EL ÚLTIMO HOMBRE,por Josep Martin Brown

Recuerdo ver, cuando era joven, a los viejos paseando bajo el sol ayudados por sus bastones. Parecían una caravana de condenados a muerte. Ya no hay hombres viejos en la Tierra, si nos olvidamos de mí, claro está.

Las personas –así es cómo les gusta ser llamadas ahora, solo personas- siguen obsesionadas con la prolongación de la vida, sin embargo nunca han reparado en mí y en el milagro que yo significo. Puedo decir, en la víspera de mi ciento cincuenta cumpleaños, que soy el último hombre vivo que ha hecho el amor con una mujer. En realidad, hace más de una generación que un hombre y una mujer no copulan. Sí, copular. Porque eso es lo que hacen el resto de los animales para reproducirse. A veces pienso que a las personas no les ha gustado nunca el sexo, que solo lo hacían conmigo por curiosidad. Sin embargo es difícil mantener este prejuicio después de leer la obra de Victoria Kazikowski, “Arqueología del empalamiento”. A las personas les gusta el sexo, pero entendido a la nueva manera.

Mi madre tuvo que pasar por una evaluación psiquiátrica para convencer al comité de natalidad de que su decisión de concebir un hijo varón por métodos tradicionales no era subversiva. Le advirtieron de que probablemente su hijo llevaría una vida de soledad y marginación social, y no se equivocaron.

Crecí  en un periodo de transición rodeado de mujeres, perdón, de personas, las cuales no tardaron en aventajarme en todos y cada uno de los aspectos de la vida. En realidad, las diferencias entre nosotros no se hicieron evidentes hasta que en octavo curso entré de lleno en la pubertad. Durante ese año mis compañeras de clase ya tenían su primera y última menstruación, mientras que a mí me crecía el pelo por todas partes y mi voz se iba haciendo cada vez más grave. Fue el año más feliz de mi vida. Estaba en la plenitud de la adolescencia y me encontraba rodeado de mujeres jóvenes y llenas de curiosidad. Fue una ilusión maravillosa. Hasta que alguien me consideró una amenaza y acabé mis estudios en el despacho de unos de los últimos profesores.

Casi medio siglo antes de que yo naciese, en la primavera de 2007, se comercializó en los antiguos EEUU el primer anticonceptivo femenino que suprimía la regla. Fue un fracaso total que a punto estuvo de llevar a la bancarrota a una de las compañías farmacéuticas más importantes de la época. Al menos hasta que se descubrieron los primeros efectos secundarios inesperados. Al principio el miedo a lo nuevo y los prejuicios hicieron que el anticonceptivo se hiciera con una cuota de mercado ridícula, sin embargo las pocas mujeres que habían apostado por él comenzaron a notar en ellas algunos cambios que sólo podían ser perceptibles a largo plazo. El primer efecto secundario detectado consistía en que el envejecimiento natural de la piel se ralentizaba y, en unos pocos casos, se detenía por completo. Cuando se supo esto la patente del producto había caducado, de tal manera que los pequeños laboratorios pudieron comercializar genéricos que, sin embargo, ya no eran vendidos como medicamentos, sino como productos de estética. Las mujeres jóvenes comenzaron a consumir este supresor de la regla pensando en su cutis, sin embargo las consecuencias del consumo prolongado y sistemático de este inhibidor de la menstruación iban más allá, mucho más allá.

Fue en la segunda generación cuando los científicos estuvieron en condiciones de afirmar que habían encontrado el cáliz de la vida eterna. Los supresores de la menstruación, afirmaban, ralentizaban el envejecimiento al revertir en beneficio de la mujer las energías dedicadas a la gestación. Bueno, en realidad no dijeron eso exactamente, simplemente abrumaron a la opinión pública con una marea de datos y fórmulas que muy pocos pudieron entender pero que transmitía claramente el siguiente mensaje: “Papas, si queréis que vuestros descendientes vivan mil años no tengáis hijos varones”.

“Papas…” Ahora ya nadie utiliza términos tan sexistas. Si nos olvidamos de mí, actualmente la raza humana está formada únicamente por mujeres eternamente jóvenes y completamente insatisfechas. Sin embargo la ausencia de varones no significa que no nazcan más bebés. Concebir una niña se ha convertido en algo imposible sin la ayuda de la tecnología, pero esto no quita que el nacimiento de un nuevo ser humano no siga siendo un hecho cotidiano. Hace faltan falta nuevas generaciones porque las mujeres, aunque son eternas, también enferman y fallecen a causa de los accidentes.

Ahora, en mi lecho de muerte, mientras evoco la caravana de viejos y viejas que caminaban apoyados en sus bastones, me pregunto por qué a los varones no se nos dio la oportunidad de disfrutar de la eternidad. La mayor parte mis compañeras de estudio siguen vivas y casi no han cambiado en ciento cincuenta años. La razón de esta desigualdad radica en que desde el principio pocos científicos se preocuparon por aplicar los nuevos descubrimientos a la fisiología de los varones. Muy pocos. Aunque hubo algunos bioquímicos, la mayor parte de ellos con hijos varones de corta edad, que durante los primeros años de aquella transición sí se aplicaron en el intento. Pero sin resultados. Las futuras madres, mientras tanto, o no tenían tiempo o no querían arriesgarse a ver cómo su hijo varón envejecía y moría antes que ellas, de tal manera que comenzaron a dar a luz única y exclusivamente a niñas. Excepto gente como mi madre y un puñado de mujeres más.

En realidad no fue tan malo ser varón en un mundo poblado casi exclusivamente por mujeres jóvenes. Nunca me faltó el dinero ni la compañía. Las mujeres de la alta sociedad pagaban mucho por acostarse conmigo. Si pudiera retroceder en el tiempo y corregir algunos errores… El dinero fácil que proviene solo del atractivo físico tiene fecha de caducidad. Me sentía como un Kent, como un juguete de plástico en manos de mujeres poderosas, pero no era consciente de ello. Solo cuando la vejez comenzó a amenazarme me di cuenta de lo trágico de mi destino. Pocos años después, mirarme resultaba ya tan repulsivo que casi nadie era capaz de permanecer mucho rato a mi lado. La humanidad había olvidado la belleza solemne de la vejez y las personas, cuando me contemplaban sentado al sol, ya no veían en mí a una proyección de sí mismas en el futuro, sino que se sentían asqueadas por lo que consideraban una deformidad. Poco a poco fui quedándome solo. Afortunadamente mi madre aún vivía por aquellas fechas y cuidó de mí como si fuese su abuelo. Fue muy triste para ella. Pero eso no justifica su suicidio.

Desde que se mató estoy totalmente solo. Como esos viejos cuyos seres queridos dejaban abandonados antaño y que sólo se acordaban de ellos a la hora de repartir la herencia. Si no fuera por la gente de la universidad que me descubrió, me habría muerto de hambre y asco. Sé que estas mujeres solo ven en mí a un sujeto de estudio y que aunque intenten mostrarse amables conmigo, comparten a mi lado mis últimos días para poder registrar cómo me voy apagando. Katrina me ha animado a que escriba mi historia y al hacerlo me he dado cuenta de que este va a ser mi testamento. No es mucho, pero al menos suficiente para captar la atención de estas hermosas jóvenes que me atienden. A fin y al cabo era lo que más ansiaban aquellos viejos que paseaban bajo el sol, no ser definitivamente olvidados.

© Josep Martin Brown 2010

Puede leer la entrevista a este autor realizada por Sergio Gaut vel Hartman, pinchando aquí.


Josep Martin Brown es un seudónimo literario, por lo que su verdadero nombre no tiene importancia. Pero corresponde decir que este individuo, cuyas iniciales son APG, nació en 1974 en Castellón de la Plana y que desde sus primeros meses de vida destacó por ser un niño hiperactivo, inquieto, que a los ocho años de edad dejó de soñar con convertirse en físico nuclear y se concentró en un objetivo más ambicioso: llegar a ser el científico loco que conquistase el mundo por primera vez. Una vez caído este proyecto por culpa de la adolescencia y el culto mariano, ingresó a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia, y de allí regresó, con el título correspondiente y un puñado de respuestas en su haber. Su siguiente proyecto, a los treinta, luego de una aventura laboral, fue formar una familia y enriquecerse para comprar un equipo de fútbol… Pero mientras ponía eso en marcha, un día, relajado en la playa leyendo Dune, decidió sería escritor de ciencia ficción. Habría tiempo para conquistar el mundo en otra ocasión. Alérgico al realismo, Josep prefiere ser considerado un teórico de lo plausible antes que un escritor de novelas baratas, por lo que actualmente trabaja en una saga cuya primera novela, Azul y Luna, ya está terminada y la segunda en franco progreso. Al mismo tiempo, su relato “El eslabón perdido” apareció en la antología Cefeidas, Mandrágora, 2009, y la recopilación de relatos “Perversiones: cuentos populares” ha sido muy bien recibido por una editorial (cuyo nombre no revelaremos) que se propone publicarla próximamente.

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