VÍSPERAS DEL SOL ESCARLATA, de Juan Antonio Fernández Madrigal

P R E S E N T A C I Ó N

 

“Siempre he admirado las historias que crean en la mente del lector realidades incompletas, surreales, con incoherencias, incluso absurdas, pero en las que al mismo tiempo se pueda adivinar la presencia de un soporte argumental preciso y minucioso manteniendo un orden interno donde todas las incoherencias “engranan” y adquieren verdad. Un orden que aparezca inaccesible al principio, pero que se vaya revelando poco a poco. Por eso me encantan las películas de Miyazaki (si el lector lo conoce, le rogaría que leyera este cuento como si estuviera viendo una película de Miyazaki; si no, por favor, consiga inmediatamente El Viaje de Chihiro y sabrá de qué estoy hablando). También por este motivo me gustan las series de televisión que provocan esa sensación de estar sumergiéndose en un mundo que, al mismo tiempo que absurdo e incomprensible, ofrece la promesa de una posible explicación, o, al menos, de su existencia, aunque nunca la lleguemos a conocer del todo.

Esto que comento fue la principal motivación que tuve para escribir “Vísperas del Sol Escarlata”. Por supuesto, una cosa es lo que el escritor pretende conseguir y otra cosa es lo que consigue. Como ya han pasado unos años desde que lo escribí, ahora lo haría de otra forma distinta, y quizás conseguiría el efecto mencionado más eficientemente (al menos me gustaría pensar que ahora ya soy capaz de eso). Pero releyéndolo tal y como está no me quedo del todo insatisfecho, que para mí es decir mucho. Creo que esa sensación de enfrentamiento a un “absurdo engranado”, por llamarlo de alguna manera, puede llegarle al lector (a algún lector) con cierta intensidad.

Además, por supuesto, hay varios niveles de lectura y conclusiones que pueden sacarse de esta historia. No es mi labor analizarlos, casi ni siquiera decir que están ahí, pero, aparte de que me los pide el cuerpo en cada cosa que escribo, para el “absurdo engranado” ayuda mucho incluirlos.

En fin, todo eso es lo que yo quise hacer con este relato; aquí abajo está lo que conseguí realmente. Sea el efecto en la mente de cada cual uno u otro, espero que los lectores de BEM on Line disfruten de una visita a un mundo bastante extraño… o quizás no tanto.”

Juan Antonio Fernández Madrigal

 

 

Visperas del Sol Escarlata

por Juan Antonio Fernández Madrigal

Ilustraciones de Miquel Àngel Giner Bou (LaGRUAestudio)

 

 

 

Aquel de los hermanos que había ascendido a la torre fue el último que observó, durante los últimos instantes, mientras pudo mantener la consciencia suficiente, la luz de todos apagándose mientras eran devorados por aquellas criaturas. Vio los últimos rayos del inmenso sol rojo poniéndose, y sintió el ritmo del reloj que latía con más fuerza debajo de él, marcando las primeras órdenes de la Batalla.

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-¡Ocho cuatro tres cero cero dos! -escupió el Notario mientras deslizaba dentro de la Trinchera dos de sus cuatro patas metálicas, calientes y humeantes, desmoronando terrones que cayeron junto a un montón de baterías usadas. Sus brazos se recortaron contra el cielo negro, provocando la ilusión de absorberlo por sus concavidades angulosas; se desplazaron en un ominoso, casi sobrenatural silencio-. Recuerda -repetía para sí mismo, ahora más bajo-: ocho cuatro tres cero cero dos. Ocho cuatro tres cero cero dos.
La cabeza pulida de un Aceitero fue la única cosa dentro del hoyo que respondió a su llegada: la esfera oscura se giró sobre el largo cuello que la sostenía, el movimiento acompañado por el suave y preciso fluir de accionadores hidráulicos, hasta enfrentarle con dos ojos rojos incrustados en su superficie como escupitajos sanguinolentos. Pero no le contestó. Después de un segundo, emitió un murmullo mecánico, una especie de sorbetón mezclado con ruido blanco difícilmente interpretable, y volvió a lo que estaba recogiendo: las baterías de un cuerpo inerte próximo, desmadejado, depositándolas en el montón junto al que había caído el Notario.
-Ocho cuatro tres cero cero dos -repitió éste una vez más, pero ya muy bajo y desde luego no para el Aceitero. Se desentendió definitivamente de su indiferencia (totalmente justificada por otra parte) y se precipitó a lo largo de la Trinchera a buscar a un Taquígrafo. Ocho cuatro tres cero cero dos, ocho cuatro tres cero cero dos, golpeaba su mente, incesantemente, al mismo ritmo que sus zancadas. No insistía en el número por lástima o pena por la baja del soldado que había llevado aquel identificador en la Batalla, sino para memorizarlo bien. A veces, las explosiones hacían que los números le bailasen en la cabeza.

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-Un bonito juego de luces -admitía en ese momento el Taquígrafo en voz alta, aunque se hallaba solo. Un plasma azul y verde había estallado en la porción de cielo negro que se podía observar desde aquel punto de la Trinchera (un Fogonero que había hecho excelentemente su trabajo). No sabía qué tipo de explosivos lo habían provocado, pero no podía negar la belleza que emanaba de la forma tenue: se deslizaba levemente por la atmósfera ahora, quizás barrida por una suave brisa. Una telaraña desdibujada que iluminaba parcamente aquella zona del campo, repleta de excrecencias diminutas y humaredas.
-¡Señor! ¡Puesto trescientos doce K-oeste!
Apenas le hizo caso a la voz. Tardó en volverse, y luego se percató de que había realizado el movimiento no como respuesta a aquélla, sino para buscar su extensión de vídeo, a ver si podía sacar alguna toma del plasma de gas antes de que se desvaneciera.
Se encontró delante de un Notario. Alto; una maraña de piernas y brazos mecánicos que se agitaban aún por la carrera. Le sorprendió su aspecto. También había belleza en la inercia de esas abigarradas formas. Otro tipo de belleza, distinto de la del gas luminoso, pero igualmente disfrutable.
Reaccionó por fin y desechó sus pensamientos estéticos. Ahora se trataba de trabajo.
-Dígame. Claro y preciso, se lo ruego.
-Ocho cuatro tres cero cero dos, señor. -Casi percibió el alivio con el que aquel Notario desgranó el número-. Muerte, proyectil directo, restos dispersados por completo, irrecuperable.
Los veinte dedos de la aparatosa mano izquierda del Taquígrafo se estremecieron; a continuación repiquetearon durante exactamente segundo y medio. Luego:
-Camino más recto hacia su arpón, al este, puesto veinte K. Destino: séptimo nivel, sector diez. No se demore.
El Notario salió disparado hacia donde le había dicho. Su masa metálica producía sólo pequeños tintineos al correr. Encantadoramente de acuerdo con la lógica de sus formas finas.
-Un Notario eficiente y bello -decidió el Taquígrafo. Buscó otro panel y realizó algunas notas adicionales con rapidez.

 

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Algún tiempo después el Notario se sorprendió a sí mismo rememorando aún el número del último soldado caído en combate. Ocho cuatro tres cero cero dos. Pero era hora ya de olvidarlo definitivamente, se reprendió. Había veces que las explosiones le hacían recordar números inservibles que se mezclaban con los nuevos que tenía que memorizar, y eso podía confundirle.
Al fin llegó a su arpón. El Arponero acababa de lanzar a alguien, puesto que sus miembros superiores (no los había por debajo de la cadera: el tórax terminaba en un complejo dispositivo giratorio fijado al suelo) aún se agitaban por el aire tratando de que las múltiples cuerdas de rescate que iban hacia los Basureros no se enhebraran.
-Notario cinco solicitando destino en séptimo nivel.
-¿Sector? -interrogó el Arponero sin interrumpir su labor.
-Décimo.
-Acérquese.
Uno de los miembros flexibles, cubierto de algún tipo de aceite lubricante, le palpó la cintura. Luego se dio cuenta de que en tan leve movimiento ya le había enganchado el garfio y comprobado su resistencia.
-Es usted verdaderamente ráp
(comenzó a decir el Notario, pero el aparato ya lo había escupido hacia el campo)

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A la zona hacia la que se precipitaba llegaban débilmente los ecos de un Percusionista, aunque no sabía exactamente si intentaba mantener alta la moral de su bando o la del Enemigo. Escuchó cómo de esa música se formaba una melodía extravagante, casi infantil, merced a la contracción de las ondas sonoras debida a su acelerado movimiento de caída parabólico. Antes de impactar contra el suelo la melodía se agudizó tanto que le inflamó los oídos.
Cuando recuperó la conciencia lo primero que hizo fue evaluar el estado de sus articulaciones (lo más delicado en todo lanzamiento). Las dos patas izquierdas habían quedado bajo su cuerpo, pero con algún esfuerzo pudo hacerlas moverse, chirriando. Luego se ayudó de los brazos para extraer del suelo reseco una pieza de multiplexación bastante grande que se había desprendido y la encajó de nuevo en su espalda. Comprobó que volvía a poder mover más de un miembro a la vez.
Sólo cuando terminó el chequeo se dio cuenta de que de repente no se oían ruidos de batalla. Ni explosiones. Ni disparos. Ni los caóticos chillidos de la tropa al cargar.
Sólo el Percusionista, ahora algo más cerca. Como antes, la rítmica marcha que desplegaba en el aire no era fácilmente identificable.
Se limpió las manchas de tierra y decidió avanzar hacia allí. Tenía que encontrar la porción del frente comprendida en aquel sector cuanto antes para reanudar su labor.

 

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Los sectores eran de un tamaño considerable, y no sabía si había aterrizado en uno de los lados más cortos del suyo. Como no quería arriesgarse a cambiar de sector (eso iría contra las Normas), decidió caminar en circunferencias concéntricas de amplitud cada vez mayor, hasta que encontrara a alguien.
Tropezó varias veces con restos de corazas, miembros humeantes e incluso lo que parecía ser el núcleo interior, pulposo, de un enemigo, chafado, blando. Bajo la oscuridad era difícil decirlo. De todas formas nada de eso importaba. Su mente estaba ya limpia. Sus sentidos afilados: se sentía presto para memorizar una buena cantidad de números en cuanto hiciera falta.
Siguió su trayectoria repetitiva, esforzándose en recordar por qué índice de circunferencia de su recorrido mental iba y en qué punto del perímetro de la misma. La marcha del Percusionista se acercaba y alejaba. Dependía del sentido en que fuera caminando.
De repente oyó un pequeño chasquido (luego le sorprendió que tan pequeña cosa produjera tan gran efecto). Un segundo después constató que se alejaba del suelo volando, y luego un destello de luz momentáneo le dejó ciega la mente.
Luego nada.

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La entidad se incorporó trabajosamente. Notó que le dolían las rodillas, aunque no sabía cuál. De improviso se sorprendió de tener menos de seis.
¿Qué hacía allí? Estaba en medio de una oscuridad aplastante, cuando lo natural era que el cielo fuera escarlata intenso… Poco a poco comenzó a distinguir formas y siluetas en la negrura. Todo muy roto y esparcido sobre una tierra aparentemente esquilmada, en cualquier caso.
Un aparatoso conjunto de miembros duros y fríos rodeaba su cuerpo. Le producían una angustiosa sensación de peso y penetración, aunque de alguna manera sabía que no le harían daño: estaban puestos allí con intención. Un impulso nervioso involuntario movió una de aquellas piezas. Lo que aparentaba ser un brazo larguísimo y fino se agitó elegantemente.
¿Qué hacía allí?
Aún más: ¿quién era? ¿qué era? (aparte de sí mismo, constatación demasiado vacía en aquel momento).
Se concentró en explorar los recovecos de su mente, tan oscuros como el lugar donde se hallaba su cuerpo.
Un picor fugaz en sus sinapsis.
No: ilusión.
¡Sí!, allí estaba de nuevo.
Persiguió la sensación. Al principio el picor mantuvo la distancia con los pensamientos que le seguían, pero finalmente cayó bajo las zarpas inmateriales de sus cazadores.
Entonces recordó que aquello era la Batalla. Recordó que tenía que moverse (hacia dónde, aún no). En un soplo de números al azar recordó que su cuerpo estaba diseñado para una misión específica. Recordó que era un Notario. Recordó cómo sobrevivir.
La sensación de vuelta a la realidad fue como una burbuja expandiéndose indolora dentro de su cabeza: iba rellenando su mente de contenido para situarlo de nuevo en un mundo concreto. Dedujo que había sido víctima de la onda expansiva de un proyectil. Entonces recordó la luz fugaz y escarlata que había imaginado y se sintió confuso: era aquel color definitivamente extraño a tanta noche, e incluso le costaba casarlo con el de una explosión. Además lo había percibido como si hubiera estado agazapado en su interior desde siempre.
Como si en lugar de un Notario, por dentro, muy dentro, fuera otra cosa completamente distinta.
Qué estupidez. Se olvidó del tema y se irguió.


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En pie y escrutando el horizonte oscuro escuchó un ruido rítmico, que se deshilachó de las monótonas marchas que enhebraba de nuevo un Percusionista hasta convertirse en un repetitivo golpeteo medio apagado. Alguien se acercaba.
¿Un soldado? Preparó su memoria para recibir el número en caso de que muriera cerca. ¿Pero sería enemigo? En ese caso debía pasar desapercibido. Revisó las marcas distintivas de sus hombros. Habían perdido la fosforescencia por la explosión.
El volumen del ruido se elevó. Eran pisadas. Zancadas que se acercaban irremisiblemente. Imposible alejarse lo suficiente de su trayectoria. Aún estaba un poco torpe.
En la oscuridad se dibujó una silueta deforme: dos grandes piernas llenas de voluminosos accesorios de potencia machacaban el suelo reseco soportando sobre la gran cadera un minúsculo centro de control con dos delgados apéndices a modo de brazos.
Un Basurero.
No sólo no se retiró de su camino, sino que se situó de tal forma que el Basurero no tuviera más remedio que tropezar con él. No sabía exactamente dónde se hallaba (y los últimos recuerdos no eran todo lo precisos que debían haber sido para un Notario), pero sí sabía que la mejor forma de retomar su trabajo era regresar a su Trinchera y ser enviado de nuevo a otro sector: reiniciar la secuencia en presencia de fallos o incertidumbre. Quizás después de todo había sido lanzado erróneamente. Sí. Quizás era eso que no encontraba más que silencio alrededor y no los restos de un combate.
Las dos piernas se detuvieron junto a él. El Basurero no tardó mucho en engancharle a una de sus tiras flexibles terminadas en ganchos.
La desproporcionada silueta se alejó por donde había venido sin dirigirle la palabra (recordó entonces que los Basureros no hablaban). El Notario siguió con atención y curiosidad su trayectoria, que se comenzó a distorsionar formando una absurda curva cuando el gancho al que lo había amarrado se estiró a su espalda y lo elevó en el aire por tercera vez en tan poco tiempo. De regreso a la Trinchera.
Aún se notaba confuso.

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-He sufrido un impacto enemigo -le explicó al Aceitero que había encontrado al llegar y que se había ofrecido a acompañarle-. De repente perdí la consciencia de dónde estaba.
-No pareces tener grandes daños en cualquier caso, amigo -dijo la masa pequeña y ágil de aquél, mientras recogía unos repuestos cerca y le hacía gestos para que le acompañara-. Pero quizás sea mejor que te vea un Sastre. Sígueme.
-No debo perder tiempo en regresar al campo -opinó el Notario, sintiendo una cierta sensación de incomodidad en su interior: remordimientos-. No quisiera que mi retraso afectara a nadie.
El Aceitero se rió con una expresión que el Notario nunca había visto antes: un gracioso giro del cuello hacia atrás y una reestructuración de parte del rostro redondo y brillante, que lanzó destellos cobrizos bajo la iluminación mortecina de un par de lámparas atadas a sus clavículas.
-No te preocupes: llegaremos pronto a cualquier sitio.
El Notario no supo a qué se refería. Se limitó a seguirle.
-Los Notarios sois especialmente sensibles -añadió el Aceitero-. Os pasáis demasiado tiempo memorizando: demasiado tiempo dentro de vuestra cabeza en vez de fuera, ¿eh?
El Notario notó cómo no corrían por la Trinchera (a lo que estaba acostumbrado), sino que sólo marchaban a buen paso.
-Perdona… -insistió-, ¿no deberíamos darnos prisa? Seguramente necesiten mis servicios pronto. Escuché que iba a incrementarse la intensidad de los ataques en algunas zonas.
-¿Ah, sí? -le miró extrañado el Aceitero-. Bueno, estamos cerca ya.
Imposible, pensó el Notario, si apenas nos hemos alejado del Arponero que me recogió.
Pero pocos pasos delante había, efectivamente, un Sastre. Habían llegado.

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-¿Tú no tienes a ninguna chica esperándote fuera? -le preguntó el Aceitero, que parecía haber sido asignado a su custodia desde que llegara (algo raro para alguien que debería tener que estar llevando repuestos y engrases de un lugar a otro de la Trinchera), mientras el Sastre le remendaba silenciosamente algunos paneles frontales de su tórax.
-¿Chica?
-Claro. Mira.
El Aceitero le enseñó una cosa extraña, que no estaba hecha ni de metal ni de plástico, sino de algún material intermedio, sucia y endeble. Era un pequeño rectángulo flexible de bordes blanquecinos, que mostraba en el centro una imagen verde, gris, roja y blanca que no pudo interpretar porque no eran colores muy comunes en la Batalla.
-¿Es eso… una… “chica”? ¿Y para qué sirve?
-Vaya, pues… Todo el mundo debería tener la suya. ¿Es que los Notarios no tenéis?
-No entiendo para qué hay que tener eso. ¿Quién te la ha dado?
-Pasáis demasiado tiempo dentro de vuestras cabezas. Sois extraños.
El Notario se sintió un poco molesto. Así que dijo:
-Dices que esa cosa te está esperando fuera. Pero ¿dónde es “fuera”? Estás diciendo tonterías.
El Aceitero le miró con los ojos redondos sin párpados y no dijo nada. Se guardó la cosa de colores raros.
-¿Ves? -continuó el Notario-. No sé qué tipo de desecho de batalla es eso, pero ni tú mismo sabes para qué lo llevas. Algo que te esperafuera… ¡Qué absurdo!
-Me consuela -protestó el Aceitero.
-No veo en qué puede consolar un trozo de cosa como ésa. Es más, no veo para qué necesitas consolarte. No te veo herido.
El Aceitero guardó silencio, como si de repente hubiera encontrado un error o avería importante en sus propios pensamientos.

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El Notario no tomó la decisión de llevar al Aceitero a reparación hasta que no se hubieron alejado del Sastre, pero luego llegó a considerarlo inevitable. Cuando estuvo seguro de tener que hacerlo se lamentó de tener que perder tiempo en ello en lugar de retornar a su trabajo, pero según las Normas era más importante asegurarse de ayudar a cualquier compañero a funcionar correctamente, pues iba en beneficio de todos.
Y el Aceitero necesitaba realmente ayuda. Primero estaba su manía de acompañarle a todas partes cuando debería estar concentrado en su propio trabajo. Segundo, tenía una fuerte tendencia hacia la conversación inútil: acabaría distrayendo a alguien y provocando problemas. Y estaba también el extraño asunto de la… “chica”. Algo inexplicable.
Pero no sabía dónde se hallaría el siguiente Sastre. O regresaban tras sus pasos o continuaban hacia adelante, no podían hacer otra cosa dentro de la Trinchera. Pensó que regresar le retrasaría aún más: no había Taquígrafos cerca de los Arponeros, así que era más probable encontrar otro que le pudiera dar nuevas órdenes delante. Sí. Si seguían en el sentido en el que iban podría minimizar el tiempo empleado tanto en acompañar al Aceitero como en retornar al campo de batalla.
-Vas demasiado rápido, vas a deteriorarte las articulaciones antes de tiempo -señaló el Aceitero, que iba algo alejado detrás suya.
Un comentario decisivamente erróneo, pensó el Notario: eficiencia y rapidez eran los mayores ideales en las Normas. Se abstuvo sin embargo de decir nada. La educación había sido siempre su seña personal.


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-Eh, escúchame -le dijo el Aceitero de repente, con voz algo apagada por la distancia.
El Notario interrumpió la marcha con desgana. Intuía que quedaba poco para encontrar, bien al siguiente Sastre, bien al Taquígrafo que le daría nuevas consignas. Le molestó realmente parar en ese momento. Los pasos que le seguían se acercaron.
-Sé a dónde quieres llevarme.
-¿Cómo? -El Notario se volvió hacia él, confuso. No estaba preparado para que el Aceitero adivinara sus intenciones tan fácilmente. Se quedó callado, como un mentiroso atrapado por su propia torpeza.
-Sé que piensas que estoy estropeado. Está claro.
El Notario se limitó a decir:
-Estoy buscando a un Taquígrafo para que me devuelva al campo de batalla.
-Y una mierda -contestó maleducadamente el Aceitero-. Bueno, eso también -convino después, con un amplio asentimiento de cabeza-. Los Notarios sois sorprendentemente fáciles de interpretar. No puedes negar que ibas a aprovechar para llevarme al Sastre.
-Bueno… Yo…
-¿Porque piensas que hablo demasiado? ¿Porque consideras absurdo tener una chica esperándome fuera? Imbécil…
-Oye, no estoy aquí para aguantar tus… -comenzó a decir el Notario, de repente indignado.
-¡Cállate!
El sorprendente grito del hasta entonces tranquilo Aceitero detuvo las palabras en seco dentro de los conductos metálicos de su garganta.
-¿Cómo me vas a llevar tú al Sastre? ¿Es que eres realmente tan tonto?
El Notario retrocedió medio paso. Notaba sus articulaciones algo desajustadas. El Aceitero dijo:
-No te das cuenta… ¿verdad?
-Yo… Estamos perdiendo el tiempo en lugar de retornar a nuestras órdenes.
El Aceitero sonrió esperpénticamente abriendo y cerrando unas pequeñas láminas de ventilación que lucían oxidadas en los costados de sus mejillas. Las luces que llevaba fijas a sus clavículas oscilaron un poco.
-Por todos mis engranajes. Realmente no te has dado cuenta de que has caído en la Trinchera equivocada.

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El Notario había creído que la ausencia de las marcas fosforescentes en los hombros del Aceitero eran únicamente cuestión de dejadez (un motivo más para llevarlo al Sastre). De hecho, sus propias marcas, de un brillo bastante tenue, habían resultado bastante desgastadas por los sucesivos lanzamientos y caídas, por la última explosión… Pero no. No podía ser que…
-Vaya, ahora estás realmente confuso -dijo el Aceitero, aún sonriente-. Por si te sirve de ayuda, te recordaré que los de este bando no usamos esas ostentosas señales brillantes. ¿Es que no aparece eso en vuestras Normas?
El Notario hizo el movimiento mecánico correspondiente a deglutir.
-La verdad es que si lo piensas bien, debería haber insistido en que siguiéramos en esta misma dirección. Hubiera sido la manera más conveniente de llegar al Taquígrafo y dar cuenta de que tenemos un enemigo en nuestra Trinchera.
El Notario volvió a deglutir, más fuerte. Luego, tartamudeando:
-Pero debes darte cuenta de que… Ha debido tratarse de un error… Sí, ha sido un malentendido, puedo explicarlo perfectamente: una explosión me envió a un sector equivocado y apareció un Basurero que…
-¡Cállate! Si quieres explicar cosas, más te vale que te lleve al Taquígrafo. A mí no me vengas con esas tonterías, soy demasiado estúpido para comprender, ¿recuerdas? Jugueteo todo el tiempo con fotografías, me ocupo de quien no debo, tengo esperanzas en cosas de “fuera”…
-No sigas -le interrumpió el Notario, a punto de desmayarse-. Si debes llevarme al Taquígrafo, ¿por qué no lo has hecho ya?
El Aceitero le sorprendió de nuevo: soltó una carcajada repleta de ecos metálicos reverberantes entre sus chapas. Luego le miró intensamente. Pareció examinar con atención cada uno de sus miembros, cada tubo y cada tornillo-. Mira, te voy a proponer algo. Seguro que te parece más interesante que terminar estrangulado bajo las cuerdas de uno de nuestros Arpistas.
El Notario guardó un silencio absoluto. La imagen de la ejecución se le había dibujado en la cabeza con nitidez.
-Buen chico, sí -sonrió de nuevo el otro-. Pero para esto tendrás que guardar silencio y seguirme sin rechistar. Recuerda que te va en ello la vida. Bien. Te indicaré lo que vamos a hacer.
Fue entonces cuando el Notario se dio cuenta de dos cosas: una, que efectivamente, lo cerca que se hallaban unas cosas de otras en aquella Trinchera no coincidía con la disposición de éstas en la suya (es decir, el Aceitero tenía que llevar razón: estaba en territorio enemigo), y dos, que desde hacía un buen rato el Aceitero ya no se comportaba como el estúpido e ineficiente que le había parecido al principio.
Entonces una oscuridad más densa, impenetrable, y repleta de malos presagios que la noche eterna de la Batalla se derramó dentro de su mente borrando todos sus números y cuentas.

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Siguió los pasos del Aceitero a escasa distancia, aturdido, pero sin poder evitar mirar por encima del hombro del otro de vez en cuando, esperando con verdadero pavor que en cualquier momento se toparan con alguien que pudiera cuestionarles o descubrirle. Con la misma frecuencia se rascaba la identificación de su hombro, sin éxito. Se le ocurrió entonces que, si conseguía destruir los restos de su brillo, cuando volviera a su Trinchera sería un enemigo. Se sintió desfallecer.
-Por aquí -escuchó que decía el Aceitero. Pero al dejar de prestar atención a su identificación y volver la cabeza hacia delante se encontró con que no había nadie. Se detuvo en seco. ¿De dónde había venido su voz? ¿Dónde se había metido?
Parpadeó varias veces con rapidez.
Clic.
¿Le había abandonado allí después de todo para que le descubrieran?
Clic.
¿O había sido todo un terrible sueño? ¿Una pesadilla, y todavía se hallaba tumbado en algún sitio, sin conocimiento a causa del golpe de la enésima caída, soñando que estaba en la Trinchera enemiga? Pero sus sentidos le proporcionaban señales muy nítidas…
Clic.
-¡Por aquí, tonto!
Una mano negruzca, salida de ningún lugar, acompañó esta vez a la orden. Le agarró y tiró de él hacia la pared de tierra dura y compacta de la Trinchera, como si quisiera empotrarlo allí. Su cuerpo se sumergió en esa pared como si no existiera.

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Las luces que iluminaban la Trinchera aún titilaban a su espalda, en la lejanía, a través del rectángulo en su pared por el que habían entrado. La zanja por la que se movían ahora estaba bastante oscura. No se habían molestado en poner lámparas, sólo las que llevaba en su cuerpo el Aceitero que le precedía dibujaban retazos móviles de aquel lugar. En cierto momento le pareció distinguir a otros corriendo delante de ellos, aunque no podía estar seguro.
Lo que sí vio es que aquella zanja tenía paredes muy mal cortadas, sin contrafuertes, ni siquiera restos de metal evitando el desmorone. Al fijarse un poco más vio que la tierra no estaba completamente seca. Había sido excavada recientemente.
Volvió a mirar hacia atrás. Casi dio un respingo: dos cuerpos metálicos se habían interpuesto entre él y el lejano rectángulo de luz, y le hacían gestos para que no se detuviera. Debían de ser compañeros del Aceitero: en sus hombros tampoco había marcas fosforescentes.
Definitivamente toda idea de huir era ya inútil. Se maldijo por su lentitud en pensar. ¿A dónde demonios le estaban llevando?
El cielo sobre sus cabezas se iluminó de repente. Una explosión en la Batalla. Esperó al sonido, contando los segundos, pero mucho antes de lo previsto la onda de aire caliente les golpeó con fuerza, casi zarandeándoles.
-¡Estamos adentrándonos en el campo! -gritó, aunque apenas le podían oír con el estruendo. Desde luego, no se molestaron en contestarle.
Por supuesto: si habían partido de la Trinchera Enemiga en perpendicular, las únicas alternativas eran que se estuvieran alejando del conflicto hacia el inexistente afuera, donde nada había (salvo quizás la “chica” del Aceitero, pensó con sorna), o hacia el interior del campo, al espacio intermedio entre las dos Trincheras donde se libraba la Batalla.
Era evidente que se trataba de lo segundo.
¿Qué querían de él?
Pero lo más incomprensible de todo: ¿cómo alguien tan ordenado y disciplinado como él podía haber acabado envuelto en aquel caos?

 

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-Justo a tiempo, amigo -le dijo el Aceitero, otra vez sonriente, cuando se detuvieron.
El Notario no tenía ni idea de dónde se hallaban, pero desde luego no habían llegado aún a su destino. Tendrían que esperar para eso, puesto que justo delante del Aceitero, un poco más allá de los dos Fogoneros que ahora podía afirmar que habían sido la vanguardia de la comitiva durante la carrera, se alzaba una sólida bola rodeada de púas giratorias y cubierta de multitud de conchas metálicas y escamas móviles. Un Fresador.
Luego aún estaban construyendo aquella zanja… Pero no podía faltar mucho para que terminaran, porque si no, no se hubieran apresurado a alcanzar al obrero.
Desesperado se volvió, pero sólo para encararse involuntariamente con los dos que les precedían. Eran sendos Tallistas, habitualmente encargados de pulir y dar forma a los proyectiles. No eran muy grandes (los Tallistas tenían cuerpos pequeños repletos de instrumentos de precisión), pero entre los dos podían impedir perfectamente cualquier movimiento hostil por su parte.
-Necesitamos tus recuerdos, amigo -dijo el Aceitero volviendo a atraer su atención. El olor de la tierra fresca roturada por el Fresador invadió la nariz abollada del Notario-. Así que tranquilízate y mantén la mente clara, ¿de acuerdo?
-¿Q… quiénes sois? ¿Qué pretendéis?
El Aceitero esbozó una expresión seria. Luego se acercó a él e hizo un movimiento brusco con una de sus pinzas sobre su hombro. Eso produjo un chasquido.
-Es… cuestión de estrategia -dijo. Luego todos permanecieron entonces en silencio, inmóviles, escuchando atentamente el trabajo del Fresador y las explosiones que daban fe de la Batalla, a sus espaldas.
El Notario se tambaleó al mirarse donde el Aceitero le había tocado: se trataba de su identificación. Le había destrozado la insignia. Eso sólo significaba una cosa: estaban justo al lado de su Trinchera. Así no podría pedir ayuda, puesto que a falta de su identificación volvía a estar en territorio enemigo.
Mientras la desesperación e incomprensión explotaban en su mente, dejándole vacío como la cáscara quemada de un soldado desgraciado, observó ensimismado cómo todos ellos extirpaban con extremo cuidado de sus corazas un trozo pequeño de metal negro, de manera que las insignias fosforescentes que ese trozo había protegido hasta entonces se volvieron perfectamente visibles.
Entonces los pesados rotores del Fresador se detuvieron y la luz de su Trinchera bañó sus estropeados cuerpos.

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-Está bien, tú vendrás conmigo -dijo el Aceitero adentrándose en la Trinchera-. Vosotros -espetó sin dirigir ni una mirada a sus acompañantes-, ya sabéis las órdenes: os quedaréis aquí y espero que hagáis un buen trabajo. -El Notario, mientras, adelantó a los silenciosos Fogoneros, pasando junto al Fresador, que ya estaba replegando sus rotores y parecía disponerse a regresar por la misma zanja que había abierto.
Cuando pisó de nuevo su Trinchera de origen, una nube inmensamente densa hecha de pura preocupación estrujó sus conductos internos.¿Y ahora qué?
-Te estarás preguntando muchas cosas, muchacho -adivinó el Aceitero, sin apartar la vista de su destrozada identificación. Luego hizo una pausa, y le sonrió con su habitual desplazamiento de láminas en sus mejillas-. Sí. Bueno, es tu naturaleza: le das demasiadas vueltas a las cosas. Y no dices mucho, siempre te lo guardas todo.
El Notario, abatido, guardó silencio.
-Dime una sóla cosa: ¿cuántos pasos has contado desde que entraste en la zanja?
-¿Cómo?
-No te hagas el sordo también ahora, señor mudo. -La sonrisa había desaparecido de golpe-. Me has oído bastante bien.
El Notario rebuscó obediente y frustrado a partes iguales entre la maraña de números y cálculos que yacían arrinconados desde hacía un buen rato en su cabeza. No se sorprendió al encontrar allí precisamente lo que el Aceitero le había pedido: alguna despreocupada parte de su subconsciente había registrado exactamente aquel dato durante la marcha.
-Seiscientos cuarenta -respondió, lacónicamente.
-Muy bien -El Aceitero apartó la mirada para dirigirla primero a su izquierda, luego al otro lado. Pero todo el tiempo parecía ausente, como meditando el siguiente paso a dar en aquella absurda locura.
-Entonces, corrígeme si me equivoco, muchacho: seiscientos cuarenta más sesenta multiplicado por dos y por tres con catorce dieciséis, da… unos cuatro mil cuatrocientos pasos.
-Cuatro mil trescientos noventa y ocho y un cuarto… más exactamente -rectificó el Notario de manera automática.
El Aceitero le volvió a regalar una amplia sonrisa.
-Eso es, muchacho, ¡muy bien!
-Pero…
-¿Sí?
-Ese cálculo… es la longitud de una circunferencia. Dos pi erre.
-Efectivamente -contestó el Aceitero distraídamente mientras buscaba algo en la pared de enfrente.
-… cuyo radio… -continuó el Notario, mecánicamente-… es la distancia entre las dos trincheras, seiscientos cuarenta pasos…
-Más un trocito, chico -terminó el Aceitero sin volverse hacia él.
-Eso quiere decir que…
-No se te da bien exteriorizar. Vamos, dime, esta marca de aquí… -Señaló un dibujo hecho toscamente sobre una de las vigas de soporte de la Trinchera- ¿Indica la siguiente posición de un Arponero?
-S… sí, señor -Por todos los demonios, ¿de dónde había sacado su cerebro ese tratamiento respetuoso? ¿Se estaba convirtiendo en un traidor en lugar de un simple rehén…?
-Bien. Bien. Pero tiene un significado distinto a cada trecho, ¿verdad? Yo lo hubiera hecho así de haberla diseñado.
-Sí, señor -repitió mecánicamente. Su cerebro había vuelto sobre el asunto de la circunferencia como un proyectil lanzado hacia su blanco.
-Pues para eso te necesito. ¡Ven! Correrás delante mía.
Sus múltiples piernas le llevaron donde le decían y luego tomaron velocidad. A pesar de tener casi todos sus pensamientos ocupados con cálculos y deducciones, no podía olvidarse de su hombro oscuro y sin el brillo de su identificación, lo que lo convertía en enemigo en su propio hogar. No tenía más remedio que obedecer.

tic

Llevaban un buen rato corriendo cuando se oyeron dos grandes explosiones mucho más cerca que las que iluminaban habitualmente el campo de batalla. ¿Dónde se habían producido? Sintió una punzada de miedo especialmente afilada dentro de su vientre.
-Los chicos han hecho un buen trabajo de distracción en el extremo de la zanja. Estaremos algo más tranquilos ahora -murmuró el Aceitero tras él.
El Notario agachó la cabeza y continuó corriendo. Habían pasado ya varios puestos de reparación y un Taquígrafo. El Aceitero se había hecho pasar por uno de los suyos gracias a su falsa insignia, y le había preguntado la posición de un Arpista al que enviar al enemigo capturado. Luego se habían alejado, aunque cuando encontraron al Arpista pasaron de largo murmurando otras instrucciones. Afortunadamente para él.
Durante todo ese tiempo, extrañamente ajeno a la realidad, le daba vueltas a todo. La Trinchera rectilínea se dibujaba en su cabeza. Pero, como si estuviera hecha de material flexible, se curvaba en su mente hasta unir sus extremos en una circunferencia (con gran esfuerzo por su parte porque nunca en su vida se le había ocurrido algo parecido). Y no había una sóla circunferencia: la Trinchera enemiga estaría circunscrita en el interior… Era por eso por lo que cuando había estado allí habían llegado mucho más rápidamente a los puestos, porque su longitud era menor.
Él siempre había creído… como todos… que las Trincheras eran infinitamente largas a cada lado, corriendo paralelas hasta el fin del mundo. Que la Batalla se esparcía por la tierra interminable de enmedio, cubierta de noche perpetua para siempre jamás… Era lo que explicaban las Normas.
¿Cómo era posible que aquel simple Aceitero pudiera haberle dado la vuelta a las Normas en tan poco tiempo? ¿No formaría parte todo, más bien, de una trama indescifrable en la que le estaban introduciendo sin su consentimiento… absolutamente engañado?
Siguieron corriendo sin descanso. Siguió descifrando para su secuestrador las señales inscritas en las paredes. Siguió devanándose los sesos para encontrar una respuesta.

tac

Cada vez se espaciaban más las señales. Hacía mucho tiempo que habían sobrepasado el último puesto, donde un Tallista pulía, encorvado, una pequeña pila de proyectiles. No se oían explosiones en aquella área del campo de batalla.
Un rápido cálculo mental le permitió deducir que nunca había llegado antes a una posición tan alejada del ajetreo habitual de la Batalla. Si la Trinchera hubiera trazado una línea recta infinita, diría que se estaban alejando demasiado, hacia el fin del mundo.

tic

Silencio a su alrededor. Sólo las zancadas de ellos dos golpeando sin cesar la tierra.

tac

Cuando su mente contó dos mil pasos el Aceitero le ordenó detenerse.
-Está aquí al lado, chico. Despacio.
Entonces se quedó rezagado, de repente sintiendo todas las articulaciones desajustadas y pulidas por el incesante roce. Al Aceitero pareció no importarle tenerle a su espalda.
Anduvo despacio y obedientemente detrás.

tic

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De repente una sombra se hizo un poco más oscura que la noche delante de ellos. Sólo las pequeñas (y ya débiles) luces en las clavículas del Aceitero iluminaron lo que se interponía en su camino. El Notario se quedó petrificado.
Un entramado de vigas negras crecía desde la tierra y se elevaba sobrepasando ampliamente la profundidad de la Trinchera. Los dos focos luminosos del Aceitero recorrieron los numerosos pisos de aquella abigarrada torre creando una ilusión de movimiento sinuoso, como si estuviera viva, compuesta de gusanos u otras criaturas reptantes. Tuvo que ajustar manualmente sus ojos para alejar aquella inquietante impresión.
-No… No puede ser -dijo, casi involuntariamente.
-Te vuelves hablador cuando menos hace falta, hijo -dijo el Aceitero, sin volverse y en voz baja, como si también él sintiera un terror reverencial ante lo que se alzaba allí delante.
-Es…
-Sí.
Guardaron completo silencio durante un buen rato. En realidad no se escuchaba nada (los ruidos de batalla habían desaparecido hacía una eternidad), pero el Notario creyó que se formaban dentro de su cabeza los crujidos de mil engranajes midiendo y rigiendo sus destinos. Un ritmo múltiple que parecía variar sutilmente, como si algún mecanismo especial estuviera girando para enfrentarse a los recién llegados.
Al instante siguiente volvía a no oír nada.
El silencio desapareció de golpe cuando en la base de la torre se desplazaron algunas vigas, y una forma alta, delgada, y de superficie perfectamente pulida salió de allí.
-Y… ése es… -intentó articular entonces. Pero no pudo terminar.
-Sí -repitió el Aceitero.
El cuerpo que emergía de la torre rozaba la perfección. De una altura superior a la de ellos dos, lucía multitud de distintivos en sus hombros (además de la marca fluorescente que lo identificaba). El metal que cubría su cuerpo no exhibía ni un rasguño; estaba pulido como si no hubiera luchado nunca. El tronco sólo se ramificaba en dos piernas y dos brazos (el único que podía permitirse ser así en el ejército, recordó el Notario), y su cabeza estaba rodeada de ceremoniosas (y algo exageradas) formas que hacían todo el conjunto… terriblemente bello.
El Canciller avanzó un paso hacia ellos, y entonces habló.
-¿Quiénes sois vosotros? ¿Cómo os atrevéis a acercaros a la torre de mi Relojero?
Fue en ese momento cuando el Aceitero comenzó a cambiar, y el Notario no pudo impedir que sus propias piernas le hicieran retroceder intentando perderse entre las sombras.

tac

Ante el asombro de los otros dos el anteriormente rechoncho cuerpo del Aceitero se desmoronó: trozos de coraza cayeron a ambos lados con golpes sordos; los brazos alargados y flexibles se arrugaron y desmenuzaron dejando entrever (sólo un instante, confundiéndose después con el resto de piezas móviles) correas y ruedas internas; las piernas rechonchas se acortaron, se desprendieron de sus coberturas oxidadas cubiertas de barro, y luego volvieron a aumentar de longitud, bastante más de lo que habían medido originalmente.
Al cabo de un rato no había ningún Aceitero allí, y el Notario, escondido, volvió a tener un caos deductivo dentro de su cabeza en el que millones de números y cálculos intentaban buscar sus lugares correctos para que todo adquiriera sentido.
Dos Cancilleres se observaban ahora, desafiantes desde su altura impresionante. Pero ninguno hacía ni el más mínimo movimiento.
-Señor -dijo el anterior Aceitero, con voz ahora mucho más profunda y reluciente-, he venido hasta aquí para retarle y vencerle definitivamente.
-¿Cómo es posible? ¿Cómo ha podido llegar?
-Con ayuda inesperada, como inesperada era mi acción.
El primer Canciller miró por encima del hombro del otro. Aunque el Notario no podía estar seguro de que lo pudieran distinguir entre las sombras, un desagradable temblor recorrió todo su cuerpo.
-Es indignante -dijo al fin el Canciller-. Venir aquí en persona, a mi Trinchera, en lugar de respetar las Normas y librar combate como debe ser, en el campo de batalla.
-Todos mis datos apuntan a una derrota de nuestro ejército -replicó el otro.
-Sabe que eso es imposible.
-Claro.
-Su ejército no puede ser nunca derrotado, puesto que entonces el mío ganaría la Batalla y no tendría contra quién luchar.
-Me temo que le estoy informando de hechos bien reales y correctamente constatados.
-Y usted…
-Yo… pretendo, ya que la Batalla está próxima a su fin, rematarla con un resultado favorable. Razonará conmigo en que es la solución más lógica, dadas las circunstancias.
-Esto es absurdo. Requiere que me fíe de tremendas tonterías, cuando mis tropas nunca han dado fe de tal estado de cosas en la eternidad que llevamos luchando.
-Efectivamente, debe fiarse de mí. En cualquier caso no tiene opción: aquí estoy, frente a usted, dispuesto a matarle.
-¡Por todos los demonios de la noche! ¡Mande a sus soldados y los míos les harán frente con gusto! Ha encontrado a mi Relojero. ¡Bien por usted! Ahora envíe a sus tropas hacia esta zona. -La mandíbula negra y roja del Canciller parecía a punto de desencajársele-. ¡Dígale a ése que se esconde detrás que se enfrente a mi ejército en el campo de batalla como traidor que es, y vuelva usted por donde ha venido! ¡¿Se da cuenta de que ha abandonado su sagrado puesto en su Trinchera, señor?!
El recién transformado Canciller no contestó a nada de aquello.
-Muera, señor, con todos mis respetos -dijo, y extendió un brazo hacia adelante, que se introdujo en el tórax del otro como si éste fuera un cuerpo blando y viscoso. Luego se escuchó algún mecanismo interno rotando y desplegando garfios y extremos puntiagudos, y la coraza del primer Canciller se resquebrajó suavemente vomitando aceite y líquidos grasos y oscuros.
-He ganado, señor. La Batalla ha terminado.
Luego, el Notario vio, aún más estupefacto, cómo el Canciller que había sido simple Aceitero comenzaba a trepar por la torre. Supo lo que iba a hacer: buscaba al Relojero, quien sincronizado con su homólogo del otro lado marcaba todos y cada uno de los eventos y ritmos de la Batalla. Y lo buscaba, sin duda, para dar término definitivamente a ésta. Una vez destrozado…
(ruido de piezas rotas y dobladas con la fuerza de los brazos)
…nada marcaría nunca más el tiempo…
(tuercas y ruedas cayendo por la torre levantando pequeñas nubes de polvo seco)
…ni establecería las consignas básicas para los Taquígrafos…
(gemidos de metales extendidos más allá de su tolerancia)
…ni formaría nunca más sus destinos…
(ominoso silencio)
El Canciller descendió con parsimonia y elegancia exquisitas. Cuando estuvo abajo, se limpió algunas marcas de su reluciente pecho y le miró.
-Sal, chico.
El Notario, una vez más, le obedeció.
-Me imagino que nuestro Relojero, a su vez, se habrá detenido.
-Qué… ¿qué pasará ahora… Señor?
El Canciller le sonrió. Luego, apenas unos instantes después, una luz roja intensísima lo comenzó a inundar todo.

___

El tiempo dejó de existir, aunque las cosas fluían y cambiaban. Pero era una especie de eternidad. El fuego rojo y morado del infierno se alzó en la distancia. Primero fueron unos pocos rayos sangrientos y sucios los que clavetearon la llanura marcando perfectos caminos sobre la tierra humeante. Luego se expandió esa herida que se había abierto en la noche, con rapidez, y la luz carmesí de una inmensa bola roja sustituyó por completo a la oscuridad.
Cuando la negrura desapareció comenzó a escuchar vibraciones, chirridos, gemidos, roturas, golpes. Se percató de que muchos de esos ruidos sucedían a su alrededor, pero no en la profunda y ancha zanja en que se encontraba ocultándose de ese ardiente sol, sino más cerca, tremendamente cerca: provenían de su propio cuerpo.
No, no de su cuerpo, sino de lo que lo rodeaba, que era otra cosa.
Lo que lo había cubierto hasta entonces se desgajaba por propia voluntad. Raspó su delicada piel (la de verdad), chocó parte con parte, esparciendo hierro y aceite, se desplomó, cayendo como una amorfia de negro y óxido al suelo, crujiendo inmóvil y humeante. Allí quedó aquella cosa que le había rodeado desde no sabía cuánto tiempo, desde siempre. Extrañamente inane.
Entonces sintió su verdadero cuerpo, delgado y delicado. Libre. Vaporoso. Blanco. Brillante. Cada vez más brillante. Pero no sólo brillante por fuera: también notaba cómo le brillaba la mente, cómo toda ella se iluminaba disipando las sombras.
Anduvo unos pasos hasta el borde de la zanja. Fuera de ella un mundo absolutamente luminoso y perfecto se extendía en todas direcciones, bello en su color reflejado de sangre gastada. Lo veía bien desde ahí, dada su altura, pero decidió observarlo mejor saliendo del agujero.
Su hermano, que estaba a su lado, le ayudó. Él hizo lo mismo después. Se enfrentaron, pues, juntos, al prodigioso amanecer. Dos siluetas sinuosas contra una espectacular esfera naciente de radiante grana.
Entonces vieron que no estaban solos en ese nuevo mundo. Había otros muchos como ellos; multitud de cuerpos idénticos, blancos y perfectos aún a pesar del salvaje contraluz, emergían a la llanura desde las dos zanjas, repartiéndose en dos grandes círculos concéntricos.
Sintió una inconmensurable sensación de felicidad en su interior. Era la que provocaba la luz que le iluminaba desde dentro y salía hacia el exterior, la luz que le inyectaba el sol, ese corazón enorme. Comprendió que todos sus hermanos brillaban por la misma causa. Se sintió pleno.
Cerró un momento los ojos y ni siquiera así retornó la asfixiante noche. Se preguntó intrigado qué palabra era esa:
noche. Había pasado infinito tiempo para recordar nada. Siguió imaginando luz, y le reconfortó, aunque no fuera real, aunque fuera su mente. Supo que incluso sus sueños estarían ahora bañados de esa luz intensa y cálida.
Notó levemente el roce espumoso de su hermano, que se alejaba hacia el interior de la llanura. Intentó por última vez recordar algo que hubiera sucedido antes del amanecer. Ya no pudo.


___


No había reloj ni marca alguna salvo un imperceptible (¿quizás ilusorio?) desplazarse de la bola ardiente del sol, que aparentaba tragarse el mundo. Más adelante algunos fueron conscientes de ese desplazamiento, pero sólo tras el transcurrir de muchos movimientos, muchas inspiraciones, muchas ideas y placeres de todos los hermanos, y no le prestaron mucha atención. Largos intervalos de vida se sucedían; el sol caminaba lento.
Antes de que se percataran de ese débil movimiento de la bola que les daba la vida, la hierba comenzó a florecer y a tapar los últimos flecos de sus recuerdos. Entre las grietas de la negra tierra emergieron tallos lustrosos, delgados y finos, que producían un zumbido constante, violáceos al principio, luego de un color que contrastaba radicalmente con la luz del cielo. Los tallos también brillaban; estaban vivos, como ellos mismos, y por tanto emitían la luz que les regalaba el sol rojo, como ellos mismos, pero transformada de otra forma. Cuando el sol hubo emergido casi por completo del suelo en la lejanía, cuando sólo un débil derrame umbilical lo unía con el mundo terreno, la llanura ya se hallaba cubierta de hierba suave e intensamente verde. Fresca bajo las plantas de sus pies. Húmeda y fresca. Y así pudieron dedicarse a saborear las gotas de superficies áureas y aceitosas que perlaban las hojas. Tardaron otra eternidad en aprender a apreciar aquella delicada sensación.


___


Decidió continuar imaginando. No había dimensión de tiempo contra la que correr, así que antes de abrir de nuevo los ojos y constatar que el sol se había movido otra vez, soñó que exploraba la llanura durante una eternidad más. Luego no supo si había sido un sueño, dada la cantidad de latidos de su corazón que había llevado.
Había montañas circundantes más allá de lo que había sido la zanja más grande, imposibles de traspasar, protectoras, rodeando los dos agujeros circulares concéntricos de los que ellos habían nacido, que terminarían por rellenarse de lluvia cobalto brillante, tierra negra y fértil y hierba verde. Vio el nacimiento de las flores de plata y acero sobre la hierba y los primeros árboles vanadio, echando raíces sobre los restos marrones, duros, rotos y antiguos, ya completamente olvidados. Soñó multitud de nuevas formas de vida nacidas al calor del nuevo sol, todas brillantes y de textura metálica, cuando cada cual encontraba a su pareja. Todos sus hermanos vivieron allí durante las interminables Eras del Sol Escarlata, estando seguros de que la luz que iluminaba el vergel era la misma que emanaba de ellos mismos. Vio a sus hijos: hijos hechos de luz; pequeños primero y revoltosos. Algunos viajaron a la Cordillera, admiración y temor. Algunos dibujaron lo que veían en la superficie de unas hierbas de hojas más gruesas y blancas. Él sintió curiosidad todo el tiempo, desde luego, y búsqueda. Un hermano descubrió una torre alta y deshecha en un rincón del prado, y se instaló allí para ser el faro más alto del mundo.
Abrió los ojos.
La bola de fuego había cruzado una gran porción del cielo y le inyectaba su energía por la parte posterior del cuello.
¿Pero existía el tiempo? Sus hermanos se habían movido efectivamente, andaban ajetreados aquí y allá, retozando en la hierba, comiendo frutos de piel plástica y dulce, aspirando pólenes especiados, durmiendo, riendo, criando, hablando. Eran los mismos de siempre.
Había estado despierto.
Había estado soñando.
El sueño, la vigilia, eran todo lo mismo para él. Otros hermanos eran curiosos, otros apreciaban la belleza. Él era capaz de soñar.
En cualquier caso todos y todo eran manifestaciones de la misma cosa: luz roja más o menos digerida.


_
__


Terminaron transcurriendo más eternidades aún. Los hermanos que se habían alejado hasta la Cordillera regresaron a gozar con ellos, puesto que no habían encontrado la forma de ir más allá, si es que había algo más allá. Procrearon más niños. Crecieron sanos y fuertes entre la hierba y los árboles, y nunca se herían ni dormían. Tampoco la hierba, ni los árboles, ni las flores.
La lluvia retornaba a refrescarles siempre que hacía falta. Caía de un cielo limpio que parecía condensarse en pequeñas nubes de plasma de vez en cuando. Las nubes repiqueteaban eléctricas en el aire.


___


Hubo un momento en que, en su imaginación, que ya sabía que era tan sustanciosa como la realidad (o al revés), escuchó un raro chasquido, como el arrancar de un reloj en el interior de esa torre con la que había soñado una vez… o no. Pero un chasquido indudablemente. Y de repente, aterrado de nuevo, un sentimiento que no tenía desde hacía innumerables eternidades, pero aún sin saber por qué, sintió el peso de una terrible y olvidada noche tomar sustancia.
Las luces se apagaron dentro de todos conforme aquel reloj que ya no sólo percibía él marcaba con más fuerza. ¿Por qué sentían aquello como una amenaza?¿Era porque nadie le había hecho caso al sol y eso había estado mal? ¿Un castigo porque todos habían terminado olvidándose de la bola roja que daba la vida, entregados a sus placeres?
Fuera como fuera, el sol descendía fatalmente por el otro horizonte: la luz se les agotaba. Vio la luz derramarse más débil, iluminar con menos fuerza y terminar trazando sólo unas pocas líneas.
Los últimos rayos se le clavaron en las entrañas dolorosamente.
De repente, olvidadas formas de vida que habían yacido muertas durante el trayecto interminable del astro, recobraron su movimiento ante la perspectiva de la nueva oscuridad. Tan numerosos como ellos: depredadores oscuros que surgían de grietas en el suelo y restos antiguos, procedieron a buscarles. Y les atraparon al azar. Y les devoraron.
Pero no les mataron: les encerraron dentro de esos cuerpos huecos y rígidos y sucios y viejos y estropeados que tenían; quizás buscaban renovar su fuente de energía, como el sol escarlata lo había sido para ellos.
Cuando el último ser de luz escarlata sucumbió, lo que coincidió con el último rayo del sol, que dibujó una traza perfecta sobre la hierba ya muerta, dos relojes debajo de sendas antiguas torres comenzaron a marcar su ritmo con súbita fuerza.
Todos corrieron inmediatamente a recibir órdenes.

 

© 2010 Juan Antonio Fernández Madrigal por el texto.
© 2010 MiquelÀngel Giner Bou (LaGRUAestudio) por las ilustraciones.

 

FernandezmadrigalJuan Antonio Fernández Madrigal. Aunque en las publicaciones le suelen presentar como “el escritor de Málaga” en realidad nació en Córdoba en 1970, y, efectivamente, reside en Málaga desde 1988. Trabaja como profesor en la Universidad de Málaga, intentando, como dice él mismo, “con mucho dolor y muchas horas enhebrar la investigación con la docencia, tarea que considera NP-completa (breve guiño para informáticos)”. En el ámbito del fantástico, he publicado abundantes relatos, su reciente producción recopilada en Magnífica víbora de las formas (AJEC) y las novelas Ciclo de Sueños (colección Espiral) y Umma (Parnaso). Se puede visitar su propia página, que usa como base de datos para acordarse de todo: http://jafma.net/ Hasta el momento, ha publicado, entre otros lugares, en Espiral, Artifex, 2001, Libro Andrómeda, Visiones, Fabricantes de Sueños, La Plaga, NiTeCuento, Qliphoth, CD de BEM, Vórtice y BEM on line. Su faceta de ilustrador es mucho menos conocida y en nuestro portal pueden ustedes disfrutar de algunas muestras de ella.

 

La Grúa Estudio es un equipo de diseño gráfico y dibujantes de cómics, con una trayectoria de muchos años plagados de éxitos.  Les aconsejamos que se paseen por su página web y disfruten de algunas muestras de su excelente trabajo.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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