LA CIENCIA FICION DEL AÑO 10.000, por Toni Segarra

Empiezo confesando mi lamentable desconocimiento de muchas de las grandes novelas de la ciencia-ficción. He llegado a ella tarde y mal. Tarde porqué a diferencia de grandes expertos que empezaron a leerla a los doce años yo empecé con más de cuarenta. Mal porqué desgraciadamente en este país no abundan las reediciones ni las bibliotecas donde puedan consultarse los volúmenes que uno no puede hallar en el mercado. Por esta razón la reflexión que a continuación expongo puede adolecer del defecto de no tener una visión global del problema. En todo caso me parece que sí puede servir de planteamiento para que otros, más expertos, abunden sobre el tema.

El término ciencia-ficción ha ido designando, a mi modo de ver y a lo largo de su existencia distintos conceptos. Si en sus comienzos la base primordial era la de una literatura basada en la física pronto se fue ampliando a todo tipo de ciencia y posteriormente a cualquier otra materia de las que, tradicionalmente, eran reconocidas como de “letras”. No se trata aquí y ahora de empezar a discutir por enésima vez si una novela, por ejemplo, de historia, sociología o de lingüística deben considerarse o no de ciencia-ficción. A mi me parece indiscutible que sí pero siempre habrá quien, legítimamente, opine lo contrario.

Creo que esto pone de manifiesto que cada uno entiendo la ciencia-ficción a su manera y que un libro puede ser considerado de ciencia-ficción por unos y todo lo contrario por otros. Creo que éste es un tema suficientemente debatido para no volver a entrar en él. Pero, claro está, lo que también pone de manifiesto es que existen preferencias, que no son sólo literarias, en el momento de valorar las lecturas.

La falta de una línea clara que separe las cosas ha ido posibilitando la interrelación entre ciencia-ficción y fantasía hasta el extremo de confundir ambos términos o, al menos, hacer difícil su distinción.

Confieso que me atrae muy poco la fantasía y que me siento más inclinado por lo que se ha convenido llamar ciencia-ficción hard. Quizá debería rectificar rápidamente esta afirmación y decir que no se trata de exigir que aparezca como fondo del libro una “ciencia” sino de exigir cierta credibilidad o realismo a la extrapolación de la materia utilizada como base de la narración.

Permítaseme poner un ejemplo matemático. Si estoy trabajando con elemento de una función lineal, por ejemplo veinte términos de una progresión aritmética, la extrapolación ha de permitirme suponer el resultado del término ochenta. Pero lo que no puedo hacer, de ninguna manera es calcular este término aplicando la fórmula de las progresiones geométricas que son exponenciales.

Esta postura, reitero que absolutamente personal, me permite valorar de manera extraordinaria el Libro del día del juicio final de Connie Willis (me parece recordar que lo he escrito ya en alguna otra ocasión) por ser un libro que sin tener contenido científico permite una lectura histórica creíble y verosímil. Al margen, claro está, de plantear una serie de temas, de tipo ético, de rigurosa actualidad.

Hay un argumento en contra de este planteamiento: la credibilidad es una función personal. Para mi, lo que me cuenta la saga de La guerra de la galaxias es tan absolutamente increíble como un cuento de los hermanos Grimm y, por tanto, no me interesa en absoluto. Lo mismo me sucede con la literatura tolkiana a la que, sin embargo, no niego valores literarios. Admito, precisamente por ser una función personal, que a otros pueda interesarles y no entraré en discusiones sobre el tema.

Pero, ¿qué sucede cuando la extrapolación es tan grande que sea imposible prever su verosimilitud?. Sigo con el ejemplo matemático: si la función es lineal nada me impide hacer una suposición del término 10.000 en lugar del término ochenta. Pero si la serie estudiada no tiene una fórmula matemática la estadística me permite hacer suposiciones a corto plazo basadas en la línea de tendencia pero no hay manera de prever que sucederá a largo plazo. Entonces la ciencia-ficción deja de serlo por más que pretenda basarse en supuestos científicos para convertirse en fantasía pura. ¿Quién puede suponer como será la vida en la Tierra, suponiendo que exista, dentro de 10.000 años? Basta con echar una mirada atrás. Las diferencias entre el mundo faraónico y el actual son tan inmensas que nadie que hubiese vivido en el tiempo de Ramsés habría podido hacer previsiones sobre los artefactos que serian corrientes en el siglo veinte.

Insisto que no tengo nada en contra de la fantasía pero que no me gusta cuando se pretende disfrazar de ciencia-ficción. Autores importantes han caído, a mi modo de ver, en esta trampa. A mi me sorprende, por ejemplo, que en Endimión el autor suponga que se puede resucitar a un muerto y no pueda reponerse el brazo perdido de un androide o curarse un simple cáncer. Es posible que el autor haya considerado esto necesario para la acción de la novela pero a mi modo de entender lo que consigue es restarle credibilidad. Los universos en los que los descendientes del planeta Tierra han colonizado centenares o miles de planetas es una posibilidad tan alejada de la realidad o tan lejana en el tiempo que me parece más creíble el cuento de La Cenicienta, hada madrina incluida.

Y, a mi parecer, en la mayoría de los casos absolutamente innecesarios para la narración. Con cuatro a cinco planetas colonizados en un tiempo más cercano al nuestro la credibilidad aumentaría y la narración funcionaría perfectamente.

Miquel Barceló recuerda, siempre que tiene ocasión de hacerlo, la propuesta de ciencia-ficción como la respuesta humana a los cambios tecnológicos. ¿Cuál será esta respuesta dentro de 10.000 años? ¿Y cuáles serán los cambios tecnológicos? Hoy por hoy, nadie puede decirlo.

© 2006 Toni Segarra

Toni Segarra ha trabajado como redactor en el semanario Treball en temas relacionados con la cultura popular: cine, novela negra, còmics, etc. Ha sido jefe de redacción de la revista Bang! dedicada al estudio del còmic. Es ingeniero industrial y trabajó en Mataró como profesor de matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria. Fue uno de los artifices de la HispaCon de Mataró (1997), congreso anual de aficionados y profesionales españoles de la ciencia ficción, y organizador de las Trobades de Ciència-Ficció de Mataró
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