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LOS AMANTES, de P.J. Farmer

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La que hoy presento fue la undécima columna de “Se buscan libros” que fue publicada en BEM, en el número 69 (Junio-Julio de 1999), y que aquí aparece en décimo lugar.


Mientras estaba releyendo esta columna después de muchos años para prepararla para su nueva publicación, como hago siempre, he descubierto feliz que no recuerdo apenas nada de esta novela. No me suele pasar con los libros que leo y me han impactado por alguna razón (no necesariamente buena), o con las películas que veo. Creo que es algo general, nadie olvidará por ejemplo haber visto La vida es bella, o Blade Runner, o La guerra de las galaxias, y si uno duda, es que no las ha visto, y creo tampoco nadie tendrá dudas de si ha leído El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Parque Jurásico, o El código Da Vinci. Pero esta vez ha sido así, me ha pasado con Los amantes. No me acuerdo de nada. Así que, feliz, me la voy a leer otra vez, a ver de qué va, y redescubrir porqué me gustó tanto, como expliqué, el aquel 69 de BEM, en la columna. Sobre todo el final.

IETEM BIAN’MO NAM’UR FULE’FU CUYEA FEMU ASESUA?

Viene a mi memoria una frase que una vez escuché de alguien: “La única diferencia entre la amistad y el amor es una cama y un poco de confianza.”

Y es verdad; siempre he pensado que existe una severa y “natural” dificultad para mantener una amistad entre un hombre y una mujer. Sobre todo, porque tendemos a vernos mutuamente como hombres o mujeres, y no como personas. Esta visión del “otro” puede modificarse por distintas causas: edad, educación, experiencias y, sobre todo, por el tipo de vida que lleva cada uno (ejemplo: para alguien ya comprometido será más fácil tener un/a amigo/a del otro sexo que para alguien “disponible”, que se inclinará a mirar a los componentes del sexo opuesto como elementos candidatos a la conquista).

En las relaciones entre sexos también ocurre algo curioso: a veces, amistad se transforma en amor; otras, amor en amistad; para complicar las cosas, en muchas ocasiones el amor se convierte en sólo sexo, y en otras, el sexo se limita a (o acaba en) reproducción. Y a menudo vamos dando tumbos por la vida intentando aclararnos sobre el tipo de relación que mantenemos no sólo con nuestras respectivas parejas, sino también con todos aquellos que nos rodean.

La columna de hoy, como ya se habrá supuesto por el dichoso numerito de la portada de este BEM, versa sobre sexo y ciencia ficción; y sobre sexo y fantasía, sexo y utopías, sexo y especulación, sexo y exageración… En fin, una misma cosa en demasiadas ocasiones.

Para cumplir con mi cometido, la literatura fantástica me ofrecía diversas opciones (no, no hablo del Kamasutra, hablo de “otra” fantasía, la que suelen comprar los lectores de BEM), aunque en un primer momento no se me ocurrió ninguna. Y como (siempre) el tiempo se me estaba echando encima, tuve que recurrir a un amigo que entiende mucho de esto (de fantasía, no de sexo; bueno, igual también, pero yo le necesitaba por lo otro), y le llamé para preguntarle. Y el gran Augusto Uribe (que este mes también anda por estas páginas con una colaboración deliciosa, no dejen de leerla, consejo de amigo), en su estilo cortante, claro, conciso y directo (porque él es aparentemente así para los desconocidos, aunque los conocidos sabemos que la verdad es muy diferente) me recomendó / ordenó: “Lee Los amantes, de Philip José Farmer.”

Lo primero que pensé una vez terminada fue que la lectura de esta novela había sido lo mismo que una aventura amorosa para un muchacho adolescente: se empieza con ella con muchas ganas, lleno de expectativas que según se va avanzando se transforman poco a poco en frustración, al no llegar a nada en concreto. Parece que no pasa nada, que todo se pierde en intentos fracasados de obtener lo que tiene todo el aspecto de no dejarse obtener, la “chispa”, la gracia del asunto.

Como un adolescente hay un momento en que se piensa en abandonar.

Pero como si fuera una dulce adolescente, Los amantes reserva una sorpresa, al final, protegida tras cien páginas de virginidad en las que se hace tanto de rogar… para dar en ese momento, complaciente, más de lo que se esperaba…

Contar el argumento de una novela sin destriparla no es una tarea fácil. Casi tan difícil como contar un asunto amoroso sin entrar en detalles escabrosos que puedan escandalizar al oyente o lector. Y más difícil cuanto más interesante es (esto vale lo mismo para la novela y para el asunto amoroso), porque el interés de una obra (o de un apaño) radica, en gran parte, en las sorpresas que depara su línea argumental (idem).

De Los amantes puede decirse que, envuelto en el ambiente futurístico postapocalíptico político y religioso característico de Farmer, nos presenta a Hal Yarrow, un hombre normal casado con una mujer normal que decide dejar de llevar una vida normal (¿dije en alguna ocasión que lo peor y más triste que se puede decir de alguien es que es “normal”?) para irse de exploración al lejano planeta Ozagen, hogar de una especie humanoide, los ozagenios, que tiempo atrás exterminó a una raza humana de la que aún quedan algunos especímenes llegados desde la Tierra. Y con un espécimen de estos, que tiene forma de mujer bellísima y amorosa llamada Jeannette, comienza un asuntillo que le deparará infinidad de sorpresas. Y casi todas agradables.

Si extrapolamos el hecho del que hablaba al principio sobre la tendencia a considerar a los otros como lo que exteriormente son, podremos entender por qué razón Hal Yarrow vive una aventura que depende por completo, primero, del modo en que él ve a Jeannette (de lo que ella es para él) y, después, de lo que él empieza, continúa y acaba sintiendo por ella, lo cual viene determinado por su educación, en realidad por sus lacras del pasado, que condicionan su modo de comer, de beber, de vestir, de amar o de procrear, costumbres que son radicalmente diferentes a las de su compañera.

Aunque estas diferencias no son lo más interesante de la novela… sobre todo están las diferencias biológicas, y no sólo las evidentes que existen entre un hombre y una mujer… Y como ya estoy hablando demasiado, lo dejo.

Seguro que se han preguntado qué quiere decir el título de esta columna. Seguro que sí. Sería raro que no hubiera sido así. BEM también me lo preguntó. Pues no voy a desvelarlo ahora, sólo les diré que lean Los amantes, donde se encuentra la clave para descifrarlo (algo que a mí, devoto de las lenguas, me ha encantado), y que luego escriban a BEM, por carta o correo electrónico, con la respuesta; al fin y al cabo, la vida es un juego, ¿no?

© 2007 Luis Astolfi

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