“CONVENDRAS CONMIGO QUE TIENE UNA HISTORIA POTENTE DETRAS”, por J.C. Planells

En un breve espacio de tiempo, me he encontrado con dos hechos coincidentes en cierta manera. El primero no me afectaba personalmente. El segundo sí.

El primero es un artículo aparecido en la web El sitio de ciencia ficción (1), firmado por Francisco Suñer Iglesias, acerca de la baja calidad en la participación en el último premio de relato Domingo Santos. Como ya aparecía en algunas noticias al divulgar el fallo del jurado, el premio ha recaído no en el mejor relato, como suele ser de esperar en cualquier premio literario, sino en el menos malo. El autor del artículo, que ha resultado ser uno de los miembros del jurado, reflexiona sobre lo lamentable de este hecho, a la par que confecciona un pequeña guía de consejos para escritores noveles que deseen presentarse a concursos, guía que he leído un poco por encima, más por curiosidad que por otra cosa, porque aparte de no presentarme a concursos, confieso no creer demasiado en estos consejos, aunque reconozco que al llevar escribiendo desde que tenía 8 años, a estas alturas uno ha adquirido “oficio”, si no otra cosa. Pero, en fin, los consejos que se dan en el artículo mencionado me parecen útiles igualmente para escritores en ciernes, no sólo para participantes en concursos literarios, y, sobre todo, para quienes quieran aprender a escribir bien y deseen ir mejorando en sus trabajos. Otra cosa, naturalmente, es que lean dichos consejos, se los tomen en serio y los pongan en práctica. Dudo que eso ocurra (llámenme desconfiado). Los escritores, y no sólo los noveles, son bastante creídos de sí mismos, excesivamente orgullosos en su mayoría, y no admiten consejos ni rectificaciones. Lo escrito va a misa, y basta. Dudo que de esta manera se aprenda gran cosa, la verdad. No creo que en los famosos “talleres literarios” –que no me merecen demasiada credibilidad, lo confieso– los alumnos se pongan a discutir con el escritor-profesor de turno porque no les gustan sus consejos u orientaciones: allí se va a aprender (o de lo contrario, ¿para qué molestarse en acudir?), y se supone que se atiende con cierto interés al menos a lo que recomiende el enseñante de turno. Pero en cuanto a consejos más o menos particulares… ah, esa es otra cuestión.

El segundo hecho, que sí me ha afectado –y cómo– personalmente, ha sido el haberme visto prácticamente obligado quieras que no a leer la primera novela de ciencia ficción de un escritor y director de revistas, autor de algunos libros publicados de no ficción, de notable interés, y que hace un año más o menos empezó a hablarme de una novela de ciencia ficción que iba a escribir, mucho me temo que con la intención de que la leyera previamente a su publicación. Llámenme malpensado o desconfiado de nuevo, pero por los informes que hace más de una década y media me dieron de ese individuo varias personas que le trataron, lo que menos me apetecía era tener una relación con él ni siquiera epistolar (o sea, de correo electrónico, porque hoy el correo normal pues más bien no). Finalmente, me he encontrado con el manuscrito (copia de impresora) en casa para leerlo (y aunque no se me dijo, lo más deprisa posible), sin ni siquiera preguntar si lo quería leer, si tenía tiempo, si me apetecía, etc., etc. Toma y lee, simplemente. La novela, vale decirlo, se presenta –contra mi consejo previo a su lectura– a un premio literario.

Uno gusta de ayudar a quienes empiezan o a quienes hacen un trabajo literario, aun temiendo que no lo van a agradecer. Lo he hecho alguna vez, y en alguna que otra ocasión ha sido de motu propio, porque me ha dado la gana hacerlo, porque me simpatizaba la persona que había hecho tal o cual trabajo literario y deseaba echarle una manita desinteresada. Hay testigos y documentos escritos al respecto, o sea… Pero aun así, nunca me ha gustado ni aconsejar ni asesorar ni nada parecido sobre el trabajo literario inédito de otro. Es tarea que se prevé ingrata, que puede acabar siendo mal acogida y que puede conducir a situaciones enojosas y molestas; ya no digamos si uno ha sido obligado a hacerla, como en este caso. La calidad literaria de la novela que me envió esa persona estaba por debajo de lo nulo, y eso imposibilitaba su lectura y su entendimiento. Leerla era una pelea constante con un texto mal redactado, lleno de erratas y con un castellano que debía definirse como “asesinado”. Cuando, a los pocos capítulos, ya le avisé de ello, me dijo que sí, que ya, que estaba en ello y que sin duda el texto debía mejorarse, pero que convendría con él en que había una historia potente detrás.

Hombre, no fastidiemos. Primer precepto del escritor: No te envanezcas. No presumas de tu trabajo. Ámalo y quiérelo como a un hijo –que lo es: un hijo del pensamiento y las ideas del autor–, pero no alardees de posibles méritos que acaso no existan. El escritor –la persona en general, sea escritor o fontanero– debe ser humilde. Y esto va por los noveles y por los veteranos. Yo no me imagino a Miguel Delibes, el día que entregó en Ediciones Destino el manuscrito de su última novela publicada, El hereje, diciéndole al editor: “Convendrás conmigo en que hay una historia potente detrás”, y si alguien tuviera acaso derecho a pronunciar esas palabras sería alguien como Delibes, con un obra narrativa impresionante, premios a montón y un respeto en el mundo de las letras que muchos lo quisieran para sí. “Convendrás conmigo” indica prepotencia, exigencia a opinar según lo que piensa el que pronuncia la frase, seguridad en lo hecho y predisposición a no admitir errores o fallos: lo reconoces, convienes conmigo en lo que te digo, y punto. Si vamos a lo nuestro, a la ciencia ficción, tampoco me imagino a Rodolfo Martínez, a quien traté personalmente hace años, entregando una novela a su editor de turno y diciéndole: “Convendrás conmigo en que hay una historia potente detrás”. El escritor puede envanecerse hasta cierto punto, defendiendo su obra, creyendo que le ha quedado “bastante bien”, que la ha resuelto “a mi satisfacción”, o algo por el estilo; es legítimo –es el orgullo del padre hacia el hijo– y es humano. Lo que no se puede es escribir un texto de una aplastante nulidad literaria, con personajes sin entidad, y decir “Convendrás conmigo que hay una historia potente detrás”. Puede que la haya, sí, puede que haya la historia potente, pero ¿a qué precio? ¿Cómo llegar a ella si el texto es literariamente insoportable?

Un pintor muy malo, un dominguero de la paleta y el caballete, sin la menor noción de dibujo –básico para ser un buen pintor—puede realizar un cuadro sobre la batalla de Stalingrado, pongamos por caso, verdaderamente malo, horrible de visionar. La historia es “potente”, pero el cuadro es malo y se rechaza por ello, por malo. ¿De qué sirve entonces?

Mis consejos al autor en cuestión cayeron entre mal y muy mal, y encima fui acusado de “pagar con él mis frustraciones”. Hombre, esto es para cabrearse ya. Leer con penas y trabajos unos 18 capítulos, quizá alguno más, de un total de casi cuarenta –una quinta parte del texto–, ser incapaz de encontrar sentido común a la historia y aguantar unos personajes planos como el mismo folio, entre los desperfectos varios del texto, para ser acusado al ofrecerle algunos consejos con la mejor de las intenciones (consejos obligados a facilitárselos después de ser enjabonado a fondo durante casi un año) de “pagar mis frustraciones con él”, porque no le he comentado nada ni del tema ni de los personajes, es el colmo de los colmos. Evidentemente, yo no aconsejaría a nadie que asesorase sobre el tema de escribir o la obra escrita a quien lo pidiera, sea novel o experto, porque el pago a recibir puede ser una ofensa como la proferida, o peor. Me temo que al autor del artículo publicado en El sitio de ciencia ficción le va a pasar algo parecido, a la que lo lean cuatro creídos de sí mismos, envanecidos y ególatras, bien sean participantes del concurso sobre el que versa el artículo, o no lo sean, y que se considerarán ofendidos por lo de la baja calidad en su participación. Puede que me equivoque, pero apostaría una cena de lujo contra una tónica en un chiringuito cutre a que no pocos –en privado o en público, tanto da– le pondrán a caldo, enfurecidos. Dar consejos en materia literaria es mal asunto, muy mal asunto. Todos los escritores se creen sabios. Indudablemente, sí los hay que son sabios, pero en este oficio o actividad, se sea profesional, semi profesional, aficionado, novel o escritor en ciernes, abunda la egolatría, el desdén hacia los demás. Se habla bien del escritor que no nos puede hacer sombra, por eso: porque le consideramos inferior y por tanto, nos podemos permitir el lujo de alabarle y demostrar cuán magnánimos somos. Se habla mal de otro que está en el candelero por eso, porque nos puede hacer la competencia y puede ser mejor que nosotros, así que conviene dejar claro que le creemos un “sobrevalorado”. Esto no lo digo yo: lo ha dicho gente que conoce aún mejor que yo el mundillo literario y sus servidumbres y secretos.

Hay escritores que quieren aprender y otros que deben aprender. Los hay ya reconocidos que se creen dioses y otros que siempre andan insatisfechos con su último trabajo (“Podría mejorarse”, dicen, un poco frustrados). Por otro lado, escritor y obra pueden ser antagónicos: se puede ser muy buen escritor y ser un individuo impresentable, o al revés: ser un escritor malo o mediocre y ser una bella persona. A veces es mejor tener contacto con la obra en vez de con el autor.

Este oficio o afición, depende de cada uno, se aprende escribiendo, escribiendo, escribiendo y corrigiendo, corrigiendo, corrigiendo. Y nunca se acaba de aprender. No hay tantos talentos como parece: hay pocos. A veces conviene escuchar al que lleva años en el oficio, y no porque sea bueno: puede ser un mal escritor –yo soy un escritor simplemente regular y gracias– pero sus consejos y sus ganas de ayudar al otro pueden valer más que el talento literario que tenga. Por lo demás, es mal asunto para un escritor que pide consejo el indignarse porque el consejo u opinión solicitada no es la que esperaba. En tal caso, ¿Para qué se pedía? ¿Para qué incomodar a otro? Sólo una mala persona pagaría con otro escritor sus “frustraciones”. No creo ser una mala persona, pero algunos escritores a veces se obcecan en no querer atender a razones.

(1): Si desea leer el artículo pinche aquí.

© 2007 Juan Carlos Planells.

Juan Carlos Planells nació en Barcelona en el año 1950 y murió en la misma ciudad en 2011 . Autor de las novelas de ciencia ficción El Enfrentamiento (Miraguano) y El corazón de Atenea (Espiral CF), fue uno de los principales estudiosos de la figura de Philip K. Dick. Publicó relatos y artículos en gran parte de las principales revistas del género en lengua castellana: Nueva Dimensión, BEM, Tránsito, Gigamesh, Opción, Cuasar, Artifex, Asimov Ciencia Ficción y BEM on Line. Finalista en dos ocasiones del premio Domingo Santos, publicó una interesante bitácora: Planells Fact & Fiction.
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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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