MODIS, de Claudio Biondino

MODIS

 

I
Lucía vuela, en sueños, tomada de la mano de su padre. Nunca se había sentido tan feliz. Vuelan sobre bosques y montañas, haciendo cabriolas entre las torres de castillos encantados. De pronto, el bosque se diluye en un pastizal amarillo, reseco. Los castillos encantados van dejando su lugar al chaperío del asentamiento. La voz de la madre corta el viento como una cuchilla de carnicero: “putita arrastrada”, le dice. La niña llora y mira al padre. “No me sueltes”, piensa, pero no puede hablar. Un momento después su padre ya no está, no sostiene su mano, y Lucía cae gritando hacia la mirada encendida de la madre.

Antes de tocar el suelo, otras manos la sostienen y la depositan suavemente en tierra. Sólo hay fuego a su alrededor. El asentamiento no es más que un montón de cenizas, y Lucía se muere de culpa por el placer que le causa aquella visión del infierno. No quiere volverse hacia sus salvadores, porque ya los ha visto antes en su mente. No quiere volver a enfrentarse con esa fría mirada sin ojos.

Las efigies de los santos custodiaban el altar, indiferentes al dolor. Arrodillada sobre maíz, con los brazos extendidos y un ladrillo en cada mano, Lucía rezaba por las almas de los pobladores del asentamiento. El peso de la cintura encinta le atormentaba la espalda. Frente a ella, dominando la capilla desde su propio suplicio, el Crucificado se le aparecía como una imagen especular. Si ya no era posible evitar el castigo del cielo, pensaba, tal vez pudiera ayudar a redimir a los pecadores a través del sacrificio. Por eso se había encerrado en la iglesia. No intentaba escapar de los demonios que asolaban las calles. Sabía muy bien que en cualquier momento entrarían y la arrastrarían al infierno.

El cura que venía una vez por semana desde la ciudad se los había advertido. La pobreza no era excusa para el vicio. Habían empezado como un grupo de trabajadores honestos, aceptados en el área de mantenimiento de la Fundación. Aunque humildes, sus casillas de madera y chapa se levantaban al principio limpias y ordenadas. ¿Y en qué se habían convertido ahora? En un laberinto de corrupción y pecado. Si no se volvían al Señor, les había dicho el cura, no sólo la Fundación se buscaría empleados decentes, sino que la salvación de sus almas pendería de un hilo: el fuego del infierno los estaba esperando a la vuelta de la esquina.

¡Y cuánta razón había tenido el cura!, pensaba Lucía. Hasta él, sin tener culpa ninguna, había sido clavado a la cruz que se levantaba en el techo de la casa del Señor. Luego los demonios lo degollaron con sus garras. Pero la muchacha prefería no recordar aquella imagen, ni tampoco la de sus padres desangrándose en el patio de la casilla. Estaba extenuada. Cuando comprendió que ya no podría continuar con la penitencia, soltó los ladrillos para protegerse el vientre con las manos. Cayó de bruces sobre el maíz y la oscuridad engulló su mundo.

Lucía emergió de su letargo tan fácilmente como había caído en él, pero había dejado de ser ella misma. Como la mariposa que surge de la crisálida, la niña que despertó en una cama de la enfermería de la Fundación no era la misma que se había hundido en la negrura de la inconciencia frente al altar de la capilla. Todas las alarmas sonaron al mismo tiempo. Aquellos a quienes Lucía había tomado por demonios también habían despertado. La mayoría atacó las instalaciones, mientras algunos acudían a proteger la habitación de la muchacha.

II
Oscuridad y quietud. Algo se agita de pronto en la superficie de la conciencia dormida, como las ondas producidas por una piedra en un lago de aguas tranquilas. (‘Oye nuestra súplica, Santita, danos las garras para combatir, danos la fuerza para morir con dignidad’). La letanía se vuelve un destello turbulento en la negrura.

—¿No piensas hablar conmigo, Lucía?

Al otro lado del cristal, la muchacha sostenía a su niño en brazos, con la mirada perdida. Salgado resopló, se enjugó el sudor de la frente y encendió un cigarrillo. Observó al comandante Phelps, de pie a su lado. Si el jefe de la base norteamericana de Patagonia no podía darle más datos, él no podía continuar con su trabajo.

—¿Está seguro de que la jaula de cristal impide el contacto de la chica con los modis? —preguntó Salgado—. ¿Qué clase de material utilizaron para construirla?

—No puedo darle esa información, doctor. Sólo puedo decirle que hasta ahora ha funcionado.

—Pero, ¿no es posible que este material impida también comunicarse con ella?

—No. Ya ha hablado antes con otros psicotécnicos.

—¿Otros? ¿Y qué pasó con ellos?

—No obtuvieron resultados —dijo Phelps—. Pero usted es el mejor del mundo. No lo hice venir desde México para nada. Usted debe encontrar una explicación.

“El hombre está acostumbrado a mandar”, se dijo Salgado mientras Phelps se retiraba hacia su despacho. Decidió ir a buscar un café antes de continuar.

—El gringo no tiene nada para decirle. —La voz de Lucía, que ahora lo miraba fijamente, congeló a Salgado en su asiento frente a la jaula.

III
El destello turbulento es ahora un huracán de luz. (‘Oye nuestra súplica, Santita. Encendemos estas velas para que nos protejas en nuestra hora de dolor’). La piedra-letanía ya no produce ondas en un lago mental; levanta olas brillantes que sacuden la conciencia dormida, hasta despertarla.

—Lucía —dijo Salgado intentando mostrarse tranquilo—, escucha, sé que has sufrido mucho, pero necesito saber lo que ocurrió durante el ataque al asentamiento donde vivías. ¿Cómo lograste dirigir a los modis?

—Nunca los he dirigido.

—Tal vez no puedes recordarlo. Trataré de ayudarte. Los modis escaparon de la Fundación Biotech y masacraron a los trabajadores que vivían en el asentamiento… incluso a tus padres. Sin embargo, a ti no te dañaron. Los soldados te descubrieron tras reprimir el ataque, y te llevaron a las instalaciones de la Fundación.

—Sí, lo recuerdo.

—¿Y recuerdas también que luego los modis atacaron Biotech, mientras un grupo de ellos custodiaba la habitación donde nació tu hijo? ¿Cómo puedes explicarlo? Esos modis no tenían voluntad propia.

—Es verdad que los humanos modificados, tomados individualmente, no tenían lo que usted llama voluntad —respondió Lucía—. Sin embargo, una acción colectiva es otra cosa. El asentamiento se había vuelto hostil hacia mí, debido a mi embarazo. Nadie consideró que mi padre era un abusador, ni siquiera mi madre… prefirieron creer que yo lo había seducido a él. Los modis me necesitaban y fueron a rescatarme del entorno hostil. En cuanto a la Fundación, era un entorno aún más hostil, tanto para mí como para ellos.

El psicotécnico se quedó de una pieza. Esa chica sabía demasiado, y no hablaba como una marginal de barrio de emergencia. Pero Salgado debía ocultar su sorpresa y averiguar lo que estaba ocurriendo.

—Lucía, debes ayudarme, esto es muy serio. Los E-19 enloquecieron en todas las instalaciones de la región al mismo tiempo. La Fundación tuvo que encargarse de aniquilarlos y luego debió dejar el país a causa de los daños.

La muchacha se echó a reír.

—No me diga que usted también cree eso, doctor Salgado.

“Mierda, ¿cómo sabe mi nombre?”

—Ahora le preguntaré yo algunas cosas —continuó Lucía—. Se suponía que el proyecto principal de la Fundación era la modificación de humanos orientada a la exploración del espacio. Se necesitaban diversos modelos. Algunos eran altos y delgados: debían adaptarse a la vida en estaciones orbitales o planetas de baja gravedad; otros, bajos y robustos, tendrían que ser capaces de explorar cuerpos de masa superior a la de la Tierra. ¿Cómo se explica que la Fundación los haya abandonado aquí cuando se retiró del país?

Salgado no tenía respuestas para eso.

—Yo se lo explicaré, doctor. Ese proyecto era una fachada. El negocio principal eran los modis de combate E-19, también llamados “los cieguitos”. ¿Vio usted alguna vez un Excavador-19, doctor? Parecían topos gigantescos. Y no les habían dado ojos. ¿Para qué querría ojos un guerrero que se movilizaba haciendo túneles y atacaba en la oscuridad? Sólo necesitaban las uñas excavadoras para irrumpir en la noche, por sorpresa, y acabar con los campamentos guerrilleros que se ocultan en los montes. Ahora la Fundación se ha ido a algún otro país tercermundista a probar el modelo E-20.

»Mientras tanto, los otros modis están enfermando: las condiciones de presión y gravedad les resultan excesivas o insuficientes, y han perdido el entorno artificial que necesitan para sobrevivir en nuestro planeta. Ellos sí tienen voluntad, y se han movilizado solicitando ayuda humanitaria. Pero el gobierno sólo obedece al comandante Phelps, y se dedica a reprimir las protestas… Yo los escucho, ¿sabe? Creen que soy una santa. Encienden velas y me piden que les dé “garras” para defenderse, como las de los E-19. Claro que no soy una santa, pero créame que tendrán lo que quieren, mucho más de lo que quieren.

Salgado la observó desconcertado. Ningún conocimiento científico le servía para comprender a la muchacha.

—Pero, ¿quién eres tú? Y tu hijo… él… ¿Por qué nació así? ¿Tú lo sabes, verdad?

—Él tampoco necesita ojos, doctor. Y no se preocupe por mí. Yo sólo fui un catalizador adecuado, debido al estado de angustia en el que me encontraba, y al niño que llevaba en mi vientre. Para eso me necesitaban. El niño es el foco de la nueva conciencia comunitaria de los modis.

—¿Y por qué lo confiesas ahora? Si Phelps se entera…

—Ya es tarde para que él. Los nuevos modis han derrotado a los restos del ejército argentino, y están a punto de irrumpir aquí. En unos días serán una fuerza unida y autónoma en todo el mundo… Y será mejor que los dejen en paz.

Salgado palideció. “¿Nuevos modis? ¿Derrotar un ejército? Pero ¿en qué se han convertido ahora?” Por un momento pensó en advertir a Phelps, pero luego consideró que el comandante no merecía recibir su ayuda. Nunca supo que ese último pensamiento lo había salvado.

—Ya no queda mucho tiempo, doctor —dijo Lucía, sonriendo por primera vez—. Puedo ver que usted no es una mala persona. Haría bien en irse de este lugar lo antes posible.

IV
La nueva conciencia es ahora un mar de luz que inunda la mirada del niño sin ojos, y el niño sin ojos es la luz que ilumina el mar de la nueva conciencia; un mar dispuesto a sobrevivir a cualquier costo, ansioso por tragarse a sus enemigos para ahogarlos en la oscuridad.

Autor: Claudio Biondino ©

Puede leer la entrevista que Sergio Gaut vel Hartman le realizó aquí.

 

Claudio Martín Biondino nació en Buenos Aires, Argentina, el 29 de noviembre de 1972, y actualmente vive en esa ciudad. Es antropólogo y se dedica a la investigación y la docencia en la Universidad de Buenos Aires. Está haciendo la tesis de doctorado (que espera terminar a fines de 2007) sobre el surgimiento del caudillismo en la provincia de Entre Ríos (litoral argentino), entre 1810 y 1821. Como se ve, es un tema historiográfico. Así que se puede decir que se desempeña en un espacio interdisciplinario a medio camino entre la antropología y la historia, mientras que en cuanto al enfoque teórico, se está especializando en antropología de la política.

Su irrupción en el ámbito literario se produjo hace apenas un año, en el Nº 160 de Axxón, cuando se publicó su cuento corto “Inseguridad”, al que siguieron otros cuatro en rápida sucesión. “El testigo”, uno de ellos, ha sido publicado en francés por el e-zine Infiní. Claudio es uno de los más activos integrantes del Taller 7, colaborador estrecho de Axxón y traductor de cuentos del inglés al español.

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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