HISTORIA DE UN CREDITO DENEGADO, de Ignacio Segura

Presentación

¿Cuánto falta para que lo sepan todo? Alguno dirá que las grandes multinacionales ya lo saben todo de nosotros, pero no es del todo cierto. Ninguna, por sí sola, lo sabe todo aún. Unas tienen los datos de un crédito. Otras tienen nuestro seguro. Otras tienen nuestro historial clínico. Y la Agencia Tributaria conoce nuestra renta.  Aunque juntas lo saben absolutamente todo, por separado sólo saben una parte.

¿Cuánto falta para que eso cambie? Para que el banco tenga nuestro historial médico, nuestros viajes por avión, nuestros envíos por  mensajería, nuestra declaración de la renta y acabe por conocernos mejor que nosotros mismos.

¿Cómo nos utilizarán en su propio beneficio cuando eso ocurra? ¿Podríamos nosotros utilizarlos a ellos?

Ignacio Segura

 

HISTORIA DE UN CREDITO DENEGADO

Autor: Ignacio Segura

Ilustraciones: Antoni Garcés

No me gusta la desolación, ni la ruina. No quiero tener enemigos. Y si he de tener uno, no deseo ir a buscarlo, ni encontrarlo, ni enfrentarlo… Si la cacería es inevitable, que la presa sea un tesoro, no una criatura vil.

“La costa más lejana” Ursula K. Le Guin

 

 

Exel se preparó para recibir al próximo cliente. Se miró rápidamente en un espejo de mano que guardaba en uno de los cajones de su escritorio, y luego revisó tanto el traje como el nudo de la corbata. Estaba perfecto, como siempre. “Buena imagen, buena actitud”, se dijo a sí mismo, como tantas otras veces. Esa frase era el mantra personal que se recitaba a sí mismo durante el trabajo para funcionar mejor, su truco particular para conseguir más y mejores tratos con los clientes.

Exel era el mejor empleado de su departamento.

Los bancos son rápidos y decididos, y nunca pierden el tiempo. Premian y castigan a sus empleados casi instantáneamente, sin pensarlo dos veces. Incluso la pena capital, el despido inmediato, es aplicada sin pestañear, sin reuniones, sin discusiones, sin tiempo para reflexionar. Los bancos no tienen medida ni moderación. Y no hacen nada sin apresurarse.

Exel estaba viviendo la parte luminosa de esa rapidez. Cada pocos meses sus superiores le llamaban para felicitarle por los logros conseguidos y le proponían nuevos retos. Esos retos siempre iban acompañados de aumentos en la remuneración, acciones, stock options, un coche, un despacho mejor y otros beneficios adicionales como invitaciones a restaurantes y descuentos para viajes y hoteles en el extranjero. Él cuidaba al banco, el banco le cuidaba a él. Un trato justo.

Más que justo, inmejorable, se decía a sí mismo cada vez que pensaba sobre ello. Además del sueldo, estaban todos esos “extras” que conllevaba su trabajo, como, por ejemplo, la posibilidad de tomar café y gin-tonic con las personas que controlan el mundo, la satisfacción de formar parte de esa maquinaria que controla a los países y a sus gentes, o haber conseguido escapar del lado de los perdedores, todas esas gentes atrapadas bajo unos productos financieros que necesitaban pero que no entendían. Créditos, hipotecas de interés variable, fondos de inversión… incluso la parte más superficial del laberinto resultaba indescifrable para la mayoría de la gente.

credito-1Por supuesto. Ni la gente necesita entender nada ni los bancos desean que eso ocurra. ¿Para qué? ¿A quién beneficia? A los bancos no, desde luego, así que no se hable más.

En la pantalla parpadeó el expediente del cliente que iba a entrar a continuación. El documento contenía un warning, pero estaba fuera de la pantalla. Ya lo vería con tranquilidad. Asunto: petición de crédito. No es cliente. Los datos de su ficha provienen del TZUNDBank, una entidad rival de la zona oriental de la UE. Clase media, economía saneada, familia de tipo “nido vacío II”, un clásico abuelo de familia educada. Un seguro de vida bastante jugoso. Datos sanitarios…

…aquí está el warning.

Al pobre diablo se le acababa la cuerda. Gasto sanitario… el seguro a cargo de… esperanza de vida… oh, de esos pobres diablos que se ponen enfermos y se quedan ahí. Le estaba costando una fortuna a la aseguradora, porque el muy cabrón seguía todos los tratamientos pero no respondía con claridad a ninguno. No terminaba de curarse pero tampoco se moría. Ya sabía por qué quería un crédito. Sin duda alguna la aseguradora se estaba desentendiendo de su cliente porque salía demasiado caro. Tipo de seguro… vaya, la compañía estaba atada de pies y manos. El contrato la obligaba a pagar absolutamente todo, así que el crédito no podía ser para pagar atención sanitaria.

¿Entonces?

Tenía sueldo para hacer frente a cualquier crédito, pero su esperanza de vida no era suficiente, así que sólo podía avalarlo con bienes materiales. Su casa y su coche, por ejemplo, cuyos créditos habían sido gestionados por TZUNDBank y BNÖD, ambos ya pagados sin incidencias. Además, era profesor universitario. Observaciones…

¡Oh!

Los médicos le daban de cuatro a cinco meses y medio de vida.

Aunque aparecía en la casilla de observaciones como un comentario extraoficial, tenía el mismo valor para ellos que si llevara el sello del estado. Si la base de datos decía que le quedaban de cuatro a cinco meses y medio de vida, probablemente era exactamente eso lo que le quedaba. Y hacía quince días que se hizo la reseña, así que le quedaban cinco meses sobre el escenario como mucho.

Eso es muy poca mecha.

 

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Era un cliente que requería tacto, pero eso no le inquietaba lo más mínimo porque sabía que era capaz de manejar con un trato exquisito hasta al fulano más despreciable. Sin embargo, la negociación de un crédito quedaba por debajo de su actual cargo, lo cual no acababa de gustarle. ¿No podían pasárselo a alguno de los…? No, claro, qué estúpido, precisamente hoy, a esta hora, estaban en una rápida reunión de resultados, y no podrían atender a nadie hasta dentro de veinte minutos. Así pues, nadie más que él podía atender al hombre que la pantalla le mostraba. O se ocupaba de él o le hacían esperar, con el consiguiente deterioro que eso suponía para la imagen de la entidad. Decidió hacerle pasar. ¡Qué demonios! Lo haría por los viejos tiempos. Indicó al secretario que estaba listo para recibir al nuevo cliente y esperó.

El cliente, Sohren Iskendun, llamó con los nudillos antes de atravesar el umbral. La puerta se abrió y entró un hombre bajito, delgado, calvo y con bigote. El pelo que le quedaba en la cabeza delimitaba perfectamente una calva que había decidido hacerse dueña de la parte superior de la misma, perdonando la vida a las regiones laterales. La frontera donde comenzaba a brotar el cabello era una línea recta perfectamente delimitada a partir de la cual  el color predominante era el blanco marfil de un cuero cabelludo, convenientemente recortado, compuesto exclusivamente por canas. Su bigote tenía el mismo color. Los ojos del hombre eran grandes y miraban con intensidad todo a su alrededor, como si quisieran capturar todos los detalles y matices del más insignificante de los objetos. Aunque eran grandes, estaban hundidos en sus cuencas, sepultados bajo arrugas, unas mejillas rellenas y unas cejas pobladas, añadiendo a la mirada un matiz adicional de profundidad, de alcance, de entendimiento. Daba la impresión de que era un hombre capaz de penetrar en los rincones más profundos de un ser humano con sólo mirarlo, pero evitando al mismo tiempo revelar el más mínimo detalle acerca de sí mismo. Era una mirada hermética, de poker, pero no de poker de mesa, sino del poker de la vida, ese que consiste en apostar con tu propia vida y tu futuro para ver las cartas de tus propias tragedias y comprobar si has sido capaz de ganarles la mano.

Y, por último, su sonrisa. Su sonrisa no se veía directamente porque el bigote la ocultaba, era una sonrisa que se deducía de cómo sus ojos se entornaban y sus mejillas se elevaban. Era una sonrisa de tranquilidad, de bondad, de calidez. Era muchas cosas al mismo tiempo, era lo que intentan venderte la mitad de los libros de autoayuda, las nuevas religiones hijas del fallecido movimiento new-age, los grupos para la enseñanza de la filosofía zen, los defensores de las drogas psicotrópicas…

Era la sonrisa de un hombre sabio.

Exel afrontó al cliente con la palabrería habitual. La tenía tan ensayada que la podía repetir como un loro cien veces sin introducir la más mínima variación. La clave de su particular estilo, que tanto gustaba a sus superiores, estaba en que él era capaz de decirlo todo con naturalidad, y no como si pareciese una grabación, aunque a efectos prácticos lo fuese. En alguna ocasión Exel se había permitido el lujo de presumir de que la clave de su éxito radicaba en la sinceridad: era capaz de fingirla de manera completamente convincente.

Sohren Iskendun se sentó frente a él y dijo:

-Quisiera solicitar un crédito.

-De acuerdo -respondió Exel con mecánica y totalmente creíble naturalidad. Sus reflejos estaban bien engrasados. -¿Puedo preguntarle qué desea comprar?

– Sí, claro. Una embarcación. Un catamarán, para ser exactos.

-¿Un catamarán?

-Sí, un catamarán. Una nave con dos quillas paralelas -el hombre acompañó la explicación de un gesto con las dos manos, una frente a otra, para representar la ubicación de las quillas.

credito-3-Ah -dijo Exel, como si hubiera entendido. – ¿Navega usted?

-¡Vaya! -dijo, sonriente-. Siempre me ha gustado navegar. De pequeño no podía porque el sitio donde vivía estaba demasiado contaminado, pero, por suerte, en su país quedan lugares habitables.

-Entiendo. Y quiere su propio barco.

-Mi propia embarcación, sí. Uno no acaba de sentirse hombre de mar hasta que tiene su propio barco, créame.

-Entiendo.

El hombre sonrió.

-¿Ha elegido ya un modelo?

-Si, claro. Y sé el precio. Sólo quiero que me paguen la cuarta parte. El resto lo tengo ahorrado.

-Ahá. ¿Cuánto dinero exactamente? -mientras hacía esa pregunta, Exel se preguntaba por qué esos ahorros no aparecían en el expediente. Había varias posibilidades, pero no tenía tiempo de examinarlas ahora.

Sohren Iskendun contestó.

Si realmente sólo estaba pidiendo la cuarta parte, el precio del catamarán era astronómico. No sabía que ese tipo de barco fuera tan caro. Sin embargo,  Exel no dejó aflorar ninguna señal de asombro. Era otro reflejo bien entrenado.

-Entonces, el dinero se va a ingresar directamente a la compañía que se lo vende.

-Al armador, sí.

-Para hacer eso necesitamos una factura proforma. ¿Sabe lo que…?

-Sí, claro. La traigo aquí -buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó una hoja doblada con el membrete de un armador noruego en una esquina. Exel pudo comprobar que el importe que solicitaba era exactamente la cuarta parte de la cantidad que aparecía en la factura.

-Muy bien, ahora veamos qué posibilidades de financiación hay -dijo Exel mientras dirigía su mirada a la pantalla. -Usted es el señor Iskendun, ¿verdad?

-Sí.

-¿En cuanto tiempo desearía pagarlo?

-En cuatro años. Lo que me queda hasta los sesenta. No quiero llegar a esa edad tan fea con letras sobre mi cabeza.

Exel sonrió, aunque en realidad el comentario le dejaba frío. Lo hizo porque era la respuesta adecuada. Otro reflejo, otro “gesto técnico”, como a veces llamaba él a ese tipo de cosas. Los tiempos en los que Exel necesitaba pensar antes de responder quedaban ya muy atrás. El excitante desafío que supuso en sus comienzos la negociación de un crédito para un particular se había transformado, por medio de la experiencia, en una tarea sencilla para él, casi relajante, un descanso si lo comparaba con los clientes a los que se enfrentaba habitualmente.

-¿Qué aval desea presentar para el crédito?

-Mi nómina. Aquí tiene la última -sacó otro papel de la chaqueta.

-¿Algún aval adicional? -preguntó Exel mientras examinaba el resguardo.

-No.

-¿Inmuebles, seguros?

-Ni mi casa ni mi seguro de vida. Con mi nómina debería ser suficiente.

Tenía razón. No necesitaba más. El único problema era que no viviría lo suficiente como para pagarlo. A partir de ese momento comenzaba la parte activa de la farsa.

-Ciertamente, para un crédito de esta cuantía, con la nómina se puede cubrir. Sin embargo, ya sabrá usted que para aceptarla como aval debemos realizar un par de trámites. Esta nómina está en el BSBV, así que tenemos que contactar con ellos. Veamos…

Exel simuló que contactaba con el BSBV por medio del ordenador para verificar su nómina, aunque eso ya se hizo de forma automática antes de que Sohren Iskendun entrara por la puerta.

-Todo parece correcto, señor Iskendun. Sin embargo, todavía nos queda comprobar cuáles son las prioridades financieras. Como seguramente sabrá, el crédito que está usted pidiendo es para conseguir un artículo de ocio, y sólo le podemos conceder el crédito si no hay prioridades superiores en sus pagos, como pagos de pensiones y de atención médica. Y… -Exel fijó con fingido interés la vista en la pantalla, y se interrumpió, como si se hubiera encontrado con una sorpresa desagradable. -Señor Iskendun, lamento decirle que tiene usted ciertas obligaciones con el seguro médico que me… impiden… concederle el crédito. ¿Está usted bajo tratamiento?

-Si, señor, lo estoy -contestó el hombre, sin inmutarse.

-Lo siento, pero mientras esté usted bajo tratamiento, yo no puedo imponerle ninguna carga económica adicional.

-Pero soy yo el que elijo llevar esa carga.

-Lo sé, y sé que es usted el dueño de su dinero, pero ha de comprender que esta entidad no puede imponer una carga económica que ponga en peligro la financiación de su atención médica. Su salud es su máxima prioridad financiera, y nosotros no podemos cuestionarla.

Sohren Iskendun escuchó atentamente la justificación que Exel le daba. Cuando éste terminó, replicó con un sencillo argumento:

-Mi sueldo es suficientemente elevado como para hacerme cargo de ambos pagos holgadamente, y sin tener que hacer sacrificios.

-Tiene usted razón, pero nosotros estamos obligados a ser muy prudentes en estos asuntos. La responsabilidad y el daño que se puede hacer nos obliga. ¿Lo comprende?

Sohren Iskendun se tomó unos segundos para dar su respuesta.

-Estas cuestiones financieras me resultan confusas. Todo esto se resume en que no me puede conceder el crédito, ¿no es así?

-Efectivamente. Siento decírselo, pero no puedo hacer nada -Exel ajustó la expresión de su rostro y su voz a lo que la situación requería: un gesto de lamento y de disculpa por no poder ayudar. Su interlocutor, sonrió, comprensivo:

-No importa. Ha sido usted muy amable, y me ha dicho lo que quería saber.
-Gracias. ¿Perdón? -Exel se dio cuenta de que había algo raro: ¿qué había dicho que el hombre quisiera saber?
-Si, no se preocupe, me ha atendido usted correctísimamente, pero ahora le pido por favor que me conteste con sinceridad una pregunta.

-Si, claro -dijo Exel. Añadió a su rostro un oportuno matiz de cooperación, ignorando selectivamente la palabra “sinceridad”.

-Mire, yo no quiero el crédito. Si me lo hubiera concedido, me habría echado atrás y me habría marchado inmediatamente Pero no ha sido así, y yo sé por qué. Sé que me muero, joven, y sé que no me queda mucho tiempo, pero nadie me quiere decir cuánto carrete me queda.
Exel tragó saliva.

-Hijo, necesito que alguien me diga la verdad. Necesito poner mis asuntos en orden, dejar las cosas arregladas antes de marcharme, y para eso tengo que saber con cuánto tiempo cuento. Por favor, dime cuánto tiempo me queda de vida.

-Nosotros no tenemos esos datos -la sinceridad se había perdido. Eso era la respuesta de un robot, no de un humano.

-Hijo, has usado esos datos para denegarme el crédito. No pasa nada, yo ya sabía que los tenías, contaba con ello, te he utilizado para averiguar la verdad. Pero yo no puedo deducirlo todo, así la única forma que tengo de saber cuánto tiempo me queda es que tú me lo digas. Vamos… dímelo.

Exel tenía algo muy claro: ningún banco puede admitir públicamente que tiene esos datos y que los usa para tomar decisiones sobre sus clientes. Era la situación más angustiosa que Exel recordaba haber vivido nunca.

-Vamos -suplicó Sohren Iskendun-, échale un cable a este pobre viejo que sólo quiere saldar sus cuentas con la vida. Dime cuánto tiempo tengo.

Exel seguía sin saber qué responder. Sus reflejos le fallaron, no aparecía ninguna respuesta en su cabeza. No podía decírselo. No podía admitir que los bancos tenían esa información. Pero él ya sabía que la tenían. Contaba con ello.

-Por favor, muchacho -rogó el hombre sabio-. Necesito que me lo digas, no que me lo ocultes. Si no me lo dices, tendré que ir a otro banco, y tendré que gastar otra de mis preciosas horas en intentar sacarle la información a otra persona. Mi tiempo es muy escaso, no me hagas gastarlo así.

Exel cruzó su mirada con la del viejo, y no pudo apartarla. El viejo sabio mirándole desde esos ojos, desde el fondo de su caverna, pidiendo su ayuda, pidiendo saber cuándo sería su fin. Su escaso tiempo malgastado yendo de banco en banco, en vez de…

-Le quedan de tres meses y medio a cinco de vida.

En ese momento Exel se dio cuenta de que había contestado porque había perdido el control de sí mismo, y al hacerlo había revelado algo que perjudicaba a la compañía. Lo pensó, pero lo pensó un segundo demasiado tarde.

Sohren Iskendun se echó hacia atrás en la silla, cerró los ojos y suspiró.

-Al fin -susurró para sí, y entonces abrió los ojos, y mirando directamente a Exel, dijo: -Así que eso es lo que tengo. Temía que no me lo fuera usted a decir.

Y diciendo esto, el hombre sabio se levantó y le tendió la mano a Exel, se la estrechó con firmeza y se encaminó hacia la puerta, pero antes de salir dijo una última cosa:

-Siento haberle hecho pasar un mal trago. Y… -apartó la mirada, como si se concentrara en buscar algo que decir. Al final, le miró a los ojos de nuevo, sonrió por última vez y dijo sencillamente “gracias”.

 

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Y después de eso, el hombre sabio se marchó sin mirar atrás una sola vez. Exel se quedó clavado en la silla, con la cabeza dándole vueltas, como si estuviera en un tiovivo conducido por un maníaco. Aquel hombre amable con pinta de sabio, de abuelo comprensivo, le había preparado una encerrona y se había salido con la suya.

Una encerrona.

Nunca había oído de nadie que utilizara la información de las entidades bancarias para solucionar asuntos personales. No sabía qué pensar. De un modo inteligente él le había manipulado y presionado cómo él hacía a veces con sus clientes, pero con un fin completamente distinto. ¿Cómo debía tomárselo? No tenía idea. Posiblemente había hecho lo moralmente correcto, pero tenía la sensación de haber sido obligado a ello, de haber sido movido por una especie de tablero dialéctico hasta quedar arrinconado en una esquina, teniendo como única salida una huida hacia adelante.

No se sentía bien.

A decir verdad, no sabía muy bien cómo se sentía.

Dio la orden de no recibir llamadas, casi sin darse cuenta de que lo hacía. Otro reflejo más. Intentó concentrarse. Se levantó, y se movió un poco para desagarrotarse. “Buena imagen, buena actitud” se dijo a sí mismo, como cada vez que tenía que trabajar y no estaba en su mejor forma. Sin embargo, esta vez no le sirvió de nada, porque la razón por la que no estaba concentrado no cabía ahí. Su frase talismán no era sino su particular forma de condensar las enseñanzas de los chicos de Recursos Humanos respecto al trato con el cliente. Había asimilado la ideología del banco con tal perfección que algunas ideas las tenía como propias, y creía haberlas tenido siempre. Exel era un buen chico. De la misma manera que un buen perro obedece a su dueño, le cuida y le quiere, Exel obedecía a sus jefes, y velaba por los intereses de su querido banco. Sin embargo, esta vez la idiosincrasia de la entidad no le servía para asimilar el extraño suceso de hoy. No le servían las respuestas de otro, necesitaba una respuesta propia.

Y no la tenía.

Su frase talismán nunca volvió a servirle.

© 2008 Ignacio Segura
© 2008 Toni Garcés por las ilustraciones.

ignacioseguraEntre los muchos méritos de Ignacio Segura están los siguientes: haber cumplido los 30 sin haber sufrido ninguna crisis (se reserva para los 40), haber sido el alumno de doctorado del departamento de Psicología Experimental con el expediente más bajo de su año, haber ido a Alemania sin saber ni una palabra de alemán y no haberse perdido, haber dormido en un cajero automático en Málaga y dominar su mente y haber dado el primer paso para la desintoxicación, que es admitir públicamente que tiene un problema: es adicto a los helados y al chocolate. Nadie cree seriamente que pueda dar jamás el segundo paso. Además, lee comics cuando cree que nadie le mira. Su laboratorio literario: http://www.pensamientosdivergentes.net

Caricatura de GarcèsAntoni Garcés (Barcelona 1950). Ilustrador, autor de comics y diseñador gráfico. A mediados de los 70 comienza como diseñador a colaborar con agencias de publicidad, realizando también portadas de discos, logos para empresas, ilustraciones para libros de texto, etc… A partir de 1980 co-edita el pro-zine Zero comics, a la vez que colabora con las revistas de ciencia ficción Tránsito yKandama. Desde entonces ha realizado cientos de  portadas e ilustraciones del género (Ultramar, Jucar, UPCF…). Ha publicado sus trabajos en Cimoc, El Jueves, Playboy, Europa Viva, Diari de Barcelona, El Vibora, BEM… y fuera de España en Metal Hurlant (Francia), Heavy Metal, Byron Preiss (EEUU), Comic Art (Italia), Magic Strip (Holanda)… Ha participado en numerosas exposiciones colectivas e individuales. Recibió los premios “Creepy” de la crítica al mejor autor de fantasia de 1984, el del Salón del Cómic de Barcelona 1986 a la mejor portada de cómic y el “Ignotus” de la Asociación Española de Fantasia, Ciencia Ficción y Terror a la mejor portada de 1992. Puede visitar su sede web donde expone sus creaciones: http://624c35.blogspot.com/ 

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