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DESOBEDIENCIA CIVIL, por Joe Haldeman

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Presentación

Hace años que tenemos el privilegio de disfrutar de la amistad de Joe Haldeman, uno de los mejores escritores de ciencia ficción de estos dos últimos siglos. Hace ya algunos meses nos mandó a BEM on Line este relato titulado “Civil Desobedience”, que publicamos con excelentes  ilustraciones, como siempre, de Juan Antonio Fernández Madrigal y traducido por nuestro compañero Pedro Jorge Romero.

Estas últimas semanas han sido muy difíciles para los Haldeman. Joe cayó gravemente enfermo tras una operación y ha estado, durante muchas semanas, ingresado en la UCI de una ciudad norteamericana donde estaban de visita. Afortunadamente, la constitución de Joe y los cuidados médicos han logrado que, poco a poco, fuera consiguiendo superar la enfermedad y que ahora, por fín, acabe de regresar a su casa en Florida. Muchos hemos seguido en silencio y con preocupación su evolución todos estos días y nos alegramos sobremanera que haya superado la crisis. Es por eso que, desde BEM on Line queremos dedicarle estas pocas palabras como nuestro pequeño homenaje, para congratularnos por su mejoría y desearle, de parte de todos sus lectores que somos muchos, un total y pronto restablecimiento.

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DESOBEDIENCIA CIVIL

Relato de Joe Haldeman

Ilustraciones de Juan Antonio Fernández Madrigal

Tengo edad suficiente para recordar cuando el Beltway era una autopista, no un dique. Incluso en aquella época había tramos de millas que era preciso elevar sobre los lugares bajos que se inundaban periódicamente.

Cuando era niño vivíamos en los suburbios de Maryland. Recuerdo ver imágenes en la tele del centro de Washington tras el huracán Hilda, con el monumento a Washington, el Capitolio y el monumento a Lincoln convertidos en islas aisladas. Mi hermano y yo ayudamos a mis padres a amontonar sacos de arena alrededor de nuestra casa en Bethesda, pero el agua pasó por encima. Qué suerte que la casa tuviese dos plantas.
Fue entonces cuando construyeron la Presa George W. Bush, para regular el Potomac después de Hilda. (Mi abuelo no dejaba de murmurar “Presa Bush… Apresa a Bush”). En realidad, ése fue el principio del fin para el UniPartido, un símbolo de todo lo que luego salió mal.

Los políticos dijeron que no eran responsables del ascenso del agua… se suponía que era un proceso gradual, que pasarían cientos o miles de años antes de que se produjese la crisis invernadero. Supongo que construyeron la presa por si se equivocaban.

Luego vinieron tres huracanes en cuatro semanas, y todos llegaron hasta este punto del norte, así que la presa se cerró por completo… y la gente de Maryland y Virginia, estados inundados, podía mirar al Beltway y ver Washington, tan baja y tan seca, y sentirse molestos por lo que se había pagado con los dólares de sus impuestos. Quizá lo que pasó fuese inevitable.

Durante la siguiente década también se construyeron presas alrededor de Nueva York, Boston, Filadelfia y Miami. Los Hamptons, Cabo Cod. Construcciones temporales al principio pero que, tan pronto como se elevó el nivel del agua, se convirtieron en permanentes. Mientras que los suburbios y las ciudades costeras menos afluentes desde Maine y Florida simplemente se ahogaron.

Para cuando el agua llegó a la altura de los tejados, todas esas ciudades ya estaban desiertas y sus ciudadanos habían sido trasladado al interior, a campos de Rehab si no se podían permitir nada más. Nosotros pasamos un par de años en el de Rockville, hasta que papá ahorró lo suficiente para conseguirnos un apartamento en Frederick. Tenía el tamaño de una caja de fósforos, pero para entonces los dos chicos habíamos ido a la universidad y a la escuela técnica.

Yo era un autodidacta que no sentía demasiado respeto por la autoridad, así que mandé a la mierda a la universidad y me convertí en instructor de submarinismo, un trabajo con futuro. Eso fue después de pasar un año en la Marina y una semana en la prisión de la Marina. Tiempo de sobra en el ejército para aprender algo sobre demolición submarina. Y eso decía en mi sitio web, lo que llamó la atención de Homeland Security día y medio después de que la Presa Bush volase por los aires.

En realidad, me sorprende que les llevase tanto tiempo. Desde hacía varios años la mayor parte de mis ingresos se debían a los Suburbios Empapados, visitas guiadas por los suburbios ahogados de Washington. En general la gente volvía para ver qué había sido de la mansión familiar, ahora que la ocupaban los peces, y la visita no generaba buenos sentimientos hacia el gobierno. Han intentando cerrarme el negocio en un par de ocasiones, pero tengo de lado a abogados de la ACLU y el Better Business Bureau.

Regresé a puerto con el barco de turistas –sólo cuatro, dado el tremendo frío de enero- y me encontré que me esperaban un par de tipos trajeados y un par de polis, junto con un helicóptero de Homeland Security. Tenía una orden federal que les autorizaba a interrogarme.

Fue un paseo interesante. Estaba acostumbrado a ver los suburbios bajo el agua, evidentemente, pero resultó extraño volar sobre lo que se había convertido en un mar interior, dentro de la presa Beltway. La demolición de la presa había sido un trabajo muy bien ejecutado, y en menos de un día la profundidad en el interior del Beltway alcanzó la profundidad en el exterior. Podrían reparar la parte destruida y bombear el agua, pero llevaría mucho tiempo.

(El tipo que lo hizo lo definió como “desobediencia civil”, en lugar de terrorismo, lo que a mí me parecía forzar mucho las definiciones. Pero es verdad que ajustó las cargas explosivas de tal forma que la inundación fuese gradual y no se ahogó nadie.)
Como era sospechoso de terrorismo, yo había perdido la protección de los tribunales, por no hablar de la ACLU y el  Better Business Bureau. No me aplicaron aguijones eléctricos para ganado, pero sí me encerraron en una habitación pequeña durante veinticuatro horas tras decirme que ya hablarían conmigo.

Podría haber sido peor. Era una habitación de hotel, no una celda, pero no había nada para leer o comer, ni tampoco televisión o teléfono. Se llevaron mi bolsa, con el libro que estaba leyendo, el ordenador y el móvil.

Supongo que creyeron que con eso me asustarían. Simplemente me sentí furioso y luego resignado. La verdad es que no había hecho nada, pero eso nunca le había importado al UniPartido. Y no haber hecho nada no era lo mismo que no saber nada.
Olía a moho por todas partes y la moqueta estaba fangosa. Cuando aterrizamos en el tejado, me dio la impresión de que unos cuatro pisos estaban por encima del agua. No podía ver nada desde la habitación; el exterior de las ventanas estaba pintado de blanco.

Exactamente 24 horas después, uno de los trajeados atravesó la puerta de la habitación, dejando un guardia al otro lado.

-¿Para qué necesitas a un poli?
Me miró.
-Pleno empleo –se sentó en el sofá-. Primero, ¿dónde estabas…?
-Primero comida, luego respuestas.
-Lo has entendido al revés –se miró el dorso de la mano-. Respuestas, luego comida. ¿Puedes demostrar dónde estabas cuando se produjo el sabotaje de la presa?
-No y tampoco tú.
-¿Qué quieres decir?
-Comida.

Otra mirada. Se puso en pie sin decir nada y dio dos golpes a la puerta. El guardia la abrió y se fue.

Unos minutos después yo probé a llamar. No pasó nada. Pero el tipo acabó volviendo, con un sándwich en un plato de Best Western.
Retiré el plan blanco y miré.
-¿Y si no como jamón?
-Dejaste un paquete de jamón en lonchas en tu nevera de K Street. El 28 de noviembre pediste un sándwich de jamón para almorzar en Denny’s. Lo comprobé mientras preparaban el sándwich.

Eso sí que daba miedo, considerando dónde estaba ahora mi nevera. Ataqué el sándwich a pesar de que probablemente rebosase de suero de la verdad.

-Si sabes tanto de mí –dije entre mordiscos-, entonces probablemente sabes dónde estaba en cada momento.
-Dijiste que ni tú ni yo podíamos saber dónde estaba cuando estalló la presa.
-No… me preguntaste dónde estaba cuando se produjo el sabotaje. Eso podría haber sido una semana o un año antes de las explosiones en sí. Para entonces los saboteadores ya estarían de vuelta en Albania o Alabama o donde sea.
-Bien, ¿dónde estabas cuando estalló?
-En casa de mi novia. Agitó los platos y se cayó un cuadro de la pared.
-¿La casa del árbol que ha estado ocupando, en Wheaton?
-Hogar dulce hogar. Su apartamento original está un poco mojado. Pagó mucho dinero para tener uno en la planta baja. En el lado equivocado del Beltway.
-Así que sólo tenemos la palabra de ella sobre tu paradero.
-Y la mía, sí. ¿Qué, todavía no tenéis cámaras de vigilancia en la Ciudad del Árbol?
-Ninguna que muestre su casa.

Supongo que me tocaba a mi responder o reaccionar. En su lugar, me terminé el sándwich, despacio, mientras él miraba. Cogió el plato, supongo que para que yo no lo pudiese usar como frisbee, darle en la cabeza, quitarle llaves y pistola, inmovilizar al guardia, robar un helicóptero e irme a volar la presa de Nueva York. En su lugar, dije:

-Si en el momento de la explosión los saboteadores podían estar en cualquier lugar del mundo, ¿qué importa dónde estuviese yo?
-No estabas en la ciudad. Da la impresión de que sabías que pasaría algo.
-Vaya.
-Sí, vaya. Tenemos una orden y un forense de la Marina registró tu apartamento.
-¿Mis peces están bien? El agua está un poco fría.
-Es interesante lo que falta. No sólo artículos de aseo y ropas. Los libros y las fotos de la pared. Tu sistema informático, que no es portátil. Todos los papeles relacionados con tu negocio. Tu pistola y su registro. Lo trasladaste todo con cuatro viajes en taxi desde tu apartamento al muelle Sligo. Dos días antes de la Inundación.

-Me fui a vivir con mi novia. Esas cosas pasan.
-No tan convenientemente.
Intenté adoptar una expresión de confusión
-Por eso me investigas. ¿Soy una de las docenas o cientos de personas que se mudaron desde D.C. ese día o el siguiente?
-Eres el único con conocimientos de demolición submarina. Sólo por eso podríamos llevarte a Cuba y tirar la llave.
-Venga…
-Y ya estabas en la lista de vigilancia por tu actitud. Las cosas que les has dicho a tus clientes.
-El apartamento era demasiado caro, así que recuperé el depósito y me fui. Mi novia…
-Una semana antes de primero de mes.
-Claro. Era…
-Durante una nevada.
-Sí, nevaba. No es problema. O más bien, es problema del taxista, no mío. Queríamos estar juntos por Navidad.
-Por Navidad navegaste durante doce millas de nieve. Guiándote por la brújula. Por diversión.
-Vaya tontería. Me limité a dejar el Beltway a la izquierda durante algo más de diez millas y giré a la derecha en el cartel Chevron medio sumergido. Luego unas cien yardas hasta un palo de bandera, a la izquierda y demás. Lo he hecho cientos de veces. Intenta hacerlo con una brújula. Me gustaría verlo.

Asintió sin cambiar de expresión.

-Una de las cosas que perdimos con la explosión de la presa fue la máquina de detección química realmente precisa. Nos diría si hace poco has estado cerca de explosivos de alta potencia. La más cercana está en la oficina de Nueva York.
-Vamos. No he tocado nada así desde la Marina. Hace cuatro o cinco años –había estado en la misma casa que ese material, pero no lo había tocado.

Se puso en pie con flexibilidad, con un solo movimiento, sin tocar el brazo del sofá. No querría enfrentarle físicamente.

-Coge el abrigo.

Lo saqué del armario mohoso y lo agité, soltando moléculas de moho y explosivo plástico. ¿Hasta qué punto era sensible esa máquina?
Golpeó dos veces y el poli nos llevó a un ascensor abierto. Los botones por debajo del cuatro estaban cubiertos con cinta adhesiva. El poli empleó una llave cilíndrica de los bomberos para ponerlo en marcha.

-¿Tejado?
-Exacto.
-¿Dónde están mis cosas? –dije-. No quiero dejarlas aquí.
-No vamos a ninguna parte –él se abrochó el abrigo y yo cerré la cremallera del mío.

Abandonamos el ascensor para entrar en una zona de espera delimitada por vidrio y luego salimos al tejado. No había ningún helicóptero. No hacía demasiado frío, alrededor de cero grados, sin viento, y el aire olía muy bien, casi como el océano.
Le seguí hasta el borde. Había agua hasta donde el horizonte se perdía en una reluciente neblina de tarde, las partes altas de los edificios elevándose como islas artificiales en un mundo de ciencia ficción. Detrás nuestro, el Beltway, casi sin tráfico.

-Está tranquilo –dije. El roce tenue de la nieve allá abajo. Miré por encima de la barrera oxidada y la vi siguiendo la pared del edificio.
-Dijeron “Poder para el pueblo”. Eso no es poder para nadie. Es como decapitar al país.

No le dije que si eres muy feo, la cirugía estética extrema podría venir bien. Era posible que ya tuviese problemas de sobra.

-El que hizo esto no lo pensó bien. No es sólo el gobierno, la burocracia. Es la historia del país. Nuestra conexión con el pasado; nuestra identidad como América.
Eso siempre lo repetía Hugh. Que no dejaban de envolverse en la bandera y fingir que eran los herederos de una impresionante tradición democrática. Aunque en realidad eran alquimistas, transformando en oro la confianza del pueblo.

-Hugh Oliver –dijo, tomándome por sorpresa.
-¿Qué le pasa a Hugh?
-Desapareció el mismo día que tú.
-¿Cómo que desaparecí? Dejé una dirección de contacto.
-La dirección de tus padres.
-Sabían dónde estaba.
-Nosotros también. Pero hemos perdido al señor Oliver. ¿No sabrías dónde encontrarle?
-No somos tan íntimos.
-Qué curioso –sacó unos pequeños binoculares del bolsillo del abrigo y los activó.

Los estabilizadores zumbaron mientras él recorría el horizonte. Sin mirar a nada, dijo-: Una cámara de seguridad te vio con él el pasado miércoles en una cafetería de Georgetown. El buen café se llamaba.

Oh, mierda.

-Sí, lo recuerdo. ¿Y?
-La cámara no os vio salir. No estás dentro, así que debisteis salir por la entrada de servicio.
-Tenía el coche apartado en el callejón trasero.
-No era su coche. Tiene un localizador.
-No soy el guardián del coche de mi hermano. Debió ser de otra persona. ¿Qué hizo…?
-¿O de alquiler?

De eso podía hablar.

-No era de alquiler. Era destartalado y estaba repleto de trastos.
-¿No lo reconociste?

Negué con la cabeza. En realidad, había dado por supuesto que era de Hugh.

-¿Por qué hay un localizador en su coche?
-¿De qué hablasteis?
-Negocios. Lo más que van –Hugh es submarinista; no hay mucho trabajo en inverno.

Supongo que las manos ociosas sirven al diablo-. Tomamos un café y luego me llevó a casa.
-¿Y qué hiciste al llegar a casa?
-¿Qué? No sé. Preparar la cena.

Dejó los binoculares sobre las barandillas y sacó una pequeña grabadora.

-Esto es lo que hiciste.

Era una grabación de mi llamada al casero, diciéndole que había encontrado un sitio más barato y que me mudaría antes de Navidad.

-Eso fue a las seis y veinticinco –dijo-. Después de volver de la cafetería debiste ir directamente al teléfono.

Así había sido, por supuesto.

-No. Pero supongo que sí fue el mismo día. Ese miércoles.

Volvió a coger los binoculares y examinó a media distancia.

-Adelante, Johnson.

El tipo grande me golpeó contra la barandilla, con fuerza, para luego pasarme por encima y agarrarme por los tobillos. Yo boqueaba, tosía, intentaba no vomitar, colgando a cincuenta pies por encima de aguas heladas.

-Johnson es fuerte, pero no podrá sostenerte indefinidamente. Creo que ya es hora de que hables.
-¡No puedes… no puedes hacer esto!
-Estimo que tienes como un minuto –dijo tras mirar el reloj-. ¿Puedes aguantar un minuto? –vi que Johnson asentía, con una sonrisa invertida.
-Vamos a expresarlo de esta forma. Si puedes decirme a dónde fue Hugh Oliver, vivirás. Si no puedes, sufrirás un accidente. No importará si es porque no lo sabes o porque te niegas a decírnoslo. Caerás.

Tenía la garganta completamente bloqueada, paralizada.

-Yo…
-Te ahogarás o te congelarás. Ninguna de esas dos muertes es especialmente dolorosa.

Eso me molesta un poco. Pero no puede expresarte la poca pena que voy a sentir.
¡La verdad no!

-Méjico. Fue a Méjico.
-No, tenemos cámaras en todos los puntos de paso. Con reconocimiento facial.
-¡Eso lo sabía!
-¿Puedes soltar un tobillo? –asintió y lo hizo, y yo caí un pie-. Méjico nos devuelve a los terroristas. Eso también lo sabría.
-Desde allí iba a Europa. Habla francés –Quebec.

Se encogió de hombros e hizo un gesto con la cabeza. El tipo enorme me agarró el otro tobillo y me recogió. Me golpeé la barbilla contra la barandilla y la frente golpeó con fuerza la gravilla.

-Sí, Europa. Mientes, pero creo que sabes dónde está. Puede enviarte a un sitio donde obtienen respuestas –se frotó la manos y se echó el aliento-. Quizá te acompañe. Allí hace calorcito.

Cuba. Punto sin retorno.

Perdí toda la esperanza. Incluso si no supiese nada sobre Hugh, ahora sabía demasiado sobre ellos.

Ahora no podrían dejarme vivir. Conseguirían todas mis respuestas y me enterrarían en Guantánamo.

Johnson me levantó con fuerza. Le di una patada en la canilla, me solté, corrí tres pasos e intenté saltar limpiamente sobre el borde. Mi hombro dañado falló y yo caí torpemente al vacío.

Desobediencia civil. ¿Cómo sería la sensación de caer al agua?

Ardiente. Luego nada más.

© “Civil Desobedience” 2005 Joe Haldeman
© Traducción Pedro Jorge Romero

Joe Haldeman nació en Estados Unidos, fue combatiente en la guerra de Vietnam y reside en Florida. Su obra más conocida es La Guerra interminable, llevada al comic y que proximamente Ridley Scott trasladará al cine. Entre sus obras más destacables se encuentran Puente mental, Recuerdo todos  mis pecados y antologias de relatos como “Sueños infinitos”.  Sus obras más recientes han sido publicadas por Ediciones B en su colección NOVA: El engaño Hemingway, Compradores de Tiempo, La Paz Interminable y en Libros del Atril en su colección Omicron: Camuflaje y Viejo Siglo XX. Ha ganado diversos premios entre ellos varios Hugo, Nebula, un Premio Mundial de Fantasía y un James Tiptree.

Juan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, y, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado abundantes relatos, su reciente producción recopilada en Magnífica víbora de las formas (AJEC) y las novelas Ciclo de Sueños (colección Espiral) y Umma (Parnaso). Se puede visitar su propia página, que usa como base de datos para acordarse de todo: http://jafma.net/Hasta el momento, ha publicado, entre otros lugares, en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM, Vórtice y BEM on line.

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