LOS RELATOS DE ROBERT SHECKLEY, por Juan Carlos Planells

“Cada uno de nosotros está solo en las vastas regiones de su cráneo, tanteando el mundo con los precarios instrumentos que recibimos al nacer.”

Robert Sheckley, de una conferencia pronunciada en Londres, 1975.

 

Como se suele decir familiarmente, tengo dos noticias para ustedes, una buena y una mala. La buena es que los relatos de Robert Sheckley (1928-2005) son magníficos; la mala es que no están disponibles en el mercado: tendrán que buscar en librerías de segunda mano y de coleccionismo. Para reclamaciones, diríjase a su editor favorito de ciencia ficción.

Me temo que para el aficionado actual, crecido y educado con colecciones como Nova y La Factoría, entre otras, el nombre de Robert Sheckley nada signifique, o muy poco en el mejor de los casos. He estado tentado de comprobarlo, pero he desistido: si los hay que no conocen apenas a Roger Zelazny, ¿qué sino le espera al pobre Bob Sheckley? Cierto que Sheckley ha sido un autor abundantemente editado en España: en 1964 apareció su primer libro en castellano, Mañana será así (título bastante idiota para The Status Civilization, novela de 1960), en los primeros números de la colección Galaxia de Vértice. Pero no fue hasta la aparición en 1968 de la revista Nueva Dimensión que el nombre de Sheckley se haría popular entre los aficionados: en efecto, en esa revista Sheckley fue un nombre asiduo en el sumario; ya en 1970 le dedicaron un extra con la traducción de su recopilación de relatos Ciudadano del espacio, que siete años más tarde reeditaría Edhasa en su colección Nebulae 2ª época, y seguirían apareciendo con regularidad relatos suyos en diversos números de la revista, pues era casi el único autor que no desataba feroces polémicas entre los lectores: todos adoraban a Sheckley.

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Robert Sheckley

Con esto queda claro que era un autor con especial dedicación a la narrativa corta. Sin embargo, publicó diversas novelas, tanto de ciencia ficción como policiacas, y varias de ellas fueron apareciendo en castellano a partir de mediados la década de 1970. Pero una cosa queda clara: el campo de la novela no era el más afortunado para nuestro autor. Muchas de ellas (Los viajes de Joenes, Options…) daban la impresión de no ser sino relatos empalmados de la mejor manera posible para que parecieran contar una única historia. Algo que se nota sobremanera en Dimensión de milagros, una novela de 1968 bastante infeliz en la que el lector puede reconocer incrustados en ella un tanto a la buena de Dios los relatos “Planeta según presupuesto” y “Calles de ensueño, pies de arcilla”, publicados también en 1968, y que son mucho mejores leídos aparte que en la novela (y adquieren mayor sentido). Incluso la más conocida, La décima víctima, no es mejor que el relato del que parte, “La séptima víctima” (1953): alargar las historias empeoraba la frescura e inventiva de Sheckley. Quizá Mañana será así, esa primera novela aparecida tan tempranamente en castellano, sea la mejor de entre las que le conocemos, o al menos la más satisfactoriamente resuelta. También debe mencionarse una de sus aportaciones policiacas, traducida por Noguer a principios de la década de 1970, Hombre al agua, publicada originalmente en 1962, y que constituye un notable ejercicio de suspense. Otra que se publicó a mediados de la década de 1960 en Molino, El agente X en acción, no es más que una parodia jamesbondiana de escaso vuelo. Asimismo, en la primera edición española del Hitchcock Mystery Magazine aparecieron un par de relatos policiacos suyos, como “El cóctel” (1959), muy dentro del estilo de historia que pretendía ofrecer esa publicación.

La narrativa de ciencia ficción envejece a veces de manera terrible: no son pocos los autores, incluso de relumbrón, que al releer sus novelas o relatos se nos desmoronan prácticamente en las manos. Como digo, el campo narrativo breve —relato corto o de extensión moderada era donde Sheckley desarrollaba mejor sus temas, sus recursos de narrador. Puesto que, según dice la leyenda editorial, los lectores desdeñan los relatos y prefieren los tochos o las novelas y series en general, mal lo tiene Sheckley para recuperar el favor de los aficionados: sus novelas publicadas en castellano no son muy memorables, como queda dicho, y por supuesto no resisten la menor comparación con cualquiera de sus recopilaciones de relatos, de las cuales afortunadamente se editaron varias en España, dos por mediación de Ediciones Dronte en su colección de libros y tres por Edhasa en la colección Nebulae 2ª época. Como es sabido, la narrativa de ciencia ficción envejece a veces de manera terrible: no son pocos los autores, incluso de relumbrón, que al releer sus novelas o relatos se nos desmoronan prácticamente en las manos. Creo que el lector de ciencia ficción es poco dado a la relectura, y quizá no haya que reprochárselo: comprobar el deterioro que muestran los celebrados textos de no pocos “clásicos” o “autores importantes” es ciertamente preocupante. ¿Cabe seguir llamándolos clásicos, cuando esto ocurre? Hay autores, por contra, que ven perdurar su trabajo merced a unas cualidades propias, que superan al propio género, y que en su tiempo no despertaron una excesiva atención ni, especialmente, valoración literaria. Suelen ser los autores que, por decirlo así, “usaban” al género para otros fines, probablemente de manera inconsciente, así como no percibida por el lector. Lo hemos comprobado no hace mucho tiempo en la reedición de los cuentos completos de Fredric Brown un autor que, en cierta manera, puede compararse con Sheckley: no importa su antigüedad ni su pertenencia a un género concreto, se sostienen por sí mismos admirablemente en pie. Otros autores resisten muy bien el paso del tiempo, gracias a su condición de visionarios y humanistas, como es el caso de Philip K. Dick, cuya obra breve o no tan breve, puesto que incluye novelas cortas está casi toda disponible en castellano. Pero los hay que empiezan a mostrar algunas limitaciones tras ser celebrados durante mucho tiempo: pienso en el extraño caso de Richard Matheson, que la relectura de varios relatos suyos me lo ha acercado peligrosamente al caso de Cornell Woolrich / William Irish: poca sustancia y mucho envoltorio (y no lo digo para fastidiar al lector; eso ya se encargan de hacerlo siempre los críticos). Pero como Matheson goza de un amplio predicamento fuera del campo de la literatura fantástica, por razones, ay, extraliterarias, es peligroso introducir dudas respecto a sus posibles valores y perdurabilidad.

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Algunos de estos relatos de colonizadores o mineros del espacio alcanzan momentos de gran belleza literaria. Sheckley, como digo, recoge en cierta manera (y amplía enormemente) los modos y maneras de Fredric Brown. Tiene un estilo sobrio, elegante, conciso, fresco, directo, ágil y preciso. No recalca ni subraya ni rellena, pero sabe llamar la atención del lector con la palabra o la frase justa en el momento apropiado y mantener el interés del relato hasta su conclusión. Posee una amplia gama de temas: fantasía, ciencia ficción, suspense, paranoia, algo que también encontramos en Brown, y sobre lo que luego volveré, humor, crítica social, sátira, historias de lo insólito, surrealismo… Sus relatos de ciencia ficción, bastantes de ellos humorísticos, entre los que destacan especialmente los siete protagonizados por Arnold y Gregor del AAA Ace, Servicio de Descontaminación de Planetas, escritos entre 1954 y 1956, aunque hubo un octavo relato en 1986, “Sarkanger”, que más parece un chiste que otra cosa se presentan generalmente como historias de colonización, de exploradores, con lo cual se asemejan en ocasiones a los relatos de Jack London, sustituyendo Alaska o la California del oro por un planeta más o menos hostil (una muestra perfecta de esto lo constituye “Prospector´s Special” (1959), relato que combina humor y tragedia londiana a partes iguales), y si London los escribía desde lo vivido, Sheckley lo hace desde lo imaginado, consiguiendo el mismo resultado en cuanto a sensación de realidad. Algunos de estos relatos de colonizadores o mineros del espacio alcanzan momentos de gran belleza literaria: “Las quietas aguas del espacio” (1953) recuerda inevitablemente a Bradbury, que por aquellas fechas –inicios de la década de 1950– estaba ya publicando sus mejores trabajos en el campo de la narrativa breve. Por lo demás, conviene aclarar que la ciencia en sus relatos del género es intrascendente: como se dijo hace muchos años, la gracia de Sheckley es que “las naves y las máquinas funcionan porque sí”, nada tiene lógica ni pretende tenerla, no se busca el rigor científico ni la explicación coherente, sino el ambiente práctico en que desarrollar la trama de la historia. Eso, que en otros autores da lugar a relatos en ocasiones –o demasiado a menudo– algo pesados y, posteriormente, envejecidos lamentablemente, se convierte en manos de Sheckley en el valor principal. De ahí que ninguna de sus historias de los años cincuenta y principios de los sesenta esté pasada de moda: son atemporales. A finales de la década de 1960, Sheckley se convirtió en un expatriado, según le dijo a Charles Platt en su entrevista para el libro Dreammakers en 1980, largándose a vivir a Ibiza durante varios años y a gandulear. Escribió muy poco, y generalmente por encargo de su amigo Harry Harrison.

Finalmente, regresaría al “mundo civilizado”, para hacerse cargo de la revista Omni. Su obra se resentiría fuertemente de ello: su novela de 1975, Options, es claramente surrealista y producto de la era del hippismo, y algunos de sus relatos de los años setenta están dentro de la misma honda: “Tubo digestivo abajo y al cosmos con mantra, tantra y lluvia de estrellas” (1971) y “Zirn desguarnecida, el palacio Jenghik en llamas, Jon Westerley muerto” (1973) son breves experimentos carentes de interés y que no aportan nada nuevo ni a su obra ni al género. Aun así, en 1973 un relato suyo ganaría el premio Jupiter al mejor cuento: “Pedigüeño del espacio”; Sheckley, lamentablemente, no fue un autor premiado ni nominado apenas, más que muy ocasionalmente. Hacia finales de los años setenta, ante lo inviable de sobrevivir mediante relatos en revistas, se iría concentrando en novelas de muy escaso interés, en proyectos para Byron Press y en colaboraciones con otro ilustre desplazado: Roger Zelazny, quien tenía en común con Sheckley la coherencia y originalidad de su obra narrativa breve, y que había empezado a publicar en 1962, diez años después que Sheckley.

Sheckley desarrolló lo mejor de su obra corta durante la década de 1950. Queda pues, señalado, que Sheckley desarrolló lo mejor de su obra corta durante la década de 1950, escribiendo una gran cantidad de historias, en una época de sobreabundancia de publicaciones de ciencia ficción y fantasía, y de competencia entre autores, además de incluir algunas inéditas en sus recopilaciones, la primera de las cuales apareció en 1954, apenas dos años después de publicar su primera historia. (Posteriormente, tras su traslado a Ibiza, abandonaría paulatinamente los relatos, a los que volvería con cierta asiduidad en los años ochenta.) La década de 1950 y primeros años de la de 1960 fueron unos tiempos en que había casi más revistas que autores (de ahí que algunos, como Silverberg, llenaran una sola revista escribiendo con varios seudónimos), pero el nivel de autores era óptimo. No es cuestión de citar nombres, casi basta con ver viejas portadas de Galaxy, If, Astounding, Fantastic, Imagination, Amazing, F&SF, entre otras menos conocidas para comprobarlo. Sheckley, que publicó su primer relato en 1952, tuvo que
competir con Dick, Silverberg, Simark, Asimov, Galouye, Sturgeton, HarrisonTenn y tantos otros habituales de las revistas de ciencia ficción de aquellos años. La competencia impulsaba la creatividad. Un ejemplo: aunque quizá Dick no leyera el relato de Sheckley publicado en 1953, “El pájaro vigía”, el tema es el mismo de “El informe de la minoría”, escrito por Dick en 1954 y publicado en enero de 1956: cómo evitar y prevenir un delito antes de que se produzca; por supuesto ambas historias siguen caminos diferentes, pero el punto de partida es el mismo. Que muchos de sus contemporáneos triunfaran en las novelas, cosa que Sheckley no consiguió completamente ni en sus mejores años, probablemente haya tenido como consecuencia que su narrativa breve se haya considerado superficial. Craso error. Pues la lectura hoy de sus cuentos de entonces nos presenta unos relatos increíblemente vivos, audaces, originales y novedosos. Tomemos un caso muy simple, su relato “¿Podemos charlar un poco?” (1965) aborda uno de los temas más difíciles de la ciencia ficción, que ha dado pie a novelas tan ambiciosas como Babel 17, de Delany, o incluso Los lenguajes de Pao, de Vance, entre otras: la lingüística. Sheckley, en su historia, nos presenta una raza alienígena con un idioma en constante evolución, tanto que un terrícola hábil con los idiomas, que ha logrado aprenderlo al cabo de un tiempo o así lo cree, descubre que jamás lo aprenderá puesto que al cabo de unos días el idioma es otro distinto, y luego será otro distinto, en una progresión infinita. Si este sencillo relato hubiese llegado con la firma de AsimovClarke, o  Heinlein estaría considerado un relato de primera línea; al llevar la firma de Sheckley se celebra como “otra” de sus originalidades, y nada más. O consideremos el breve relato “La voz” (1953), recogido en su primera recopilación de relatos: es un verdadero ejercicio de metafísica, una visión absolutamente insólita de la condición del mundo y de la propia persona; con este relato, Sheckley se adelantaba a ciertas propuestas literarias que llegarían y no precisamente del campo de la ciencia ficción bastantes años más tarde de la mano de celebrados autores franceses. Y un tercer punto muy a considerar: como tantos otros autores de los años cincuenta, Sheckley produjo algunos relatos sobre visiones paranoicas del mundo y la sociedad, lo que le une a Fredric Brown, a Philip K. Dick que había empezado a publicar el mismo año que Sheckley, y a otros ilustres o no tan ilustres autores de esos años: GalouyeSturgeonGoldBudrys… Este tema, la locura como estado consciente de la sociedad, el mundo como manicomio o como generador de locos, es común a muchos autores, y está presente casi exclusivamente en la década de 1950 la supuesta “década anodina e insustancial” en la vida americana del siglo veinte. Así pues, el que tantos autores de ciencia ficción un género supuestamente trivial en aquella época escribieran tantos relatos describiendo estados paranoicos y visiones de sociedades manicomiales, como lo es de manera significativa el de Sheckley “La academia” (1954), debería ser analizado de una vez por todas: creo que es uno de los grandes estudios pendientes dentro de la ciencia ficción del siglo veinte.

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Número especial de ND dedicado a Sheckley

La obra breve de Sheckley es rica en originalidades literarias, algunas afortunadamente reconocidas: “Un pasaje para Tranai” (1955), o “El precio del peligro”. Este último, publicado en 1958, era entonces un relato de ciencia ficción en su vertiente sociológica; hoy día, gracias a la programación de ciertas cadenas televisivas, parece sencillamente un relato de narrativa realista y podría muy bien pasar como publicado hoy mismo. Desde luego, ya dije hace tiempo en un artículo para una revista que no es misión de los escritores de ciencia ficción predecir el futuro, pero hay que reconocer que en alguna rara ocasión, la clavan. En el bando contrario, un relato de 1968, “La trampa humana”, escrito según lo que entonces se consideraba iba a ser nuestro futuro inmediato, resulta fallido (además de no ser uno de sus mejores trabajos, dicho sea de paso).

No entraré a discutir la estupidez congénita de semejante apreciación, y me limitaré a comentar el humor que despliega Sheckley, pero Sheckley ha sido considerado principalmente un autor de ciencia ficción humorística, satírica incluso. Eso está bien, porque buena parte de su obra contiene humor o sátira, y ello le valió reconocimiento y notoriedad. Pero está mal porque automáticamente se le considera por debajo de la seriedad que debe predominar en el género. Aunque los lectores aprecien y festejen los relatos o novelas de humor, la mayoría de editores y no pocos estudiosos o teóricos del género fruncen el ceño ante las muestras humorísticas que ofrece la ciencia ficción. Se la considera algo así como “de segunda clase”. No entraré a discutir la estupidez congénita de semejante apreciación, y me limitaré a comentar el humor que despliega Sheckley. Es muy distinto del que solían ofrecer algunos de sus coetáneos: no cae en la algo cargante grosería de Eric Frank Russell ni en la acumulación de chistes por parte de Keith Laumer en su serie sobre Retief. Sheckley usa de un humor digamos, “natural”, basado en el desarrollo de una situación que, bien mirado, podría ser una historia perfectamente seria. Lo podemos ver en el relato “El motín del bote salvavidas” (1955), uno de los protagonizados por Arnold y Gregor: el relato es divertidísimo sin necesidad de recurrir ni al chiste fácil, ni al diálogo ocurrente, ni a la acumulación de efectos cómicos: se basa en la comicidad de la propia situación planteada, a la seriedad de la pareja protagonista (Arnold y Gregor son muy serios, pero suelen verse metidos en situaciones verdaderamente absurdas) y a la oportuna réplica de diálogo o efecto cómico narrativo durante el transcurso de la historia. Y de hecho, “El motín del bote salvavidas” podría funcionar muy bien como relato serio: el mismo argumento, el mismo problema al que se enfrentan Arnold y Gregor podría narrarse como una historia dramática o de acción (podría ser, por ejemplo, una variante de la serie Berserker de Fred Saberhagen). Casi todos los relatos de estos dos protagonistas funcionarían perfectamente en clave seria, o de pura problemática de ciencia ficción. La gracia de esta serie es que Sheckley lo hace con un humor perfectamente natural, carente de estridencias, producto del contraste entre una situación ridícula o absurda “Espectro V” (1954) o “Squirrel Cage (1955), son ejemplos modélicos en este sentido y la total seriedad de la pareja protagonista.

Por otra parte, los relatos satíricos no suelen ser de una sátira exagerada, mordaz, cruel, sino que asimismo están servidos mediante un desarrollo suave, basado igualmente en el planteamiento de la situación. El breve relato “El hombre más afortunado del mundo” (1954) constituye un claro ejemplo: una narración verdaderamente seria, que en realidad es una sátira sobre el último hombre vivo en el planeta. El clásico “Un pasaje para Tranai” se sitúa en un puesto intermedio: humor y sátira social se mezclan admirablemente, a fin de ofrecer una visión de una utopía realmente absurda. La contrapartida a este conocido relato sería “Permiso de acecho” (1954), en el que una colonia utópica que ignora serlo, debe “desutopizarse”, por así decirlo, contra reloj para amoldarse a las costumbres y exigencias de la Madre Tierra. Y es precisamente esta gradación de los elementos humorísticos o satíricos de sus relatos lo que hace que las novelas de humor resulten tan insatisfactorias, como ocurre con Dramocles, por ejemplo: las situaciones se alargan excesivamente, los efectos cómicos se atropellan entre sí, amontonados al tuntún, y al tener que llenar más páginas el humorismo produce más bien cansancio y desinterés. En este sentido, Sheckley se parece a otros escritores de ciencia ficción, cuyos relatos resultan siempre más satisfactorios e iluminadores que sus novelas: Arthur C. Clarke es quizá el caso más representativo.

Un tema que abunda mucho en sus historias de ciencia ficción es lo que podríamos llamar el choque cultural, el enfrentamiento de los opuestos, en este sentido, de humanos y alienígenas. Sheckley lo aborda de manera peculiar las más de las veces, ofreciendo el punto de vista de unos y otros, alternadamente, en lugar de sólo el de unos –los terrícolas–, como suelen hacer la mayoría de autores. El efecto que producen estos relatos, así narrados, es que tan alienígenas pueden ser los extraterrestres como los terrestres. El ejemplo más perfecto de este tipo de historias podría ser “No tocar” (1954), y otros en los que se produce este choque cultural son “Planeta de conquistadores” (1954), en donde curiosamente se produce la asimilación cultural de unos por los otros, “Problema de caza” (1955), éste en clave humorística, y “Raza de guerreros” (1952), quizá el más insatisfactorio, por tratar un problema desde el punto de vista bélico, algo en lo que Sheckley demostró siempre poca traza o garra narrativa (“Mate descabellado” [1953], otro relato de ciencia ficción bélica, resulta muy anodino). Otro aspecto muy interesante son sus relatos de tema insólito, inclasificables entre fantasía o ciencia ficción y que se quedan en tierra de nadie: podrían muy bien haber aparecido en la celebrada revista de finales de la década de 1930 y principios de la de 1940, Unknown, donde historias realmente insólitas sorprendieron muy agradablemente al público lector. En este sentido, Sheckley tiene un buen montón, como “Temporada de pesca” (1953) o “El agujero a China” (1955), entre otras. Si vinieran firmadas por Matheson, por ejemplo, serían muy celebradas por los intelectuales…

Hay algo que se le puede reprochar a Sheckley: no evolucionó. Sus relatos de la década de 1970, y los pocos que hemos conocido de sus últimos años, podrían estar fechados perfectamente en los años cincuenta, pero carecen de su frescura. Dejando aparte sus intentonas de experimentar no se sabe muy bien qué, como se ha mencionado anteriormente, se mantuvo excesivamente fiel a sus orígenes. Algo que sus coetáneos Dick o Silverberg, por no mencionar a Farmer, que empezó antes que Sheckley, sí hicieron a veces de manera harto dudosa, en alguno de los mencionados, pero lo hicieron. Aun así, fue precisamente en su época ibicenca, la menos productiva en cuanto a relatos, cuando produjo su cuento más cuidado literariamente, el más elaborado: el largo “En una tierra de colores claros” (1974), que guarda con el ya mencionado “Pedigüeño del espacio” la semejanza de la condición de expatriado/exiliado del protagonista, y en el que se hace evidente la filosofía hippy que rodeaba el mundo de Sheckley en aquellos años, algo que seguiría apareciendo en algún relato posterior, como “El futuro perdido” (1980), que publicaría durante su época como responsable de Omni.

Urge, por tanto, recuperar la obra breve de Sheckley para preservarla del olvido y para que nuevos lectores descubran sus méritos y su vigencia. Ya se hizo hace años en Estados Unidos, donde hubo una edición en cinco volúmenes de casi todos sus relatos, más algunas muestras amplias de su producción. Teniendo en cuenta lo abundante de su obra corta durante la década de 1950, cabe pensar, además, que existen bastantes relatos que puedan deparar notables sorpresas en su lectura. A Sheckley se le debe un reconocimiento no ya por parte de los aficionados a la ciencia ficción, sino por parte de los mismos que celebran a autores dotados de originalidad, voz propia, recursos narrativos y variedad temática, independientemente de su pertenencia a un determinado género literario. En vida, muchos ya lo señalaron. Tras su muerte en 2005, debería seguir siendo señalado. No se puede prescindir de tan rico legado literario.

“Eso de escribir es como un subidón, una especie de droga, y una vez la has probado nada vuelve a ser lo  mismo. La vida corriente parece una condena a prisión comparada con la libertad de escribir.”
Robert Sheckley.

Ediciones en castellano de relatos de Robert Sheckley

La séptima víctima (Untouched by Human Hands, 1954). Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 17, Barcelona, 1977.
Ciudadano del espacio (Citizen in Space, 1955). Ediciones Dronte, revista Nueva Dimensión, Extra nº 3, Barcelona, 1970 [omite el cuento “La batalla”, publicado en el nº 17 de la revista]. Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 11, Barcelona, 1977.
Peregrinación a la Tierra (Pilgrimage to Earth, 1957). Ediciones Dronte, col. Nueva Dimensión, nº 4, Barcelona, 1976.
Paraíso II (Notions: Unlimited, 1960). Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 7, Barcelona, 1976.
El arma definitiva (The People Trap, 1968). Ediciones Dronte, col. Nueva Dimensión nº 15, Barcelona, 1977 [la edición omite el título original, y sólo recoge 11 de los 14 cuentos que contiene, apareciendo los otros tres en números de la revista Nueva Dimensión].

En revistas (no se incluyen los reunidos en las recopilaciones)

Nueva Dimensión: números 19, 37, 45, 60, 73, 77, 78, 84, 85, 93, 96, 103, 106, 118, 124 y 131. Ediciones Dronte, Barcelona.
El Péndulo: número 2. Buenos Aires.
Parsec: números 1 y 5. Buenos Aires.
Más Allá: números 2 y 22. Ediciones Abril, Buenos Aires.
Minotauro (1ª época): número 4. Buenos Aires.
Space opera: número 5. Madrid.
Cuasar: número 7. Buenos Aires.
Hitchcock Mystery Magazine: números 5 y 6. Hymsa, Barcelona.
Omni: número 3. Ediciones B, Barcelona.
Solaris: número, 4. La Factoría, Madrid.
Filofalsia: otoño de 1983. Buenos Aires.

En antologías varias (no se incluyen los aparecidos en recopilaciones)

Horror 2, Ediciones Martínez Roca, Barcelona.
Robótica, Planeta, Barcelona.
Antologías Acervo de Anticipación, Volumen 14, Ediciones Acervo, Barcelona.
Colección Caralt de ciencia ficción: números 12 y 15. Caralt, Barcelona.
Selecciones Bruguera de Ciencia Ficción. Selecciones 9 y 13. Editorial Bruguera, Barcelona.
Llegan los dragones, Editorial Tierra Nueva, Uruguay.
Mutante, Producciones Editoriales, Barcelona [reedita un relato aparecido anteriormente en la revista Más Allá nº 22].
Llorad por nuestro futuro, Ediciones Acervo, Barcelona [reedita un relato aparecido anteriormente en la revista Minotauro, 1ª época, nº 4].
Asimov y sus amigos, Grijalbo, Barcelona.
El hombre de otros mundos, Editorial Sirio, Biblioteca de Ciencia Ficción, 1, Buenos Aires [reeedita un relato aparecido anteriormente en la revista Más Allá, nº 2]

© 2008 Juan Carlos Planells.

Juan Carlos PlanellsJuan Carlos Planells nació en Barcelona en el año 1950 y falleció en la misma ciudad en 2011. Autor de las novelas de ciencia ficción El Enfrentamiento(Miraguano) y El corazón de Atenea (Espiral CF), fue uno de los principales estudiosos de la figura de Philip K. Dick. Publicó relatos y artículos en gran parte de las revistas del género en lengua castellana: Nueva Dimensión, BEM, Tránsito, Gigamesh, Opción, Cuasar, Artifex, Asimov Ciencia Ficción y BEM on Line, resultando fiinalista en dos ocasiones del premio Domingo Santos.

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Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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