LA COMPAÑIA BLANCA, de Arthur Conan Doyle

Por Mario Moreno Cortina

Confieso que leer esta novela ha cambiado de forma muy notable la idea que tenía formada sobre Arthur Conan Doyle (1859-1930). Desde hacía años lo tenía catalogado mentalmente entre esos escritores cuya producción cuenta con una o dos excelentes novelas, en las que descargaron toda su capacidad creativa, y un número variable de obras mediocres que con frecuencia no parecen haber salido de la misma pluma.

Tal es el caso de Miguel de Cervantes y el de Stephen King, por poner dos ejemplos que provienen de ámbitos literarios bien diferentes. No hablo de la inmensa mayoría de autores, que no pueden sostener un nivel calidad medio alto y continuado -hazaña que sólo parecen ser capaces de realizar un puñado de genios como Stanislav Lem o Poul Anderson– y cuya obra literaria sufre los lógicos altibajos. Hablo de esos escritores que, después de escribir una o dos novelas de gran calidad, son incapaces de hacer nada que parezca ni siquiera medianamente aceptable.

Me explicaré. Conocí a Doyle por los cuentos de Sherlock Holmes (¡sorpresa!). Como en muchos otros lectores de varias generaciones, aquellas historias sencillas calaron en mí porque siempre me atrajo el desafío intelectual que supone armar el rompecabezas de un misterio, más que los entresijos morbosos de los manuales de Medicina Forense. Hace cerca de diez años sufrí una de esas repentinas fiebres completistas que acaban con tu sentido crítico y leí todo lo disponible sobre el detective de Baker Street que pude encontrar, algo que no se debe hacer nunca, ni siquiera con los clásicos más sólidos. Porque supongo que están de acuerdo conmigo en que todos los cuentos anteriores al famoso episodio de las cataratas de Reichenbach son estupendos, que casi todos lo que vienen después son sensiblemente inferiores y algunos realmente malos y de las novelas, únicamente se salva El sabueso de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles, 1902), ya que Doyle se mostró curiosamente incapaz de dar a Holmes una novela grande y definitiva.

Tras los primeros cuentos de Holmes cayó en mis manos, en fecha tristemente tardía -porque es de esas historias que es una lástima no leer de adolescente- El mundo perdido (The Lost World, 1912), una maravillosa novela de aventuras casi paradigmática dentro del subgénero de los mundos preservados. El buen sabor de boca que me dejó casi me obligó a leer Aventuras del profesor Challenger (Laertes, 1982), un pequeño tomo que recoge varios cuentos protagonizados por el científico y que suponen un salto de calidad tan abismal que uno desearía que Challenger hubiera caído detrás de Holmes por la catarata, pero para no volver jamás. Y sin embargo, la psicosis completista pudo más que yo y aún adquirí El país de la bruma (The Land of Mists, 1026). Los que conozcan lo suficiente sobre Doyle sabrán de su querencia por las ciencias ocultas y la forma en que arruinaron su vida (como la de otros muchos millones de personas antes y después y, me temo, en el futuro). El país de la bruma es, antes que una novela, un vergonzoso panfleto espiritista de ínfima calidad que nos deja con la amarga sensación de que el bueno de Artie chocheaba.

Y ahí acabó por el momento mi relación con Doyle, al que dejé clasificado junto a otros a los que les sonó la flauta literaria.

Compré La compañía blanca (The White Company, 1891) gracias a la insistencia de un amigo de cuyo criterio he aprendido a fiarme, auque he de confesar que no inicié la lectura con las mejores perspectivas. Sin embargo, ha sido una de esas escasísimas ocasiones en que una novela me ha atrapado en el primer párrafo. Cuando la acabé, comprendí por qué Doyle la consideraba su mejor obra. “Con diferencia”, añadiría yo.

La historia se sitúa en el siglo XIV, durante la Guerra de los Cien Años. Sus protagonistas, el sajón Alleyne Edricson (metido a monje por una turbia historia familiar), los arqueros Samkin Aylward y Juan Hordle y el caballero sir Nigel Loring, atraviesan Inglaterra y Francia para encontrarse con una compañía de mercenarios a sueldo del rey inglés, cuyo nombre da título a la novela. Al igual que había hecho Cervantes en el Quijote, Doyle toma prestada la estructura episódica de las novelas de caballerías que le sirven de modelo y de la misma forma que el español, el itinerario de sus personajes atraviesa todas la capas sociales y ámbitos de la época, resultando un retrato vivo y fiel. Cómicos de la legua y caballeros andantes, falsos monjes y viejos soldados, campesinos libres y rancios nobles sajones van desfilando ante los ojos del lector, entremezclados en la narración de forma perfecta. Todo contado con esa prosa sencilla pero sonora típica del mejor Doyle, ese a quien mi ignorancia había negado el genio, pobre de mí. Episodios claramente cómicos se intercalan con aventuras típicamente guerreras y caballerescas, reservando para el final una de las escenas de batalla más emocionante y mejor descrita de las que he leído en mi vida, que mezcla elementos históricos de las batallas reales de Azincourt y Las Navas de Tolosa.

Junto a esa genuina tensión dramática de las grandes novelas de aventuras, el retrato de los personajes y el trabajo de reconstrucción histórica, La compañía blanca tiene un grandísimo acierto, y es que renuncia por completo a justificar, ablandar, modernizar o hacer mínimamente aceptables a nuestros ojos los comportamientos y mentalidades de hombres y mujeres que vivieron hace seiscientos años. Doyle retrata personajes de una época extremadamente dura, donde los débiles no sobrevivían y la brutalidad no era ajena al comportamiento de los más civilizados. Realizar ese distanciamiento mental es algo para lo que sólo los auténticos escritores están capacitados.

El lector moderno, acostumbrado a los interminables bodrios que hoy en día pasan por ser “novela histórica” hará muy bien en acercarse a esta gran obra porque van a descubrir una forma mucho más sencilla, apasionante y auténtica de escribir. Y sobre todo van a descubrir a un Doyle mucho más sólido y profundo que el que conocían hasta ahora.

© 2007 Mario Moreno Cortina

La compañía blanca, de Arthur Conan Doyle. Valdemar Ediciones. Col. Avatares número 13. Traducción de Amando Lázaro Ros. Ilustraciones de N.C. Wyeth. Madrid 2007. ISBN.97884-7702-564-1. 496 pgs, 24,00 euros.

Texto de la contraportada

La Compañía Blanca narra las peripecias y aventuras que acontecen a tres amigos: Alleyne Edricson, un joven e inexperto monje de la abadía de Beaulieu que sale por primera vez al mundo; Juan de Hordle, un gigante pícaro y esforzado, expulsado con deshonor de la misma abadía de Beaulieu; y Samkin Aylward, un diestro arquero curtido en un sinfín de batallas. Estos tres camaradas se encuentran en el camino y deciden enrolarse en la Compañía Blanca, a las órdenes de Sir Nigel Loring, caballero de armas y de honor, para guerrear en tierras españolas contra las fuerzas del rey usurpador. En este largo recorrido por Inglaterra, Francia y España, los tres amigos participarán en numerosas andanzas y aventuras, que Conan Doyle supo recrear con su maestría habitual.

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