EL CORREO ELECTRÓNICO DE VENUS EN EL SIGLO XIX, por Augusto Uribe

UTOPÍAS Y OTROS TEXTOS DE CONJETURA I

Se ha escrito que en la ciencia ficción pueden confluir simultáneamente técnicas y actitudes pertenecientes a escrituras distintas, tales la inverosimilitud y los espacios que  comparte con la literatura fantástica y de aventuras. Y comparte también con la utopía la narración de viajes extraordinarios y la posterior descripción de sociedades ajenas a nosotros, más de una vez extraterrestres. Las utopías no son la ciencia ficción, pero sí su antecedente regio.

Yo tengo en la cabeza una serie de antiguallas utópicas que leí en mi juventud y que de pronto, por algún motivo, cobran actualidad. Coraje me da pensar que leí a Julio Verne y otros muchos que hoy no conoce nadie a principios de los 40, pero así son las cosas y eso es lo que me permite aportar algo a la historia del género.

Cuando empezó el correo electrónico, mientras mis hijos me lo instalaban y me explicaban sus rudimentos -el ordenador en que escribo pasa de los veinte años y sigue funcionando como el primer día- se me vino a la memoria algo que había leído tiempo atrás y más de una vez había comentado en la sala de teletipos de algún periódico: el periodismo es mi segunda carrera, que compartí con mi mujer.

Me refiero al Viaje á Venus de Eyraud, que estaba en las inacabables estanterías de mi padre, en la fila de la colección Biblioteca Económica de Instrucción y Recreo, no menos de cincuenta tomos de la famosa librería madrileña de Cuesta, que estaba a cuatro o cinco portales de la Puerta del Sol en la acera de la derecha de la calle de Carretas, que se vendió al precio de 4 reales en la capital y 5 en provincias. Tres libros de esa colección lucían la etiqueta de “fantástico” y uno de ellos era éste.

El Voyage à Venus, que puede parecer una obra menor y no lo es tanto, apareció en Francia en 1865 y tres años después en España. Se suele leer que su interés radica en que describe el primer viaje espacial a reacción, que es elemental pero cierto, aunque hoy cabría destacar mucho más que adelanta un a modo de correo electrónico por telégrafo, a más de tratar de cuanto importa a un utopista que se precie, el urbanismo, la educación, la moral y todo lo demás, concebido en interesantes términos de anticipación.

El francés Achille Eyraud nació en 1821 en Puy-en-Velay, en el Alto Loira, fue funcionario del Ministerio de Justicia y murió en 1882. Escribió varias comedias y operetas, musicadas algunas por compositores conocidos, y esta sola novela, que es su único libro traducido al castellano.

Se habla muchas veces de los estados de opinión. En 1965, que fue también el año de publicación de la Tierra a la Luna, de Julio Verne, las gentes sencillas creían con firmeza que el viaje a la Luna, a Marte o a Venus era cosa para dentro de poco, a lo que se unía el deseo del utopista de situar su “isla feliz” en un territorio inexplorado, lo que dio lugar al hallazgo de sociedades justas y dichosas en astros poblados por seres que llevaban una vida mejor que la de los habitantes de la Tierra, cuando no sociedades absolutamente perfectas.

La novela es una más entre otras, con rasgos tópicos tan comunes como el progreso social basado en el desarrollo científico de todo orden. Lógicamente superados los adelantos técnicos que presenta, resta que en todo el planeta se habla una sola lengua, sencilla y sin una sola irregularidad gramatical, lo que hace que no haya analfabetos, vieja aspiración de muchos pensadores. La perfección del habla conduce, además, a la perfección de las instituciones, que asimismo fue hipótesis por muchos sostenida.

Y otra cuestión que preocupó a teóricos de la democracia -nuestro Salvador de Madariaga sin ir más lejos- la resuelve Eyraud conciliando el sufragio universal con el saber de los votantes, que deciden bien porque son todos instruidos y estudian detenidamente los programas de los candidatos. El autor expone también otras ideas, como la desmitificación del matrimonio para hacerlo más razonable y estable.

Es una novela atractiva en general para la proto ciencia ficción y en particular por las dos razones apuntadas, la una que narra el primer vuelo interplanetario a reacción de que se tiene noticia, sin que los fallos prácticos de su realización empañen la validez del principio propuesto, y la otra, aunque mencionada más de pasada de lo que merecía, que las comunicaciones en Venus se hacen todas por auto telegrafía, de modo que cada persona dispone en su casa de un aparato emisor-receptor de mensajes, al estilo de un teletipo, con el que puede establecer conexiones singulares o múltiples en tiempo real, lo que creo que constituye una interesante anticipación del correo electrónico actual: simplemente los mensajes se registran sobre papel y no sobre una pantalla.

Un joven alemán, de nombre Wolfgang, ha visto cómo se elevan las bombas de palenque, los cohetes de feria impulsados por los gases que produce la combustión de la pólvora, y hace lo mismo con un aerostato tripulado. Sustituye la pólvora por el agua que una bomba aspirante-impelente introduce a presión en una gran caja metálica rematada en sus vértices por unos orificios a modo de toberas orientables por donde sale el agua en la dirección deseada, agua que recuperan después unos ingenios  parecidos a las ruedas de palas de los barcos de vapor. (Dejando a un lado el consumo de electricidad de la bomba, estaríamos ante el movimiento perpetuo). No olvida que ha de atravesar el vacío espacial, por lo que va provisto de aparatos para producir aire y calor, éste a partir de la hidratación de cal viva.

El viajero alcanza Venus, toma tierra en unos campos de labor y le da cena y cana un granjero que, a la mañana siguiente, lo conduce a la casa del arrendador de sus tierras, el sabio Melino, en la cercana ciudad de Venusia. Lo lleva en un carruaje que marcha sobre raíles, primero los privados que van desde su cobertizo hasta la vía férrea general y, después, los públicos de ésta.

Llegados a la ciudad, y como todo utopista que se precie, el autor se preocupa de inmediato por el urbanismo, que es diferente del nuestro, pues todas las casas son unifamilares y rodeadas de jardín. Las calles están cubiertas para que no se encharquen y tienen una vía central para los vehículos pesados, más dos laterales por las que circulan, siempre sobre raíles, unas sillas montadas sobre dos ruedas, a modo de motocicletas movidas por electricidad o vapor, y aún dos vías peatonales. En aquel entramado geométrico, las calles que discurren de Norte a Sur se cruzan a nivel de superficie con las que van de Este a Oeste, que lo hacen por pasos subterráneos. Una concepción urbanística que hubiera hecho feliz a un griego clásico: en las ciudades utópicas, el orden y la simetría de las construcciones humanas dominan el desorden de la naturaleza y dan lugar a ciudades dignas de su habitación por seres racionales.

Melino le enseña con rapidez la fácil lengua venusina y va mostrándole cuanto hay en la capital,  del  Teatro  a  la  Bolsa -quiero decir el antiguo edificio de la Bolsa, que se cerró cuando se prohibieron las casas de juego, por ser la peor de todas-, de la educación a la justicia, desde los robots movidos por energía solar que trabajan los campos hasta las lunas artificiales que iluminan la noche, y todo es bueno, todo cuanto al autor disgusta en la Tierra, lo encuentra de su agrado en Venus.

No puede haber novela del género sin trama amorosa, preferentemente conflictiva, así que, en el momento oportuno entra en escena la hija del sabio, la bellísima Celia, que tiene novio, y Eyraud se complace en detallar el matrimonio venusino, desde las discusiones económicas del contrato  entre las partes hasta la posterior entrada de la pareja en la alcoba nupcial en presencia de un funcionario público que da fe del connubio, por no decir que sostiene la vela. El traductor, sólo identificado como F.N.,  no puede resistir más e inserta esta nota a pie de página: “El lector comprenderá que estas costumbres son puramente francesas”.

En el capítulo dedicado a la educación se explica cómo ésta se imparte en alegres colegios edificados entre jardines y bosques, por igual a niños y niñas, con profesores que premian mucho, castigan poco y ponen de manifiesto los aspectos morales de cada acto. El autor expone su sistema educativo en detalle y así, por ejemplo, los niños no han de aprender largas cronologías históricas de memoria, sino que se les entregan unos cartones con dibujos de acontecimientos, personajes y fechas, y juegan a ordenarlos. Otra peculiaridad es que todos los alumnos, desde jóvenes,  reciben nociones de derecho y medicina para que el día de mañana sólo hayan de recurrir al abogado o al doctor en los casos más graves.

No es una obra tan menor, como ya he dicho al principio, ni su interés radica sólo en los dos puntos que he mencionado. Siguen discusiones físicas, fisiológicas y metafísicas sobre la luz y el sonido, el cuerpo y el alma, y la relación del hombre con Dios, para dar paso a lo que se veía venir: Wolfgang está enamora perdidamente de Celia y ella le corresponde, por lo que escribe a su novio por auto telegrafía, como  si  le  enviara  un e-mail, comunicándole que es su rival y que le ofrece una satisfacción en el campo del honor. La respuesta, que llega por el mismo medio, dice que le parece bárbaro que intenten degollarse el uno al otro para que Celia se case con el matador del otro, que lo que hay que hacer es permitir que ella escoja libremente y que el perdedor vaya a por otra. La detenida exposición es un evidente alegato contra los duelos.

Celia elige a Wolfgang mas muere antes de que se celebre la boda, aunque no antes de que el autor aproveche la oportunidad de su enfermedad para elogiar las igualas médicas, extendidas en Venus a modo de Seguros de Salud.

El terrícola regresa a su planeta de origen, donde pasará el resto de sus días abrumado por el dolor de la pérdida de su amada de otro mundo.

© 2008 Augusto Uribe

Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros, revistas y fanzines, como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador. Actualmente Uribe mantiene una columna fija en BEM on Line con el nombre de Al-Ghazali Al-Magribi.

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