EL JUGADOR, de Iain Banks

Por Antoni Segarra

Debo empezar reconociendo que no soy ningún entusiasta del subgénero de la ciencia ficción que ha venido conociéndose con la denominación de space opera y que tampoco había tenido ocasión de leer ninguna de las obras anteriores de Iain M. Banks.

Y siento discrepar profundamente de la afirmación que sitúa a Banks entre “el linaje de escritores (…) capaces de atrapar al lector desde la primera página”. De hecho me atrevería a afirmar que El jugador tiene dos partes muy diferenciadas. En la primera el autor, a parte de situarnos en el universo de La cultura, del que después hablaré, nos cuenta única y exclusivamente, en poco más de cien páginas, la razón por la que un famoso jugador, acepta participar, representando a una entidad conocida como Contacto que parece ser dirigente de La cultura, en un juego que tendrá lugar en un alejado lugar que le obliga a permanecer lejos de su mundo durante un período de cinco años.

Una razón que sólo se debe al chantage al que se ve sometido por una inteligencia artificial por haber aceptado su ayuda y hacer trampa en una partida que, para más INRI, tenía ganada. Muchas páginas para tan poca historia.

Sin embargo, a partir de su llegada al lugar donde debe jugar la partida, el Imperio Azad, la narración cambia radicalmente y adquiere un ritmo y un vigor que, a mi parecer, hasta aquel momento estaban ausentes.

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El jugador, de Iain M. Banks

Posiblemente calificar a Banks, como hace el comentarista de The Guardian como un autor que “marca el estándar con el que se juzga el resto de la ciencia ficción” resulte tremendamente exagerado. Lo que sucederá en El Jugador es bastante previsible. Quizás las tres principales incógnita de la novela sean, por este orden, quién ganará la última partida, que motivo tiene Contacto para participar en el juego y quién es el misterioso personaje narrador de lo que sucede. Por lo que se refiere a las dos primeras preguntas el lector, a medida que va leyendo, no puede menos que recordar El juego de Ender y sospechar que se trata de una situación idéntica o similar a la planteada por Orson Scott Card. En cuanto a la tercera tampoco le costará mucho intuir la respuesta. El propio Banks, al final del libro, en un rasgo de humor, se permite señalar que “quizá ya la hayan adivinado, ¿y quién soy yo para privarles de la satisfacción que les habrá proporcionado el averiguarlo sin la ayuda de nadie?”

A pesar de que el pretendido suspense tiene pocos grados de intensidad la novela en su segunda parte se lee con un interés creciente.

Por un lado debería sorprender que las Inteligencias Artificiales que aparecen en la novela no respondan a la imagen que de ellas se tenía hasta el momento. Digo “debería” porque parece obvio que el desfase temporal entre la fecha de la publicación original (1988) y la versión que comentamos (2007) es tan grande que lo que en aquel momento pudiera ser una novedad es actualmente de uso cotidiano. Las IA de Banks tienen sentimientos casi de niño pequeño y son extremadamente sensibles al trato que les dan los humanos, razón por la que la nave Factor limitativo acaba “confesando a Gurgeh que también había intentado dar ánimos a Flere-Imsaho (la IA) asegurándole que el humano (Gurgeh) sentía una gran respeto hacia ella y la apreciba mucho”. El aspecto sensible de los ordenadores o las IA aparecía ya anteriormente en otros lugares, recordemos por ejemplo 2001, una Odisea espacial pero en todos ellos eran considerados como “máquinas” al servicio de los humanos y no, como sucede aquí, entidades con los mismo derechos de quienes las crearon. Incluso más porque en definitiva, lo que se desprende de la novela, es que son los humanos quienes están siendo utilizados por las IA y no al revés.

Banks aprovecha su novela para describir dos tipos de sociedades contrapuestas. la Cultura, socialista, igualitaria, atea, pacífica en donde no existen prácticamente ni el delito ni las cárceles y donde todo el mundo dispone de lo que desea y el Imperio, cruel, autoritario, religioso, donde los poderosos gozan de todo tipo de placeres, incluso los que están prohibidos, y en el que los pobres están “sentados en las esquinas vendiendo baratijas, tocando instrumentos (…) o que se limitaban a mendigar”. Una descripción urbana de lo que puede verse en cualquier ciudad occidental de nuestro mundo. Un Imperio en el que las prácticas nazis son un hecho tan habitual que pueden verse instrumentos musicales fabricados con despojos humanos. Y en el que, para que tenga más valor, “el fémur de una hembra (es) extraído sin anestesia”. Aunque esto no sea impedimento para una cuidadosa legislación que lo proteja. Como dice un alto cargo “tenemos muchas reglas y tratamos de vivir según las leyes de Dios”.

Con esta leyes les es difícil comprender que la civilización que representa la Cultura no considere aberraciones punibles “la homosexualidad, el incesto, el cambio de sexo, el hermafroditismo y la alteración de las características sexuales”.

Pero, a pesar de todo ello, Banks se permite introducir algunas dudas. El narrador justifica algún acto con lo de “lo que importa es el resultado, no la forma en que se consiga”. Por esta razón no duda en mostrar a Gurgeh algunos aspectos que influirán en su comportamiento posterior para hacerle aceptar un comportamiento violento que jamás ha tenido. Después de ello Gurgeh “piensa de forma diferente a la que era habitual en él y su comportamiento se ha alterado. Es una persona distinta. Ha visto las peores salchichas que pueden salir de una picadora de carne llamada ciudad, se lo ha tomado como una especie de ofensa personal y quiere vengarse”.

Y, al final, como estaba previsto, el juego cambia totalmente de sentido “para reflejar la ética de aquella nueva Cultura militante”. Una ¿nueva? Cultura que llevará a la liquidación de un imperio que molestaba a Contacto.

Sin tratarse de una gran obra El Jugador es un libro entretenido y agradable de leer. Háganlo y no se arrepentirán.

© 2007 Antoni Segarra

El jugador, de Iain M. Banks (Player of Games; 1988). La factoría de ideas, col. Solaris Ficción nº 97. Madrid, octubre de 2007. Traducción de Albert Solé. 384 páginas, 20,95 euros. ISBN . 9788498003567

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Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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