EL HOMBRE DE LA ARENA, de Domingo Santos

Presentación

«El hombre de la arena» forma parte de un libro en preparación, en el que Domingo Santos rinde homenaje a los autores y obras de ciencia ficción y fantasía que en su juventud marcaron su afición a la lectura e impulsaron su obra literaria. El libro (cuyo título será, evidentemente, Homenaje) lo forman sendos homenajes a Asimov, Bradbury, Hoffmann, Lovecraft, Orwell, Poe, Tolkien y Wells. Dos de ellos quedaron finalistas en 2007 de sendos concursos literarios nacionales: «El lector de libros» (evidente homenaje a Bradbury y su Fahrenheit 451) del premio Alberto Magno, y «La máquina del tiempo (de Herbert George Wells)» del premio de la UPC.

 

El hombre de la arena

 

Autor: Domingo Santos

Ilustraciones: Antoni Garcés

 

En homenaje a Ernst Theodore Amadeus Hoffmann y la fuerza y maestría de todos sus cuentos.
Entonces, heimlich es una palabra que ha desarrollado su significado siguiendo una ambivalencia hasta coincidir al fin con su opuesto, unheimlich. De algún modo, unheimlich es una variedad de heimlich.
─Sigmund Freud, Lo ominoso

 

Para intentar explicar mi historia debo remontarme a mi infancia. Tendría quizá nueve o diez años. Apenas veía a mi padre, que siempre se había marchado ya cuando yo me levantaba, permanecía todo el día fuera de casa, y no volvía hasta tarde por la noche. Entonces yo intentaba gozar por unos momentos de su presencia y de su compañía, pero cuando el gran reloj del vestíbulo dejaba sonar las nueve campanadas mi madre decía siempre:

─Vamos, Ernst, es hora de irse a la cama, que viene el hombre de la arena.

Así me iba a regañadientes a mi habitación, y entonces, invariablemente, a aquella hora, sonaba el timbre de la puerta, se oían unos pasos, el cerrar de la puerta del estudio de mi padre, y luego voces ahogadas. Instintivamente empecé a relacionar todos aquellos hechos, y no tardé en llegar a la convicción de que el misterioso visitante de las nueve de mi padre era el hombre de la arena.

Un día me decidí y le pregunté a mi madre quién era el hombre de la arena. Se echó a reír.

─Oh, Ernst, no hay ningún hombre de la arena. Con eso sólo quiero decir que debes acostarte y cerrar los ojos, como si te hubiera entrado arena en ellos, para así dormirte enseguida.

Pero sus palabras no me convencieron, y cada día se hacía más fuerte mi convicción de que el misterioso visitante de mi padre era el hombre de la arena. Un día le pregunté a Gertrude, la criada, quien era el hombre de la arena. Puso cara muy seria y me dijo:

─Oh, es un hombre terrible, terrible. Acude en busca de los niños que no quieren acostarse, les echa arena a los ojos para que no vean, los mete en un saco y se los lleva a la luna, donde unos horribles pájaros de pico ganchudo caen sobre ellos y les sacan los ojos a picotazos por haber sido desobedientes…

Aquellas palabras me aterrorizaron hasta lo más profundo de mi alma, y a partir de entonces asocié la maldad con el visitante nocturno de mi padre. Cada vez me sentía más intranquilo, hasta que un día, sin poderlo resistir, me escabullí fuera de mi habitación, me dirigí al estudio de mi padre y entreabrí sigilosamente la puerta para espiar el interior del cuarto. Mi padre estaba sentado no tras su escritorio sino en uno de los dos sillones que había delante, y en el otro sillón estaba sentado un hombre, de medio lado con respecto a mí, de modo que podía verle claramente el rostro. Era un hombre alto, impecablemente vestido, de despejada frente, nariz aguileña, mirada penetrante y recortada barba blanca. Sostenía un cuaderno en la mano y le hablaba a mi padre, y de tanto en tanto escribía algo en él. Lo reconocí al instante: era el Dr. Freud, que había cenado un par de veces con nosotros; un hombre adusto, imponente, cuya sola presencia me había provocado estremecimientos, porque su medicina era algo que yo no comprendía, ya que no se podía ver ni tocar, y porque en ocasiones hacía que la gente se volviera loca.

Sí, él era el hombre de la arena.

Retrocedí con sigilo, pero en mi alteración choqué con un mueble e hice ruido, en mi torpeza tropecé y caí, y los dos hombres se levantaron al instante y corrieron a la puerta. Mi padre me alzó del suelo, furioso; el Dr. Freud me sujetó por los brazos y me miró fijamente, como para cerciorarse de que estaba bien. Yo temblaba como nunca he temblado en mi vida, y mis ojos estaban desorbitados. El Dr. Freud miró a mi padre, luego volvió a mirarme a mí. Musitó:

─Pobre niño. Esos ojos…, esos ojos…

Me desvanecí.

Ilustración de Toni GarcésMi madre me riñó fuertemente por haber molestado a mi padre y a su visitante. Y a raíz de aquello las cosas parecieron cambiar en mi casa; mi madre empezó a mostrarse cada vez más triste, y mi padre comenzó a tratarme de una manera distinta; no como si estuviera enfadado conmigo, sino entristecido por algo que no supe descubrir.
Y el hombre de la arena, el Dr. Freud, dejó de acudir cada noche a mi casa.
Desde entonces, cada noche, me metía en mi habitación a las nueve en punto, pues no quería dar ocasión al hombre de la arena de que se me llevara a la luna para que los pájaros de ganchudos picos devoraran mis ojos. Pero no podía dormir. Permanecía en la cama, en medio de la oscuridad, con los ojos fuertemente cerrados pero despierto, y escuchaba. Pero no se oía ninguna llamada a la puerta ni el ruido de pasos, y yo era absolutamente incapaz de levantarme e ir hasta la puerta del estudio para ver si el Dr. Freud estaba allí.
Hasta que un día mi padre regresó a casa mucho más temprano de lo habitual. Se encerró en su estudio, y mi madre y Gertrude hablaron y hablaron, y mi madre envió a Gertrude a un recado, y me hizo meter en la cama más temprano que de costumbre. Obedecí sin protestar, porque sabía que algo extraño estaba ocurriendo. Gertrude volvió al poco rato ─pude oír su voz en la cocina─, y luego, a las nueve, sonó el timbre de la puerta y oí aquellos pasos inconfundibles hacia el estudio de mi padre. Sentí unos deseos irreprimibles de correr hacia la puerta del estudio y espiar el interior del cuarto, pero mi terror era demasiado grande. Permanecí despierto, prietamente embozado en mis mantas, hasta que oí unos pasos salir del estudio de mi padre y luego la puerta de la entrada abrirse y cerrarse. Transcurrieron unos minutos, y entonces, de pronto, sonó un estampido.
Apreté fuertemente unos ojos anegados en lágrimas, porque, aún sin saberlo, sabía lo que había ocurrido.

La policía dictaminó suicidio. El Dr. Freud declaró que desde hacía un tiempo estaba tratando a mi padre de sus obsesiones, y que la noche de autos, tras un período de interrupción del tratamiento por voluntad de mi padre, había sido llamado por mi madre ante un aparente agravamiento de su estado. Tras una larga e intensa sesión, había abandonado la casa en la creencia de haber conseguido controlar por el momento a su paciente; por desgracia, al parecer no había sido así. Se culpaba de no haber hecho más por él. Pero yo sabía que nada de eso era cierto. Sabía que el Dr. Freud había matado con sus oscuras artes a mi padre. Lo supe cuando, aterrado, entré en el estudio junto con mi madre y Gertrude, y vi a mi padre en su sillón detrás del escritorio, con la cabeza echada hacia atrás, y vi sus ojos muy abiertos, glaucos, vidriados, como si no tuviera ojos. O como si estuvieran llenos de arena.

Mi madre no sobrevivió mucho a mi padre: fue languideciendo día a día, y murió cuatro meses más tarde de un ataque al corazón. De modo que fui a vivir con mi tía Sara, que se hizo cargo también de Gertrude. Pasaron los años. Fui al instituto, luego a la universidad, y ya universitario alquilé un cuarto en una céntrica calle cerca de ella. En la universidad conocí a una muchacha deliciosa, a la que todos llamaban Micha, de la que no tardé en enamorarme. Con el ardor de la pasión y la juventud, empecé a escribirle versos. Reuní un puñado de ellos y se los entregué, suplicándole que los leyera en la intimidad de su alcoba. Aguardé impaciente su dictamen. Durante varios días no hizo acto de presencia en la universidad; luego apareció de nuevo en las clases, pero parecía como si me rehuyera. Finalmente conseguí abordarla en los jardines de la entrada, y le pregunté ansioso qué le habían parecido mis poemas.

Me miró con una mirada que no supe cómo interpretar.

─Me han gustado, Ernst, sí, pero… ─Hizo una pausa─. Son extraños. Me han turbado sobremanera.

Le urgí a que se explicase. Hubo un largo silencio antes de que finalmente dijera:

─No sé cómo expresarlo, Ernst, pero… no parecen de este mundo. En ellos planteas ideas extravagantes, haces metáforas con cosas inexistentes, es como si vivieras en un mundo ajeno a la realidad. Cierto que la poesía es muchas veces un ejercicio de irrealidad, pero creo que tú vas demasiado lejos. Tu poesía es… inquietante.

Aquello fue un jarro de agua fría a mi entusiasmo. Micha intentó consolarme, pero el daño ya estaba hecho. Le pedí que me devolviera los poemas. Lo hizo. Los examiné atentamente, y no comprendí su reacción. Los poemas eran mis poemas. Reflejaban mi mundo interior.
Los quemé todos en la chimenea.

Micha y yo seguimos viéndonos, pero las cosas ya no fueron como antes. Algo se había roto entre nosotros, y era muy difícil que pudiera recomponerse.

Mi habitación estaba situada frente a un edificio de ladrillo rojo al otro lado de la calle, donde vivía mi profesor de ciencias exactas, Rappaccini, con su hija Beatrice. Veía a menudo al profesor Rappaccini por la calle, entrando y saliendo de su casa, pero nunca a su hija, cuya existencia conocía solamente por boca de terceros. Rappaccini era un hombre amable, un erudito en muchos campos cuyas clases era apasionante seguir, y con el que había entablado una cierta amistad, toda la que puede existir entre profesor y alumno. Ansiaba que me invitara alguna vez a su casa, pues deseaba con toda mi alma conocer a Beatrice y dilucidar el misterio de su reclusión.

Un día, sumido en pleno estudio, llamaron a la puerta de mi cuarto. Fui a abrir, y mi corazón casi se paró cuando al otro lado descubrí nada menos que al hombre de la arena en persona, el Dr. Freud. Llevaba un maletín en la mano. Me sonrió.

─Vendo ojos ─dijo─. Hermosos y útiles ojos.

Boqueé, incapaz de articular palabra. Metió la mano en el maletín, y por un momento me estremecí ante la idea de que empezara a sacar redondos, blanquecinos y sangrantes ojos. Pero lo que extrajo fue una serie de gafas.

─Hermosos ojos para ver perfectamente ─dijo─. De todas las graduaciones. Lo mejor para la vista cansada, para la miopía, para el astigmatismo…

Sentí deseos de cerrarle la puerta en plena cara. Pero mis manos temblaban demasiado para sujetar el picaporte. Conseguí balbucear:

─Márchese, Dr. Freud. Mató a mi padre, pero no conseguirá hacer lo mismo conmigo. El hombre de la arena ya no puede alcanzarme.

Me miró con un gesto de incomprensión.

─¿Dr. Freud? Me llamo Jung, y no soy médico, sólo óptico, y la óptica no puede considerarse una especialidad médica, todavía no. Veo que no le interesan mis gafas. Sí, su vista debe de ser buena todavía, es usted joven. Pero tengo otras cosas. ¿Qué le parece un anteojo? Podrá ver cosas distantes como si las tuviera delante mismo de usted. ─Extrajo de su maletín un instrumento cilíndrico, de color cobrizo, y tiró de sus extremos hasta triplicar su longitud─. Es un aparato utilísimo en muchas ocasiones.

Un examen más atento de su rostro me hizo ver entonces que realmente no era el Dr. Freud. No llevaba barba, y aunque su pelo era canoso sobre una amplia frente y sus ojos eran inquisitivos, carecía de la angulosidad facial del asesino de mi padre. Sin embargo, no pude quitarme de encima la sensación de profundo desagrado que me había producido el hombre apenas abrir la puerta.

─Pruébelo ─dijo, y me tendió el instrumento. Deseoso de sacármelo de encima, tomé el cilindro cobrizo, me dirigí a la ventana y me lo llevé a los ojos. La fachada del edificio de enfrente se me apareció casi como si la tuviera a un par de metros, con los ladrillos rojos enmarcando una ventana. Y, en ella, una figura femenina sentada a una mesa, inmóvil tras unos visillos descorridos. Sin saber por qué, tuve la seguridad de que se trataba de Beatrice.
Le pregunté el precio al óptico, le pagué sin rechistar, pese a que me cobró mucho más de lo que podía valer aquella pieza, y lo empujé hasta la puerta y la cerré precipitadamente tras él. Oí una pequeña risa a través de la hoja que me hizo estremecer, y una voz pronunció sordamente:

─Los ojos…, los ojos.

No pude evitar el pensar de nuevo en el Dr. Freud, en mi padre y en aquella fatídica noche.
Volví a la ventana y enfoqué el anteojo al edificio de enfrente. Recorrí las distintas ventanas para cerciorarme de que aquélla pertenecía realmente a la vivienda que ocupaba el profesor Rappaccini. Sí, la muchacha tenía que ser Beatrice, su hija. Estaba sentada, inmóvil, tras aquella mesa, de medio lado con respecto a mí, de modo que podía verla con toda claridad. Su figura, lo que veía de ella, era grácil, su rostro perfecto. Pero su mirada parecía fija en el vacío, inmóvil, como perdida. Como si contemplara otro mundo, estuviera viendo otra realidad. Sentí una punzada de intensa afinidad hacia ella, un deseo abrumador de conocerla más profundamente.

Durante los días que siguieron el anteojo se convirtió en mi más cercano aliado siempre que estaba en casa. La ventana de la casa del profesor Rappaccini era mi objetivo. Muchas veces los visillos estaban corridos, pero otras veces estaban abiertos, y entonces podía ver a Beatrice sentada a su mesa, siempre en la misma postura, siempre inmóvil, con su hermoso rostro perfecto y su mirada perdida. Me di cuenta de que me estaba enamorando de ella, con un amor total y absoluto, por encima de cualquier razón. Tenía que conocerla. Pero, ¿cómo? No me atrevía a insinuarle nada al profesor; nuestra amistad no era tan íntima como para ello. Entonces ideé un plan. Pasaría por encima del profesor, me dije, entablaría el conocimiento de Beatrice por mí mismo, sin pedirle permiso a él. Era arriesgado, cierto, pero era la única forma que podía imaginar.

El problema era que Beatrice nunca salía de casa. De modo que tendría que llamar a su puerta. ¿Fingir que le traía un recado de su padre? Pero el profesor Rappaccini se enteraría de la falsedad, y eso iría en detrimento mío. ¿Argüir que me había equivocado de puerta? Eso equivaldría a dar una decepcionante brevedad a mi visita, tras una disculpa balbuceada. ¿Confesarle la verdad, arrojarme a sus pies y decirle que me había enamorado por completo de ella? ¿Me atrevería a hacerlo?

Pasé casi un mes atormentándome con las dudas. Mis estudios se resintieron. No dejaba de mirar por la ventana, y cuando los visillos estaban corridos volvía constantemente a mi puesto de espionaje hasta que por fin alguien descorría los visillos y la veía, como siempre tras su mesa.

Hasta que, tras muchas angustias y vacilaciones, me decidí. Un día, mientras el profesor Rappaccini estaba enfrascado dando su clase, me escabullí de ella y en vez de dirigirme a mi casa lo hice directamente a la del profesor. Llegué a su piso y me detuve ante la puerta con su nombre en la placa. Tras una larga vacilación llamé, con el corazón pugnando por escapar de mi pecho.

No contestó nadie.

Llamé de nuevo, una, dos, tres veces. Luego una cuarta y una quinta vez, aguardando un largo intervalo entre llamada y llamada. Nadie acudió a abrir la puerta.

Desalentado, me dirigí a mi cuarto. ¿Era posible que, por una vez, Beatrice hubiera salido de su casa? ¿Precisamente cuando yo había reunido el valor necesario para hacerle una visita? ¿O era que simplemente tenía prohibido abrir la puerta? Al llegar a mi cuarto tomé el anteojo y me apresuré a la ventana. Los visillos estaban corridos.

Al día siguiente no fui a la universidad, ni al otro, ni al otro. Espiaba todo el día por la ventana, a la espera de que los visillos en el edificio de enfrente estuvieran abiertos. Y al tercer día mi perseverancia dio sus frutos. Vi la adorable figura de Beatrice sentada como siempre a su mesa, con los ojos fijos al frente, la actitud hierática. Corrí a la calle, crucé hasta el edificio de enfrente, subí los escalones de dos en dos. Me detuve un instante frente a la puerta con la placa con el nombre de Rappaccini en ella para recuperar el aliento y la serenidad. Llamé.

Tuve que llamar una segunda vez antes de oír pasos al otro lado. Mi corazón se desbocó. Oí el sonido de un cerrojo, luego la puerta se entreabrió unos dedos.

─¿Sí…?

La dulzura de aquella voz puso estremecimientos en todo mi cuerpo. Necesité unos segundos para encontrar las palabras.

─Soy… ─mi voz sonó ronca al principio─ …me llamo Ernst, y soy alumno de su padre. Vivo en el edificio de enfrente, y he pensado que…, bueno…, que podía hacerle una visita…
Me maldije por mi absoluta torpeza. Mis palabras eran una clara invitación a que cerrara de nuevo la puerta. Pero en vez de ello la puerta se abrió un poco más, y Beatrice me permitió contemplar su belleza en su totalidad.

─Pase…

Entré con piernas temblorosas. El salón donde me condujo era el mismo que veía a través de mi ventana, y allí estaba la mesa, una mesita camera con tres sillas a su alrededor. Me indicó con un gesto que me sentara. Preguntó:

─¿Algo de beber…?

Le indiqué un té de hierbas. Desapareció unos instantes, sin duda a la cocina, y reapareció al poco rato llevando una bandejita con una taza humeante, un azucarero y una cucharilla. La depositó sobre la mesa y se sentó al otro lado, frente a mí. Me di cuenta de que no había traído nada para ella.

Mientras iba a la cocina y volvía tuve ocasión de examinarla por primera vez de cuerpo entero, y me maravillé de sus largas y esbeltas piernas, su estrecho talle, su perfecto busto, su agraciado rostro, todo ello maravillosamente proporcionado. Había en sus facciones algo que me era familiar, aunque no supe dilucidar qué.

Hubo un embarazoso silencio mientras me echaba azúcar en el té de hierbas y lo removía con la cucharilla. Esperaba que ella hablara, dándome así pie para iniciar una conversación orientada hacia los temas que me interesaban. Pero ella se mantuvo en silencio, mirándome fijamente, sin apenas parpadear, como esperando a su vez a que yo iniciara la conversación. Tras el primer sorbo del ardiente líquido, no me quedó más remedio que empezar a hablar.

Así se inició una de las conversaciones más extrañas de mi vida. Le dije que la había visto repetidamente desde mi ventana, intentando hacerlo sin que mis palabras dieran a entender que la había estado espiando. Le dije que me había sentido fascinado por ella, y que por eso había acudido a verla. Esperaba no haber cometido ninguna incorrección con aquello, y deseaba que supiera perdonar mi atrevimiento. Y así seguí hablando, y hablando, y hablando. Prácticamente llevé yo solo toda la conversación; ella se limitó a pronunciar ocasionalmente unos breves monosílabos, terminados siempre en unos puntos suspensivos, como si deseara proseguir la frase pero no supiera cómo. Y siempre mirándome fijamente a los ojos, sin desviar en ningún momento la vista, mientras permanecía perfectamente inmóvil, sin mover ni un solo músculo de su perfecto rostro, sin sonreír, grave pero serena, inexpresiva pero hermosa. Quizá a otra persona todo aquello le hubiera parecido extraño e innatural, pero para mí era deliciosamente fascinante.

No sé cuánto tiempo hablamos ─hablé─, hasta que llegó un momento en el que me di cuenta de que no podía prolongar más mi estancia allí. Hice un esfuerzo por arrancarme de la fascinación que me dominaba y me puse en pie. En el colmo del atrevimiento, murmuré:

─¿Puedo acudir a visitarla… otra vez?

Respondió como siempre con un monosílabo, que sonó casi como un suspiro:

─Sí…

A partir de entonces se inició una nueva etapa en mi vida. Olvidé la universidad, olvidé por completo a Micha, olvidé incluso al profesor Rappaccini. Mi único pensamiento era Beatrice. Cada día, desde la ventana, espiaba la salida del profesor. Aguardaba un cierto tiempo por si se le había olvidado algo y regresaba a casa, y luego bajaba, cruzaba la calle, subía las escaleras y llamaba a su puerta. Beatrice me abría en seguida, y tras los primeros días pareció incluso como si me estuviera aguardando al otro lado de la recia hoja de madera. Me servía invariablemente mi té de hierbas ─al tercer día le pedí miel en lugar de azúcar, y desde entonces me lo sirvió siempre con miel─, nos sentábamos a la mesita camera, yo hablaba, y ella respondía con sus monosílabos y me miraba fijamente, y su mirada en la mía era la más adorable de las sensaciones.

Había algo extraño pero a la vez fascinante en ella. Cierto, había una rigidez general, casi como mecánica, en sus movimientos, pero desde un principio la atribuí a su timidez innata y a la reserva de alguien acostumbrado a la soledad y a la reclusión. Su mirada estaba dirigida siempre al frente, jamás giraba los ojos, y sólo se fijaba en ti cuando le hablabas, pero entonces no te abandonaba ni un momento. Sus respuestas eran casi siempre un monosílabo casi suspirado, podía contar con los dedos de una mano las veces en que había pronunciado más de dos palabras seguidas. Pero al quinto día de mis visitas se levantó de pronto y se dirigió hacia un piano vertical que había en un lado de la habitación, se sentó ante él y empezó a tocar…, y ni el mejor virtuoso hubiera sabido extraer unas notas más dulces del marfil de sus teclas. Me quedé extasiado ante su arte, y a partir de entonces cada día me obsequió con el más perfecto de los conciertos, y al décimo día añadió su voz al piano, y el más dulce lied brotó de sus labios. Y la felicidad fue completa para mí.
No sé cuándo la toqué por primera vez. Creo que fue el primer día que me obsequió con su virtuosismo al piano. Cuando terminó la pieza tomé su mano, y me estremecí ante su frialdad. Retiré instintivamente la mía, pero luego volví a adelantarla y acaricié sus dedos finos y elegantes. Los envolví con mis dos manos para darles calor, y ella me miró fijamente, más fijamente que nunca, y me sonrió. Fue su primera sonrisa, e iluminó su rostro como el sol del mediodía.

Luego, creo que fue al décimo día, tras la melosa dulzura de su lied, mientras sus manos reposaban aún sobre las teclas del piano y sus ojos permanecían fijos en el atril del instrumento donde no había ninguna partitura, la besé por primera vez en los labios. El atrevimiento de la acción hizo que mi cuerpo temblara de pies a cabeza durante sus buenos diez minutos, y no fue hasta entonces que percibí la frialdad que me habían transmitido sus labios en el breve contacto. Pero inmediatamente pensé que en realidad la sensación había sido resultado del simple contraste con mi extremado ardor. Al final me recuperé lo suficiente como para balbucir:

─Beatrice, te amo.

─Sí… ─respondió.

─¿Tú me amas también?

─Sí…

 

Ilustración de Toni Garcés

Comprendí entonces que debía poner fin a aquella situación. El profesor Rappaccini podía enterarse en cualquier momento de mis escapadas a su casa, de mis visitas furtivas a su hija, y montar en cólera con razón. Y yo no podía seguir faltando a la universidad sin despertar suspicacias y sospechas. Además, estaba dispuesto a casarme con Beatrice, a pedirle a su padre su permiso para un noviazgo formal. Al fin y al cabo, ella me había dicho que también me amaba. De modo que me armé de valor, y al decimoquinto día de mi primera visita a Beatrice le planteé mi decisión.

─Yo te amo, Beatrice, y tú me dijiste que me amabas también. ¿Quieres casarte conmigo?

A lo que ella respondió con su habitual «Sí…» Embargado por la emoción y la felicidad, adelanté el rostro para besar sus labios, sin importarme si estaban fríos o no.
Entonces se abrió violentamente la puerta de la entrada. Por un momento pensé que era el profesor Rappaccini que se había enterado de mis visitas furtivas y regresaba de la universidad antes de la hora, y me estremecí violentamente. Pero no era él…, y me estremecí aún más violentamente.

Enmarcado en la puerta estaba la siniestra figura de Jung, el óptico.

─¡No te saldrás con la tuya, estúpido estudiante! ¡Esos ojos son míos! ¡Míos! ─Y señaló a Beatrice.

Ella giró la cabeza hacia el visitante, que no había llamado sino que había abierto la puerta como si tuviera libre acceso a la morada, y le miró con la fijeza habitual en ella. Me adelanté unos pasos, en un gesto instintivo de protegerla.

─¿Qué hace usted aquí? ¿Cómo se atreve…?

Me ignoró. Avanzó hacia Beatrice, la sujetó por los brazos, tiró de ella hacia sí.

─¡Yo le vendí tus ojos a Rappaccini! ¡Y no me los ha pagado! ¡Por lo tanto son míos! ¡Y voy a recuperarlos!

Adelantó una mano hacia el rostro de Beatrice, clavó sus dedos en uno de sus ojos, tiró; luego la adelantó hacia el otro, clavó, volvió a tirar. Dejé escapar un aullido cuando dos cosas redondas y blancas cayeron al suelo y rodaron sobre las tablas. Jung se echó hacia atrás y se volvió hacia mí, un ser tembloroso paralizado por el horror.

─¿Qué es lo que habías creído, estúpido muchacho? ¿Pensabas acaso que esta cosa estaba viva? ¡Es sólo una muñeca, un autómata! ¡Una cosa inerte! ¡No tiene vida! ¡Mira!
Adelantó las dos manos, sujetó la cabeza de Beatrice, cuyo rostro ya no era hermoso, y tiró de ella hacia arriba. Sonó un chasquido, y el cuello de Beatrice pareció desgarrarse a la altura del cerrado cuello del vestido, y su cabeza se separó del resto del cuerpo, y de su interior brotaron cables y poleas. Alucinado, contemplé como Jung sostenía la cabeza entre sus manos y me la mostraba, mientras el resto del cuerpo se tambaleaba, agitaba los brazos y retrocedía, como si buscara una silla donde sentarse, para derrumbarse al final y quedar sentado en el suelo, moviendo espasmódicamente brazos y piernas.

─¡Yo le vendí los ojos a Rappaccini y él nunca me los pagó! ¡Son míos, y me los llevo!

─Arrojó la cabeza a un lado, se inclinó sobre las dos cuentas blanquecinas en el suelo y las recogió. La cabeza rodó un par de veces y se inmovilizó, y se quedó mirándome con sus cuencas vacías.

Entonces algo se rompió en mi interior. Profiriendo un alarido, me lancé contra el óptico con instintos asesinos. Él se giró y, con un simple movimiento, con toda la facilidad del mundo, alzó una mano y me golpeó, y la inconsciencia se apoderó de mí.

Desperté en una cama del quinto piso de un hospital, paredes blancas y asépticas e instrumentos cromados. Una enfermera se me acercó.

─Oh, ha despertado usted. Me alegra que se encuentre mejor. Llamaré al doctor ahora mismo.

Fue a marcharse, pero la retuve con una mano.

─¿Qué pasó?

Agitó la cabeza.

─Tuvo una crisis. Pero ya se va recuperando. ─Se marchó.

Vino un médico con dos enfermeras, me examinaron, asintieron satisfechos, se dijeron unas palabras, se fueron. Yo me sentía incapaz de pronunciar ni una palabra sobre lo que me había ocurrido. Era todo demasiado horrible para expresarlo en voz alta. Pero no podía olvidarlo. No dejaba de recordar aquellos espantosos instantes, los ojos de Beatrice rodando por el suelo, arrancados brutalmente de su cabeza, su cabeza desgajada del cuerpo, su cuerpo estremeciéndose espasmódicamente en el suelo. No, jamás podría olvidar aquello.

Al segundo día vino a verme Micha. Por unos instantes la vi como una desconocida, alguien completamente ajeno a mí. Pero luego, a medida que hablábamos, el recuerdo de lo que habíamos sido me invadió, y sentí la necesidad de sincerarme con ella, la única persona capaz de comprenderme. Con una voz estrangulada al principio, luego más fluida a medida que avanzaba en mi relato, le conté todo lo ocurrido, desde la primera visita de Jung y mi primer atisbo de Beatrice con el anteojo a través de la ventana hasta el espantoso final con la mutilación de mi amada y la revelación de su verdadera naturaleza. Me miró con ojos horrorizados.

─Por supuesto que era un ser artificial, Ernst ─dijo─. Rappaccini nunca ha tenido ninguna hija. Siempre ha vivido solo.

Micha debió de decirles a los médicos lo que yo le había revelado. Me hicieron muchas preguntas, me obligaron a contarles toda la historia. Yo por mi parte también hice algunas preguntas. Así supe toda una serie de hechos que me desconcertaron. Según los doctores, fui hallado en mi casa, no en la de Rappaccini, tendido en el suelo y presa de espantosas convulsiones; fueron los vecinos quienes avisaron a la policía, alarmados por mis gritos. Durante dos días estuve delirando, diciendo palabras inconexas, hablando de una mujer llamada Beatrice que era hija de Rappaccini y que se había convertido en un ser artificial, y de un óptico llamado Jung que era el hombre de la arena, y sobre todo de ojos, ojos, ojos… La policía investigó a Rappaccini y realmente no tenía ninguna hija, y por supuesto en su casa nunca había habido ningún autómata, como confirmaba la mujer que iba tres veces a la semana a hacer la limpieza. Ni ella ni nadie me había visto entrar ninguna vez en casa del profesor, y en ella no había ningún piano.

Me examinaron varios doctores. Me hablaron de las tretas de la imaginación, de alucinaciones, de sosias, de doppelgängers. Beatrice no era más que la personificación de mis sueños y mis fantasías insatisfechos, el desdoblamiento de mi propia personalidad, y Jung el óptico la materialización de mis obsesiones. Era probable que todo aquello procediera de algún trauma infantil, dijeron, pero no les hablé de la muerte de mi padre, no les dije nada ni del Dr. Freud ni del hombre de la arena: era algo demasiado íntimo, demasiado enterrado en mi interior. Finalmente llegaron a un diagnóstico tentativo. Lo único que necesitaba, me dijeron, era reconocer que todo estaba en mi cabeza, y me vería liberado de todos mis traumas. Me prescribieron toda una serie de fármacos que me ayudarían a superar mi crisis.

Lo intenté. Intenté convencerme de que los médicos tenían razón. Me esforcé en ello. Acepté sin rechistar todos los medicamentos que me dieron. Deseaba olvidarlo todo.
Al cabo de un par de días, uno de los médicos me dijo:

─Hemos llamado a un nuevo doctor para que estudie su caso. Es una gran personalidad, muy famoso, una auténtica eminencia. Seguro que podrá ayudarle.

Y al día siguiente vino ese doctor. Apenas cruzar la puerta de mi habitación lo reconocí. Su barba era más blanca, sus facciones más afiladas, su cabello había recedido un poco sobre su frente, pero su rostro era inconfundible. El doctor que lo acompañaba me dijo, orgulloso:

─Le presento al Dr. Freud.

El grito que escapó de mi garganta reverberó en toda la habitación. Me puse tambaleante en pie. Musité, con un hilo de voz:

─El hombre de la arena. Ha venido a llevárseme, como se llevó a mi padre. Pero no le dejaré. ¡No, no le dejaré!

Corrí hacia la ventana, hacia la liberación. Estaba abierta. Me subí al alféizar, abrí los brazos como si quisiera abarcar todo el mundo con ellos, salté. Oí un grito a mis espaldas. Mientras volaba hacia el suelo allá abajo, realmente libre por primera vez en la vida, pensé que al final había logrado mi objetivo: los pájaros de la luna de ganchudos picos no iban a picotear mis ojos.

 

© 2009 Domingo Santos
© 2009 Toni Garcés por las ilustraciones.
Domingo SantosDomingo Santos -Pedro Domingo Mutiñó- a pesar de ser un escritor de reconocido prestigio en el género (los premios Gabriel, por poner un ejemplo, toman su nombre de su novela homónima), es mucho más conocido por haber sido uno de los editores de la mitica revista Nueva Dimensión durante veinte años. Es imposible exagerar la importancia que para la ciencia ficción española ha tenido este autor, que, además de escribir, ha dirigido multitud de colecciones (Superficción, Ultramar, Acervo, Jucar…) y de revistas (la última de ellas la excelente Asimov Ciencia Ficción, de Robel), a través de las cuales ha dejado su impronta de forma indeleble.

ACaricatura de Garcèsntoni Garcés (Barcelona 1950). Ilustrador, autor de comics y diseñador gráfico. A mediados de los 70 comienza como diseñador a colaborar con agencias de publicidad, realizando también portadas de discos, logos para empresas, ilustraciones para libros de texto, etc… A partir de 1980 co-edita el pro-zine Zero comics, a la vez que colabora con las revistas de ciencia ficción Tránsito yKandama. Desde entonces ha realizado cientos de portadas e ilustraciones del género (Ultramar, Jucar, UPCF…). Ha publicado sus trabajos en Cimoc, El Jueves, Playboy, Europa Viva, Diari de Barcelona, El Vibora, BEM… y fuera de España en Metal Hurlant (Francia), Heavy Metal, Byron Preiss (EEUU), Comic Art (Italia), Magic Strip (Holanda)… Ha participado en numerosas exposiciones colectivas e individuales. Recibió los premios “Creepy” de la crítica al mejor autor de fantasia de 1984, el del Salón del Cómic de Barcelona 1986 a la mejor portada de cómic y el “Ignotus” de laAsociación Española de Fantasia, Ciencia Ficción y Terror a la mejor portada de 1992. Puede visitar su sede web donde expone sus creaciones: http://624c35.blogspot.com/

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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