DE AROMAS, por E. Verónica Figueirido

Presentación

De Aromas surgió del intento de responder a una pregunta: qué lugar ocuparían los habitantes del “tercer mundo” a la hora de participar en la colonización del espacio… colonización liderada por las grandes potencias. Pero en el camino se mezcló con mi interés de siempre por la cocina  y sus posibilidades. Después de todo, no importa qué otra cosa hagan los viajeros espaciales, van a tener que seguir comiendo.

E. Verónica Figueirido

De Aromas

por E. Verónica Figueirido

ilustraciones de MiquelÀngel Giner Bou (LaGRUAestudio)

 

Para mayor tranquilidad, ya había pesado el equipaje antes de salir. Ahora solo tenía que declarar ese peso y, si todo salía bien, esperar la orden de embarque.

No tuvo problemas. En realidad, casi ni prestaron atención al equipaje. Lo suficiente como para asegurarse de que el peso era el correcto, y nada más.

El alivio que sintió lo animó un poco. Pero realmente, ¿qué razón hubieran tenido para revisar su ropa interior?

Los funcionarios estaban demasiado agotados como para detenerse en cada pasajero. Y, ¿Para qué? ¿Para cuestionar esos pocos efectos personales que se les permitía llevar? Pocos, muy pocos efectos personales.

Se dirigió a la sala de embarque, a esperar el llamado. Lo colmaba un mar de gente. Madres, padres, e hijos. Algunos parientes y amigos que despedían a los que viajaban. Abuelos con lágrimas en los ojos diciendo adiós a los nietos que sabían no volverían a ver.

Tomó asiento, y, mientras esperaba, algo nervioso por el cambio que se avecinaba, se preguntó una y mil veces si él, Germán Marquéz, estaría haciendo lo correcto. Más de una vez estuvo tentado de volver atrás y regresar al refugio de su hogar. Si aún tuviera hogar.

Pero no había pasado por todo esto para descorazonarse antes siquiera de partir. Con un suspiro, se puso a mirar la pantalla más cercana. Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaban transmitiendo un programa infantil. Debía haberse dado cuenta, por la cantidad de chiquilines instalados frente a ella. Bueno, era una forma de tenerlos tranquilos en un lugar como este.

Por entre el ruido que lo rodeaba escuchó la primera llamada. Otro suspiro. Era definitivo. Miró a su alrededor, nadie había venido a despedirlo. Tampoco lo había esperado. El era anónimo. Uno más entre los que viajaban sin esperanza de retorno. Solo se iban los que no tenían nada que perder. O aquellos románticos que todavía creían en la aventura.

Se puso en la fila de los que embarcaban en tercera clase. Asientos transformables en cuchetas. Comida Standard y un sanitario por piso.

Con una impersonal sonrisa, una azafata le ajustó las correas de seguridad.

—No intente desatarse por usted mismo. Cuando necesite levantarse, pulse el botón —señalando el botón de llamada — Alguien vendrá para ayudarlo —le dijo, aunque en la preparación para el viaje ya se lo habían advertido. Una vez adecuadamente sujeto Germán, la mujer se dirigió al siguiente pasajero, con la misma  profesionalidad cortés.

Miró a sus vecinos de asiento. A la derecha tenía a una mujer de unos treinta y tanto, lo suficientemente joven como para que se le permitiera el viaje, y lo suficientemente mayor como para tener conciencia de lo que afrontaba. A la izquierda, a un hombre de edad incierta, que miraba nerviosamente hacia atrás. Pronto fue evidente que viajaba con su familia, pero esta se encontraba a varias filas de asientos de distancia.

—Mi esposa y los niños. Son dos —dijo distraídamente, como para justificarse.

Germán asintió en silencio. Pero no pudo evitar el pensar si el hombre tenía idea de lo que estaba haciendo.

Sintió un estruendo y una fuerza que lo aplastaba contra el asiento. Algunos niños y no tan niños gritaron. Toda la preparación a la que debieron someterse pareció haberse evaporado en esos segundos que duró la presión que amenazaba deshacerlo. Luego, todo pasó.

Las azafatas iniciaron su ronda, calmando a los más nerviosos y asegurándose de que no hubiera habido heridos. En estos casos, nunca se sabía. Pero no. Todo bien.

Luego de un lapso prudencial, se comenzó a servir un refrigerio. Un pasajero alimentado es un pasajero que no da problemas. Ese era desde siempre un consejo de oro para las compañías de navegación.

El hombre al lado de Germán pidió la ayuda de una azafata para levantarse e ir a ver a su familia. Esta llegó y le puso los zapatos magnéticos y le soltó las correas. Luego lo acompañó hasta donde se encontraba la esposa con los hijos.

El tiempo transcurrió bastante monótonamente, con niños chillando y llorando y padres aburridos y casi histéricos intentando calmarlos. Un par de películas ayudó bastante, aunque no faltó quien objetara el tema elegido.

Fueron dos días, donde solo se sabía si era día o noche por la claridad artificial o la falta de ella.

Pero al fin todo se acaba, y el transporte llegó a destino. El descenso fue más suave del que los aprensivos pasajeros anticiparan.

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Le habían dicho que no revisaban los equipajes al arribo, pero uno nunca está seguro. Quizás se confiaran en que lo habrían hecho allá, en el punto de partida. De todas formas, pudo comprobar que por una vez la información era correcta. Un cansado empleado colonial tomaba nota de los nombres de los pasajeros y apenas sí levantaba la vista de la pantalla.

—¿Nombre? —preguntó por enésima vez.

—Germán Marquéz.

—¿Destino?

—Colonia Espíritu Santo.

—Por allá —le indicó una larga cola.

Arrastrando la valija, Germán se puso en la cola. Hombres y mujeres de rostros ansiosos. Unos cuantos niños. El vecino de asiento junto con los suyos.

—¡Hola! —dijo, visiblemente aliviado de ver una cara conocida —¿También para Espíritu Santo?

Germán asintió.

—Me llamo Julio. Julio Glen. Ella es mi esposa Nora y los mellizos Rosa y Mario.

Germán los saludó con un gesto. No tenía muchas ganas de entablar relaciones.

La mujer, Nora, tampoco parecía tener muchas ganas de hablar. Se le notaba cansada, sin duda por la tensión del viaje.

No debía haber sido fácil mantener tranquilos a los niños en semejante travesía.

—Soy químico —dijo el hombre. Señalando a su esposa, sentada sobre una de las valijas, con el niño en brazos y la niña a sus pies, agregó:

—Ella es técnica en hidroponía.

Germán asintió, pensando si también debía decir su profesión, pero afortunadamente fueron interrumpidos. La cola comenzó a moverse. La mujer de Julio Glen se levantó y depositó al pequeño a su lado. El esposo tomó a la niñita de la mano y la esposa hizo lo mismo con el niño.

—Solamente veinte por coche —anunció una voz femenina.

Debían tener varios coches, pues la fila se acortaba sin detenerse.

—Es una cinta sin fin —dijo Julio Glen.

Germán lo miró sin saber a qué se refería.

—Por donde van los coches. Es una cinta sin fin. Deja a la gente y sigue hasta volver aquí.

Glen y su familia fueron los últimos de su tanda en abordar. Casi queda uno de los niños, pero afortunadamente un pasajero cedió su lugar.

Llegó el turno de Germán. Junto con otros diecinueve abordó el coche que le llevaría a su nuevo hogar.

Sentado sobre la valija, mirando sin ver a otros también sentados sobre el equipaje, dejó correr los pensamientos, hasta que comenzó a dudar de que realmente estuviera ahí, a esa increíble distancia de todo lo que conociera hasta el momento.

El coche se detuvo y se abrieron las puertas. Desde afuera, un hombre y una mujer les instaron a salir.

—¡Cuiden su equipaje! ¡Lo que se olvida queda por perdido!

Todos aferraron sus magras posesiones y salieron del vehículo. En cuanto  hubo salido su último ocupante, las puertas se cerraron y el coche continuó viaje. Una cinta sin fin. Germán se preguntó que habría más allá.

Compartiría un dormitorio comunal, junto con otros hombres solos. A su debido tiempo, si las circunstancias lo permitían, le dijeron, podría acceder a una habitación individual. Quizás. Posiblemente. Vagamente.

 

—Germán Marquéz. Cocinero.

—Chef — corrigió Germán.

La mujer lo miró sin interés.

—Cocinero —le entregó un distintivo de algún material sintético —Corredor seis, pasillo nueve. Preséntese ante la Jefa de Servicios.

Quiso preguntar ¿Dónde?, pero  la mujer ya estaba con otro recién llegado.

Corredor seis, pasillo nueve. Tardó un buen rato, pero al fin estaba más o menos encaminado.

—¿La Jefa de Servicios? —le preguntó al primero que encontró.

—¡Mariel! — gritó el hombre por toda respuesta.

De alguna parte surgió una mujer corpulenta y de cierta edad. Por primera vez Germán se dio cuenta de que hasta entonces no había visto a ninguna persona mayor. Debía de haber llegado con el primer grupo, los que crearan la colonia.

Germán le mostró el distintivo pero la mujer no le prestó mucha atención. Simplemente le preguntó el nombre y el oficio.

—No hay mucho aquí para  que un cocinero se destaque — le dijo secamente, como preguntándose como había logrado conseguir cupo para la colonia, con un oficio semejante.

Germán no se molestó en decirle que no era un simple cocinero, sino un “chef”. De alguna forma, no parecía que hubiera alguien interesado en saberlo. Se sintió más pequeño y solo.

Así comenzó su nueva vida.

Realmente la enorme cocina no era el ambiente más propicio para desarrollar la creatividad. Todo el día entre unas papillas poco apetitosas, a las que había que agregarle lo que las hacía más o menos distintivas. No quiso averiguar demasiado el origen de esas blandas masas, aunque sospechaba que no debía de ser algo que se diera en la naturaleza. Su tarea, junto con otra media docena de personas de ambos sexos, era ocuparse de que cada uno de los colonos recibiera su ración. Tal cantidad para los adultos, y tal cantidad para los niños. Había ciertos otros alimentos, como leche en polvo y algunas verduras deshidratadas, pero eran para casos especiales.

El primer día casi no pudo contener su asco.

—Uno se acostumbra —le dijeron.

Ese fue otro de los momentos en que se arrepintió de haber abandonado su terruño. Años estudiando, y al fin lograr ser el Chef de un restaurante medianamente respetable, para terminar en un gran recinto sirviendo algo que ni se podía llamar comida a un montón de colonos casi desesperados.

Mas aún poseía su tesoro, oculto entre la ropa interior en su valija. Solo necesitaba una oportunidad.

—¿Qué condimentos usan? — preguntó asombrado, casi en el mismo instante en que piso la cocina.

—¿Condimentos?

—Sí. Sal. Pimienta. Hierbas. Nuez moscada.

—No tenemos nada de eso. Algo de sal, sí. Pero hay poca.

—¿Las otras colonias están igual?

—¡Oh, no!  Depende.

Estuvo a punto de preguntar ¿Depende de qué?, pero se lo imaginaba. Dependía de a quien correspondía la colonia. Si era de un país rico, seguramente no les faltaba nada. Si era de un país no tan rico… Uno tenía que arreglarse con lo que tenía.

El tenía su tesoro.

Los días siguieron su curso. Días y noches artificiales, sin relación alguna con el día y la noche del exterior. Temperatura estable, ni frío ni calor. Monótono y seguro.

Cuando ya creía que se volvería loco por tanta monotonía, tuvo ocasión de acceder a la superficie, y se quedó extasiado.

Era la primera vez que contemplaba ese paisaje. Áspero, polvo y piedras. Un frío que helaría los pulmones a cualquiera si antes no lo mataba la falta de oxígeno. Pero a la vez bellísimo.

Por esto era que había dejado atrás su vida anterior.

—¿Qué es esto? —preguntó un día, al llegar a su puesto y ve una pila de algo que parecía lechuga. Una lechuga pálida.

—Vegetales —le contestaron.

—Ya veo. Pero, ¿de donde salieron?

—De la granja hidropónica. Se cosecharon antes de lo pensado.

¿Granja hidropónica? Ni se había acordado que tal cosa existía. Entonces le vino a la mente:

“Mi esposa es técnica en hidroponía”. Julio Glen, el hombre que conociera en el transporte.

¿No pudieron cultivar una verdura menos sonsa?, casi dice en voz alta.

Su expresión debió haber delatado sus pensamientos, pues:

—Es mejor que nada. Y dicen que pronto habrá tomates.

Esa tarde, en un momento libre en que el dormitorio estaba desierto, sacó su tesoro. Bueno, parte al menos. Luego, se escabulló hasta la granja hidropónica. Tuvo que preguntar un par de veces y otras tantas se perdió, pero he aquí que la tenía delante.

Una gran caverna artificial, brillantemente iluminada y caldeada casi hasta la exageración, con largos piletones desde donde se desbordaban tallos y hojas.

—¿Le puedo ayudar? —una voz a su espalda.

Era la mujer de Julio Glen. Nora.

—Es usted. Hola — dijo, visiblemente animada de ver un rostro casi familiar.

—Hola —respondió Germán —Quería ver esto.

—Todavía no hay mucho que ver. Hasta ahora solo cosechamos lechugas. Y falta un poco para los tomates. Quizás zapallitos. Es que no hace demasiado tiempo que se hizo la instalación.

Espíritu Santo era una colonia nueva.

—¿Algo de fruta?

—Todavía no. No tenemos tanto nutrientes como los que necesitaría un árbol frutal.

Germán sonrió. Era una suerte ver una cara más o menos amiga. Se llevó una mano al pecho.

—Si yo le diera, digamos, algunas semillas, ¿Podrían intentar algo con ellas?

—¿Dice usted “plantarlas”?

—Lo que sea.

—Se podría intentar —la mujer lo miró con suspicacia —Claro que yo no estoy a cargo. Mi jefa tendría que aprobarlo. Pero…

No era la respuesta que esperaba Germán.

—Mejor olvídelo —dijo.

La mujer lo miró.

—Exactamente, ¿de qué hablamos?

—Ciertas hierbas. Salvia. Cebollino. Orégano.

Para empezar.

Ella lo miró asombrada.

—¿Hierbas para la comida? ¿Eso quiere que plantemos?

—¿Por qué no? ¿No le parecen necesarias?

Nora se encogió de hombros.

—No sé. Nunca les presté mucha atención.

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Germán estuvo a punto de largarle un discurso acerca de la buena comida, pero le pareció un esfuerzo inútil. Los aderezos culinarios no debían haber figurado en el repertorio de la mujer.

—Está bien — dijo ella por fin — Supongo que podremos hacerles un lugar.

Germán casi toca el cielo con las manos. Sacó el sobre del bolsillo interior de su chaqueta y se lo dio.

—Tiene que… —comenzó a decir, pero  se interrumpió. No tenía sentido darle consejos a esta mujer. Seguramente haría lo posible para que sus preciadas hierbas crecieran lozanas.

Se despidió esperando lo mejor.

Esa noche, acostado en su cucheta, se sentía con más ánimos que nunca desde que llegara. Por primera vez en semanas (seguían el tiempo del viejo hogar), la proximidad de tantos cuerpos a su alrededor no le causaba agobio. Oía la respiración pausada de sus compañeros dormidos, alguno que otro ronquido, un suspiro o dos, pero… Tenía esperanza.

Una cosa pequeña, quizás. A pocos importaría. Solo a él, quizás.

Aunque… una mejora en el gusto de la comida podría valer más que algún gran descubrimiento científico. Por lo menos para la moral de la gente.

Todavía le quedaba parte de su tesoro.

Los primeros tomates fueron bienvenidos. Hombres y mujeres crecidos se los disputaban como si fueran niños. Y estos los devoraban como golosinas.

El sabor no estaba mal, pero no se comparaba al de los tomates creciendo al sol. Si todavía hubiera tomates madurando a pleno sol.

Unas cuantas semanas más tarde recibió el mensaje de ir a la granja.

Allí, sus plantas crecían y prosperaban, en medio de los cultivos autorizados.

Germán arrancó una hoja tierna de salvia. La estrujó entre sus dedos y aspiró su aroma. Olía a guisos. Un pollo tierno en un fondo de cebolla y papas cortadas. Se le hacía agua la boca al recordar a  manjares perdidos.

Pronto comenzó a correr el rumor de que cuando Germán se ocupaba de la comida, esta tenía un cierto gusto distinto.

Hasta era casi apetecible.

Lo siguiente fue la albahaca, cuyas pequeñas semillas llevaran el germen de tanto aroma.

Al servir la salsa de tomate con albahaca, todos se preguntaban como habría llegado eso allí.

—De las colonias del este pidieron algunas plantas. No se como se enteraron de que las teníamos.

Julio Glen y su esposa se habían hecho amigos de Germán. En realidad, eran sus únicos amigos.

—¿Lo sabe tu jefa?

—No. De alguna manera todavía no tiene idea de nada.

Eso sí que era increíble. Aunque después de conocerla, Germán pudo comprenderlo mejor. Esa mujer apenas sí sabía lo que pasaba bajo sus narices.

—¿Qué pueden ofrecernos?

—Tecnología. Quizás puedan darnos los nutrientes como para hacer crecer plantas de mayor porte. Y piletones más profundos. Y el medio estéril en cantidad suficiente como para que quepan las raíces.

—¿Árboles frutales? ¿Naranjas y limones?

—Tendríamos que conseguir semillas. Pero sí, esa es la idea.

Germán estaba entusiasmado.

—Duraznos, ciruelas —soñaba.

—No exageres. Empecemos con algo más modesto.

—Tienen frutillas —aportó Julio. No requerían demasiado despliegue.

—Eso podría funcionar.

—Démosles lo que piden —dijo Germán —Y que nos den algunas plantas de frutillas.

—De acuerdo —dijo Nora.

Germán ya se había dado cuenta de que en realidad quienes manejaban la colonia eran los subalternos. Técnicos, los de mantenimiento, empleados de enfermería, y por qué no, cocineros. Los jefes estaban ahí arriba. Normalmente, ni se enteraban ni se preocupaban por lo que hacían o dejaban de hacer sus empleados.

El resto de las colonias funcionaba de la misma manera. El intercambio fue hecho, y misteriosas cajas llegaron a la granja hidropónica.

El segundo tesoro salió a luz. Algunos carozos de durazno y de ciruela, algunas semillas de limón y de naranja, cada uno envuelto cuidadosamente.

—¿Cómo pudo conseguir algo así?

Germán no respondió a la pregunta. En cambio:

—¿Qué posibilidades hay? —le preguntó a los incrédulos técnicos de hidroponía. A estas alturas, casi todo el personal estaba al tanto.

—No sé. Años. Eso, si prenden.

—Intentémoslo — dijo alguien.

Los demás estuvieron de acuerdo.

La granja hidropónica rebosaba de vida. Los zapallitos, con sus enormes hojas que parecían inundar el recinto; zanahorias tiernas; a un lado, el experimento con el maíz. Hasta ahora, solo habían ofrecido un par de mazorcas.

Las plantitas de frutillas crecían bien, arrastrándose a lo largo de los piletones. Ya presentaban algunos capullos que eran la promesa suculenta de un banquete.

Pero eso sería recién en algunos años. Hasta entonces, solo algunos privilegiados gustarían de ellas.

En cuanto le era posible, Germán subía a la superficie. Allí, en el refugio, se quedaba un rato, mirando el panorama por la mirilla. Si tenía suerte, veía el viejo hogar, el globo blanco y azul. En alguna ocasión hasta le pareció divisar su terruño natal. Pero debió ser su imaginación, pues desde esta distancia poco era lo que se podía distinguir.

Los tomates se habían acabado por un tiempo. Ahora les llegaba el turno a los zapallitos. Quizás no la verdura favorita en circunstancias normales, ahora era la preferida de todos. La cosecha ofreció suficientes como para hacerlos en diversas formas. Solo necesitaría huevos para poder hacer budines o tartas. Pero, salteados, guisados, rellenos (con esa informe pasta que normalmente comprendía la dieta de todos), siempre aromatizados con las hierbas que proporcionara Germán.

Realmente, había habido un cambio en la cocina.

—Necesitamos huevos.

—¿De dónde vamos a sacarlos?

—De las gallinas.

—No hay gallinas.

—Ya sé. Pero, ¿no hay unos que están trabajando en un proyecto de clonación?

—Sí. Los de la colonia Tempestad,  pero están en otro nivel que nosotros.

—¿Qué les podemos dar?

—No creo que tengamos nada que ellos quieran.

Su último tesoro. Casi.

—¿Café?

—Un grano de café. Tal como salió de la planta.

—No podemos plantarlo aquí.

—Nosotros no. Pero quizás…

Fue suficiente como para conseguir el abastecimiento de huevos. Bueno, no exactamente huevos, ya que no había gallina implicada, pero lo que podría pasar por huevos. Podían ser utilizados en la misma forma que aquellos puestos por los métodos tradicionales.

Sus tartas fueron un éxito.

Para entonces, hasta los más altos mandos se habían dado cuenta de que algo ocurría. Sus menús eran normalmente algo más variados que los del resto, pero por alguna razón (cierto espíritu de venganza, quizás), no habían recibido las nuevas adquisiciones. Ahora reclamaban su parte.

Al comienzo, intentaron quedarse con los beneficios, pero desistieron en cuanto amenazaron los disturbios. Al fin, amablemente les sugirieron que se dedicaran a lo suyo y el resto de la población se dedicaría a lo suyo, que era, hacer un nuevo mundo lejos de la vieja casa. Si no estaban de acuerdo, nadie se opondría a que se marcharan y regresaran a su antigua vida.

Todos sabían que tal cosa no era posible.

En unos pocos años tuvieron duraznos y ciruelas y hasta limones y naranjas. Pronto tendrían suficiente cantidad como para venderle a las otras colonias. Mientras, se cuidaba de que ninguna semilla o carozo saliera de Espíritu Santo.

Las frutillas crecieron y se propagaron. El café todavía era un problema, pues había que importarlo a precio prohibitivo de la colonia de Tempestad, pero Nora trabajaba en eso. Tenía ciertas ideas, que implicaban el envío de algunos agentes con ciertas órdenes no demasiado legales.

El comedor comunitario se había convertido en algo más parecido a un restaurante, y quizás pronto sería eso tan solo, cuando los residentes pudieran comenzar a preparar sus propias comidas en sus propios hogares. Los que así lo quisieran.

Era Chef. El único Chef en todas las colonias. Y cada tanto requerían sus servicios en otras partes del globo, y él iba, cobrando su experiencia a precio de oro.

La colonia de Espíritu Santo comenzaba a ser tomada en cuenta. Con sus productos tan inusuales, cubría el nicho que nadie se había dado cuenta que faltaba. Mientras allá abajo, en el viejo hogar, día a día desaparecían más sabores, aquí se los hacía renacer.

A Germán aún le quedaba su último tesoro. Un par de granos de cacao. Solo esperaba el momento necesario.

© 2010 E. Verónica Figueirido por el relato

© 2010 MiquelÀngel Giner Bou (LaGRUAestudio) por las ilustraciones.

 


E. Verónica Figueirido nació en 1956 en la ciudad de Buenos Aires, pero desde 1992 vive con su familia en Necochea.  Miembro fundadora del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía, fue una de la siete personas que asistieron a la primera reunión, en el bar Tobas de Buenos Aires, grupo que fue conocido desde entonces como “los siete de Tobas“.  Sus primeros cuentos aparecieron en los fanzines pioneros de la Argentina: Sinergia, Nuevomundo y Cuasar.  Luego participó en la dirección de Vórtice y Galileo, lo que no impidió que siguieran colaborando con otras publicaciones, y hasta con un par de traducciones (al inglés e italiano).  En 2007 la colección Espiral incluyó su novela La gente del cielo. Últimamente ha tenido varias apariciones en la revista electrónica AXXON.

La Grúa Estudio es un equipo de diseño gráfico y dibujantes de cómics, con una trayectoria de muchos años plagados de éxitos.  Les aconsejamos que se paseen por su página web y disfruten de algunas muestras de su excelente trabajo.

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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