EL HOMBRE DE AZUCAR, de Carlos F. Castrosín

Presentación

El cuento “El hombre de azúcar” está incluído dentro de mi antología “Terra incognita” que salió publicada en la editorial Silente en 2003, recogiendo mis mejores relatos. Una versión más primitiva de este cuento estuvo apalabrada para salir publicada en lo que en aquella época era uno de los hitos: el último número de “Cyber Fantasy”. Pero justamente esta revista se fue al garete… En él pretendía crear un cuento dentro de la geografía española uniendo la CF con el terror, mezcla que siempre me ha atraído.

C.F. Castrosín

 

El hombre de Azucar

 

Autor: Carlos F. Castrosín
Ilustración: Pedro Belushi

 

Rodearon la zanja de drenaje con lentitud. Pasaron al lado de una estaca ladeada que sobre­salía de los bajíos como si fuese una boya, la última huella de un ser huma­no, señalan­do la boca del canal medio tapado por el cambio de las co­rrien­tes.

Tan en silencio se movía el bote que se podía oír el roce del agua contra el casco. Las zonas de marga no tenían profundi­dad suficiente para que el motor fun­cionara. Entre tanto, la exube­rancia de los marjales perma­necía estática, escon­diendo la agita­da vida suba­cuá­tica que provocaba fantasmales ondula­cio­nes por delante del esqui­fe, acen­tuando en Ortiz el senti­mien­to de vacui­dad que le atenaza­ba.

-♫ El hombre de azúcar voló…

Por el color pálido del cañaveral, el agua se volvía gris cuando se nu­blaba el sol. Y los oscuros islotes, con su conti­nua presencia, se separaban, se aleja­ban y volvían a juntar­se como piezas de un rompecabezas monstruoso que no acabara de comple­tar­se nunca.

-♫ El hombre de azúcar se fue…

Y sin embargo, el día se había levantado con fuerza. Proyectaba un hori­zonte plateado hacia occidente, una ventana de luz que alejó por unos momen­tos los vagos temores que durante la semana llevaba acumulados.

-♫ El hombre de azúcar surcó los cielos…

Se quedó mirando la forma en que el escuálido barquero, en pie sobre la baranda, inclinado hacia fuera por encima de la popa, se balanceaba con la espa­dilla que utili­zaba a modo de timón, a un lado y a otro, a un lado y a otro, contra las paredes de follaje impenetrable. Se acompañaba de aquella canción absur­da, sin senti­do, que repetía incansa­ble, con el cielo blanco como fondo:

-♫ El hombre de azúcar llegó al hog…

-¡Basta ya! ¡Cierra la boca de una vez! -le interrumpió Araujo, a su espalda. Ortiz permaneció sentado en la proa sin protes­tar. Dejó que fuera Ramiro el que se levantase y le preguntara en tono displicente al dueño de la embarcación-. ¿Queda mucho para lle­gar, Pellica?

El rostro en sombras bajo el sombrero de paja no dio ninguna respuesta. Igual que siempre, como cada mañana que habían salido en busca del condenado róbalo, se fijó en silen­cio Ortiz, al darse la vuelta. Hasta el propio Ramiro empezaba a mos­trarse inquieto ante el mutismo contumaz del hombre.

La hediondez del hotel, los fritos repug­nantes de la cafe­tería, la nube de mosquitos que le perse­guían. Estaba deseando que acabase la semana, que se marcharan, que dejasen aquella destartalada barca, al autista del Pelli­ca, a todo el pueblo. Él no tenía nada que ver con aquello. No sentía “la Gran Pasión por el depor­te de la caña”, como decía con pompa Ramiro, medio disculpándose, cuando lo comen­taban con otros aficionados. Aún, en aquel instan­te, no hacía más que pre­guntarse­ cómo era posi­ble que estuviese allí, sentado en esa banqueta, rodeado por aquella geogra­fía arcaica de blanco polvo de marga acumulado a base de siglos, de aguiluchos que de cuando en cuando aleteaban cansina­mente posándose en alguna de las balizas que se iban encon­trando, de garzas, de garce­tas, de carriceros, de budiones, pero ningún róbalo… ningún róba­lo…

Desde el principio le había parecido ilógico pagar aque­lla cantidad disparatada por pasearse en un esquife de incomodísi­mos bancos para que los fueran empujando con una pértiga, de un sitio a otro, entre marismas olvidadas de Dios. “¿Es que no tienes sentido de la aventura, Paco? ¡El róbalo! ¡La reina del sedal! ¡Espera que nos vean en Madrid con un ejemplar entre las manos!”

Al menos el pueblo era un sitio barato que, como tema de conversación, podrían utilizar con provecho cuando volvie­ran al despacho, se conformó revisando en su memoria las agrieta­das calles cubiertas de maleza de la antigua cooperati­va, aquel pequeño poblado al otro extremo de una carrete­ra, junto a siete kilómetros de canal, que recorría el yermo de las innumerables islas, aguarrales y pantanos hasta el término con la siguiente provincia.

-Paco -Araujo lo despertó de sus cavila­cio­nes-. ¿Te has fijado? Qué extraño. Hay una bruma…

Ortiz prestó atención a lo que le acababa de señalar. Una especie de calima tenue empezaba a compac­tarse por delante. El bosque de arbustos simulaba gravitar a unos centíme­tros del agua. Los vástagos largos y extendidos de las espadañas des­cendían arraigando en el suelo nebli­no­so. El sol refulgía en el cielo, se elevaba poco a poco hacia el mediodía.

-¿Oyes?

-¿El qué? -no se escu­cha­ba nada. El mundo había desapare­cido. Todo en los bajíos blancos pare­cía de repente vigi­lar y espe­rar. Se notaba una tensión invisible, de electricidad flotan­do. Ortiz se incli­nó a un lado, metió un brazo en el agua y lo sacó rápida­mente, gritando sin entender-. ¡Está caliente! ¡Está mucho más calien­te!

Araujo no le hizo caso. Empuñaba su caña rígido, como si sostuviese una lanza. Las gruesas hojas de los carrizos habían sido quemadas en parte. Todo el anverso superior abrasado. Un fuerte hedor inundaba la atmósfera. La maraña vegetal se apretaba, se ha­cía imperceptiblemente más intrin­cada y confu­sa, hasta abrir­se en un claro repenti­no que les dejó flotando en medio con la niebla a más de un metro de la canoa. Las puntas visibles de las parrojas copudas estaban chamusca­das, pulve­rizadas por algo que…

-♫ El hombre de azúcar voló…

Ortiz se asustó al escuchar de nuevo el miserere de aquella canción en la garganta del barquero intentando calmar­se, el trémulo desa­sosiego por debajo de la melodía. El Pelli­ca dejó muy despa­cio la percha que tenía entre las manos, se quitó el sombrero y, con un dedo tem­bloroso, señaló un punto que sobresa­lía de la calí­gine. Ortiz se volvió hacia donde el hombre indicaba. Araujo, en la punta de la proa, no quitaba ojo de la forma que se alzaba en mitad de la lagu­na, aquella especie de roca enorme, de montícu­lo oscuro, que, a una veintena de metros, yacía se­mihun­di­da en los ba­jíos. Una grieta dividía su enne­greci­do contor­no en dos partes casi simétricas, enseñando el inte­rior todavía incan­descen­te.

-♫ El hombre de azúcar surcó los cielos. El hombre de azúcar llegó al hogar -empezó a repetir el Pellica, igual que un poseso, santiguándose con una mano.

-¡Cálmalo! ¡Cálmalo! -chilló Araujo, viendo que con su histeria estaba poniendo en peligro a todos.

Ilustración de Pedro Belushi relato El hombre de Azucar

 

 

El esquife osci­laba peligrosamente de un lado para otro. Ortiz abrazó al hombretón, lo sujetó por una manga de la zamarra desteñida, intentando tranquilizarlo. Sintió el olor indescrip­tible de su piel, el puro miedo que despedía.

-Parece… algo que hubiese caído. Un asteroide. Un meteorito.

Cuando al fin la embarcación recuperó el equilibrio, Ortiz soltó al Pellica, se volvió y se acercó a su amigo. Del corazón de aque­lla cosa salía una especie de babilla resplan­deciente, un fluido que relucía bajo los rayos del sol, una mermelada de color amari­llento, parecida a la miel, que se movía, bro­taba de dentro de la piedra, burbu­jean­do, hundiéndose pesadamente en los bajíos.

Araujo tenía la mirada fija en el fondo de la lagu­na. Entre las hebras de calima se podía apreciar que el organismo se estaba extendiendo con rapidez por el lecho de las aguas: refulgía desde abajo. Inesperadamente, cogió su caña y, tratando de palparlo, la hundió.

Un tentáculo de la abomina­ción salió del agua en un acto defen­sivo. Levantó ante sus aterroriza­dos rostros algo que se agitaba en el aire. Un pez, ¡un róba­lo!, había apresado un róbalo y se lo mostraba. Pero lo que real­mente casi les hizo perder la consciencia fue ver que aquel ser, aquel monstruo venido del espacio exte­rior, estaba mutándose. Sinte­tizaba en vida al róbalo. Se apro­pia­ba de sus carac­terís­ti­cas. Transformaba la consti­tución del pez en algo inclasifi­cable, escamas, carne, raspa, diluyéndolo en su propia mate­ria, como si el róbalo hubiera quedado atra­pado en pega­men­to vivo.

-¡Vámonos de aquí! -gritó Ortiz, dando un empellón al barquero al volverse hacia la popa. Cogió el timón con ener­gía y le ordenó a Araujo que aga­rra­ra la pértiga y empeza­se a empujar. El Pellica, ahora de rodi­llas, no hacía más que mirar aquella mistura imposible de describir, parecía estar adorán­dola con la única cantinela que se sabía y el sentido comple­tamente extravia­do.

El esquife comenzó a moverse. Cuando estaba atravesado, a punto de dar la vuelta, un pseudópodo emergió con potencia sobre el agua y empujó la canoa. Araujo emitió un chillido, perdió el equilibrio y cayó de bruces a la lagu­na. Ortiz se giró, horrori­zado. Una parte del ser saltó de los bajíos y atrapó a su compañero en el momen­to que trataba de llegar a la barca. Le empe­zó a devo­rar, a dige­rir, a disol­ver­lo en multi­tud de punti­tos brillan­tes que se disocia­ban por el resto de aquel engru­do, fosilizán­dolo en vida. Los brazos y el tronco de Araujo se agitaban implo­rando una ayuda imposi­ble, se hun­dían. El Pelli­ca, sa­liendo de su alie­na­mien­to, se levan­tó, cogió una de las cañas y se la acercó para que pudie­ra asirse a el­la. Una nueva prolon­gación de la sustancia salió como un látigo co­giendo al enjuto barquero de la cintu­ra y lanzándolo a la lagu­na, mien­tras otro pseudópodo enganchó a Ortiz por una de las muñe­cas y tiró de él con una fuerza desconocida.

Salió del légamo de aquella trampa demo­nía­ca a trom­pico­nes, sin atran­car­se, observando magneti­zado cómo la cosa devora­ba, se exten­día sobre los dos hom­bres, unidos ahora en una naturaleza única, mientras uno de ellos no paraba de gritar: Instintivamente, se sujetó con desesperación al aire y arran­có el motor fuera borda del empujón. Agarró el cable, ha­ciendo que la barca traqueteara, diese una vuel­ta sobre sí misma y, sin impor­tarle la poca pro­fundi­dad que tenía, encara­se la entrada por donde habían llega­do. Golpeó contra los tallos carbonizados de la vegeta­ción. Salió del légamo de aquella trampa demo­nía­ca a trom­pico­nes, sin atran­car­se, observando magneti­zado cómo la cosa devora­ba, se exten­día sobre los dos hom­bres, unidos ahora en una naturaleza única, mientras uno de ellos no paraba de gritar:

-¡♫ El hombre de azúcar surcó los cielos! ¡El hombre de azúcar llegó al hogar!

De repente, Ortiz abre los ojos, asustado por los gritos. Está empapado en sudor. La pintura del techo resque­brajada; la lámpara con la tulipa partida; todo es mentira, ha sido un sueño. Suelta un profundo suspiro, tranquilizándose. El aire sale lentamen­te de su boca; la presión de la sangre fluye por todo su cuerpo. Sin hacer otra cosa, se queda mirando el vuelo hipnoti­zante de una mosca por encima de la cabecera oxidada de la cama. Sus movimien­tos rever­be­ran por la estancia, se mezclan en una espiral de sonidos dentro de sus tímpanos con aquel estribillo que se repi­te, se repite, se repite, anclado a lo más profundo de su cere­bro, atormen­tándolo, en tanto las imágenes de aquella pesadilla vuelven una y otra vez, mientras aguarda a que llegue el transporte que le saque del pobla­do, del cocham­broso hotel, de la caluro­sa habitación. Ortiz no deja de recordar la mons­truo­sidad, que, está seguro, ahora avanza en su busca por los bajíos arrasados de su memoria. En ese momen­to, se empieza a frotar súbitamente, no para de rascar­se las rozadu­ras por donde intentó atrapar­lo en el sueño. Se res­triega con fu­ria cerca del codo, el tre­mendo picor que le abrasa. Cuando, muerto de miedo, descubre las redondas heridas, igual que las burbu­jas que salían de aquella masa, devo­rán­dolo por debajo de la piel. Dios, no puede sopor­tar la comezón por todo su brazo. Cierra los ojos con fuerza, ahoga un grito de espan­to, viendo cómo las últimas escenas de lo ocurrido se recor­tan contra la cortina oscura de sus párpa­dos, retenidas, como si todavía su cerebro no hubiese sido capaz de procesar­las. Revi­ve el horror, el instan­te en que se giró por la popa del esquife, Antonio el Pellica y Ramiro braceando envueltos en el tegumento trans­lú­cido de aquella locura, que los apresa­ba, que les consumía ya la mitad de sus cuerpos sin que se dieran cuenta, convir­tién­dolos en esque­letos des­carna­dos. El orga­nismo se estremecía, creciendo, repitiendo cañaverales artifi­cia­les, róba­los fal­sos, copias imper­fec­tas de los dos hombres. Los pla­giaba, mezclando sin orden partes de Araujo con las del barquero, en tanto los origi­nales se disgrega­ban átomo a átomo por el inte­rior de la mucosidad execrable.

Ortiz, escondiéndose entre las sábanas, trata de no pensar en ello, de olvidarse, de no escuchar más. Ojalá la camioneta llegue pronto. Se tapa la boca, se muerde los labios para que no salga el quejido que su escozor le demanda, mien­tras oye el rumor de las gargantas deformes de Ramiro y el Pellica plañendo desafi­nadamente, que lo arrullan gozosas desde lo más recón­dito de su cabeza.

© 2008 Carlos F. Castrosín

© 2008 Pedro Belushi por la ilustración

Carlos F. CastrosínCarlos F. Castrosín es madrileño, programador informático, escritor, con estudios de Exactas. En 1993 obtuvo el I Premio El escribidor con el libroZooropa. Ha colaborado en las publicaciones Artifex, BEM, Kenbeo Kenmaro, Elfstone, Núcleo Ubik, en la revista electrónica Ad Astra, en la recopilación que edita la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción VISIONES de 1995 y ahora en BEM on Line. Ese mismo año resultó ganador en el V Concurso Grupo CAMP de Caja de Madrid con el relato “La sangre de Jesús todavía no me ha abandonado”. Actualmente trabaja en el área de Planificación e Innovación Tecnológica de dicha empresa. Entre sus obras se pueden destacar Brumose (1997), Los subterráneos (1999, finalista Premio Ignotus), Cinco días antes (2002, ganador Premio Ignotus) y Terra incógnita (2003). “Un mundo invisible” en 2006 Minotauro y “Todo lo que desaparece” en 2007 EspiralCF.

 

Foto de Pedro BelushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).

Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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