LA PIEDRA Y EL HIERRO, por Rafael Marín

“We work the black seam together…”
-Sting

 

Texto: Rafael Marín

Ilustración: Pedro Belushi

 

 

Fueron hombres de roca construyendo hierro, de esa pasta estaban hechos Macallan y sus compañeros. Monos azules, barbillas sin afeitar, chistes soeces y un trago de cerveza al finalizar el turno, y una palmada en el hombro a los otros hombres iguales que los sustituían cada noche, sin descanso.

Durante meses, durante años, se supieron parte de un todo que iba mucho más allá de sueldos y sindicatos, de idiomas comunes y equipos de fútbol, porque su aspiración era una aspiración que no se detenía cuando ellos paraban, sino que se repetía con orgullo en los noticiarios, en los videoperiódicos, en las marquesinas de los buses y los mensajes con imágenes de los sms. Estaban trabajando juntos en el futuro de todos, aunque ellos mismos tuvieran que quedar varados como Moisés a las puertas de un sucedáneo del paraíso de sus antepasados. Así lo bautizaron los psicólogos, el “síndrome de Moisés”, cuando la presión, la premura, el tiempo, la desesperanza, el miedo al fracaso, el cansancio iba haciendo mella en la roca que eran muchos de aquellos hombres, desmenuzándolos poco a poco y de por dentro, moliendo su duro caparazón, hasta convertirlos en una arenilla torpe, incapaz de correr por el desagüe donde se diluían los sueños.

 

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No importaba. Cuando uno de ellos se quemaba, otro ocupaba su lugar. Esa era la gloria del esfuerzo conjunto, superadas las envidas y los rencores, convencidos todos de la necesidad de una empresa común. Tenían que robarle tiempo al tiempo, tenían que robarle vida a la muerte, y en la pira de los sacrificios Macallan y los hombres como Macallan estaban dispuestos a quemarse muchas veces, cuantas fueran necesarias, a destajo, porque el mundo dependía de su esfuerzo, y los hijos de sus hijos, desde un limbo todavía por formar, quizás miraban con orgullo el esfuerzo suprahumano que, para ellos, estaban realizando sus abuelos.

Mes a mes, vida a vida, fueron dando forma al hierro, estilizando el trabajo, creando la materia misma del sueño, haciéndola tangible, vibrante, fría, intensa. Cada vez quedaba menos tiempo, pero había que hacer las cosas bien, y las hicieron. Remache a remache, tornillo a tornillo, cada pieza en su lugar, comprobada cien veces, cada placa de aleación contra los calores inmensos y los fríos aún más inmensos del espacio, hasta ocupar la isla entera que en otro tiempo fue el paraíso que ese arca que ellos construían tendría que llevarse a otro confín del universo, portando el recuerdo de su hazaña, de cuanto fueron.

El arca recibió el nombre de Esperanza, en español, y en efecto iba a llevar consigo la esperanza de una humanidad que sabía que su fecha de caducidad era inminente. Los recursos del planeta se agotaban, aquel experimento fallido en la luna hacía doscientos años acabaría por precipitarla de nuevo al núcleo del que un día surgió, y las luchas homicidas entre civilizaciones no dejaban ya más puerta abierta a fabular con un mañana más placentero. Unos se quedarían aquí varados, a la suerte que ellos mismos o los padres de sus padres habían forjado a golpe de egoísmo e insolidaridad, pero un puñado de elegidos franquearía las puertas del cielo, iniciaría el vuelo más importante de la historia del mundo, y durante siglos, durante milenios tal vez, buscaría una isla nueva donde posarse, llevando consigo el recuerdo de la humanidad, de sus logros y sus fracasos, para partir de cero en otro sitio y enmendar los defectos que los habían traído a esta situación.

Macallan era parte de una tradición, porque su padre y su abuelo habían trabajado también en los primeros estadios de la fabricación del arca. Escoceses orgullosos, herederos de rebeldes y navieros que ahora plantaban su rebeldía al futuro negro y volcaban la experiencia constructora que corría por sus venas en la edificación de la más grande nave que jamás el ser humano hubiera imaginado siquiera. Treinta años de su vida, noches de fatiga y sudor, pulmones quemados por el humo, puliendo el metal, arrancándolo de las entrañas de una tierra malherida, o trasladándolo a los hornos que le darían la forma del águila que algún día, cada vez más cercano aunque estuviera siempre lejos, sería capaz de remontar el vuelo.

Y así un mes y otro mes más. Macallan había visto quemarse compañeros en el esfuerzo, los había visto morir en accidentes imprevisibles o arder en fallos técnicos que, al suceder ahora, salvarían cualquier otro accidente en el futuro. Otros daban lo mejor de sí y se hacían a un lado, para que algún recién llegado ocupara su puesto y aplicara su especialidad, bien fuera apretando un tornillo o ajustando un mamparo, o comprobando un ordenador, o calculando el nitrógeno líquido que sería el alimento de la máquina. El esfuerzo de todos valía, porque la necesidad de todos era la misma.

Y por fin un día, casi sin que se dieran cuenta, todo estuvo terminado. Macallan y los hombres como Macallan volvieron a sus casas, tras contemplar por última vez con sus propios ojos aquella obra maestra de la ingeniería y el arte a la que habían dedicado no los mejores años de su vida, sino todos los años de su tiempo. Pasaron semanas, mientras se ponía a prueba la solidez de la máquina, mientras se comprobaban los ajustes, los programas, los sistemas de navegación, las cámaras criogénicas, los mapas estelares, las bibliotecas informáticas y los equipos de salvamento, los directores de coordenadas, la puesta a punto de la tripulación y el pasaje. Nunca la humanidad había creado nada más hermoso, más completo. Nunca había dependido tanto de su obra como lo hacía de la Esperanza.

Macallan vio el despegue por videovisión, desde su portátil, sentado en la cima de una colina que dominaba las lowlands y parecía extenderse hacia el infinito, y abrió una botella del whiskey que llevaba su nombre, el mismo whiskey con el que sus compañeros bromeaban a su costa, y sintió una comezón de orgullo al ver el arca surcar el cielo, alzarse como una manta raya imposible sobre el suelo de la isla, remontar las alturas y perderse poco a poco de las señales, hasta convertirse en un sol diminuto que buceaba hacia las alturas del espacio. Macallan sabía que los hombres de roca como él mismo, ahora, tenían igual que él los ojos llorosos, pero la obra de tantas vidas había merecido la pena, porque el arca estaba allí, en órbita, entre la tierra y esa luna que ocupaba ya un lugar enorme en el cielo y que dentro de algunas décadas se estrellaría contra el planeta de donde una vez había surgido.

Macallan brindó en silencio por aquel sueño, y apagó el portátil, y durante un rato contempló la puesta de sol, hasta que su propia sombra se fundió con las sombras más grandes de las montañas que las rodeaban, las montañas de donde habían extraído la energía que ahora impulsaba a la Esperanza. Ya no habría, lo sabía, más sueños, ni más espera. Su labor, la labor de cuantos aquí quedaban, se había terminado. Si el arca llegaba a su destino, o se desviaba de su ruta, o se estrellaba contra algún asteroide, eran contingencias que siempre estarían allí, pero que ellos no sabrían nunca. No importaba. El trabajo de hierro de los hombres de roca estaba concluido. Durante los años de su trabajo, siempre habían sabido que para ellos no habría futuro, sino sólo presente, y llegados a este punto sólo les quedaba ya el pasado, el recuerdo de lo que fueron.

© 2007 Rafael Marín por la narración.
© 2007 Pedro Belushi por las ilustración.

 

rafamarinEl gaditano Rafael Marín es escritor y traductor. Se dio a conocer con Lágrimas de luz en tiempos deNueva Dimensión. Ha publicado también Salther: la leyenda del navegante, Mundo de dioses, El muchacho inca y Elemental, querido Chaplin. Recientemente Ediciones Minotauro le ha publicadoJuglar, basada en la leyenda del Cid Campeador. Sus mejores relatos han sido recopilados en las antologías: Unicornios sin cabeza y Ozymandias. Asimismo, mantiene también una interesante bitácora en Internet, Crisei (www.crisei.blogalia.com), donde vierte parte de sus escritos.

 

belushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001). Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).

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