LAS LANZAS DE DIOS, de Howard V. Hendrix

Por Luis Fonseca

Las lanzas de Dios es una novela pensada de forma ambiciosa y con una buena idea latente. Digo ‘pensada’ porque lamentablemente no está ni tan bien diseñada, ni tan bien plasmada, como esa buena idea se merecía. El libro se abre con un interesante ejercicio de concatenación de referencias en los primeros capítulos, pero enseguida asoman los defectos que lastran una lectura placentera del mismo: la desafortunada conjunción de un escritor depurando estilo y una traductora aprendiendo el oficio.

Pero vayamos por partes. Primero el autor, que no encuentra el pulso a la narración, ni el adecuado equilibrio entre algunas situaciones calculadamente efectistas y un discurso narrativo que se vuelve espeso y reiterativo con el paso de las páginas, y que para ser una novela de inspiración hard es demasiado poco clara en lo científico. La ‘buena’ idea gira en torno a los meteoritos y su relación con fenómenos ecológicos y genéticos a gran escala. No solo se habla de panspermia sino de las grandes extinciones y explosiones de vida en el planeta, del efecto de la lluvia de meteoros como detonador de mutaciones y de la complejidad evolutiva que ha dejado huella en el mal llamado ADN basura. También se habla de que dicho material genético cósmico ha llegado fragmentado en diferentes meteoritos y de que tiene un comportamiento en plan ‘gen egoista’ con la intención de desarrollarse en una forma que le permita su vuelta al espacio.

Como decía, la idea no está mal y durante un tiempo se adorna con una trama medianamente intrigante, pero rápidamente se embarulla con un aluvión excesivo de relaciones y metarelaciones: cabalistas, templarios, alquimistas (sí, también con la piedra filosofal), arte rupestre, mitos/ritos religiosos y chamánicos… y rizando el rizo, también entronca con facultades paranormales, con mentes-máquina, criptología cuántica y mundos paralelos… En fin, una tumoración de relaciones: demasiados árboles y demasiados bosques sin que finalmente sepamos a ciencia cierta qué tapa a qué.

El evidente embrollo obliga al autor a recapitulaciones periódicas por boca de diferentes personajes, que además del pecado original que supone el necesitar de ellas en lo metodológico, están resueltas de una forma demasiado burda en lo literario. No faltan ciertos intentos de construir un estilo y de gustarse a sí mismo, pero la sensación dominante es que el autor intenta abarcar muchos temas de la mano de demasiados personajes que no abandonan la crisálida del estereotipo, lo que acaba por arrojar una idea de cierto desequilibrio entre lo que es querer y lo que es poder. Decía en la introducción que el autor buscaba definir un estilo. De hecho esta es su sexta novela, y posiblemente el autor opine que su estilo está más que definido a estas alturas. A modo de ejemplo, hay en la novela un par de capítulos innecesariamente enmarañados o absurdamente crípticos. Luego, investigando aprendí que hacían referencia a personajes y situaciones de una novela previa: La clave del laberinto. Ese tipo de autoreferencia sin duda apunta a la confianza que el autor tiene en sí mismo, pero dado que a mi juicio la novela cojea sensiblemente dicha inmodestia hubiera sido digna de una mayor solvencia narrativa. En definitiva, el autor, no sin redaños, se atreve a mirar al abismo de la trascendencia, pero a mi entender el abismo le devuelve una mirada algo burlona.

Y en segundo lugar, la traducción, que en demasiadas ocasiones entorpece seriamente la lectura y comprensión del texto. Sorprenden ciertos tiempos verbales y el uso indiscriminado del tuteo en la traducción del ‘you’. En definitiva, hay errores más allá de lo admisible y en particular se roza el disparate en la traducción de términos científicos: hay tres o cuatro antológicos que no reproduciré para no dar una idea de ensañamiento. No deja de ser una pena porque el libro tiene unas cuantas páginas y el traducirlo ha tenido que ser un gran trabajo, así que sorprende que la traductora no haya buscado un mínimo de supervisión para cubrirse las espaldas, y sorprende aun más que una editorial seria lleve al mercado un texto tan mejorable -no solo en lo científico, insisto- y que claramente nadie ha leído con criterio antes de mandarlo a la imprenta. Si en el campo de la traducción existiera algo equivalente a la versión más gamberra del Alan Smithee cinematográfico, éste podría ser un ejemplo de su aplicación.

Para acabar, soy consciente de que a medida que me hago mayor pierdo cintura y tolerancia en relación a algunas cuestiones colaterales de la edición en general, y de la edición de la ciencia ficción en particular. Dejadme en esta ocasión ser cascarrabias con determinadas frases promocionales y su evidente descaro, que en su forma más ‘creativa’ habría que dejar para las fajitas desechables. Pensadas como están esas fajitas para estimular la compra compulsiva, alguna que otra exageración en ellas no pasa de pecadillo promocional. Sin embargo, esas mismas frases en la portada, contraportada y solapa de un libro cobran naturaleza de ‘tablas de la ley’ con el consiguiente riesgo para la solvencia de sus responsables. En el caso que nos ocupa, las siguientes tres coletillas me han resultado especialmente dolorosas:

“Una clase magistral de narrativa fantástica impartida por un auténtico maestro del género” (lo de narrativa fantástica debe doler hasta al propio autor cuya intención era bien otra, y lo de maestro será porque ademas de escribir da clases)

“Sus frases tienen garra, los argumentos están razonados y domina las materias científicas ¿qué más se le puede pedir a la ficción especulativa de vanguardia?” G.Benford (quien para su vergüenza cuando lo dijo, o bien tenía la misma editorial, el mismo agente, o quizá una pistola en la sien)

“La crítica lo compara con Dan Brown, John Le Carré o Neal Stephenson” (Si tuviera que juzgar por este libro, Hendrix está a par de años luz (por debajo) de Dan Brown en determinados aspectos, y directamente no comparte universo con los otros dos)

En fin, la venta de libros tiene estas cosas, y el que yo haya superado los cuarenta las suyas.

© 2008 Luis Fonseca

Las lanzas de Dios, de Howard V. Hendrix (Spars of God; 2006). La Factoría de Ideas, col. Solaris Ficción nº 105. Traducción de Eva Iluminada Fernández Luzón. ISBN. 9788498003673. Madrid, abril de 2008. 384 páginas, 20,95 euros.

Texto de la contraportada

A finales de la Era Cretácea, América Central sufrió un tremendo impacto causado por un meteorito que provocó la destrucción de los dinosaurios, el surgimiento de los mamíferos primitivos y, finalmente, la humanidad.

Los científicos especularon que este gran paso en la evolución sucedió debido al cambio climático causado por este enorme impacto. Pero ¿y si ese meteorito contuviera material con propiedades extraordinarias que nos ayudaran a evolucionar?

En Estados Unidos, un sospechoso grupo de coleccionistas está acumulando esta sustancia, y no parará ante nada para explotar su tremendo poder.

El camino para detenerlos pasa por las junglas de los Andes y llega a la fuente de la roca más sensacional: La Meca.

Howard V. Hendrix. Nació en Cincinnati en 1959. Obtuvo el graduado en Biología en 1980 por la universidad Xavier de Ohio. Después completó los estudios de Inglés y obtuvo el máster y el doctorado en Filosofía y Literatura Inglesa por la Universidad de California. Desde 1980 ha ejercido como profesor de diversas materias de escritura técnica y creativa en universidades de California. Es autor de seis novelas, pero saltó a la fama con ‘La clave del laberinto’, publicado por La Factoría de Ideas en 2004.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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