CARNE DE MI CARNE, por Marc R. Soto

Presentación

Algunas palabras del autor sobre el relato

What if…?

Éste parece ser un método muy utilizado en la literatura fantástica para generar ideas: preguntarse y repreguntarse una y otra vez el ¿y si…? de marras. Sin embargo, conmigo nunca ha funcionado. Por alguna razón que desconozco y que seguiré seguramente sin conocer dado que, para alivio de mi salud mental, no tengo psicólogo, cuando me hago a mí mismo esa pregunta me quedo en blanco.

¿Y si…? ¿Y si…?

Y si… ¿qué?

Y lo único que se me ocurren son chorradas: ¿Y si las lentejas fueran azules y estuvieran rellenas de chocolate? Pues que serían Lacasitos. ¿Y si el Papa vistiera de negro? Sería Batman. ¿Y si el recalentamiento global aumenta hasta límites insoportables? Pues que las hostias serían azules y estarían rellenas de chocolate para que se derritieran en la boca de los feligreses en vez de en las manos de Batman.

Lamentable, como veis.

Sin embargo, por una vez, se me ocurrió una idea -una idea pequeñita- a partir de un y si… La escribí y se la envié a la gente de BoL, que tuvo el detalle de aceptarla.

Lamentablemente, después de la gratificante carta de aceptación, me llegó otra en la que me preguntaban: ¿Y si nos escribes un texto introductorio?

Marc R. Soto

CARNE DE MI CARNE

de Marc R. Soto

Ilustraciones: Pedro Belushi

–Vamos, cariño –dijo Teresa–. Mamá confía en ti.

Estaban en un restaurante de las afueras. El salón en el que se encontraban había sido testigo de una boda el día anterior, pero ahora sólo lo ocupaban el Cardenal Andretti, Teresa y Cristina, su hija, que los miraba desde sus enormes ojos azules sentada tras la única mesa que no tenía las sillas colocadas encima. Frente a ella, sobre el mantel blanco, tan solo había una copa de cristal y un refresco de cola.

Teresa vertió el refresco en la copa. El Cardenal la tomó y dio un sorbo.

Avanti –dijo tras dejarla de nuevo sobre la mesa.

Cristina miró fijamente la copa, se concentró hasta que sus ojos se desenfocaron y en su frente apareció una fina pátina de sudor. Su rostro infantil se cubrió de arrugas. Sus labios se fruncieron hasta quedar reducidos a una flor minúscula y roja, un clavel a punto de reventar. Al cabo de unos instantes, algo comenzó a ocurrir. Cierta efervescencia ascendió desde el fondo del líquido, que cambió sutilmente de color hacia un burdeos oscuro con tintes sanguíneos en la curva del menisco. La copa tembló durante unos segundos, y luego quedó inmóvil. Cristina se dejó caer contra el respaldo de la silla, inconsciente, o quizás dormida.

Su madre se agachó frente a ella, le apartó de la frente el cabello empapado en sudor y sopló en su rostro para despertarla, vigilando de reojo al Cardenal, que en ese momento alzaba la copa y tomaba un sorbo.

–¿Y bien?

El Cardenal sacudió la cabeza.

Niente.

–No puede ser –repuso Teresa, contrariada.

Le arrebató de un manotazo la copa, y bebió de ella. Para su consternación, seguía siendo el mismo refresco de cola, en el que apenas se advertía un leve regusto a vino, tan sutil que muy bien pudiera deberse tan solo a su imaginación.

El Cardenal dio media vuelta y se dispuso a marchar.

–¡Espere! –gritó Teresa, cogiéndole del brazo–. ¡Lo ha hecho cientos de veces! ¡Lo hizo el mes pasado, en la boda de mi sobrina!

El Cardenal Andretti giró rápidamente sobre sus talones mientras liberaba el brazo y llevaba la mano libre a un bolsillo del traje talar; sus ojos, clavados en los de ella, brillaban como carbones encendidos. Teresa sostuvo la mirada. No había llegado hasta allí para darse por vencida ante un revés sin importancia. El párroco de su comunidad no había revuelto cielo y tierra hasta concertar una cita con un prelado del Sacro Colegio para que ahora todo se desmoronara como un castillo de naipes bajo una racha de viento. Su única hija era especial, Cristina no era como las demás niñas del colegio. Aquel hombre tenía que reconocerlo. Toda la Iglesia tenía que reconocerlo.

Teresa abrió su bolso y tomó de su interior un pedazo de pan. Cuando se lo mostró al Cardenal, éste sacó la mano del bolsillo y sonrió. Teresa comprendió que no iba a marcharse, de modo que se acercó a Cristina, que había contemplado toda la escena desde la silla, con los ojos inyectados en sangre y el rostro arrasado por las lágrimas.

–Hija, enséñale a este hombre lo que sabes hacer –dijo, una vez estuvo a su lado.

Cristina hizo un mohín de protesta y negó con la cabeza.

–Mamá, duele…

Teresa dejó el pan sobre la mesa, y se acuclilló frente a su hija.

–Es que es demasiado grande, mamá –susurró Cristina-. Con el padre Zacarías solo usamos trocitos pequeños.

–Pero el Cardenal Andretti es mucho más importante que el padre Zacarías, por eso el trozo es mayor ahora. Cariño, no te preocupes, mamá hará que no duela.

Cristina la miró a los ojos, no del todo convencida. Su labio inferior tembló durante unos segundos, y luego se detuvo.

–¿Seguro?

Teresa sonrió, colocó tras la oreja de su hija un mechón rebelde de cabello rubio y depositó un beso en su frente.

–Claro, boba.

Cuando se levantó, sus rodillas crujieron. Cristina tomó el pan de la mesa, lo partió y lo pasó a su madre diciendo:

–Toma, mamá. Haré lo que me pides.

Teresa dejó una de las mitades sobre el mantel, y le alcanzó la otra al Cardenal, que lo recibió con un gesto mecánico de su mano. Ambos se apartaron un par de pasos.

Cristina clavó su mirada en el trozo de pan frente a ella. Sus ojos, sus enormes ojos de cordero, se desenfocaron. Su rostro se cubrió de arrugas, su boca se redujo a un punto rojo en tensión. Un denso olor a ozono se esparció en el aire y un murmullo de voces apagadas que parecía surgir de la esencia misma de las cosas creció en el ambiente hasta que, de pronto, todas las bombillas estallaron, sumiendo la estancia en una penumbra pesada y gris. Teresa cayó de rodillas cuando el edificio comenzó a temblar y densos copos de yeso cayeron como maná del techo. El Cardenal, sin embargo, con un gemido de repugnancia arrojó al suelo lo que aquella mujer le había dado y se movió con rapidez.

Un segundo después el temblor cesó, las cortinas volaron y los estrechos ventanales a ambos lados del salón se abrieron con un blanco estampido. La luz plateada de octubre cayó entonces sobre el cuerpo de Cristina desmadejado en la silla, con la empuñadura de una daga de plata sobresaliendo de su costado, e iluminó la mesa y el trozo de pan –que volvía a ser únicamente pan, que nunca volvería a ser otra cosa que pan– bajo el que todavía se extendía un gran charco de sangre.

© 2006 Marc R. Soto
© 2006 Pedro Belushi por las ilustraciones.

Foto de Marc R. Soto Marc R. Soto, nacido en Santander en febrero de 1976, reside en Los Corrales de Buelna (Cantabria). Ha sido ganador de diferentes concursos literarios como el Concurso de Narración Breve “Los nuevos de Alfaguara” en su primera edición (1993), el XXII Certamen José Hierro de Narración Breve (2002) y el Premio Lituma de Cuento 2004. Asimismo, fue finalista del Premio Internacional de Cuento Max Aub (2004) y este año ha ganado el III Certamen Universitario de Relato Corto Jóvenes Talentos Booket-Ámbito Cultural. En 2004 apareció su antología de relatos “Los muertos no caminan y otros cuentos”, publicada por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Almería tras haber ganado el Premio Agustín Gómez-Arcos de Relato en 2002 con el relato “Los muertos no caminan”. Y fue precisamente ese año cuando, con el relato breve “37 arañas” publicado en Galaxia, se dio a conocer en el mundillo de la literatura fantástica. Desde entonces se han sucedido los relatos aparecidos en diferentes publicaciones de literatura fantástica: Además, resultó finalista del I Premio Avalón de Relato Fantástico en 2005 .

 

Pedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).
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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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