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DRACULA, DE BRAM STOKER

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La que hoy presento fue la duodécima columna de “Se buscan libros” que fue publicada en BEM, en el número 71 (Octubre-Noviembre de 1999), y que aquí aparece en duodécimo lugar.

Drácula me sigue fascinando, más cuanto más viejo me hago. No he encontrado en la vida un personaje más apasionado, o mejor, un ser más desesperadamente apasionado. No lo hay más deseoso de paz. No lo hay más deseoso de ser capaz de dar lo mismo que desea tomar. No lo hay más incapaz de sustraerse a sus propios instintos. No lo hay más frustrado.

Afortunadamente, Drácula es un personaje ficticio.

 

Dracula de Bram Stoker

por Luis Astolfi

 

…Y TAN ALTA VIDA ESPERO, QUE MUERO PORQUE NO MUERO

¿Cuál es la dependencia, o la droga si lo prefieren, más irresistible para el ser humano? Algo invencible que sin necesidad de introducir ninguna sustancia externa en el cuerpo causa más “enganche” que cualquier estupefaciente de diseño administrado por vía intravenosa, que nos puede obligar a realizar las acciones más ridículas, más absurdas, más sin sentido, más peligrosas que uno se pueda imaginar, que hasta puede forzarnos a discutir con amigos, con padres, con hermanos y que en extremo nos puede empujar a cometer delitos y hasta crímenes… pero que también nos vuelve complacientes, dispuestos, devotos… y felices como niños.

Sí, claro, eso es. ¿Quién no lo ha probado en alguna ocasión?

Un psicólogo al que pregunté al respecto me dijo que no hay adicción más difícil de superar que una relación de amor, cuando ésta resulta ser de dependencia (afectiva o física, al final da lo mismo), que a su lado el alcohol, el tabaco o incluso drogas más duras son nada a la hora de “desengancharse”.

Y así recordé una novela que habla precisamente de un ser sumergido en una vida eterna de dependencia.

Con el libro que hoy les presento completo la trilogía quizá más clásica de la historia de la literatura fantástica, tres novelas maltratadas por el tiempo y, como ya dije en una ocasión, por décadas de malas (y alguna buena) adaptaciones cinematográficas. Drácula, de Bram Stoker, es junto a Frankenstein o el moderno Prometeo y El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una creación que se encuentra entre el antes y el después en el arte de la invención de personajes de ficción; tanto es así que hasta me atrevería a decir que Drácula es la figura más atrayente y carismática que ha surgido de la pluma, bolígrafo, máquina de escribir u ordenador de un novelista del género (en mi opinión, sólo Sherlock Holmes está a su altura, pero eso es otra historia y, quizá, será contada en otra ocasión).

Drácula, un noble centroeuropeo inmortal y bebedor de sangre humana viaja al Londres del siglo XIX, donde siembra el horror asesinando a diestro y siniestro para proveerse de su alimento; entonces es perseguido por un cazador de vampiros y algunos otros personajes hasta el final, de todos conocido, por lo que no me extenderé en ello. Sin embargo, sí quisiera centrarme en el aspecto que a mí me ha impresionado más de la historia, y que tiene mucho que ver con lo que apuntaba al comienzo.

Antes comentaba lo difícil que resulta sustraerse a los efectos que en el organismo causan las drogas endógenas, es decir, las generadas por nuestro propio sistema hormonal. Pero, ¿qué ocurre cuando el proveedor de la dosis habitual del “endógeno” deja de proveer repentinamente en el momento de máxima dependencia?

Drácula estuvo enamorado. Cuando era humano. Apasionadamente enamorado, sus venas estaban saturadas del potente adictivo que produce el sentimiento. Pero lo perdió, y en el vórtice de la desesperación provocó a un dios vengativo que le concedió la dudosa gracia de disponer de toda la eternidad para encontrar algo que sustituyera a aquello que acababa de perder. Toda la eternidad… a cambio del insignificante precio de vivir de noche calmando su ansia con un sustituto, con la roja vida de los que una vez fueron sus semejantes.

Para Drácula, la única droga disponible para aliviarse es la sangre, y su extracción pretende ser el acto sexual ya apenas recordado y que consuma con la penetración de sus fálicos colmillos en los virginales cuellos de los desafortunados que se cruzan en su camino nocturno. Sin embargo, cada una de sus víctimas-amantes son para Drácula sólo un triste sucedáneo de lo que él realmente desea. Lleva siglos enamorado, padeciendo la angustia y la ansiedad del síndrome de abstinencia causado por la química del amor perdido, junto a la frustración de saber con seguridad que nunca podrá satisfacer sus deseos, nunca, en toda su vida eterna e insatisfecha, condicionada por el tormento que inflige una vida sin fin: dejar atrás todo lo que se quiere y anhela, hasta la esperanza.

No es lo mismo una “comida” que una “buena comida”, esto es, no es lo mismo comer por obligación para alimentarse y no morir que comer por gusto para disfrutar con los manjares y la compañía de una bella dama (disculpen de nuevo mi perspectiva masculina del asunto) que nos mira amorosamente con una sonrisa. No es lo mismo tener relaciones sexuales por necesidad que hacer el amor por amor. Yo estoy seguro de que Drácula, cuando después de “violar” a su víctima volvía a su frío ataúd, se sentía tan vacío, apenado e insatisfecho como pueda sentirse una persona solitaria tras pasar por la cama de una compañía sexual de fin de semana.

Drácula sabe perfectamente lo que es: un adicto, un desgraciado, un ser espantosamente solo que ha transformado todo el amor del que un día estuvo lleno en una insoportable e inevitable necesidad puramente física; él conoce lo que supone su existencia, dominado por una sustancia que le permite vivir como un no-muerto eternamente joven, y es algo que aborrece, que desprecia, pero de lo cual no puede alejarse, subyugado por su poder. Lo que Drácula es, es más fuerte que él mismo, pues con todo su poder de inmortal no es capaz de dejar de serlo. No puede morir, y ello le hace volverse más y más violento a causa de su infortunio y su certeza de fracaso, todo unido a un abandono que sólo le causa dolor y amargura.

Vale la pena descubrir, a través de las páginas de este libro, lo que este asombroso ser esconde tras su maloliente boca roja.

De repente me acuerdo de Jesús Gris, el protagonista de “Cronos”, una maravillosa película argentina que trata como ninguna otra que haya visto jamás el tema que hoy nos ha ocupado: el mito del vampiro, sus necesidades, sus capacidades e incapacidades, su humana inhumanidad y, al final, su desolación resignada ante lo que es. No se la pierdan.
© 2009 Luis Astolfi

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