LA ESTACION DEL CREPUSCULO, de Kate Wilhelm

por Juan Carlos Planells

Pese a tres novelas traducidas al castellano, más unos pocos relatos aparecidos en revistas y antologías, Kate Wilhelm sigue siendo otra de las interesantes –e importantes– autoras de ciencia ficción ninguneadas por el fan y el editor –y el crítico– en España. Cuenta con una amplia obra en novelas y una notable reputación –igual que su marido: Damon Knight–, pero aquí ha pasado desapercibida –como Damon Knight también–: otro nombre más en la lista de los muchos autores que nuestros amados editores de ayer (y de hoy) prefirieron (y han preferido) saltarse. Para solucionarlo, ya es demasiado tarde: el género es otro y los fans van de otro rollo.

Conservo gratos recuerdos de los cuentos que he tenido ocasión de leerle (“El funeral”, por ejemplo). Su primera novela, de 1965, fue publicada en España con bastante puntualidad: la curiosa y entretenida Invasión subterránea –título algo idiota para el original The Clone–, escrita en colaboración con Theodore L. Thomas, autor con el que volvería a colaborar más adelante; la novela era una de las primeras en presentar el tema de los clones aunque de una manera algo discutible –y más propia de una novela de terror–. La última aparecida en castellano fue la indigesta Casa inteligente, que aunque editada en una colección de ciencia ficción es más una novela policiaca que otra cosa. Pasó desapercibida, y no podemos lamentarlo, al contrario.Y entre ambas, como la mortadela en el bocadillo, se había publicado Where Late the Sweet Birds Sang, bajo el título de Donde solían cantar los dulces pájaros, ahora reeditada porBibliópolis bajo como La estación del crepúsculo, una de sus más reputadas novelas, que ganó el premio Hugo en 1977 (y el Jupiter) y que acaso sea uno de los premios Hugo que más en silencio han pasado por nuestro país.

Pese a editarse en nuestro país bastante puntualmente –en 1979–, por aquel entonces nadie le hizo el menor caso, y hoy día nadie la recordaba. Es una lástima, porque se trata de una buena novela que merecería mayor aprecio por parte tanto de aficionados como de los críticos. Esperemos que su actual reedición sirva para reivindicarla al lugar que sin duda merece.

En esta obra, Wilhelm retoma la clonación, pero en un estilo muy distinto al de su primera novela, esa The Clone (o Invasión subterránea), tan entretenida como banal, además de incidir en uno de los temas que también aparecen con frecuencia en las novelas deWilhelm: las relaciones y los clanes familiares. Aquí, en un futuro cercano en que una catástrofe económica (!) mundial aboca a la civilización a un caos total, sobrevive un núcleo familiar en la costa atlántica de Estados Unidos, dedicados a la clonación a fin de preservar la especie humana tras el cataclismo.

Cuando, aparentemente, nadie más queda con vida en el mundo, o en la civilización, los clones de esa familia seguirán existiendo para asegurar el futuro de la especie. Pero… ¿qué ocurre en una humanidad futura si todos los clones está especializados en una habilidad u oficio concreto? ¿Qué ocurre si por el hecho de ser clones carecen de personalidad propia? ¿Si se convierten en un colectivo de muchas cabezas pero incapaz de afrontar el mundo de ahí afuera? Más que individuos han pasado a ser colectivos de una misma persona repetida en varias copias Eso es lo que muy inteligentemente explora esta novela, dividida en tres partes, y con tres protagonistas propios cada una de ellas: David, el último humano; Molly, un clon aparentemente defectuoso tras su contacto con la naturaleza, y Mark, el hijo de Molly y clon único, que parece regresar a la primigenia humanidad. Humanidad, naturaleza, relaciones personales, diferencias de criterio, rebeldía, lo colectivo y lo personal…

Wilhelm combina todos estos elementos en una emotiva novela, que sigue sorprendiendo a día de hoy por su frescura: no ha envejecido en nada, al contrario que tantas otras novelas premiadas o sin premiar, conocidas o no conocidas, puede leerse hoy en día por vez primera sin que se notase la diferencia. Un premio Hugo realmente justo que merecía la pena recuperarse y una autora a reivindicar.

© 2009 Juan Carlos Planells.

La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm (Where Late the Sweet Birds Sang; 1976). Ediciones Bibliópolis. Colección Bibliópolis Fantástica nº 62. Madrid, octubre de 2009. Traducción de Manuel de los Reyes. ISBN. 978-84-96173-91-0. 208 pgs, 18,95 euros.

Texto de la contraportada

La familia Sumner lo tiene todo: varias granjas en un fértil valle, miembros en todas las profesiones técnicas y liberales que mantienen el contacto en las reuniones familiares, y una enorme fortuna a su disposición.

Por ello, cuando estalla la crisis ecológica y comienzan las hambrunas y las epidemias, los Sumner pueden atrincherarse en su valle como en una nueva Arca de Noé, haciendo acopio de medios técnicos y humanos para esperar tiempos mejores mientras la civilización se derrumba a su alrededor.

Pero ni toda su fortuna puede hacer nada contra una cruel consecuencia de la catástrofe: todos los animales, así como los hombres y las mujeres, se han vuelto estériles. Como medida desesperada, los Sumner recurren a la clonación, en principio provisionalmente, hasta que se restablezca la fertilidad.

Sin embargo, el éxito del experimento multiplica el número de los clones hasta que éstos superan a los humanos supervivientes. Entonces se pone de manifiesto una consecuencia inesperada: los clones no sólo comparten una alta inteligencia, sino también una forma callada de comunicación… y la firme determinación de no ceder el paso a sus progenitores, sino reemplazarlos como la nueva especie dominante.

Kate Wilhelm obtuvo los premios Hugo, Locus y Jupiter con La estación del crepúsculo, posiblemente la mejor novela que ha dado el género sobre el tema de la clonación.

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