LO QUE EL TIEMPO SE LLEVO, de Ward Moore

El clásico de los clásicos de la Guerra de Secesión

 

Bring the Jubilee (1953), de Ward Moore, es una novela de ciencia ficción clásica, lo que se refleja claramente en los tiempos, la exposición y eso tan intangible que es el color de una obra. Con el paso del tiempo ha sufrido un envejecimiento admirable, perceptible pero dignificante, como el de un buen vino.

La historia de Hodge Backmaker es una ucronía clásica con final de viaje por el tiempo con el que se restaura la línea temporal “real” que todos conocemos, eliminando de paso las condiciones contemporáneas para la creación de la máquina del tiempo y dejando al viajero como único recordatorio de lo que puedo haber sido, de lo que fue y dejó de ser.

La ucronía presenta unos Estados Unidos en los que el Sur ganó la Guerra de Secesión. Los primeros rasgos del buen hacer del autor quedan reflejados en la coherencia de la sociedad que describe. La evolución tecnológica ha sido muy distinta, trazando un cuadro de estilo steampunk en algunos aspectos que resulta muy creíble. Pero, sobre todo, destaca en el aspecto social, donde el Norte, o lo que queda de él, ha encajado la derrota con amargura, victimismo y, curiosamente, racismo. El Sur no celebra la victoria con grandes alardes, los graves problemas sociales de la época pre-bélica continúan existiendo y el trato al Norte es de cierta indiferencia y alejamiento. Contrasta enormemente con otras ucronías basadas en el mismo contrafactual y muestra, con toda la sutileza de la narración de la vida del protagonista -en oposición a la descripción extensivas de la sociedad o del mundo- cómo las cosas son realmente diferentes, no sólo simétricas respecto del triunfo del Norte.

En cuanto al progreso de la historia, Moore hace un ejercicio en nuestra opinión brillante. A mitad de la novela el protagonista, en una búsqueda continua de sí mismo y del porqué de las cosas, encuentra refugio en un enclave aislado donde viven artistas, científicos y otros apartados de la sociedad que han formado una pequeña comunidad utópica de conocimiento, experimentación y desarrollo. El aislamiento de la llamada Universidad de Haggershaven permite que el protagonista empiece a cortar sus lazos con el mundo exterior, preparando el terreno para el viaje en el tiempo,  que llega muy al final. Aunque correctamente narrado e imbricado, dicho sea de paso, en las excelentemente coreografiadas relaciones personales entre los personajes, el viaje en sí mismo es de escasa relevancia. Simplemente ejerce un pequeño efecto (“por un clavo se perdió la herradura, por una herradura se perdió un caballó…. por una batalla se perdió una guerra”), por el cual cambia el curso de la guera y el protagonista queda atrapado en el nuevo presente para narrar la historia a quien la quiera oir.

Pero el gran mérito de la novela es la metáfora. El viaje en el tiempo es en realidad el viaje del protagonista a través de sí mismo. Al cortar los lazos con el mundo, ingresando en Haggershaven, toma distancia y hace mucho más creíble el traslado temporal, como un paso previo imprescindible para un evento de tal magnitud, pero a nivel personal e individual. Para cuando llega el momento de dar el salto en el tiempo, en realidad Hodge ya lo ha dado hace mucho, pues lleva toda su vida queriendo saber por qué es como es y las cosas son como son, conocer cómo podrían ser de otra manera y, por tanto, serlo también él. El viaje en el tiempo es, en fin, una metáfora de un viaje personal que termina empezando de nuevo en una segunda oportunidad. En este sentido, la novela tiene el sabor de la clásica historia de viaje iniciático, pero los propósitos son otros. Se trata casi de una historia de viaje iniciático distópico, en oposición al viaje iniciático utópico que, implícitamente, conllevan todas las historias de esta estirpe.

Un último apunte para esta espléndida novela es el contraste entre la realidad alternativa, con su encanto y pobreza, grandezas y miserias, y la nuestra, con mayor riqueza y “sentimiento de corrección”, pero, ¡ay!, tan carente de utopía y magia como a veces nos resulta. Dado que por este motivo leemos ciencia ficción, el poso que deja esta novela es inmensamente apropiado para el género. Sin ninguna duda, es una de las obras clave de la ciencia ficción, sin necesidad de catalogarla estrictamente en la temática de viajes en el tiempo, pues, como todas las obras maestras, no admite catalogación. Con Cántico por Leibowitz, de Walter M. Miller jr., añadiríamos, es uno de los libros de ficción histórica que ha sobrepasado el género en que fue escrito para alcanzar rango académico, al ser objeto de consideración en las aulas.

Joseph Ward Moore (1903-1978), en la foto de la derecha, creció en Madison, Nueva Jersey, antes de pasar a Nueva York como empleado de una librería. En 1928 se instaló en una granja en California, ayudándose con pequeños trabajos, hasta que en 1942 se dedicó a escribir full time. A pesar del éxito que obtuvo con Más verde de lo que creéis (1947), que narra el fin del mundo sofocado por la vegetación,  no se prodigó en la ciencia ficción, como en ningún otro género: escribió poco y cuidó mucho lo que escribía.

En algún sitio se lee que fue expulsado de la Wilt Clinton High School de Madison por “rojo”, pero la novela trasciende de esa ideología, por más que su discurso sobre las condiciones de trabajo de los obreros sea encendido, lo mismo que sobre los derechos de los negros en un país que piensa que no pueden convivir con los blancos, por lo que deben volver a África o arriesgarse a cuanto les pueda ocurrir: aun en el Norte, un negro es un recordatorio de la desgraciada proclama de Lincoln y de la desastrosa guerra que la siguió.

La vida del protagonista guarda bastante semejanza con la del autor. Empezó trabajando en una librería, vivió por ocho años en la rural Haggershaven, que bien puede hacer las veces de la granja de California, y se puso a escribir. ¿Quizá, como Hodge, Moore se buscaba a sí mismo a través de él?

Tras la capitulación de Reading el 4 de julio de 1864 se reconoció la independencia de los Estados Confederados y el Sur firmó con el Norte la paz de Richmond, que permitió a unos Estados Unidos empobrecidos conservar una extensa superficie, pero les obligó a pagar por años indemnizaciones de guerra.

Las mujeres no pueden votar ni formar parte de un jurado, excepto -irónicamente- en el estado de los mormones, donde la escasez de féminas les concede privilegios. No hay judíos, fueron expulsados por una orden del general Grant refrendada por el presidente Lincoln. Menos aún los hay en la unión Alemana, exterminados por las matanzas de 1905 a 1913. Viven  algunos en el resto del mundo, exilados los más en Uganda. En América quedan también pocos orientales, víctimas asimismo de matanzas.

Francia sigue siendo un imperio con Napoleón IV, Alemania otro imperio que tiene posesiones en ultramar y España una monarquía que mantiene un considerable prestigio en el concierto mundial, como vamos sabiendo por pinceladas. Ni los USA ni los CSA han intervenido en la guerra de los Emperadores, que fue realmente la Guerra Europea, ni en las últimas contiendas coloniales: Canadá sigue siendo británico y Cuba hispana. No ha existido la Segunda Guerra Mundial, pero se perfila el conflicto entre las más grandes potencias del planeta, los Estado Confederados, apoyados, ¡cómo no!, por el Imperio Británico, y la Unión Alemana, apoyada por el Imperio Español.

La Universidad de Haggershaven ha sido fundada por Herbert Haggerwells -clara evocación del nombre del autor de La máquina del tiempo– y es una anomalía de progreso en una nación atrasada. Allí Hodge se casa con la española Catalina -Cathy- García, que lo ama desde que le salvó la vida, y se convierte en un historiador de reconocido prestigio al publicar el primer tomo de su Historia de la Guerra de Independencia Sureña. Al tiempo Barbara Haggerwells, la femme fatale, ha planteado ecuaciones que definen la materia-energía en términos espaciotemporales y, entre sus consecuencias, figura la posibilidad de una máquina para viajar en el tiempo, de modo que se proyecta y construye el HX-1.

Hodge lleva meses sin escribir, incapacitado por sus insuperables dudas de conocer todos los hechos y contemplarlos desde la perspectiva adecuada: “Escribir sin una convicción absoluta sería una inmoralidad; no escribir, una cobardía“. Así que se embarca en el HX-1 para asistir a la batalla de Gettysburg, absolutamente consciente de que debe ser un observador que no intervenga para nada en los acontecimientos, pues de hacerlo podría modificar el futuro.

No fue una elección gratuita. Sabía dónde y cuándo tendría lugar el momento crucial, el movimiento decisivo de que dependería el resultado de la batalla. Mientras millares de hombres luchaban y morían en otros puntos del campo de batalla, una avanzadilla de confederados, sin ser vistos, ocuparían la posición que, eventualmente dominaría la pelea y ganaría la batalla -y la guerra- para el Sur“.

No fue lo bastante precavido, cometió un error.

 

 

Nota de los autores: Esta columna está montada sobre una más breve reseña anterior de Miguel J. Francés (en la foto), que como aficionado ha sido crítico y traductor. Profesionalmente es ingeniero de telecomunicación y product manager de una sociedad de análisis financiero.

© 2009 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

 

Moore, Ward. Lo que el tiempo se llevó (Bring the Jubilee, 1953), Ediciones Martínez Roca, Barcelona, SuperFicción nº 113, 1989, trad. Cristina Macía, rúst., 203 pp.

 

 

Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

 

 

 

 

Alfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

 

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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