MANÁ, de Juan Pablo Noroña

 

La modelación del huracán lucía más o menos bien para el supervisor Lotey. Debía recoger aún mucha agua oceánica superficial, que estaría relativamente limpia de contaminantes, para centrifugarla, depurarla y finalmente entregarla como lluvia a las sedientas cavernas recolectoras de la Compañía. El único problema era que, con la proyección actual, el ciclón Alfie no llevaría sus nubes más gordas sobre Magdalena, hacia los campos de arcilla higroscópica, sino unos kilómetros a la derecha. La diferencia se traducía en unos cuantos millones de toneladas métricas menos de “maná mojado”, como llamaban al agua ciclónica en la casa matriz, allá en Berlín. Por fortuna, la ciencia moderna podía corregir esas jugarretas de la madre naturaleza… siempre y cuando la ganancia ameritara intervención. A Lotey le pagaban por tomar esa decisión, que bien podría haber sido automática, pero los Verdes, benditos Verdes, exigían una mano humana tras el interruptor.

Al menos el cálculo de costo era computarizado, se consoló Lotey, y se mantenía actualizado al segundo. No hubiera sido gran cosa realizarlo a mano, pues tenía sólo dos variantes: el incremento esperado en la precipitación local y el gasto involucrado en la salida del avión; las bombas de fusión fría eran a precio fijo. Mas el protocolo exigía que una computadora sacara la cuenta, y no había ningún problema con Lotey. Con sólo ampliar el menú contextual del sistema salía la cifra, desglosada en factores.

Era un número bastante positivo.

Lotey se inclinó sobre la computadora y comenzó a abrir menús y a trazar órdenes con el dedo sobre la pantalla sensible. Introducía la corrección deseada en la trayectoria del ciclón, y el software calculaba dónde el avión sin piloto debía dejar caer las bombas de fusión fría cuyo despliegue de energía térmica era capaz de influir marginalmente en el desplazamiento de un organismo tropical categoría seis. La intervención tenía una ventana de tiempo estrecha: si se actuaba demasiado tarde, el calor insuflado a la atmósfera no tendría tiempo de reformar un fenómeno con tanta inercia como Alfie. Más bombas no iban a resolver una tardanza: la naturaleza aún tenía la mano alta, y para ganarle en su juego había que tenderle trampas con mucha antelación.

Seis bombas en arco al noreste de Alfie le darían el empujoncito necesario para que se comportara como un niño bueno y le diera sus jugosas lluvias a la Compañía Hidrológica de la Guyana, la cual a su vez le cobraría la vida misma por el agua a las ciudades y agricultores en la zona caribeña de Sudamérica. Las bombas detonarían sobre las Antillas Menores, donde ya no vivía nadie que pudiera protestar por el recalentamiento y ser escuchado; ya no había ni turismo en esas tierras dejadas de la mano de Dios, sonrió Lotey. Ni siquiera valían la pena para instalar recolectoras, y si alguien se empeñaba en habitarlas todavía, problema suyo.

—Señor Lotey —dijo alguien por el intercomunicador—. Tenemos intrusos llegando por la carretera. Diez camiones llenos de personas.

El supervisor observó la identificación en el monitor de comunicaciones: uno de los guardas en el área norte. Se le hacía difícil identificar a los empleados nativos por la voz, pues todos hablaban alemán idénticamente mal, con el mismo acento casi ininteligible.

—¿Intrusos en la carretera? —Lotey se asombró de que alguien anduviera fuera de un refugio a pocas horas de la llegada de un ciclón—. Exíjales que se identifiquen.

—Sí, señor Lotey.

Entró una nueva línea.

—Señor, tenemos una llamada de los refugiados —se escuchó otra voz, esta sí bastante educada en el uso del alemán—. Piden que los dejemos entrar.

Lotey reconoció al empleado de comunicaciones, un emigrado de alguna de las islas del Caribe en que se hablaba español.

—¿Refugiados? —inquirió el supervisor—. Acláreme eso.

—Señor, son empleados de las plantaciones cañeras cercanas, y necesitan refugio. Los primeros vientos del ciclón están al llegar.

—¿Acaso no tienen sus propios refugios? Esto es extraño.

—Tienen refugios, señor, pero no servirán. Dicen que aun no han hecho el corte, y son miles de hectáreas de cañas repletas de etanol, señor. Ningún refugio podría salvarlos cuando los vientos lleguen a las plantaciones y todo explote.

—¡No han hecho el corte! —Lotey se escandalizó—. ¡Qué imprudencia!

Lotey estaba familiarizado con la tecnología. Las cañas eran plantas integradas con elementos nanológicos autorreplicantes que formaban en dos días el soporte estructural para el organismo, ayudando también en la síntesis y transporte de nutrientes. A su vez, las células de la planta eran capaces no sólo de sintetizar azúcares, sino de convertirlos en etanol a buen ritmo. El alcohol caía a las raíces y era bombeado directamente a los viaductos. Ahora, la energía para los nanocomponentes la proporcionaba la piezoelectricidad, alimentada por el constante mecer de las cañas al viento, y regularmente era la necesaria y poco más, así que no se acumulaba ni recargaba la atmósfera. Cuando llegaba la temporada ciclónica, si las cañas no habían sido cortadas seguían refinando alcohol y almacenándolo en las raíces, y si las rachas huracanadas golpeaban la plantación, no sólo la generación de electricidad iba a ser excesiva en una atmósfera ya naturalmente cargada, sino que la fuerza de los vientos rompería las plantas, que por necesidad de la tecnología eran bastante más rígidas que las naturales. Alcohol y electricidad estática en cantidades incalculables: una receta para el desastre, pensó Lotey. Pues no todo el etanol ardería de una vez. Buena parte caería a la tierra, donde eventualmente se extendería al manto freático, contaminando el agua de recogida.

—¿Y por qué esos imbéciles no cortaron a tiempo la caña? —preguntó Lotey, molesto—. ¿Acaso hicieron alguna estúpida huelga?

El empleado de comunicaciones hizo silencio por un tiempo exasperante para Lotey.

—Dicen que fue culpa de la compañía, señor —explicó el empleado—. Tuvo dificultades financieras y no tuvo inversores, así que quebró. Como no autorizaron los salarios para la campaña de corte, no recibían órdenes de la casa matriz y no se atrevían a cortar la caña sin permiso, la dejaron estar hasta que empezó la temporada, adelantada, como usted recordará. Tampoco tuvieron tiempo de salir antes.

—¿Culpa de la compañía? —bufó Lotey—. ¡Siempre es culpa de la compañía! Nunca es culpa de ustedes, nunca es la típica falta de previsión. ¡Al diablo! Se lo tienen merecido.

—Vienen con mujeres y niños, señor. ¿Les digo que les autoriza a entrar al complejo?

Lotey lo pensó. Pensó en una turbamulta de mujeres y niños nerviosos en los almacenes de maquinaria e insumos, en las salas de control y otras áreas sensibles. En varias decenas de individuos musculosos y hábiles con sus filosas herramientas agrícolas, superando en número a sus veinte guardias armados. La instalación habitable en sí era pequeña y tendría que acomodarlos en cualquier parte, sin apenas compartimentación ni control.

—No, lo siento —dijo el supervisor—. No tenemos espacio, ni mucho menos suministros para diez camiones de personas.

—Por supuesto, señor. Piden permiso para utilizar la caverna en expansión; pueden llegar allí. Tienen sus propios suministros de comida y equipo, y agua, bueno, no va a faltar.

El supervisor empalideció. La caverna en expansión, situada a unos cuarenta kilómetros, era su proyecto personal, su esperanza de ganar tantos puntos como para merecer un puesto fijo en Europa. Bajo una gran meseta de granito, parte del escudo de la Guayana, billones de organismos endolíticos de diseño trabajaban a ritmo acelerado devorando roca, ahuecando gratis una gran caverna donde almacenar montones de valiosa agua, fuera de la acción ladrona del sol o de la contaminación inevitable de las arcillas. Eran unos maravillosos pequeños seres, trabajadores y poco exigentes como debían ser los buenos empleados. Pero tanto como útiles eran delicados. Montones de personas respirando en su atmósfera, dejando bacterias y materia orgánica, pisando de aquí para allá, excretando incluso —Lotey se estremeció—, les causarían un daño irreparable, demorando su trabajo, o matándolos quizás. Por fortuna, la entrada a la caverna en expansión era una puerta blindada que debía garantizar inviolabilidad incluso ante ciclones, no digamos agricultores sudamericanos, se calmó el supervisor.

—¡La caverna en expansión! ¿Cómo saben de la caverna en expansión?

El empleado de comunicaciones calló por unos instantes. —Yo, señor Lotey —reconoció.

Lotey largó algunas de las maldiciones que nunca traducía al español. —Hablaré con usted más tarde, Cabrera. Por ahora, dígales que lo sentimos mucho, pero no hemos sido autorizados por la casa matriz a dejarlos entrar aquí o a la caverna en expansión, y que les deseamos suerte llegando a Barcelona. Ofrézcales combustible si lo desean.

—Tienen combustible, señor, pero no tiempo. Corto y fuera.

Lotey iba a responder la insubordinación del empleado, pero prefirió callarse. Sabía que ciclones y otros eventos extraordinarios tenían la virtud de soliviantar a los latinos, y él prefería no darles pie. Dedicaría su atención a un asunto más importante; el progreso del avión que debía colocar las bombas de fusión fría. En el infomapa se le veía como un valiente puntito verde en la gran banda este de acrecencia nubosa. En realidad era la zona menos peligrosa para un avión en cuanto a vientos, pero lucía ominosamente espesa y gruesa en la imagen. Un ciclón era una cosa impresionante, pensó Lotey. Sus allegados en Berlín no lo entendían cuando alegaba ser incapaz de describirlo correctamente. Le decían, con orgullo familiar, que era un “domador de huracanes”, y él sonreía, demasiado harto como para repetir por enésima vez que él no domaba ni un cuerno. No se le podía llamar doma a esperar a una especie de monstruo, una abominación apocalíptica, pinchándola para que fuera un poco a la derecha o la izquierda, y luego quedarse quieto debajo para ser duchado en el alivio de su portentosa vejiga. Tampoco les contaba esa imagen poética, no sea la interpretaran jocosamente. No, no comprendían la naturaleza salvaje del trópico. Las repentinas heladas europeas, durante las que se consumía para calefacción el dichoso etanol, tenían como contraparte en Sudamérica un calor agobiante, una lluvia sólida, marejadas bestiales, deslaves asoladores, riadas de fin de mundo y en general un clima horrendo. Sin contar las enfermedades y la gente. Definitivamente no le pagaban lo suficiente por este trabajo a pie de obra… por eso tenía que darse el proyecto de la caverna en expansión. Si lo manejaba bien, era su pasaporte a una oficina en Berlín, donde no sólo tendría paz sino que podría vigilar que su querida esposa no se volviera la puta del barrio, y también obligar a sus hijos a terminar la universidad para no tener que alimentar nunca más a esos ingratos.

Mirando el desplazamiento del avión, Lotey entretuvo el pensamiento de que si demoraba o abortaba la detonación de las bombas, daría tiempo a los refugiados a llegar a Barcelona e instalarse en abrigos adecuados sin pasar la última hora bajo el efecto del ciclón, en la carretera o la misma ciudad. Pero ni pensarlo; costaría dinero a la compañía, mucho dinero, y a él una investigación. No obstante, era atractivo como ejercicio intelectual, y quizás algún día la situación local requeriría estar preparado para tomar ese tipo de decisiones. Lotey comenzó a crear variantes, cambiando las prioridades gradualmente, y a cada una el sistema le correspondía con las disposiciones precisas, tomando en consideración que a final de cuentas era imposible controlar a un ciclón. Resultaba un buen entretenimiento para matar las horas, y mantenía su mente activa.

Entonces lo sorprendió el disparo. Era indefectiblemente un disparo, no la caída de algo empujado por el viento creciente. En la atmósfera previa al paso de un ciclón, los sonidos llegaban lejos y claros; no había manera de confundirse. Además, al momento ráfagas enteras siguieron a ese primer disparo solitario.

Lotey sabía qué hacer en un caso así. Se lanzó al interruptor de la puerta blindada y lo activó de un manotazo. Cuando se cerrara quedaría protegido del mundo exterior por defensas que a los atacantes les llevaría tiempo pasar, si es que lograban tomar el complejo. El supervisor observó satisfecho cómo la puerta se deslizaba sobre el umbral, lenta pero inexorable. Mas cuando sólo faltaba un metro alguien interpuso una gran herramienta eléctrica, una especie de taladro geológico con trípode, en el paso de la hoja.

El supervisor se asustó; su reacción inmediata fue intentar tomar la herramienta y empujarla fuera o meterla adentro, lo que más fácil resultara, pero enseguida se arrepintió. Apenas puso una mano sobre el taladro, otra mano morena y nervuda cayó sobre la suya, aferrándola con fuerza. Para su terror, halaron de él con tanta energía que quedó en el cada vez menor espacio entre la hoja y la pared, tirado sobre el taladro caído. Levantó la vista y vio al menos a tres nativos que no soltaban su brazo. Espantado, comprendió que sólo una cosa le quedaba por hacer, y empujándose con ambos pies y la mano libre, salió afuera, a tiempo de ver cómo detrás de él la puerta escupía al taladro como una nuez que no lograra cascar. La herramienta lo golpeó dolorosamente en la espalda, pero al menos estaba vivo… por el momento.

Los tres latinos levantaron a Lotey en peso y lo caminaron sin contemplaciones a una habitación inmediata al salón de entrada al cuarto de control. Allí parecía haber una especie de hospital improvisado donde una enfermera atendía no sólo heridos de bala, sino también, para sorpresa del supervisor, a varios guardias gravemente cortados con algún arma afilada. Al ver a uno de los invasores, un hombre que a pesar de tener vendada buena parte del torso aun sostenía un machete con fiereza, comprendió con qué armas habían dominado a sus matones rentados.

El hombre del machete daba órdenes a otros invasores, con la voz alterada pero firme. A su lado estaba el empleado de comunicaciones, Cabrera, y Lotey no se sintió sorprendido en lo absoluto.

El hombre del machete masculló algo en español.

—Dice que si en verdad estaba dispuesto a dejarlos fuera con el ciclón llegando —explicó el empleado.

Lotey agitó la cabeza. —La política de la compañía…. —dijo nerviosamente—… no me hubieran permitido…

El empleado tradujo para el jefe de los intrusos, quien miró al supervisor con furiosa incredulidad. Lotey no pudo dejar de notar que, incluso por sobre la similitud entre todos los latinos, ambos hombres compartían una semejanza de familia. Eso explicaba mucho.

—Dice que no tenían tiempo de llegar a Barcelona —continuó Cabrera—, y no podían pasar la temporada ciclónica en ningún pueblito intermedio. Los estaba condenando a elegir entre morir bajo la intemperie o hacinados en refugios insuficientes.

—Tenían posibilidades… —adujo Lotey—. Les ofrecí combustible.

Cuando Cabrera le habló al jefe, el hombre apretó la empuñadura de su machete, que estaba profusamente manchado de sangre. Lotey gimió e intentó retroceder, pero los tres individuos que lo habían atrapado no se lo permitieron.

—Deberíamos sacarlo afuera —dijo Cabrera—, amarrado a una de las vigas del portalón, y apostar a qué lo mataba: la lluvia, el viento, la crecida, la pulmonía.

Las rodillas del supervisor se ablandaron tan rápidamente que los hombres no pudieron sostenerlo en pie. —No pueden matarme —suplicó Lotey—. Soy un ciudadano europeo.

—Los cocodrilos del Apure no hacen diferencia —señaló Cabrera—. Pero no somos así. Somos solamente personas que no queremos morir como gaticos mojados. No queremos hacerle daño a usted ni a su cabrona instalación. Cuando el ciclón pase, si el otro no viene muy pegado nos iremos para Barcelona.

Lotey asintió frenéticamente, mientras observaba con el rabillo del ojo cómo la enfrermera luchaba para contener la mancha de sangre que se expandía por las vendas de uno de los guardias macheteados.

El hombre del machete le dijo algo a Cabrera, y este se dirigió al supervisor. —Ábranos la puerta de la sala de control.

—¿Para qué les hace falta? —preguntó extrañado el supervisor.

Cabrera se acercó a Lotey, que aun estaba arrodillado, y le cruzó la cara de una bofetada, diciéndole algunas frases rápidas y duras en español. Como para no dejar dudas, fue además en busca de un fusil de los que habían pertenecido a los guardias y lo rastrilló ante la cara de Lotey. Era una buena arma alemana y no hacía ruido apenas al correr el mecanismo, pero la idea de esa misma excelencia tecnológica aplicada en contra suya hizo trizas cuanto quedaba de voluntad en el supervisor.

—Por supuesto —dijo Lotey—. Enseguida.

Cabrera hizo una señal a los tres captores de Lotey, quienes lo caminaron de vuelta a la entrada a la sala de control. El europeo levantó una mano, la colocó sobre la superficie sensible que quedaba junto a la jamba, y musitó la clave de acceso añadiendo el código que requería a la computadora realizar un pedido de socorro por emergencia no natural. No hacía gran diferencia para su situación, pero sentía el deber de hacerlo, como empleado de confianza y categoría que era.

La puerta se abrió poco a poco, y apenas hizo espacio suficiente para pasar los invasores irrumpieron en la sala de control con Lotey a rastras. Cabrera y el hombre del machete se instalaron frente a los monitores centrales y comenzaron a conversar en frases presurosas. El ex empleado de comunicaciones se dio la vuelta hacia Lotey. —Necesitamos monitorear el paso del ciclón para ver el mejor momento de partir —le dijo—. Yo entiendo algunas cosas, pero otras no.

—Le ayudaré —ofreció Lotey—. Le puedo explicar todo.

—Si me huelo algo raro —advirtió Cabrera—, si tan solo me imagino que me quiere engañar, lo saco para afuera por el caño del desagüe grande, ¿me entiende?

Lotey asintió una y otra vez.

—Venga acá —ordenó Cabrera.

El supervisor se aproximó a la mesa de control y estudió los monitores, intentando calmarse para no cometer errores que pusieran nerviosos a Cabrera o al salvaje del machete ensangrentado. Después de todo, si les decía honestamente el mejor momento de irse del complejo, saldría de ellos de una vez por todas. ¿Cumplirían su promesa de no hacerle daño a él o a la instalación? Pensando en la instalación, Lotey recordó que aún tenía un proceso de recogida que controlar, y se preguntó si le permitirían llevarlo a cabo. Volvían los tiempos negros para las inversiones en Latinoamérica, reflexionó. Los tiempos de comienzos de siglo, cuando las guerrillas, los movimientos sociales, los gobiernos poco cooperativos; lo que había antes de que los efectos del cambio climático debilitaran al continente y lo dejaran abierto a los buenos negocios de hoy en día. ¿Podría suceder tal cosa?

—Entonces —lo apremió Carrera—. ¿Qué tal viene el huracán?

Lotey miró los monitores de las vistas exteriores, particularmente el del norte, con la pantalla agrisada por el cielo violento, y también el que describía el vuelo del avión como una motita verde en medio de apretadas espirales. Deseó haber abortado el lanzamiento de las bombas, deseó no haber venido nunca a recibir maná bajo un clima feroz y entre salvajes con machetes, y por sobre todo, deseó estar al otro lado del mundo, en una oficina en Berlín

Autor: Juan Pablo Noroña ©

Puede leer la entrevista que le realizó Sergio Gaut vel Harmant aquí.

 

noronha2Juan Pablo Noroña Lamas nació en Ciudad Habana, Cuba, en 1973. Es redactor-corrector de la emisora Radio Reloj. Es Licenciado en Filología. Ha publicado un cuento en la antología Reino Eterno, Letras Cubanas, 2000; varias colaboraciones en el fanzine de Literatura fantástica MiNatura. “Hermano cósmico” en La Guayaba Mecánica. Ha recibido premios y menciones como el 1er. Premio del Concurso de Cuento Breve Media-Vuelta y ha sido finalista del Concurso Dragón, Cubaficción 2001. En Axxón le han sido publicados quince cuentos que permiten apreciar un registro que va del humor casi procaz a la fantasía casi heroica y de la distopía al realismo conjetural de pura cepa.

 

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Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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