¡FLOP!, por Ignacio Segura y José Luis Navarro

Algunas palabras del autor sobre el relato

Volvíamos mi amigo José Luis y yo a casa a las dos de la mañana, hablando de cosas profundas, que es de lo que procede hablar en esas ocasiones, y él comenzó a hablarme de una discusión que habían tenido en su trabajo. Es una empresa de infografía, así que son todos una panda de frikis como yo. Hablaron de la teletransportación. Si la teletransportación existiera, ¿la usarías? ¿Seguro? Un teletransportador podría llevarte de un sitio a otro instantáneamente, pero también podría sacarte una copia y luego destruirte. Te metes en una cabina para aparecer en Moscú y acabas muerto.

No me podía creer lo que tenía delante. Nadie se había molestado en poner esa pregunta por escrito, y era una pregunta realmente buena: la teletransportación podría el concepto que la humanidad tiene de sí misma. Y podría ser una herida de muerte para la mitad de las religiones del mundo.

Comencé así una serie de relatos sobre la teletransportación, para hablar de broma sobre cuestiones muy serias. “¡Flop!”, escrito a medias con José Luis Navarro, es el primer relato de esta serie.

Ignacio Segura

¡FLOP!

Relato Ganador del concurso “El Cristal Oscuro” de relato fantástico 2004

Ilustraciones: Nacho Gallach Pérez

 

Flop_A_02

Si el operario que descubrió a Stavros Paritzky no hubiese avisado a la policía, todavía tendríamos teletransporte.

La teletransportación era un invento genial para aquellos que se atrevían a usarlo, que no eran muchos. Te metías en una cabina y ¡flop! Estabas en Tokyo. ¡Flop! En Johanesburgo. ¡Flop! En Marte. Era completamente increíble. Podías ir a la Luna, a Marte o a Titán como si tal cosa, en un instante. Te desmaterializaban aquí y te materializaban en tu destino de forma instantánea. Era genial, excepto…

Excepto que te desmaterializaban, y eso tenía un puntillo escalofriante, porque significaba que aniquilaban tus átomos hasta no dejar rastro de ellos, y que te fabricaban de nuevo en el punto de destino con átomos “nuevos”. Siempre quedaba la duda: ¿ese que aparecerá en Moscú seré yo o será una copia exacta de mí? ¿Haré “flop” y me encontraré mirando a un operario ruso o haré “flop” y me habré esfumado? Incluso a los más temerarios siempre les quedaba un resquicio de duda: ¿moriré?

Pero eso al resto del mundo le daba igual mientras los que se teletransportaran fueran otros. A los ojos de todos, la persona pre-teletransportada y post-teletransportada eran idénticas, física y psicológicamente. Las cuestiones metafísicas tenían sentido para los usuarios, pero no para los espectadores. Sencillamente no había diferencias. A menos que te empezaras a preguntar por el alma, la teletransportación parecía un procedimiento perfecto, aunque extremadamente caro, así que sólo las corporaciones más fuertes y algunas agencias de los países del primer mundo tenían teletransportadores. Pero el tráfico que soportaban algunas unidades era muy intenso. ¡Flop!

Los directivos de las corporaciones fueron los primeros en apuntarse al carro de la teletransportación comercial. ¡Flop! Estoy en la sala de juntas de esa mediocre sucursal de Pekín que tantos quebraderos de cabeza nos está dando. Mucho mejor que la videoconferencia. Puedo dar un rapapolvo al subdirector de la sede de Chicago a las nueve, presidir una junta en Melbourne a las diez, almorzar en la Luna con el equipo directivo y volver a Bruselas a montármelo con la amante que tengo allí antes de volver a Toronto para estar en casa con mi mujer y mis niños a la hora de cenar.

El zen de la gestión itinerante. A los ejecutivos se les caía la baba. El sistema era muy caro, pero las multinacionales y algunas agencias de los gobiernos del primer mundo se lo podían permitir. El tráfico en alguna de sus estaciones tenía continuas entradas y salidas. A estos intrépidos directivos la metafísica asociada al proceso de teletransportación les traía sin cuidado. ¿Te mueres cada vez que te hacen aparecer en otro sitio o realmente eres tú? Esa idea no era suficientemente materialista como para entrar en sus desechos y rehechos cerebros.

Empezó a haber dos clases de ejecutivos: los que se atrevían a teletransportarse y los que no. Y los que lo hacían siempre lograban cargos superiores a los de sus compañeros. La videoconferencia empezó a considerarse o bien de pobres o de cobardes. Nada como una buena teletransportación. ¡Flop! Se rumoreaba que para llegar a ser alguien en una corporación había que tomar mucha coca, pero no por las razones “tradicionales”, sino porque sólo harto de coca uno era capaz de vencer el miedo a la aniquilación de sus átomos.

Leyenda urbana, pero podría ser verdad.

El escándalo saltó en una unidad de una corporación transplanetaria, y llegó al público por los pelos. Si el acta de jurisdicción corporativa se hubiese presentado unos meses antes en Naciones Unidas, la policía no habría podido entrar en la sala de teletransportación donde Stavros Paritzky se suicidó. Todo habría quedado en manos de las fuerzas de seguridad corporativa, que, por supuesto, lo habrían tapado todo. A diferencia de los cuerpos de policía, los agentes corporativos no admiten sobornos de los periodistas. No porque no quieran el dinero, por supuesto, sino porque las corporaciones tienen una disciplina laboral… ejem… más estricta.

Sin embargo, mal que les pese a los líderes corporativos, el “asunto de Atenas” dejó mortalmente herido el sistema de teletransporte y a la única empresa que lo vendía; a los accionistas les faltó tiempo para “salir corriendo”. Así que con su muerte Stavros le dio en las narices a todos esos tipos trajeados de cuello duro, mil veces muertos a base de teletransportarse una y otra vez.

Stavros debió pasar mucho tiempo preparando su suicidio, porque tuvo que aprender a saltarse la seguridad del sistema informático. Preparó un programa que engañaba al sistema haciéndole creer que el gran botón rojo había sido pulsado, y que al mismo tiempo fingía ser la estación de destino, lista para recibir al pobre diablo. Así puedo meterse en la cabina de teletransportación y esfumarse sin que nadie pulsara nada. ¡Flop! Limpio, instantáneo e indoloro. Sólo una nota de suicidio en una hoja de papel reciclado.

Cuando algo más tarde Rebeca Zeevi llegó a la estación a toda prisa, lista para marcharse a Seúl, y vio que el operador de transporte no estaba, no pensó que ocurriese nada importante. Lo único que pensó es que tenía que llegar a Seúl inmediatamente. En Atenas eran todavía las dos de la mañana, pero en Seúl iban a dar las nueve.

Rebeca salió disparada en busca de un operario de mantenimiento y le ordenó que buscara al pobre Stavros. Mientras tanto, ella fue en busca del jefe, del responsable o de lo más parecido a una autoridad que hubiera allí. Lo buscó y lo buscó, histérica, mirando continuamente el reloj, pero la autoridad había ¡flop!

Mientras tanto, el vasallo, el anónimo operario de mantenimiento, que doblaba la edad a la señorita Zeevi, siguió estrictamente las órdenes y buscó a Paritzky. Entró en la sala de transportación y encontró la nota de suicidio, sobre la consola, bien visible. ¡Um, una nota! A lo mejor aquí dice dónde ha ido el señor Paritzky.

Al más allá, nada menos. Todo un señor viaje.

¿Llamó el anónimo operario a la señorita Zeevi? No. ¿Llamó a su superior? Tampoco. Su superior era el señor Paritzky, y, lamentablemente, el espiritismo sobrepasaba su formación académica.

Así que llamó a la policía, recibió unas sencillas instrucciones, salió de la sala y cerró la estación de transporte. Se acabó esfumarse. Un cuadrado parpadeante en la pantalla de control reclamaba inútilmente atención. Cierto tipo de Nueva Jerusalén -la de Titán, no la planta experimental de Marte- quería transportarse precisamente a esa estación, y también tenía prisa.

Le tocó esperar.

Flop_B_02Siguiendo las instrucciones de la policía, el operario cerró la estación. Cuando Rebeca Zeevi volvió, frustrada porque no había encontrado ningún responsable a una hora tan peregrina como las dos y seis minutos de la madrugada -ya llegaba seis minutos tarde-, y se encontró las puertas de la estación cerradas, casi estranguló al operario anónimo. Le exigió una explicación, y el hombre respondió que Stavros Paritzky se había quitado la vida, y que la policía había ordenado el cierre de la estación hasta que se investigara y se… ejem… levantara el (?) cadáver.

A Rebeca eso le daba igual. Quería llegar a Seúl. Le exigió al hombre que abriera la estación y se hiciera cargo de su transportación.

Dice otra leyenda urbana que en ese momento el hombre se pudo dar un pequeño desquite.

El colectivo de empleados de mantenimiento había solicitado repetidas veces recibir formación en el manejo de los sistemas de teletransportación, y se les había denegado argumentando que no había necesidad de más operadores de transporte cualificados. Procuró no sonreír mientras lo decía.

Si las miradas matasen, a Rebeca Zeevi le habrían caído treinta años de cárcel. Y por cierto que no llegó a Seúl.

Cuando llegaron los agentes de policía, pidieron que se les suministraran todos los registros de uso de la máquina, y Varis Teodoroiu, el anónimo operario, se los dio inmediatamente. Incluso extrajo la caja negra para ellos. A eso sí le habían enseñado. Sus superiores probablemente pensaron que en caso de haber algún problema -como, por ejemplo, éste- les vendría muy bien poder retirar toda la evidencia de ojos indeseables.

Los ojos indeseables se llevaron la caja negra a comisaría, y allí echó a rodar el escándalo.

La caja negra contenía un registro de todas las transportaciones realizadas desde que comenzó a funcionar la estación. Usuario, una fotografía hecha en la propia cabina justo antes de cada transportación, operario responsable, origen, destino, resultado (siempre éxito), parámetros termodinámicos, hora de cada evento… todo.

Stavros Paritzky fue un viaje a Eternidad -¡qué chistoso!- con informe de salida pero no de llegada, operado en origen por Stavros Paritzky, nº de licencia 5644-5308-1R y en destino por Dios en persona, nº de licencia 0000-0000-3+. Esta última era probablemente una falsificación. La teletransportación hacia ninguna parte se había realizado con éxito.

Nota de suicidio, no hay cadáver…faltaba el informe de la policía informática, pero el caso estaba muy claro. Se podía decir que la historia de Paritzky terminaba ahí.

Sin embargo, la cadena de sucesos llegó mucho más lejos.

Contra todo lo que se dice de la policía informática habitualmente, en esta ocasión fueron eficaces rozando la brillantez. Además del software creado por Stavros Paritzky para engañar al sistema de transportación, había otros programas “caseros” realizados con el mismo fin corriendo en la misma máquina. Al parecer, ¡más de un operario usaba el transportador para sus propios fines!

La policía tiró de la manta. Examinó con lupa los registros de la caja negra en busca de transportaciones ilegales de personas o mercancías. ¿Tráfico ilegal? De vez en cuando encontraban que el sujeto partía después de haber llegado, y no un segundo ni un minuto después, sino hasta una hora después.

Si eso era cierto, significaba que durante una hora y cuatro minutos había habido dos Daniella Castaldelli por el mundo, una en Atenas y otra en Montevideo. Y las dos habían estado vivas durante ese tiempo. Llamaron a la estación de destino en Montevideo para comprobarlo -llamada a Uruguay a cuenta de los contribuyentes-, y era verdad. También había habido dos Alyza Webber, dos Jolanda Leferink, dos María Cruz Caballero…

Para los policías era como ser barridos por una bomba filosófica. Por supuesto, ellos no habían sido teletransportados nunca, eso era para los ricos, pero habían hablado mucho sobre eso, como todos los ciudadanos del planeta. Si lo que decía la caja negra era cierto, podías duplicar personas, no transportar, duplicar. Y entonces habría dos personas iguales, no, dos veces la misma persona, la original y la copia, o peor aún, la original y la original bis.

Pero si no te duplicaban, es decir, si te eliminaban en la estación de partida, entonces, al teletransportarte ¿te morías? El de destino era idéntico a ti en todo. Se podía decir que eras tú, pero ¿eras tú? Nadie notaría la menor diferencia, excepto que tú ya no estás. Hay alguien que es exactamente como tú pero que no es .

Todos esos brokers estirados se habían dejado asesinar una y otra vez sencillamente para llegar antes a las oficinas de destino.

Nadie debería tomarse la puntualidad tan en serio.

La gente en la comisaría estaba muy exaltada. Todos hablaban de lo mismo, tanto si sabían algo como si no. Sin embargo, dentro del grupo de investigación del caso la discusión fue detenida bruscamente por uno de los policías más viejos de la comisaría, Laertes Fegaras, y no la cortó gritando ni llamando al orden ni diciendo nada que hiciera referencia al comportamiento de sus compañeros. Sencillamente, dejó caer lo siguiente: el operador de transportación del turno de mañana de la estación de Atenas de Corvi Corporation podría haber robado, violado, torturado y asesinado a Daniella Castaldelli, y luego habría hecho desaparecer su cadáver en la cabina de transportación.

Es más, podría haberlo hecho con otras muchas personas. ¡Flop! No hay cuerpo del delito.

El resto es historia pública, y puede leerse en los periódicos.

Todos los cuerpos de policía del planeta se pusieron a investigar el tránsito de todas las estaciones de teletransportación de la Tierra, Marte, la Luna y Titán, y encontraron múltiples irregularidades. Comenzaron a producirse arrestos entre el personal, interrogatorios, pruebas de laboratorio, y luego estudios psicológicos y psiquiátricos de los sospechosos.

El 15 % de los operadores de transportación eran psicópatas. No parecía librarse ninguna estación, ni gubernamental ni privada, salvo las de Kaze Corporation, cuyas pruebas de selección siempre incluían el examen de la salud mental del candidato más exhaustivo imaginable. Pero entre las demás había toda clase de aberraciones, y no todos habían sido tan precavidos como el presunto asesino de Daniella Castaldelli, del cual nunca se pudo demostrar nada más grave que la violación del protocolo de Shenzheng para la teletransportación. Había tráfico y duplicación de bienes materiales, violaciones y asesinatos, grabaciones de snuff movies, los había que recogían trofeos de sus víctimas, que no se molestaban en falsificar las fotos, que habían hecho desaparecer cadáveres, enteros o a trozos, en esas máquinas, y otros que además tenían en sus casas pruebas de otros muchos delitos sangrientos no relacionados con la estación. Era horrible.

El sistema de transportación estaba controlado por monstruos.

Surgieron toda clase de debates en todo el planeta, todos llenos de conflictos. El asunto suscitó aún más controversia que cuando el invento se presentó al mercado. Era increíble. ¿Quiénes y qué somos? ¿Tenemos alma? ¿Una copia teletransportada es un ser humano en sentido estricto? ¿Es un ser vivo o sólo una máquina biológica? ¿Hay diferencia? Si se puede duplicar cualquier cosa, por qué no acabar con el hambre y la enfermedad de los países del tercer mundo a golpe de “fotocopia”? ¿Es eso tan caro? Y si lo es, ¿Por qué los contribuyentes tienen que pagar por uno de esos para uso personal del presidente? Y, ya puestos, ¿por qué no acabar con el problema de escasez de órganos duplicando los donantes hasta cubrir las necesidades? Por qué no lo hacemos ahora, pero, más importante, ¿por qué nadie lo hizo?

Muchos operarios se esfumaron en cuanto saltó la noticia. Parecía que la capacidad del asunto para salpicar era ilimitada. Rodaron cabezas en las empresas y en los gobiernos. Una especie de golpe de estado psicológico al orden mundial vigente. STW Peak Tech y Futureforge, los desarrolladores del sistema, saldaron la empresa a un precio ridículo, despidieron a todos sus trabajadores y se esfumaron con el dinero. ¡Flop! Seguro que están muertos, y unos tipos exactamente idénticos a ellos están dando vueltas por Marte en busca de oportunidades financieras para nuevos colonos.

O no. Quizá el técnico de transportación se quiso dar un último gusto antes de ser capturado.

¡Flop!

La teletransportación fue atacada desde todos los frentes, hasta que su fin se hizo inevitable.

Las consideraciones éticas y legales de una máquina que te mata y hace reaparecer en otro sitio algo que a lo mejor eres tú pero que a lo peor sólo es un tipo idéntico a ti eran muy complicadas. El consorcio STW – Futureforge ya no existía. La gente desconfiaba de los operarios, pero, mucho más importante, ya no le quedaban dudas de que esa máquina no te hacía aparecer en otro sitio, sino que te sacaba una copia y luego te mataba. Nadie, incluso sus usuarios más habituales, como Rebeca Zeevi, se atrevía a tocarlas. Nadie, sobrio o colocado, quería arriesgarse a ser duplicado o aniquilado en una de esas máquinas. La vieja amiga videoconferencia volvió. Varis Teodoroiu se quedó sin trabajo. La gente que alguna vez había sido teletransportada ya no se atrevía a decirlo en público, por miedo o por vergüenza. Las consultas de psicólogos y psiquiatras se llenaron de ejecutivos y funcionarios del estado preguntándose si eran verdaderos o copias de copias de copias.

La gente se preguntaba si tenía alma.

La teletransportación siempre aparecía antes o después en las divagaciones filosóficas, religiosas o éticas de la gente, pero a todos les gustaba pensar que la idea había vuelto a las catacumbas de la teoría. Así pues, los directivos de Athena Technologies esperaron pacientemente la llegada de nuevas generaciones, para las cuales el asunto fuera agua pasada. Han esperado veinte años, y ahora pretenden reintroducir la teletransportación con duplicación de origen con fines mucho más benignos: se acabó la escasez de alimentos en el mundo. ¡Flop! Luego, cuando la gente vuelva a aceptar esa tecnología, volverán a teletransportar ejecutivos de un lado a otro del globo y a otros planetas. ¡Eso sí que da dinero! Los acuerdos de fabricación, instalación y mantenimiento ya están firmados.

Lo más curioso es que los propios miembros de Athena Technologies no van a tener teletransportadores. A lo mejor les asusta su propia tecnología. ¿Es posible que sepan algo que no le hayan dicho a sus clientes? ¡Quién sabe!

¡Flop!

Por cierto, la policía no encontró ni un solo psicópata, ni paranoico ni sociópata entre el personal de transportación de Kaze Corporation porque la directora de personal, Wira Brzeczkowska, se encargó de que todos fueran detectados y rechazados durante las pruebas de selección. Unos años después del escándalo de los transportadores, fue encarcelada por el asesinato de uno de sus amantes. Parece que sólo confiaba en una psicópata: ella misma.

 

© 2006 Ignacio Segura y José Luis Navarro
© 2006 Nacho Gallach Pérez por las ilustraciones.

 

 

ignacioseguraEntre los muchos méritos de Ignacio Segura están los siguientes: haber cumplido los 30 sin haber sufrido ninguna crisis (se reserva para los 40), haber sido el alumno de doctorado del departamento de Psicología Experimental con el expediente más bajo de su año, haber ido a Alemania sin saber ni una palabra de alemán y no haberse perdido, haber dormido en un cajero automático en Málaga y dominar su mente y haber dado el primer paso para la desintoxicación, que es admitir públicamente que tiene un problema: es adicto a los helados y al chocolate. Nadie cree seriamente que pueda dar jamás el segundo paso. Además, lee comics cuando cree que nadie le mira.

jlnavarro

José Luis Navarro también ha tenido el mal gusto de cumplir 30 tacos. Le vuelve loco todo lo relacionado con la aviación, sus videojuegos favoritos son simuladores de vuelo, le encanta pegar tiros en competiciones de airsoft, y siente un inmenso amor por su guitarra eléctrica. Cuando saca de ella un buen sonido de blues, su amor queda mucho más que correspondido. Y, por cierto, éste también lee comics.

Nacho-GallachNacho Gallach Pérez (Valencia, 1978) estudió Ilustración en Artes y Oficios; hoy en día amplía su formación en la Facultad de Bellas Artes. Ha sido galardonado con el primer premio en el concurso nacional de cómic “Ciudad de Dos Hermanas (2002)” y como mejor autor local en el “Valencia Crea (2006)” también en la modalidad de cómic. Actualmente trabaja como animador para dos series de dibujos animados.

Anuncios

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.