LOS COMICS DE SUPERHEROES III: EL COMICS CODE, por Joan Antoni Fernàndez

III – El Cómics Code

Fueron varios los factores que determinaron el repliegue de los cómics de super-héroes en plena postguerra. Por una parte, la fatiga generalizada hacia las aventuras épicas, las cuales recordaban demasiado las penalidades del conflicto sufrido. Títulos de romances y crímenes irrumpieron con fuerza inusitada, demostrando que los gustos de los lectores estaban cambiando

Por otra parte, y en cierta manera también consecuencia directa, se iniciaba el despegue del humor, bien como válvula de escape o crítica social. No es de extrañar que Charles Schulz triunfara en 1950 publicando sus Peanuts, con personajes tan entrañables como el niño Charlie Brown o su perro Snoopy. En el fondo aquellas tiras eran una reflexión sobre las neurosis del mundo adulto y calaban más en la sociedad que unos tipos vestidos de forma extravagante y pegando tortas.

De hecho existió un factor determinante en la caída de las ventas, la creciente competencia que supuso la implantación de la televisión. Este nuevo medio marcaría para siempre a sus otros rivales de la industria, ya fueran el cine o el propio cómic. Aunque no para todos fue igual de malo. Los comic-books de Superman y Batman supieron, en cierta forma, capear el temporal del cierre. Ambas ediciones aprovecharon el tirón publicitario que les supuso la creación de sendas series televisivas sobre sus personajes. De esa forma, aupados por la propia televisión, llegaron a convertirse en verdaderos iconos de la cultura popular.

Aunque bien es cierto que a perro flaco todo son pulgas. Una nueva amenaza se abatió sobre el maltrecho mundo de los comic-books de super-héroes. Con la guerra fría como telón de fondo y el auge político del senador McCarthy, lo que desembocaría en la tristemente famosa “caza de brujas” y un exacerbado nacional puritanismo, el caldo de cultivo era el adecuado. La censura también llegó a los cómics.

Desde los inicios del cómic en Estados Unidos siempre hubo importantes grupos de presión de tendencias conservadoras (cuando no ultra conservadoras) que vieron en semejante forma algo pernicioso. Muchos fueron los intentos de constreñir a un medio tan popular que podía transmitir mensajes entre un amplio espectro de la población. Durante tiempo compañías como la DC se gastaron gran cantidad de dinero en campañas divulgativas y en comités internos de auto control, intentando paliar la mala imagen de se daba de sus productos. Pero al final todo este esfuerzo fue en vano. El lanzamiento y difusión de los Horror Comics por parte de la pujante editora Educational Comics, con sus portadas repletas de cadáveres y sangre, fue el principio del fin. En una sociedad dominada por el miedo, donde cualquier vecino podía ser un traidor comunista, la campaña contra los cómics adquirió unos tintes grotescamente impactantes.

Fue en aquellos difíciles momentos cuando un reputado psiquiatra subió al escenario para asestar el golpe de gracia. Su nombre era Fredric Wertham, y si algo ha quedado patente es que odiaba profundamente los cómics. Lo malo fue que Wertham era muy conocido como psiquiatra consultor en el sistema judicial. Su clínica había sido de las primeras donde los convictos eran sometidos a un examen psiquiátrico y gracias a él se modernizó la metodología en las instituciones mentales y criminales. Eso hizo que sus opiniones calaran con fuerza en gran parte de la opinión pública.

Fueron varios los libros que Wertham dedicó al tema, enrareciendo el ambiente. Había descubierto los cómics mientras trabajaba con delincuentes juveniles, observando que muchos de éstos los leían con avidez, por lo que llegó a la conclusión de que eran un factor ambiental importante que favorecía comportamientos criminales y violentos en los jóvenes. Así ya en 1948 comenzó su campaña haciendo público un estudio sobre los efectos de los comic-books sobre los niños. No fue de extrañar que poco después hasta el propio comisario de policía de Detroit los encontrara “cargados de enseñanzas comunistas, sexo y discriminación racial”. De igual modo grupos de exaltados iban de casa en casa, recogiendo colecciones enteras de cómics para quemarlos públicamente. ¿Quién da más? La caza había comenzado.

Para paliar el golpe algunas editoriales crearon la Association of Comic Magazine Publisher (ACMP), con un código ético conjunto cuya función consistía en aprobar el contenido del cómic antes de que éste fuera impreso. Por desgracia, no todas las compañías se adhirieron, al tener ya algunas su propio código interno. De todas formas, esta acción no paró las críticas, que iban en aumento.

El punto álgido llegó con el libro Seduction of the Innocent, donde Wertham se deshacía en ataques hacia los super-héroes del cómic. Para él resultaba evidente que Superman, aparte de ser considerado un fascista, daba ideas equivocadas a los niños acerca de las leyes físicas al poder volar. Sobre el comportamiento de Batman y Robin, resultaba evidente: eran la fantasía homosexual de un hombre y un niño viviendo juntos. Como detalle incontestable señalaba que Robin era dibujado “con las piernas desnudas”. Además, para colmo de males, el nombre del chico (Dick) también es en inglés sinónimo de “polla”. Ni siquiera Wonder Woman se libró de sus ataques: la serie era para él un “genuino póster de reclutamiento lésbico”. Además, al ser una mujer fuerte, asustaba a los niños, logrando que se acercaran más a sus amigos en conductas homosexuales, a la vez que daba a las niñas “ideas equivocadas” acerca de su posición en la sociedad, fomentando el lesbianismo. Vamos, todo de una tacada.

En 1954 el propio Senado abrió varias audiencias legislativas en Nueva York contra las editoriales. Paradójicamente, aunque sólo el editor de EC Comics supo contestar de forma coherente al tropel de acusaciones, la vista supondría el final para dicha editorial. Así y todo, el resultado final dictaminó que los cómics no causaban ni incitaban a la violencia en los jóvenes. No sirvió de nada, la histeria colectiva era ya insalvable.

Finalmente el comité del Senado aprobó el Comics Code Authority (CCA) y el 26 de octubre de 1954 comenzaron a salir los primeros ejemplares con el sello de control en su portada. EC Comics y otras editoras de horror cerraron sus puertas, ya que las tiendas y quioscos no aceptaban publicaciones sin el correspondiente sello de control. En poco tiempo los cómics violentos y de crímenes sangrientos desaparecieron del mercado, mientras compañías como DC se volvían entusiastas seguidoras de las directrices a la espera de ver aumentado su mercado. Las palabras “horror” y “terror” fueron prohibidas. Veinticuatro de los veintinueve editores de cómics tuvieron que dejar el negocio. Y ya se sabe, mal de muchos…

Las consecuencias de todo ello hoy resultan evidentes. Las historias se volvieron más que infantiles, infantiloides. Los argumentos eran tan ridículos y anodinos que hasta las propias criaturas tenían que ser muy ingenuas para leerlos. El poco prestigio del medio desapareció como por ensalmo. Era el momento para hacer crecer la familia de los super-héroes. Por un lado aparecían Superboy, Supergirl y hasta Krypto, un superperro. La “familia Batman” no se quedaba a la zaga: una Batwoman surgía para acallar las pecaminosas relaciones del Dúo Dinámico, así comoBatgirl y, horror de los horrores, hasta As, el batsabueso. Especialmente chusco era este perro que combatía contra el crimen portando una capucha negra, la cual supuestamente se colocaba el mismo cucho para proteger su identidad. Sin comentarios.

¿Y qué decir de los personajes de Mr. Mxyzptik, un duende entrometido de otra dimensión que se las hacía pasar canutas a Superman? ¿O su contrapartida en Batman, el pequeñoBat-Mite que intentaba ayudar a su ídolo merced a sus extraños poderes mágicos? Aquellas demenciales creaciones sólo lograron aportar mayor ridículo a un universo ya desquiciado. Porque las historias resultaban chuscas hasta el exceso. En un número de Superman sus más terribles rivales, encabezados por Lex Luthor, se confabulaban contra él… ¡tras conocerse mientras se deslizaban por el tobogán de una atracción infantil! ¿Quién podía creerse que semejantes desatinos eran una expresión de arte? Ciertamente, aquéllos no eran muy buenos tiempos para los cómics de super-héroes. Pero de nuevo las cosas estaban a punto de cambiar. En un intento desesperado los editores apostaron otra vez por aquel formato y en el aire se presentía un nuevo renacer. La Edad de Plata estaba a punto de llegar a los comic-books.

© Joan Antoni Fernàndez, febrero de 2005.

Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive en Argentona y trabaja en una caja de ahorros. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un duro. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo entre otros. Ha publicado relatos y artículos en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en la web NGC y en BEM on Line. Que la mayoría de estas publicaciones hayan cerrado es una simple coincidencia… según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de antologías, aunque sean de Star Trek. Hasta la fecha ha publicado cuatro libros: Reflejo en el agua, Policía Sideral, Vacío Imperfecto y Esencia divina, este último aparece estos días de la mano de Espiral. Acaba de ganar el premio de relatos en catalán Manuel de Pedrolo.

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