PEQUEÑO DIOS DE LAS LIBELULAS, de Juan Antonio Fernández Madrigal


PRESENTACIÓN

Una de las cosas maravillosas que tiene un relato, una historia, un libro, es que no puede resumirse. Es decir, la experiencia de leer no es equivalente a la de su análisis y su síntesis. Un relato causa emociones y sensaciones que en la mayoría de las ocasiones no tienen siquiera expresión verbal, y además las produce a lo largo del tiempo. Nadie sabe cómo puede definirse algo así. Y eso está bien.

Ni siquiera su autor es capaz de describir exactamente de qué trata un relato (no suele ser una sóla cosa), ni explicar por qué ha resultado así (casi nadie obtiene lo que pretendió en un primer momento). De hecho, cada lector (incluido el autor) obtendrá un efecto diferente de su lectura… ¿cómo saber cuál es el efecto más común, aquel cuya descripción puede llegar e interesar a más gente? Normalmente los autores lo resuelven hablando de sí mismos, de su proceso creativo (de una parte pequeña de él, para la que existen palabras), del momento que vivían cuando lo escribieron. No es de extrañar que cuando a un autor le piden que presente una historia propia, su estado de ánimo empiece a oscilar entre la confusión por no saber qué ha pasado exactamente para que se construya ese relato y la angustia de no saber reflejar qué es exactamente eso que ha escrito.

Por todo lo dicho, espero que los lectores de BEM on Line no se molesten demasiado si me limito a hacer eso que los autores saben hacer bien: explicaré que, como en otros muchos de mis relatos, mi afán en éste era cederle toda la vida que pudiera a sus personajes, dejar que fueran mis ojos, mis dedos, mis oídos durante un tiempo, y ver qué pasaba; explicaré que disfruté muchísimo poniéndome en el pellejo de alguien como el pequeño dios de las libélulas, que disfruté todavía más viendo su extraño mundo lleno de colores y etiquetas a través de sus ojos, aunque a veces no lo comprendiera (como él mismo), explicaré que me ayudó a sentir como se siente alguien así (o sea, la pequeña parte de él que soy yo), alguien con grandes dificultades para razonar pero que es capaz de sentir el flujo del tiempo como el de un arroyo, el roce de las libélulas como música, o ver los colores como si el mundo estuviera fundamentalmente constituido sólo por ellos.

No sé qué sensaciones o emociones despertará en cada lector. Quizás éstas mismas. Pero tampoco se trata de eso, ni es sensato averiguarlo. Lo importante, si esto es una historia verdadera, es que las haya.

Juan Antonio Fernández Madrigal

pequeño dios de las libélulas

por Juan Antonio Fernández Madrigal

Ilustraciones: Pedro Belushi

 

(rojo)

El dios de las libélulas se agachó junto al borde, dejando que las ropas de rojo sucio se plegaran sobre los pulcros maderos junto a sus zapatillas desgastadas, y su pelo largo y desaliñado cayera sobre los hombros encorvados. Se entretuvo durante un rato escuchando la limpia canción del agua. Después de la larga caminata, el tiempo y su elasticidad ya habían dejado de importarle. Permitió dócilmente que cada destello relajara sus ojos, cada salto y salpicadura, su piel y su olfato. Cada flujo de cristal, su mente cansada y pequeña. Dejó que el mundo consistiera en el arroyo, y el mundo se redujo a eso.

Las libélulas aparecieron poco después. De rojo brillante e implacable, en fértil tandem que avanzaba a trompicones, dos pasos adelante, un salto atrás, tocando el agua en un punto para volver a elevarse de un brinco. Contemplar la complicada armonía del agua como fondo de la danza roja del apareamiento le hizo sentir que el tiempo no sólo desaparecía, sino que se convertía única y exactamente en todo aquello.

Dos libélulas dieron un gran salto y se posaron sobre el borde del puente, junto al joven dios. Le miraron con sus cuatro ojos múltiples. Le contaron de dónde venían, y a dónde iba el arroyo, aunque a eso él no le prestó atención. Agacharon sus alas bajo la cuidadosa caricia de sus dedos una, dos veces. Y emprendieron de nuevo el vuelo sin soltarse, haciendo escala breve en sus cabellos oscuros. El joven dios las vio desaparecer y luego continuó observando el agua un rato.

Antes de que el sol se desvaneciera, se levantó y se marchó sin siquiera mirar al gran edificio al que conducía el puente. El edificio no existía, porque no seguía los variables flujos del tiempo. Unos paseantes para los que sí existía se cruzaron en su camino sin mirarle ni dirigirle la palabra. Las destellantes vestiduras azules, limpias, también estaban fuera de su mundo. Él les ofreció un leve saludo formando el signo universal de la armonía con la mano izquierda, y sonrió. Se fue a casa. Como todos los días.

 

libelula01

A veces se preguntaba si los que trabajaban en la fábrica eran como él. Normalmente, todos se dedicaban a la tarea sin errores, eficientemente, aunque no daban especiales muestras de entender lo que les decían los jefes de grupo: los jefes hablaban y hablaban, pero él ya se había percatado de que hablaban casi todo el tiempo para ellos mismos. Alguna vez había intentado evitarles la sensación de soledad que les podía producir el sentirse incomprendidos por la mayor parte de la gente que les rodeaba: les había dibujado con signos en el aire preguntas sobre cómo les iba, a ellos y a sus familias, qué esperaban comer aquel día, o a qué hora volverían a ver a sus hijos, si los tenían. Para él eran libélulas grandes a quienes no se les podía acariciar las alas, pero sí los pensamientos. Algunos no le respondían y se volvían extrañados, quizás por la falta de costumbre, y otros le ignoraban, también debido a lo mismo. Seguramente.

Los jefes de grupo vestían de verde intenso. Por lo común, sus ropas estaban más limpias que las de los insertores, aunque desde luego, eran menos intensamente verdes que intenso era el naranja de los capataces, o el morado de los jefes de fábrica. O el azul de los visitantes. Los jefes de grupo no eran todos felices, y eso le consternaba, puesto que al dios de las libélulas no se le había concedido poder para cambiar aquello y además era la mayor parte de su tiempo feliz. No era justo para ellos.

Pero él era sólo un pequeño dios y no había establecido todas las normas.

Cuando pensamientos perturbadores como aquellos acudían a su mente, se dedicaba con todo su ser a insertar las piezas de filtroabsorción en los bordes de los parabrisas, una detrás de otra, concentrándose en el lugar perfecto que debían ocupar. Con los leves y perfectos chasquidos de los mecanismos los pensamientos se desvanecían lentamente.

(verde)

Un día un jefe de grupo vino con el uniforme muy sucio. Él fue el primero en verlo entrar, puesto que era uno de los pocos que no reaccionaban mal ante sus inesperados intentos de conversación. Le conocía muy bien. Era afable y hablaba suavemente; usaba mucho sus manos, y eso hacía que se sintiera a gusto. Era importante para un dios sentirse a gusto entre los hombres, porque eso suavizaba el corazón. Este jefe de grupo se llamaba Dav. Hasta su nombre era suave.

Pero aquel día, Dav no parecía Dav. El tiempo se había roto dentro de él, o las alas de su libélula interior se habían quebrado, porque su rostro estaba caído y flojo, su uniforme manchado y descuidadamente puesto, y sus ojos no brillaban. Hasta los ojos de las libélulas brillaban, así que los de un jefe de grupo deberían haber brillado mucho más.

Dav se le acercó entre la puesta de un filtro y el siguiente, deteniéndose junto a él. Miró a sus compañeros de trabajo, lo cual desconcertó aún más al pequeño dios, y en un instante en el que ninguno les observaba, le habló.

-Tú no deberías estar aquí. Lo tengo todo listo, si me entiendes -le dijo.

El dios de las libélulas sólo intentaba atrapar algo de brillo en sus ojos, quizás cerca de los lagrimales, donde había creído vislumbrar unos diminutos destellos, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Cuando se percató de las palabras, notó con claridad cómo la repentina actitud del hombre estaba dirigida a arrastrarle fuera de su propio flujo de tiempo, a un remolino seco y extraño, y también notó que no tenía fuerza suficiente para resistirse por completo. Se sintió, momento a momento, mientras los sonidos de la voz de Dav reverberaban en su cabeza, cada vez más fuera de su suave flujo y más dentro de las cascadas del de él.

Dav se frotó las manos (que también estaban sucias) en el peto verde, y hurgó entre sus bolsillos. Le dio dos pequeñas cápsulas redondeadas y le volvió a hablar.

-De todas formas, si te sientes mal, muy mal… Ya sabes.

Pero el dios de las libélulas no sabía. Se sentía mal, muy mal, en aquel momento, pero no sabía si por aquello a lo que se refería Dav o porque algo procedente del sucio peto verde le arrancaba de su propia vida tirando de él con garras y colmillos invisibles. Se sentía mal, muy mal, porque Dav ya no era Dav y lo que fuera que estuviera dentro de él y le dijera esas cosas era el culpable de que el verdadero Dav no estuviera allí, y creía que también era aquello lo que usaba sus colmillos invisibles para desgarrarle a él del flujo del tiempo. Se sentía mal, muy mal, porque no entendía en realidad nada de todo aquello, porque era sólo un dios pequeño.

No pudo evitarlo. Cayó al suelo de rodillas, a los pies de el-hombre-que-ya-no-era-Dav, y sollozó. Tras unos instantes, los pies de Dav se alejaron. Oyó voces y ruidos, y vio, aunque con dificultad dada la distancia, que otros se llevaban a Dav de allí. Se acercó. Apartó con tremeda delicadeza a los demás. Escuchó que acusaban al jefe de grupo de hacer daño a personas de otros colores, y de robar, y de otras cosas terribles, pero no supo si lo entendió bien entre tanto jaleo o fue su imaginación que mezclaba las torpes palabras de los hombres. Cuando pasó un rato y se sintió más cerca de él mismo de nuevo, y las voces y el arrastrar de pies desaparecieron de la fábrica, se dio cuenta de que sus sollozos no producían lágrimas de alegría, aunque no entendía de qué podían ser unas lágrimas si no.

Se dedicó a poner piezas de filtroabsorción con gran esfuerzo.

 

 

Un tiempo indeterminado después, aunque largo (el tiempo era caprichosamente elástico y nunca era posible delimitarlo correctamente), se hallaba sentado en el borde del puente, como de costumbre, esperando a sus libélulas. Dejaba que el rumor del agua hiciera discurrir los acontecimientos calmos de todos los días. Sus cabellos oscuros y sueltos (en la fábrica no los podía dejar libres) oscilaban bajo los cariñosos impulsos de la suave brisa.

Una mano regordeta se apoyó en su hombro, tan cálida y blandamente que la dejó hacer sin volverse a mirar.

-Aún sigues contento siendo rojo -dijo una voz.

No miró hacia arriba, al lugar de donde provenía la voz, puesto que en un principio la voz tampoco interrumpía la pequeña existencia de aquellas bellas cosas. Pero luego una chispa de curiosidad le hizo levantar la cabeza. Era Dav.

Sus ojos brillaban. Su peto estaba limpio. Sus manos también, y su voz no estaba rota ni deshilachada. Le sonrió.

-¿Qué tal estás? -le preguntó Dav.

Le hizo a Dav el signo del asentimiento. El hombretón se acuclilló junto a él. No dejaba de mirarle.

-Háblame -le dijo.

El dios de las libélulas se dio cuenta al mirarle más detenidamente de que Dav formaba una mancha oscura, no verde, contra las maderas del puente. Sus ropas habían cambiado. Permaneció unos instantes absorto en ellas, le costaba asimilar el nuevo color.

Eran negras.

Dav ya no era verde. Dav no era nada ahora, había perdido sus colores. Ahogó un gemido. Breve, porque todo lo demás estaba correctamente. El Dav de siempre, el calor de siempre, la mirada húmeda de siempre. Pero las ropas, negras.

-Eso es. Háblame -insistió Dav.

-Neg… neg. Ro.

Dav iluminó entonces su rostro como pocas veces. Eso hizo sonreír empáticamente al dios de las libélulas, casi por instinto, lo que rebajó su angustia. Era un dios pequeño, necesitaba el calor de los hombres. Necesitaba el calor de las sonrisas, las palabras y las miradas.

-Me gustaría que vinieras conmigo, hijo -dijo Dav.

Se levantaron sonriendo. El flujo del tiempo se recuperaba perezoso, pero agradablemente. El rumor del agua volvía a sentirse. El no-color de Dav quizás no era importante, aunque nunca antes había visto a alguien así.

-Estás lleno de libélulas -rió Dav mientras le cogía del brazo y le llevaba al edificio. Multitud de aleteos zumbaron en sus oídos alejándose hacia el río.

 

 

Las personas entraban y salían del amplio recibidor del edificio en un flujo suave, calmado, pero constante. El dios de las libélulas les miraba absorto, pues nunca antes había tenido la oportunidad de contemplar tal concentración de colores verdes, naranjas, morados y azules. Dav se había sentado junto a él en el largo banco. Una gran imagen decoraba la pared a su espalda mostrando una pareja vestida de azul intenso, sonrientes, abrazados. Las personas que entraban en el edificio no iban tan felices, aunque sí solían ir en pareja. Las mujeres llevaban holgados vestidos que caían sobre abultados vientres. Caminaban despacio y algo torpes. Los hombres que las acompañaban parecían ayudarles.
-Q… Q… ué. Hac. Hacen -dijo con dificultad.

-Normalizan a sus hijos.

No pudo entender la respuesta de Dav. Continuó observando a la gente, la similitud en sus formas, en sus gestos. En los colores de sus ropas. Se miró a sí mismo y pellizcó el mono rojo avejentado que vestía, y luego miró el negro absorbente de Dav, tan extraño a todo, que casi excluía a quien lo llevaba de cualquier tiempo y lugar. Y luego miró de nuevo a las personas. Verdes. Naranjas. Morados. Azules.

-¿Tienen hij..j..j..jos en sus vientres? -le preguntó a Dav señalando a una de las mujeres verdes. Dav le observó como si estuviera pensando en cualquier otra cosa, o como si no supiera qué responder. Le extrañó, porque Dav sabía más cosas que él acerca de los hombres. A fin de cuentas, él era uno de ellos.

Se palpó su propio vientre liso. Su mano sólo notó los músculos duros y las costillas, cerca de la superficie, y algún movimiento de queja de su estómago, pero ningún abultamiento, ni se imaginó que pudiera haberlo alguna vez.

-Yo… no tendr… tendré hij… hijos -dijo.

-No -contestó Dav, algo brusco.

Claro, los dioses no podemos hacer hijos como los hombres, pensó él, mientras Dav seguía hablando.

-Mira qué ordenadamente van, qué pulcra y eficientemente les atienden -Dav volvió a mirarle con su nueva expresión indescifrable-. Piensa un momento: toma dos colores verdes, o azules, o dos naranjas, o dos morados. Dos amarillos. Dos blancos. Los que quieras.

-¡Amarillo!

El dios de las libélulas se sorprendió del volumen de su propia exclamación. La única pareja vestida de amarillo que había entrado en el recibidor se volvió pero pronto siguieron su camino. Él no pudo evitar llevarse la mano a la boca en un inútil intento de retroceder por el flexible flujo del tiempo y eliminar esa reacción incontrolada de su cuerpo. Se puso nervioso y sudó frío.

-Sí, amarillos -le dijo Dav; pero no había intento alguno de tranquilizarle en la afirmación, sino que continuaba su discurso-: ¿Qué obtienes si mezclas amarillo con amarillo? ¿Azul con azul? ¿Naranja con naranja?. Amarillo y amarillo sólo pueden dar amarillo. Azul con azul, azul. Eso es lo que debería suceder. Ese es el deber del buen ciudadano. Pero muchas veces amarillo con amarillo da naranja. O azul. O rojo…

-Rojo. Yo rojo.

-A ti no te parieron, amigo.

El dios de las libélulas miró a Dav sorprendido por su contundencia, y luego asintió vehementemente.

-No me parieron. Claro.

-No. Porque cuando dos colores iguales dan otro distinto, se cambia el resultado. Los dibujantes de genes usan sus pinceles y colorean de nuevo el dibujo. Nadie tiene hijos mejores que uno. Nadie tiene hijos peores. Nadie tiene hijos diferentes.

-No me parieron.

-No. Los rojos se hacen, no se paren. Por eso no te entiendo, chico. ¿Aún no te has dado cuenta? ¿Quién se equivocó contigo? ¿Por qué no cambias esto? -sus dedos regordetes le pellizcaron el gastado mono de trabajo.

Después de esas palabras guardaron silencio durante mucho rato. El dios de las libélulas apenas entendía lo que le había dicho Dav. Había hablado de colores y de hijos (¿cómo podía mezclar hijos y colores, padres y dibujantes?), y luego había hecho como que le regañaba, aunque él sabía que en realidad no le regañaba, sino que actuaba así porque se sentía frustrado al no entenderle. Pero eso era normal: él era un dios. Los hombres no podían entender a los dioses. Ni siquiera a los pequeños.

Las personas continuaron desfilando como libélulas de colores revoloteando sobre el suelo brillante, casi cristalino. Finalmente Dav se levantó y salió del edificio, así que él le siguió. Se lo encontró en el puente, apoyado sobre el antepecho. Se acercó y se acuclilló junto a él. Quizás vería a alguna de sus verdaderas libélulas hoy, a pesar de que hacía ya bastante calor.

Dav se agachó y le metió la mano en uno de los bolsillos rojos, sacando las dos pequeñas cápsulas que hacía tiempo que había olvidado que estaban allí.

-Creo que no tienes coraje para esto.

Luego se alejó. El dios le siguió. En cualquier caso ya no iban a venir libélulas al rumor del agua.

 

 

Pudo entrar en el apartamento de la colmena verde-nueve porque iba con Dav y Dav no se había preocupado de cerrar la puerta detrás de él. Él sí que la cerró, por si entraba frío. Luego se quedó quieto junto a ella admirando la habitación. Era grande, más que la que él tenía, pero lo que más le maravilló fue el tono verde suave que lo inundaba todo. Estaba tan acostumbrado al rojo…

Dav se dejó caer en la cama y le dio la espalda. Estuvo un largo rato en silencio. Un largo rato sin palabras que habitaran la gran estancia verde. Luego:

-¿Aún estás ahí?

Cuando Dav se volvió y le preguntó aquello después de todo ese tiempo, él continuaba de pie, junto a la puerta. Le miraba y se sentía mal, pero no sabía muy bien por qué. A pesar de haber intentado dilucidarlo desde que entró en la habitación, no había llegado a ninguna conclusión. Dav estaba mal, y quizás eso le estaba afectando por empatía. Quizás.

-Oye -el cuerpo de Dav respiró más fuerte, levantando el hombro hasta casi tapar su rostro gris- ¿Quieres traerme agua?

El dios de las libélulas se alegró. Buscó con la mirada por todas las paredes, hasta que dio con lo que le pareció un servidomo. Se acercó no sin tropezar con uno de los pies de la cama, vertió líquido transparente en un vaso de plástico verde translúcido, y se lo llevó a Dav sintiéndose por primera vez en ese día útil, y por tanto, dichoso.

Dav se bebió el agua tragándola ruidosamente, como si contuviera algo sólido; le miró sin parpadear y luego se volvió de nuevo y sumergió su cuerpo negro fuera del tiempo por segunda vez.

-…no merece la pena ayudarte… -le oyó decir en voz muy baja y temblorosa- … Tienes razón… no hay colores…

 

 

Pasaron varias horas y el dios de las libélulas sintió que el sol se escondía y la atmósfera se enfriaba en el exterior. Dav continuaba tumbado. Él se tendría que ir a su colmena rojo-veinte pronto, ya que tenía que descansar para el trabajo del día siguiente. Se acercó a la cama y puso una mano sobre el hombro de Dav suavemente, como cuando las libélulas se posan en las ramas livianas de las hierbas acuáticas. Dav no respondió a su calor. Le movió un poco, a pesar de que era mucho más corpulento que él y difícil de desplazar. Pero Dav tampoco respondió a esa agitación. Le empujó algo más fuerte, ayudándose de las dos manos, y Dav rodó hasta quedar boca arriba, los ojos cerrados, los miembros extrañamente rígidos. Y estaba frío.

El dios de las libélulas lo zarandeó de nuevo, lo intentó levantar, le abrió los párpados inertes y hasta le habló al oído, pero sus torpes palabras y movimientos no le hicieron despertar. El cuerpo de Dav continuaba inmóvil absorbiendo aún más que antes todos los colores y el calor de la habitación.

Finalmente se dispuso a marcharse. Tenía que descansar y no servía de nada hacerle compañía a Dav si estaba tan profundamente dormido. Intentó recordar el camino que había de tomar para regresar a su casa. No se había alejado nunca tanto de su colmena, así que le costaba mucho reconstruir sus pasos mentalmente. Cuando se acercó a la puerta de la habitación verde para salir, su concentración fue interrumpida por un hueco abierto en la pared. Se dio cuenta de que era un compartimento que no debería estar allí: la puerta oculta estaba despolarizada y dejaba ver a su través algunas de las ropas que Dav guardaba. Le extrañó que no todas fueran verdes (ni negras), sino que también hubiera de otros colores: naranjas, moradas, azules, amarillas, blancas. Decidió que quizás vendría en otra ocasión y le pediría permiso para probárselas. Le gustaban los colores, al igual que le gustaba el arcoiris después de llover. Y parecían de su talla.

-Bueno, es hora de regresar a casa -dijo en voz baja para no despertar a Dav y al mismo tiempo no ser tan maleducado como para no despedirse. Volvió a polarizar el escondite de la pared y se alejó de la colmena verde-nueve dejándose llevar hasta encontrar de nuevo el lento y seguro fluir del tiempo. Había descuidado mucho al viejo señor tiempo durante aquel agitado día.

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(naranja)

Al día siguiente, después del trabajo, fue a visitar a sus libélulas como de costumbre, y luego recorrió el mismo camino del día anterior hacia la colmena verde-nueve. Quería saber de Dav, a quien no había visto aquel día en la fábrica, y de quien tampoco había oído ningún comentario. Tampoco había recibido ninguna respuesta cuando había preguntado utilizando los signos universales de “amigo” y “mal” a los capataces y jefes de grupo. Le ignoraban o se molestaban, como hacían habitualmente. Aunque normalmente esas actitudes no le hacían sentirse mal, ese día sí le dolieron un poco.

A cierta distancia antes de llegar a la colmena verde, interrumpió sus pensamientos al ver a unas personas vestidas de naranja salir del apartamento de Dav cargando aparatosamente con un bulto. Cuando los distinguió mejor se dio cuenta de que el bulto era el propio Dav, aún vestido de negro, e inmóvil y rígido como la noche anterior, y se apresuró, aunque supo que estaba demasiado lejos. Incluso si volara, como una libélula, no podría alcanzarles.

En efecto, cuando entró por las puertas principales de la colmena, los hombres naranja se marchaban ya en un transporte. Dudó unos momentos, pero ya que estaba allí decidió quedarse en la habitación de Dav un rato para que sus pies descansaran.

La habitación estaba descuidadamente abierta, y vacía. Todo como lo había dejado la noche anterior, salvo Dav. Se tumbó en la cama y dejó que sus piernas se relajaran. Agitó los dedos de los pies e inspiró y espiró unas cuantas veces. Luego se aburrió y deambuló unos instantes, pero tanto vacío le desconcertaba y le desgarraba del fluir normal del tiempo. Así que finalmente decidió abandonar el lugar y regresar a casa.

Antes de marcharse, sin embargo, volvió al escondite oculto en la pared. Estaba polarizado, tal y como él lo había dejado, así que le costó un poco encontrarlo. Las prendas de distintos colores aún seguían allí. Las miró un rato, dejándose llevar por el arcoiris de tela irrompible hacia algún mundo onírico y extravagante. Tomó con delicadeza una de cada color, pensando que a Dav no le importaría que él se las probara un poco en casa, y luego se fue. Estaba algo más animado, aunque la sensación de vacío no le abandonaba del todo.

Aquella noche se probó el uniforme naranja. Le sentaba muy bien. Sin embargo los cabellos largos desentonaban con la prenda. Buscó unas tijeras. Se los cortó, primero bastante desiguales, y luego, con más práctica, consiguió acercar más el corte al cráneo sin hacerse daño. Su aspecto cambió radicalmente, apenas reconoció a quien lo miraba desde el otro lado del espejo. Cambió aún más cuando decidió afeitarse, cosa que no hacía habitualmente. Le gustó su aspecto así.

Estaba tan cómodo en el uniforme naranja que al día siguiente se le había olvidado que lo llevaba y fue a trabajar con él puesto.

Lo que le sucedió fue lo más extraño que había vivido durante su corta vida de dios pequeño de las libélulas, y en realidad no supo asimilarlo fácilmente hasta que no pasó algún tiempo. Sintió durante todo el rato la presencia del azar detrás de todo, como un murmullo algo molesto, como quejas del tiempo porque algo lo hubiera revuelto sin su consentimiento. Sorprendentemente, pudo adaptarse sin demasiado esfuerzo una vez que sintió el flujo calmarse y el murmullo casi desaparecer.

Fue luego cuando supo que el uniforme naranja era el que había provocado todo eso. Los hombres de la fábrica se portaban de manera distinta con él, y le encomendaban trabajos que nunca antes había hecho, aunque no le resultaba difícil acostumbrarse. Le hablaban y él les respondía lo mejor que sabía. Parecían tratarle como si fuera un extraño en su primer día de trabajo, aunque con mayor amabilidad que cuando vestía de rojo. Entró por puertas distintas de las habituales, y le llevaron a otros habitáculos. Con el uniforme naranja se sentía por tanto mucho más cerca de los hombres, como si descubriera una de las facetas que éstos ocultaban a los dioses y pudiera así comprenderles mejor. Además, con el uniforme naranja podía hablar más fácilmente.

-Naranja.

Repitió esa palabra para sí mismo y para sus libélulas, sin cortes de sonido, de manera perfectamente modulada, una y otra vez, y sintió que eso le daba poder sobre el color.

A medida que los días pasaban y se acostumbraba a su nuevo papel en la fábrica, se dio cuenta de que el uniforme naranja también poseía poder sobre los uniformes rojos y verdes.

-Rojo. Verde. Naranja.

Tardó poquísimo tiempo en hablar correctamente con todas las palabras que había oído durante su anterior vida junto a las personas. Ninguno de sus antiguos compañeros rojos había hecho nunca nada parecido, esto es, hablar. Quizás el uniforme naranja también tenía poder sobre las palabras y la lengua.

El extraño mundo de los hombres se estaba abriendo para él como las alas de una libélula, y se mostraba cada vez más parecido a, y sin embargo, de alguna extraña manera, más distinto de, el mundo de los dioses.

(morado)

Los años que pasaron con el uniforme naranja transcurrieron tan rápidos para él que luego apenas los recordaba. Un día se consideró suficientemente preparado para probarse el uniforme morado. Habían cambiado tantas cosas que ese color le llevó a otra ciudad, porque ya había pasado mucho tiempo entre los hombres que no vestían de rojo y ya comprendía ciertas cosas. Había crecido mucho, por dentro, y sus pensamientos rara vez encontraban ya el sendero del tiempo. Entre lo que había aprendido había cosas buenas, pero también otras que nunca sospechó que podían existir y que descubrió y soportó con todo el aplomo que pudo. Como el miedo. Había vivido demasiado intensamente durante esos años como para atreverse a perder todos los colores por vestir cualquiera de ellos descuidadamente, el tiempo insuficiente, o en el orden incorrecto.

Así que estuvo varios años más de su vida con el uniforme morado.

(azul)

No se probó el uniforme azul hasta que cambió de país. Los controles entre países no eran comunes, puesto que ya se ejercían suficientes al nacer. Pero no quiso arriesgarse.

Paseó por las calles de su nueva patria obligando a sus pies a moverse a contracorriente. Ahora que comprendía mejor el devaneo de las ciudades, los pensamientos de las gentes, tenía más miedo. A hacerles daño, a ponerles en el difícil aprieto de enfrentarse a alguien distinto de ellos. No quería causarles dolor. Y no quería perder sus colores. Si le descubrían, podrían quitárselos y dejarlo negro. Como Dav. Y luego volver a hacerle rojo, como seguramente habían querido hacerle a Dav. Aquel nombre propio apenas le traía más sabor que el de una pérdida lejana, pero le causaba cada vez un temor más irracional. Se había convertido en el monstruo que le miraba desde su vida anterior, haciéndole señas para que regresara. Su figura ya informe le angustiaba terriblemente, porque le recordaba que no pertenecía al mundo al que había llegado.

Sin embargo, a pesar de sus temores, el uniforme azul le hizo pasar completamente desapercibido en el nuevo lugar. Ya no era un capataz de fábrica, sino un ciudadano medio, con un rango de posibles oficios determinado por sus genes en un abanico tan amplio que era prácticamente equivalente a no tener ninguna profesión concreta. Se tenía que acostumbrar a esa libertad, aunque si había conseguido hacerse al mundo al que le abrió el uniforme naranja hacía tanto tiempo, no esperaba mayores problemas con el nuevo color.

(amarillo)

Vivía en un mundo de hombres. Los hombres se controlaban a sí mismos y a todo lo demás para poder sobrevivir. Los hombres sólo se preocupaban por sobrevivir y controlar, ya que no eran dioses. Pero él se sentía muy humano ya, y muy satisfecho de haber conseguido tal identidad.

Comprendía las razones de los colores. Sabía que la sociedad de los hombres necesitaba a un determinado número de personas para realizar ciertas labores que mantenían a otro cierto número de personas, que a su vez mantenían a otro cierto número de personas, y así hasta estrecharse todo en la cúspide de la pirámide, el blanco. Los dibujantes de genes se ocupaban de que hubiera el número adecuado de personas de cada color. También debían impedir, sobre todo, que los colores se degradaran procreando hijos de un color inferior, ya que los colores inferiores tenían las facultades mermadas, y por tanto, no podían vivir una existencia tan feliz como la de los colores superiores. Tampoco debían permitir que los colores inferiores engendraran colores superiores puesto que la calidad del resultado nunca era totalmente satisfactoria con padres genéticamente no perfectos.

Los rojos eran incubados en vientres artificiales porque las demandas de mercado variaban tanto y su número había de ser tan amplio para sustentar toda la pirámide, que controlar el sistema confiando únicamente en la planificación familiar automática y los dibujantes de genes hubiera sido el suicidio de la sociedad humana y del sistema del bienestar. Así que los rojos no podían tener hijos, sino que eran los Monopolios los que solicitaban su creación bajo demanda.

Normalmente los rojos no hablaban, y pensaban poco y lentamente, puesto que no les hacía falta para desarrollar sus trabajos. No era un problema: los verdes, por ejemplo, no tenían sentido de la individualidad. Los morados no tenían empatía. Los azules no tenían iniciativa. Cada color se adaptaba perfectamente, amorosamente, al plan global.

Los amarillos no tenían creatividad. Los amarillos dibujaban genes.

Aún no sabía nada de los blancos. A su ya respetable edad no había conocido a ninguno.

Un error en el sistema normalmente no se propagaba demasiado. Había fallos en el trabajo de los dibujantes de genes, y o bien eran erradicados antes de la concepción, o bien eran cambiados de color en el momento de su detección. La mayoría de los fallos genéticos implicaban un descenso en la jerarquía social hasta que el individuo encontrara un entorno más cómodo para sus capacidades.

Sólo un pequeño porcentaje de errores eran casos irresolubles. Psicológicamente, no estaban preparados para una readaptación y caían fácilmente en actitudes delictivas. En muchos casos, merecían un castigo ejemplar antes que una simple eliminación. A ellos se les despojaba de todo color antes de hacerles descender en la escala. Ese duro escarmiento era aplicado en muy raras ocasiones, ya que las capacidades de un individuo no debían superar nunca las de su estrato social. En casos extremos, podía conducir a la locura.

Realmente, él llegó a creer en todo esto cuando vistió por primera vez el uniforme amarillo, y aún durante mucho tiempo después, mientras las canas comenzaban a poblar sus cabellos oscuros. Durante esa época se olvidó por completo del ser que había sido cuando vestía otros colores.

(blanco)

El anciano vestido de blanco se acercó al puente de madera apoyado en su bastón. Tembloroso, hizo un leve gesto a los que le rodeaban, casi imperceptible, para que no interfirieran. Se situó en el centro del entarimado, junto al borde, y se sentó.

Las libélulas se hicieron de rogar. Llegaron primero las rojas, y luego hubo otras de más colores, todos vivos y brillantes como recién pintados. Saltaron y jugaron entre sus cabellos níveos, y bebieron agua del arroyo despreocupadamente, como si no hubiera nadie especial allí observándolas.

El anciano estuvo así un rato. Parecía concentrarse en algo muy profundo dentro de sí, pero también dejaba entrever a través de las arrugas del rostro y del cansancio de los ojos que no era capaz de llegar a capturar completamente los pensamientos, quizás recuerdos, que perseguía.

Cuando el sol ascendió un poco más e iluminó con mayor claridad entre el ramaje de los ya muy antiguos árboles, algunas lágrimas iluminaron la piel reseca del anciano.

-Dav… -murmuró, temblando, como quien asusta a un demonio.

Se levantó y se dirigió de nuevo hacia el transporte blindado. Antes de que la puerta se cerrara recordó durante un instante a aquel otro muchacho vestido de rojo que se había sentado cada día en el borde del puente a esperar a las libélulas, sin saber si él mismo había sido aquel muchacho alguna vez. Imaginó pensamientos simples y puros que anidaban en la mente de aquel muchacho, y vio cómo cambiaban a medida que el muchacho crecía y encontraba su verdadero puesto en el mundo de los hombres. Creyó inventarse cómo escalaba cada peldaño merced a los caprichos del azar, a su propia iniciativa y a la inestimable locura de un ser medio mentor, medio enemigo, llamdo Dav. Cómo cada vez el muchacho era más humano y cómo finalmente fue tan humano que se situó en la misma puerta de la muerte.

En ese momento, una chispa prendió de nuevo en su interior un fuego limpio y claro que hacía muchísimo que no le calentaba las entrañas. El segundo gran cambio de su vida sucedió en ese instante. Sonrió.

(cristal)

Cuentan las leyendas, queridos niños, que uno de los Ancianos Blancos iba en su transporte cuando los dioses lo llamaron a su Reino, aquella ciudadela de cristal que flota encima del arcoiris y que no tiene color porque está por encima de todos los colores, y que es transparente y pura como el deseo de un niño bueno.

Cuentan que el Anciano había nacido ignorante de la sabiduría que iba a alcanzar, perdido y solo entre los demás hombres, pero que los Colores Bendecidos le guiaron en el camino por su larga vida, mostrándole en su sagrado orden y aspecto todas las perlas del conocimiento.

Cuentan que, tras una larga existencia, cuando ya había acumulado todo el saber de que era capaz, y justamente antes de morir, el hombre reconoció quién era en realidad, al vislumbrar durante un segundo un destello de cristalina belleza.

Cuentan que el Anciano era en realidad la encarnación de un dios, que había nacido para conocer la insólita perfección que la humanidad había alcanzado en su Reino Bajo el Arcoiris, y que sólo cuando comprendió aquello quedó su espíritu libre para regresar a su verdadero mundo en las alturas.

Cuentan que si el dios se hubiera encarnado en un ser aún más inferior que un humano, en los Reinos que no disfrutan de los Colores Bendecidos, habría muerto sin conocer su procedencia.

Ah… La leyenda también cuenta que en el momento en que el cuerpo del Anciano murió, su carne y sus huesos, sus cabellos y sus fluidos, se transformaron en un enjambre de libélulas que repartieron dicha y felicidad por todos los colores de los hombres del Reino Bajo el Arcoiris, antes de marchar todas de nuevo hacia la ciudadela de cristal desde la que emana el Arroyo del Tiempo.

 

© 2007 Juan Antonio Fernández Madrigal por el texto.
© 2007 Pedro Belushi, por las ilustraciones.

 

Foto de  Juan Antonio Fernández Madrigal Juan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, y, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado abundantes relatos, su reciente producción recopilada en Magnífica víbora de las formas (AJEC) y las novelas Ciclo de Sueños (colección Espiral) y Umma (Parnaso). Hasta el momento, ha publicado, entre otros lugares, en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM, Vórtice y BEM on line. Su faceta de ilustrador es mucho menos conocida y en nuestro portal pueden ustedes disfrutar de algunas muestras de ella. Y coincidirán con nosotros en que no tiene nada que envidiar a la de escritor.

 

Foto de Pedro Belushi Pedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio (Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties (Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).
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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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