EL FUTURO CUMPLE MEDIO SIGLO, por Toni Segarra

Hace exactamente 50 años ediciones Toray lanzaba al mercado una nueva colección, El Mundo Futuro con dibujos y guiones de uno de los autores más prolíficos y originales de aquel momento: Guillermo Sánchez Boix que firmaba con el seudónimo “Boixcar”. Boixcar no era entonces ningún desconocido, llevaba ya diez años de profesión con series de popularidad creciente.Su habilidad le permitió abordar diversos géneros pero debido al éxito que por aquel entonces tenía El Guerrero del Antifaz de Manuel Gago (1944) las editoriales y los dibujantes noveles se inclinaban fácilmente por las aventuras de “capa y espada”. Boixcar, que empezó sus colaboraciones con Editorial Marco, no escapó a esa moda y aunque en 1943 había realizado ya seis cuadernos de El Murciélago, una mala imitación de Batman, su primera obra importante El caballero negro, una colección de 18 cuadernos publicada en el año 1945, respondía a este modelo, protagonista enmascarado incluido.

El panorama del cómic español era, en aquellos años, absolutamente desolador. La victoria de los aliados en la segunda guerra mundial impuso un bloqueo económico que incidió de manera importante en una industria descapitalizada, con máquinas obsoletas y en la que incluso la materia primera, en este caso el papel, era difícil de encontrar y se obtenía mediante cupos de distribución que eran repartidos arbitrariamente en función de la fidelidad, la simpatía o la falta de molestias que ocasionara al régimen político imperante. A esto hay que añadir la pobreza intelectual provocada por el exilio de miles de hombres y mujeres, escritores, profesores, universitarios que habían luchado en el bando republicano. Hay que añadir además la existencia de una Iglesia que se había autoerigido en salvaguarda de los valores más conservadores e immobilistas i en monopolio de la educación infantil y juvenil. Una educación que admitía, por ejemplo, el uso de la tortura como medio aceptado para hacer confesar a un supuesto delincuente o incitar a la traición a los enemigos cautivos. Había unos cuantos principios que, de grado o por fuerza, los editores debían respetar. El franquismo acababa de ganar una guerra que fuedefinida como una cruzada y se había acabado con las veleidades autonómicas de Cataluña, Galicia y el País Vasco. El referente claro era el de la época de los Reyes Católicos, en la que Castilla obtuvo la supremacía entre los reinos peninsulares y eliminó los últimos reductos árabes armas en mano. Quedaba claro, pues, que debía ensalzarse la representación de “lo castellano” por encima de todo con lo que ello significaba. La lucha contra los musulmanes, el modelo de los conquistadores presentados como “mitad monje, mitad soldado”, la exaltación de la hispanidad y el orgullo de pueblo sufrido, valeroso, heroico, capaz de derrotar con piedras y cuchillos a las tropas francesas de Napoleón, el ejército más poderoso de su tiempo.

Nacieron, pues, tebeos como Roberto Alcázar y Pedrín (194?) subtitulado el heroico aventurero español, con un protagonista cuyo aspecto recordaba al falangista José Antonio; el ya citado Guerrero del Antifaz terror de los musulmanes andaluces, todos ellos malvados, viles y lujuriosos, y las novelas de El Coyote (José Mallorquí, 194?) ejemplo perfecto de como la astucia y el valor pueden vencer, con pocos recursos, a un enemigo más poderoso. Seguirían el ejemplo de estos modelos algunas de las series de Boixcar como ElPuma (1946), una historia claramente inspirada en las novelas de Mallorquí (la versión en cómic de El Coyote saldría un año más tarde de la mano de Batet) que en 1952 tendría una segunda parte de mayor éxito dibujada por Juan A. Martínez Osete con guiones de Joaquín Berenguer Artés que firmaba utilizando el último apellido.

Boixcar, empezó a trabajar con Ediciones Toray en 1948 creando La vuelta al mundo de dos muchachos pero inmediatamente tuvo la virtud de proponer una variante al modelo. Inspirándose en la segunda guerra mundial creó Hazañas Bélicas (1948) que, en sus comienzos – el primer cuaderno Quién a hierro mata… llevaba como subtítulo Pearl Harbour – recogía escenas realmente sucedidas mezclando el realismo de las brutalidades bélicas con un humanismo cristiano que pretendía dar un ápice de esperanza no sólo a los protagonistas de la historieta sino también a los numerosos lectores que padecían aún les consecuencias de una guerra civil y del bloqueo económico. Las simpatías oficiales habían de repartirse de manera diplomática. Boixcar jugó hábilmente con los guiones para que los “malos” fueran siempre los japoneses y los rusos (soviéticos, claro. Los rusos que colaboraban con los alemanes luchando por derrocar al gobierno soviético eran “buenos”). Si el enfrentamiento era entre británicos y alemanes la guerra pasaba a ocupar un lugar secundario en la trama y el conflicto se planteaba en términos individuales, entre buenas personas y gente malvada o, en último extremo, entre amigos separados por el destino cruel de una guerra que ellos no han querido. Las opiniones políticas de los beligerantes no aparecen jamás. La serie no tuvo sin embargo el éxito esperado y se interrumpió cuando iba a salir el número 30.

En 1948 la situación empieza a cambiar. La guerra fría y la política de Eisenhover convierten la España franquista en un buen, fiel y sumiso aliado contra la Unión Soviética. Y, aunque los embajadores de los países democráticos no regresaron hasta 1950, los últimos años de la década anterior suponen una ligera apertura económica y política. Pronto empezarían a llegar, además de una infame leche en polvo, las películas americanas que no se proyectaban en nuestras pantallas desde el fin de la guerra civil. Los niños de entonces aprendieron gracias a Robín de los Bosques (Michael Curtiz, 1938) o El Capitán Blood (Michael Curtiz, 1935) que no siempre los habitantes de la “pérfida Albión” eran los malos y que los héroes podían luchar por la libertad de un pueblo oprimido o contra un enemigo y malvado imperio español.

La inmediata consecuencia fueron los sutiles cambios en los planteamientos de los guiones y la introducción de nuevos temas en el cómic hispano. En el año 1949 Boixcar, siguiendo con Editorial Marco, publicaba Flecha Negra y El Hijo del Diablo de los Mares que, aunque había sido iniciado por Ferrando recogía los conflictos, la época, los escenarios marinos y las luchas por el dominio de los mares entre España e Inglaterra.
En 1950 sale el cuaderno Diez minutos en Stalingrado primer número de la segunda serie de Hazañas Bélicas que alcanzaría una inmensa popularidad. Probablemente uno de los motivos del éxito fuela cuidada documentación empleada con unos escenarios reales, principalmente todo lo que se refiere a las armas, aviones, barcos, tanques y cualquier otro vehículo o instrumento utilizado durante el conflicto, pero tampoco pueden obviarse los excelentes dibujos de Boixcar con la innovadora, aunque un poco mecánica, utilización de tramas ralladas y unos guiones bien construidos (los de los primeros números eran del propio Boixcar) en donde destacaban un humanismo y un pacifismo, en contradicción con el propio motivo en que se basaba la serie, que le daban una apariencia progresista en un contexto en el que predominaba el belicismo y la exaltación del nacionalismo como forma de resolver los conflictos y imponer la supremacía. Sólo la descuidada realización gráfica de los personajes, esquemáticamente dibujados, planos y sin matices representaba un handicap menor.

Boixcar dedicado totalmente a esta serie no lanzó ninguna otra hasta que en 1955 creó para Toray, la misma editorial, El Mundo Futuro una serie de ciencia-ficciónde la que se publicaron 102 ejemplares ordinarios y dos almanaques. La primera viñeta de Los seres buenos de Marte (número uno de la colección) contiene toda una declaración de principios puesto que afirma que “los hombres que un día no muy lejano se lanzarán a la conquista del espacio, han nacido ya, y lo que hace pocos años era una fantasía, es hoy una inminente realidad. En esta serie vamos a intentar dar una idea de lo que podrían ser en el futuro las gestas de los que se lanzarán mañana a la conquista de los misteriosos espacios siderales”. Boixcar sitúa la acción de este primer número en 1980 una época en la que según él ya se había”entrado en la era interplanetaria”. La filosofía inspirada en el humanismo cristiano que Boixcar había utilizado en Hazañas Bélicas queda claramente puesta de manifiesto ya en este primer número. Primero en la conversación que el futuro astronauta, el capitán Douglas Kindall, mantiene con los técnicos; uno de ellos manifiesta que “Todo está calculado con precisión pero desde que el mundo es mundo lo imprevisto ha jugado un papel importante en todas las empresas. Confíe usted en la pericia de nuestros técnicos. Pero no olvide que Dios es el que ha de decidir el éxito de su viaje”. Unas viñetas después cuando intenta justificarse ante su esposa por no haber renunciado al peligroso viaje Kindall exclama: “Ahora no puedo presentar una renuncia, pero confiemos en Dios” a lo que su esposa responde “Si Douglas, Él nos ayudará”. La nave consigue llegar a una órbita lunar per una vez en ella un desgraciado accidente les deja sin ninguna posibilidad de regreso. Afortunadamente dos extraterrestres en viaje de novios se apiadan de la tripulación y les devuelven, dormidos, a la Tierra en su platillo volante con tanto acierto que les deja precisamente en las cercanías de la casa de Kindall donde les encuentra su esposa. La aventura termina pidiendo a Dios una bendición para sus salvadores y formulando el deseo de que “este primer contacto con los seres de otros mundos sea el símbolo de la futura hermandad del espacio”.

A pesar de su molesto talón de fondo moralizante, El Mundo Futuro es de las primeras series de ciencia-ficción, y probablemente la más importante si nos ceñimos al territorio peninsular, que intenta ir un poco más lejos de las narraciones de aventuras, guerras, torneos, peleas, raptos, torturas y princesas que caracterizan todas las imitaciones de Flash Gordon. A los problemas técnicos que plantea la nueva etapa de expansión, colonización y terraformación de diversos planetas por parte de los terrestres se añaden problemas que amenazan con ser importantes para el futuro de la humanidad: el hambre, la guerra, el racismo, la xenofobia sin olvidar de introducir alternativamente problemas individuales semejantes a los tratados en su serie de guerra: el amor, la amistad, el odio, la envidia, los celos, la avaricia, la ambición y tantos más. Boixcar parece creer que dentro de dos mil años las formas de organización social serán las mismas que las actuales. Así es frecuente ver como compañías privadas compiten para la explotación de los recursos de nuevos planetas sobre la base de “quién llega primero se lleva el gato al agua” con absoluto desprecio para los posibles habitantes del planeta que, en algún casp, són definidos como “seres primitivos, pigmeos insignificanes que no pueden tener influencia alguna en la marcha de nuestros negocios” (No hay enemigo pequeño, número 19). quede claro que esta no es la opinión del autor sino de uno de los personajes “negativos” de la narración pero lo que sorprende es que se suponga que este tipo de personajes o, peor aún, este tipo de empresas que tienen como directivos estos personajes, sigan existiendo dentro de unos cuantos siglos. Peor aún, en el mismo episodio, el retrato moral que hace de la novia del protagonista convenciendo a éste que debe dejarse sobornar por la compañía rival sobre la base de que “un millón de dólares bien merece un poco menos de escrúpulos”. Y terminando la discusión con la tajante conclusión de que “si desperdicias esta ocasión, romperemos nuestras relaciones”.

Esto es amor. Boixcar mantiene también la supervivencia de creencias irracionales en el futuro (en el fondo debía ser un pesimista) puesto que más de un humano cree que los numerosos accidentes ocurridos en los intentos de llegar a Fulgor se deben a la simple razón de ser el treceavo planeta de nuestro sistema solar (Locura del espacio, número 25). Desde el punto de vista científico Boixcar proporciona los datos que se encontraban en las enciclopedias del momento (en lo que se refiere, por ejemplo, al tamaño de los planetas y a las distancias) pero cae en numerosos errores habituales en la literatura de ciencia-ficción: se corrige a Einstein en el tema de la velocidad de la luz (por la dificultad de construir un universo accesible dentro de los límites temporales de los humanos), se obvian los problemas de comunicación y lenguaje, no existen problemas biológicos ni para los extraterrestres que viven en la Tierra ni para los terrestres que hay en otros mundos, se inventan planetas y planetoides a conveniencia y un sinfín de cosas más. Digamos, como anécdota, que Boixcar inventa al superhéroe a plazos: en Rugier , el invencible (número 50) el contacto con unas radiaciones convierte el protagonista en una especie de acumulador radioactivo que destruye cuanto toca (excepto, claro, la nave espacial que le lleva y todo lo que no debe ser destruído para el desarrollo de la historia); sin embargo, a diferencia por ejemplo de Spiderman, rugier se va descargando y, con el tiempo, cuando haya alcanzado sus fines, volverá a ser una persona normal. En algunos casos, Una joven audaz, por ejemplo la trama es la de una simple intriga de asesinato que podría suceder en cualquier parte de la Tierra en la época actual.

Boixcar no pretende en ningún momento una narración ceñida a unos límites espacio temporales concretos como en el caso deHazañas Bélicas. Si la primera aventura tenia lugar en el año 1980 pocos cuadernos después nos encontramos en la Tierra del año 2700 en una aventura que, cosa insólita en Boixcar, ocupó varios cuadernos (1) con el típico y conocido continuará y poco después aventuras mucho más lejanas en el tiempo (2). El problema de Boixcar fueque, a diferencia de sus Hazañas Bélicas aquí no había tanques, aviones o cañones que copiar. Los edificios, vehículos, vestuario y mobiliario urbano o doméstico habían de ser inventados y Boixcar no fueprecisamente un maestro en este tema. Por esto en los cuadernos de la serie abunda las viñetas que contienen dos o tres personajes hablando, en plano medio, plano americano e, incluso, abundantes primeros planos. Las naves espaciales acostumbran a tener formas fusiformes a semejanza de las bombas volantes alemanas excepto las extraterrestres que, a menudo, aceptan la creencia popular y tienen la forma de platillos volantes. Los extraterrestres, en cambio, adoptan distintas formas del reino animal desde los idénticos a los terrestres hasta algunos con formas parecidas a amebas e incluso espermatozoides pasando por los “hombrecitos verdes” tan a la moda OVNI de aquellos años.

Guillermo Sánchez Boix había nacido en Barcelona en el año 1917 y, al igual que muchos jóvenes de su generación se vio involucrado en la guerra civil a favor del legítimo gobierno republicano. Toda su vida mantuvo sus simpatías hacia los vencidos y si de algo pecó fuede una gran ingenuidad que le llevó a pensar que todos los hombres eran hermanos. Sus extraterrestres son, a menudo, mucho más generosos, comprensivos y justos que los representantes de la Tierra enfrentados frecuentemente por su ambición, su envidia y su ansia de poder. Boixcar falleció a los 43 años, en 1960. Todos los que leíamos tebeos en los años cincuenta no podremos olvidar los buenos ratos que pasamos con los trabajos surgidos de su imaginación y de su mano. Su estilo utilizando las fotografías periodísticas como base documental para sus dibujos creó escuela.

© Toni Segarra, enero de 2005.

(1) Se trata de la aventura formada por los cuadernos ¡Hambre!, Cautivos de Júpiter, Fiebre estelar y El meteorito de oro números 17 a 20 de la colección.

(2) Los episodios Los últimos selenitas y Más allá de Saturno, por ejemplo comienzan, respectivamente, los años 3255 y 4132. Muchas aventuras no tienen fecha precisa.

Toni Segarra ha trabajado como redactor en el semanario Treball en temas relacionados con la cultura popular: cine, novela negra, còmics, etc. Ha sido jefe de redacción de la revista Bang! dedicada al estudio del còmic. Es ingeniero industrial y actualmente trabaja en Mataró como profesor de matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria. Fue uno de los artifices de la HispaCon de Mataró (1997), congreso anual de aficionados y profesionales españoles de la ciencia ficción, y actualmente además de mantener esta columna junto a Joan Antoni Fernandez, forma parte de la organización de las Trobades de Ciència-Ficció de Mataró.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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