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LA SOLEDAD DE CHARLES DICKENS, de Dan Simmons

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por Juan Carlos Planells

No es la primera vez que Dan Simmons recurre a mundos literarios para armar sus ficciones: el díptico Hyperion y La caída de Hyperon, que le otorgaron el favor de los aficionados a la ciencia ficción, es un buen ejemplo de ello, y otro –quizá no tan bueno– su reescritura de La Iliada en clave de epopeya planetaria con el título de Ilion. Ahora bien, en ambos trabajos Simmons usaba el marco literario elegido (Chaucer en un caso, Homero en el otro) para desarrollar una historia de ciencia ficción muy imaginativa y espectacular. Más recientemente, la obra de este autor –muchas veces voluminosa en páginas– ha derivado hacia contextos históricos, como prueba El terror, su anterior novela, con lo cual va alejándose de la ciencia ficción (que le reveló y popularizó) y se acerca a la literatura general (cosa que muchos aficionados celebran por parte de cualquier autor, sin que haya demasiado fundamento para ello).

Con La soledad de Charles Dickens (Drood en su título original, más atractivo pero menos comercial para una edición en castellano: el nombre de Drood no significará apenas nada para un buen número de lectores, que acaso descubrirán la existencia de la novela inconclusa de Dickens gracias a Simmons –el lector curioso encontrará un amplio comentario de ella en mi blog–) Simmons regresa, por un lado, a esos mundos literarios de que hablaba antes, y al mismo tiempo a contextos históricos como el de su anterior novela. Lo que de inmediato le viene a uno a la cabeza conforme avanza la lectura de esta –extensísima– novela es la pregunta de si tiene interés para cualquier clase de lector lo que se cuenta en ella. ¿Le resultará interesante, le atraerán los personajes y sus circunstancias y problemática? Atendiendo al notable éxito y aprecio que todos parecen sentir hacia La fuerza de su mirada de Tim Powers, la respuesta sería un “sí” rotundo. Pero cuidado: no estamos ante una novela parecida a ésta, aunque vaya por delante que en algunos momentos Simmons parece claramente inspirado por el Powers de Las puertas de Anubis, quizá porque ésta y Drood se ubican en Londres y en una época histórica separada por sólo algunas décadas: en todo caso, esas escenas en que Wilkie Collins y Charles Dickens incursionan –juntos o por separado– en mundos subterráneos de criptas, cementerios y catacumbas, con su población siniestra y amenazante, o en los fumaderos de opio visitados por Collins –en sueños o despierto– evocan de forma notable el Londres subterráneo que describía Powers en Las puertas de Anubis (y en ambas hay maldiciones egipcias de por medio).

Como he comentado otras veces, La fuerza de su mirada no es mi novela preferida de Powers, al contrario de lo que ocurre con el resto de lectores. Puede que una explicación sea que ni los literatos que aparecen en ella me interesan demasiado ni la época historica retratada me resulta mínimamente atractiva (pocas épocas históricas me resultan atractivas, a decir verdad). Por el contrario, y en relación con la novela de Simmons, sí me atraen las figuras literarias que la pueblan y sí me interesa la época histórica en que transcurre: la segunda mitad del siglo XIX. Contribuye a mi interés, además, el hecho conocer ampliamente la obra completa de ambos autores (Collins y Dickens) y bastantes detalles de sus vidas, métodos de trabajo y vicisitudes personales. De ahí, por tanto, que su lectura me haya procurado no poco entusiasmo. Pero… ¿puede procurárselo a otro lector que no conozca nada –o muy poco– de Collins y Dickens, ni de las circunstancias que rodearon la creación de algunas de sus ficciones? (quien no haya leído El misterio de Edwin Drood, La piedra de luna, La mujer de blanco, La descansada jira de dos holgazanes aprendices, Casa desolada, entre otros títulos de ambos autores, o conozca un poco por encima la Inglaterra de aquellos años, se perderá no pocos entrecruzamientos de ficción y realidad, de novela y biografía, de creación literaria y hechos vividos, además de lo que añade Simmons por su cuenta con el aliño de todo ello). He de confesar mis dudas al respecto sobre el interés del lector por todo ello.

Y es que este libro participa por igual de la ficción y de la realidad. No es tanto una novela como una biografía novelada, y no es en realidad una biografía novelada como una ficción fantástica –o aparentemente fantástica– construida en torno a estos dos autores y los años decisivos de 1865-1870 (año de la muerte de Dickens y la escritura de la inconclusa El misterio de Edwin Drood). Y es a un tiempo una historia sobre cómo se escribe una novela, cómo se crea, desarrolla, remata, y asimismo un libro de crítica literaria sobre las obras de ambos, principalmente en el periodo comprendido. Y es, sobre todo, un libro sobre las difíciles relaciones entre escritores: las envidias, las discusiones, las admiraciones, los elogios, la convivencia, los celos artísticos y los reproches por ambos. Y todo ello, lógicamente, acaba convirtiendo La soledad de Charles Dickens-Drood en un libro para escritores más que para lectores (o, también, para según qué clase de lectores). Simmons construye y desarrolla su historia a partir de diversas fuentes: cartas, documentos, biografías de uno y otro autor, noticias y crónicas periodísticas, las propias ficciones de ambos novelistas, documentos de la época… De ahí que el disfrute sea máximo cuando se reconoce el origen o referencias de detalles concretos en la novela: cuándo y dónde Dickens dijo esto o lo otro, por qué lo dijo, a qué se refería al mencionar a tal personaje, el origen de un personaje en determinada novela de uno de los dos autores (generalmente Dickens), las críticas de uno al otro (muchas procedentes de cartas al interesado o a terceros, pero aquí convertidas en conversaciones entre Collins y Dickens o entre uno de ellos y otro personaje real)… –al final del libro, Simmons nos detalla algunas de las muchas fuentes consultadas–; y con todas ellas ha construido esta novela en donde, está claro, es la parte imaginativa, fantástica, la que menos interés tiene, y que de hecho puede desconcertar notablemente al lector conocedor de ambos autores, lo cual según y cómo podría convertirse en una ventaja para el lector que nada sepa de ellos. Pero, claro, eso le puede llevar a interpretar la novela de maneras diferentes.

Ahora bien: un libro, cualquier libro, ¿es del autor o del lector? En rigor… es del lector, puesto que al leerlo, lo recrea. Y puesto que este libro versa sobre dos (¡dos!) creadores de ficciones de enorme éxito popular, el festín para dicho lector puede ser mayúsculo… y tanto da qué parte del libro escoja. Personalmente, la lectura me ha incomodado en varios momentos porque he cometido el error como lector de leerlo desde el punto de vista de la verosimilitud rigurosa (pues, como digo, uno va reconociendo fragmentos, personajes reales o ficticios, citas, detalles, de las ficciones de Collins y Dickens, tanto las ya escritas cuando se inicia la acción, como las que escribirán hasta 1870, año de la muerte de Dickens, y Collins –que es quien nos narra en primera persona los hechos– termina la novela con un leve salto a poco antes de su muerte en 1889. Pero si el lector no comete el mismo error que yo, puede disfrutar ampliamente de ella, mientras que yo sólo la he disfrutado parcialmente… aunque plenamente al llegar al final y comprender lo notable del proposito de Simmons, que no conviene desvelar.

Pues, ¿qué es La soledad de Charles Dickens-Drood sino una  novela sobre el proceso de gestación de las ficciones, sobre las rencillas entre escritores, sobre sus envidias –lo he dicho antes–, sobre la inutilidad (o no) de perder la vida entregándola a la ficción… a crear ficciones para los demás? Eso –que da lugar a unos párrafos estremecedores en la página 758– es algo que un lector corriente no puede percibir con la misma intensidad que un escritor que lea la novela. Tanto Dickens como Collins –en la novela de Simmons y en la vida real– vivieron vidas desastrosas, enredadas, caóticas, llenas de claroscuros, subterfugios, secretos y ruindades, redimidas por la absoluta grandeza de su obra. Al final lo que Simmons ha hecho, con su juego entre novelistas, es una tremenda reflexión sobre el mundo de los escritores, la ficción y la realidad, la esclavitud que es vivir encadenado a una cuartilla que rellenar con ficciones surgidas (más o menos) de la mente, de la imaginación. Su propuesta no es fácil, su desarrollo acaso excesivamente moroso y repetitivo en algunos momentos, pero si se lee con mente abierta, prescindiendo de exigirle una total verosimilitud… cuando el lector llegue al final se encontrará con que ha leído una novela memorable, y casi ni se ha dado cuenta de ello.

© 2009 Juan Carlos Planells

La soledad de Charles Dickens, de Dan Simmons (Drood; 2009). Roca Editorial. Barcelona, junio 2009. Traducción de Ana Herrera. ISBN.978-92429-90-5-5. 872 páginas,

Texto de la contraportada

El 9 de junio de 1865, mientras viajaba en tren a Londres con su amante secreta, Charles Dickens -que entonces contaba con 53 años y se hallaba en la cúspide de su carrera literaria- se vió envuelto en un accidente ferroviario que cambió su vida para siempre.

Dan Simmons narra esos últimos años de la vida de Dickens, dándole la voz al amigo y, a la vez, rival del gran escritor, Wilkie Collins. Explora en los enigmas que Dickens se llevó a la tumba y que aún hoy siguen sin respuesta, deteniéndose en los relacionados con su última e inconclusa obra: “El misterio de Edwin Drood”. De la mano de Collins, el lector descubre la oscura y doble vida que Dickens llevó tras el accidente, sus incursiones nocturas en lso peores tugurios de Londres y su creciente obsesión por la muerte.

Así como hiciera en El Terror, Dan Simmons se ha documentado profusamente para recrear una época histórica. Ahora da vida a dos de los nombres claves de la literatura: Charles Dickens y Wilkie Collins y nos ofrece una novela tan inquietante como original.

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