TREINTA Y SIETE CENTÍGRADOS, de Lino Aldani

Aunque poco conocido en España, Lino Aldani es uno de los puntales de la ciencia ficción italiana y uno de los autores europeos más conocidos internacionalmente del género. Su reciente muerte lo sitúa de nuevo en primer plano de la actualidad, y BEM On Line quiere sumarse al homenaje europeo al gran autor desaparecido incluyendo aquí el relato que lo dio a conocer en España y que es considerado, junto con «Buenas noches, Sofía», como uno de los mejores de toda su producción.
Agradecemos a la revista Nueva Dimensión su amabilidad al cedernos el permiso para reproducir aquí este relato, que bebe de las fuentes del más puro neorrealismo italiano y cuyo tema, pese a haber sido escrito hace casi cuarenta años, es en estos momentos más rabiosamente actual que nunca.

 

 

TREINTA Y SIETE CENTÍGRADOS

Lino Aldani

Ilustraciones originales de Riccardo Leveghi

 

Como de costumbre, la primera persona que encontró Nico al salir de casa fue el agente de la CMG, el hombrecillo seco y arrugado cuyo uniforme carmesí le caía de los hombros un poco curvados, todo él pliegues y protuberancias, como la seda de un paraguas cerrado. Se llamaba Espósito, un meridional de piel verdosa, con un bigotito delgado y una gran verruga pilosa cerca de la oreja.

Era el responsable del bloque de casas, un carroza, metementodo e invasor, como todos los controladores de la CMG

Nico se detuvo a diez pasos y se abotonó el abrigo. Se sentía en forma, el cielo era azul, sin una nube: un verdadero día de cofias y cochecitos de niño en los jardines públicos, y sin embargo, a la vista de Espósito, se alzó el cuello y hundió las manos en los bolsillos.

─Buenos días ─saludó el hombrecillo de la CMG

Nico sacó una mano, pero sólo por un instante; agitó los dedos en el aire en un saludo que quería ser confidencial, y probó a escapar con el aire de quien lo tiene todo en regla.
Pero el controlador Espósito lo agarró por un brazo.

─¿Faja? ─preguntó.
─Todo en su sitio ─declaró Nico.
─¿Jersey grueso?
─¡Lo llevo, lo llevo!
─Bien ─dijo sin descomponerse el hombrecillo de la CMG─. Se lo ruego, señor Berti, tenga cuidado. Abril es traidor, no se quite el abrigo. Sería sancionado.
─Esté tranquilo, controlador.

Se alejó con rapidez, mientras una mancha de azul oscuro le rozaba peligrosamente. Nicola Berti suspiró, siguió andando con la mirada un poco hacia su izquierda, por donde los levacars, lustrosos + rutilantes, corrían suspendidos sobre la pista de vitroplast. Eran todos hermosísimos, incluso aquellos ya algo viejos, hasta los pequeños vehículos utilitarios, minúsculos pero sin embargo comodísimos. Amarillo, rojo, amarillo otra vez, después uno azul, después verde, rojo, rojo, azul, blanco plateado, azul oscuro, verde…

Nico suspiró otra vez. Con pasos lentos, casi estudiados, recorrió los cincuenta metros que lo separaban de la parada. El helibús no se veía aún. Se introdujo entre el grupo de pasajeros que aguardaban, treinta o cuarenta personas. Un señor robusto trató de impedirle el paso, pero Nico hinchó el tórax y, manejando los codos, logró alcanzar los primeros puestos. Cuando llegó el helibús, dio un empujón a la mujer que estaba a su lado, resistió las cargas del señor robusto y entró el primero. Alguien maldijo.

─Estas cosas no pasan en el extranjero ─gruñó una señora gorda, de senos enormes y esponjosos.
─¡Villano! ─chilló con voz de falsete un viejecillo con gafas─. ¡Si tiene prisa, coja un taxi!

Nico sintió un dolor en la pantorrilla: un muchacho, tratando de pasarle delante, maniobraba su cartera de fibra sintética en medio de la selva de piernas.

La puerta automática se cerró, un paraguas quedó atascado en medio, se oyó una imprecación sofocada, después una blasfemia, alguien se echó a reír, mientras el helibús volvía a partir dejando en tierra a veinticinco personas con los brazos alzados en gesto de amenaza.

Fatigosamente, Nico contorneó a la mujer gorda, dio una patada a la tibia del muchacho y, deslizándose entre el viejo de las gafas y la máquina expedidora de billetes, llegó al centro del vehículo, donde había un poco menos de gente. Cogido al pasamanos, su mirada cayó de nuevo sobre los carteles publicitarios encajados entre el techo y las ventanillas.
Se los sabía de memoria. Cojines neumáticos Lichemin, Levacars-Ocasiones, Cojines neumáticos Lireppi, Giulia-Gamma, Troenci, Demerces, Dorf, Volkscar Alfa y Beta. Estaban todos. Una galería de tentaciones ante la cual era imposible tener los ojos cerrados.

¿HAS DECIDIDO SEGUIR SIENDO UN GUSANO DURANTE TODA TU VIDA?
¿QUÉ ES LO QUE ESPERAS PARA COMPRAR UN TROENCI?
¡TROENCI! ¡70.000 LIRAS MENSUALES SIN ANTICIPO! ¡TROENCI!
¡EL LEVACAR QUE SE IMPONE Y TRIUNFA!
¡TROENCI! ¡TROENCI! ¡TROENCI! 

Tragó amargamente saliva. Los otros carteles tenían poco más o menos el mismo tono.

DEMERCES
EL LEVACAR QUE OS HACE SENTIROS IMPORTANTES
¿A QUÉ ESPERÁIS?
LA MITAD AL CONTADO EL RESTO EN CÓMODOS PLAZOS

Y también

AMIGO, ABRE LOS OJOS SI TE GUSTAN LOS COCHES DEPORTIVOS
ESCOGE EL GIULIA─GAMMA
280 KM. A LA HORA
VEHÍCULO APROBADO POR LA CMG

¡La CMG, la Convención Médica General! Una obsesión, eso es lo que era. Siempre entre tus pies, con un reglamento medieval y miles y miles de controladores atareadísimos en levantar infracciones.

Nico giró sobre sí mismo, pero allí en el otro lado del helibús los anuncios de la CMG brillaban con letras fosforescentes sustituyendo a los de los levacars. Probó a cerrar los ojos. Inútil. Aquellos cochinos sabían su trabajo, incluso en publicidad eran los primeros. Imposible no leer sus eslóganes.

CIUDADANO ¿CREES REALMENTE QUE TIENES LA CONCIENCIA TRANQUILA?
¿ESTÁS SEGURO DE TRAER CONTIGO TU TUBO DE ASPIRINAS?

Inconscientemente, Nico se dio cuenta de que estaba rebuscando en sus bolsillos en busca del tubo.

NO DIGAS QUE HAS OLVIDADO EL TERMÓMETRO
EN EL BOLSILLO DE LA OTRA CHAQUETA.
ES UNA MEZQUINA JUSTIFICACIÓN.
PARA CUALQUIERA QUE SEA HALLADO SIN TERMÓMETRO,
LA SANCIÓN ES DE TRESCIENTAS OCHENTA LIRAS

Se llevó una mano al costado. El termómetro estaba allá, al lado de la pluma de duroplomo y del peine de concha artificial.

¡AYUDADNOS A SERVIROS MEJOR!
RECORDAD:
POLIVITAMÍNICO DOS VES AL DÍA

IlustraciónNico resopló. Buscó el dispositivo que regulaba la apertura de la ventanilla, pero una mano rápida cayó sobre la suya.

─¿Qué es lo que quiere hacer? ─preguntó con voz amable pero firme un hombre que estaba a su lado.
─Abrir ─dijo jadeante─. Tengo un calor de infiernos, me estoy sofocando.

El otro lo miró con calma, cara a cara, después sacudió la cabeza resueltamente.

─La ventanilla no se abre.

Nico se echó a reír.

─Esta sí que es buena. Me falta aire. ¿Qué le importa a usted si bajo o no el cristal?
─Basta ya ─dijo el hombre con voz decidida. Había sacado de su bolsillo una tarjeta, y la agitó delante de su nariz─. Soy controlador de primera clase de la CMG, y la ventanilla permanecerá cerrada: artículo 5 apartado segundo del acuerdo estipulado entre la Compañía de Transportes Públicos y la Convención Médica General.

Nico abrió la boca, después alzó los hombros en un residuo de protesta destinado de antemano al fracaso.

─No diga nada ─cortó el otro─. El reglamento lo dice claro: los medios de transporte público deberán mantener las ventanillas cerradas hasta el treinta y uno de mayo. ¡Y estamos aún en abril! Usted está convencionado, ¿verdad?

─Sí ─dijo Nico, bajando súbitamente el tono de voz.
─Sus documentos, por favor.
─Pero… ¡Mis documentos no tienen nada que ver!
─Sus documentos he dicho. Tarjeta de identidad, tarjeta sanitaria y contrato de trabajo.
─¡Pero eso es inaudito! Sólo porque he intentado bajar el cristal…
─¡Conductor! ─gritó el hombre de la CMG─. Pare, por favor. Quiero efectuar un control.

El conductor frenó. Bajaron del helibús, y la puerta automática volvió a cerrarse ante un mar de caras irónicas.

─Sígame.
─Pero mire, voy retrasado, tengo sólo doce minutos para llegar a la oficina.

El hombre de la CMG hizo detenerse a Nico en un portal.

─Estoy en regla ─dijo éste, entregándole sus documentos─. Aquí está el termómetro, el tubo de aspirinas, las pastillas para la tos… Ésta es la vitamina C, ésta la B─12, el antiséptico, el leucoplasto, la pomada oftálmica y el estuche de los antibióticos. Lo tengo todo, no puede sancionarme.

El controlador examinó minuciosamente cada cosa.

─¿Faja? ─dijo después, mirándole a los ojos.
─Escuche, voy a llegar tarde. El Ministerio de la Canción está en la plaza Flaminio, si me hace perder el próximo helibús no llegaré a tiempo…
─¿Faja? ─insistió el hombre de la CMG.
─¡Cristo! Sí, llevo la faja. Y camiseta gruesa, y calcetines de lana.

Abrió el abrigo, la chaqueta, se levantó el jersey y se desabotonó la camisa a la altura del estómago.

─Aquí está, véalo. Camiseta gruesa y faja. Estoy en regla.

El otro abrió una libreta de notas y empezó a escribir.

─Una inspección especial le hará bien ─dijo.
─¿Una inspección especial? ¿Por qué? ¡Estoy en regla!
─Sí, por el momento sí. Pero su tentativa de abrir la ventanilla del helibús es síntoma de tendencias individualistas muy peligrosas. Señalaré su nombre a la Comisión Superior de Vigilancia. Puede irse.

Con una mirada lívida, rabiosa, Nico se metió en los bolsillos termómetro, tubos y documentos y salió a la carrera del portal.

 

 

El helibús estaba parado a cien metros de distancia, con el acostumbrado grupo de obsesos que pugnaban por subir. Nico se lanzó, en pocos segundos estuvo en medio del grupo, trabajó con piernas y brazos hasta que logró asirse a la barra del helibús, se izó a pulso y ganó la plataforma. El vehículo partió en aquel momento.

Entonces se pasó el dorso de la mano por la frente húmeda de sudor y miró fuera, a la calle. Una hilera brillante de levacars seguía al helibús y lo bordeaba al pasarle: rojo, azul, azul, amarillo, azul marino, blanco plateado, rojo, amarillo, azul, verde oliva… Cerró los ojos, se volvió, los abrió de nuevo mirando al techo. Pero después su mirada resbaló lentamente por el cóncavo metal y se detuvo en el anuncio fosforescente de la Troenci.

LOS GUSANOS SE ARRASTRAN
EL HOMBRE QUE SABE LO QUE SE HACE VIAJA A 200 EN TROENCI
EL LEVACAR DE NUESTRO TIEMPO

No había escapatoria. Se dio la vuelta una vez más. El rojo de otro anuncie lo golpeó con la violencia de un puño. Era un cartel enorme, ocupaba casi toda la parte derecha del vehículo.

CIUDADANO
AL PRIMER SÍNTOMA DE RESFRIADO ¡ASPIQUININA!
HOMBRE AVISADO A MEDIAS SALVADO
100 LIRAS DE SANCIÓN
A TODO CONTRAVENTOR CONVENCIONADO

 

 

Trabajó durante dos horas seguidas, sin levantar la cabeza ni un sólo instante. A las diez entró un botones y dejó sobre su mesa otro paquete de expedientes, a las diez y media lo llamó a informar el jefe del departamento, a las once tomó un café y la pastilla de vitaminas.

A las once y cinco sonó el teléfono.

─Nicola Berti ─dijo, levantando nerviosamente el auricular. Esperaba que fuera Doris, pero se sintió decepcionado. Era una voz masculina, entre barítono y bajo.
─Aquí D’ Andrea, de parte de la Comisión Superior de Vigilancia.
─Diga ─balbuceó Nico.
─Esta tarde a las diecinueve horas queda usted convocado en el Ambulatorio Central de vía del Gambero.
─Ah… ¿Y para qué?
─Análisis de sangre, radiografía pulmonar…
─¿Eh?
─…y control de índice alcohólico y nicotínico. Buenos días, señor Berti.

Aquello era lo único que faltaba. Aquel cerdo de controlador que había encontrado en el helibús había demostrado un celo casi vehemente.

Sacó de su bolsillo el paquete de cigarrillos y lo vació sobre la mesa; quedaban aún seis. Sintió deseos de encender uno, pero se contuvo: aquellos seis cigarrillos debían durarle todo el resto del día.

─¡Puerca vida!

El compañero de la mesa de enfrente dejó la pluma y levantó los ojos de su trabajo.

─¿Qué ocurre?

Nico alzó los hombros. No era su intención desahogarse con aquel refractario de Giobbi, un imbécil digno del nombre que llevaba. Por otro lado, Giobbi nunca había fumado en su vida, no podía comprender que el límite máximo e insuperable de diez cigarrillos diarios era ridículo para un hombre de veinticinco años, siempre en movimiento y con dos pulmones a prueba de bombas. Cierto, era libre de fumar más: los distribuidores automáticos estaban repletos de cigarrillos, bastaba con echar una, dos, tres, cinco monedas y la máquina le suministraría todos las cigarrillos del mundo. Pero… ¿y después? En el control del índice nicotínico la placa haría de espía, bastaba con superar tan sólo un poco el límite de tolerancia para ver caer sobre sí una multa de las peores: cuarenta o cincuenta mil.

Nico hizo examen de conciencia. Durante la última semana había fumado algunos cigarrillos de más, con el propósito sin embargo de nivelar el promedio en la próxima semana. Aquel estúpido de controlador lo había arruinado todo. La radiografía pulmonar era para hoy, a las diecinueve. No había forma de arreglarlo. O quizá sí, quizá bebiendo leche y obligándose a no fumar hasta la noche…

Tomó las cigarrillos y los metió en el cajón, cerró éste con llave y miró a Giobbi.

─Toma ─le dijo, tirándole la llave─. Devuélvemela cinco minutos antes de irnos. Y si te la pido antes, házmela tragar.

 

 

El deseo de fumar se convirtió en una necesidad imperiosa. Nico mordisqueó una punta de lápiz y abrió un nuevo expediente: el autor de «alma rota» y «ojos tristes» denunciaba que en algunas revistas de poca monta sus canciones habían sido ilícitamente parodiadas. La instancia, enviada también para su conocimiento al Sindicato de Letristas, terminaba con una enérgica demanda a la superior autoridad para que procediese con un mayor celo a la tutela artística de las creaciones de los autores.

A Nico le vino de pronto a la memoria el texto original de la canción: «Dulce amor, hay en mi interior, un dolor por ti, corazón moriré, si me niegas el sí…»

Pasó, atareadísimo, el resto de la mañana en medio de una densa documentación toda a base de «corazón, pasión, emoción, por siempre, te querré, te amaré, sólo tú, tú, tú, tú…», interrumpido, pero sólo un minuto, por aquel cargante de Ortensi, el controlador de la CMG que supervisaba, con la ayuda de dos asistentes, todo el Ministerio de la Canción.

─¿Todo bien? ─se informó Ortensi, asomando la cabeza por la ventanilla.
─¡Todo bien! ─respondieron al unísono Giobbi y Nico.
─¿Tomada la pastilla?

Dos cabezas bascularon rítmicamente en un gesto afirmativo.

─¿Y la temperatura?
─Treinta y seis con ocho ─declaró Giobbi sin levantar la cabeza de la calculadora.
─Treinta y siete ─mintió Nico al azar.

Aquella mañana su termómetro había permanecido inactivo en el fondo de su bolsillo. Ortensi, sin embargo, parecía tener prisa, no entraría para efectuar un control.
Doris no telefoneaba, y el hecho lo ponía aún más nervioso que la convocatoria en el Ambulatorio. Varias veces estuvo a punto de marcar el número del notario Aloisi, donde trabajaba Doris, pero siempre se contuvo: el notario tenía un carácter de perros, no toleraba que sus empleados usaran el teléfono para motivos que no fueran de su trabajo.
Finalmente llegó la una, y sonó el timbre. Introdujo los expedientes en el cajón, salió de la oficina y bajó a la carrera las escaleras que conducían al subsuelo, donde estaba instalada la cantina del Ministerio.

 

 

El local estaba desierto, sólo un par de empleados habían llegado antes que él, pero pronto los distribuidores automáticos de comidas serían tomados por asalto.
Giobbi se detuvo a su lado.

─¿Qué vas a tomar?
─Leche y macedonia de frutas.
─¿Estás loco? Yo me tomaré un hermoso bistec con patatas fritas.
─Hazme un favor, Giobbi: no me llenes más la cabeza. La CMG me está poniendo difícil la existencia. Esta tarde debo pasar el control de nicotina.
─¡Hum! Mal asunto, Berti.
─Sí, en estos últimos días he fumado como un turco. Me van a multar. Y toda la culpa es de aquel hediondo que he encontrado esta mañana en el helibús. Yo estaba en regla, pero ha querido someterme igualmente a una inspección especial. Si me lo encuentro ahora, palabra que lo hago trizas.

Se sentaron en un ángulo, de espaldas al gran cartel en el cual la CMG recordaba a todos los convencionados un antiguo aforismo de la escuela médica de Salerno: «Defecatio matutina est tamquam medicina». En una ocasión Nico había presentado un escrito pidiendo que retiraran de la pared al menos aquel cartel, pero pese a las doscientas firmas recogidas la petición había sido denegada.

La leche tenía un sabor desagradable.

Nico engulló tres vasos y se quitó el mal sabor con la macedonia de frutas. Después se quedó absorto contemplando el plato de Giobbi. El bistec parecía excelente, y la pequeña pirámide de patatas fritas exhalaba un aroma tentador.

Se levantó de golpe.

─Préstame el periódico ─dijo─. Me voy arriba.

Tomó un vaso, otra botella de leche, y salió de la cantina con la cabeza baja.

 

Arriba y abajo, a lo largo del corredor de la oficina de correos. De tanto en tanto se acercaba a las grandes mesas del vestíbulo, lanzaba una ojeada a los impresos de giro postal y de telegramas, miraba el cuadrante luminoso del gran reloj eléctrico.
Nico acostumbraba ser puntual. A las ocho y media Doris empezó a sentirse preocupada. Taconeó nerviosamente. Después, incapaz de dominar su impaciencia, reemprendió su paseo arriba y abajo, los ojos ahora fijos en la acristalada puerta de acceso, ahora vueltos ansiosamente hacia la esfera del reloj.

No viene, empezó a pensar. Le ha sucedido algo y no viene. Esperaré aún cinco minutos, luego me iré a casa. Su mirada se posó en la ventanilla de certificados. C-e-r-t-i-f-i-c-a-d-o-s. Doris se puso a contar las letras que formaban la palabra: sí, no, sí, no, viene, no viene, sí, no, sí, no… ¡No! No viene, no viene ya, le ha sucedido algo.

Sin embargo, Nico apareció precisamente en aquel momento. Pálido, el rostro un poco distendido, los ojos muy abiertos y la corbata eternamente torcida.
No dijo nada. La tomó de la mano y se apresuró a largas zancadas hacia la salida, la condujo fuera en medio de la multitud, allí donde el tráfico era ensordecedor.
La Via del Corso parecía la entrada de un hormiguero: confusión, atascos, cuatro pistas elevadas llenas hasta los topes, grupos de gente delante de los escaparates y en las entradas de las aceras rodantes.

─Telefonea a casa ─dijo Nico deteniéndose en la entrada de un bar─. Di que esta noche cenas fuera.
─Pero, ¿por qué? ¿Qué te pasa? Responde.
─Telefonea, hazme caso. Siento deseos de estar contigo, pero tengo un hambre de lobo. ¿Has comprendido? Una pizza, una cerveza, y después a Villa Borghese.
Doris entró en el bar, se metió en la cabina telefónica y arregló las cosas en treinta segundos.
─Después me explicarás ─dijo al reunirse de nuevo con él.
─Seguro, seguro… ─Dio vuelta a la esquina de vía Frattina, condujo a la muchacha hasta un local tranquilo, la ayudó a sentarse en la alta silla al fondo de una sala estrechísima donde no había nadie.

 

 

Comieron en silencio. Nico engullía grandes bocados con voracidad, como si estuviera en ayunas desde hacía una semana. Doris, en cambio, jugueteaba con los cubiertos. Lo miraba absorta, una mirada melancólica, maternal, ahora dirigida al movimiento rítmico de sus mandíbulas, ahora al latido de las venas de sus pulsos.

Es un chiquillo, pensó. Es como un chiquillo. A veces, sin embargo, Nico le parecía como un ser autónomo venido al mundo sin el concurso de progenitores, una especie de deidad absurda, inasequible. No dijo nada, esperó a que Nico terminara. Nico retiró el plato suavemente, un gesto rudo y mesurado al mismo tiempo, se limpió los labios con la servilleta de papel, hizo una pelota con ella, la arrojó al plato y se hurgó los bolsillos en busca de los cigarrillos.

─He estado en vía del Gambero ─dijo.
─¿En la Via del Gambero? ¿Por qué?
─He estado en Via del Gambero ─repitió Nico─. En el Ambulatorio Central. Para un control nicotínico.

Doris abrió su bolso, se puso a buscar algo en su interior, más que nada para marcar una pausa. Nico se lo contó todo.

─¿Y entonces?
─El resultado de los análisis no estará hasta pasado mañana. Pero estáte tranquila, no ocurrirá nada. He bebido leche casi hasta la náusea. ¡Y no he fumado, sólo cuatro cigarrillos!

Al fondo de la Via Frattina, la escalinata de la Plaza de España extendía sus blancos peldaños de piedra como el salto de una cascada de leche sucia. La luna asomaba los ojos tras los tejados, entre una inextricable maraña de antenas de televisión.

─Estáte tranquila ─siguió repitiendo Nico─. No ocurrirá nada. Les he engañado, ya lo verás.

Seguía sujetándola por la mano, la condujo lentamente por las suaves curvas de la escalinata, subiendo bajo los globos de luz y los densos arbustos de laurel rosa.
Se detuvieron a lo largo de la avenida, junto a la balaustrada. Había una bóveda de palmeras y de pinos altísimos. Y una fuente, al lado, que murmuraba levemente.
Una sombra profunda, olorosa. Más allá de las terrazas del Pincio, bajo una cúpula fosforescente, Roma parpadeaba enigmática.

Empezó a besarle las manos, las muñecas, los antebrazos. Doris intentó resistirse, un poco por juego, un poco por temor a que alguien los viese.

─Escucha ─dijo Nico, sujetándola por los hombros mientras le besaba el cuello─. Escucha…
─Estáte quieto, Nico. Ven, vamos a sentamos.

Pero él la tenía prisionera. La besó en la boca, largamente, y otra vez, y otra, hasta que sintió el cuerpo de Doris relajarse y abandonarse entre sus brazos.

Un levacar vino a detenerse a pocos pasos de ellos. El conductor abandonó la calzada de vitroplaste e hizo tomar tierra al aparato al borde del terreno herboso. La luz de los faros les dio de lleno.

─¡Mira este cretino dónde ha ido a meterse!

Doris recobró rápidamente la compostura.

─Vayamos a sentarnos ─dijo─, ahí hay un banco libre.

La siguió de mala gana. Doris reía, pero él estaba furioso, caminaba con los puños apretados, los músculos contraídos.

─Cálmate, Nico. No seas ridículo. Siéntate aquí a mi lado y dime alguna cosa…

Nico resopló.

─¡Vamos, vamos! ¿Por qué te lo tomas tan a pecho?
─Voy a ir allá y le desfondaré el coche a fuerza de patadas.
Ella apoyó los dedos sobre sus labios.
─Nico, aquí también se está bien, cálmate.
─Sí… El día que me compre yo el levacar voy a hacer una degollina. Voy a llenar el tubo de escape de bombas fétidas. Quiero apestar Roma, quiero asfixiarlos a todos, y al primero que se atreva a decirme una palabra le parto la cara.

Recogió un puñado de piedrecillas y se puso a arrojarlas, una a una, a la fuente. La cólera desapareció lentamente, dejando su lugar a una melancólica resignación. Poco a poco la conversación tomó el giro acostumbrado, con el tema de todas las tardes, tú de qué color lo preferirías, yo gris, aunque el azul marino también me gusta, pero negro no, el negro es fúnebre, de todos modos no tengo más que sesenta mil, hace falta esperar aún un año, si no tuviera que pagar todos los meses la maldita cuota de la CMG podría comprarlo ahora mismo, el día menos pensado rescindo el contrato, cállate, Nico, es una locura, sabes muy bien que la CMG es indispensable, lo sé, lo sé…, pero también el levacar es indispensable.
Y también: pero incluso el rojo es dentro de todo un buen color, tengo ya sesenta mil, es mejor que las guardes tú aparte, probablemente podré reunir otras sesenta mil este verano con las horas extraordinarias, si no fuera por la CMG todo sería tan sencillo, por favor Nico no empieces otra vez, piensa un poco, sí, sí, pero con el dinero que todos los meses regalo a esos cerdos podría pagar los plazos, cállate, no digas eso, ya lo sé, pero seria todo tan sencillo, tan sencillo…

─Sí, pero dime, ¿y si te sales de la Convención y después te pones enfermo?

─¿Quién, yo? Reviento de salud, nunca he tenido ni siquiera un poco de temperatura en toda mi vida. Se me han comido millones, esos cochinos. Desde que nací estoy pagando esta estúpida tasa.

Siguieron hablando, largamente. Después Doris empezó a mirar el reloj.

─Es tarde ─dijo con un suspiro.

─¿Tarde? ¿Acaso quieres volver ya a casa?

La acariciaba suavemente. Doris apoyó la cabeza contra su hombro y le dejó hacer. Le gustaba la voz de Nico cuando le hablaba dulcemente, con los labios pegados a su oreja.
Cerró los ojos, pero un rumor de pasos sobre la arena se los hizo abrir de golpe.
El hombre de la CMG se había parado delante de ellos, inmóvil en la penumbra. La placa fosforescente con las dos serpientes entrelazadas campeaba en su ropa, un ojo sádico e inquisidor.

─¿Y bien? ─dijo Nico con voz súbitamente agresiva. ¿Qué pasa, está prohibido?

El otro encendió su linterna eléctrica, miró su reloj, después sacó el higrómetro del departamento especial de su sombrero.

─Es demasiado tarde ─dijo─. Y hay humedad, muchachos. Mejor será que se vayan a un café.
─¡Pero qué tarde ni qué café! Nosotros vamos donde nos parece.
─Con cortesía, jovencito. No se agite. Yo le he dado un consejo… ─Consultó de nuevo el higrómetro─. Dentro de media hora esto estará lleno de niebla, de modo que será mejor que se vayan. Si la humedad aumenta y algún compañero mío los encuentra aquí entre las plantas, se verán en un atolladero.
─¡Pero aquí no estamos ni mucho menos solos! ¡Hay una pareja tras cada arbusto, y viene a tomarla conmigo, precisamente conmigo! ¡Ya basta, por Dios! Vaya a pararle los pies a algún otro, a aquellos del 600 por ejemplo.

El hombre de la CMG dirigió la luz de su linterna en la dirección indicada.

─Aquel señor está en el levacar ─dijo tranquilamente─. La capota está cerrada, los cristales alzados. No hay infracción. Para mí es como si estuvieran en su casa.

Nico encajó los dientes, echando espuma por la boca. Doris tiró de su manga, y eso lo irritó aún más. Pero su garganta estaba bloqueada, no conseguía pronunciar ni media palabra.

─Yo les he advertido ─dijo el hombre de la CMG─. Era mi deber. Buenas noches, buena suerte y salud.

Nico necesitó un cuarto de hora para tranquilizarse.

─Ha sido un día negro ─murmuró─; todo me ha salido mal, todo se me ha atravesado.

 

 

Recorrieron lentamente las pendientes del Pincio, la Piazza del Popolo, el paseo de Ripetta. La casa de Doris estaba en el Trastevere, faltaba aún un buen trecho, pero Nico prefirió acompañarla a pie, pese a las aceras rodantes que aún estaban en funcionamiento.

─Adiós ─se despidió cuando llegaron, deteniéndose delante del cerrado portal. Una cariñosa palmada, una sonrisa leve─. Te llamaré mañana.

Era tarde. Nico apresuró el paso, compró un periódico en el quiosco del Puente Garibaldi y echó a correr para alcanzar el helibús-exprés.

Mantuvo los ojos bajos durante todo el trayecto, atormentando el periódico entre sus manos nerviosas. Estaba irritado, irritado hasta reventar. La CMG lo perseguía por todas partes, en la oficina, en la calle, en casa, en el helibús, en el espaciocine. ¿Cuánto tiempo resistiría? Él no era como Giobbi, no era una oveja imbécil dispuesta a dejarse llevar para siempre por la nariz.

 

 

En casa se sirvió una abundantísima dosis de coñac, llevó el vaso y el periódico a la mesilla de noche y se desvistió lentamente. Luego encendió un cigarrillo y se metió en la cama. Fumaba y leía, bebía y pensaba. Una isla, pensaba, querría una isla desierta. Yo y Doris en la isla, y vivir como Dios manda.

─¡Ahí en el cuarto piso! ─gritó una voz de hombre desde la calle─. ¡Eh, ahí arriba, señor Berti!

Era Espósito, el controlador del bloque. Nico no se movió.

─¡Cierre la ventana, señor Berti!
─¡Muérete! ─dijo Nico en voz baja. Y bebió un largo sorbo de coñac.
─¡La ventana, señor Berti!
─¡Muérete! ─repitió Nico. Y aspiró ávidamente el humo del cigarrillo. Mejor no responder, pensó. Mañana, cuando lo encuentre y me pida explicaciones, le diré que no estaba en casa y que me había dejado la luz encendida.

Espósito llamó aún cinco o seis veces más, después se hizo el silencio. Antes de apagar la luz. Nico terminó el paquete de cigarrillos.

Ilustración

 

─Mi joven amigo ─dijo el profesor Crescenzo─, usted es un hipersensible. Como todos los jóvenes, por otra parte. Pero esté tranquilo, la juventud es una enfermedad que no dura mucho, un buen día incluso usted se dará cuenta de que de pronto está completamente curado…

Tocó el borde del tablero, lo alineó con el de la mesa y colocó meticulosamente las piezas en sus casillas.

─¿Y entonces? ─dijo Nico─. ¿No hay esperanzas de que la cosa cambie algún día? El sistema es absurdo, es inicuo, es insoportable…
─Perdóneme ─le interrumpió el profesor Crescenzo─, pero usted, ¿ha venido aquí a jugar al ajedrez o a discutir problemas sociales?
─Yo… yo querría un consejo, profesor.
─¿Un consejo? ─Crescenzo levantó la cabeza y por un instante lo miró con fijeza. Después se quitó las gafas, echó el aliento sobre los cristales y los limpió con un pañuelo─. Un consejo… Hummm… ¿Y de qué naturaleza?

Nico vaciló.

─Esto… Querría salirme de la Convención.

El profesor Crescenzo permaneció impasible. Terminó de limpiar las gafas y encendió otro cigarrillo, el cuarto desde que Nico había entrado.

─No esperará que yo le diga bravo ─dijo Crescenzo─. ¿Ha reflexionado lo suficiente sobre lo que intenta hacer?
─Bueno, es una idea que vengo acariciando desde hace ya bastante tiempo.
─Hágame caso, acaricie todo lo que quiera la idea, pero limítese a acariciarla. No tome nunca una decisión de este calibre.

Nico sonrió.

─Dígame, profesor, ¿Cuántos años hace que está usted fuera de la Convención?
─¿Fuera? Yo nunca he estado inscrito en ella. En el 74, cuando las viejas formas de asistencia sanitaria adoptaron la estructura actual, hice un profundo examen de conciencia y decidí que no. No fue por el dinero, se lo aseguro. La cuota mensual, al menos en los primeros tiempos, no era muy alta. Pero en mi vida jamás he aceptado imposiciones ni chantajes. Lo hice por una cuestión de principios. Y me equivoqué.

─Pero en suma, ¿se ha arrepentido de ello?

El profesor se levantó, abrió una alacena y volvió al lado de la mesa con dos vasos y la botella de whisky.

─Escúcheme bien ─dijo, sirviendo el licor─. He fumado siempre cuarenta cigarrillos al día, he bebido todo el alcohol que me ha dado la gana, no he seguido nunca ninguna dieta alimenticia, ninguna cura de calcio, rayos, reconstituyentes o cosas así. No sé en absoluto lo que son todas esas pastillas, pomadas o inyectables que todos ustedes están obligados a llevar siempre encima, en los bolsillos. ¡Incluso he ahorrado mucho dinero, es cierto! Esta casa, los libros, los cuadros, los objetos de arte… Seguramente no tendría nada de eso si hubiera tenido que pagar a la caja de la CMG mi contribución mensual. Pero esto no quiere decir que yo no haya sufrido. Jovencito, usted no puede saber lo que significa despertarse sobresaltado, en medio de la noche, bañado en el sudor helado de la pesadilla. Usted no sabe nada de la lenta, continua y corrosiva aprensión, del miedo que se insinúa en cada pensamiento, un miedo siempre presente, siempre listo para envenenarte cualquier instante de alegría, para destruirte cualquier momento de serenidad. Esto no es retórica, jovencito. Desde hace demasiados años me voy cada noche a dormir con el terrible pensamiento de levantarme enfermo, moribundo, sin un perro de médico dispuesto a visitarme, a prescribirme una cura eficaz.

Nico frunció los labios como para hablar, pero el profesor le previno:

─No me plantee ahora la estúpida pregunta de costumbre. Usted sabe muy bien por cuáles motivos, muy a mi pesar, he debido renunciar siempre a la idea de reconciliarme con la CMG. Usted sabe muy bien que para volver a entrar en ella es necesario el pago de todos los atrasos, más una sanción que da vértigo, una cifra que en conjunto es imposible reunir. Piénselo bien, amigo. No tome decisiones precipitadas. Una vez se haya separado no tendrá otro médico que usted mismo, deberá fiarse únicamente de su buen sentido, de su instinto. Y de la suerte. Sobre todo de la suerte.

─Pero en compensación seré libre ─suspiró Nico amargamente─. Podré comprar inmediatamente el levacar y un montón de otras cosas. Y después… Y después no deberé soportar más los reglamentos, todos esos controles ridículos, los rostros estúpidos de los controladores cuando te soban para ver si llevas la faja…

─Tonterías ─dijo Crescenzo─. Tonterías… Bien, ¿empezamos la partida?

Nico sujetó el tablero por un lado, indeciso.

─Siento necesidad de desahogarme, profesor. Ya no puedo más. Yo…, no comprendo cómo el gobierno puede dar su beneplácito a una organización como la CMG; no comprendo cómo ha podido enraizarse de este modo, imponer sus propias condiciones a placer, sin control, sin freno, sin que nadie en un cierto momento haya dicho basta, terminemos con esa payasada y volvamos al viejo sistema. Sé que hace cincuenta años el médico, sin ser un millonario, vivía bastante bien. Cuando uno se sentía mal lo llamaba, se hacía visitar y después le pagaba, más o menos como se pagan todas las prestaciones de este mundo. Ahora no, ahora es lo contrario: es necesario pagar una prima cuando se está sano para tener el triste consuelo de interrumpir el pago cuando uno enferma. Es un contrasentido idiota, un abuso, un absurdo más de nuestro loco siglo…

─No, amigo. mío. No es un absurdo. Es un sistema que fue puesto ya en práctica hace cinco mil años.

─¿Eh?

─Estoy doctorado en historia, de modo que si se lo digo… Mire, hace cincuenta siglos los ciudadanos de Manchuria tenían poca confianza en la seriedad comercial de sus médicos. y siempre ha sido así, en cualquier época y lugar. El médico, en general, ha tenido siempre tendencia a aprovecharse de las enfermedades de sus clientes: cuanto más larga es la enfermedad, mayores son sus honorarios. En resumidas cuentas, digamos la verdad: aunque se trate de una enfermedad sin importancia, un médico sin escrúpulos sabrá sacarle provecho, comienza a prescribirte esto y aquello, te receta pastillas que no te sirven para nada, te mira, te palpa, te ausculta, te examina, viene a visitarte día y noche. Bien, un buen día un ciudadano chino se sintió harto de ser engañado. «Te pagaré cuando esté bueno ─le dijo a su médico─ y continuaré pagándote cada luna una cantidad igual mientras guarde buena salud; pero si vuelvo a enfermar, desde aquel mismo momento no recibirás de mí ni un gramo de plata ni un grano de arroz, no te daré nada durante todo el tiempo que esté enfermo.» El médico aceptó la propuesta, y el hombre sanó al día siguiente. ¿Has comprendido? Nosotros nos hemos dado cuenta con cincuenta mil años de retraso que es más conveniente apoyarlo todo en el aspecto económico del asunto que en la ética profesional…

Nico palideció.

─Pero entonces… ¡Entonces usted da la razón a la CMG, usted encuentra que es justo, usted defiende el sistema!

─Sí, pero condeno el método que lo ha hecho degenerar. La sabiduría china supo indicar el camino justo, pero la avidez occidental lo ha arruinado todo. Y esto era preciso prevenirlo, era preciso desde el principio impedir que la unión de los médicos adquiriese tanto poder, la ley debería de haber intervenido fijando las tarifas y sobre todo no permitiendo que el interesado celo de los Esculapios penetrase poco a poco en la vida privada de los ciudadanos, asfixiándolos. Ciegos y obtusos legisladores no han visto todo eso. O quizá sí, quizá lo intuyeron, pero alguno habrá abierto los cordones de su bolsa y así la ley ha pasado. Al principio era una locura. Usted no lo sabe, no puede recordarlo, pero había gente en aquella época que corría a hacerse visitar cuatro veces al día, así, por el simple placer de desnudarse delante de una bata blanca. Y los médicos, siempre amables, siempre paternales. Tenían buenas palabras para todos, para los histéricos, para los crónicos, para los enfermos imaginarios. Venían después los inconscientes, aquéllos que no tenían el menor cuidado con su salud: ¿para qué?, decían; si enfermo, tengo ahí al doctor listo para curarme en un dos por cuatro. La CMG se cansó pronto de todo esto. Y entonces, de organización exclusivamente curativa, terminó transformándose en organización principalmente preventiva. De este modo, los médicos trabajan menos y ganan más, las enfermedades son menos frecuentes, los ingresos son mayores…

─¡Es una vergüenza, eso es lo que es!

─Mi joven amigo, las recriminaciones son del todo punto inútiles; hay que considerar la realidad efectiva, como decía un historiador del siglo XVI. Los métodos que hoy persigue la CMG son ciertamente inicuos, pero en absoluto extravagantes. En resumen, una vez que uno acepta ponerse bajo la tutela de la Convención, no debe asombrarse de que luego la Convención haga todo lo posible por impedir que la temperatura de su cuerpo supere los treinta y siete grados centígrados.

─De acuerdo, pero, ¿y el gobierno? ¿Por qué el gobierno no acude a remediar la situación?

─¡Pfff! ─rezongó el profesor Crescenzo─. El gobierno, desde que el mundo es mundo, ha estado siempre al servicio de las clases más poderosas. Eso es una emanación directa de los centros de poder económico. Su deber es defender el capital. ¿Qué queremos entonces? La riqueza está hoy en manos de la CMG, de los constructores de levacars, de los cantautores de canciones…

─¡Por caridad, no me hable de canciones: me paso todo el día en medio de litigios musicales!

Pero el profesor estaba ya lanzado, de su boca brotaban ráfagas de palabras, y Nico no era capaz de seguirle.

─El grupo más potente es el de los médicos ─continuó Crescenzo, impertérrito─, tan potente que incluso ha puesto a la iglesia bajo sus órdenes. Siempre ha habido una cierta tirantez entre la medicina y la religión, entre los que cuidan de la salud del cuerpo y de la del alma, entre los de allí y los de acá. Hoy la balanza parece inclinada hacia la parte de acá, la de la tierra. El mundo siente unos deseos incontenibles de vivir, no tiene tiempo de escuchar a la religión. El cuerpo ha ganado su batalla ideológica, y el médico su batalla económica. Él es el dueño, el dominador absoluto e indiscutible, el que tiene en sus manos las dos llaves de Federico…

─No le comprendo, profesor.

─Bromeaba, muchacho. Decía cosas por decir. Pero se vocifera que el treinta y cinco por ciento de las acciones de Industrias Automovilísticas Reunidas pertenece a la CMG. Son poderosos, amigo mío. Son poderosísimos, tienen en sus manos las dos llaves: la salud y el levacar, las dos más grandes preocupaciones del hombre moderno. Sí, uno puede siempre intentar evadirse a través del pathos de la canción, ese grano de opio que se ofrece al pobre para idiotizarlo debidamente, para desviarlo, para no hacerle pensar en cosas importantes. Creo, sin embargo, que la CMG ha puesto incluso sus tentáculos también en las casas editoras musicales.

El profesor Crescenzo se echó a reír, una risa demente que hizo sobresaltarse a Nico.

─Esculapiocracia… ─dijo Crescenzo─. ¡Es─cu─la─pio─cra─cia!
y reía, reía, can los dientes apretados. Reía…


 

 

Sábado. Sábado por la mañana, a las nueve. Es hermosa Roma, toda ella agujas y cúpulas, el cielo azul pálido y las cascadas de estilizadas golondrinas que se lanzan desde los campanarios. El aire huele a pino y a menta. A lo largo del Tíber no hay aceras rodantes, allí no pasan tampoco los helibuses. ¡Son tantas las calles de la Roma vieja que aún permanecen así, como hace cien años!

Doris camina lentamente. La oficina ya no existe, está cerrada, han desaparecido todos, esfumados como fantasmas, hombres y cosas, la máquina de escribir, los papeles timbrados, los sellos, las copias de las cartas. El notario ha muerto, ha muerto hasta el lunes. Por dos días no deberá soportar su voz estridente como una sierra, sus cambios de humor, la fatiga, el aburrimiento.

Nico la espera a la entrada del metro que conduce a los Castelli, pero ella ha llegado demasiado pronto; vacila, vuelve casi sobre sus pasos, se detiene un instante delante del puesto de flores, atraviesa la calle, se apoya en el pretil del puente y mira abajo; el Tíber se desliza en vórtices de oro líquido, una motora emerge de debajo de la arcada, el hombre que hay a bordo parece de metal.

A lo largo de la calle los plátanos tienen las hojas translúcidas, puñados de gemas, parece que los troncos blancos y azulados distiendan su corteza, como animales bostezando al final de su letargo. Le gusta pasar la mano sobre esa áspera corteza, acariciar, mientras camina, los nudos y las irregularidades de la madera, sentir que más allá del cemento, el plástico y el acero existe también el misterio vital de las plantas, algo hecho por sí mismo y no por las manos del hombre.

Se da cuenta, en aquel momento, de que es realmente primavera. Y entonces, a la luz de la calle que se le aparece repentinamente distinta, acelera el paso, casi corre, como abrazando estrechamente su descubrimiento…

─¡Nico!

Está aún pálido, con el rostro distendido. Tiene profundas ojeras, pero su mirada es lúcida, cariñosa. Y sus manos. Las siente, las reconoce: un nido de ternura, una certeza.
Nico la toma del brazo, se encamina con ella en dirección opuesta a la entrada del metro.

─¿Qué pasa? ¿Algún contratiempo? No me digas que el paseo se ha ido al traste.

Nico se detiene delante de un puesto de bebidas.

─Tomemos un café ─dice. Y se pone a silbar, tabalea en la tapa del azucarero, mira al techo y al tubo neón violeta que circunda toda la pared.
─Pero en fin, ¿vamos a los Castelli o no?
─Por supuesto; el tiempo de tomar un café y nos vamos.

Mira afuera, con la taza pegada a los labios. Hay un levacar al lado de la acera rodante, un utilitario rojo, nuevo flamante.

─Me gustaría ir en aquello ─suspira, señalando con la barbilla─ en lugar del metro, más de veinte kilómetros bajo tierra, apretados como sardinas…

Doris sacude la cabeza.

─Por favor, Nico, no empieces otra vez.

Salen. Pero él vacila, da una vuelta al vehículo, lo acaricia con los ojos, después apoya una mano en la carrocería.

─Es hermoso ─dice─. ¿Qué te parece?
─Es hermoso, sí. Pero ahora vámonos, si no encontraremos todos los sitios ocupados.
─¿Te gusta de verdad?

Un manojo de llaves. Nico tiene en la mano un manojo de llaves, lo muestra bien a la vista, a la altura de los ojos, y lo agita, ríe, lo hace tintinear.

─¡Es mío!

Doris se echa a reír.

─¡Loco! ¡Siempre bromeando!

Pero cuando él introduce la llave en la cerradura y abre la portezuela, palidece.

─¡Oh, Dios!, ¿Qué historia es ésa?
─Sube.
─No. Primero quiero una explicación.
─¡Vamos, sube! Te lo contaré todo.

Doris está indecisa, mira con desconfianza el tapizado de los asientos, la palanca del cambio, los pedales. Nico ha insertado ya la llave del contacto, en el cuadro de mandos se han encendido las luces espía verde y roja. Se ve ridículo al volante, no parece verdadero, no, todo es una broma, ahora bajará y dirá que estaba jugando, pedirá disculpas, se dará cuenta de que ha sido una broma de mal gusto, una tontería…

─¡Vamos, ¿a qué esperas?

Las piernas le tiemblan. Entra en el levacar con movimientos torpes, casi se deja caer en el asiento y no sabe cómo se cierra la portezuela.

─Hermoso, ¿eh? Nuevo flamante. Y tiene de todo, ¿sabes? Mira, esto es la radio; aquí está la boca de la calefacción, el limpiaparabrisas, las luces de mando, el portarrevistas, la refrigeración…, y aquí el sitio para el reproductor de música. Apenas reúna un poco de dinero lo haré instalar.

─Pero entonces… ¡Entonces es realmente tuyo!

─¿Y de quién quieres que sea? ¿De mi abuelo?

Nico introduce la marcha, el levacar se empina en una arrancada un poco brusca, de principiante. Al otro lado del parabrisas la calle parece un teatro, los peatones andan aprisa, aprisa, grotescos, son grotescos, parecen marionetas.

─Por favor, Nico. Explícame…

El levacar se ha metido en medio del tráfico. Nico conduce atentamente, gira a golpes la mirada, teme los cruces, frena, acelera de nuevo, se ladea en las curvas, rozando casi la calzada opuesta al entrar en ellas.

─Nico…
─¡Calla!

El levacar es pequeño, una cosa insignificante, pero Nico sujeta el volante como si fuera el timón de un velero. Después la ciudad termina, los edificios se hacen más raros, comienzan las fábricas, los prados desnudos aparecen entre los bloques de casas como tapetes sucios y llenos de agujeros.

La carretera es ancha, de cuatro pistas. El vehículo se desliza veloz, no se advierte ni un zumbido. Ahora Nico está tranquilo. Enciende un cigarrillo.

─Llegó ayer ─dice─. Al mediodía.
─¿Ayer? ¿Qué?
─El resultado del análisis.

Doris hace chasquear los dedos.

─Ahora comprendo. Los has engañado, ¿eh? Te has quitado de encima el miedo a la sanción, y con el dinero que tenías aparte has comprado el coche. Pero no tenías bastante. ¿Quién te ha dado lo que faltaba para el anticipo?

─Nadie. Había bastante con lo que tenía. He firmado veinticuatro letras de cuarenta mil…

─¡Tú estás completamente loco! Has hecho estos mismos cálculos miles de veces, sabes muy bien que unas letras así no podrás pagarlas nunca.
─Ahora sí podré. Escúchame, Doris. Me atraparon, ¿comprendes? El análisis dio resultado positivo. Siempre a la caza del dinero, los muy vampiros. Querían que les pagara la sanción dentro de este mes. Pero son unos ilusos. Con esto ya me he hartado. La idea de tener que darles a ellos todo lo que había reunido, la sola idea de tener que volver a comenzar de nuevo…
─¿Qué has hecho, desgraciado?
─He rescindido el contrato. Una hermosa carta certificada con acuse de recibo. ¡Ha sido suficiente! Me he salido de la Convención, ahora podré hacer todo lo que quiera. ¡Soy libre!

Estuvieron discutiendo toda la mañana, apoyados en la balaustrada de la Villa Aldobrandini, bajo un sol blanco, cegador como un sol de estío.

Había carteles por todas partes.

PASEAD BREVEMENTE
NO ESTÉIS LARGO TIEMPO BAJO LOS ÁRBOLES
¡HUMEDAD!
EL ENEMIGO PUBLICO NUMERO UNO

Ilustración

─Dime ─argumentó Nico indicando los carteles─, ¿puede un hombre soportar todo esto? No podía más, Doris.

Un razonamiento lleno de rencor, de irritación. Llevaba dos horas repitiendo las mismas palabras, las sempiternas acusaciones genéricas. Ella se sentía agotada, no encontraba ya fuerzas para replicarle, para decirle que se había equivocado, que había cometido una enorme imprudencia.
Había en el horizonte una neblina azul pálida que ocultaba el mar, el cinturón de montañas y la lejanísima ciudad. Se oía una música entre las encinas del parque. Notas agudas, aflautadas, trinos, gorjeos, un sonido de voces antiguas y mágicas. Bisbiseos.

Doris no replicó. Puso un brazo bajo el de Nico, apoyó la cabeza en su hombro y sonrió; estaba cansada, cansada, no tenía ya más deseos de pensar, de discutir, de establecer si estaba equivocado o no, no podía, con todo aquel sol… Era hermoso así, abandonarse en el descenso, a lo largo de la vieja calle excavada en la toba, entre el conglomerado de piedras porosas, la tierra negra de castañas y arcilla.

Cuando regresaron al vehículo sintió deseos de llorar. Un desahogo inconcreto, pero sin rencor, sin amargura. Las dudas, las aprensiones, el incierto futuro, se deslizaban rápidos, sin importancia, como juegos de manos resueltos en seguida, adivinanzas facilísimas, infantiles.

Acarició la plastopiel de los asientos, pasó un dedo por el aro de goma del parabrisas, apretó el pulsador que ponía en marcha la refrigeración.

─¿Funciona la radio?
─¡Qué pregunta! Es completamente nueva. ─Nico giró el dial y la onda sonora invadió la cabina. Doris apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos, se dejó mecer por la música, por el zumbido del motor, por el cabeceo suave y amortiguado del vehículo al entrar en las curvas. Parecía como si Nico condujera en sincronía con la orquesta. Él le guiñó un ojo. Doris quiso responderle del mismo modo, pero no sabía: le salió una mueca ridícula, infantil, y Nico se echó a reír.
─Corre, ¿eh? ─dijo, dando una ojeada al tablero de mandos─. Y esto no es nada, todavía está en rodaje. Verás dentro de unos meses: les ganará a todos.

Llegaron a campo abierto en un abrir y cerrar de ojos. En la puerta de un bar había un muñeco que bamboleaba la cabeza. Una mano enorme tenía el índice apuntando hacia un cartel luminoso en forma de corazón.

¡KRON!
LA BEBIDA TÓNICA DESCAFEINADA

─¡Voy a tomarme un café de verdad, a la salud de la CMG!

Después, Nico entró en una tienda que olía a pimienta y especias, compró un pan de pueblo, una bolsa de olivas, cerdo asado y pepinillos en vinagre.

─Vámonos ─dijo─. Quiero comer al aire libre, bajo una pérgola, donde no haya carteles.

El levacar volvió a partir, tomó la carretera de Grottaferrata, una sucesión de casitas verde pastel, ocres, anaranjadas. Nico cruzó el pueblo, giró a la derecha, bordeando la Abadía de los Ortodoxos, se detuvo delante de una casa de muros agrietados, sucia y enmohecida, con la puerta llena de planchas y clavos oxidados.

No había nadie. El interior estaba lleno de botellas, damajuanas, tubos de plástico apelotonados, útiles de lo más variado.

Llamaron al dueño. Del sótano les respondió un gruñido. Mientras, Nico se había puesto a observar las ristras de ajos colgadas de las vigas del techo y las guirnaldas de pimientos marrones dispuestas un poco por todas partes.

─¡Fantástico! ─no dejaba de repetir─, ¡Mira! ¡Mira aquella mesa, y la pared! Todo sucio, mohoso, da deseos de acariciarlo.

El dueño apareció de pronto, con un barril cargado a la espalda. Llevaron una mesa al aire libre, junto a un matorral de enredaderas. Nico abrió el paquete, después olisqueó la mesa.

─Huele a vino ─dijo─. Como si fuera un barril. Inténtalo, Doris, prueba de oler tu también ese sano aroma.

Doris obedeció por complacerle.

─Llámalos estúpidos ─no dejó de decir Nico entre bocado y bocado─, pero estos campesinos chapados aún a la antigua, viviendo al aire libre, saben al menos lo que comen y lo que beben. Nosotros, los que vivimos en la ciudad, somos un hatajo de idiotas en medio del hedor y del ruido. Como en una prisión. ¿No te has dado cuenta de que vivimos prisioneros?

Otro discurso de Nico. Otra argumentación inútil. Doris le dejó decir, esperó pacientemente a que su excitación se apagara. Nico era así. ya lo conocía, sólo hacía falta no contradecirle, y su tono polémico se apagaba en unos pocos minutos, su voz descendía una octava y se volvía suave, apagada. Como ahora.

─Escucha ─dijo Nico─. ¿Qué haremos luego? ¿Quieres ir al lago? En Nerni dicen que hay fresas. O quizá no. Quizá sea mejor Tuscolo. Hay allí un bosque encantador, y no está demasiado lejos.

Quería que Doris bebiera un poco más. Ella se resistía, alejaba el vaso riendo, con un conjunto de interjecciones y de palabras cortadas. No estaba acostumbrada al vino, aquel poco que había bebido ya se le había subido a la cabeza.
Desde lejos, el dueño les hizo una señal. Un gesto de aviso, de complicidad. Pero Doris tenía la mente ofuscada, no se dio cuenta del peligro hasta que el hombre de la CMG apareció detrás de Nico.

─Tenemos visita ─dijo Doris entre dientes. En aquel momento Nico estaba bebiendo. Se secó los labios con el dorso de la mano y volvió la cabeza.

Vestido rojo, placa, brazalete, sombrero con termómetro, higrómetro y reactivos. Parecía un buscapleitos.

─Pido perdón ─el hombre de la CMG era gentilísimo─. Una simple formalidad, señores. ¿Aquel levacar?
─Es mío.
─Nuevo, ¿eh?
─Novísimo, me lo entregaron ayer.
─¿Y la conducción? Supongo que será usted un principiante…
─Por completo. Conduzco pésimamente.
─Bien. La sinceridad es una virtud que apreciamos muchísimo, pero la afirmación es grave. Se dará usted cuenta de que como principiante está obligado a observar la más estricta disciplina ─señaló el vaso y la botella de vino─. Usted representa un peligro público incluso con la mente lúcida, mi querido señor. De modo que debería controlarse, no entregarse a Baco.

El hombre de la CMG hurgó en su bolsillo, sacó un estuche de plástico, lo abrió, tomó una bolita blanca, grande como una avellana.

─Por favor ─dijo, tendiéndosela a Doris─. Manténgala en la boca durante medio minuto.
─Un momento ─alzó la mano Nico─. El levacar lo conduzco yo, ella no tiene nada que ver con esto. Tú, Doris, quédate quieta. ─Los ojos de Nico se habían hecho pequeños─.No está ebria ─dijo─; no bebe nunca, es abstemia. Puede pasar el control del índice alcohólico ahora mismo, pero la bola no, no veo por qué tenemos que darle esta satisfacción. Hágame el favor, guarde sus reactivos y lárguese. ¡Vamos!

El hombre de la CMG vaciló, pero en seguida hinchó el pecho y recuperó la compostura.

─De acuerdo, digamos que la señorita está en regla. Pero, ¿y usted? Usted está ebrio, señor, y puedo demostrarlo, Por favor. ─Dejó la bolita blanca al lado del vaso.

Nico se echó a reír.

─¿Quiere que me la ponga en la boca? ¡En seguida!

Guiñó el ojo a Doris, se metió en la boca el reactivo y encendió un cigarrillo. Después se sirvió de beber. El inspector palideció, sin dejar de consultar constantemente el cronómetro, procurando mantenerse impasible.

─Déjemela ver ─dijo al fin.

Nico escupió la pequeña bola sobre la mesa. Era de un intenso color cereza.

─Tal como había supuesto ─dijo el hombre de la CMG con aire de triunfo─. Queda usted sancionado, señor.

Nico sacudió lentamente la cabeza.

─Se ha equivocado de hombre. Me río de su sanción: ¡yo no estoy convencionado!

Se volvió de espaldas, riendo. El rostro del controlador de la CMG adoptó un color terroso.

─Esto es inaudito. ¿Por qué no lo ha dicho en seguida?

Nico se alzó de hombros.

─Presenté mi renuncia ayer. ─Sacó los documentos de su bolsillo y los abrió sobre la mesa─. Tome buena nota y compruébelo si gusta.

El hombre de la CMG se alejó con la cabeza baja. Doris reía, pero se puso seria cuando vio a Nico hacer un gesto obsceno en la dirección del inspector.

─Déjalo, ya basta.

Pero Nico estaba alegre, no había nada que pudiera enturbiar su buen humor. Siguió riendo. Levantó una mano e imitó unos cuernos. El puño parecía la cabeza de un enorme caracol.

─Dame de beber, hoy es un día muy especial. ─Su voz era un poco ronca, parecía la de una actriz cuando hace el papel de una alcoholizada. Sintió un deseo agudísimo, una necesidad de conocer la verdadera naturaleza de Doris, como si la muchacha se la hubiera estado ocultando siempre, como si Doris, durante meses y meses, le hubiera recitado una comedia, el papel de chica formal.

La contempló con mirada atenta mientras ella le servía el vino. Pero después, mirándola aún, sintió de improviso un sentimiento de culpabilidad.

Se marcharon en seguida.

 

 

Era una vieja carretera asfaltada. El levacar avanzaba, con el motor a toda marcha, bajo una galería de vegetación, entre hendiduras de colinas verde esmeralda, a través de valles inundados de sol. Después, tras una larga serie de estrechos e imprevistos recodos, la carretera terminó bruscamente en un claro rodeado por una balaustrada. No había casi nadie, tan sólo tres o cuatro levacars aparcados á la sombra de los castaños.

Nico echó a correr, subió por un camino empinadísimo. Doris lo siguió a duras peñas, él bolso al hombro y el transistor en la mano.

Una explanada que casi tocaba al cielo. Hierba, matorrales, arbustos opulentos de verdor y de sombra. Y las ruinas. Emergían en medio de la hierba, viejas y rotas, como esfinges premonitorias. El valle se extendía allá abajo en una sucesión de viñedos y olivares, profundo, lejano e inmenso, y la figura de Nico, inmóvil, se recortaba sobre el borde del abismo, contra el perfil dé los azulados montes.

Gritó. Un grito sin motivo, sin miedo, un modo cualquiera de demostrarse a sí misma que estaba viva, de reconquistar el tiempo que se había detenido, para no morir inmersa en la grandiosidad del paisaje.

Puso la radio a todo volumen. Pero la música sonaba ridícula, inadecuada. Las ruinas eran los restos de un antiguo teatro romano. Probaron de bailar sobre los quebrados y musgosos escalones. Nico la estrechó entre sus brazos hasta casi cortarle la respiración.
Música ligera, un ritmo artificioso. Doris apenas oía la voz del cantante, un joven castrado que aflautaba las notas, que se esforzaba por prenderla en el estúpido mundo de una cancioncilla sentimental. ¡Ella quería otra cosa! Aquél era un momento perfecto. No podía estropearse así, en el juego aburrido y estúpido de una discusión.

─Ven, Doris; ven. ─La voz de Nico era casi irreconocible.

Había un sendero blanco, empedrado, con musgo entre las fisuras de las antiguas piedras. Cuando él la cogió por la mano y la arrastró hacia allá no opuso resistencia.

El sendero se perdía bajo un túnel de ramas entrelazadas, una cúpula de hojas translúcidas de color verde brillante.

Ahora estaba recostada a su lado, sobre un lecho de musgo, en un nido blanco y acogedor, casi respirando la felicidad vegetal que emanaba de las plantas y de las flores de saúco.

─Escucha…

La tenía entre sus brazos, seguía repitiéndole aquella palabra: Escucha… Escucha… No era capaz de decir otra cosa. Y daba vueltas sobre la hierba, voluptuosamente, respirando su frescor húmedo. Incluso se hizo daño: un cable de hierro oxidado que apenas emergía del suelo, un arañazo en el cuello, bajo la nuca, un corte sutil y poco profundo que descendía hasta la mitad de su garganta.

Pero él continuaba abrazándola como un loco. Ni siquiera se dio cuenta del arañazo. Sintió el dolor más tarde, cuando finalmente se inmovilizó, cara arriba, mirando fijo al cielo.

 

 

Hay una canción que habla de amaneceres floridos. Otra canta las noches llenas de perfume y de sombra, el sol blanco sobre los mares de agosto. Otra aún, banalísima, habla de un amor perdido.

No hay nada más; no surge otra cosa de aquella maldita radio. Siempre así todo el día, desde la madrugada: canciones, publicidad, canciones y canciones, transmisiones idiotas. Y más publicidad, un eslogan tras otro, aire acondicionado, frigoríficos, levacars, el hombre moderno usa esto, aquello otro, la CMG, toda una sede de comunicados, de advertencias.

Doris apaga el aparato, aburrida. Termina de peinarse, por un momento permanece delante del espejo, se vuelve de perfil, entreabre los ojos y los labios siguiendo un misterioso mohín expresivo.

Cuando le telefonean para decirle que Nico se encuentra mal, se echa a reír.

─¡Oh, por favor! Diga a Nico que no haga el estúpido, eso no va conmigo.

Al otro lado del hilo una voz responde secamente. Doris sufre un momento de vacilación.

─Escuche, ahora voy a salir. Debo ir a la oficina. ¡Si es una broma, dígamelo!

Pero el otro insiste. Doris cuelga el receptor.

─¿Quién era? ─pregunta su madre, asomándose.

─Nada. Nico, que hace el estúpido.

 

 

Bebe el café con leche de pie, cerca de la cocina. La sombra de una sospecha se insinúa furtivamente entre los pliegues de su cerebro. No, no puede ser, lo dejé ayer y rebosaba de salud. Hoy voy a divertirme yo, le telefonearé al Ministerio y le diré que me voy a América.
Pero después, en la calle, mientras espera el helibús, la duda la asalta nuevamente. Se inmoviliza, vacilante. mientras contempla a la gente afanarse para subir al vehículo. Lo deja que se vaya, atraviesa la calle, toma el que se dirige en dirección opuesta, a casa de Nico.

Sube corriendo hasta el cuarto piso, llama con rabia. Cretino, piensa. Nico, eres un cretino, pero me las pagarás, obligarme a hacer esa carrera inútil.

En el umbral aparece un hombre viejo en ropa de casa.

─Venga ─dice en voz muy baja─. Soy Crescenzo, vivo aquí, en la puerta de al lado. Soy yo quien la ha telefoneado.

Doris se pone blanca como el papel.

La casa de Nico es pequeña: un dormitorio, baño, cocina y salita. Un piso de soltero. Crescenzo la empuja a la salita.

─Pero, ¿qué tiene? ¿Que ocurre? ¡Dígame!

El profesor abre los brazos.

─Náuseas, vértigo, toda la noche se la ha pasado vomitando. Después han venido los calambres, por todo el cuerpo. Le he dado un analgésico. Déjelo dormir ahora,

No es verdad. Nico no duerme. Del fondo del corredor llega un gemido larguísimo. Doris se precipita a la habitación: Nico está recostado en la cama, oprimiéndose el costado, las rodillas, los músculos de las piernas. Sus ojos casi imploran, su frente está empapada de sudor, su rostro está contraído. Luego empieza a dar vueltas en la cama, pide agua, algo de beber, su cuerpo se enarca a golpes, como sacudido por una corriente eléctrica. Y de nuevo aquel gemido largo, doloroso. Doris no acierta a decir nada, tiene miedo de tocarlo, no sabe qué hacer. Las piernas empiezan a temblarle, parece como si fuera a perder el sentido, se apoya en el armario.

─Es necesario hacer algo ─dice al profesor─. Llamar a un médico, a alguien…

Sabe muy bien que no es posible. Nico se salió de la Convención el viernes, seguramente la noticia ya habrá llegado al ambulatorio de la zona, inútil telefonear, no vendrá nadie, no responderá nadie aunque se le llore. Incluso presentar una carta solicitando de nuevo la inscripción será como dar un puñetazo en el agua. Aparte el dinero de la sanción prevista para volver a ser admitido, son necesarios tres días para tramitar los documentos, y otro día, quizá dos, para que llegue la ficha al ambulatorio. Si no está todo a punto, el médico no se mueve.

─¿Y entonces?

Crescenzo se pasa los dedos por la barbilla, sacude la cabeza, indeciso.

─Conozco un médico ─dice─. Pero hace falta saber si vendrá. Vive en el campo, a treinta kilómetros de Roma. Ahora ya no ejerce, se dedica a la agricultura desde que lo expulsaron por haber curado a un enfermo no inscrito. Pero no sé si vendrá, si estará dispuesto a arriesgarse a ser detenido.

Los ojos de la muchacha tienen un destello de esperanza…

El profesor descolgó el teléfono, Doris se acercó al lecho, tomó entre las suyas una mano de Nico, comenzó a llorar, a decir palabras incoherentes. Él la miró, y sus ojos reflejaban un profundo dolor.

─Es como si tuviera mil perros dentro del cuerpo, mil perros que me mordieran…

Después se volvió al otro lado, de su garganta brotó un profundo lamento, y agua, una bocanada de agua amarillenta y viscosa.

─No está ─dijo Crescenzo─. Su mujer dice que se ha marchado a pescar, que volverá al mediodía. Le he dicho que envíe a alguien a avisarle, que llamaré dentro de una hora.
─¿Una hora? ¿Pero no ve que está grave? Ha vomitado otra vez, y continúa temblando…
─Haga una cosa. Usted está convencionada, ¿no? Vaya abajo, a la farmacia. Estas pastillas no sirven para nada, necesitamos algo más fuerte. Diga que tiene ciática, lumbago…, no, mejor una neuralgia, una enorme neuralgia. Quéjese, tiemble, pero hágase dar un analgésico más fuerte, el más fuerte que tengan…

Doris estaba indecisa. Miró al profesor, después a Nico que se retorcía en la cama.

─Yo no puedo ─dijo Crescenzo─. No estoy convencionado, no me lo darían.

Salió a la carrera, bajó los peldaños de cuatro en cuatro. Allá en la calle los levacars pasaban constantemente. Imposible cruzar. y el paso subterráneo estaba lejos, un desvío inútil, con la farmacia al otro lado, allá al frente en el mercado, un tiempo perdido, irritación; y de pronto un cambio, una laxitud por todo el cuerpo, un desfallecimiento agudo y repentino: no ha ocurrido nada, estúpida, verás como se pondrá bien, no es nada.
El sol que caía sobre el techo del mercado le hizo venir a la memoria la tarde anterior, la cúpula verde del bosque, la risa de Nico. No es nada, estúpida, todo se arreglará.

Cuando pidió la medicina el hombre de la bata blanca que estaba al otro lado del mostrador no puso objeción alguna. Habitualmente para aquello se necesitaba receta del médico, pero Doris estaba desencajada; el farmacéutico la miró unos instantes, después bajó los ojos y le entregó lo pedido.

 

 

A mediodía vino su madre. Estaba irritadísima. No dejaba de sacudir la cabeza y rezongar: te lo he dicho siempre, es un loco, no deberías haberte enredado con este cabeza hueca. Y ella respondía: Nico será un loco, un cabeza hueca, todo lo que tú quieras, pero es un buen muchacho; no es su culpa, no ha tenido suerte y esto es todo
Crescenzo se paseaba agitado de un lado para otro y abría los brazos como un sacerdote. Intentó telefonear otra vez.

No respondió nadie.

Una cancioncilla. Una cancioncilla que de chiquilla le gustaba muchísimo. Doris no sabe comprender por qué vuelve a su memoria precisamente ahora. Su madre está aún allí, de pie junto a los pies de la cama: parece una pava, inmóvil, con el cuello tendido, escuchando. Sacude de tanto en tanto la cabeza, un movimiento casi imperceptible de desagrado.

─No respira ─dice con voz neutra─. No puede… ¿No veis que no puede respirar? ─Pero lo dice por decir algo, se ve bien que no le importa.

Crescenzo no está ni un momento parado; hace crujir los dedos, rebusca en sus bolsillos y saca el paquete de cigarrillos, pero de pronto vuelve a guardarlo porque el humo molestaría a Nico.

 

 

A las dos y media la madre toma a Doris por un brazo y la hace salir de la habitación.

─Vámonos a casa ─dice en un tono de voz que a duras penas esconde su enfado─. Comes con calma, descansas un par de horas y luego vuelves…

Doris hace un gesto negativo, se da la vuelta bruscamente y regresa al lado de la cama.
El rostro de Nico es una mueca, las mandíbulas encajadas, un hilo delgadísimo de baba resbalando por la comisura de la boca.

No habla. Han intentado sacudirlo un poco, sin resultado. Doris se ha puesto a llorar, le ha implorado, pero inútilmente. De su garganta sólo sale un gemido largo, sofocado, casi un ronroneo que acompaña el ritmo de su respiración.

Crescenzo intenta una vez más telefonear. Pero el médico-pescador no está, su mujer dice que lo ha buscado sin resultado a lo largo de toda la orilla del lago.

Crescenzo mira a Doris con ojos culpables.

─Más tarde volveré a probar. Voy a casa a prepararme alguna cosa…

También el profesor está cansado. A duras penas disimula los bostezos, la necesidad imperiosa de fumar un cigarrillo. La madre de Doris, un barril de grasa embutido en un traje floreado, obstruye casi enteramente la puerta. Los labios de un rojo fuerte, pintados más allá del diseño natural para que parezcan menos delgados, la sombra azul en torno a los ojos, el trazo agresivo del lápiz sobre el arco depilado de las cejas. Una máscara. Tamborilea los dedos contra el batiente, rezonga algo. Y vuelve a la carga, no soporta ver a su hija en el papel de enfermera.

Y de nuevo el estribillo. Otra vez aquella tonada recogida cuando era pequeña. Una cancioncilla olvidada, que vuelve ahora a su memoria quién sabe por cuál asociación de ideas. Una luz amarilla, dorada. Y un círculo de vestidos blancos, una infancia serena, los días fáciles, preordenados, que transcurren sin la menor variación. Un tiempo lentísimo, interminable. Un fluir construido segundo a segundo, una larga duermevela de pensamientos amargos.

 

 

Se ha quedado sola. Su madre acabó marchándose. Crescenzo está en su casa. Ahora la habitación es un pozo de silencio, un enrejado de sombras y penumbra, sólo el latir del reloj sobre la mesilla, la mano de Nico, con la palma sudada y el dorso helado, y aquel lamento sofocado, siempre igual, siempre en el mismo tono, monótono, enervante. Un loco y un descontento, eso es Nico. Una mezcla de cosas buenas y de cosas malas, de generosidad y de testarudez, de premura y de egoísmo. Un muchacho poco afortunado. Salirse de la Convención e inmediatamente, a los pocos días, pillar aquella enfermedad. No un enfriamiento, no una gripe o alguna otra tontería de poca consideración. No, ésa es una Enfermedad con E mayúscula, seguramente una infección grave, algo maligno y misterioso, de consecuencias tal vez irremediables.

Acerca los labios a su oído, intenta llamarle, quedo.

Nico apenas advierte la mano que le acaricia la frente. Está agotado, debilitado, no consigue fijar sus pensamientos, es como si alguien, dentro de él, absorbiera sus sensaciones, creara imágenes falsas, pusiera interrogantes sin significado a todo lo que le rodea. En la pared, las manchas de penumbra se borran y se rehacen según esquemas fantásticamente imprevisibles: animales, flores, pájaros, cristales de nieve, figuras geométricas de caleidoscopio. Después, un rostro largo y huesudo toma casi consistencia, aumenta de tamaño, parece que se despegue de la pared, que le venga al encuentro atravesándolo todo como un espectro. Blanco. Lleva una bata blanca, es un médico, ve el termómetro que emerge de su bolsillo, y en su mano derecha sostiene un inyectable. Su dedo índice está levantado, presto para descender e inyectar el líquido.

Una risotada, un repentino resplandor en el cerebro, y la visión desaparece. Pero otras figuras aparecen en su lugar, una larguísima hilera de batas blancas emerge de los ángulos de sombra de la estancia, se le acercan uno a uno, le tocan, le auscultan, cada uno cumple escrupulosísimamente con su visita, cada uno parece estar a punto de inyectarle el líquido salvador. Sin embargo. uno detrás de otro, esconden riendo el inyectable en su maletín y desaparecen.

La estancia se llena de termómetros enormes, gigantescos, con los canales de mercurio gruesos como tubos, los bulbos que rozan el techo. Y después un ruido de cristales, un chirrido larguísimo, miles de huesos que diseñan en el aire un mosaico de enorme blancura. Masas pálidas, sepulcrales, campos de cruces, un cementerio desierto bajo el sol, y la ciudad que grita al otro lado del muro encalado.

 

 

Alguien ha encendido la luz. Es Doris a su lado, y Crescenzo, y también alguien más, un desconocido.

─Ahora el doctor te curará, no te preocupes.

El doctor… Nico querría mover un brazo, decir alguna cosa, pero el nudo en la garganta le impide pronunciar una sola sílaba. Mira al desconocido con ojos incrédulos.

También Doris está observando al recién llegado. Es un tipo insólito, no tiene nada de médico, es grueso, sanguíneo, las mejillas entrecruzadas por miles de venillas, los cabellos cortísimos, gris plateados. Parece más bien un tendero o un corredor de comercio. O quizá sea su traje, aquella camisa de franela bajo la chaqueta desabrochada y aquellos pantalones de pana. Lleva colgado del hombro un gran cesto de mimbre, uno de esos cestos con tapa de madera para meter la pesca. Lo pone sobre la mesilla, lo abre y saca de dentro un maletín de médico.

Es un clandestino, un doctor expulsado de la CMG, un hombre que se arriesga a ser detenido por el solo hecho de estar a la cabecera de la cama de Nico. Doris sigue cada uno de sus movimientos, recuerda el apretón de manos, enérgico, una mano callosa y grande, la voz gruesa cuando ha dicho su nombre, falso naturalmente, una precaución comprensible en sus circunstancias.

El doctor se ha inclinado sobre la cama, ahora toca la frente de Nico, le toma el pulso, le mira los párpados, le ausculta, después da vuelta a uno de sus labios y pone al desnudo las pálidas encías.

─¿Qué es esto? ─pregunta, pasando un dedo por el arañazo que surca el cuello de Nico.

Doris se siente embarazada. Enrojece, balbucea.

─Fue con un cable de hierro. El sábado salimos al campo…

El médico se rasca la mejilla. Empieza de nuevo, una visita minuciosísima. Doris no acaba de comprender por qué el doctor continúa sacudiendo la cabeza, Cuando abre el maletín y le ve preparar un inyectable lo sujeta por el brazo.

─En resumen, ¿qué es lo que tiene?

El médico se encoge de hombros.

─No lo sé, Podría ser el tétanos. Pero quizá me equivoque. Sí, sin duda me equivoco. Casi seguro se tratará de una estúpida infección. Esto ─muestra la jeringuilla llena con el líquido─ tal vez pueda ayudarle. Entendámonos, no puedo hacer nada más. Mi botiquín es reducidísimo. Si se trata de una infección genérica podemos estar tranquilos. Pero si por casualidad… En fin, no dispongo de la antitetánica. Y además ya sería tarde, tampoco llegaríamos a tiempo.

─Pero entonces…
─¿Por qué quiere pensar en lo peor? Ahora le pondremos esta inyección, y dentro de tres o cuatro horas la temperatura debería bajar.

Doris se vuelve de espaldas, se acerca a la ventana, mira al patio, un paralelepípedo de color blanco sucio donde hileras de pañuelos extendidos van de una a otra ventana,
Ya está todo hecho. El médico lo guarda de nuevo todo en el maletín, mira a su alrededor como buscando quién sabe qué cosa.

─No puedo hacer nada más ─repite, como disculpándose.

Tiende una mano enorme: un gesto forzado, torpe, amargo.

Crescenzo lo acompaña a la puerta. En ella murmura:

─A mí puede decírmelo. ¿Hay alguna esperanza?

Tan sólo un gesto, una mirada vaga. Una imperceptible negativa.

Pero Doris no lo sabe. Doris no lo ha visto, no se ha dado cuenta de nada. Aún tiene esperanzas; se sienta muy junto a la cama, y aguarda.

 

 

Título original: Trentasette centigradi
Traducción de Domingo Santos

© 1968 Lino Aldani
© 1968, 1982 Ediciones Dronte por la edición española

Lino Aldani

 

Lino Aldani (1926-2009) es uno de los autores italianos de ciencia ficción más conocidos internacionalmente. Empezó a publicar en 1960 en la revista Oltre il Cielo, y en 1963 editó su propia revista, Futuro, por desgracia de poca duración. Durante un tiempo publicó sus relatos con el seudónimo de N. L. Janda. Dentro del conjunto de su obra cabe destacar el ensayo “Fantascienza”, de gran impacto en Italia, y su novela más famosa, Quando le radici, traducida a varios idiomas.
En España sólo tiene publicada una antología, Mis universos (Nebulae 1ª época, núm. 138), basada en su antología italiana Cuarta dimensione, de la que se suprimieron cuatro relatos y se sustituyeron por otros dos. (Por un lamentable error del editor, en la cubierta del libro su nombre figura como Lino Aldain.) Han aparecido también algunos relatos suyos en la revista Nueva Dimensión, que fue quien lo dio a conocer en España, en Kandama y en revistas electrónicas como Axxon.

 

Anuncios

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.