AGUJEROS DE GUSANO, por Daniel Frini

Un Agujero de Gusano o Puente de Einstein-Rosen, es una posible característica topológica del continuo espaciotemporal, descrita por las ecuaciones de la Relatividad General. Básicamente, es una desviación que permitiría acortar camino entre dos puntos del espacio y el tiempo; y presenta, al menos, dos extremos conectados. La materia podría viajar de un extremo a otro.

Guardia, Cima Quattro
23 de diciembre de 1915

Una noche entera / tirado al lado / de un camarada masacrado
su boca / gruñona / vuelta hacia la luna llena / la hinchazón
de sus manos/ penetrando /en mi silencio / He escrito / cartas llenas de amor.
Nunca me he asido / tan / firmemente a la vida

Giuseppe Ungaretti

 

 

He pasado la noche en un pozo de obús. Aunque no tengo claro dónde estoy, sé que el río Isonzo está al frente mío y más allá, a mi izquierda, el Monte Maggiore y el Monte Nero. Tengo mucho frío y no siento ni mis manos, ni mis pies. Las suelas de mis botas se despegaron hace meses y no pueden impedir que el barro congelado impregne mis medias, hechas harapos, y debí envolver mis pies en los restos de una raída gabardina, arrancada a un enemigo muerto que quedó colgado en las alambradas de púas, y al que las ráfagas y las explosiones mueven como si fuese marioneta. Perdí dos dientes a causa del frió y del escorbuto. Me torturan el hambre y la sed. ¡La sed! Luiggi murió hace unos días, y no lo mataron los austríacos: lo mató la infinita sed, que quiso saciar tomando el agua podrida del sistema de enfriamiento de una ametralladora abandonada.

Esta ofensiva sobre el Carso, en Goritzia, comenzó el diez de noviembre; pero hace tiempo que estamos estancados en el valle, y se nos hace imposible cruzar el río. Hace dos días comenzó el invierno.

Estoy en la ladera de un monte perforado por miles de hoyos que dejó la artillería y en los cuales mis camaradas y yo apenas vivimos. Somos fantasmas rodeados de los cadáveres insepultos de los caídos. Ya no distingo entre el olor dulzón de la putrefacción, apenas atenuado por el frío; ese otro, pegajoso, de la pólvora, y aquel, parecido al heno mojado, del fosgeno con que nos envenenan los austríacos y, a veces, nuestros propios generales. Es un paisaje vacío, desierto, violado, que se despierta cuando cesan los bombardeos y se defiende con la misma furia que hizo célebres a los soldados del “Alessandria” —mi regimiento, el 155 de Infantería—, hermanos míos acostumbrados a luchar sobre el terreno roto y sembrado de trincheras, agujeros, proyectiles sin estallar, andrajos de tela verde y gris, armas destrozadas, cascos rotos, objetos personales y pobres restos humanos que intentan escapar  de la niebla sucia y el humo. Ni siquiera la nieve que cae puede cubrir la desolación y en seguida se ensucia de un gris macilento.

La madrugada ha sido larga y oscura. En silencio, como una plegaria, llamo a mi madre, necesito a mi padre y volver a recorrer mi pueblo. Extraño un fuego cálido que atenúe este sufrimiento. La pequeña luz de una vela es muerte segura que viaja desde los francotiradores del imperio. El día no quiere llegar y se oculta en la bruma oscura del alba.

Mis dedos ateridos acarician a mi buen fusil: un seis cincuenta Mannlicher-Cárcano, diseñado hace un cuarto de siglo por el viejo general Paraviccini.  Ya perdió su bayoneta, y su culata se rompió hace un tiempo, cuando peleamos juntos, al lado de los “Arditi”, esos locos desenfadados que fueron masacrados en la cabeza del Puente de Tolmino.

La artillería austro-húngara comenzó su rueda habitual hace una hora; estamos ensordecidos por las atronadoras explosiones, ciegos y llenos de miedo. Ahora llega el turno de su infantería. Atacan nuestras posiciones, subiendo la colina en una carrera suicida. Morirán muchos de ellos, como todos los días; pero sé que esta vez no podré sostenerme: en el peine de mi fusil sólo queda una bala.

Con el estallido del último obús, lo veo. Como una aparición, un enemigo sale del humo y corre hacia mí; con un grito enmudecido, casi una mueca,  grabada en su rostro. Es un soldadito de cabellos rubios, casi un niño, sucio, enflaquecido y con más miedo y más ganas que yo de abandonar esta lucha. Atraviesa casi volando trincheras y alambradas y cuando está a veinte metros míos, me dispara.

Mientras tanto, en ese último segundo apenas tengo tiempo para apuntar mi fusil. Entonces, mi enemigo se esfuma y en su lugar aparece un torbellino que se abre como un túnel, entre destellos enceguecedores y fugaces, de verdes, naranjas y celestes. En su interior veo un día de sol, y una ciudad increíble, una plaza muy verde —¡no recordaba el color de las plantas!—, unas vías de tren, una calle de color azul oscuro; y muchas personas vestidas de manera extraña que vitorean a los ocupantes de un vehículo negro, brillante y descapotado que parece venir hacia mi. De alguna manera sé que estoy mirando el futuro, y ese hombre que saluda sonriente a la multitud, el que está al lado de la mujer vestida de rosa, aún no nació, y en cuarenta años mandará sobre nuestros amigos del norte de América, será el hombre más poderoso de la tierra y estará sentado en ese automóvil, recorriendo las calles de una ciudad llamada Dallas.

Todo ocurre con gran rapidez. Mi mente no logra hacer que mi mano detenga la orden impartida antes de que aparezca la visión, entonces, con ese hombre sonriente en la mira y a unos cien metros de donde estoy, disparo mi última bala. El proyectil dibuja una estela al penetrar en el túnel, desaparece de ésta época, impacta en la garganta del blanco y le destroza la cabeza.

El torbellino se diluye tan velozmente como se formó. La bala de mi enemigo austríaco me alcanza en el pecho, y yo muero. Quedo tirado en este pozo. En unos meses, podrido, frío y sin nombre; me llevarán al Sagrario de Oslavia donde mis huesos dormirán por siempre junto a otros cincuenta mil caídos en estas batallas; desde la Bainsizza hasta el mar.

El hombre al que mataré dentro de cuatro décadas jamás sabrá que he existido.

© Daniel Frini 2009

 

Puede leer la entrevista con este autor aquí.


 

Breve nota biográfica de Daniel Frini:
Nombre y Apellidos: Daniel Frini
Fecha de nacimiento: 29 de octubre de 1963
País: Argentina
Correo electrónico: dfrini@gmail.com

Nació en Berrotarán (Córdoba, Argentina) en 1963. Realizó estudios universitarios en la Universidad Nacional de Río Cuarto y de post grado en la Universidad Nacional de San Martín. Es Ingeniero Mecánico Electricista y Diplomado en Dirección General, Economía y Negocios para Pymes. Fue redactor y columnista en revistas humorísticas del interior del país. En 2000 publicó en libro “Poemas de Adriana”. Colabora habitualmente en los blogs “Químicamente Impuro”; “Ráfagas, Parpadeos”; “Breves no tan Breves”; “La Sonriente Cocina de Peloncha”; “Cuentos y Más”; “Educared-TamTam”; “La Oveja Negra”; “Antología Literaria”, “Poemia”; en las publicaciones digitales “Axxón”, “Terrorzine” de Sâo Paulo, Brasil y “miNatura” de La Habana, Cuba; y en papel, en el diario “El Litoral” de Concordia, Entre Ríos. En 2009 Ganó el 1er Premio de la Segunda Convocatoria de Microcuentos “El Dinosaurio” (Colombia) —en el que obtuvo, también, el 3er puesto—, el 1er Premio en el género “Cuento” del IV certamen de Cuento Breve y Poesía Cosme Sebastián Reniero (Avellaneda, Santa Fé, Argentina) y el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve para Niñas y Niños “Garzón Céspedes” 2009 (Madrid / México D. F.); fue finalista de la Convocatoria Axxón de Ficciones Breves 2009, y Finalista del mes de Marzo para el concurso anual “La Oveja Negra 2009”. Su cuento “Éramos un millón de aniumalitos ciegos fue seleccionado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, para integrar la antología “Visiones 2009”.

 

 

 

 

© Sergio Gaut vel HartmanEntre Ushuaia e Irún. noviembre 2009

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