EL CRITICO, de Carlos de la Cruz Gómez

Cuando tenía veinticuatro años, decidí irme a vivir solo y, dispuesto a todo, me compré un libro de cocina. Pronto descubrí que era un libro para gente que ya sabía cocinar. Así que, una semana después, hablé con una compañera (que estaba soltera), le conté mi problema y le pregunté: “¿Cual es el libro de cocina de la recién casada?” Ella me miró a la cara y respondió: “Las mil y ochenta, por supuesto”.

Por supuesto. Sucio, manoseado, ajado, desde ese día nunca está lejos de mi cocina.

Simone Ortega falleció el 2 de julio de 2008. Sirva este pequeño cuento de homenaje.

Carlos de la Cruz Gómez

 

 

El crítico

 

Relato de Carlos de la Cruz Gómez
Ilustraciones de Juan Antonio Fernández Madrigal

 

                                                                                                                                                    

In memoriam: Simone Ortega

 

Miguel, tengo un cinco estrellas, -dijo Lucía con ojos brillantes.

No era la primera vez. Suele encontrar un cinco estrellas cada mes, más o menos. Es una entusiasta. Lo malo es que sus estrellas no tienen valor. Las mías sí, y yo, más bien, las quito.

-¿Pescado?, -pregunté dubitativo.

-El mejor pescado que hayas comido jamás.

Con la legislación actual, eso es imposible. Conozco todos y cada uno de los productos de las quince empresas productoras de pescado precocinado. Mi paladar es capaz de reconocer no sólo el tipo de pescado, sino la empresa que lo procesa, gracias a sutiles diferencias en el rebozado. Incluso, gracias a mi trabajo, he estado en varios barcos que seleccionan, cortan, rebozar y procesan el pescado congelado. Mi paladar es único en ese sentido. No es fácil sacarme tres estrellas. El más cercano fue un cocinero que retiró cuidadosamente todo el rebozado antes de presentarlo. Estuvo cercano, pero las mínimas trazas que dejó fueron suficientes para una de mis habituales y aceradas críticas.

Escribo para la e-revista Michelín. El resto de mis compañeros, Lucía incluida, trabajan promocionando los restaurantes que pagan por la publicidad. Precisamente por eso son seleccionados por su entusiasmo. Aquel que quiera ir a un restaurante de moda, con una decoración original y un servicio esmerado, debería leer sus artículos. Pero, si lo que le interesa es la comida, entonces…, que se quede en casa. Toda la comida está uniformizada, estandarizada, restringida a una vacua nimiedad desde que los legisladores, maldito sea su estómago complaciente, se encargaron de enterrar la originalidad con la excusa de protegernos de nosotros mismos.

Sin embargo Lucía continuaba a mi lado, plena de entusiasmo.

-Podríamos ir esta noche. ¿Si?

-No. Ya estuviste anoche. Y saben que eres un crítico.

-No dije nada. En serio.

La parafernalia que acompaña a Lucía es suficiente. ¡Ir a cenar con un secretario que toma notas en su portátil!

La verdad es que necesitaba una crítica pronto. Lucía y los demás suelen cenar fuera un día sí y el otro también, así que la revista cambia diariamente. Esa es la parte publicitaria, como he dicho. Mis críticas son especiales: se guardan y se consultan mucho tiempo después de haberlas hecho. A veces, hasta seis meses, dependiendo de la demanda. Por eso, mis jefes me permiten una crítica cada semana. Y yo llevaba cinco días sin salir. Pero no iba a ir con Lucía, por supuesto que no.

Antes de irme de la redacción, el jefe me preguntó por la crítica de la semana.

-Estoy en ello, -respondí ceñudo.

Nada más salir, y libre de oídos indiscretos, llamé al restaurante. Estaba lleno, por supuesto, pero conseguí reservar una mesa para dos días después. Iba muy justo respecto al plazo de entrega, pero podría servir.

Por supuesto, una palabra indiscreta me hubiera servido para obtener mesa cuando yo quisiera. Incluso fuera de las horas de atención al público. Pero yo no trabajo así. Una vez confirmada la reserva, llamé a Marta.

Marta es mi confidente, mi amiga. No mi amante. Los críticos mantenemos relaciones superficiales, porque si no, envenenaríamos la relación. Eso es lo que dice la leyenda y yo aún no he encontrado ningún ejemplo contrario. Pero Marta está bien: aún no me ha traicionado, ni yo a ella. Eso es suficiente. Lo cogió casi inmediatamente:

-¡Qué bien que hayas llamado! Acabo de salir de una reunión muy importante. ¿Me invitas a cenar?

-Hoy no. Pasado mañana.

-¡Lástima! No creo poder aguantar tanto sin comer. ¿Y si te pasas por mi casa esta noche? Seguro que se nos ocurrirá algo.

Aguanté impertérrito sus indirectas. Uno de estos días aceptaré su apuesta, sólo por saber si se trata de un farol. Porque ambos sabemos lo que ocurrirá después: se lo he dicho a menudo. Y otras personas.

Soporté los dos siguientes días alegando una indigestión. Mi jefe sabía de qué se trataba: pánico. Pero no he fallado en mi artículo semanal desde hace años, y tampoco fue para tanto. Como medida extrema puede coger cualquier artículo antiguo y volverlo a publicar. Sería interesante saber cuánta gente tiene memoria.

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Quedé con Marta en su casa. Estaba lista, cosa que hace de ella la amiga ideal de un hombre. Me preguntó a dónde íbamos.

-¡Ah, si, lo conozco! –Respondió. -Ya he cenado allí.

Mis cejas se levantaron, pero ella no añadió nada más. Me cogió del brazo:

-¿Vamos?

Nos colocaron en un rincón, lejos del tráfico de los camareros. La sala estaba a rebosar de gente ruidosa. Marta retuvo al camarero antes de que se fuera:

-Una cola de merluza rellena para dos. Algo de picar mientras la preparan. Albariño y agua.

Esta vez mis cejas se alzaron hasta el cielo. Musité en voz baja:

-Creía que venías por la comida. ¿Piensas convertirte en crítico?

-Lo siento, -dijo ella sin inmutarse mucho-. Es la cuarta o quinta vez que vengo aquí. En este sitio…, entre tu costumbre de examinar la carta como si fuera tu vida en ello y el rincón en que nos han puesto…, podrían darnos las doce sin cenar. Te aseguro que es lo que ibas a pedir. En serio. Como dentro de una hora, más o menos.

Miró a su alrededor. Añadió, seria:

-Además tu jefe me ha llamado. Está preocupado. Faltan dos horas para el volcado nocturno. Tu artículo no va a salir, ni aunque lo escribieras ahora mismo.

-No necesito mucho para escribirlo.

-Si estás en tu casa a las once, puede que llegues a tiempo. Eso te da una hora. Menos.

Llegó el camarero, con el vino y el agua. Lo descorchó sin ceremonia ninguna. ¿Esto es un cinco estrellas? A Laura le habían tratado distinto, seguro. Marta comentó al camarero, de pasada:

-¿Podrían darse prisa? Hemos dejado a los niños con una canguro, y no me fío de ella.

El pobre hombre se escapó corriendo. A mí me dio la risa.

De una manera milagrosa, los entremeses aparecieron al cabo de sólo un par de minutos. Lo típico: jamón recién desenfundado del plástico protector, queso de idéntico origen, y unos fritos que habían pasado del congelador a la freidora sin tener ningún contacto con la mano humana. Pero el jamón no tenía ese tacto aceitoso característico. Ni el queso. ¿Por fin alguien que se leía las instrucciones del envase? Los fritos eran lo que se esperaba de ellos, aunque la marca era la menos popular, más barata y de mejor calidad. Eso me dejaba en la situación de poder escoger la manera de enfocar la crítica, salvo por un pequeño detalle: me gusta esa marca y no quiero ni hundirla por una mala crítica ni hundirla por convertirla en el producto de moda. Mala disyuntiva.

Como diez minutos después, se presentó de nuevo el camarero. Dijo:

-Su merluza está lista. ¿Se la traigo?

El plato de los entremeses aún estaba repleto de comida. Como la mitad, más o menos. Marta cogió una croqueta y dijo:

-Sí, por favor.

El plato desapareció de nuestra vista en un abrir y cerrar de ojos. Comenté:

-Van a echarnos lo más rápidamente posible. Seguro que ya han llamado a alguna pareja de la lista de espera.

-¡Claro! Así entré la segunda vez. ¿O pensaste que me lo he inventado?

No dije nada, viendo a un camarero moverse hacia nosotros con una fuente en su mano, aún antes de desaparecer el primero. Un punto por el servicio.

Cuando aquello estuvo sobre la mesa jadeé. Era una cola de merluza rellena. Marta me dejó admirarla durante unos diez segundos, antes de coger su plato y decir, con tono inocente:

-¿Me sirves? Por favor.

La ignoré. Miré aquello con ojos asombrados. ¿De donde había sacado el cocinero una cola de merluza? ¿Una cola de merluza de verdad? Cogí la paleta de pescado y la abrí por la mitad. La parte superior se deshizo en varias rodajas. ¡Claro, era evidente!

Hay una tienda conocida por muy pocos. Generalmente personas de ochenta años o más. Personas de otra generación que se han ido pasando el mensaje de boca en boca. Cuando las antiguas pescaderías fueron cerrándose, una a una, y cuando las tiendas tradicionales de congelados siguieron sus pasos, los pocos usuarios aferrados a las viejas costumbres mantuvieron abierta una tienda. No parece una tienda. Entrar en ella es difícil, pero no imposible. Lo que vende no es exactamente ilegal, sólo inusual, insólito. Como aquella cola de merluza precortada. Había que descongelarla con mimo, quitarle la espina sin que se deshiciera, rellenarla, atarla y meterla en el horno. Yo lo había hecho varias veces, con un resultado muy similar.

No, no similar. Idéntico. Se me levantó el pelo de la nuca. Marta esperaba, con el plato levantado. Empujé la fuente hacia ella:

-Toma, sírvete.

Ella frunció el ceño, pero dejó el plato en su sitio y cogió los cubiertos. Miré a mi alrededor. Ni un camarero a la vista. Me metí los dedos en la boca y silbé. Cuando conseguí la atención que deseaba, grité en el silencio:

-¡Quiero una carta! ¡Ya! ¡Y llamad al chef! ¡Ahora!

-Cariño, estás comportándote como un crítico. –Dijo Marta metiéndose su primer bocado. –Además, si no lo pruebas, no vas a poder opinar.

-No necesito probarlo. Sé a lo que sabe.

Ella abrió los ojos, sin dejar de comer. Llegó la carta, se la arrebaté de las manos al camarero y le eché un vistazo. Conté mentalmente.

-Veintitrés. Veintitrés recetas de las mil y ochenta. Más de la mitad de la carta. Y, respecto a las demás…, no son nada. Ensaladas y cosas así. Nada.

Marta tragó:

-¿Las mil y ochenta? ¿Te refieres a ese libro que perdiste?

-Que me robaron. Y acaba de aparecer el ladrón.

-No.

Eché un vistazo. El camarero que había traído la carta había desaparecido, siendo sustituido por un joven vestido de blanco. Con gorro de cocina. Añadió:

-Eres el crítico, ¿verdad?

Parpadeé ante el uso del artículo determinado. Marta dijo, con la boca llena de merluza:

-Te lo advertí.

-Sí, -dije seco.- ¿Dónde está mi libro?

El cocinero, chef, o lo que fuera, miró a su alrededor. Era una cena con espectáculo, y nosotros éramos el espectáculo. Dijo, en voz baja:

-¿Podríamos hablar en otro sitio? ¿En mi despacho?

Le seguí. Marta miró su comida, suspiró y me siguió a su vez. Pasamos a la cocina. Allí vi algo extraordinario: un jamón entero al que un pinche iba cortando lonchas. A su lado medio queso. Marta me cogió de la manga:

-¿Qué es eso?, -preguntó señalando al pinche.

-Tus entremeses, -contesté. El cocinero se volvió:

-No es ilegal. Sólo inusual.

-Como la merluza.

Entramos en su despacho. Después de cerrar cuidadosamente la puerta, el cocinero abrió un armario y trasteó en su interior. Pude entrever la puerta de una caja de caudales. Extrajo el libro y lo colocó sobre la mesa del despacho.

-Es herencia de mi abuela. Puede examinarlo.

No lo toqué. Agité la cabeza:

-No. No es mi libro.

-¿Pero es las mil y ochenta? –dijo Marta torciendo la cabeza para ver la portada.

-Claro que sí. Las mil ochenta recetas de cocina de Simone Ortega. Solo que no es mi libro. El mío tenía pastas duras. Este debe de ser de una edición posterior.

-Anterior, -dijo el cocinero-. Mi abuela dice que le regaló uno de los otros a mi madre.

Cogí el libro y levanté la tapa. Allí había una firma, y una fecha. No es que fuera una prueba fidedigna, pero no necesitaba pruebas: no era mi libro.

Pasaron unos minutos. Yo no me resistía a hojear el libro. Estaba muy usado, manchado. Y tenía algunas anotaciones en el interior, hechas por la misma mano que había firmado en la primera página.

-Miguel, ya son la once. –Dijo Marta al cabo de un rato.

Me senté, e hice un gesto al joven, para que se sentara en el sitio que le correspondía, tras la mesa. Dejé el libro sobre la mesa y apoyé los dedos sobre él.

-Tengo tres opciones: puedo ignorarte, cosa difícil después de lo que ha ocurrido. Puedo alabarte, ensalzarte a la cumbre. Cinco estrellas. O puedo hundirte.

Después de unos segundos de silencio, el joven dijo:

-¿Tengo posibilidad de escoger?

-No. A no ser que comprendas todas las implicaciones.

Él esperó, atento. Marta se sentó a mi lado. Retiré la mano de encima del libro, no estaba bien que lo manoseara.

-Este libro es ilegal, lo sabes.

Pero él agitó la cabeza:

-No es ilegal tener un libro de cocina.

-Pero sí usarlo.

Asintió.

-Si te machaco, acabaré con tu fama, y puede que con este negocio. Pero podrás volver a empezar, en otro sitio más discreto. No te morirás de hambre.

Hizo un gesto con la cabeza, ni asintiendo ni negando.

-Si te ensalzo, serás famoso. Durante el corto espacio de tiempo que tarde la policía en encontrar pruebas contra ti.

-Y, si te ignoro…-Me quedé callado durante un largo instante. Al cabo me levanté: -creo que lo mejor sería hacer las tres cosas a la vez. Me voy. Marta, vuelve con tu merluza. Y no te preocupes por la cuenta: pago yo.

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Pero ella me retuvo. Me miró a los ojos y dijo:

-¿Tenéis algún portátil?

La pregunta no iba dirigida a mí, claro. El joven cocinero asintió:

-Por supuesto.

Cinco minutos después estaba ante la pantalla del ordenador, en el sitio que antes ocupaba el dueño, mientras ambos miraban tras mis hombros. Me froté las manos y comencé a escribir:

 

BUENO PARA NADA

Existe la estúpida creencia que, si una persona es buena haciendo alguna cosa, es buena haciéndolo todo. No es cierto. Por ejemplo: ser un buen crítico gastronómico no le convierte en un gran cocinero, como cualquiera de mis víctimas pueden atestiguar. En el caso que nos ocupa, tenemos a un hacker mediocre metido a cocinero. El hecho de haber encontrado unas páginas web del siglo pasado con recetas aún más antiguas, no hace de él un gran cocinero, ni siquiera en alguien original. Puede que parezca novedoso, debido a las tendencias actuales, pero no lo es. En absoluto.

La cocina del restaurante que nos ocupa es floja, previsible, rutinaria y carente de ideas. ¡Ni siquiera utiliza ajo fresco, por amor de Dios!

 

-Miguel. El ajo fresco es ilegal, -dijo Marta a mis espaldas. Yo agité los dedos, haciéndola callar.

 

Si desean pasar una velada con los amigos, comiendo platos como los que hacían sus abuelas, o bisabuelas, de acuerdo. Pero luego no vengan a quejarse. Porque yo ya conocía esas páginas web, y esas recetas. Lo mejor que se puede hacer es volverlas a enterrar donde estaban, para que las futuras generaciones reconozcan la estupidez de sus antepasados.

Por mi parte, renuncio a calificar este supuesto restaurante. No merece mi tiempo ni mi esfuerzo. Que se quede como está, tan vacío de mérito como de imaginación.

 

Marta soltó un gritito a mi espalda. Después se escuchó el gruñido de él:

-Creí que había dicho que iba a hacer las tres cosas.

Marta casi daba saltos:

-Lo ha hecho, lo ha hecho. ¿No te das cuenta? Si no pone calificación, se queda con la que le dio el último crítico.

-¡Ah! –No necesitaba volver la cabeza para ver su sonrisa. Marta continuó:

-Te pone verde, de acuerdo. Pero ahuyenta a los inspectores y atrae a los curiosos. Vas a ser el único que va a conservar sus cinco estrellas por mucho, mucho tiempo.

Pulsé una tecla y lo envié.

-Ya está.

-¿Lo has lanzado? ,-preguntó Marta.

-Sí. –Miré mi reloj. Faltaba aún media hora para la media noche-. A tiempo.

Pero aún me quedaba algo por hacer. Asegurar la coartada, por supuesto. Tecleé esa dirección que me sabía de memoria, la que pasa en papelitos escritos a lápiz entre manos artríticas, la que el gobierno ha intentado cerrar en multitud de ocasiones, pero no puede porque reside en ordenadores extranjeros. Accedí a ella, la configuré entre los favoritos, y se la enseñé al joven:

-Procura acceder de vez en cuando. No están todas, pero sí las suficientes.

Él asintió con la cabeza, comprendiendo. Cerré el ordenador y me levanté. Marta me cogió del brazo:

-¿Volvemos a la cola de merluza? Ahora que lo sé, me gustaría opinar respecto de su falta de originalidad.

-Dudo que nuestra mesa nos esté esperando.

Nuestro joven amigo estuvo de acuerdo:

-Seguramente no. Pero ya encontraremos algo. Y otra merluza, obsequio de la casa.

-Ya puestos…, preferiría probar tu fabada.

Marta se escandalizó:

-¿Fabada? ¿Para cenar? ¿Estás loco?

El joven pareció pensárselo:

-No. Se parece demasiado a esos productos enlatados, no merece la pena. Pero tengo un pote gallego…

Asentí, ansioso.

Casi una hora después, mientras metía la cuchara en una manzana asada aún caliente, decidí que nuestro joven aprendiz de brujo no merecía cinco estrellas. No. Merecía mil y ochenta.

 

© 2009 Carlos de la Cruz Gómez por el relato.

© 2009 Juan Antonio Fernández Madrigal por las ilustraciones.

 

cruzgomezCarlos de la Cruz Gómez. Maestro de oficio y por vocación, Ingeniero Técnico en Informática por capricho, nació un veinticinco de diciembre hace más tiempo del que le gusta recordar. Ha publicado tres relatos en la revista no comercial MiasMa (números 6, 7 y 10). Ahora está explorando otros territorios.

 

 

FernandezmadrigalJuan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, y, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado abundantes relatos, su reciente producción recopilada en Magnífica víbora de las formas (AJEC) y las novelas Ciclo de Sueños (colección Espiral) y Umma (Parnaso). Se puede visitar su propia página, que usa como base de datos para acordarse de todo: http://jafma.net/ Hasta el momento, ha publicado, entre otros lugares, en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM, Vórtice y BEM on line. Su faceta de ilustrador es mucho menos conocida y en nuestro portal pueden ustedes disfrutar de algunas muestras de ella. Y coincidirán con nosotros en que no tiene nada que envidiar a la de escritor.

 

 

 

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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