LA VIDA ES UNA TÓMBOLA

La que hoy presento fue la undécima columna de “Se buscan libros” que fue publicada en BEM, en el número 70 (Agosto-Septiembre de 1999), y que aquí aparece en undécimo lugar.

Pocas filosofadas han estado más presentes en mi vida como la que planteaba en esta columna: El Reparto de Papeletas para la Gran Rifa de la Vida. Han pasado casi diez años desde que la escribiera para BEM, diez años durante los que me he hecho mucho (mucho, mucho) más viejo, mucho más que los diez años anteriores. En este tiempo he visto cómo personas allegadas ganaban el Gran Premio, y cómo a pesar de ello, otras cuántas siguen comprando indiscriminadamente las mismas papeletas que al otro le han hecho ganar.

Y diez años en los que, a pesar de intentar evitarlo, yo también he comprado muchas más de las dichosas papeletas de lo que hubiera deseado. Pero es que, al final, como el destino de los protagonistas de Pórtico, es del todo inevitable, si queremos seguir viviendo en este mundo tan extraño (ríase usted del de los Heechee) que hemos construido.

En fin, cierto que podría haber comprado más, y no lo he hecho, lo cual en parte es un consuelo. Consuelo que, según va pasando el tiempo, es cada vez menor.

Lector, se lo sugiero de corazón: no compre papeletas para esta Rifa, que toca.

Al menos, no muchas.

La vida es una tómbola

La Vida es como una rifa en una tómbola de feria

Gateway de Frederick PohlEl premio, el Gran Premio, es la muerte. Cuando nacemos, la Vida nos regala un montón de papeletas para la Gran Rifa, a unos más, a otros menos, un número que va en función de las condiciones del propio nacimiento. Después, a lo largo de nuestro deambular por la existencia, la Vida nos va dando más papeletas, las cosas que ocurren a nuestro alrededor provocadas por el ser humano colectivo y en las que nuestras acciones individuales provocan un efecto de bola de nieve: las guerras, la miseria, la xenofobia, la contaminación, la deforestación, la expoliación de los fondos marinos… Todo ello nos acerca un poco más a nuestro destino.
Pero es que muchos no nos conformamos con las papeletas para la Gran Rifa que nos va regalando la Vida, y nos empeñamos en ir consiguiendo más y más según vamos consumiendo nuestros años: compramos papeletas con las cajetillas de tabaco, con las botellas de alcohol, con la conducción del coche (si es en las vacaciones de verano, dan más por el mismo precio), con los alimentos saturados de grasa, con el sedentarismo, con cada jornada estresante de trabajo, con cada sesión indiscriminada de rayos U.V.A., con cada relación sexual promiscua con amistades desconocidas de fin de semana…
Al final, inevitablemente, todos acabamos obteniendo el Gran Premio, sólo que cuantas más papeletas llevemos, más fácil será conseguirlo antes.

Pórtico (premios Hugo, Nébula y John W. Campbell Memorial en 1978), de Frederik Pohl, es también una Gran Rifa en la que el premio, el verdadero Gran Premio, es conservar la vida.

En un lejano asteroide se han encontrado centenares de naves espaciales pertenecientes a una antigua, evolucionada y desaparecida civilización extraterrestre, los Heechee. Cuando se fueron de allí se lo llevaron todo, excepto las naves. Ni instrucciones, ni manual de usuario, ni curso acelerado de navegación… nada. Sólo las naves, perfectamente operativas y con piloto automático programado para llevar a sus tripulantes hasta un lugar desconocido donde les esperan diferentes destinos: nada en absoluto, o el descubrimiento de algo importante para la Humanidad (restos de la civilización desaparecida, nuevos materiales, nuevas vías de comunicación entre mundos, informaciones útiles…), o la muerte. Por desgracia, no se puede elegir, y es la nave elegida la única que determina cual será la meta.

Así, los candidatos deben participar en un sorteo espeluznante donde cuantas más probabilidades de ganar elijan seleccionando una misión en una nave cuyo periplo sea más o menos conocido, menor es el posible premio a obtener, en una relación inversa perfectamente equilibrada. Y cuanto más difícil sea vencer (es decir, no perder la vida), la recompensa resulta igualmente proporcionada (mayores riquezas y gloria eterna).

Aunque no siempre es así, porque las reglas del juego de los Heechee no son fijas.

De este modo, las vidas de una serie de personas cuya última y única esperanza es no morir en alguna de las misiones desconocidas en las que se embarcan, al mismo tiempo que obtienen una recompensa que les permita abandonar para siempre este trabajo y vivir el resto de sus días sin problemas, se convierten en un juego en el que, paradójicamente, lo más difícil no es elegir la opción por la que apostar, sino decidirse a apostar por alguna opción.
Portico de Ediciones B NOVADe Pórtico me ha sorprendido descubrir que, para mí, lo menos interesante ha sido su característica de ser una novela de ciencia ficción. No son los Heechee, la desconocida raza constructora de las naves, lo que más ha llamado mi atención, ni su misteriosa historia, ni sus intenciones, ni las naves, ni los lugares a los cuales viajan, ni los secretos o peligros que allí se pueden encontrar los tripulantes… Lo verdaderamente fascinante son los personajes, sobre todo los dos protagonistas, Robinette “Bob” Broadhead, y Gelle-Klara Moynlin, y el modo en que se enfrentan a (o se escabullen de) la espantosa situación que resulta ser la elección de una misión exploratoria en una de las naves extraterrestres. Cómo afecta esta lotería en la que viven a sus vidas y a sus relaciones mutuas, a sus estados de ánimo, a su carácter y comportamiento… como si se tratara de jugadores empedernidos, que a un tiempo aman y odian a su vicio, con la desesperación del que sabe que no puede sobrevivir sin ello, ni con ello.

Por último, me gustaría destacar un episodio que sucede entre los dos protagonistas, de entre todas las aventuras que viven a lo largo de la novela. En él, los primitivos instintos del animal humano surgen al exterior violentamente cuando la presión exterior es tan intensa que todo rastro de socialización desaparece bajo la tensión, controlando el comportamiento evolucionado de las personas, dominándolas, haciéndolas involucionar irremediablemente. En la Naturaleza, el débil se defiende ante el fuerte mostrándose sumiso. Los animales lo hacen, los humanos lo hacen. Pero si el débil se confunde y emite una “señal” de agresividad ante el fuerte… entonces está perdido. Por favor, deténganse en este asunto, estoy seguro de que les ayudará a comprender mejor aquello que ya comenté un día en esta misma página y que se refería a la lucha interminable por mantener un equilibrio en el interior de nosotros que, en el fondo, es tan antinatural como andar por la cuerda floja.

PÓRTICO
FREDERIK POHL, 1977
Grandes Exitos de Bolsillo, B-128, Ciencia Ficción-56, 1987
Traducción de Pilar Giralt y María Teresa Segur

© 2008 Luis Astolfi

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