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LA DIOSA DEL SUICIDA, por Raquel Froilán García

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LA DIOSA DEL SUICIDA

Relato de Raquel Froilán García

Segunda parte
Leer la Primera parte

1
Tabby era un reloj con sangre en vez de arena.
El viento de invierno creaba remolinos de fuego en su pelo. Yo la miraba desde atrás, mientras sabía que en algún momento tendría que arriesgarme y salir, antes de que empezasen a llegar los demás, el enemigo. Los refuerzos.

Tabby, curioso nombre, pero ella no dejaba que yo le llamase de otro modo, y después de nombrarla de mil formas distintas, ese era el único al que respondía. Cuando respondía.

Yo sabía que al no hacer nada ya me ponía de su lado, que mi omisión ya era un pecado, pero incluso así, de lejos y de espaldas, ella me seguía hechizando. Sin moverse, parecía bailar en la cornisa, y el viento se deslizaba a su alrededor, como yo, queriendo sujetarla pero sin lograrlo, sin atreverse, sin más resultados que el mostrarme jirones de su espalda blanca entre su rojo pelo.

Ella estaba muy quieta. No miraba al suelo, y en eso, como en tantas otras cosas, tampoco se parecía a los otros que yo había conocido que eran como ella. De todos modos nadie, salvo ella, era como ella. Tabby no tenía prisa entonces, nunca la había tenido, y miraba a la luna, que lucía grande y algo roja entre miles de charcos de estrellas ahogadas por su brillo, y, supongo, también por el de Tabby. Sus brazos estaban algo separados del cuerpo, como si no le pesasen o como si estuviera pensando en echarse a volar. Yo me acerqué, tanto que podría haber estirado los dedos para mojarlos en su sangre o en su pelo de vino, pero no me atreví.

Había llegado tarde, como siempre. No sé, tal vez creí que aún tenía tiempo, que ejercía algún tipo de control sobre ella, que se había olvidado. Pero me engañó. Y cuando me di cuenta ya era tarde. Tabby era un reloj de sangre.

Cuando llegué a su casa, los ascensores no funcionaban. Otro retraso más. Su piso ocupaba el piso noventa y cinco, más o menos a la mitad del edificio. Tuve que subir en el elevador de servicio, que olía raro, como a podrido. Y técnicamente era un allanamiento. La puerta de su casa estaba cerrada, pero yo guardaba una copia de la llave, que había hecho sin su permiso, claro. En el fondo yo también soy un criminal.

Tabby era concienzuda y no dejaba cabos sueltos. O por lo menos yo nunca vi ninguno. Parecía que ahora tampoco iba a dejar nada sin atar. En el enorme cuarto de estar seguían los restos de su pequeña fiesta. Sobre la mesa de cristal descansaba una botella vacía de vino. Me acerqué. Era vino tinto, cosecha del treinta y cinco. Me sorprendió. Tabby hubiera elegido uno del diecinueve. Claro que en ese momento igual daba uno que otro. El vino sólo era el acompañamiento.

El plato principal había sido un frasco y medio de 2tetra-3metil-dihidro-sulfosomatina.

En ayunas.

Supongo que Tabby se lo había tomado con calma. Ella sabía muy bien que si se tomaba todas las píldoras de golpe, no se disolvían bien y era más fácil provocar el vómito o un vaciado de estómago. Yo mismo se lo había dicho, aunque sólo como algo puramente teórico. Pero las preguntas de Tabby nunca eran casuales y yo debería de haberlo sabido.

Tabby ya no estaba allí y yo la busqué por toda la casa. Sólo quedaban sus rastros. Y los seguí hasta el baño. En la bañera el agua todavía estaba caliente. Y roja.

A la luz de las velas que había por todas partes, el agua parecía producto de una maldición bíblica. Junto a los restos de otra botella de vino (del diecinueve, pero esa vez no me alegró tener razón) estaba el frasco de pastillas mediado que faltaba. En mi inmensa estupidez, también le había hablado alguna vez de la dosis mínima necesaria para que fuera casi irreversible. Un frasco y medio. El tipo de charla más adecuado para una suicida en potencia, claro.

Casi podía ver lo que había hecho. Tabby preparó el baño mientras acababa con las pastillas. Con esa cantidad de vino ya debía de estar medio borracha, pero si había bebido lentamente, un sorbo con cada pastilla, todavía podría sostenerse en pie. Manejar una cuchilla. Y la sulfosomatina aún no habría empezado a hacerle efecto. Luego debió de darse un baño muy caliente mientras se cortaba las venas. La cuchilla todavía estaba allí.

Era otra prueba más de sus inagotables recursos, que alguien con los antecedentes de Tabby tuviera acceso a una cuchilla era casi increíble. Claro que ella mentía tan bien que casi decía la verdad.

Había poca sangre en el suelo. Los cortes eran casi quirúrgicos, como pude ver después, sobre su cuerpo inerte. Lo bastante precisos cómo para que fuese casi imposible repararlos, pero lo bastante finos como para que la sangre fluyera lentamente. Tabby quería disfrutar de su momento. Los cortes surcaban sus muñecas cómo ríos verticales, mucho más eficazmente que los típicos cortes horizontales que se hacían los suicidas sin imaginación, mucho más fáciles de coser.

No recuerdo haber tenido prisa en aquel momento. Por la forma en que me había engañado hasta entonces, que pudiese salvarla no dependía de la prisa que yo tuviera, sino de la calma con que ella se hubiese tomado las cosas. Y yo sabía que querría saborearlo. Su pequeña venganza. Y el agua aún estaba caliente.

A partir de allí, incluso alguien más estúpido que yo lo hubiese tenido fácil. Un pequeño reguero de sangre, sólo unas gotitas, marcaban el camino. Y yo ya me hacía una idea de a dónde llevaba. Encajaba muy bien con el plan retorcido de Tabby.

Seguí las huellas de su sangre. Me llevaron junto a una gran ventana abierta. Cuando miré, hacia el suelo, casi esperé verla allí abajo, tan lejos que sería una hormiguita reventada, una hormiga roja muerta con el pelo rojo. Pero no estaba en el lejano suelo. La ventana daba a una escalera, también marcada con sangre. Claro, no estaba lo bastante alto para Tabby.

La subida fue interminable. Casi esperaba que ella se me adelantara, verla bajar más rápido de lo que yo subía. Pero sólo había más gotitas brillantes.

Y al fin la vi.

Desde detrás de la puerta de cristal, la escena parecía congelada, un millón de instantes quietos e infinitos que se reemplazaban unos a otros incesantemente sin provocar sensación de movimiento. Había mucho viento. Yo no lo notaba desde mi refugio de cobarde, pero lo sé porque Tabby tenía el pelo largo, una bandera grande y roja, que ondeaba y a ratos le tapaba la cara. El viento era su cómplice, un aliado que podría empujarla en caso de que a ella le fallase la determinación. La sangre le goteaba por entre los dedos, bajando desde los cortes en las muñecas en unos ríos de vino que se le escurrían desde las manos, cayendo por los costados, confundiéndose con su pelo, bajando por sus piernas y formando una enorme mancha roja en el suelo, que reflejaba la luna. El charco de sangre era inmenso, oceánico, por lo que parecía que ella llevaba allí bastante rato, tal vez mientras decidía algo. O tal vez me esperaba. No sé. Desde lo del frasco de pastillas vacío en el interior del edificio y la cuchilla imposible yo no podía sorprenderme.

Había un reguero, primero de gotitas y luego más abundante que iba desde la puerta de la azotea hasta el mar encarnado que mojaba sus pies. Comenzaba justo al lado de unas vendas que, como la mortaja de un cadáver, estaban tiradas a un lado. Por eso había tan poca sangre en el suelo de su casa y por las escaleras. Se había vendado al salir del agua, para ahorrar fuerzas durante la subida. O para asegurar el morirse allí arriba.

Ella me miraba con pena. Yo no lo entendía, porque la que estaba a punto de morir era ella y parecía como si me compadeciera. A mí, que estaba del lado seguro del abismo.

Se había dado la vuelta antes de que yo hiciera ningún ruido. Sabía que yo estaría allí. Esa seguridad suya me reventaba, siempre había sabido lo que yo iba a hacer, pero para mí ella seguía siendo imprevisible. Y se suponía que yo era el profesional.

Ella se dio la vuelta y no dijo nada, pero yo me acerqué más. Desde esa distancia habría podido sujetarla, pero no lo hice. Sólo podía mirar la delicada tracería de sus venas, líneas de la vida de un azul verdoso que se marcaban en sus brazos, en su cuello y en sus pechos, apenas veladas por la excusa de la piel. Me sorprendió poder verlas, porque no debía quedarle mucha sangre. Podría haber seguido el dibujo de sus vasos desde el corazón a las cataratas de sus muñecas, pero mi mano no me obedecía.

Ella era una bailarina y sostenía una guadaña.

Su gracia alada desplegó las alas. Yo me había olvidado de que en otro tiempo había sido capaz de respirar. Tabby, la muy hija de puta, iba a lo suyo, como siempre, sin pensar en mí. Lentamente me sonrió y abrió los brazos. Lentamente abrió los ojos, se dejó caer hacia atrás.

Y lentamente cruzó el vacío.

Pero, generosa, tuvo tiempo de dedicarme una única palabra, hecha de viento…

Ixtab.

Yo, no como ella, había elegido el modo lento de bajar. Y aun así fui bastante rápido como para llegar justo cuando el espectáculo estaba empezando allí abajo.

Tabby yacía en una postura extraña en un charco de sangre, aunque no había tanta como cabría esperar. La mayor parte se la había dejado olvidada en la azotea. Y eso de ahí parecía masa encefálica, como un puré grisáceo con guarnición de jalea de fresa…

Me hice a un lado y vomité.

Los médicos llegaron casi enseguida. Y la poli. El tipo que estaba al mando era un médico que parecía tener el labio superior paralizado. O eso o es que lo movía más bien poco. El tipo me miraba con desprecio. Quizá por mi superior capacidad de mover ambos labios, quizá porque me confundió con uno de esos mirones que van a los accidentes como moscas a la sangre.

Le mostré mi acreditación. “Psiquiatra”, dijo. Yo le respondí que sí. “Su psiquiatra” repitió, como para convencerse. Y miraba a los despojos de Tabby y a mí, alternativamente, como intentando establecer la causa y el efecto. Luego nos miró otra vez, incrédulo. Su expresión decía vaya trabajo de mierda.

Yo no podía estar más de acuerdo.

El cortejo de médicos y policías había empezado a bailar su danza fúnebre alrededor de ella. Cómo buitres. Tomaban fotos y calculaban la velocidad terminal que había alcanzado. Calculaban la concentración de sulfosomatina en sangre, unido a los efectos de una grave hipotermia (tanto tiempo desnuda en la azotea, en pleno invierno). Calculaban la cantidad de sangre que había perdido, la profundidad de los cortes. El golpe con la realidad y el suelo.

Ninguno preguntó cómo se llamaba la chica.

Y las moscas de la sangre empezaron a llegar a montones. Las luces de las ambulancias eran velas que invocaban a unas polillas hipnotizadas. Pronto hubo una multitud. Nunca me ha gustado estar entre tanta gente. Me da la impresión de que el aire no llegará para todos. Y allí había demasiados, todos mirando, haciendo conjeturas hablando de Tabby cómo si la conocieran de algo más que de cruzarse con ella en el ascensor, mirando su cadáver desnudo.

Y llegaban más, en algún momento hubo incluso diez o doce personas mirando. Y yo no estoy acostumbrado a ver tanta gente junta. Me pone enfermo.

Los médicos levantaban a Tabby, con infinito cuidado. Le habían puesto un collarín. Jesús, le faltaba la mitad superior del cráneo y su cerebro salpicaba el asfalto y le inmovilizaban el cuello para prevenir lesiones medulares. Yo quería gritarles que la dejaran allí, que lo que ella quería era que sus huesos se blanquearan al sol, ser una sonriente calavera, pero cómo de costumbre, ninguna palabra salió de mi boca. Empezaba a darme asco a mí mismo. Los médicos juntaron lo que quedaba de Tabby. Hice una mueca y pensé sin humor que para reunir algunos trozos haría falta una escobilla, una pala y una manguera.

Cuando se la llevaban en la camilla, el tipo del labio perezoso se acercó a mí.

—Su amiga ha hecho un buen trabajo —me dijo—. Pero no lo bastante.

—Ya lo sé —respondí yo, mientras miraba distraído la silueta del cuerpo de Tabby dibujada en la acera, con sangre en vez de tiza—. Y no me gustaría estar ahí cuando la despierten.

2
Estaba muerta.

Se estaba bien así, en la nada, la consecución de un deseo largamente postergado. En brazos de la blanda oscuridad…

La luz llegó como una broma pesada y retorcida.

Estaba viva.

Mierda.

“Estoy viva”, fue lo primero que pensó.

Le dolía todo el cuerpo, cómo si le estuviera saliendo nueva carne sobre la carne. La luz era excesiva, llena de aristas, luminosa hasta la nausea. También dolía, ella que venía de la uterina y cálida oscuridad. Con precaución abrió los ojos, una ligera esperanza, la certeza de estar viva podría ser falsa. ¿No hablaban de una luz que te buscaba y te envolvía cuando estabas muerto?

Mentira.

Eran sólo las luces del techo.

Estaba viva.

Teo la había traicionado. Para que te fíes de los psicos. Comecocos de mierda, eso es lo que eran, todos iguales. Y Teo, el que más.

De todas formas, daba igual. Había fracasado miserablemente. Y no tendría otra oportunidad. “Bueno, eso ya se verá”, se dijo.

La luz que se filtraba a través de sus párpados ya era tolerable. Hora de abrir los ojos. Y no se estaba perdiendo nada, sólo una magnífica panorámica de un cielo preñado de fluorentes. Ya había visto muchos así.

Estaba en un hospital. Eso lo supo antes aún de abrir los ojos. Era el olor. Ese olor mataría a las bacterias más resistentes incluso sin el desinfectante que lo producía. Olía a limpio. Y a vacío.

No, espera, estaba en un hotel. Las habitaciones de hospital no eran así. Igual podría haber estado en casa. Pero estaba en un hotel que olía a hospital.

La casa de los locos…

Basta. No iba a pensar en eso. Se pasó revista. Puente de mando, informe de daños. Ja, ja.

Parecía entera.

No se sentía entera.

Se palpó por todas partes, los brazos, las piernas, sólo para asegurarse de que estaba realmente ahí. Porque ya no estaba segura. Parecían faltarle grandes trozos de sí misma. Las partes importantes ya no estaban. Se las habían quitado sin dejar marcas.

Ni siquiera tenía cicatrices.

Se miró con pena las muñecas perfectas, vírgenes. En donde hubieran debido estar unas grandes suturas fluviales con restos de sangre seca, no había nada. Nada. Ni siquiera una marca suave, una zona enrojecida. Nada.

“Con todo lo que tuve que hacer para conseguir la cuchilla”, pensó con rabia. Por lo menos podían haberle dejado una pequeña marca, una señal de su efímera victoria.

Su mirada vagó por el espacio vacío que debería haber estado en carne viva, pero que no lo estaba. Luego hizo el mismo recorrido pero con las yemas de los dedos de la mano derecha. El tacto era nuevo. La piel era nueva. En la ironía final esa piel suave era la de un recién nacido.

Tenía algo pegado en el cuello y sólo ahora, al tacto, lo notaba. Un endoparche de plastiforma, suave, aunque no tanto como la piel que tapaba. Un pequeño parche que descansaba justo sobre la carótida. Pero este no descansaba del todo, porque justo cuando ella pasaba un suave dedo índice sobre su flexible superficie, soltó su pequeña cantidad de sedantes y psicofármacos en el alborotado torrente sanguíneo de la chica. Que se hundió de inmediato en un abismo sin sueños.

Despertó de nuevo, sin conciencia del tiempo que había pasado inconsciente. Tal vez minutos, días o eones. Daba igual. Se sentía mejor, pero también se sentía cómo alguien a quien le acaban de extraer una muela y espera a que se le vaya la anestesia para saber si duele o no. Ya no se hacía ilusiones. Era una criminal y por eso la habían encerrado. Admitirlo no era ningún consuelo. Tampoco era el primer paso para nada porque no se sentía culpable. Volvería a hacerlo sin dudarlo, pero ahora lo haría mejor.

Pero quedaba el pequeño asunto del encierro. Probablemente la juzgarían en breve, acusada de atentar contra el pequeño y maltrecho acervo genético de su gente. No estaba segura de lo que quería decir “acervo”, suponía que era algo amargo. Y cruel. Y la encerrarían en la casa de los locos, donde no pudiera hacerse daño. Si es que no estaba ya en ella. De cualquier modo, no se quedaría mucho tiempo.

Se levantó de la cama, sorprendida de no estar atada a una de las patas. Eso es lo que se hace con los locos. Se les amarra con cuerdas, forradas de tela suave, pero siguen siendo cuerdas. Y ella era una loca declarada, había dejado atrás el nebuloso territorio de los suicidas en potencia para adentrase en las tierras oscuras de los suicidas frustrados. Que además de desequilibrados y antisociales, eran unos inútiles. Y unos fracasados.

Puede que fuera un efecto secundario de las drogas, o del golpe en la cabeza, pero allí había algo que no encajaba. O tal vez se estaba volviendo loca de verdad, pero en esa aséptica y desinfectada habitación había un montón de cosas fuera de lugar. Cosas que uno no dejaría tiradas en la habitación de una enferma (loca) con tendencias suicidas.

Al principio lo que notó fue que su cinturón seguía allí. Era de lo primero que les negaban a los suicidas ¿no?, eso y los lápices, que eran inmediatamente sustituidos por ceras blandas, que además de ser mucho más bonitas, no eran susceptibles de ser clavadas en la garganta (o en un ojo) del susodicho suicida. Lo mismo pasa con el cinturón, que sirve tanto como para ahorcarse como para desgarrarse la garganta (se tocó inconscientemente el punto donde había tenido el parche) o las venas de las muñecas con la afilada hebilla, llegado el caso. A los suicidas no se les permite ni tener las uñas largas por el mismo motivo.

Y ahora que se fijaba bien, veía por todas partes cosas que nadie razonable (no ella desde luego, que ya no era nada razonable) hubiese dejado tiradas por ahí. Ese fenómeno de pleno reconocimiento, que algunos llamaban “del coche azul” (en cuanto te compras un vehículo de ese color, empiezas a ver un montón de coches iguales persiguiéndote como la peste) allí podría llamarse “síndrome del objeto punzante y/o capaz de provocar lesiones”.

La habitación, aparte el olor, ciertamente parecía de un hotel de lujo. El mueble bar estaba repleto. Alcohol suficiente para un regimiento de barbudos soldados cosacos, a ella le sobraría para tres o cuatro comas etílicos mortales de necesidad. También había un montón de parches de plastiforma como el que la había dejado fuera de combate antes. Sobre ellos, una nota inquietante. “Sedantes. Usar a discreción”. Ja. Como si necesitase permiso.

Y estaba la ventana.

Vivía obsesionada con el cuchillo de la carne.

Se había convertido en un ritual. Cada día, en cada comida, lo necesitase o no, llegaba en la bandeja, con los alimentos y una servilleta bordada con unas iniciales que ya no eran las suyas.

Cada día, lo necesitase o no, ella abría el paquetito de plástico que envolvía los cubiertos. Y los miraba.

A veces se preguntaba para qué cojones necesitaba ella un cuchillo de carne en el desayuno, por ejemplo. A veces basta con una simple cucharilla. Pero no lo hacía a menudo. Lo llevaba mejor si no pensaba demasiado.

Pero el cuchillo…

El cuchillo no era siempre el mismo. A veces era plateado y de metal o negro y de dura plastiforma. A veces parecía una espada con empuñadura de madera de cedro. Olía a cedro. Pero el filo era siempre igual. Ella lo sostenía frente a sí. Miraba cómo la luz se reflejaba en el filo, con el brillo de una sonrisa esquinada y lobuna. Miraba cómo por el otro lado de la hoja, el filo se volvía sierra, de bordes afilados, irregulares, que también parecían sonrisas falsas.

A veces se olvidaba de comer…

No recibía visitas. La vez que más cerca estuvo de ver a alguien fue cuando lo de la ventana. Si hubiera contado el tiempo habría dicho que debió ser el primer o segundo día de encierro, cuando despertó notando que le faltaba algo, pero sin saber exactamente qué. Pero ya no contaba el tiempo. Ni el tiempo parecía pasar al mismo ritmo que antes, cuando no estaba encerrada en la habitación de un manicomio con un excelente servicio de habitaciones.

Se había levantado temblando de la cama. Fuese lo que fuese lo que le habían hecho, le había dejado sin fuerzas. Y vagó sin rumbo por el cuarto, comprobando sin sorpresas que la puerta no sólo no se abría, sino que ni siquiera tenía picaporte por el lado de dentro. Abrió cajones y armarios y, sorpresa, sorpresa, allí estaba casi toda su ropa.

La de invierno y la de verano.

Y encontró más cosas inadecuadas. Un enorme espejo de cristal, de esos que al romperse sueltan un montón de afiladas esquirlas, no de papel plateado. El botiquín del baño también estaba muy bien surtido y, oh ironías de la vida, entre otras cosas contenía dos frascos de sulfosomatina forte. Por si se cansaba de los parches, supuso.

Pero lo que atrajo toda su atención casi de inmediato, con una especie de deja vù (esto ya lo he vivido) fue la enorme ventana. Sin rejas. Luego descubrió que había otra en el baño y otra tras unas pesadas cortinas. Pero de momento esa era única. La única que importaba. ¿Había mencionado ya que ninguna tenía rejas?

La ventana era enorme y la vista estupenda, pero ella no se detuvo mucho rato a admirarla. A decir verdad, con ojos de experta, no veía nada más allá del cristal. Estaba frío, y lo que, loquero, lo que es más importante, parecía cristal simple. Sólo vidrio, sin refuerzos, laminados en plomax o blindajes, todas esas sutilezas que evitan que la ventana se rompa cuando la atacas con un objeto contundente. O con un cuerpo humano.

El suyo, sin ir más lejos.

Lo siguiente que recuerda es confuso. En su detallado examen corporal se olvidó de buscar bajo su axila derecha, justo bajo la piel y junto a los ganglios, donde hay otro pequeño endoparche, más discreto que el otro, subcutáneo, y al parecer también con un pequeño control remoto. Simplemente no se le ocurrió. Recuerda haber estado mucho rato junto a la ventana. Luego cree que el fallo fue perder el factor sorpresa y no actuar más rápido. No importa mucho. Recuerda haber palpado cada pulgada de cristal, buscando ese punto crítico que hace que el vidrio se parta casi sin fuerza. Recuerda haberse decidido de repente y haber agarrado una de las mesitas de madera (auténtica) que había al lado de la cama. La verdad que era un lamentable error que no estuviesen clavadas al suelo, pero estaba en una celda acolchada de lo más rara.

Lo siguiente es más confuso todavía.

En un solo gesto levantó la mesilla y la arrojó contra la ventana, que hizo un ruido muy satisfactorio al romperse. Lo sintió por los que pudieran están en la calle, debajo, pero tenía otras cosas en las que pensar. Como cuánto tiempo tardarían en venir a buscarla. Tenía que ser más rápida que la última vez.

La luz entraba mejor en el cuarto ahora, entre el hueco y las afiladas astillas de vidrio. Parecía luz y hielo. Se planteó por un momento darles otro uso a esos cuchillos de cristal, aparte del puramente estético, pero no. Si estaba así era por querer complicarse la vida. Lo simple funciona mejor.

El aire también entraba sin ser invitado, como la luz. Y ella recordó otro instante, en la cornisa, hace miles de años, cuando sentía el viento y el viento era todo lo que importaba, solo viento, y dejaba en el fondo de la boca un regusto a libertad. Se fundía con el viento…

Se acercó más, buscando una segunda parte de aquello, y no pudo.

Ahora sabía qué le habían quitado exactamente.

Y escuchó ruido de gente a su espalda y notó como el pequeño subcutáneo bajo el brazo comenzaba a actuar. Pero tanto unos como el otro tardaron lo bastante como para permitirle pensar en lo que había perdido.

A partir de entonces su cuarto se volvió de lo más concurrido. Vino a verla un montón de gente razonable que le explicó un montón de veces qué (y por qué) le habían hecho. Gente razonable que no paraba de llamarla por ese nombre estúpido, Dora. No les escuchaba. El bloqueo no le impedía mandarles a la mierda. Eso sí, lo hacía en el mismo tono educado y razonable que ellos empleaban para explicarle por qué no tenía derecho a decidir sobre su vida y su muerte.

Y el cuchillo, que puntualmente le seguía llegando, se convirtió en un reluciente símbolo de lo que había perdido.

No se molestaron en retirar ni el cinturón, ni los parches, las pastillas, el alcohol, ni le pusieron rejas a las ventanas. Para qué. Después de lo que le habían hecho bien podían haber estado detrás de una bóveda acorazada. Como el cuchillo. El único cambio fue que la ventana apareció con un cristal nuevo. Tan simple y frágil como el anterior.

No se enteró cuando lo cambiaron. Le daba la impresión de vivir rodeada por un montón de duendecillos afanosos e invisibles, que aprovechaban la noche para entrar de puntillas y limpiar, ordenar y volver a colocar los objetos odiosos en su sitio.

Porque esa es otra. Tuvo una fase en que no podía soportar tenerlos a la vista. Era algo cruel, se regodeaban en su sufrimiento y en lo que quería pero no podía hacer, porque el deseo de morirse era más fuerte cada día, eso no había cambiado. Simplemente era incapaz de hacer nada. Habían sustituido su deseo por pura inercia. Empezaba a creer que la inercia era la única fuerza irresistible.

Así que hizo un bulto con los cuchillos. No tenía que devolverlos, si los guardaba después de las comidas, nadie preguntaba por ellos. Tenía cuarenta y dos. Luego de contarlos, los envolvió en la bonita colcha que arrancó con malos modos de la cama. Antes de atarla por las esquinas, también metió dentro los parches, los dos frascos de sulfosomatina y las botellitas de alcohol, que se reían de ella como un batallón de soldaditos de cristal, soldados de la más diversa procedencia, los había mexicanos, rusos, escoceses… También guardó dentro todos los cinturones que poseía, y los cordones de los zapatos. La ventana no, porque no cabía.

Demasiado tarde había descubierto que esa ventana traidora podía abrirse, la otra vez, si hubiese sido capaz de tirarse, se podía haber ahorrado un montón de tiempo y esfuerzo. No hacía falta romperla. Así que ahora, simplemente la abrió y sin mirar abajo, tiró el atado. Luego se tumbó en la cama desecha, y por primera vez en semanas durmió tranquila.

A la mañana siguiente todo estaba en su sitio, incluidos los cuarenta y dos cuchillos para carne.

3
A veces sueño con sus ojos violetas.

Es el único alivio que encuentro.

En la vista, yo era la atracción principal de un absurdo circo de tres pistas. Me dijeron que era una lacra y todo eso, que ya era la séptima vez que me pasaba, que yo era tan inútil que no era capaz de controlar un simple genotipo, que era una vergüenza.

Ya lo sabía. Como dije, no era la primera vez. Sólo era un metafórico tirón de orejas. Al final me perdonaron. No les quedaba otra, claro.

Cuando volví a la consulta me la imaginaba allí, sentada en el espacioso sillón de nubespuma. Con las piernas cruzadas y una sonrisa en la boca, roja como su pelo, tranquila y perfecta aunque todo un mar de lava bullera por debajo. Como si fuera la primera vez que estuviera allí.

Y en cierto modo, cada vez era la primera. Tabby no se parecía a nadie salvo a ella misma, y cada vez, en cada vida, el único que seguía igual era yo. Enamorado hasta las cachas.

Pero me la quitaron.

Intenté verla, claro. La ventaja de ser tan pocos es que todo el mundo se conoce y los secretos no se puedan guardar mucho tiempo. Estaba en el Sanatorio KY2, un edificio enorme aunque casi vacío al que también se conocía como la Casa de los Locos. Era gracioso. Tabby estaba más cuerda que yo.

Fui allí, claro.

Ella no quiso verme.

No sé cuanto tiempo me pasé a las puertas de su cuarto. Viendo como entraban los asistentes y loqueros, más competentes que yo y a los que seguro no se les “caían” los pacientes. Siempre estaba allí. Creo que al final me confundieron con un paciente porque todo el mundo era muy amable conmigo, me trataban como si pudiera explotar de un momento a otro, como si en vez de sangre tuviera nitroglicerina.

Ella salió al fin, cuando le dieron el alta. No me miró, quizá necesitaba alguien al que culpar y yo siempre había estado cerca.

Al pasar frente a mí, tiró un papel arrugado al suelo. Era una carta.

Se sentía vacía y reseca. Le habían dado la vuelta a la piel, le habían lavado y desinflado y lo habían vuelto a poner todo como antes. Casi todo. Habían llenado ese vacío con inercia. Bueno, mejor eso que nada. Ella quiso comprobar si le habían dejado el odio. Si ya que no podía hacerse daño a sí misma, podía herir a los demás. Claro que podía. Llevaba un cuchillo. Al salir del cuarto le vio. Él, que podría haberle ayudado sólo con su silencio. No usó el cuchillo.

La carta era una venganza mejor.

Ella se convirtió en su propio experimento. No podía matarse, lo preparaba todo con minuciosidad pero en el momento de actuar, la inercia tomaba el control. Cuando lo recuperaba, ella estaba en otro sitio, haciendo alguna cosa estúpida, como limpiar una casa que se limpiaba sola. Y se había dejado en otra habitación la cuchilla o las píldoras. O la ventana abierta. Casi podía oír como el mundo se reía de ella.

Pronto comenzó a explorar otras vías. Podía ponerse en peligro pero no había peligros suficientes en aquel mundo ordenado y tranquilo. Pero ella tenía muchos recursos. Y tenía un plan.

La letra era tan suya que hacía daño. Las frases separadas, la caligrafía grande y redonda invadía todo el papel con ansias expansionistas. En su mayor parte eran sólo reproches, como latigazos. Pero casi al final, justo después de acordarse cariñosamente de mi madre, había una pista. Una miguita de pan.

Era una clave de acceso a la base de Polis. Al ordenador del museo. Recordé que Tabby había estudiado Historia antes de investigar más y mejores métodos de suicidio. No me lo pensé. Ella misma decía que nunca daba puntada sin hilo. Ahora empezaba a entender lo que quería decir.

El archivo ni siquiera estaba en código. Pude verlo con mi pase de visitante. Increíble. No tuve que forzar ni una puerta. La verdad es que estaba algo decepcionado. Creo que esperaba encontrar un silo de misiles o algo así.

Y sólo era un doc de los Días Antiguos sobre una religión muerta y enterrada mucho antes de las Partidas. Pedí una búsqueda. El bibliobot exigió una palabra clave. Se la di. La misma palabra que estaba en la carta al lado del código de acceso. La misma palabra que Tabby me susurró en la azotea antes de saltar. Ixtab.

Allí aprendí todo lo que se puede saber sobre ella. La diosa maya de los suicidas, su protectora. Ixtab.

Tabby para los amigos.

Creo que me he convertido en el segundo experto en Mitos y Cultura Maya actualmente vivo y residente en el planeta. El otro es un carcamal que está en las últimas y se niega a hablar conmigo. Es posible que en breve me quede sin competencia. El anciano se pasa todo el tiempo encerrado en su despacho del museo, escribiéndose notas para cuando su genotipo sea reutilizado. El tipo se cree que entonces seguirá con ganas de oírse filosofar. Mientras tanto, puede que yo herede su puesto. Ya he dicho que soy el otro, y de todas formas no me dejan acercarme a los suicidas potenciales. Ahora yo mismo soy uno de ellos. Me da igual. Vivo rodeado de guerreros, sacerdotes y astrólogos de un tiempo olvidado. Hablo con los hombres de maíz. Con Ixchel y con la Diosa de los Ahorcados.

Ahora tengo un nuevo fantasma que le hace compañía a la sombra de Tabby. Al final lo consiguió. Se ha ido. Creo que provocará un avance increíble en la psicología preventiva, todo una nueva generación de técnicas de bloqueo mejoradas. Al final consiguió sorprendernos, no sólo a mí, como otras veces, sino a toda la elite de la bata blanca y las camisas ajustadas. No creo que nadie se lo esperara. Pero no dejarán que vuelva a ocurrir.

En cuanto a mí, sueño con ellas todas las noches. Sueño con una Diosa cromada y brillante, de frente huidiza y cráneo aerodinámico de pelo negro adornado con flores de ceiba. Sueño con una Diosa de pelo de vino y ojos violeta. En mis sueños, ellas aparecen dormidas bajo un árbol sin frutos, pero repleto de pechos de mujer que manan leche. De las muñecas de las dos diosas brota sangre.

A veces creo que son la misma persona.

A veces creo que me llaman.

El hombre se llamaba Corso y tenía una nave. Ella le había conocido en un bar cerca del puerto. Había aceptado llevarla.

La nave era hermosa como una promesa. Brillaba, y la llevaría lejos de aquel lugar oxidado y reseco, a otros mundos, llenos de gente y más civilizados, en los que había guerras y sangre y cientos de accidentes fortuitos esperando a la vuelta de la esquina.

Corso era callado. Mejor. Después de darle el dinero, la chica se interesó por el tipo de combustible de la nave. Se lo dijo. Preguntó si podría explotar. Él le dijo que no creía. Ella pareció decepcionada.

Autora: Raquel Froilán García ©

Raquel Froilán

Raquel Froilán García nació en la ciudad de León, en España, una fría mañana de febrero en 1981. Casi inmediatamente aprendió a leer y no ha parado desde entonces, desde las etiquetas de los champús a densas novelas de ciencia ficción. Es precisamente en este género donde ha desarrollado la mayor parte de su producción, que a su vez se halla en su mayor parte a medio terminar. De momento, su mayor problema consiste en acabar sus relatos porque actualmente tiene a medias diez o doce cuentos mínimamente legibles y un par de novelas cortas y tres largas empezadas. De vez en cuando, Raquel se acuerda del dicho ese, “Quien mucho abarca poco aprieta”, pero no hace ningún caso.

© Sergio Gaut vel Hartman marzo de 2005

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