EL MERCADO DE LAS SOMBRAS, por Roberto Bayeto

por Roberto Bayeto
ilustrado por Pedro Belushi

 

Para Nazarena, que estudia descalza en la puerta de su casa y de la que me enamoré por primera y última vez. Y especialmente por hacerme acordar que soy un ser humano como los demás.

 

“Existe una zona cuasi neutral llamada: El Mercado de las Sombras. Ahí se venden armas de todos los estilos y aplicaciones, se planifican asesinatos, caídas de gobiernos y el destino del mundo. Los que la conocen desde dentro, los que sobreviven para ser aceptados por los demás jugadores que se mueven en tal delicado ecosistema, son realmente sombras vivientes”.

Charles Morrison, C.E.O.
de la Morrison Dynamics
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El Cairo, las cinco y media de la tarde. Las calles estaban llenas de árabes y bichos de todos los colores y formas. En los puestos de comida, se podían ver los pedazos de carne colgando, cubiertos de moscones verdes que zumbaban enojados cuando el vendedor se dignaba a espantarlos con una ramita. Eso no era siempre, en cierto momento imaginé que las dejaba poner sus huevos asquerosos por una especie de religión en plan “vacas” para los hindúes. Estos pueblos me traían loco desde hacía tiempo y me resultaban incomprensibles, realmente. Si hubiera aterrizado una nave de extraterrestres a cinco metros de donde me encontraba, creo que tendría más en común con esos bichos que con esta gente.

El olor era bastante insoportable, especialmente para un latino que está acostumbrado a carne de primera y que lo atiendan en un comercio con las manos limpias. El Tercer Mundo de África, de cualquier parte de África, no era igual que “nuestro” tercer mundo. Se podría definir esto como Cuarto Mundo, porque los niveles de miseria que se veían casi me impresionaban a mí y eso era mucho decir.

En este momento trabajaba para un Señor de la Guerra de la frontera con Estados Unidos. Era difícil esa posición y ese lugar geográfico, más después del caos en que se había sumido todo el territorio con la guerra civil, el colapso de las Corporaciones y la locura masiva de personas que estaban dementes desde que nadaban en busca del óvulo.

Genes podridos generan personas aún más podridas, dijera Stolianov, el instructor de las BMPs, un Ruso fascista de la Guardia Blanca de Kerenski al que otro ruso rojo, de las viejas Spetnaz le quebrara el cuello con dos movimientos de sus manos y se fuera silbando hacia el horizonte como buen ruso que era, ah, eso si, sacudiendo su petaca de vodka de ocho onzas y puteando porque estaba vacía.

Me tenía que reunir con un tal Bendin, un traficante de armas afgano que se paseaba de Nueva York a Marruecos, Laos o Irán. Por desgracia, no llegaba aún a Sudamérica, y los Sudacas pagábamos el precio de ser Tercer Mundo y no Primero, Segundo —nunca supe cual era el segundo mundo— o Cuarto, que era este pedazo de mierda llena de moscas, gusanos y tipos que decían cosas como abarajaba jajaba y ni idea que carajo más. Por más que lo había intentado, no entendía nada de nada el árabe o sus variaciones.

Me senté en un Bar, o algo semejante. No había alcohol, en esta zona eran tan musulmanes que ni siquiera vendían una buena cerveza fría, bueno, frío es una utopía en un lugar donde había cincuenta grados a la sombra. Pedí algo para beber, pero nada para comer. Detrás del vidrio manchado del exhibidor del mostrador, pude ver más moscas y borrosamente algo que parecía ser un postre. Parecido no era lo mismo para mí que real. Soy un mercenario, un asesino, me he arrastrado por el barro de las selvas colombianas y devorado serpientes —si estás cinco días sin comer nada son manjares—, pero cuando estaba en una ciudad, quería vivir bien. Para eso me moriría de hambre aquí y cuando terminara mis negocios: París, una buena provisión de champagne, pan caliente y quesos. París, si señor, ahí se comía bien. Los franchutes estaban locos, los veía con sus trajes de diez mil Nuevos Euros almorzándose una baguette por la calle como si nada, ¡caminando! Y ni siquiera se sentaban. Estaban muy ocupados dirigiendo lo que quedaba del mundo junto con el resto de la Unión Europea.

El tal Bendin tenía buena mercadería. Me soltó dos rusas que estaban de miedo, pero yo ni me inmuté. Esa técnica de que sus “esclavas” te sedujeran para después sacarte buenos precios era más vieja que Esparta, así que decliné aclarando que no era homosexual —aquí a los homos los lapidan como si fueran ratas— pero que venía a hacer negocios y el placer me lo daba en otras circunstancias menos “stressantes” —Paris, Italia o Inglaterra sin extrañas enfermedades venéreas—. Cabe aclarar que un buen musulmán jamás te daría una mujer que no fuera “infiel”. Si tocara una afgana, el tipo que me sonreía ahora y ofrecía las rusitas, me estaría cortando la mano y disparando con una sonrisa en el rostro. Infieles, así nos consideran y para ellos no valemos ni la ropa que llevamos puesta.

Después de terminar la transacción tenía cinco helicópteros Apache, —reconstruidos por un ingeniero ruso ex jefe de la Kamov—, y sus buenas dotaciones de misiles Hellfire, Tow, Stinger, FFARFolding-Fin Aircraft Rockets— y munición de 1.5 como para derrocar cinco republiquetas bananeras, es decir, media Sudamérica.

Pedro Belushi ilustra el relatoMe retiré haciendo la transacción por intermedio de nuestras palms y activando la cuenta de la vieja yquerida Suiza —un país de mierda lleno de gente gélida que se suicida casi por deporte— para que cuando esos insectos llegaran a mi “Jefe”, la transferencia se hiciera instantáneamente. Y cuando digo instantáneamente, lo era. No es bueno poner de mal humor a un árabe feo con cara de loco que te consigue helicópteros y tanques yankis robados de las propias bases. Porque hay algo que quizás no expliqué aquí, esto no está escrito para expertos, posiblemente no entiendan algún nombre, Kamov, por ejemplo, es una fábrica rusa que hace los mejores helicópteros del mundo, la línea KA que ya va por la 62, unos bichos de doble hélice que pueden transformar un pueblito en una montaña de escombros y baba de ADN humano irreconocible, los Hellfires, misiles dirigidos por láser generalmente para dársela a los tanques terrestres yFFAR otros que se tiran a ojo, es decir, posicionando el helicóptero, en este caso un Apache, para impactar sobre infantería o vehículos ligeros; bueno, los Stinger si los conocen, son antiaéreos y si no sabían lo que eran, búsquense una novela de Danielle Steele con tipos musculosos que se manosean frígidas de la época de Richard Nixon. La cosa es que yo compraba estos cacharros porque la situación en la frontera con los yankis estaba muy, pero muy caliente. Después de la matanza del golfo, de la centésima guerra en la que los macacos gringos se metieran y perdieran, se armó la gorda total. Un montón de locos barbudos vestidos con camuflajes y svásticas en los brazos, bajaron de las montañas donde comían mapaches y mascaban tabaco y dieron un golpe de Estado tal, que la propia fuerza aérea y el ejército se dividieron y se terminaron pegando entre todos. Después de eso, la marina se retiró de las costas y fue atacada por una fuerza combinada de Corea y China, hundiendo la mayoría de los barcos donde los marineros americanos desconcertados se tiraban al agua sin saber que hacer. Los tiburones tigre fueron los bichos más agradecidos del mundo, aclaro.

Yo fui integrante de una unidad de marines en Iraq y les puedo asegurar que no hay bicho más cagón que un yanki en una situación de guerra. Si son mayoría, si están apretados unos contra otros como amantes, si tienen las mejores armas y del otro lado hay cinco turcos con piedras y alguna kalashnikov roñosa y oxidada, son de temer, pero cuando la cosa cambia, cuando salen morochos de todas partes y los surten a tiros, empiezan a llamar a la mamá y a dispararse en los pies sin saber que hacer. Yo tengo una herida de 5.56 de uno de mis compañeros en la pierna. El tipo estaba tan pero tan cagado en los pantalones que se le escapó un tiro y yo fui el nabo que se encontraba en su línea de tiro, obviamente. Cuidado, los viejos no eran así. En la segunda guerra mundial y en Corea pelearon muy bien, si no lean algo sobre Omaha y el “Día D”, pero quizás la televisión, las bebidas cola, las hamburguesas o los X-Box los volvieron unos blandos, al punto que ya en Vietnam eran carne de cañón y en Iraq muñecos de pruebas de minas explosivas implantadas en cualquier parte, especialmente debajo de sus tanquetas y vehículos de transporte.

Una semana después maté a dos guardias que me caían muy pero muy mal —me decían todo el tiempocome chile y soy uruguayo, no mex— y deserté llevándome un M1 A2, un lindo tanque que le vendí a un Jeque Árabe por la cantidad necesaria para poner mi negocio de venta de armas. Una bicoca. Los uruguayos y argentinos nos parecemos en eso, no somos estúpidos y no tenemos escrúpulos ante un buen negocio, especialmente si venimos de hogares pobres donde se comía lo que se podía, no mapaches, pero si pollos llenos de hormonas que te hacían salir tetas a los ocho años aunque fueras descendiente de ucranianos y tuvieras más pelos que un mamut.

Cuando salía del antro y después de hacer el negocio, sentí a los bichos llegando. Helicópteros israelíes. Esos judíos me tenían harto con sus incursiones. Tomé mi GPS y me di cuenta que me buscaban a mí. El Mossad, lindos nenes. Mataban un bebé igual con la pretensión que en la caquita del pañal escondían C4 —otro explosivo—. Tenía que escaparme de ahí antes que dejaran el tendal de egipcios muertos y entre ellos, un servidor. Todavía había muchas maldades en la Tierra para hacer y yo era uno de los elegidos por Satanás. Esto último es una metáfora, porque imagino que deben existir un montón de imbéciles que se creen que soy el anticristo por esta afirmación y la nueva versión de La Profecía fue una cagada y el nenito de actor no asustaba ni a al puddle de Brigitte Bardot.

Vamos a aclarar algo, so ignorantes que aplastan el culo en una oficina por un sueldo de mierda, el sueño de la casita en la playa y el coche para llevarse a su secretaria para meterles los cuernos a sus mujeres que a su vez los engañan con los jardineros y diferentes tipos a los que se le ve la raya del culo cuando están trabajando en jardines o piscinas: Esto es un mundo real, no sus vidas. Leer la página de noticias de laBBC en Internet de mañana o mirar CNN Libre tomando un frapuccino—lo de libre debe ser una ironía en un país con una guerra civil y un presidente de facto— solamente les cuenta lo que ustedes quieren saber, no lo que realmente pasa. Aquí afuera, hay una guerra. Una guerra por todo, una guerra por comida, por mujeres, por armas para hacer más guerra, por venganzas, por ideologías caducas y por religiones aún más grotescas que esas propias ideologías. Hay miles matándose todos los días por un pedazo de pan, un vaso de agua sucia llena de gusanos o echarse un polvo con la más linda del pueblo, aunque esta tenga bigotes y menos tetas que un gato siamés. Ustedes en sus oficinas se matan comiendo basura, tomando psicofármacos y llorando por las noches cuando están solos como perros. Todo es guerra, el ser humano es guerra, somos animales, peleamos por territorios, delimitamos los nuestros como podemos y todo es por coger, por reproducirnos, porque una linda mujer nos mire y diga: ¡Guau, ese tipo debe tener las bolas grandes y le va a dar de comer a mis cachorros porque maneja un Audi y saca una tarjeta Gold en el supermercado para comprar un cortador de pizza de cincuenta dólares completamente innecesario…

Eso somos, y aquí se cortaban los hilos que se manejaban desde allá. La cosa es que mi localizador, suministrado por un proveedor de la KGB me dijo que los putos israelíes con sus putos Cobras, más algunos centenares de otros putos israelíes en sus aún más putos M1 y M113 me buscaban para mandarme a pasear al reino de Satanás, un tipo rojo, feo, cornudo y no de mi agrado. Corrí por una calle con edificios altos, derruidos pero altos. Se que yo no era la Madre Teresa, pero corrí entre la multitud que iba y venía buscando sótanos porque estaban acostumbrados a que los israelíes los usaran como blancos móviles para sus reclutas conscriptos, futuros vendedores de telas y joyas en Europa. Usé cuanto egipcio encontré de escudo y de todas formas, eran eso el noventa y cinco por ciento de su vida.

Pedro Belushi ilustra el relatoCabe aclarar otras cosas, los norteamericanos del Sur, los Secesionistas me buscaban. Cuidado, yo no era como el viejo Bin Laden, aquel actor de Hollywood que usaron para bombardearse a sí mismos en el 9/11 y empezar la expansión que a la larga los llevó a la ruina, sino uno de los tantos vendedores de armas que buscaban. En los últimos meses habían matado a más de quince de mi gremio, algo que me había beneficiado porque mis precios subieron como lo hace el petróleo cada tanto, cuando se inventa una guerra para tal fin. Yo sería recién el décimo en la lista, pero la cosa es que solo quedábamos diez. Los Secesionistas me odiaban porque estaban perdiendo la guerra, una guerra sándwich porque el norte los atacaba y ellos trataban de obtener comida y combustible de los países de la frontera —México era un pop corn en este momento— y en esa misma frontera, los Señores de la Guerra de los carteles de droga se estaban alzando contra las incursiones con armas cada vez más sofisticadas, al punto que parecían hastabuena gente, — ¡¡Dios!!, que no creo que exista pero jode de todas formas—. Guerra sándwich porque desde el norte los presionaban y los sudacas no se dejaba tocar más la cola. Los Estados del Sur, recurrían a los sionistas de Israel para hacer el trabajo sucio—muchos buenos judíos se habían ido al diablo y andaban por Europa tratando de adaptarse a una nueva forma de vida sin guerras ni bombardeos constantes—. Los sionistas, nazis tapados, siempre habían hecho el trabajo sucio de occidente, especialmente de Inglaterra y USA —Garaudí tenía razón en ello—, y el trabajo sucio era cortar el suministro de los Señores de la Guerra para poder saquear a los mex, venezolanos y demás y derrotar a los “yankis” que trataban de mantener un Gobierno Federal que no entendía para qué servía, pero bueno, yo trafico armas y no libros del gordo Stephen King, como habrán visto. Los sureños, para eso se habían quitado las svásticas de los brazos y eran tan judíos como Moisés —por ahora—. La historia se repetía, no se olviden que los sionistas habían traicionado a sus propios paisanos pactando con Hitler para salir disparados de Alemania cuando al demente enano austriaco se le ocurrió que era rubio, gigante, de ojos celestes y tenía el don de saber que necesitaba la humanidad. Y ni siquiera estoy seguro que se acostara con Eva Brown la que se pegó un tiro en el bunquer más por calentura sexual, creo, que porque vinieran los rusos e hicieran cola para hacerle lo que sus “soldaditos” de la Wehrmacht le habían hecho a sus hermanas, madres e hijas, porque la pobre Eva la hubiera pasado bomba con esos rusitos de 18 años que venían calientes como estufas halógenas.

Me perdía ya por un callejón feo cuando vi el primer M113. Una tanqueta gorda y lo que era peor, llena de sionistas con bolsas de arena alrededor, fusiles M4 y se ve que mi foto pegada en la nariz. Me tiraron con todo, incluso con la .60 que tenían sobre la torreta. Me arrojé dentro de un antro por una ventana y me hice creo, la vigésima cicatriz en mi cabeza porque sentí la sangre corriendo por mis orejas de forma bastante desagradable.

Los malditos gusanos conscriptos —eran unos chicos de unos diecinueve años— descargaron todo lo que tenían sobre el antro. Había putas tiradas por todas partes, árabes cabreados y un gordo que preparaba un RPG —un lanzacohetes ruso— con media docena de cohetes para tirar por la ventana, bueno, si al agujero que estaba quedando se le podía llamar ventana. Con uno de esos RPGs podría hacer saltar el M113 fácilmente, pero estaba enojado para pedírselo y yo estaba por la mía acá y en todas partes. Además si el egipcio se enteraba que le habían demolido el boliche por mi culpa, el cohete me lo metía quien sabe por qué lugar — ¡sí lo saben!—.

Me fijé cuantos cargadores me quedaban en mi automática y me di cuenta que tenía para dar una buena pelea urbana y si podía llegar al tanque, pegarle una de las nuevas bombitas de C4 minúsculas que inventaran los chinos y que llevaba en los bolsillos de mis pantalones color arena en cajitas de chicles, porque eso parecían, chicles esféricos de colores. Al menos, en la calleja chiquita, los M1 que venían por detrás quedarían varados unos minutos y me darían tiempo a escapar hacia alguna parte donde me pudiera pintar la cara con maquillaje —insisto que no soy gay, es solamente para parecer un árabe— y utilizar uno de los tantos pasaportes falsos que tenía en mi mochila.

Cuando me encomendaba a ningún dios, porque no creo en nada ni en nadie —lean lo que les conté antes y díganme si puede haber un dios dándole pelota a la humanidad— sentí la explosión y una lluvia de carne quemada, sangre y metal entró por los agujeros del símil de ventana. Me quedé inmóvil unos segundos, hasta que sentí en la Puerta:

— Rojas, si le interesa tengo también media docena de tanques M3 que recién me llegaron de la base secesionista de Kabul… Unos viejos amigos míos se cobraron una deuda que no les pagaban desde el 2002.

Asentí y salí con el grupo de encapuchados. Fedayines; curioso, pensé que estaban extinguidos después que los israelíes y los ingleses arrasaran campo de entrenamiento tras campo de entrenamiento sobre fines del siglo veinte. El M113 era una masa de metal quemándose y había israelíes en plan puzzle por toda la calle. Me imaginé un rompecabezas suizo con la propaganda: Si arma un israelí de estos en menos de cuarenta y ocho horas, le regalamos otro. Bueno, los Suizos… Algunos me tildarán de que este chiste es malo, pero si buscan en sus bancos por Ginebra y otras ciudades, podrán encontrar en las cajas de seguridad dientes y muelas de oro judías que los nazis mandaban en camiones y trenes como una forma de asegurarse una casita en la montaña con vacas, Heidi, el abuelito y una teutona rubia de ciento cincuenta de busto incluida. Había un tal Michael Moore hace unos cuantos años que habló algo de eso. Era un gordo simpático que no se si escapó de la matanza en la guerra civil o ahora está en una fosa común en Washington.

No, gracias, pensé. Nada de puzzles. Me alcanzaba con el que me vendía los electrodomésticos en mi barrio y era un buen tipo que no creía que “el pueblo elegido” implicaba apoderarse de toda la Tierra. Más bien era de los judíos de izquierda, completamente desentendido del dinero y buen padre de familia. Uno de los que había escapado de Israel cuando la locura de la guerra. Y cocinaba bien, hacía unas empanadas exquisitas y le importaba un comino como sacrificaban las vacas con las que hacía el relleno —nada de esa basura kosher—. Yo lo visitaba cada tanto y hacía los mejores chistes de judíos de la Tierra, y él se podía permitir ese lujo porque era del gremio. Si los hacía yo era un nazi de mierda y les aseguro que soy menos nazi que Ana Frank.

— Creo que me interesa el negocio… — asentí, sonriendo, cuidado, era un buen negocio, pero la vía de escape que me brindaba valía mucho más que dos divisiones blindadas de Tanques Black Eagle rusos.

— Tengo un avión pronto para salir a Milán. Esto se está poniendo demasiado “caliente” hasta para mí. Los israelíes están descontrolados y en cualquier momento los van a atacar fuerzas combinadas de los iraníes, los sirios y los egipcios.

Lo miré dudando. Era imposible que esos tres países juntos derrotaran a Israel, que se había armado hasta los dientes en los últimos veinte años —siempre lo hacían pero ahora estaban peor al punto que pedías una pizza y te la traían en un blindado ligero—.

—Son los chinos… Parece que se cabrearon por algo y quieren a Israel fuera del negocio, algo de un misil que impactó en su embajada y mató a la mujer del primer Ministro Cheng, que estaba de visita de buena voluntad con la Cruz Roja.

Miré a Bendin con expresión de duda —la mujer del Primer Ministro chino era una gorda vieja y fea y cuando digo fea, era FEA—.

— No a esa mujer… Se había divorciado y tenía una chica nueva de veinte años, un primor… Creo que fue la Miss Mundo del año pasado o del anterior y aparte, estaba enamorada del viejo… Cosas que pasan… Tu los veías y parecían dos tortolitos de una novela barata de…

Danielle Steele — respondí, riendo.

Bendín rió.

—¿Hay peor escritora en la superficie de la Tierra?

—¿La que hacía Harry Potter?

—¿Qué es eso? ¿Una marca de sopa?

—Una sopa muy indigesta…

Pedro Belushi ilustra el relato

Mientras huíamos en un jeep UAZ hacia un aeropuerto escondido en el desierto, me dieron lástima los israelíes. Por un puñado de colonos retrasados y nazis y unos milicos descontrolados por el poder y el racismo exacerbado, pronto iban a tener chinos cayendo en paracaídas sobre sus ciudades como moscas en la carne podrida del mercado de El Cairo.

Y era carne que no duraría mucho porque eran muchas pero muchas moscas amarillas y no tenían una guerra de verdad desde 1940 donde los japoneses los usaron hasta para tirar al blanco y en Corea no se los puede contar porque nunca entraron abiertamente y no tenían el potencial que ahora mostraban con exhuberancia.

Subimos a un F-117 —este Bendin si que volaba con clase— y nos dirigimos hacia el Mediterráneo.

— ¿Un F-117? Esto es casi imposible de conseguir, Bendin… Tengo que reconocer su habilidad en este negocio.

El árabe sonrió mientras descorchaba una botella de Château francés, de no menos de quinientos nuevos euros —a la mierda con la religión musulmana cuando estás en este negocio, al menos en lo que respecta a un buen vino— y me respondió, haciéndome un guiño:

— Está en venta… ¿Cuánto se piensa que puedan pagar sus “patrones”?

Pensé en que bastante dinero y sonreí torcido pensando en ese Ferrari que viera en Milán la semana pasada. Por un bombardero “invisible”, sacaría una comisión tal que me compraría el Ferrari y a la rubia que estaba parada al lado promocionándolo, aunque ésta última fuera una imagen de cartón, claro.

— Creo que lo suficiente para que se compre la bodega donde fabrican este excelente vino, a los monjes y el resto del pueblo al pie del monasterio.

— Ya son míos, pero me sirve la metáfora — Bendin sonrió y apretó mi mano en un trato con escupida incluida. La escupida era un ritual asqueroso pero importantísimo para un pueblo donde el agua fue lo que más le escaseaba por siglos. Los arquetipos son los arquetipos. Aparte Bendin usaba mejor enjuague bucal que yo: tenía muchísimo más dinero y buen gusto, al punto que podrían usar su saliva para curar la lepra.

Pasamos sobre el cairo y pude ver los helicópteros tirando al blanco sobre todo lo que corriera o reptara y me di cuenta que debería aprender a hablar mandarín con más fluidez si quería estar al tanto del nuevo teatro comercial que se venía para el Mercado de las Sombras. Al menos creo que entendería más el chino que el árabe.

— Yo aprendí mandarín el mes pasado — me dijo Bendin, sonriendo.

Lo que faltaba, el afgano además era telépata, si yo hubiera creído en esas supercherías, claro.

Me recosté en el asiento reclinable y me imaginé paseando en mi Ferrari por Salerno o Capri. Cuando llegara a Italia me sentaría a comer un buen plato de ravioles de verdura. Y especialmente, me animaría a hablarle a aquella bella italiana de unos veinticinco años que siempre, estudiaba descalza en la entrada de su casa mientras jugaba distraídamente con los dedos de sus pies. Nazarena, me habían dicho que se llamaba. Si señor, no tenía una mala vida cuando las balas se alejaban de mi cuerpo como recuerdos difuminados de una vida casi irreal, en un lugar llamado El Mercado de las Sombras. Me di cuenta que la metáfora de las sombras era también aplicable a la vida de los que subsistíamos de esto, éramos sombras que se escabullían desde el desierto a la selva, desde las llanuras a las montañas, como espíritus elementales de la naturaleza. Debo reconocer que en algunos momentos, dudé de mi propia humanidad y pensé que era parte de un decorado creado por algún dios de la guerra caprichoso, pero como les dije antes, no creía en dioses. Así que, me quedaba con lo que era, una sombra más del Mercado de las Sombras. El avión hizo una maniobra evasiva. Un escuadrón de F-22 israelíes acudía a Alejandría a seguir bombardeando, con suerte quedaría en el lugar siete u ocho, había tres vendedores más en la zona y dudaba que tuvieran mi suerte. No nos vieron, realmente, éramos sombras que recorríamos el cielo como ángeles de la muerte, portando en nuestras manos, todas las plagas imaginables.

 

© 2007 Roberto Bayeto, por el texto.
© 2008 Pedro Belushi por la ilustración.
Roberto BayetoRoberto Bayeto Carballo (Montevideo, 1964). He escrito los guiones de dos álbumes de comics en nueve idiomas —Genética Grunge—, los cuales salieron no solo en hard cover, sino también en revistas como Heavy Metal, la mejor publicación de cómics del planeta, según los entendidos —a mí me gustaba más El Víbora, pero es una cuestión personal— en sus especiales Sirenas y Steampunk; me publicaron una novela corta llamada En la Tierra Donde Viven los Dragones en la revista Isaac Asimov española, dirigida por el Pope de la ciencia ficción hispana y una de las mejores personas que he conocido, Domingo Santos; un relato “Monstruos” y una crónica de mi viaje a Utopiales 2004 en la misma BEM, el relato “Monstruos” como “Mordeurs” en la antología Utopiae 2004, relatos y comics en Axxon, Vórtice, Skorpio, Galileo y NO, Argentina, Ad Astra española, en la antología Fragmentos del Futuro de Espiral, Diaspar, REM, Trantor y artículos en diarios y suplementos uruguayos, uno de ellos sobre mis cuatro años en la Policía uruguaya, en un grupo táctico de asalto urbano… y un largo etc”.

Nota: Roberto Bayeto tiene un estudio de animación MTW-Studios

 

Foto de Pedro BelushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras estánMelquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).

Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet)

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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