EL SONIDO SECO DEL LIQUIDO, por Hernán Domínguez Nimo

EL SONIDO SECO DEL LÍQUIDO


Relato de Hernán Domínguez Nimo
Segunda parte
Leer la Primera parte

Pic pic pic pic.

Una gota y otra y otra y otra más. Es un sonido seco el que hacen al rebotar en el borde de cuerina del asiento.

Pic pic pic.

Al reventar, una tras otra, me salpican la cara, me salpican los ojos. Aunque los cierre siento que me empapan cada vez más la cara que ya estaba mojada. Tengo que dejar de mirar hacia abajo.

Pic pic pic.

Si giro la cabeza hacia arriba las gotas solo me salpicarían el cuello.

Pero dejo la cabeza en la misma posición. Para arriba no. Arriba está papá.

Me despierta un golpe muy fuerte, ajeno, y después golpes en todo mi cuerpo.

Doy vueltas. No sé dónde es abajo y arriba pero siempre estoy cayendo, toda yo girando, sacudida, aturdida, todo confuso. Hay ruidos y gritos y los gritos son míos. De pronto ya no hay ruidos detrás de mis gritos. Me callo. Todo está quieto. Me duele el pecho y cuando abro los ojos estoy en el auto, y el asiento está muy adelante, no me deja mover porque me aprieta contra el volante y me pregunto dónde está papá si yo estoy en su asiento.

Levanto la vista, porque de alguna manera adelante es arriba ahora, y el vidrio de adelante ya no está y papá está ahí, y me mira, y abre la boca pero tiene la boca cerrada y yo cierro los ojos fuerte y grito más fuerte aún…

Pic. Pic.

Las gotas caen. Cada vez más despacio. Ya casi no salpican. El ruido me hace acordar al tic-tac del reloj cucú que está en el living de casa. Llega un momento en que, de tanto escucharlo, ya no lo escucho más. Hasta que me acuerdo que está ahí y me doy cuenta de que nunca dejé de escucharlo, que me llena los oídos y la cabeza hasta el punto de no dejarme pensar en nada más.

Un sonido nuevo, un zumbido. Abro los ojos y veo la mosca caminando por el borde del volante. Da toda la vuelta y vuelve cerca de mí. Se detiene. Se frota las manos. Le gusta lo que está pasando.

Soplo, escupo para espantarla. Levanta vuelo y vuelve a aterrizar en la otra punta del volante. No quiere irse. Cierro los ojos para no verla. Ojalá yo pudiera levantar vuelo.

Pic pic pic pic.

Las gotas caen. Rápido, muy rápido. ¿Tan apuradas están? Levanto la cara. No soporto que me mojen la cara.

Arriba, Papá me mira. Me mira pero no me ve. Parece que estuviera mirando más lejos que donde yo estoy. Lo llamo, le hablo, pero no me habla. No me contesta. No me mira. Papá no me mira. Sus ojos no se mueven, no parpadean, y los míos se nublan y no me dejan ver bien.

Pic.

Las gotas ya casi no caen.

Hace mucho calor. Hay muchas moscas. Me quiero ir. Papá, me quiero ir. Me duele el pecho y me quiero ir. Tengo sed, me duele la garganta y me quiero ir. ¡Papá!

Lo miro. Sus ojos están duros, como pintados.

No son los ojos de papá, es mi osito, Juanito, mi osito verde. El que perdí. Juanito era mi osito y lo perdí. ¿Dónde está Juanito? Lloro y le pregunto a papá.

Pic.

Una gota sigue a la otra. No quiero mirar pero papá está llorando. ¿Por qué llorás papá? ¿Es por Juanito?

Papá me mira fijo. Lágrimas caen de sus ojos y me salpican la cara. Pero no me habla. Está arriba —dentro del auto, de alguna manera, adelante es arriba— y me mira sin verme.

Pic.

Las lágrimas no son lágrimas. Son gotas de sangre.

Pic.

Me salpican la cara.

Pic. Pic. Pic.

Un sonido seco. Una gota. Y otra. Y otra. Las gotas caen contra el asiento y me salpican. Tengo los ojos cerrados pero aún me salpican. Los párpados se me pegan por la costra.

Pic.

Las escucho.

Pic.

Me hablan.

Pic.

Me dicen que papá está arriba —porque adelante es arriba—, que me mira sin verme, que de la boca abierta, negra y oscura, caen gotas de sangre.

Me despierto de golpe y todo da vueltas. Hay gritos y ruidos y los gritos son míos y no sé dónde es abajo o arriba.

Caigo y caigo.

El mundo se detiene y me encuentro con la sonrisa de papá. No me habla. Pero me mira y me sonríe y le sonrío porque su sonrisa me hace reír.

Me levanta hasta la altura de sus piernas y lo veo entero, sentado en el sillón del living.

“Ico-ico-caballito —me canta— había un pocito y se cayó…”

Caigo y caigo y todo es confuso, el piso, sus piernas no están donde deberían estar y me asusto y espero la sonrisa de papá que me va a tranquilizar, que me va a decir que todo está bien pero la sonrisa nunca llega y yo nunca dejo de caer…

Abro los ojos y estoy dentro del auto y el asiento me aprieta el pecho contra el volante. Y arriba —porque adelante es arriba— está papá, detrás del vidrio roto, y me mira y abre la boca…

Cierro los ojos y grito. Y grito.

“Tranquila” dice alguien. Y dejo de gritar.

“Es solo un reflejo” dice alguien. “No puede escucharnos”.

Abro los ojos y estoy en una habitación con una luz grande y muchos señores arriba, que me miran pero no me ven y caminan de un lado al otro. Trato de moverme pero no puedo.

Es el asiento, que está muy adelante y me aprieta el pecho contra el volante.

¿Y papá? ¿Dónde está papá? No está adentro del auto conmigo. Levanto los ojos y ahí está, arriba, detrás del vidrio roto. Me mira, abre la boca y grito…

Y grito.

Y grito.

Me callo.

Afuera no hay ruido. El auto está quieto. Miro arriba —adentro del auto, adelante es arriba—. Papá me mira y no me habla. Papá está enojado.

Está enojado porque antes no quise escucharlo, no quise mirarlo. Por eso ahora está enojado y me mira pero no me habla.

Porque tiré la comida al piso. Yo quería agarrar el vaso y tiré el plato. Y la polenta se desparramó por todo el piso del living. Y el vaso se volcó encima de la mesa y todavía chorrea por el borde del mantel de florcitas.

Pic. Pic.

Y cae el jugo encima de la polenta.

Pic. Pic.

Yo no me puedo mover porque tengo miedo.

¿Hay algo que me aprieta el pecho y no me deja mover? Sí, es el miedo.

El pic pic de las gotas de jugo cayendo al piso se oyen más fuerte después de los gritos de papá.

Se mezclan con el tic tac del cucú.

Papá se levanta y se va.

Pero no. Levanto la mirada —en el auto, adelante es arriba— y lo encuentro ahí arriba. Me mira y no me ve. ¿Está enojado todavía?

¿Está…?

Pic. Pic.

Cierro los ojos para que las gotas no me salpiquen.

“Otra vez movió los ojos” dice alguien.

“No importa” dice alguien. “Tenemos que terminar, rápido. Ya pasó mucho tiempo”.

Abro los ojos y estoy en la habitación con mucha luz, con muchos señores.

Grito.

Grito.

Lloro.

Papá me abraza. Siento sus brazos grandes alrededor del pecho. Papá me quiere.

“Perdón” me dice. “Perdón, Tina” me dice.

Ya no está enojado. Papá me quiere. Me abraza y me quiere. Con los ojos cerrados escucho como me dice que me quiere.

Abro los ojos y está allá arriba. Me mira y no me ve.

Ya no me quiere más.

Pic. Pic.

Es lo único que se escucha. No más te quiero.

Cierro los ojos muy fuerte.

Hay olor a quemado. Y ruido a moscas que zumban. Y a gotas que caen. Una detrás de otra. No abro los ojos porque ya sé lo que voy a ver. Papá ya no me quiere y no me habla. Se fue. Como la señora. Ya no me quiere.

Papá no me quiere.

“Es muy tarde” dice alguien.

“¡Demasiado tiempo encerrada en ese infierno! El proceso de fijación del trauma ya debe ser irreversible”.

“¡Hay que intentarlo!”.

No entiendo lo que dicen. No quiero abrir los ojos. No me gusta la habitación de la luz grande. No me gustan los señores. Quiero que se vayan. Quiero a mi papá.

¡Papá!

¡Papá!

“¡Por Dios! ¡Pobre criatura!”.

“¡Estamos inhibiendo todo su esquema de memoria y de percepción! ¡Pero el efecto postraumático permanece intacto!”.

“Tripliquemos la dosis…”.

No quiero oírlos más. ¡Papá! ¡Papá!

Abro los ojos para verlo pero estoy en otra habitación. Hay luz pero es de una ventana. Una mujer de blanco me mira, me sonríe y se levanta de una silla para acercarse.

Pero yo quiero a papá. ¡Papá!

¡Papá!

Cierro los ojos con fuerza y ahí está, arriba —porque adelante es arriba—, me mira, me ve, y abre la boca para hablarme pero no es su boca, es otra boca, negra, oscura, que se abre en su cuello y escupe un borbotón de sangre que me baña y me atraganta mientras grito y grito.

Grito.

© 2006 Hernán Domínguez Nimo

Hernán Domínguez Nimo nació en Buenos Aires hace 37 años, labora como redactor publicitario, está casado y tiene dos hijos. Es prolífico y su capacidad de adaptación le permite abordar con la misma intensidad y naturalidad cualquier cuerda, desde lo dramático a lo humorístico, pasando por la ciencia ficción más estricta o temas experimentales. Ha participado en concursos; ganó el Fobos del 2003, y en otros, como el Terra Ignota de México, quedó finalista. No considera que lo literario pueda ser tomado como una profesión, por lo que escribe sin pensar demasiado en el destino que dará a lo que crea. Alguna vez me ha dicho que es su forma de liberarse; tengo mis serias dudas, aunque estoy seguro de que sus relatos sí se sienten liberados de él cuando consiguen verse publicados. A propósito de eso, se comenta que tiene decenas de cuentos encajonados; tal vez sean decenas, cientos o miles de cuentos los que sufren tan injusto encierro; pero también me consta que en los últimos tiempos el tirano se ablandó un poco y ha indultado a los siete que le publicó Axxón y otros se fugaron con destino aNecronomicón, 2001, La Idea Fija, Artifex y se comenta que muy pronto aparecerá un escalofriante fugitivo del mentado cajón en el especial de terror de libro Andrómeda.

© Sergio Gaut vel Hartman marzo de 2006

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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