DESPUES DEL DESASTRE, por Eduardo Gallego y Guillem Sànchez


 

Unas breves palabras de los autores a modo de introducción

Hola de nuevo, amigo lector.

El cuento que va a disfrutar (esperamos) no versa sobre las grandes batallas o gestas épicas de las que acontecen en el UniCorp, nuestro universo narrativo de Ciencia Ficción. Aquí preferimos centrarnos en otra cosa: ¿cómo encara la gente corriente, en un planeta periférico, todos esos terremotos políticos y sociales que provocan la caída de civilizaciones?

«Después del Desastre» se ocupa de las reacciones de personas normales durante el mayor cataclismo de la Historia del UniCorp: el Desastre, que significó la desaparición de los viajes hiperlumínicos y, por consiguiente, el aislamiento total de infinidad de mundos. En muchos de ellos, dependientes tecnológicamente de los suministros externos, la vida humana se extinguió. En otros hubo un retroceso a la barbarie, guerras y muerte. En cambio, algunos perduraron, y esta circunstancia no sólo se debió a la disponibilidad de tecnología punta, sino en gran medida a la idiosincrasia de sus habitantes. En el presente cuento podrás asistir al drama de la supervivencia de una comunidad que, sin poderlo evitar, ha de enfrentarse al aislamiento total del resto del cosmos y al colapso de la civilización. ¿Tendrá éxito o fracasará? Lo sabrá dentro de poco, si sigue con nosotros.

Una característica de nuestros relatos es el sentido del humor. Aquí, apenas lo verás. Hay personas y situaciones que nos provocan un sentimiento de cariño y respeto que se evidencia en la manera de escribir. El que se trate de criaturas de ficción en vez de reales resulta, en el fondo, irrelevante.

«Después del Desastre» fue finalista del premio Domingo Santos de 2001. En verano de 2002 la publicó Raúl Gonzálvez (vaya desde aquí un cariñoso saludo para él por su incansable labor editora) en su revista VALIS nº 12. Ahora, gracias al interés de los responsables de BEM on Line, puede disfrutar de este cuento en la Red. A título de curiosidad, sabe, amigo lector, que «Después del Desastre» ya apareció en 2005 en un sitio web, aunque traducido al búlgaro por Khristo Poshtakov bajo el título de «Sled Bedstvieto». Si es un apasionado de las hermosas lenguas eslavas, y disfruta leyendo los caracteres cirílicos, en nuestra web (www.ual.es/personal/egallego/unicorp.htm) podrá encontrar el pertinente enlace.

Ave atque vale.

Eduardo Gallego y Guillem Sànchez

 

DESPUES DEL DESASTRE

 

Ilustraciones: Juan Antonio Fernández Madrigal

 

Año 3799ee

El ángel volaba sobre el mar de mercurio, y los reflejos plateados dibujaban una cota de malla en sus grandes alas. No era el único. Los demás llenaban el cielo con sus risas, se elevaban con languidez para caer en escalofriantes picados hasta rozar las perezosas olas, o simplemente dejaban que el viento les besara la piel.

Poco a poco, como sin proponérselo, los juegos y retozos se fueron convirtiendo en danzas de apareamiento. La majestuosidad dejó paso al nerviosismo, los quiebros ágiles, la persecución buscada por cazadores y presas. El mismo aire parecía vibrar de deseo. El ángel voló en pos de uno de sus compañeros y rozó su costado con la punta del ala, acariciándolo con la levedad de la brisa. Los dos amantes, muy despacio, entrelazaron sus cuerpos y volaron como si fueran uno. La consumación del…

CLIC.

– Señores pasajeros, vamos a proceder a acoplarnos a la lanzadera que les llevará al planeta. El protocolo estándar de seguridad exige la desconexión de los escenarios virtuales; perdonen las molestias que ello les ocasione. Por favor, ocupen los lugares prefijados de desembarque según las instrucciones de sus cabinas. Deseamos que hayan disfrutado de un viaje agradable.

– Mierda.

Dámaso Iturriaga, aún medio atontado por la brusquedad del corte, se quitó la fina banda biometálica que ceñía su frente y la arrojó de cualquier manera en la mesilla. Se sentó en el borde del camastro y aguardó unos segundos a que el mareo remitiera a niveles tolerables.

«En una buena compañía nunca hubieran permitido esto. Pero claro, el presupuesto no daba más que para un pasaje en una nave de tercera. Y encima, según la ley de Murphy, me sacaron en el mejor momento». Trató de consolarse. «De todos modos, el repertorio virtual tampoco era una gran cosa. Demasiado obsoleto».

Finalmente, su cerebro se convenció de que no tenía alas en la espalda y de que se hallaba en el prosaico mundo real. Se aseó un poco, arregló el equipaje y encargó a un robot que se hiciera cargo del transporte. Leyó las instrucciones para abandonar la nave y las obedeció con paso cansino.

* * *

Iturriaga fue el último pasajero en salir. El pasillo que conectaba la nave con la lanzadera consistía en un tubo de polímero transparente; la impresión de flotar en el espacio era abrumadora. Maldijo a los ingenieros que tuvieron tan feliz idea. Sufría de vértigo, la ingravidez le provocaba náuseas y no había tomado la precaución de ponerse un parche contra el mareo. Recorrió el tubo tan aprisa como pudo, sin fijarse en el esplendor de las nubes y océanos que refulgían bajo sus pies.

La gravedad artificial de la lanzadera le devolvió el estómago a su sitio. Se enjugó el sudor, buscó su asiento y se desplomó en él. Al cabo de un rato había recobrado la serenidad y pudo fijarse en sus compañeros de infortunio. Durante el viaje había permanecido en su camarote, enchufado a la realidad virtual, sin hacer vida social alguna. El pasaje estaba completo y, ahora que se daba cuenta, parecía de lo más singular. Enseguida recordó el porqué.

Lamarck era un planeta recién terraformado, diseñado a imagen y semejanza de la Vieja Tierra, pero aún por poblar. El número de colonos no llegaba a 5000, incluyéndolos a ellos. Los nuevos mundos como aquél eran ideales para recolocar a los desplazados, los refugiados de alguna de las innumerables guerras que aún salpicaban la periferia del Ekumen. Escaseaban los hombres, probablemente caídos en combate o ejecutados por el enemigo. A mujeres y niños correspondía la ardua tarea de recomenzar en otro lugar.

La verdad, resultaba un poco violento. Nadie iba ataviado con ropajes exóticos, pero los bebés lloraban a coro, mientras que los críos más grandecitos rebullían en los asientos, riendo y chillando. Menos mal que llevaban cinturones de seguridad; era lo único que los separaba del caos.

– Señor, ¿usted también baja al planeta?

Iturriaga tardó unos segundos en darse cuenta de que le estaban preguntando a él. Aquello era inusual. Como cualquier persona civilizada, estimaba la privacidad por encima de todo. En Vega o Rígel la gente iba a lo suyo, y no solía molestar a los demás. Se volvió de mala gana.

La niña era delgada, de ojos negros y grandes, con el pelo cortado al cero y unos extraños tatuajes en el cuello que probablemente significaban algo en su mundo natal. Incómodo, le respondió:

– Creo que eso resulta obvio -temió haber sonado demasiado cáustico, así que añadió:-. Voy a encargarme de la escuela.

– ¡Ah, es usted el maestro!

Iturriaga asintió distraídamente y volvió a sumirse en sus pensamientos. Tardó en darse cuenta de que se había operado un cambio en el pasaje. Las palabras «oye, es el maestro» corrieron entre la chiquillería y, cosa insólita, todos se habían amansado y trataban de parecer formales y educados. Iturriaga se preguntó si en su mundo natal los métodos docentes incluían castigos corporales, para provocar esa reacción. En cualquier caso, era de agradecer.

* * *

desastre01Su nuevo destino resultó aún peor de lo que había imaginado. Incluso el nombre, Lamarck, se le antojaba pedante. Lamarck. Los caracteres adquiridos pasaban a los descendientes. La evolución cultural era lamarckiana, no darwiniana. Pretencioso y estúpido.

Allí no existía un gobierno digno de tal nombre. Todas las decisiones se tomaban en Ultreia, a 16 años luz de distancia. En Lamarck sólo residían técnicos, algún burócrata y, ahora que había sido declarado ecológicamente estable, llegaban los primeros colonos, aún muy pocos y un tanto despistados. La población era fundamentalmente adulta. Un mundo en terraformación no resultaba el sitio más adecuado para tener niños. El grueso del contingente infantil correspondía a los hijos de los nuevos inmigrantes. Mejor, menos trabajo.

La recepción tampoco consistió en nada especial. Un amable técnico lo llevó a dar una vuelta por la ciudad, le enseñó lo poco que había que admirar en ella y finalmente lo acompañó al edificio principal, una monstruosidad arquitectónica cuya planta recordaba a una estrella de mar. La escuela ocupaba el extremo de una de las alas. En otras había centros de comunicaciones, oficinas y alojamientos para el personal.

Echó un vistazo a su nuevo hogar, y lo halló bueno. El mobiliario se le antojó un tanto espartano, pero por lo demás era amplio y funcional. Lo exploró, sin prisas. Cama grande, dispensador de bebidas y alimentos, baño completo y, sobre todo, una conexión cuántica a la Red. ¿Qué más se podía pedir?

Iturriaga se duchó, pidió el menú del día y engulló la proteína de soja servida en cinco formas diferentes, mientras veía los noticiarios locales. En verdad, tampoco tenían mucho que informar. No tardó en aburrirse, así que se metió en la cama y se puso la interfase craneal.

La habitación desapareció, e Iturriaga se encontró en el familiar espacio sin límites: la entrada a la Red. Pensó su petición, se identificó y los menús se desplegaron a su alrededor, como nubes iridiscentes. Hoy se sentía aventurero, así que remoloneó entre unas cuantas demos antes de decidirse por un universo a su medida.

«Y a disfrutar de la vida».

Año 3800ee

– Nos vemos dentro de una semana, chicos. Pasadlo bien.

Los alumnos más impacientes salieron en tropel del aula. Los mayores, más responsables, le desearon un buen día antes de marcharse. Iturriaga los vio partir, y luego apagó las pantallas y recogió los libros. Impresos en papel auténtico, qué atraso. Sonrió.

No eran mala gente aquellos niños, aunque agradecía que su número fuera tan escaso: apenas un centenar, y los recibía en cuatro turnos de tamaño manejable. Además, ellos colaboraban. Mayormente eran hijos de refugiados y, cosa curiosa, resultaban menos conflictivos que los pocos nacidos en Lamarck. Muchos de estos últimos pasaban directamente de asistir a clase y los que acudían lo hacían a desgana, por imperativo paterno. Lo comprendía. Como le dijo uno de ellos: «¿Para qué me sirve venir aquí a hojear libros y escribir en una pizarra, si dispongo en casa de acceso a la Red?». Una gran verdad, desde luego. De hecho, los maestros constituían una especie de fósiles vivientes en vías de extinción. Tan sólo eran útiles a la hora de reinsertar socialmente a los que huían de planetas atrasados y conflictivos. Para muchos de estos palurdos las máquinas eran tabú, obra de dioses o demonios, y necesitaban contacto humano. También, cómo no, estaban los que, por puro esnobismo, deseaban un preceptor a la vieja usanza, aunque sólo fuera para alardear de ello en las fiestas.

Bueno, al diablo. Hacía tiempo que Iturriaga dejó de amargarse por su nula relevancia en el esquema del cosmos. Al menos le pagaban, y el trabajo no resultaba demasiado arduo. En Lamarck, además de la escasa conflictividad estudiantil, el calendario escolar estaba amenizado por las fiestas más singulares. Por ejemplo, la semana blanca que empezaba ahora. Teóricamente, era una parada a final de trimestre para que los alumnos recargaran las pilas y no se estresaran. Por él, estupendo. Menuda semanita que se iba a pasar.

* * *

– Así se hacen las cosas. Sí, señor.

Iturriaga se desperezó, desprendió con cuidado la banda de la frente y se dirigió al cuarto de baño. Al pasar fue echando un vistazo a las otras habitaciones. Todos los demás estaban enchufados. Magnífico.

A diferencia del brusco despertar que sufrió en la nave que lo trajo a Lamarck, un programa decente, como el que usaban ahora, lo conducía a uno de forma sosegada y placentera a la vigilia, integrando el despertar en la propia historia virtual. Luego, al volver a conectarse, retornaría al mismo escenario del que había partido.

Una vez en el baño, dio cumplimiento a los inevitables mandatos fisiológicos, se duchó y fue a la cocina en busca de un buen escalope de filete de soja trufado de trocitos de algo que, con escaso éxito, imitaba a las mollejas de gandulfo. Bueno, tampoco era un gourmet. Sólo le importaba beber algo que no contuviera alcohol y reponer energías antes de volver a entrar en un universo perfecto.

Sus amigos lo consideraban un tanto excéntrico por su manía de despertarse en el transcurso de un sueño. Era innecesario, ya que el alimento podía introducirse en la sangre por vía intravenosa y los desechos se evacuaban mediante los adecuados adminículos. Los demás se pasarían así toda la semana, pero a él aún le agradaba solazarse en ciertos atavismos.

Iturriaga estaba contento, como siempre que disponía de un buen acceso a la Red. Los escenarios a elegir eran legión. Había convencido a los otros para que recrearan el universo de Las ciudades invisibles, de un tal Italo Calvino. Dudaba de que, aparte de él, que lo redescubrió por casualidad, alguien se acordara de aquel tipo. Una pena, aquel derroche de imaginación desbordante.

Limpio, comido y con el cuerpo a gusto, regresó a la habitación y se tumbó en la cama. Agarró la banda y, antes de ponérsela, la miró y suspiró. De acuerdo, estaba enganchado. No podía negarlo. Su cerebro no podía pasar ya sin la peculiar estimulación de neurorreceptores que implicaban las conexiones lúdicas a la Red. Para él, un día fuera de los mundos virtuales era una auténtica tortura física. Mono, lo llamaban en los viejos tiempos. Pues lo suyo era un gorila, y de los talluditos. No había acudido al psiquiatra, por miedo de que eso repercutiera en sus opciones de encontrar trabajo. De todos modos, no era tan malo. Había por doquier puertas a la Red. En los últimos tiempos, su periodo máximo de desconexión nunca sobrepasó las 20 horas estándar.

Iturriaga desechó aquellos pensamientos que no conducían a ningún sitio, y se ciñó la banda. Se dispuso a retornar a la última ciudad que estaba explorando, Ottavia. Despertaría en una hamaca que se cimbreaba sobre el abismo, al lado de su pareja. Las emociones eran más intensas en un paraje como aquél.

Pero no ocurrió nada.

* * *

Primero vino el desconcierto. Luego, el tratar de ajustarse mejor la banda. Finalmente, el cabreo.

Farfullando disparates sobre los responsables de los accesos a la Red y la demanda que les iba a caer, Iturriaga salió de la habitación hecho un basilisco. Nunca le había sucedido algo así antes. «No sé de qué me extraño en este piojoso planeta…». Trató de serenarse. Probablemente, la banda se habría escacharrado. ¿Dónde podría reemplazarla? El lugar más lógico para buscar era alguno de los otros cuartos. Se consoló pensando en que pronto retornaría a su ciudad de ensueño. Eso sí, lo de la demanda no se le iba a olvidar. ¿Qué se habían creído?

Probó a buscar una habitación desocupada, algo nada fácil. Aquella ala del edificio, correspondiente a la residencia de los técnicos, era la más poblada. En una de las contadas reuniones sociales que se daban en Lamarck había entablado conversación con unos operarios terraformadores. Al comentarles lo de la semana blanca en el calor del bar, lo invitaron a disfrutarla con ellos, que también gozaban en esas fechas de unos días libres. A Iturriaga le sedujo la idea de mudarse temporalmente. A efectos prácticos, cuando se compartían universos virtuales daba lo mismo estar en el cuarto de al lado que en la otra punta del Ekumen, pero la cercanía humana le daba un cierto toque de morbo al asunto. Incluso cabía esperar que algunas escenas eróticas, nacidas gracias a la desinhibición de los sueños, se prolongaran en el mundo real.

Dejó de desvariar y fue a lo práctico. Aquella parte de la residencia constaba de dormitorios independientes con baño, aunque la cocina era de uso común. Pensó en dónde buscar una banda de sobra, y eligió una puerta al azar. De un vistazo identificó a la durmiente; se llamaba Esther, o algo parecido. Entró sin hacer ruido, aunque sabía que no la despertaría ni un avión rompiendo la barrera del sonido en vuelo rasante. Como esperaba, Esther estaba tumbada en la cama, envuelta en un destiltraje que la alimentaba y reciclaba los desechos mientras soñaba. Perfecto. Buscó en la taquilla, pero no encontró nada aprovechable. Refunfuñando, se dispuso a probar suerte con otro colega, aunque no pudo evitar echar un último vistazo a Esther de pasada. Se detuvo en seco, alarmado.

La mujer tenía los ojos entreabiertos y una expresión de horror se dibujaba en su cara, como si sus facciones se hubieran crispado en un grito mudo. Un hilillo de saliva manchaba la almohada. Y no respiraba. Venciendo su aprensión, le tocó la mano. No estaba demasiado fría aún. Iturriaga retrocedió, estupefacto. Aquello no podía ser real. Esas cosas no le pasaban a la gente normal.

Se rehízo un poco. Sí, tenía que llamar al hospital. ¿Dónde habría un comunicador en aquella residencia? No se atrevió a intentarlo poniéndose la banda de Esther. En las películas policíacas prohibían tocar nada en estos casos. Debía volver a su cuarto.

Con los nervios, se equivocó de habitación. Cuando salió, estaba pálido como la tiza. Miró en las demás, sintiendo cómo crecía el pánico en su interior.

Todos estaban muertos.

Su primer impulso fue salir corriendo de allí, pero justo entonces descubrió un comunicador junto a la máquina de las bebidas. Se lanzó hacia él como si fuera su tabla de salvación y pidió línea con el hospital. En la pantalla apareció un hermoso andrógino, sin duda generado por ordenador, que dijo:

– En estos momentos no podemos atender su petición. Aguarde unos instantes, por favor.

La imagen miró sonriente a Iturriaga y quedó fija como una estatua, vibrando imperceptiblemente.

Iturriaga empezó a asustarse de veras cuando al cabo de media hora nadie del hospital dio señales de vida. Ni en la Policía, ni tampoco en Mantenimiento.

* * *

Iturriaga se asomó al pasillo. Todo estaba oscuro. Miró su reloj: medianoche. Entonces, ¿por qué no funcionaban las luces? Volvió a meterse en la residencia, con el corazón empeñado en salírsele del pecho.

Aparentemente estaba solo. Nadie respondía a sus angustiosas llamadas. Y no tenía ni idea de qué hacer. Llegó a pensar que se había quedado atrapado en un mal sueño, pero acabó aceptando que aquello era real. Dolorosamente real.

Le daba pánico permanecer con aquellos cadáveres. Todas las películas y escenarios de terror que había visitado se cobraban su tributo ahora, sádicamente. Una idea fija se adueñó de su mente: retornar a su habitáculo, pero aquello era más fácil de decir que de llevar a la práctica. Él vivía en la otra punta del edificio, pero no tenía ni idea de cómo iluminar los pasillos. Era algo por lo que nadie se tenía que preocupar, como recibir comida por los expendedores automáticos. Para eso pagaba impuestos, ¿no?

Se vio obligado a ir al baño unas cuantas veces, hasta que la diarrea remitió un poco. La idea de atravesar aquellos corredores a oscuras se le antojaba insoportable, pero la soledad y la presencia de los muertos lo atemorizaban más aún. Buscó una linterna, pero no encontró nada parecido. Tuvo que hacer acopio de todo su valor para salir de la residencia y, agitando los brazos delante de sus narices, tratar de hallar el camino.

El trayecto duró apenas una hora, pero a Iturriaga le dio la impresión de envejecer varios años. No podía ni soñar en usar los ascensores, así que se vio obligado a buscar las escaleras a tientas. Debía llegar a la planta baja, donde esperaba que hubiera algo de luz que le permitiera orientarse.

Fue horrible. El miedo no podía expresarse con palabras. Sudaba copiosamente, temblaba y sufría una taquicardia de caballo. No podía quitarse de la cabeza la idea de que algo acechaba en la oscuridad, dispuesto a abalanzarse sobre su espalda. De vez en cuando creía escuchar gemidos apagados, que le ponían los pelos de punta. Antes de llegar a las escaleras se dio un golpe tremendo contra una puerta, traidoramente abierta. Al retroceder, tropezó contra algo blando. Un cuerpo. Iturriaga gritó y salió de allí dando bandazos contra las paredes, igual que una bola de billar.

Como en una pesadilla, sin saber muy bien de qué modo, logró llegar al amplio recibidor del edificio. Sus ojos, adaptados a la oscuridad, lograron distinguir el contorno de los objetos a la tenue luz de las estrellas. Afortunadamente, no había nubes en el cielo, pero tampoco, y eso resultaba más perturbador, iluminación pública. Ninguna farola estaba en servicio.

Se aproximó a la garita de información. Era algo anacrónico, obra de algún gestor bienintencionado que cayó en la cuenta de que Lamarck acogería a muchos refugiados, quizá reacios a tratar con máquinas. Al pasar junto a la puerta de entrada ésta se abrió, propinándole un susto mayúsculo. Aparentemente, algunos mecanismos automáticos aún funcionaban.

Muy despacio, llegó junto a la garita. Pudo entrever la silueta de un cuerpo reclinado, con la cabeza pegada al cristal en un ángulo antinatural. La banda biometálica de la frente reflejó la escasa luz ambiental. Iturriaga no se atrevió a tocarlo. Tampoco respiraba. Un negro espanto se abatió sobre él. ¿Acaso no quedaba nadie vivo?

Al menos, su paso por la planta baja le sirvió para situarse. Haciendo acopio de valor, se internó de nuevo en la oscuridad, como si fuese un descenso a los infiernos. Llegó a su morada gateando, hecho un guiñapo tembloroso. Sintió una oleada de alivio cuando la puerta reconoció sus huellas dactilares y se abrió. Entró a toda prisa y la cerró de un golpe mientras buscaba a manotazos el interruptor. La luz lo dejó momentáneamente ciego. Los ojos se le llenaron de lágrimas, tanto de alivio como por efecto de las lámparas. Se arrebujó en la cama, en posición fetal, hasta que se calmó lo bastante como para pensar con coherencia.

Las luces de la habitación funcionaban. El suministro de agua y alimentos también, así como el videófono. Marcó todos los números que conocía, e incluso algunos al azar, pero no obtuvo respuesta. Todo lo más, se le aparecía un holograma animado generado por el contestador automático, que lo miraba con una sonrisa que daba grima. Como último recurso probó a realizar una llamada interplanetaria a través de la Red, aunque le costara el sueldo de una semana. Nada. Todos los canales permanecían mudos.

Su mente fue atando cabos. Los cadáveres con los que se había topado tenían, sin excepción, una banda de interfase en la cabeza. Algo terrible había alterado la Red, matando a quienes en ese momento estaban conectados a ella. Todos, niños inclusive, solían enchufarse por la noche en busca de bellos sueños. El accidente, o lo que fuese, ocurrió en el peor de los momentos. Pensándolo fríamente, dudaba que hubiera algún superviviente en Lamarck. La población estaba concentrada en el mismo huso horario. Sintió un escalofrío. Se había salvado de milagro: el fallo en la Red lo había pillado en la ducha.

¿Qué demonios podría haber acontecido para matar de ese modo a la gente? No tenía ni idea. Desde luego, no lo averiguaría permaneciendo en su cuarto, pero el pensar en salir de nuevo a la negrura le provocaba sudores fríos. Decidió aguardar a que se hiciera de día. Mientras, seguro que en el botiquín hallaría algo que mitigara la ansiedad, el miedo, la soledad, el saberse rodeado de muertos. No quería dormirse, pero el tiempo parecía arrastrarse con lentitud de caracol y su mente empezaba a jugarle malas pasadas. ¿Serían reales los susurros y jadeos procedentes del exterior? Programó el despertador y se tomó un somnífero que lo sumió en un piadoso olvido.

* * *

La jornada siguiente le resultó algo más soportable, aunque sólo fuera porque se atiborró de fármacos hasta las orejas. Las contraindicaciones y efectos secundarios de algunos sonaban ominosos, pero los necesitaba para un doble fin. Por un lado, reunir valor para explorar; por otro, combatir la ansiedad que generaba el no poder meterse en la Red. ¿Cuánto podría aguantar sin su dosis diaria de ensueños? De momento, la preocupación lo distraía un poco, pero llegaría un momento en que el jodido mono se impondría a todo lo demás. Debía darse prisa.

Sin embargo, dudó lo indecible antes de salir. ¿Qué solía llevarse uno para explorar una ciudad muerta? En los mundos virtuales se las apañaba buscando armas mágicas y hechizos, pero obviamente aquí no servirían. Al final recordó que guardaba en un armario la mochila verde de camuflaje que compró por si se embarcaba en alguna excursión. Metió en ella su agenda electrónica, el móvil y una linterna. Al final incluyó una navaja multiusos y unas galletas que sacó del expendedor. Pensó que si alguien lo veía, lo encontraría ridículo. Ojalá.

Procuró ser metódico e ir mirando puerta a puerta. Por fortuna, los dispositivos de seguridad habían saltado y podía entrar a cualquier sitio.

La mayoría de los cadáveres reposaba en sus camas, con una expresión horrorizada o atónita en la cara. Algunos habían acabado sus días en posiciones o actitudes grotescas, entregados a peculiares fantasías sexuales, solos o acompañados. Otros la diñaron en lugares inverosímiles, y en varias ocasiones le cayeron encima al abrir una puerta, dándole un susto, y nunca mejor dicho, de muerte.

Al cabo de unas horas creía haberse acostumbrado a tanto fiambre y los observaba desapasionadamente, como muñecos rotos. La cosa cambió al llegar a los alojamientos de militares. Éstos tenían armas, y algunos las usaron. El jefe de la pequeña guarnición local, por ejemplo.

Iturriaga conocía las pistolas de plasma, pero nunca había sido testigo de sus efectos. Hasta ahora. El oficial había dirigido el haz de calor hacia un panel de comunicaciones, reduciéndolo a carbonilla, y luego se había suicidado. Lo que quedaba del cuerpo no era demasiado agradable, sin mencionar el tufillo a barbacoa. Iturriaga reprimió a duras penas unas arcadas y se largó de allí como alma que llevara el diablo.

¿Por qué habría disparado el soldado contra el panel? ¿Qué pudo ver allí? Preguntas sin respuesta. El ambiente del edificio se le hizo opresivo, y salió al exterior.

El disco del sol lo inundaba todo con sus rayos amarillos, los pájaros trinaban y los insectos polinizadores libaban el néctar de las flores, como en un anuncio de esas margarinas que pretenden ser naturales. Si no fuera por lo que dejaba a su espalda, se figuraría estar en un paradisíaco día de campo. Pasó un buen rato dando vueltas por los jardines, mientras se disipaba el efecto de los calmantes. Empezó a sentir hambre, pero perdió el apetito al doblar una esquina y toparse con alguien que se había arrojado desde la azotea.

Entró de nuevo en el gran edificio y anduvo vagando por él como un zombi, con una resaca química de campeonato. Las habitaciones y los muertos se sucedían sin solución de continuidad, como en una cinta sin fin. Perdió la noción del tiempo.

Despertó de golpe al escuchar unos ruidos al atravesar un corredor del último piso. El corazón le dio un vuelco. ¿Otro superviviente? Abrió la puerta con exquisito cuidado, como si temiera que la posibilidad de encontrarse con un semejante se esfumara cual humo. Algo así como jadeos entrecortados surgían del dormitorio. Iturriaga se asomó, conteniendo la respiración.

Dicen que las mascotas son un encanto, la alegría de la casa, y son devotas de sus dueños. A menos que se queden en ayunas, claro. El perro se estaba dando un banquete a costa de una pareja que yacía en la cama, manchada de sangre seca y tripas. El olor, por decirlo de forma suave, era nauseabundo. Iturriaga no tuvo tiempo de comprobar si en las otras habitaciones quedaba alguien vivo. Con ojos enloquecidos, el perro se arrojó sobre él.

Iturriaga se dio la vuelta, gritando como un poseso, y llegó por los pelos a la puerta, cerrándola con violencia y agradeciendo que no se abriera hacia fuera. El animal arañaba con furia el plástico. Iturriaga se dejó caer contra la pared del pasillo, de rodillas, y vomitó hasta la última papilla. Y el dichoso olor no se iba.

Teóricamente el perro no podía salir de allí y perseguirle, pero el espectáculo le quitó las ganas de seguir buscando. Regresó más que de prisa a su vivienda y no la abandonó en toda la tarde.

* * *

La noche supuso un auténtico tormento. Los curiosos efectos secundarios de las drogas ingeridas eran cualquier cosa menos placenteros: le provocaron náuseas, dolores abdominales y mareos incapacitantes. Todo el rato estuvo viajando de la cama al retrete y viceversa. Lo que más pánico le daba era el síndrome de abstinencia, aún agazapado pero que ya empezaba a despuntar. Era una desazón similar a un picor difuso, contra el que no valía rascarse. A menos que encontrara un portal a la Red que pusiera a sus neurotransmisores en su lugar, lo llevaba crudo.

Tuvo que esperar al mediodía para volver a pensar con claridad. Comió y bebió mecánicamente, por obligación más que nada, y estudió un plan de acción. Trató de ser optimista. Sin duda, el fallo en la Red y la situación anómala habrían sido detectados en otros planetas, al no poder contactar con Lamarck. Era cuestión de tiempo que enviaran una misión de rescate. Sólo tenía que esperar, y confiar en que llegara pronto.

Al final venció la curiosidad, o el temor a quedarse solo más tiempo. El edificio central no podía ofrecerle nada nuevo, excepto sobresaltos. ¿Dónde buscar, entonces? Se masajeó las sienes; aún le costaba fijar la atención.

Aparte del gran edificio donde se hallaba, la ciudad constaba de bloques residenciales más modestos y viviendas unifamiliares para los más pudientes. Las pocas fábricas e industrias estaban situadas a algunos kilómetros del centro. ¿A cuál de ellas ir? Tendría que consultar un mapa.

«Un momento. ¿Y el astropuerto?».

Se felicitó por su ocurrencia. Si allí no había una conexión con el exterior, dudaba de que pudiera encontrarla en otro sitio. Tal vez incluso quedara algún comunicador cuántico operativo.

Iturriaga nunca había robado antes un coche, pero no creía que a sus difuntos dueños les importara. Como sospechaba, las cerraduras estaban desactivadas; las claves de acceso debían de almacenarse en la Red. El que unos aparatos funcionaran y otros no dependía de su autonomía respecto a ella. Por puro capricho escogió un aerodeslizador BMW de lujo; probablemente sería la única vez en su vida que podría permitírselo. Se preguntó quién sería su propietario. Tras asegurarse de que tenía combustible de sobra, consultó la computadora de a bordo. Ésta sí iba, menos mal. Dejó los mandos en automático y el BMW se puso en marcha, suave como la seda.

Iturriaga no disfrutó mucho de la excursión. La ansiedad por conectarse comenzó a provocarle palpitaciones, que le causaron una aprensión considerable. Al cabo de unos minutos divisó la torre de control del astropuerto. El aparcamiento estaba prácticamente despoblado, así que no tuvo que problemas para dejar el coche. Fue corriendo hacia la torre, con la corazonada de que por fin tendría éxito, pero en cuanto se asomó a las pistas se le cayó el alma a los pies.

El fallo en la Red había pillado a un gran transporte aterrizando, el cual debió de caer como una piedra. Los destrozos eran increíbles; no quedaba una nave sana a la vista. Quizá restara algún vehículo de mantenimiento perdido en un hangar, pero malditas las ganas que le quedaban de averiguarlo. Abatido, buscó la sala de control.

Con las prisas, estuvo a punto de saltarse un ojo al llegar a su meta. Alguien había tenido la ocurrencia de subirse a la barandilla del piso de arriba y colgarse de ella. Sus zapatos con puntera metálica quedaban justo a un metro setenta del suelo, balanceándose como un péndulo al lado de la puerta, entorpeciendo el paso. Iturriaga buscó febrilmente una terminal en funcionamiento, pero sin querer la vista se le iba al ahorcado y su lento e hipnótico bamboleo. Un temor irracional lo asaltó: que el rostro lívido del suicida cobrara vida y lo mirara con ojos inyectados en sangre. Era ilógico, pero notaba que le faltaba un pelo para sufrir un ataque de histeria o empezar a alucinar, si no la palmaba antes de un infarto. Era incapaz de fijar la atención; tenía que leer varias veces cada rótulo para captar su significado. Y la urgencia de salir de allí crecía por momentos.

Al final, por casualidad, averiguó que podía desviar el flujo de información del videófono de la sala de control a su propio domicilio. Es más, desde casa podría controlar muchas de las funciones de la torre. Desconocía que eso fuera factible, pero el finado poseía un código de acceso muy exclusivo, y no se había molestado en cerrar la sesión de trabajo antes de matarse. Sin duda, debió de ser algún pececillo gordo en Lamarck.

En cuanto concluyó los ajustes, salió de allí a todo correr. Habría jurado que el ahorcado jadeaba débilmente y abría y cerraba las manos. Por más que fueran alucinaciones, acojonaban. Afortunadamente, el BMW funcionaba aún. Puso el piloto automático en modo de regreso y se hundió en la butaca del conductor, hecho polvo.

* * *

Era muy cómodo acceder gratis y sin restricciones al centro de control desde el propio domicilio, aunque Iturriaga no estaba en condiciones de saborear tanto poder. Se puso a navegar alocadamente entre los menús, tan sólo para hallar canales muertos, estática, holografías sonrientes de rostros artificiales, silencio. Una y otra vez se formulaba las mismas preguntas: «¿Por qué no han enviado ya una expedición de socorro? ¿Tan gordo fue el incidente de la Red?». Las implicaciones lo aterrorizaban.

Transcurrieron las horas. En su embotamiento, Iturriaga fue incapaz de reaccionar cuando dio casualmente con un receptor operativo. Finalmente se detuvo y contempló la pantalla embobado, mientras sus neuronas trataban de asimilar que el holograma correspondía a un verdadero rostro humano, femenino por más señas, y no a una simulación. Consciente de que su desaliñado aspecto no debía de causar muy buena impresión, comprobó que el número marcado correspondía a la oficina principal de comunicaciones del planeta Ultreia. Un centro oficial, aleluya. Sin pedir permiso, narró atropelladamente todo lo sucedido en los últimos días. Tal era su urgencia de hablar que no se percató del notable desinterés que exhibía el semblante de su interlocutora. Cuando concluyó su historia y preguntó por la llegada de ayuda, ella lo cortó sin miramientos:

– Nadie va a ir a echarles una mano, señor.

El tono de voz destilaba un cansancio infinito. Iturriaga se quedó parado, como uno de esos personajes animados que se precipitan en un barranco y tardan unos segundos en asumir que deben cumplir los dictados de la ley de la gravedad.

«¿Nadie?».

La mujer, como si hubiese repetido lo mismo un montón de veces durante las últimas jornadas, pasó por la pantalla unas imágenes y se las comentó:

– Hace unos días irrumpió en el sistema de Rígel una flota de naves de diseño desconocido, probablemente alienígena, y atacó los planetas más poblados. Los muertos se cuentan por millones. Los bombardeos, siempre sin previo aviso, se han repetido en otros sistemas. Llegan, arrasan y se largan. Nunca hacen intento alguno de comunicarse.

¿Naves alienígenas? ¿Millones de víctimas? Era una gran desgracia, desde luego, pero a estas alturas a Iturriaga sólo le preocupaba una cosa.

– Comprendo que haya emergencias más urgentes que la nuestra, pero aquí también hemos sufrido bajas. ¿No… no podría proporcionarme una estimación de cuándo podrán acercarse por aquí?

La mujer sonrió con desgana.

– Aún debo informarle de un pequeño detalle, señor. Los alienígenas, o lo que sean, han manipulado el entramado espaciotemporal. En otras palabra, han convertido el hiperespacio en una trampa mortal. Ahora es imposible, repito, imposible viajar más rápido que la luz. Cualquiera que lo intente emergerá en el núcleo de una estrella, o se comerá un púlsar. ¿Lo comprende? Todo el Ekumen se ha ido al carajo.

La mente de Iturriaga se negaba a asimilarlo. El golpe había sido demoledor. La mujer, al notar su estupor, se apiadó un poco de él e intentó sonar amable.

– Ya sé que es una putada, pero en Ultreia lo pasamos aún peor. Nuestro mundo no ha sido terraformado, y dependemos de suministros externos para la supervivencia. Ahora que las naves MRL son inútiles, y dado que estamos a unos cuantos años luz del sistema habitado más cercano, podemos darnos por muertos. Las reservas no durarán mucho, si el planeta no nos liquida antes. Ustedes, al menos, gozan de aire puro y suelo cultivable. Nosotros no. Cuando hagamos el recuento de bajas veremos si hay suficientes cápsulas criogénicas en las naves de carga del astropuerto. Nos hibernaremos y… Bueno, tal vez todo se solucione en pocos meses y nos rescaten. O quizá nos convirtamos en rica carne congelada para los alienígenas. O, seguramente, nunca despertemos. Ay -suspiró-. Yo tenía una familia, ¿sabe? Mi hijo mayor estaba muy contento porque iban a admitirlo en la academia de pilotos… -el autocontrol de la mujer se resquebrajó, mostrando un alma hundida, sin esperanzas-. Qué desastre -se enjugó las lágrimas con la manga del uniforme-. Al diablo -y cortó la comunicación.

– ¡¡No!! ¡Por favor, no me deje solo! ¡Dígame cómo entrar en la Red! ¡Lo necesito!

Iturriaga se abalanzó sobre el teclado y buscó como un poseso en todos los menús, pero no pudo localizar a nadie más.

* * *

Tres noches ya.

Lo que quedaba de Dámaso Iturriaga se arrastró como pudo al baño y se refrescó la cara con agua. Luego regresó a la cama y se tumbó en ella hecho un ovillo, pero el dolor no remitía.

El fin del mundo. El Apocalipsis. En sus ratos de lucidez podía hacerse cargo de la magnitud de la catástrofe. Todo el Ekumen, desde la Corporación hasta los estados periféricos, dependía del viaje más rápido que la luz para su mantenimiento. Sin él, era como un cuerpo desangrado.

El desastre no afectaba sólo a las naves MRL. Como medida de seguridad, las principales inteligencias artificiales y bases de datos se guardaban en contenedores hiperespaciales. Milenios de saber humano se habían evaporado. Para los supervivientes sólo valía la consigna de sálvese quien pueda. Tal vez quedara algún comunicador cuántico operativo, ya que funcionaban según un principio físico diferente. Esos comunicadores permitían la transmisión instantánea de información, pero no podían llevar comida o medicinas a los mundos apartados. Con suerte, quizá algún planeta aguantara, pero la mujer lo había definido perfectamente: todo se había ido al carajo.

Tampoco habría más sueños, ni mundos virtuales. La Red no existía, simplemente. A Iturriaga no le quedaba nada, ni siquiera un lugar donde ir. El síndrome de abstinencia era insoportable, como si miles de bichos royeran su carne. Tan sólo la falta de valor para suicidarse le impedía acabar de una vez.

Trató, hundido en la cama, de acumular argumentos para quitarse de en medio. No había futuro. En el caso de que el mono no lo volviera loco, no tenía forma de averiguar cuándo se agotarían las reservas. Quizá el expendedor de alimentos le diera proteínas sintéticas durante diez años, o bien podía fallar hoy mismo. Y luego estaba el saberse rodeado de muertos. Los cadáveres acababan pudriéndose, ¿no? Los perros no se los iban a poder comer todos. Ya le parecía sentir el hedor, aunque tal vez fueran tan sólo figuraciones suyas.

Había amanecido cuando tomó la determinación de acabar con su vida. No merecía la pena sufrir más. Escarbó en el botiquín hasta dar con lo que buscaba. La combinación de alcohol y tranquilizantes sería definitiva. Le daba miedo la muerte, sobre todo la idea de que fuera dolorosa, pero se suponía que el tránsito al otro barrio ocurriría durmiendo. Siempre sería mejor que el infierno actual. Otro, tal vez, habría sobrevivido en un mundo virgen como Lamarck. Él dependía demasiado de los ordenadores. Sin sueños, ¿para qué seguir en el tétrico mundo real? Además, a nadie le iba a importar que muriera. Su vida acabaría con la misma irrelevancia que había transcurrido. Sin duda, el olvido era lo más dulce. Echó un último vistazo a la pantalla del videófono, antes de tragarse las pastillas.

Algo se movía.

* * *

Le costó entender lo que pasaba. Al manejar desde casa el centro de control, disponía de una gama considerable de opciones. Entre ellas estaba el manejo del sistema de cámaras de vigilancia, diseñado tiempo atrás para evitar sabotajes durante la terraformación. Contra todo pronóstico, seguía operativo. Debía de haberlo activado mientras manipulaba a tontas y a locas el teclado, justo antes de darse por vencido.

Un resto de curiosidad le impulsó a seguir mirando. La imagen estaba desenfocada, así que la ajustó. Según el rótulo, se trataba de uno de los pasillos de entrada a la escuela. El corazón le dio un vuelco. Solicitó un menú para cambiar de cámara.

El aula estaba llena.

Iturriaga se quedó petrificado, incapaz de asimilar lo que contemplaban sus ojos. Entonces lo comprendió. La semana blanca había terminado, y los críos regresaban. Era una situación absurda, surrealista. ¿Cómo, después de lo que había pasado, estaban ahí, tan tranquilos?

Pensándolo fríamente, tenía su lógica. Sus alumnos eran mayormente refugiados políticos, y para evitar choques culturales y facilitar su adaptación los ubicaron en un pueblecito construido ex profeso a unos cuantos kilómetros de distancia. Iturriaga había estado tan preocupado buscando un acceso a la Red y autocompadeciéndose que lo había olvidado por completo. O tal vez su subconsciente era sabio: una gente tan primitiva no sabría nada de comunicadores, de conexiones. Residían en una bucólica aldea a su medida, sin alta tecnología, para ir acostumbrándose poco a poco a la nueva forma de vida. Nunca estuvieron conectados a la Red, así que el desastre no les afectaba.

Examinó atentamente la pantalla, por más que le provocara mareos. No había sólo niños, sino que venían acompañados de sus madres y unos pocos hombres. La expresión de los adultos era seria, pero trataban de disimular su preocupación ante sus hijos. De éstos, los mayores se ocupaban de controlar a los párvulos, con notable disciplina y orden. Incluso vio a cuatro o cinco hijos de los técnicos, precisamente quienes peor lo llevaban. Habían perdido a sus padres y estaban aterrorizados, sin entender lo que pasaba. Antes se habían reído de los refugiados, tachándolos de paletos. Ahora sus compañeros, nada rencorosos, trataban de consolarlos.

Iturriaga se derrumbó en la silla. Sus últimas ilusiones se habían esfumado. Por un momento creyó que había venido la ayuda esperada, pero el porvenir de aquellos pobres diablos era aún más negro que el suyo. Como refugiados tendrían madera de supervivientes, pero en Lamarck su esperanza de vida a medio plazo era nula. No sabrían hacer funcionar las máquinas expendedoras de comida, y en cuanto a cultivar el campo, ¿de dónde sacarían las semillas, las herramientas o los abonos? Sin duda habría en algunos almacenes subterráneos, pero dudaba de que unos individuos tecnológicamente analfabetos pudieran dar con ellos. Sus días estaban contados. Aunque conocían la Agricultura y las técnicas básicas, de nada les iban a servir en un planeta recién terraformado. Allí dependían de complejos ordenadores, bases de datos, contenedores criogénicos de ADN…

Iturriaga gimió cuando un espasmo de dolor le agarrotó el vientre. Ya no tenía sentido posponerlo más. Sólo quería descansar en paz, por fin, pero conectó el sonido del videófono, para oír voces humanas otra vez. Eso haría que el tránsito fuera más llevadero. No se sentiría tan solo.

– No os preocupéis -decía una niña-. El maestro vendrá y nos dirá lo que tenemos que hacer.

– ¿Y si no viene? -repuso un pequeño.

– Vendrá.

La cara de la niña reflejaba una convicción absoluta. Iturriaga se rió sin ganas. Vaya un espectáculo kafkiano. Pobres colgados. El universo se colapsaría y ellos seguirían allí, aguardando. Eran patéticos. Eran penosos. Eran…

Miró las pastillas que guardaba en la mano.

Eran sus alumnos.

Dámaso Iturriaga se echó a llorar.

* * *

– ¿Estás segura de que vendrá?

– Que sí, hombre, caramba.

– ¿Y si le ha pasado algo, o se ha ido?

– ¿Cómo te atreves decir eso? ¿Qué te has creído? ¡Estamos hablando del maestro!

La niña lo miró con mala cara, y el preguntón prefirió callarse. Sin embargo, el tiempo pasaba y el nerviosismo empezaba a cundir, por más que la disciplina se mantuviera. En el fondo del aula, los adultos cuchicheaban entre ellos, preguntándose si acudir allí había sido una buena idea, aunque sabían que no tenían muchas más opciones.

Comprendieron que algo iba mal cuando el día anterior no acudió el autobús escolar. Por la tarde llegaron los hijos de los técnicos, histéricos y medio deshidratados por la caminata. En cuanto se calmaron, contaron horrores sobre lo sucedido en la ciudad. Los viejos terrores afloraron. ¿Una guerra? ¿Más limpiezas étnicas? Pero había un toque de extrañeza en las historias de aquellos huérfanos desorientados que indicaba otra causa.

Discutieron qué hacer, pero fueron sus hijos quienes decidieron. Se empeñaron en que el maestro sabría sin duda aconsejarles, y se les veía con tanta fe que convencieron a los más reacios. Al fin y al cabo era un maestro, ¿no? Se pasaron toda la noche tratando de averiguar cómo funcionaban los camiones eléctricos que empleaban los de Obras Públicas, guardados en un enorme garaje. En su mundo natal habían protagonizado varios éxodos memorables en carros e incluso en tractores, así que no les costó mucho descifrar el funcionamiento de los mandos, nada complicados.

Al amanecer se pusieron todos en marcha, en un convoy que les traía demasiados malos recuerdos. Al entrar en la ciudad vieron algunos cadáveres, y los niños hacían preguntas, inquietos.

– ¿Han sido los gameshitas?

– En este planeta no hay gameshitas, cariño. Quedaron atrás -les respondían.

Los niños entraron en fila en el aula, sin armar bulla. Se sabían en terreno familiar, y aguardaron.

Pasó el tiempo. Para entretener a los pequeñajos, sus hermanos mayores improvisaron un corro y empezaron a cantar canciones y dar palmadas. Los adultos se agitaban en sus asientos, y entre ellos se cruzaban miradas significativas. Faltaba poco para el mediodía, y allí no llegaba nadie.

La puerta del aula se abrió. Los niños se callaron y se pusieron en pie.

* * *

Hablando en plata, Dámaso Iturriaga estaba hecho una mierda. Se había tragado una dosis poco recomendable de estimulantes para mantenerse en pie. Aunque los acompañó con un montón de endorfinas, aquello dolía un disparate. No se explicaba cómo había podido llegar a clase. Las piernas le parecían de goma cuando se paraba, mientras que al dar un paso era como si le acuchillaran. Pero allí estaba, por fin. Caminaba muy erguido, lentamente, midiendo cada movimiento para mantener el equilibrio. Subió a la tarima con más cuidado que si pisara huevos. Con la vista un tanto nublada, miró a sus alumnos.

Se había aseado lo imprescindible y vestido con ropa limpia. Quería causar buena impresión. Procuró que la sonrisa irradiara confianza, y no le quedara demasiado crispada. Más de cien rostros atentos lo observaban.

«Aguanta, capullo. Haz algo digno por una vez en tu vida».

Desde su llegada a Lamarck había creído que la fuerte asistencia a clase era debida a que en su planeta natal seguían la vieja máxima de que la letra, con sangre entra, pero ahora sabía que estaba equivocado. Había confundido el miedo con el respeto. Para ellos, la imagen del maestro aún representaba algo. En su mundo, y en otros similares, incontables generaciones de enseñantes se habían ocupado de desasnar criaturas, ayudarles a hacerse adultos, transmitir los conocimientos de una generación a otra, mantener su identidad como etnia, ser una pequeña llama en la oscuridad que se resistía a apagarse. Sus alumnos habían acudido a buscarlo, haciéndole ver que era miembro de un grupo encargado de una de las pocas tareas nobles emprendidas por la Humanidad. Al verlos aguardarle, sintió vergüenza. No podía traicionar ese legado, ni lo que significaba. Ni tenía derecho a dejarlos tirados, por muy atractivo que fuera el abandonarlo todo.

Sabía que debía hablar, pero notaba la garganta como si la hubieran lijado. Hasta tragar saliva era una tortura.

– Hola a todos. Yo… -respiró hondo un par de veces-. Os habréis dado cuenta de que algo muy grave ha ocurrido. Es probable que, aparte de nosotros, no quede nadie vivo en Lamarck. La Red se ha quemado. Estamos solos.

Se detuvo, tanto para que sus palabras calaran en todos como para tomar aliento, pero se sentía cada vez más mareado. Las endorfinas y los estimulantes eran un matrimonio mal avenido.

– Disculpad, pero no me encuentro demasiado bien. Voy a sentarme.

Por más que intentara aparentar fortaleza ante los niños, los adultos se dieron cuenta enseguida de lo mal que estaba. Uno de los hombres saltó a la tarima y lo llevó prácticamente en volandas al sillón. Iturriaga se lo agradeció de todo corazón. Un párvulo le ofreció su diminuta cantimplora de plástico con agua. Dio unos sorbos para humedecer la boca; seguía doliéndole tragar.

– Me temo que tendremos que cambiar el esquema de las clases. Se acabaron, por el momento, las lecciones de Urbanidad. Las sustituiremos por otras más difíciles. Trataré de enseñaros a sobrevivir, con la ayuda de vuestros padres, por supuesto.

Nadie perdía una coma de lo que decía. La niña que estaba tan convencida de que vendría, de vez en cuando miraba a los incrédulos, saboreando su victoria. Iturriaga no pudo evitar sonreír, pero entonces sufrió un espasmo que lo hizo doblarse sobre su regazo. Apretando los dientes, se apoyó en la mesa e irguió el tronco. Estaba pálido como la cera.

– Aún… aún quedan reservas para aguantar una temporada; sólo es cuestión de hacer acopio de comestibles no perecederos. También dispondremos de algún ordenador no conectado a la Red, y tendremos que exprimir sus datos. Y no olvidemos los libros de papel que imprimieron para la escuela. En ellos viene la información que necesitamos: Agricultura, Medicina, Biología… -el dolor venía en oleadas cada vez más intensas y seguidas-. Buscaremos almacenes con herramientas. Cultivaremos la tierra. Saldremos adelante entre todos, os lo prometo. Vosotros ya conocéis muchas cosas útiles, y yo os enseñaré a sacar provecho del material que los terraformadores nos han dejado -se detuvo; le faltaba el aire-. Pero será mañana. No me encuentro muy bien. Que alguien me lleve a casa, por favor. Y no me dejen solo.

Cerró los ojos. Escuchó los pasos de alguien por la tarima y unos brazos lo sujetaron. Se agarró a ellos como si fueran su tabla de salvación, sollozando por no haber sabido guardar la compostura hasta terminar la clase. ¿Qué clase de maestro pensarían que era?

 

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Año 3851ee

– Déjame que te coloque bien la almohada, Dámaso. Mira, he abierto la ventana para que te dé el sol. Qué buen día hace hoy, ¿eh?

Iturriaga levantó una mano en señal de agradecimiento. Por más que Olga tratara de sonar alegre, sabía que se estaba muriendo. Aunque sus enfermeras no se dieran cuenta, oía sus conversaciones.

Un día espléndido, sí. El calorcillo de los rayos solares era agradable, así como el olor de los campos. Se aproximaba el tiempo de cosecha. ¿Cuándo sería la fiesta? Daba igual. No iba a ver otro amanecer.

Más tarde entró otra enfermera a relevar a Olga. Parecía Tania. ¿O era Eva? Tania, sin duda. Había que ver cómo le recordaba a su madre, pobrecilla.

Los recuerdos afloraron en tropel. «Tío, estás en las últimas. Al final va a ser cierto lo de que toda tu vida desfila ante ti cuando vas a morirte». Se dejó arrastrar por la memoria.

Caray, qué mal lo pasó aquellos primeros días de crisis. Si aguantó, aparte del celo de sus cuidadoras (las abuelas de sus actuales enfermeras; cómo pasaba el tiempo…), fue porque no toleraría dejar en mal lugar a su profesión, y porque los demás necesitaban un punto de referencia, sentirse guiados.

Postrado en la cama, impartió instrucciones en los momentos de lucidez. Lo más urgente fue ocuparse de los cadáveres, más de 4500. Por fortuna, los refugiados estaban familiarizados con aquel trabajo y mostraron una notable inventiva a la hora de retirarlos de la circulación.

Paralelamente, organizó a los niños en grupos de prospección, supervisados por adultos armados, por si los perros. Peinaron concienzudamente los núcleos urbanos de Lamarck en busca de cualquier rastro de presencia humana. Alguna hallaron, aunque bastante escasa. Eran pocos los que no se habían vuelto locos o catatónicos. Tuvieron que recluir a aquellos desgraciados, limpiarlos y alimentarlos, aunque no duraron mucho.

En cuanto levantó cabeza, Iturriaga se encargó de inventariar los recursos disponibles. No les habló a los demás de las causas del colapso de la civilización. ¿Para qué preocuparlos con la posibilidad de un bombardeo alienígena? Con suerte, un lugar tan apartado como Lamarck pasaría desapercibido. No era un objetivo militar merecedor de tal nombre.

Las cosas no les fueron tan malas como temió al principio. Al tratarse de un mundo destinado a una pronta colonización, lo habían abastecido a conciencia. Hallaron almacenes con auténticos tesoros: herramientas, bancos de germoplasma, productos químicos… Dispusieron de bastante tiempo y reservas para jugar a ser autosuficientes, antes de que los sistemas que no habían estado conectados a la Red fallaran. La comida no fue muy apetitosa en esos primeros meses, y las cocineras tuvieron que esmerarse para dar variedad a una dieta basada en derivados de soja, pero eran gente sufrida y trabajadora. Él también tuvo que adaptarse, qué remedio.

Iturriaga tampoco descuidó la educación de sus pupilos, e incluso se encargó de las clases para adultos. Hizo hincapié en la Historia, para que aprendieran de las errores de sus antepasados y no los repitieran una vez más. Se dio cuenta de la gran responsabilidad que le había caído encima: fundar una sociedad basada en unos principios mínimamente decentes. Los niños aprendían de sus mayores, y éstos arrastraban demasiados prejuicios. Él podía parar eso, hacer tabla rasa, y lo intentó. Los hombres se mostraron un tanto reacios a sus ideas, ya que provenían de una sociedad machista, pero cuando se ponían muy cerriles, él se declaraba en huelga. Las amenazas lo amedrentaban, pero se mantuvo firme. Los niños hicieron piña con él, así como buena parte de las mujeres, y se salió con la suya. Con los años, los descontentos fueron convirtiéndose en viejos cascarrabias inofensivos, y las nuevas generaciones los reemplazaron. Unas generaciones educadas en valores como la solidaridad, la igualdad de derechos, el trabajo en equipo. Aunque Lamarck fuera un punto perdido en la inmensidad del universo, Iturriaga estaba orgulloso de lo que había hecho. Se lo debía a tantos maestros que lucharon por lo mismo.

Como en flashes, evocó los buenos y malos momentos de su comunidad. Muertes de seres queridos, nacimientos, bodas, accidentes, enfermedades, tragedias, anécdotas… Como cuando lograron resucitar a las gallinas a partir de los bancos de embriones, las criaron, y un día se encontró con una pechuga asada en su plato. El comerse un animal al que poco antes había visto corretear por ahí, libre y feliz (y que además se llamaba Blanquita, por cierto), le hizo sentirse casi como un caníbal. La comida decente se fabricaba en las máquinas, y venía adecuadamente empaquetada. Le costó lo indecible acostumbrarse a los nuevos tiempos.

Mientras, la comunidad crecía. Aparte de granjeros y agricultores, dedicó especial cuidado a buscar conocimientos en los libros y las bases de datos que quedaban intactas. Trató de formar médicos, arquitectos, biólogos. No podían depender eternamente de unas máquinas que algún día fallarían. En verdad, aprendió él más de sus alumnos que a la inversa. Éstos acabaron enseñándose a sí mismos sus nuevas profesiones, sin darse cuenta de ello. Se limitó a aparentar aplomo e interés, para que tuvieran la confianza necesaria y explotaran sus propias capacidades. Al fin y al cabo, ése era el secreto de la docencia. También se esmeró en sembrar la semilla de la curiosidad, alentar las mentes inquisidoras. Gracias a eso los jóvenes serían capaces de sacar adelante su pequeña sociedad.

Le hubiera gustado tener la esperanza de vida de cualquier ciudadano corporativo antes del Desastre, pero no podía pedir mucho más. Los médicos y enfermeras hacían lo que podían, pero no llegaría a los cien años; una pena, aunque no se sentía triste. Sólo le importaba una cosa: Lamarck era autosuficiente y ecológicamente estable. Los suyos tenían futuro. Había cumplido.

Le pareció que el cielo se nublaba. ¿O era él? Tenía mucho sueño. Así que había llegado el fin, ¿no? Tania (¿o era Eva?) lo zarandeaba de los hombros, pronunciando su nombre una y otra vez. Creyó entrever el reflejo de sus lágrimas antes de cerrar los ojos.

Aún le vino a le mente un postrer pensamiento. A buenas horas, pero por fin comprendía el auténtico sentido de la vida, algo tan sencillo como no morir solo, que alguien te llore cuando te vas. En tal caso, podía darse por satisfecho.

Y así, en paz, Dámaso Iturriaga se durmió por última vez.

Año 4526ee

El portanaves corporativo Tsiolkovski saltó al espacio normal entre un destello de taquiones. A los pocos segundos se fragmentó en sus componentes. El motor MRL retornó al hiperespacio para ponerse a salvo de posibles ataques, mientras que los destructores y corbetas se dispersaban por el sistema. Tras comprobar que no había rastro de acorazados imperiales, las naves se centraron en el único planeta de la ecosfera. Los ordenadores lo examinaron, estudiaron las corrientes atmosféricas y determinaron los puntos precisos donde soltar las armas y reducirlo a una bola estéril en caso necesario. Tomadas estas precauciones rutinarias, se procedió a la exploración propiamente dicha.

Comenzó el flujo de datos. El comandante convocó reunión de oficiales para discutir el plan de acción. Todos seguían lo que mostraban las pantallas con gran interés.

– La atmósfera presenta un 20% de oxígeno, con la capa de ozono intacta. El nivel de gases de invernadero es bajo, sin emisiones masivas de anhídrido carbónico -fue leyendo el segundo de a bordo.

– Un mundo virgen -apuntó un alférez-. Tiene buena pinta.

– No se distinguen luces artificiales en la cara nocturna. O han regresado a la Edad de Piedra, o da la casualidad de que sus núcleos de población están restringidos a un área geográfica pequeña, ahora en la parte diurna. Desde esta distancia, las únicas señales de actividad humana son las emisiones de ondas de radio. Captamos música clásica, charlas intrascendentes y poco más. El interlingua empleado exhibe numerosos giros peculiares, y un acento abominable. Sin duda han permanecido aislados desde el Desastre -concluyó el segundo.

Los militares se animaron.

– A ver si por fin hemos dado con un planeta más o menos normal -aventuró uno.

– Ojalá que no sea como el último, Galadriel -repuso el segundo-, con aquellos nativos majaretas, sin contar la de bichos que pululaban por doquier: canoides, pájaros Whakkamole…

– Al menos estaban en condiciones de ingresar en la Corporación. Su nivel de civilización era alto. Más raro que un gandulfo casto, pero alto. No como los otros.

Los presentes guardaron silencio. Ahora que la Corporación volvía a disponer de motores MRL, la exploración en busca de mundos aislados tras el Desastre se consideraba prioritaria. El largo periplo de rescate de la Tsiolkovski, por desgracia, había reportado muy pocas satisfacciones. Los mundos como Galadriel resultaban excepcionales. Lo más normal era encontrar planetas muertos, o bien en plena regresión social. A pesar de ser militares curtidos en guerras fronterizas, algunos todavía sufrían pesadillas provocadas por lo que habían contemplado en ciertos sitios. De ahí su excitación ante la posibilidad de haber dado con un mundo no echado a perder.

Las sondas robóticas invadieron la atmósfera de Lamarck. Diminutas e indetectables, comenzaron a enviar imágenes de alta resolución. Los militares contemplaron atentos la mayor de las ciudades. Las casas parecían cuidadas. El tráfico no era muy intenso, y consistía sobre todo en bicicletas y vehículos eléctricos. La gente lucía saludable, enfrascada en sus quehaceres cotidianos.

Las sondas se centraron en un gran edificio cuya planta recordaba a una estrella de mar. Junto a él se abría una amplia plaza. En el centro, rodeada de parterres floridos, había una estatua. Representaba a un grupo de niños alrededor de un anciano sentado, el cual señalaba algo en las páginas de un libro que descansaba en su regazo. La inscripción del pedestal estaba erosionada y cubierta de líquenes. Con dificultad podía leerse el nombre de ARRIAGA, o algo semejante.

– ¿Quién será ese tipo? -preguntó el segundo.

– Ni puta idea -respondió el comandante-. Algún héroe guerrero local, un alcalde, qué se yo. Supongo que ya nos enteraremos. Bien, señoras y señores, creo que procede establecer contacto.

Todos se mostraron de acuerdo.

F I N

© 2001 y 2006 Eduardo Gallego y Guillem Sánchez por el relato
© 2006 Juan Antonio Fernández Madrigal por las ilustraciones.

 

Nota sobre los autores:
eduardoiguillemEduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962) es profesor titular de la Universidad de Almería. Guillem Sánchez i Gómez (Mataró, 1963) trabaja en la Administración pública. Publican juntos relatos de ciencia ficción desde 1994, cuando aparecieron sus novelas cortas «Dario» y «Nina». Sus historias se enmarcan en un universo ficticio, el UniCorp o Universo Corporativo. La bibliografía completa puede consultarse en su sitio web: Unicorp

Entre su producción literaria destacan «Nàufrags en la nit» (ganadora del premio Juli Verne 1997), «Me pareció ver un lindo gatito» (ganador del Premio Alberto Magno 1997), «Dar de comer al sediento» (finalista del premio UPC 1996 y ganador del Ignotus 1998), «Fortaleza de invicta castidad» (ganador del Ignotus 2002), o las novelas largas «La embajada», «Asedro» y «Pacificadores», publicadas por Ediciones Silente.

 

FernandezmadrigalJuan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, aunque, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado diversos relatos y las novelas Ciclo de Sueños (colección Espiral) y Umma (Parnaso).  Hasta el momento, ha publicado, entre otros sitios en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, el CD conmemorativo de BEM y BEM on line.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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