EL ARDID DEL DESASTRE, por Jay Lake

“El ardid del desastre” está inspirado en el lugar en que vivía mi madre en la Texas rural, una parte de los Estados Unidos que no se parece demasiado al resto del país. No tengo una buena explicación para el payaso, pero los demás personajes de la historia somos tú y yo. Y, como en la mayoría de las historias, en mi opinión, de lo que verdaderamente va es sobre el amor verdadero.

Jay Lake

 

EL ARDID DEL DESASTRE

Jay Lake

Ilustraciones: Nacho Gallach Pérez

 

Caries el Payaso bailaba siguiendo la Carretera Media hacia Pinetown, dejando un rastro de polvo de talco y gotas de sangre. No era suya, evidentemente, porque los Payasos no sangran, aunque una mirada superficial a sus labios encarnados podría hacerte llegar a esa conclusión. Aunque no es que nadie en su sano juicio fuese a dedicar una mirada superficial a un Payaso, no cuando hay senderos por los que huir o amplios campos en los que arrodillarse para rezar fervientemente.

Al menos los Payasos se dignaban por lo general a anunciar su llegada con rostros blancos, pelucas aterradoras y brillantes botargas de las que colgaban monedas, dientes y relucientes horrores biológicos encapsulados en vidrio. Lo que ofrecía a la gente tiempo para preparar sus almas y vaciar sus vejigas ante la llegada inminente de la justicia. Incluso los zanates y ruiseñores insolentes huían a su paso, aleteando muy por encima de la huida de los mapaches y las torpes zarigüeyas. Sólo los altos y retorcidos robles se desentendían del paso de Caries.

El Payaso cantaba una cancioncilla en la que había estado trabajando, probando varias melodías e intentando reparar defectos en la medida.

Crees en reyes infantiles
Criados en secretos por viejas marchitas
Mientras aúllan los lobos y los vientos invernales
Devoran los huesos de sus padres.

Incluso los insectos huían de su canto, mientras los indiferentes robles apartaban sus hojas.

Pero resulta que en ese otoño, en Pinetown habitaba una Inocente. Los pecadores eran como la sal en el mar -en todas partes simultáneamente e igualmente ineludibles.

Hablar era pecar, respirar era causar una mácula al alma. Los Inocentes eran como glaciares en el desierto -concebibles en las muy contrastadas maquinarias de la imaginación, pero extremadamente raros a la luz del día. Pero incluso así, aquí había una Inocente cuando el Payaso llegó al pueblo.

Ella había llegado por la Vieja Autopista en pleno verano, surgiendo de entre la confusión de vistaria, rosas salvajes, dondiegos y robles venenosos que aprisionaba la excelente carretera prohibida. Era una dríada de las cosas pequeñas, surgida completa de un centenar de tallos leñosos y debiluchos. En el interior de la Inocente no latía ningún potente corazón de roble recubierto de xilema, sino más bien una silva de ideas, delicadas chispas que parecían rodearla a cada paso.

Fue Tom, el hijo del molinero, el que se ocupó de buscar palabras como “dríada” y “xilema” cuando compuso un soneto en su honor. Evidentemente, el uso del antiguo diccionario guardado bajo llave en el sótano del Salón del Consejo era pecaminoso, y le azotaron por su insolencia después de que leyesen el poema en la Plaza del Mercado para risas y alegrías generales.

La Inocente, que se llamaba Espiga, había recibido el roce del espíritu de Tom, aunque no de sus dedos ansiosos. En su honor la Inocente plantó tres ciruelos junto a la Saw Wheet Creek, y luego bailó en sentido contrario a la agujas del reloj alrededor de los pequeños montículos para garantizar la salud y frondosidad de los árboles.

Así era Espiga, hija de nadie y menos aún amante, porque era exclusivamente princesa-comadrona de una estación de bendiciones verdes.

Era preciso guardar la cosecha de maíz de otoño -mayor de lo que incluso los ancianos recordaban- antes de que los cuervos y los zanates la consumiesen para obtener grasa para el invierno. Culo Dolorido Tom, como se conocía ahora al hijo del molinero, junto con sus amigos y todo aquel que pudiese agitar una guadaña, espigar o empujar un carro, se encontraba en el campo cuando uno de los matapájaros llegó colina abajo.

-¡Se acerca un payaso! ¡Congoja y dolor, un Payaso llega a Pinetown!

Muchos dejaron de trabajar, o arrojaron sus herramientas por el pánico.

Margolin, alcalde, condestable y juez por turno todo en una única cabeza gris, golpeó la guadaña contra un palo caído.

-De vuelta al trabajo, idiotas. De todas formas nos pedirá cuentas. No permitamos que los campos sirvan para engordar a los pájaros y nosotros nos muramos de hambre en invierno sólo para sufrir un día por adelantado. ¡De vuelta al trabajo, o responderéis ante cuando el Payaso se haya ido!

Margolin no era desconsiderado, pero poseía una mano rápida y dura cuando se trataba de repartir sentencias, con látigo, cadenas o cerrando cepos. Al igual que sucede en todas partes, las ridículas amenazas de la ira de Margolin apartaron de la mente de la gente de Pinetown el terror del Payaso para volver al trabajo. Incluso el matapájaro, Sam-Allam, primo de Culo Dolorido Tom, volvió al trabajo, avergonzado de su ataque de pánico. Escogió una zona cerca del Saw Wheet Creek para seguir con su labor, para que no le viesen desde la Carretera Media.

Así fue como Caries el Payaso se encontró con Pinetown vacío excepto por la Inocente, y algunos cuervos frustrados, como si sobre el mundo se hubiese desatado de pronto una plaga de bondad.

Caries entró brincando y girando en la Plaza del Mercado como un derviche carente de ética, con diente amarillos y monedas deslustradas colgando de su botarga y su sombrero de alas anchas.

-Traed vuestros pecados -gritó-, venid vosotros mismos. Sólo a los muertos se les excusa del juicio de sus vidas.

Los puestos estaban vacíos, la línea de caballos inexistente. Incluso la taberna estaba cerrada. La única persona que Caries podía ver era una chica delgada de largo pelo rubio de cierto tono verdoso, hundiendo las manos en la fuente.

-¡Eh, eh, nada de beber de la fuente! -le gritó Caries. Se acercó todo tintineos y traqueteos.

Espiga se frotó las mejillas sonrosadas, sonriendo.

-Lavarse no es beber, además, el mundo nos ofrece agua para que la usemos.

-Nunca hay suficiente -respondió Caries, dedicándole una mirada obscena al girarse-. Nunca hay suficiente para todos.

-Está claro que no has visto los campos de maíz de este año.

El Payaso dejó en el suelo su equipo de viaje y chasqueó los largos nudillos blancos.

-Así que ahí es donde se esconden las putas y los cabrones ociosos, desoyendo mi llamada.

-¿Te parecería mejor que abandonasen la cosecha por ti?

-Oh, eso también sería un pecado.

Espiga agitó la cabeza.

-No comprendo qué te parece tan extraordinario del pecado. La vida es más simple cuando te limitas a vivirla.

Caries dejó de hacer posturitas, congelado al comprender que quizá se enfrentaba a alguien que no era un simple o una moza intentando controlar su terror.

-Niña -susurró-, nadie está libre de pecado. Nada se libra de merecer los rigores del flagelo. La única seguridad de los pecadores es su número, porque no hay tiempo suficiente en un año para dar ejemplo con todos vosotros.

La Inocente se echó hacia atrás, alzando las cejas.

-No me incluyas a mí en tu desfile de la crueldad, señor Payaso. He aguardado aquí durante una estación y lo haré algún tiempo más hasta que sea hora de partir, pero el pecado no está en mi naturaleza.

-Ja. Así que afirmas ser una Inocente -Caries escupió en la mano, la apuntó con un dedo, y le arrojó el escupitajo a la cara-. Mentirosa. Entonces siente mi juicio, por los pecados de orgullo y mentira, así como insolencia.

Con calma Espiga volvió a hundir la mano en la fuente y se limpió la cara.

-Un rábano por tus castigos, Payaso. Tus fiebres sanguinolentas y tus achaques de huesos no me afectan.

El Payaso se cruzó de brazos y le sonrió, dientes como dagas de acero cromado entre labios carmesíes.

-Ya veremos quién es Inocente y quién pecadora.

Margolin el alcalde llevó a su gente al pueblo, con el maíz cuidadosamente almacenado en los silos. Había conseguido mantener la unidad de la harapienta banda de ciudadanos, lejos de sus hogares y labores diarias, para poder encararse con el terrible Payaso en la seguridad de su número pecaminoso.

Todos se asombraron al encontrarse a Caries de pie como una estatua frente a la fuente, mirando a Espiga con una intensidad que debería haber provocado rayos en el cielo de otoño. Ella le devolvía la mirada sin parpadear, como un gato, paciente como un roble. A su alrededor se habían congregado pájaros y animales, observando.

El alcalde conocía sus deberes y su lugar, incluso en las peores circunstancias.

Atravesó lentamente el círculo de animales hasta encontrarse casi entre Caries y Espiga, justo antes de atravesar la línea de sus miradas centradas.

-Es acumular cenizas sobre mi alma el molestarle, señor Payaso -dijo Margolin, y en su honor hay que decir que no le falló la voz-, ¿pero qué pasa aquí? ¿Debemos esperarle?

-Le he hecho sufrir una fiebre sanguinolenta -susurró el Payaso, con una voz que era casi como la de un hombre normal. En cualquier otro, que no fuese un Payaso, habría sonado temible-. Como castigo por sus pecados y los vuestros.

-Ah -Margolin miró a Espiga, quién le guiñó un ojo mientras mantenía el otro fijo en Caries. La fiebre sanguinolenta era rápida, desagradable y contagiosa, virtualmente una sentencia de muerte para toda una casa y en ocasiones todo un pueblo cuando la higiene no era buena y la gente era más estúpida de lo habitual. Uno de los peores trucos del Payaso, el ardid del desastre que castigaba indiscriminadamente.

-No parece estar sangrando todavía, señor Payaso.

-Pronto -susurró Caries, porque una vez desafiado no podía retirarse.

-Nunca -rió Espiga, que siempre vivía en la calma tranquila de la Inocencia.

Y así llegaron hasta la noche, mientras los animales iban y venían, y la gente encontró otros lugares en los que murmurar y recoger agua.

Con el tiempo el pelo de Espiga se transformó en hojas, y el dobladillo de su vestido envió raíces exploradoras a las piedras que rodeaban la fuente. Sonreía, hablaba y guiñaba el ojo, especialmente a Culo Dolorido Tom.

Con el tiempo, la cara blanca de Caries se desprendió para mostrar carne pálida, y ésta a su vez se desprendió para mostrar metal bruñido, que se corroyó. Las diminutas máquinas en su sangre y flema cometieron errores, excrecencias pálidas sobre su cuerpo que estallaban a través de su botarga podrida. Gruñía, atrapado en la lógica del pecado y el castigo, decidido a triunfar ante la falsa Inocencia. Todos evitaban la mirada de Caries, una línea que atravesaba a Espiga y a la fuente, y que terminaba en la entrada de la tienda de Gordon el panadero.

Con el tiempo Culo Dolorido Tom levantó un pequeño andamio frente a la panadería y lo plantó con semillas que encontró alrededor de las raíces de Espiga. Crecieron grandes parras que dieron frutos hermosos y jugosos que nadie había visto antes, durante prácticamente todo el año. Espiga permitió que Tom le besase la mejilla y le susurrase al oído.

Nunca llegó a casarse, incluso después de convertirse en Culo Dolorido Tom el Alcalde.

Bajo la creciente sombra de Inocencia, Pinetown se olvidó lentamente del pecado y se dedicó a la tarea de vivir. El fracaso de Caries sembró el terror en el Colegio de Payasos, que jamás había conocido la derrota, por lo que desde entonces evitaron Pinetown. Los pájaros se fueron a otra parte a arrasar campos, aunque algunos pocos siempre rendían pleitesía a Espiga. Incluso la hiedra venenosa ya no afectaba con tanta intensidad a los niños, y todos los años las cosechas eran muy buenas.

Llegó un día en que nadie fuera del cementerio podía recordar cómo había sido la vida allí. Al hombre de metal lo desmontaron para reciclarlos y lo convirtieron en buenos arados y guadañas de acero de gran calidad, exceptuando los ojos, que el nieto de Sam-Allam arrancó y enterró en una caja de roble reforzada de hierro bajo una piedra suelta entre las raíces del árbol de la fuente.

 

© 2004 Jay Lake (Título original: “The Trick of Disaster”)
© 2005 Nacho Gallach Pérez por las ilustraciones.
© 2005 Pedro Jorge Romero por la traducción.

 

Jay Lake vive en Portland, Oregon (EE.UU) y puede ver un volcán de 3.500 metros desde el porche de su casa, aunque, según dice, eso no afecta de ninguna manera a su escritura. Su historia “Into the Gardens of Sweet Night” fue candidata a los premios Hugo. El año pasado ganó el premio John W. Campbell Jr. al escritor novel más prometedor. Ha publicado en Asimov’s, Leviathan, Realms of Fantasy y otras muchas revistas. Este es su primer relato publicado en castellano.

 

 

Nacho Gallach Pérez nació en Valencia en 1978 y desde muy pequeño mostró interés por el dibujo. Estudió Artes y Oficios, donde cursó la especialidad de Ilustración artística y ha trabajado como profesor de diseño gráfico y web, así como de creativo en diversos estudios de publicidad. Realiza encargos por libre, tanto de diseño como de ilustración (ilustración publicitaria, retratos, historietas,…) y fué galardonado con el primer premio en el concurso nacional de cómic “Ciudad de Dos Hermanas (2002)”, donde tres años antes había quedado como finalista.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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