baja el sacerdote de Polmar─. Pero siempre temí intentarlo. ¿Y si hubiera fallado?

Nomanor agitó pesaroso la cabeza.

─Creo más bien que la verdad es que la situación tal como estaba antes os iba como anillo al dedo. Y si es así, merecéis un castigo. He oído decir que vuestras iglesias son muy ricas, precisamente porque han estado recogiendo constantemente fondos de vuestros fieles para financiar vuestras incursiones y no siempre los habéis gastado enteramente en ellas. De modo que, en honor de vuestro dios, o como reparación de vuestros pecados, deberéis darme cada uno de vosotros mil oros también para mis futuras obras litúrgicas. ¿O preferís que, como portavoz del Dios Estrella, diga a vuestros fieles que sabíais desde hace mucho tiempo la solución que yo he aplicado, pero que prescindisteis de ella para poder seguir sangrando a vuestros fieles al tiempo que dejabais que murieran muchos de ellos en aras de vuestra ambición?

Los dos sacerdotes apenas se miraron. El de Polmont se apresuró a decir, en voz muy baja:

─¿Dónde y cuándo quieres que te entreguemos las monedas?

 

 

Y así, pasada una lunación, y con las dos estrellas de mar de nuevo frescas, lozanas y completas cada una en su santuario particular, y terminados para siempre los litigios religiosos entre los dos pueblos, se celebró una gran fiesta de homenaje y despedida en honor de Nomanor, el héroe, y éste, con cuatro mil oros en las alforjas, dos mil oficiales y dos mil entregados privadamente por los sacerdotes, partió en olor de multitud de los dos pueblos, no sin antes presentar sus respetos, como correspondía, al avatar ahora dual del Dios Estrella, para seguir su previsto camino costa arriba.

Casi tres estaciones más tarde, en una posada muy lejos en el continente, le llegó una noche de boca de un bardo la historia de dos pueblos, uno en el mar, el otro en la montaña, que tenían un mismo dios y habían erigido una misma estatua, la de un poderoso guerrero que sujetaba una doble hacha en una mano y una estrella de mar en la otra, y que reverenciaban, junto con el nombre de su dios, el de un tal Nomanor el guerrero, el cual, inspirado por ese dios, había solucionado un problema viejo de décadas. Tras unos primeros instantes de perplejidad, Nomanor, que se hallaba de incógnito en aquella región, que visitaba por primera vez, estalló en un estruendoso acceso de incontenible risa que no pudo reprimir hasta transcurrido largo rato. Entonces, secándose las abundantes lágrimas de los ojos, invitó a todos los ocupantes de la sala común de la posada a cuanta cerveza agria de Wukari de la mejor calidad pudieran trasegar. Cuando todos los reunidos estaban ya debajo de las mesas, ebrios perdidos, y el propio Nomanor, pese a su habitual resistencia, empezaba a tambalearse, pagó al posadero con lo que dijo que eran «los últimos de sus cuatro mil oros». Nadie supo a qué se refería.

 

© 2004 Domingo Santos y Luis Vigil
© 2004 Juan Antonio Fernández Madrigal por las ilustraciones.

 

Domingo Santos y Luis Vigil fueron dos de los editores de la revista Nueva Dimensión. Han sido escritores, traductores y han trabajado en multitud de proyectos editoriales, hallándose ambos retirados en la actualidad.

Juan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, aunque, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado diversos relatos y las novelas Ciclo de Sueños(colección Espiral) y Fragmentos de una burbuja.  Hasta el momento, ha publicado en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM…. y ahora en BEM on line.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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