COMO HACER UNA NOVELA INTERMINABLE, por Mario Moreno Cortina

Creo haber dicho no hace mucho que en los últimos años hay pocas novedades de Ciencia Ficción que me hayan dejado, al terminarlas, con esa sensación de placidez que te da haber disfrutado de algo realmente bueno. He encontrado novelas interesantes, desde luego, pero muy poquitas con esa intensidad y nervio que tienen las auténticas obras maestras. Eso puede estar causado, desde luego, por varios factores: puede que mi gusto se esté haciendo más selecto y exigente, puede que las novelas que lleguen a España, pasando por el filtro editorial, no sean de lo mejor que se esté produciendo. Y puede que yo me arriesgue mucho menos que antes. Sobre esto último admito que es algo más que un puede.

Estoy dispuesto a admitir todo ello, pero también es cierto que la evolución del género está discurriendo por unos derroteros que no terminan de ser de mi gusto. Y quizá tampoco del de los demás, me apresuro a señalar, porque el público se está escapando, en larga cabalgada, a las brumosas tierras de Tolkien. En un estudio de Precisa Research para la Federación de Gremios de Editores de España, que ha caído en mis manos hace poco, queda reflejado que la Ciencia Ficción es el género más detestado por el público en general después de las novelas Románticas y las de Terror. Sí, amigos, esto es una puñalada baja (1).

¿Por qué el aficionado está desertando en masa e incluso algunas de las mentes más preclaras del fandom reniegan del mismo nombre de Ciencia Ficción? ¿Será porque la Ciencia Ficción no tiene ya nada que ofrecer como género especulativo? ¿Será porque está acabada? Miren que lo dudo…

Me voy a aventurar con una hipótesis: últimamente, las novelas de Ciencia Ficción aburren a las ovejas. Algunas de las cosas que he tratado de leer últimamente eran tan aburridas que me han hecho recordar con nostalgia Noches de la Antigüedad, de Norman Mailer (2). Y eso es porque cada vez más se está haciendo común en el género un determinado estilo literario copiado del peor best-seller (porque hay best-sellers muy buenos, oigan), que a su vez imita en la prosa técnicas cinematográficas mezcladas con los viejos e infalibles recursos del folletín. A priori no tengo nada contra ello, porque creo, como Baroja, que la novela es un cajón de sastre en el que todo vale. Salvo que una escena que resulta espectacular en el cine, puede acabar siendo insoportablemente tediosa cuando se lee en el papel. Tampoco está de más recalcar que todo en este mundo hay que saber hacerlo bien y me temo que en el campo de la Ciencia Ficción hay ahora mismo muy pocos Stephen King (por mencionar sólo un ejemplo), y a los que hay les ha dado por los elfos matadragones y la novela histórica (3).

Este estilo del que hablamos, incluso en sus formas más conseguidas, tiene dos elementos que nunca me gustaron: el abuso del flash-back y la estructura en “escenas” cortas. Se supone que el flash-back se usa para darnos cuenta de la vida pasada del protagonista y explicarnos sus acciones presentes y también añade ese punto de sofisticación que el público exige ahora a la literatura de entretenimiento. En teoría debe hacer la narración más rica y quebrar la linealidad de la historia. Lo cierto es que la impericia de los escritores hace que sirva para romper el clímax casi siempre y abultar el libro en otras cien o doscientas páginas, ya que el editor ha pedido una extensión mínima y cualquiera que haya escrito sabe que es muy difícil que una historia necesite más de 200 o 300 páginas para desarrollarse correctamente. Me estoy imaginando a Cervantes incluyendo en el Quijote quince capítulos hablando del pasado de su Alonso Quijano, intercalados entre salida y salida, interrumpiendo la carga contra los molinos o el episodio de Clavileño y me estoy alegrando de no haber comido todavía, oigan (4). ¿No les parece impensable? Lo es, porque lo que antes se solucionaba con un “no quiero acordarme” o con un “llamadme Ismael”, hoy se soluciona con el viejo método de aburrir contándolo todo. Y no se trata únicamente de un cáncer que afecte en exclusividad a las novelas baratas de Ciencia Ficción: permítanse una vuelta por una gran librería generalista y verán qué pocas obras escritas en los últimos quince años bajan de las 500 páginas.

Pero estábamos hablando del flash-back. Debo reconocerlo, es un recurso perfectamente aceptable. A mí no me gusta, pero es aceptable. Sólo que debe usarse con discreción. No hay ninguna razón para contar algo en 10 páginas si puede usarse una frase, salvo que quieras inflar tu texto artificialmente o no tengas control alguno sobre lo que escribes, como esas personas que amargan las mejores veladas hablando ellas mismas horas y horas. Normalmente no es necesario intercalar un capítulo entero para explicar que el protagonista le tenía manía a su padre porque era demasiado severo. Un par de frases en un diálogo hacen el mismo trabajo y son infinitamente más descansadas.

Porque la Ciencia Ficción es, salvo excepciones, un género que cuenta cosas. No habla de tres turistas americanos que disertan sobre el ser en el Marruecos profundo (aunque quizá debería hacerlo más a menudo, eso es cierto). Hablamos de novelas que, por regla general, tratan más bien de acontecimientos que del mundo interior de las personas o sus relaciones. Se tratan problemas filosóficos, morales, políticos o religiosos que afectan a la naturaleza misma del ser humano, pero raramente una novela de Ciencia Ficción se ocupará de cómo un muchacho supera la adolescencia, o de cómo se desintegra una pareja. Y digo esto, porque en este tipo de historias está plenamente justificado seguir la vida del protagonista de forma pormenorizada y detallista, porque eso es lo que estamos contando, eso y cómo los acontecimientos descritos transforman su existencia de una forma u otra. Este tipo de enfoques literarios no permiten aproximaciones de diletantes. Cuando vas a hablar de la intimidad de un ser humano, tienes que llevar mucha carga ―literaria y personal― a tus espaldas y no basta con repetir viejos clichés sacados de series de sobremesa, porque entonces no hay nada tan aburrido y vacío en ese mundo. Si quieres arriesgarte a hacer una Ciencia Ficción que huya de civilizaciones extraterrestres amenazadas, saltos en el hiperespacio e Imperios Galácticos, asegúrate de no sonar a Michael Landon.

La presentación de la acción en cortas tiradas de texto, generalmente dando cuenta de los puntos de vista de diferentes personajes, va por el mismo camino: se trata de una técnica antigua y legítima, que continúa la tradición del perspectivismo iniciada por Cervantes pero que, usada por un escritor mediocre, lastra la narración hasta límites insospechados. En el cine, para hacer más dinámica una escena movida, se nos muestra lo que ocurre simultáneamente en varios escenarios, interrumpiendo la acción en momentos dramáticos. Algunos escritores, influenciados por esta técnica, que ya usaba el folletín con más acierto, consiguen con frecuencia el efecto contrario: algunas escenas clave se tornan interminables y aburridas y uno tiene que luchar por no echar mano del recurso fácil de saltarse párrafos enteros. La asombrosa multiplicación de personajes secundarios perfectamente planos e inútiles que es cada vez más la norma habitual obliga al autor a seguir los pensamientos de todos y cada uno, así como sus anodinas andanzas. Esto provoca también en el lector la desagradable pregunta de “¿Quién narices era éste, por qué está toqueteando en este panel y, por los clavos de Cristo, por qué necesito saber que veraneará en Wisconsin el año que viene en una preciosa cabaña de troncos?”.

La cosa no sería preocupante si este fenómeno del que les hablo se redujera a las sencillas novelas de puro entretenimiento, escritas a veces por autores con más oficio ―en el peor sentido del término― que pasión. Me preocupa que algunos títulos que me han recomendado como “CF de calidad” en los últimos años seguían el mismo camino de best-seller sofisticado. Desconozco a qué se debe esto y no voy a meterme en camisas de once varas intentando explicarlo en público. Sólo les digo que añoro viejos ―y breves― clásicos como El nombre del mundo es bosque o Los corredores del tiempo o Candy Man o Mundo azul. En aquellos tiempos no tenías que tragar cientos de páginas de matraca insoportable sobre infancias anodinas para leer una historia interesante, ni te cargaban con chorradas sobre las supercuerdas y la repajolera mecánica cuántica copiadas y pegadas de alguna web.

La Ciencia Ficción ya pasó por un momento crítico de renovación ―y excesos, que duda cabe― a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Entonces, un puñado de jóvenes airados hicieron una buena limpieza en la Ciencia Ficción y permitieron que desde entonces se pudieran hablar abiertamente de determinados temas. Quizá debamos aguardar una Novísima Ola que nos libre, entre otras muchísimas cosas, de la lacra de la verborrea y la prosa pedestre.

Entre tanto, me van a perdonar, pero quizá rescate mi vieja y arrogante manía de no leer a mis contemporáneos más que lo justo y necesario.

© 2006 Mario Moreno Cortina

1 Antes de empezar empuñar la antorcha inquisitorial y comenzar a hablar de “dar respetabilidad al género” y esas cosas, recuerden que el público ha leído en masa El código da Vinci, y que Isabel Allende es la idea que tienen por ahí fuera de buena literatura. Vale, ¿se les ha pasado ya el soponcio? Sigamos.

2 Esta novela, que muchos críticos situarían sin dudarlo entre los modelos a seguir por los escritores de Ciencia Ficción, es un típico ejemplo de palabrería vacua y supuso un punto de inflexión en mi vida. Hasta entonces, yo seguía la vieja y estúpida máxima de que hay que leer todo lo que se empieza. Después de gastar todo un invierno de mi vida, que jamás recuperaré, intentando vencer el sopor para acabarla, decidí que un centenar de páginas era toda la ventaja que estaba dispuesto a concederle a una obra cualquiera para atrapar mi interés.

3 Género que, dicho sea, de paso, goza de la plena aceptación del público según el mencionado estudio. A pesar de Los hijos del Grial, añado. El hecho de que el mismo público que contempla con horror las estanterías de Ciencia Ficción acuda en masa a comprar novelas que tratan sobre templarios en Central Park, Cofradías siniestras en la Red, secretos vaticanos en clave y Santos Griales de baratillo me resulta irónico.

4 Bastante duras de tragar eran aquellas novelas intercaladas. Cervantes no era tonto, porque la segunda parte del Quijote carece de ellas.

Mario Moreno Cortina es uno de los escritores y ensayistas más conocidos del panorama español del género fantástico. Fue uno de los editores de la revista Pulpmagazine y actualmente dirige una colección de libros enEd
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