EL RELOJ, por Gabriel Norton

Ilustraciones: MIQUELàNGEL GINER (GRUAGRàFICS)

 

…el tiempo físico no es más que, al igual que el resto del mundo físico, una ficción derivada de la realidad mental subyacente.

George Berkeley (1685-1753)

 

Yo era el único hombre sobre la tierra y la lluvia me estaba calando hasta los huesos. La lluvia caía tan fuerte que hacía daño. El viento salobre azotaba mi rostro, trayendo un apestoso olor a putrefacción. Pese al estruendo del aguacero, alcanzaba a oír extraños chillidos que despertaban un terror ancestral grabado en lo más profundo de mis genes.

Los relámpagos rasgaban el horizonte y perfilaban los remolinos de lluvia atravesando el cielo. A mi alrededor, oscuras formas reptilianas gruñían y desaparecían entre la viscosa vegetación. En aquel momento, mientras mis pies se hundían en el pegajoso lodo, deseé con todas mis fuerzas no haber encontrado nunca el reloj.

Pero comencemos por el principio. Cuando el reloj cayó por primera vez en mis manos, yo tenía trece años. Mi madre y yo vivíamos en un pequeño y lujoso chalet en la parte residencial de la ciudad. Habían transcurrido ya cinco años desde la muerte de mi padre, pero la tristeza de su ausencia aún se respiraba en el ambiente. Sobre todo en la tercera planta, en la buhardilla acondicionada como despacho de trabajo y donde ahora se acumulaban todos los objetos que mi padre había atesorado con los años y de los que siempre había sido reacio a desprenderse. Decenas de cajas apiladas entre estanterías cargadas de libros y revistas, instrumentos musicales, enormes mesas de grabación, incluso varias generaciones de ordenadores, todo enterrado bajo una gruesa capa de polvo.

Aquel sábado, mi madre me pidió que echara un vistazo y buscara algo que tirar. Se había empeñado en cambiar algunos de los viejos muebles y necesitaba un hueco arriba donde guardar temporalmente lo que contenían. Todavía recuerdo perfectamente cómo subí con rebelde desgana las estrechas escaleras. Tenía mejores planes que pasarme la tarde del sábado cargando viejos trastos escaleras abajo.

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Estaba seguro de que, desde la muerte de mi padre, mi madre nunca había vuelto a entrar allí. Supongo que todos aquellos objetos le traían demasiados recuerdos tristes. Yo había curioseado muchas veces entre las cajas, esperando descubrir alguna maravilla oculta. Lo único que encontré fueron decenas de pasadas cintas de vídeo y montones de CDs de música demasiado rancia para mi incipiente gusto adolescente. Al entrar me llamó la atención una fotografía de mi padre sobre una de las cajas. No recordaba haberla visto nunca allí. En realidad, no había visto esa fotografía en mi vida.

Mi padre aparecía sonriente en el jardín trasero, en un gesto de brindis con una lata de cerveza. Los recuerdos de su reconfortante presencia vibraron en mi mente durante un instante, el protector apretón de su mano enorme mientras paseábamos, su voz firme y segura aconsejando, los dolorosos reproches y sus gloriosas alabanzas. Sentí el impulso de abrir de nuevo esa caja. No sé por qué lo hice. Llena a rebosar antiguas revistas, sobre uno de los montones había un reloj.

El reloj de mi padre.

No se trataba de un reloj corriente, sino de uno de esos relojes de bolsillo que suelen colgar de una larga cadena. Sólo que mi padre la había sustituido por una más corta y más gruesa que lo mantenía firmemente sujeto a su muñeca. Hasta donde soy capaz de recordar, mi padre siempre llevaba encima su reloj. Lo recuerdo especialmente porque a menudo me habló de él de una forma inquietante. Insistía en que un día sería para mí, de la misma forma que él lo había heredado de mi abuelo. Yo lo miraba desde mi infantil incomprensión, sin entender qué podía tener de especial esa antigualla.

Mi padre ciertamente había sido un hombre singular. Para empezar, era una de las pocas personas que sufría el síndrome de Jackobson, una extraña enfermedad degenerativa que aceleraba su envejecimiento hasta el punto que, cuando murió, tenía apenas cincuenta años aunque aparentaba más de ochenta. Él, sin embargo, nunca se preocupó de su enfermedad. Siempre animaba a mi madre cuando parecía abatida la verle envejecer. Mi padre decía que lo importante no es lo larga o corta que pueda ser tu vida, sino como empleas el tiempo que pasas en ella. Y él nunca perdía un segundo en nada que no fuera de su agrado. No trabajaba, y hasta donde yo sé, no trabajó en toda su vida. Nuestro nivel de vida era razonablemente alto. Vivíamos en una casa lujosa, teníamos varios coches caros y viajábamos con frecuencia, siempre alojándonos en los mejores hoteles.

Según mi padre, una generosa herencia de mi abuelo, bien invertida, le permitía vivir holgadamente durante el resto de su vida. Solo en una ocasión un incidente hizo que mi madre sospechase que algo no estaba del todo bien. Ese día, la policía se presentó en casa y detuvo a mi padre. Había utilizado dinero marcado, robado misteriosamente de un banco unos meses atrás. Pero después de interrogarle durante varias horas, tuvieron que dejarle marchar. Mi padre no se alteró lo más mínimo. Se conducía siempre con una gran serenidad, nunca perdía la paciencia, nunca mostraba preocupación o irritación. Su vida, aunque trágicamente acelerada por su enfermedad, transcurría de forma plácida.

Hasta que desapareció su reloj. Recuerdo perfectamente aquel fatídico día. Mi madre y yo regresábamos de pasar el fin de semana en casa de mis abuelos maternos, y encontramos a mi padre totalmente enloquecido. Yo era solo un niño de ocho años, y la visión de mi padre maldiciendo violentamente a todo el mundo se grabó para siempre entre mis peores recuerdos. Aullaba que un ladrón había robado su reloj, un ladrón que poseía un reloj idéntico al suyo. Cuando mi madre le preguntaba qué quería decir, mi padre se enfurecía aún más. Lo cierto es que desde entonces ya nunca recobró la cordura, hasta el punto de que murió recluido en un hospital psiquiátrico.

El corazón me dio un vuelco al tomar el reloj entre mis manos. Se trataba del mismo reloj, lo recordaba lo suficientemente bien como para estar seguro. Pero si había desaparecido, ¿cómo había llegado hasta allí? A primera vista no tenía nada de especial. La esfera era blanca. Tres agujas marcaban la hora, minutos y segundos, y un pequeño indicador mostraba el día del mes y el año. Tenía una ruedecilla en el lado derecho, junto a una inscripción en la carcasa que decía push. Probé a girarla suavemente y comprobé cómo las manecillas se desplazaban rápidamente mientras cambiaba la fecha en el pequeño rectángulo indicador. Volví a dejar la fecha y hora correcta consultando mi reloj. Ya eran las dos, mi madre me esperaba para comer. Casi había perdido el interés cuando, sin darme cuenta, presioné la ruedecilla que se hundió con un imperceptible click. Entonces, las manecillas se detuvieron y surgió una extraordinaria melodía. La indescriptible música, como un millar de orquestas sonando al unísono sin interferir entre ellas, acarició mi alma y la elevó hacia el cielo. Perdí la noción del tiempo, vagando en los abismos insondables del espacio, entre destellantes cúmulos de galaxias, dejándome arrastrar por los vientos solares de lejanas estrellas fulgurantes. Envejecí mil años. Toda mi vida, pasada y futura, se concentró en un singular instante. Súbitamente, todas las piezas del puzzle encajaron. Alguien susurraba a mis oídos toda la sabiduría del mundo. Nietzsche era un aprendiz, yo tenía todas las respuestas. Aún hoy, después de haber escuchado miles de veces esa maravillosa sinfonía, no podría siquiera aproximarme a describir la sublime emoción que produce. Elige el mejor orgasmo que hayas tenido en toda tu vida, multiplícalo por diez y súmale el mayor momento de relajación y paz que hayas experimentado. La esencia del universo se puede condensar y destilar en forma de sonido para ser apreciada por un ser humano.

Entonces volví a la realidad, o al menos una parte de mí lo hizo con la suficiente fuerza para pulsar de nuevo el pequeño botón del reloj. La música se alejó en una curva a los lugares donde descansa la música, cuando no se la oye. Conmocionado, observé cómo las manecillas del reloj reanudaban su marcha interrumpida. Paulatinamente la realidad se fue imponiendo. ¿Qué hora era? El reloj de muñeca indicaba que había transcurrido más de una hora desde que subiera a la buhardilla. Mi madre debía de tener la comida lista hacía mucho rato, y se enfadaba mucho cuando llegaba tarde. Esa idea hizo que me olvidara del reloj, que guardé en el bolsillo mientras bajaba las escaleras a toda velocidad.

Al llegar a la cocina, encontré a mi madre aún atareada en los preparativos de la comida.

-¿Ya has bajado? –preguntó sin el menor rastro de enfado- ¿encontraste algo que tirar?

-Errr… si… creo que sí. –respondí balbuceante.

-Bien, entonces bájalo hasta el patio. Y luego vete a estudiar, aún falta un rato para comer.

-Sí mamá –dije obediente.

Antes de salir eché un vistazo al reloj de pared. Marcaba las dos y diez. Mi reloj de muñeca daba las tres y cuarto. Saqué el reloj de mi padre y comprobé estupefacto que también marcaba las dos y diez. ¡Rayos! Mi reloj me había jugado una mala pasada.

Descubrir lo que el reloj de mi padre podía hacer sólo era cuestión de tiempo. El destino quiso que fuese aquella misma noche. Después de pasar la tarde bajando cajas del trastero estaba terriblemente cansado. Tras la cena me fui directamente a dormir. En la cama, conecté de nuevo el reloj y la melodía celestial vino de nuevo a mi encuentro. Me quedé dormido, arropado por un suave goce. Nunca había dormido tan profundamente. Cuando desperté, la música acarició suavemente mi alma, dándome los buenos días. O al menos, lo que deberían ser los buenos días. Las estrellas todavía titilaban en la negrura al otro lado de la ventana. Detuve la música y el reloj continuó su marcha en el punto donde se había quedado, las once y media. Mi reloj de pulsera marcaba las siete de la mañana. ¿Por qué no había amanecido aún? Salí de mi cuarto y me quedé atónito al ver que mi madre aún estaba en el salón.

-¿Todavía no te has ido a dormir? –preguntó.

-Nnn…si…olvidé… –dije mientras corría de nuevo al dormitorio.

¡Dios santo! No era posible, estaba seguro de que había dormido durante horas. Comprobé el reloj de la mesita, el teletexto del pequeño televisor de mi cuarto… todos decían que eran las once y media… exactamente igual que el reloj de mi padre. ¡Pero yo lo había visto detenerse! ¿cómo era posible? Me asaltó una terrible duda. Era una locura, una estupidez, pero tenía que comprobarlo.

Puse el despertador frente a mí, donde pudiera verlo claramente. La pequeña aguja del segundero avanzaba inexorable, dejando atrás un segundo tras otro. Tomé el reloj de mi padre y pulse el botón. La música vino a mi encuentro tan cautivadora como en las dos ocasiones anteriores. ¡Pero el reloj de la mesita se había detenido! Consulté mi reloj de muñeca y, como había supuesto, seguía funcionando perfectamente. Diablos, ¿acaso la música era en realidad algún tipo de señal capaz de paralizar todos los relojes a su alrededor? Todos salvo el mío. Salí del cuarto, el corazón en un puño. Había un silencio sobrecogedor en la casa. En el salón, la imagen de la televisión estaba congelada. Las sienes me latían con fuerza. Presentía que algo estaba mal. Moviéndome muy despacio, rodeé el sofá. Allí seguía mi madre, inmóvil, los ojos abiertos y la mirada perdida. ¡Petrificada! No podía quitarle la vista de encima. Era como observar una fotografía. Su boca tenía un ligero rictus, estaba a punto de sonreír. En la tele, su humorista favorito nos miraba impávido. ¡Dios mío!

Debía de estar soñando, eso es, una pesadilla, pronto despertaría y todo volvería a la normalidad.

A estas alturas el lector inteligente ya habrá comprendido que es lo que estaba sucediendo. Pero una cosa es leerlo y otra vivirlo, sobre todo si eres un chaval inmaduro de trece años. Corrí arriba y abajo por la casa, comprobando todos los relojes, en busca de movimiento, vida propia. Pero no encontré nada salvo mi propia imagen en los espejos. Desesperado, me asomé a la ventana. Fuera, todo era como una película en pausa. Los coches detenidos en mitad de la calzada, la vecina y su estúpido perro, abajo en la acera, paralizados en el siguiente paso de su paseo nocturno, las hojas de los árboles totalmente inmóviles, y hasta pude distinguir colgando en el aire a los insectos que revoloteaban alrededor de la tenue luz de la farola. Mi garganta seca no quería dejar pasar el aire. Temeroso, abrí el grifo del lavabo y sentí aliviado cómo el agua fluía mojando mi mano. ¡Por fin algo de movimiento! Pero el horror volvió en cuanto me alejé para coger un vaso. El chorro se quedó inmóvil, a medio camino entre el grifo y la superficie del lavabo. Acerqué estúpidamente la mano, intentando tocar la pequeña columna de agua, y el agua volvió a fluir como si nunca hubiese estado detenida. ¡No era posible! ¡Era una locura!

Entonces, como si despertara realmente de una pesadilla, fui consciente de qué es lo que había provocado todo aquello. Busqué el reloj en el bolsillo. Presioné la pequeña rueda lateral y, a la par que la música se detuvo, el mundo volvió a la vida.

-¡Dios mío! ¡qué susto me has dado! ¿no te habías ido a dormir? –exclamó mi madre.

No me había dado cuenta de que en mi frenético ir y venir había acabado junto a ella.

-Lo siento mamá. –dije intentando disimular mi excitación- Se me ha quitado el sueño, déjame ver un rato más la tele… –Me senté a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro.

-De acuerdo, pero no me gusta que seas tan sigiloso cuando te acercas. A veces, tu padre solía hacerme lo mismo, y no me gustaba nada…

La abracé y ella se dejó abrazar.

****

A la luz del día siguiente, mis temores se disiparon progresivamente. El reloj tenía la inexplicable cualidad de detener el tiempo. Y eso podría resultar tremendamente útil. No era difícil imaginar las posibilidades que algo así podría tener. Y yo las fui explotando todas, una por una, desde mis lejanos trece años hasta el día de hoy. Para empezar, nunca más madrugué. Bueno, me levantaba muy temprano, pero siempre después de detener el tiempo y dormir varias horas más a placer. Tampoco volví a estudiar. Me encantaba leer, y pasaba muchas horas de tiempo congelado, como yo lo llamaba en mi fuero interno, devorando libros. Pero era incapaz de dedicar un segundo a las asignaturas del colegio. Aún así pasé todos los cursos con excelentes calificaciones. No entraré en los detalles de todas las travesuras que cometí en mi adolescencia, la mayoría de ellas inconfesables.

Para cuando alcancé la edad adulta, tenía bastante claro cómo enfocar mi vida. Era evidente que no necesitaría trabajar para vivir, pero sí justificar mis ingresos, así que abrí una pequeña tienda de discos que casi siempre pasaba cerrada, pero que era suficiente para blanquear el dinero que robaba. Sí amigos, me convertí en el mejor ladrón del mundo. Cometía un robo perfecto tras otro, siempre en pequeñas cantidades y en distintos bancos para no llamar demasiado la atención. A veces viajaba a otras ciudades para robar cantidades mayores. Recorría el país buscando nuevas sucursales que desplumar. Me divertía imaginando los quebraderos de cabeza de la policía tratando de resolver todos aquellos misteriosos robos.

Oh, pero lo mejor de todo era que podía hacer lo que me apeteciera en cada momento. Desconocía lo que eran las prisas o el estrés. Disfrutaba de una vida sencilla, perezosa, donde todo estaba bajo mi control. A los veintidós años me enamoré y me casé. Vivíamos de forma discreta pero lujosa. A mi mujer le conté que disponía de una generosa herencia de mi padre, y, como sucediera con mi madre, nunca se cuestionó nuestra forma de vida.

A los veinticinco años resolví otro de los misterios que había envuelto la vida de mi padre: su rara enfermedad. Debí haberme dado cuenta antes yo mismo, pero fue mi madre quien me hizo advertirlo. Mi abuela enfermó, y mi madre tuvo que ausentarse varios meses fuera de la ciudad para cuidar de ella. Era el mayor período de tiempo seguido que había pasado sin verme, y cuando regresó notó inmediatamente mi prematuro envejecimiento. Me eché a reír al darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero mi pobre madre no pudo ocultar su desesperación pensando que había heredado la enfermedad de mi padre. Y ciertamente, había heredado algo de mi padre, pero no lo que ella imaginaba. El problema era que, aunque el tiempo estuviese detenido, mi reloj biológico seguía avanzando. Desde los trece años, alargaba los días y las noches, hasta tal punto que probablemente pasaba más tiempo de esa forma que en el tiempo real. Inevitablemente, los años que había vivido de más empezaban a dejar su huella. Después de recorrer innumerables hospitales y ante la perplejidad de los médicos, mi madre por fin se resignó a la idea de que no existía ninguna posibilidad de cura. Me dolía ver la preocupación en los rostros de los demás, especialmente en mi mujer y mi madre, pero aunque hubiera querido decirles la verdad, sabía que no podía. Nunca podrían entenderlo. Era mi secreto, y no podría compartirlo con nadie jamás.

En algunas ocasiones me asaltaban dudas sobre el funcionamiento del reloj. Nunca me había fallado, pero podría encontrarme una desagradable sorpresa en cualquier momento. Me preguntaba a menudo sobre su origen. Realicé algunas indagaciones y descubrí que mi padre lo había heredado de mi abuelo, pero ahí acababan las pistas. Con los años dejé de hacerme preguntas y me limité a sacarle provecho.

Mi vida transcurría sin sobresaltos hasta que un cierto día recibí una visita que la trastocó para siempre. Era mediodía. Hasta mis oídos llegaba el tenue ronroneo del tráfico fuera. La noche anterior mi mujer y yo habíamos asistido a la fiesta de unos amigos. Yo había bebido más de la cuenta y mi estómago se retorcía, bombeando punzadas de dolor a la cabeza. Mi mujer se levantó tambaleante hacía el baño, y yo detuve el tiempo para dormir hasta que desapareciera la resaca. Cuando volvía a quedarme dormido, acunado por la maravillosa música, me sobresaltó el estridente sonido del timbre de la puerta. Me incorporé de un salto en la cama. No, no podía ser. El alcohol que quedaba en mi sangre me estaba jugando una mala pasada. El timbre volvió a clamar, inconfundible, impaciente, y los latidos de mi corazón se sumaron al sonido con su propio ritmo desacompasado y vertiginoso. Me armé de valor y salí de la cama. ¿Acaso el reloj había dejado de funcionar? La música continuaba en mi cabeza. Eché un vistazo al baño y allí seguía mi mujer, inclinada sobre el lavabo, sin inmutarse. Entonces, ¿quién diablos estaba llamando al timbre?

Solo había una forma de averiguarlo. Bajé y abrí la puerta. Al otro lado apareció un tipo de pelo canoso y figura rechoncha. Me miró con unos pequeños ojos penetrantes.

-¡Por fin le he encontrado! –exclamó con voz ronca– ¡No sabe usted los quebraderos de cabeza que me ha dado!

Le miré como si se tratase de un improbable espíritu aparecido.

-¿No me va a invitar a pasar? –preguntó al cabo de unos segundos –tenemos que tratar… cierto asunto usted y yo –torció el gesto en una sonrisa mientras extendía el dedo índice dándome unos golpecitos en el pecho.

Me hice a un lado de la puerta, incapaz de emitir un sonido. La saliva en la boca parecía querer solidificarse. Me dirigí mecánicamente hasta la cocina para beber un vaso de agua. El tipo me siguió y se acomodó en una silla sin quitarme un ojo de encima.

-Bien, -dijo- lo primero será presentarme. Soy… bueno, puedes llamarme Héctor. Es el nombre que suelo usar por aquí. –enseñó unos dientes caninos. No era una sonrisa amable, era una sonrisa de advertencia.

-Tienes una cosa que me pertenece… –anunció, y señaló a mi brazo.

Yo le observaba fascinado, con la boca abierta. Por fin comprendí a qué se refería.

-¿Mi reloj? –pregunté estúpidamente.

–¡Oh!, verás, conozco muy bien lo que es capaz de hacer ese reloj –dijo mientras se metía la mano en su bolsillo y sacaba otro, prácticamente idéntico al mío.

La tensión cedió y me derrumbé en la silla frente a él. Una cierta lógica se fue abriendo paso en mi confusión.

-Te estarás preguntado por qué soy inmune a tu reloj. Ahora ya sabes la respuesta. –señaló al suyo- estos aparatitos están programados para sincronizarse entre sí cuando encuentran algún otro funcionando en las proximidades.

-Pero… ¿cómo? ¿qui… quién eres? –mascullé.

-Oh, ya te he dicho que me hago llamar Héctor. Pero sospecho que te refieres a quién soy realmente. –alzó las cejas- Bien, supongo que te mereces una explicación después de todo –se recostó en la silla y sacó una cajetilla de cigarrillos- Intentaré exponértelo de forma sencilla… veamos… Lo primero que debes saber es que vengo de un lejano futuro.

Una pequeña llamita surgió en el hueco de su mano, prendió el cigarrillo y me miró a través de una densa columna de humo.

-Ah, -suspiró- en esta época se fabrica el mejor tabaco, te lo aseguro.

Yo me limité a mirarle como un niño que presencia un increíble número de magia.

–Vengo de un tiempo –explicó después de un par de caladas- en el que hemos avanzado en la comprensión del universo más de lo que nadie se atrevería a soñar en esta oscura época. ¿Te dice algo el concepto de multiverso?

Negué con la cabeza. En su rostro apareció una expresión divertida. Me sentí como uno de esos aborígenes que prestan atención incrédulos a las historias de los exploradores sobre el mundo más allá de su pequeño poblado.

-Lo suponía. No entraré en detalles, tan solo te diré que explorar universos alternativos resulta mucho más interesante que viajar en el tiempo. Te sorprenderías de los atestados que pueden estar algunos mundos paralelos. Sin embargo no hay muchos que se interesen por la historia antigua. Un puñado de viajeros repartidos en unos cuantos milenos no llamamos demasiado la atención.

En cualquier otra situación habría tomado al tipo por un chiflado, pero el chiflado tenía un reloj. Siguió hablando con su voz ronca.

-Pese a todo, viajar en el tiempo requiere ser muy, muy cuidadoso. –sus ojos se volvieron dos penetrantes ranuras- Hay ciertas normas. No se puede alterar el curso de la historia así como así. Los requisitos para conseguir una licencia son duros, si infringes alguna norma la sanción puede ser…

Me miró, y una sombra de temor pasó por sus ojos.

-Así que… –alcancé a decir- ¿perdiste tu reloj?

-Eso es lo que ocurrió. –frunció el ceño- Perdí el maldito reloj y no me dejarán volver hasta que no lo recupere. –había una nota de resentimiento en su voz.

–La furcia me engañó. Yo… me dejé engatusar… sucumbí a sus encantos. Cuando desperté había desaparecido con todas mis cosas, me dejó en calzoncillos…

Reprimió un gesto de ira aspirando nerviosamente el humo del cigarrillo.

-Los detalles no vienen al caso. –apartó una nube de humo con la palma de la mano- Afortunadamente en aquella ocasión no vine solo, pude regresar, pero en cuanto averiguaron que había perdido el reloj me obligaron a volver para recuperarlo. No sé como ha llegado hasta ti pero no ha sido fácil dar con el, maldita sea. Aunque –dijo mirando a nuestro alrededor- creo que no estamos en la misma fecha en que lo perdí.

-No –dije- eso debió suceder hace unos cincuenta años. Que yo sepa, mi abuelo fue la primera persona que lo encontró.

-Si, pero ahora se ha acabado. –sentenció. Me miró con una cara que me recordó a un bulldog, la nariz chata y mandíbula apretada.

Me recorrió un escalofrío. La idea de continuar mi vida sin las ventajas del reloj me aterraba. Tenía que zafarme de él, pero ¿cómo?

-Este reloj solo puede parar el tiempo -me atreví a preguntar- ¿cómo te puede servir para viajar?

Soltó una gran carcajada histérica.

-Jodido cabrón. Me he pasado años tratando de rastrear a alguien que se moviese a través del tiempo. Cuando comprendí que solo lo estabas usando para detenerte todo fue mucho más fácil.

Le miré sin comprender. Se reclinó hacia delante sosteniendo frente a mí su reloj.

-Mira –dijo girando imperceptiblemente la ruedecilla de ajuste. Se esfumó sin dejar rastro, como si nunca hubiese estado allí.

Boquiabierto, miraba estúpidamente la silla vacía, y de repente ¡volvió a aparecer ante mí!

Di un respingo hacia atrás. Me miró con su cara perruna.

-¿Qué… qué ha ocurrido?

-Me incorporé a la corriente temporal. –explicó- Como tú estás aquí varado, simplemente dejaste de verme. Luego regresé hasta este mismo instante de nuevo. Es sencillo. Esta ruedecilla sirve para ajustar el calendario en la fecha exacta a la que quieras desplazarte. Puedes viajar años, siglos o minutos. O también puedes detenerte. Eso es lo único que tú has estado haciendo.

En su expresión había una mezcla de rabia y alivio.

-No es fácil dar con alguien que se desplaza continuamente en el tiempo. En cambio, alguien que pasa mucho tiempo con el reloj detenido…

-¡Mi enfermedad! –exclamé.

-Exacto. Una vez supe lo que debía buscar no me fue difícil dar contigo -dijo satisfecho.

Maldita sea. Mi historial médico debía de aparecer en decenas de hospitales. Me arrepentí de haberme dejado arrastrar por mi madre a todas aquellas pruebas inútiles.

-¿Y la música? –pregunté tratando de ganar tiempo. No me resignaba a entregarle el reloj, pero tampoco se me ocurría ninguna forma de escapar.

-Eso no es más que un efecto secundario, aunque muy agradable por cierto. Está íntimamente relacionada con el proceso… no es fácil de explicar. –dio una calada a su cigarrillo.

-Por favor, -supliqué fingiendo resignación- si voy a perder el reloj, al menos me gustaría conocer cómo funciona.

-Ah muchacho, vuestros conocimientos científicos son tan arcaicos que necesitaría varias horas solo para hacerte entender los fundamentos básicos. Hum, veamos, lo intentaré de todos modos –pareció que recuperaba el buen humor- Para empezar, tienes que entender que la realidad que percibes es solo uno de las infinitas posibilidades que existen. Y me refiero a universos completos.

No pude más que mirarle con sincero interés.

-Esos universos -continuó -no están muy lejos, por decirlo de alguna forma. Materia, antimateria, energía, materia obscura, eso sólo son conceptos que tienen sentido desde un punto de vista Humano. La Realidad no es más que un Caos, un caos brutal del que sólo podemos apreciar una ínfima parte, lo que llamamos el universo conocido. ¿Me sigues?

-Ligeramente –dije.

-Incluso el fluir del tiempo, tal y como lo percibimos, no es más que una apreciación puramente subjetiva, condicionado por el funcionamiento de nuestros cerebros. Digamos que, entre todas esas infinitas posibilidades, hay una que da lugar a una mente humana. Una mente que es capaz de percibir e interpretar lo que se extiende fuera de ella de una determinada forma. Percibimos ciertas cosas y desechamos otras. Una vez comprendimos eso y averiguamos cómo actuar sobre el cerebro, fuimos capaces de modificarlo para conseguir ver el resto de mundos posibles.

-Dicho así parece sencillo.

-Si, pero te aseguro que no lo es. Se tardó mucho hasta poder ajustar cada mente de forma diferente sin perder la propia coherencia física del hombre. Bien, los detalles no importan. El hecho es que hay una zona en el cerebro, una cierta estructura neuronal cuya función es mantenernos sincronizados con lo que llamamos flujo temporal. Esa parte del cerebro también se encarga de… –se aclaró la garganta- déjame buscar una forma sencilla de decirlo…, se encarga de establecer una referencia a partir de la cual se le da un sentido a todo lo demás. Causa y efecto y todo eso. Nos hace creer que el ahora tiene una relación con el antes.

-¿Y no es así?

-¡No! No has entendido nada. Da igual, te dije que era demasiado complicado. Pero respondiendo a tu pregunta sobre la música te diré que esa región del cerebro es la misma que procesa los sonidos que captamos del exterior. Este aparatito –dijo señalando al reloj- actúa generando un campo de éxtasis que estimula esa región y, como efecto secundario, nos hace percibir esa extraordinaria melodía.

-Así que… ¿esa es la causa del sentido musical? –pregunté creyendo comprender.

-¡Exacto! –se acomodó en la silla- Los sonidos, especialmente la música, estimulan esa región de forma análoga a cómo lo hace el reloj, solo que con muchísima menos efectividad. Aun así, ejerce un cierto efecto de desplazamiento, sin consecuencias prácticas claro, pero que puede llegar a inducir una intensa sensación de… digamos, estar sincronizados con el universo.

-Y supongo que cuanto más acentuado es ese efecto, mejor nos parece la melodía. –añadí. Al menos eso lo había entendido.

-Eso es. Aunque te aseguro que nunca escucharás nada creado por el hombre tan complejo y excitante como esto. –agitó sus manos en el aire al compás de la sinfonía silenciosa que nos acompañaba.

-Y ahora, -espetó bruscamente- se acabaron las explicaciones. Devuélveme mi reloj.

Saltó de la silla y sacó una pistola del interior de la solapa de su americana, apuntándome tranquilamente.

-¿Vas a matarme? –pregunté con voz temblorosa.

-No. Como te dije hay ciertas normas sobre alterar el curso de los acontecimientos, pero lo haré si no me dejas otra opción.

-De acuerdo. Te lo devolveré. –dije fingiendo estoicismo.

Tomé el reloj en la mano izquierda y estiré el brazo hacia él. Entonces, cuando sentí que se relajaba levemente, con un rápido movimiento cogí la ruedecilla entre el pulgar e índice y la giré frenéticamente.

El mundo se disolvió en un borrón impreciso. Sentí unas tremendas nauseas y paré. La realidad volvió a estabilizarse a mi alrededor, pero todo había cambiado. Comprobé horrorizado la fecha en el indicador y miré incrédulo a mi alrededor. Me encontraba en un pequeño claro cubierto de hierba, junto a unos peñascos tras los cuales comenzaba un pequeño bosque. Un sol pequeño y deslucido brillaba en medio de un cielo pálido con pátina azul verdosa. La cocina de mi casa ¡2747 años antes! Y no había ni rastro de Héctor. Respiré aliviado. ¡Había funcionado! Pero, ¿cuánto tardaría en encontrarme de nuevo? Si había entendido bien su historia, no tenía una forma sencilla de rastrearme. La primera vez había dado conmigo de forma indirecta, aunque tal vez podría intentar seguirme, retrocediendo minuto a minuto, año a año hasta que volviésemos a encontrarnos frente a frente. La idea me hizo salir de mi aturdimiento. Si permanecía en el mismo lugar tarde o temprano volvería a tropezar conmigo.

Corrí en dirección a los peñascos y me escondí tras ellos. Allí estaría a salvo. Aunque Héctor retrocediera cuidadosamente, pasaría de largo sin verme. ¡Era imposible que pudiera rastrear los alrededores, minuto a minuto, de los próximos 2700 años!

¿Y ahora qué? Tranquilízate, me dije. Debes manejar la situación con calma. Tiene que haber una salida. Ponerse nervioso no servirá de nada. ¿Qué alternativas tenía? Si huía, cosa que por otro lado ya había hecho, y me establecía en alguna otra época, tendría que soportar el resto de mi vida la angustiosa incertidumbre de que volviera a encontrarme. Y si lo hacía, no se acercaría a mí de forma tan amistosa. La otra opción era mantenerme siempre en movimiento, cambiando de una fecha a otra, de un lugar a otro, tratando de no dejar ninguna huella. Pero, ¿qué vida era esa?

Había una tercera alternativa: regresar y entregarle el reloj. Pero, Dios Santo, no podía concebir el resto de mi vida sin él. Había crecido con su ayuda, había organizado mi forma de vida sobre la base de las ventajas de detener el tiempo. Hasta proporcionaba a mi mujer interminables horas de placer en la cama. Ah, si supiera que esas noches fabulosas duraban para mi días o incluso semanas enteras. No, sin el reloj yo no era nada. Tenía que pensar algo que me permitiera conservarlo y que, a la vez, hiciera que Héctor me dejara tranquilo.

Se me ocurrió una idea. Sí, tendría su maldito reloj.

Regresé a la fatídica noche de 1980. Por la mañana, mi madre regresaría con su hijo de cinco años después de pasar el fin de semana en casa de los abuelos. Después de aquella noche mi padre ya no volvería a ser el mismo. Traté de no sentirme culpable por lo que iba a hacer. Ya había sucedido. Yo no podía hacer nada por evitarlo. Simplemente aprovecharía la situación en mi favor. Al menos, dije tratando de convencerme a mí mismo, serviría para salvar mi vida.

Antes de encaminarme hacia la antigua casa familiar pasé por el centro médico para robar una de esas pistolas que administran somníferos. Ingenuamente, pensé que si lograba administrarle una dosis antes de que despertara, ambos nos ahorraríamos el mal trago de vernos las caras frente a frente. Salté la verja y fui hasta la caseta de herramientas donde escondíamos una copia de las llaves de la casa. También cogí unas tenazas lo bastante fuertes como para cortar la cadena de acero del reloj. Conteniendo el aliento, abrí la puerta y me deslicé hasta el dormitorio. Podía escuchar sus ronquidos mientras trataba de pisar cada escalón de madera sin hacer ruido. Me acerqué a la cama, presioné la pistola sobre un hombro desnudo que asomaba sobre la sábana, y disparé.

Mi padre se incorporó de un salto, haciendo que yo mismo me tambaleara hacía atrás. Me miró, los ojos muy abiertos. Con un rápido gesto llevó la mano hasta el reloj y presionó el pequeño botón.

-Tranquilo –dije- no te voy a hacer daño.

El horror se dibujó en su rostro. Aún tuvo tiempo de echar una mirada incrédula al reloj antes de que el somnífero hiciera su efecto. Se desplomó como un saco de arena.

-Lo siento. –susurré conteniendo las lágrimas.

Tomé su brazo izquierdo y corté la cadena, que se quebró bajo las tenazas con un chasquido seco. La sangre fría que me esforzaba por mantener debió esfumarse de pronto de mis venas. Las piernas me flojearon mientras el dormitorio daba vueltas a mi alrededor. Reprimí un impulso de vomitar y retrocedí hasta mi pequeño refugio en el bosque, 2700 años antes.

****

Mi plan era tan sencillo como desesperado. Le entregaría a Héctor uno de los relojes y conservaría el otro. Si actuaba de forma lo suficientemente convincente, no sospecharía nada y me dejaría en paz. Solo había un problema. Si después de entregarle uno de los relojes mantenía el otro en mi poder, seguiría bajo la influencia del campo temporal. Si antes de largarse se le ocurriese simplemente parar el tiempo, me descubriría. Antes de mi encuentro con Héctor, tenía que esconder el reloj en algún lugar donde luego pudiese recuperarlo.

Héctor me había encontrado la mañana del 25 de julio de 2005. Desplacé la ruedecilla hasta que el indicador marcó el día siguiente. El mundo se desvaneció para solidificarse súbitamente en el jardín de mi casa, tal y como lo había dejado horas antes. Con el corazón en un puño, eché un vistazo frenético a mi alrededor. Todo estaba desierto. Comencé a caminar hasta la casa de mi madre, a un par de manzanas de la mía. Realicé el recorrido con el resto del universo en pausa. El resto del universo salvo Héctor, no dejaba de recordarme a mí mismo mientras miraba nerviosamente a mi alrededor, en busca de algún signo de movimiento. Todo permanecía perfectamente estático. El sol brillaba tímidamente entre las inmóviles nubes del amanecer. Tan solo las hojas otoñales, buscando en vano ser arrastradas por la brisa matinal, eran los únicos mudos e inermes testigos de mi avance por las calles. El tráfico detenido, los viandantes congelados, una bandada de pájaros colgando del cielo en su espantada huída del sonido de un claxon. Cada detalle que confirmaba que yo era el único ser libre de movimientos solo contribuía a aumentar mi ansiedad. Casi esperaba que de cualquier esquina apareciera Héctor y su sonrisa mezquina gritando: ¡te tengo! Dios santo, no soportaría vivir el resto de mi vida con esa angustia.

Entré en la casa. Iba a esconder el reloj en el mismo arcón donde lo encontré la primera vez, cuando era niño. Luego regresaría al instante en el que había burlado a Héctor y, una vez le hubiese devuelto su maldito reloj, regresaría allí y esperaría hasta que el segundo reloj apareciese al día siguiente.

Tengo que reconocer que me encontraba en un estado tal de frenesí, casi febril, que era incapaz de pensar con claridad. De otra forma tal vez hubiese podido anticipar lo que me esperaba al final de las escaleras. Sí amigos, al otro lado de la puerta me encontré conmigo mismo. Estaba allí de píe, el rostro desencajado por la desesperación. Tardé un instante en reconocerme en los ojos verdosos bajo las prominentes cejas, en las mejillas rubicundas y los finos labios. Detrás se encontraba Héctor, con su pistola apoyada sobre su (mi) sien. Los labios de mi reflejo articularon una muda palabra.

-¡Huye!

Héctor disparó. El sonido debe viajar más rápido que las balas. Esa es la única explicación para el hecho de que el sonido del segundo disparo pudiese llegar hasta mis oídos, pese a que la bala que viajaba hacia mi cabeza nunca la alcanzó. Giré y giré la rueda desesperadamente. Llegué más lejos que en las otras ocasiones. Mucho más lejos. Cuando por fin me detuve el paisaje a mi alrededor era muy diferente a nada que hubiese visto anteriormente. Me recordaba a esos decorados de películas ambientadas en la prehistoria. Ni siquiera tuve fuerzas para comprobar la fecha en el indicador. Me recosté junto a un árbol y comencé a llorar.

-¡Maldito cabrón! -grité entre sollozos. Me había disparado. ¡Había presenciado mi propio asesinato! Apreté los ojos inundados de lágrimas intentando borrar la imagen de mi cabeza estallando en un chorro de sangre. ¡Dios santo! Pero ¿cómo era posible? Yo estaba vivo, ¡seguía vivo! ¿Podía estar vivo y muerto a la vez?

No, claro. No era a la vez. Estábamos en momentos diferentes. En cierto sentido, me dije, todos estamos muertos, allá en nuestro futuro. Pero entonces, ¿cómo había descubierto mi plan? Imaginé que el hijo de puta no me dejaría ir después de entregarle el primer reloj. Debió olerse mi treta. Tuvo que valerse de alguna argucia, tal vez algún truco de su época, para sonsacar mis intenciones. Entonces esperó pacientemente a que volviese a aparecer al día siguiente para atraparme con el segundo reloj. Si, sin duda le había subestimado.

Pero, ¿qué hacer ahora? Había perdido la oportunidad de engañarle. Él estaba dispuesto a matarme. ¿Cómo podría escapar entonces? Nunca podría regresar a mi época. Condenado a vagar por el tiempo el resto de mi días. Siempre temeroso de que Héctor apareciese con su sonrisa perruna. No, no. Mi vida había sido perfecta. Tenía que recuperarla.

De improviso, comenzó a llover. El agua caía con tal intensidad que las gotas hacían daño. Miré a mi alrededor en busca de cobijo, pero la extraña vegetación me intimidaba aún más que la lluvia.

Intenté arrancar una enorme hoja que pendía junto a mí para protegerme, pero el fino tallo era mas resistente de lo que parecía y, después de un patético forcejeo, solo conseguí herirme las manos y caer de culo sobre el barro. Entonces, dándome cuenta de lo que estaba haciendo, me asaltó un súbito ataque de risa. Reí hasta que me dolió la barriga, una histérica carcajada tras otra. Reí hasta que las lágrimas volvieron a inundar mis ojos. Cuando logré controlarme lo suficiente, manipulé la ruedecilla de mi reloj para adelantarlo un par de horas. La lluvia desapareció.

-¡Jodido cabrón! ¡Esta vez seré yo el que vaya a por ti! –grité. El sonido de mi voz reverberó en un inquietante eco que hizo saltar una nube de extraños pájaros de las copas de los árboles.

Respiré profundamente. Una idea absurda prendió en mi mente. Absurda, sí. Pero el mismo principio que hacía posible viajar en el tiempo, abría las puertas a todo tipo de paradojas inadmisibles. Y yo iba a sacar partido de ellas.

Miré el reloj. Marcaba las 9:54. Me hice el firme propósito de retroceder hasta las 10 en punto cuando el reloj señalase las 10:05.

Cerré los ojos y esperé. Hasta mis oídos llegaron inquietantes sonidos del bosque.

-¡Funcionó! –exclamó una voz familiar.

Abrí los ojos y allí estaba, a las diez en punto. Yo mismo. Cinco minutos más viejo. Ambos nos miramos con curiosidad durante un rato. Éramos, en esencia, la misma persona, aunque su rostro no era exactamente igual al que estaba acostumbrado a ver en el espejo.

-Bien –dijo rompiendo el silencio- ahora somos dos. Podemos repetir este truco hasta que seamos un ejército.

-¡No! –exclamé aterrado- sólo tú y yo.

-Tranquilo, bromeaba. –sonrió ligeramente- Ya me resulta suficientemente extraño ver una sola réplica de mi mismo como para…

-¿Réplica? Para mí tu eres la réplica –espeté indignado.

-De acuerdo –dijo sentándose sobre la hierba- no entremos en discusiones inútiles. Cada uno de nosotros se siente como el original. Ya discutiremos esta curiosa situación más adelante. Primero tenemos que librarnos de Héctor, ¿recuerdas?

-Sí, y creo que ambos sabemos lo que tenemos que hacer.

elreloj022Según mi plan, él iría al encuentro de Héctor, simulando una rendición, mientras yo aparecería por sorpresa para liquidarle.

-Humm… –murmuró frunciendo el ceño- creo que debes ser tu quien vaya a buscarle, y yo el que le sorprenda.

-¿Yo? ¿Por qué yo? -pregunté con irritación- Creo que el plan ya estaba definido antes de que tú aparecieras, y en ese plan, tu hacías de señuelo. –Mi otro yo me miraba con una sonrisa cínica.

-Vamos, piénsalo. ¿Por qué he de confiar en ti? ¿Qué te impide dejar que Héctor me mate y se marche dejándote a ti en paz para siempre?

-¿Que qué me impide…? ¿Acaso me crees capaz de hacer algo así?

Me sorprendió cómo, con una perspectiva de tan solo cinco minutos de diferencia entre nosotros, ya pensáramos de forma tan distinta.

-Si no lo haces por egoísmo, tal vez te lo impida el pánico. Piensa que no es tan fácil disparar sobre una persona. Nunca has matado a nadie.

-Tampoco tú. ¿Y por qué debo yo confiar en ti?

-Me sorprende que no lo hayas pensado. –dijo con un matiz de desprecio que no se me escapó- Tú eres anterior a mí en el tiempo. Si tu mueres yo desaparezco. Mi vida depende de la tuya. Por eso nunca te traicionaré. Por eso tampoco vacilaré en matar a Héctor.

Intenté objetar, pero me di cuenta de que tenía razón. Él era mi yo futuro. Al igual que había sucedido con mi otro yo en el desván, si él moría a mí no me ocurriría nada. La idea de traicionarle no había pasado por mi cabeza (evidentemente sí por la suya) pero no estaba tan seguro de ser capaz de matar a Héctor. La idea de escapar podría tentarme en el último segundo. En cambio él, si yo me exponía, no tendría más remedio que hacerlo para salvar su propia vida.

-De acuerdo –admití abatido- así lo haremos entonces.

****

Regresé al jardín de la casa de mi madre, minutos después de que Héctor me hubiese asesinado en el desván. Deposité uno de los relojes en el suelo, sobre un trozo de papel. En la nota había escrita una fecha, año cero, y dos palabras: me rindo. Elegimos aquella fecha después de asegurarnos que en aquel momento de la historia, el lugar estaba completamente deshabitado. Sincronicé de nuevo mi reloj con ese instante y una verde pradera apareció ante mis ojos.

Súbitamente, apareció Héctor ante mí, empuñando la pistola.

-Un minuto –dije, haciendo avanzar la manecilla del reloj antes de que pudiese pestañear siquiera.

Su rechoncha figura parpadeó ante mis ojos.

-Hagamos esto de forma pacífica… –comencé a decir.

Un minuto.

-…quiero seguir viviendo…

Un minuto.

-…te entregaré el reloj…

Un minuto.

-…pero por favor, baja la pistola.

Un minuto.

Mientras avanzábamos por el tiempo, en saltos de sesenta segundos, pude distinguir cómo su intermitente imagen reprimía un gesto de rabia.

-De acuerdo –pude escuchar, y la siguiente vez que apareció ante mi mantenía la pistola apuntando al suelo.

Me detuve. Compuse un semblante asustado y conciliador. No me fue difícil, realmente estaba muerto de miedo.

-Te lo entregaré –dije- Esto no tiene sentido. No quiero morir y tú no quieres interferir en la historia -de lo último no estaba tan seguro, por su rostro pude ver que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de regresar a su época– así que lo mejor es solucionar esto de forma pacífica…

¿Donde diablos te has metido? me pregunté. Mi doble ya debería haber hecho acto de presencia. ¿A qué estaba esperando?

Entonces apareció. Un par de metros detrás nuestro, el brazo en alto sosteniendo la pistola que apuntaba directamente a la cabeza de Héctor. Disparó… ¡y falló! La bala pasó rozando la oreja izquierda de Héctor y casi me alcanza a mí. ¡Maldito estúpido! ¡Debí haberme encargado yo de esa parte! Héctor se dio la vuelta sorprendido. No tuve más remedio que saltar sobre él, tratando de hacerle bajar el brazo que sostenía la pistola. Caímos al suelo y rodamos forcejeando en la hierba. Héctor, que era más ágil de lo que pudiera parecer a primera vista, se las apañó para darme una patada en el tórax y lanzarme hacía atrás. Se incorporó frente a mí, encañonándome con la pistola. Podía leer la infinita rabia en sus ojos. Entonces se desplomó inconsciente.

Tras él, apareció mi doble sosteniendo su pistola con la culata manchada de sangre.

-¡Dios mío, lo tenemos! –exclamé aliviado dejándome caer sobre la hierba.

-Sí. Pero solo está inconsciente. Tenemos que acabar con él. –dijo apuntando a su cabeza.

-¿Te has vuelto loco? –grité incorporándome de un salto- No podemos matarle así, a sangre fría.

-Apuesto a que sí. –dijo con aplomo. Apenas podía creer que fuésemos la misma persona- Tenemos que librarnos de él, y tu lo sabes.

-Sí –admití- Pero se me ocurre otra forma igual de eficaz.

****

Mi réplica cinco minutos mayor y yo regresamos a casa. Ahora teníamos dos relojes cada uno. Héctor, desprovisto del suyo, quedó varado para siempre en el punto donde le dejamos, y nunca volvimos a saber nada más de él. A decir verdad, un día, hojeando un libro de historia, descubrí que en torno al año 10 d.C, hubo un emperador de Roma que introdujo notables adelantos técnicos en su pueblo. Se llamaba Héctor I. Así que tal vez no le fuera tan mal después de todo.

Tampoco volví a ver a mi otro yo después de aquel día. Tras una breve conversación, me hizo ver que no tenía intención de retomar su (nuestra) vida. Le entendí. Ahora que sabíamos lo que el reloj era realmente capaz de hacer, parecía difícil seguir viviendo como lo habíamos hecho hasta entonces.

-Quiero conocer qué nos depara el futuro- me dijo. Y se esfumó.

En cuanto a mí, volví a mi vida en el punto exacto en que la había dejado, hacía apenas unas horas. Durante los meses siguientes apenas sentí la necesidad de utilizar el reloj, ni siquiera para mis trucos de detener el tiempo. Tan solo realicé un viaje varios años atrás para esconder uno de los relojes en la buhardilla de la casa de mi madre. Un chaval de trece años me lo agradecería.

Pero, ah, la curiosidad es un impulso más fuerte que la mayoría de las emociones, y al cabo de un tiempo comencé a realizar pequeñas incursiones en el futuro. Cada vez me aventuraba más y más adelante, conforme mis conocimientos sobre historia se iban consolidando. Pasados los años, me convertí en un auténtico viajero del tiempo. Sí amigos, he sido testigo de innumerables guerras y maravillosos periodos de paz y prosperidad. He asistido a la desaparición de nuestra civilización después de que alcanzara su máximo esplendor, y he comprobado cómo resurgía aún con más fuerza de sus cenizas. He visto lo que nos depara el lejano futuro, allá entre las estrellas.

Si, he vivido innumerables aventuras y conocido muchas maravillas, aunque son más las que todavía me quedan por explorar…

Pero esa es otra historia.

© 2006 Gabriel Norton por la narración.
© 2006 Miquelàngel (Gruagràfics: www.gruagrafics.com) por las ilustraciones.

Foto de Gabriel NortonGabriel Norton nació en Cádiz en 1973 y es Ingeniero de Telecomunicaciones. Comenzó a escribir -parafraseando al maestro Bradbury- para no estar muerto. Ha escrito varios relatos de ciencia ficción, algunos de los cuales han sido publicados en la revista electrónica Alfaeridiani y traducidos al gallego enwww.novafantasia.com. Aspira a poder publicar editorialmente la novela en la que trabaja actualmente.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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