48, de James Herbert

por Pedro A. García Bilbao
El pasado que nunca fue
El futuro que aún puede llegar
Una idea excelente, un ambiente lleno de posibilidades y un autor que encontró un escenario real lleno de sombras del pasado se combinaron para una novela que mezcla el terror con la ucronía.

La idea consistía en plantearse la hipótesis de una ataque bacteriológico aniquilador lanzado por los nazis en sus últimas horas, con el resultado de la destrucción mutua de ambos bandos.El ambiente en el que la historia transcurriría sería el Londres cuatro años posterior al apocalípsis con las secuelas propias de estos casos, destrucción, abandono, montañas de cadáveres (no todos muertos), algo oscuro, húmedo y terrorífico.

El escenario real lo ponen los hoteles, palacios, refugios subterráneos de la guerra mundial y las calles y muelles de Londres que el autor visitó para ambientarse. Cualquiera que haya descendido a un viejo bunker o refugio comprenderá el tipo de viaje en el tiempo que implica tocar y sumergirse en estos viejos restos.

James Herbert
dedicó parte de su tiempo en 1995 y 1996 para tejer la trama de esta historia, impresionado, en propia confesión, por el contacto con las secuelas del pasado que había encontrado en un viaje a Londres. Al regresar a su Sussex natal, Herbert acometió la escritura de 48, una oscura ucronía.

A los lectores de ciencia ficción les importan mucho las ideas de base de las historias que leen. 48 no es ciencia ficción, ni lo pretende, pero la naturaleza de su trama base roza claramente el género, aunque su autor se mueve casi exclusivamente en el ámbito de la novela de terror. Estamos ante una obra fronteriza, donde el reclamo de la idea de base nos llevará a encontrarnos lectores con diversos interéses.

Lanzada con todo el apoyo editorial de los grandes best sellers de diseño, esos que nacen con ese sello aún antes de vender un ejemplar, 48tuvo cierta pegada por lo sugerente de su idea. Muy pronto se desinfló; no funcionó el boca a boca, salvo en sentido negativo.

El título, ese 48, no es casual. 48 es 84 al revés. George Orwell escribió sobre los orígenes de su novela «Milnovecientosochentaycuatro» (que es como se titula realmente), que el Londres histórico de 1948 fue una de sus fuentes claras de inspiración: la ciudad tenía amplias zonas destruidas, todavía con las ruinas sobre el terreno, había problemas serios de suministro eléctrico y de comida, la gente había sufrido mucho (muertos, enfermedad, separaciones, huerfanos, viudas) y el ambiente era sombrío pese a la victoria en la guerra contra los nazis. Para su especulación sobre el totalitarismo, Orwell le dio la vuelta al año en el que vivía cuando acometió aquella escritura, 84 es 48.

James Herbert ha escogido el mismo año por parecidos motivos a los de Orwell, pero el contenido de su fábula es muy distinto y su alcance mucho mas corto.

Un laboratorio nazi desarrolló, en la ficción que se nos propone, un virus capaz de causar la coagulación de la sangre de forma inexorable. La misma idea de Michael Crichton en «La amenaza de Andrómeda». En la locura de los últimos días del Reich, los cohetes V-1 lanzan sobre Inglaterra una carga mortífera, arrolladora y letal. Tras un breve momento en el que los intentos de cuarentena parecen tener éxito, toda barrera cae y la Gran Bretaña es barrida por el virus; de forma inexorable, el continente europeo sucumbe a su vez. Cuatro años después, la desolación es casi total. La población humana ha sido prácticamente aniquilada.

Los protagonistas de 48 son, obviamente, parte del reducido grupo de supervivientes. La historia no nos lleva a los momentos del ataque y la lucha contra la enfermedad, la opción del autor es otra.

Herbert acude a los arquetipos de la novela de apocalipsis por enfermedad; escasos supervivientes sanos por razones genéticas (quizá el 1% de la población), malvados mutantes enfermos (que en este caso son además, nazis británicos) y enloquecidos y las correrías de unos y otros por entre las ruinas de la civilización. La trama no aporta nada al género; está llena de tópicos y lugares comunes. Antes, al contrario, aporta frustración al lector, que llega al punto de la incredulidad ante lo que se le presenta. Hay escenas que, tomadas aisladamente, son sugerentes, muy visuales y hasta angustiosas (el gran bunker antiaéreo y su solitario guardian; el lujoso hotel refugio; el solitario bombardero de un superviviente nazi quizá enloquecido), pero fallan los enlaces entre ellas, es decir, falla la historia.

El problema de 48 no radica en la coincidencia en los supuestos dramáticos con otras obras. Novelas de fin de la civilización hay muchas y los lectores las aprecian especialmente. Londres es una de las urbes favoritas para tales escenarios. Pero ocurre que James Herbert no logra el sentido de la maravilla de John Wyndham en «El día de los Trífidos», ambientada en un Londres todavía mas clásico que el de 48. Se supone que Herbert es todo un profesional de éxito. No comprendemos la sequía mental con la que afronta la novela. Se agotó ideando su escenario y no le quedó nada para resolver la historia. Si se hiciera un film sobre 48, nuestro mejor consejo sería que, por favor, no respeten el desarrollo de la historia que hace el autor, salvo que les guste la serie Z de terror, por supuesto: no podemos aclarar mas datos sin terminar por reventarle la novela al sufrido lector.

48, de James Herbert, pertenece al grupo de las ucronías puras, el punto de cambio es autónomo respecto de la línea temporal histórica; se desarrolla en la segunda guerra mundial en los últimos días del Reich y desemboca en una obra de tema apocalíptico, variante virus letal, con un tratamiento, fallido, de novela de terror.

© Pedro A. García Bilbao

 

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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