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ROMA ETERNA. La Eneida del año 2000, de Robert Silverberg

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Roma adoptó y adaptó con Constantino el cristianismo como religión oficial, que era lo políticamente correcto y favorecía sus intereses. La Iglesia cristiana, máxime cuando abandonó su estructura patriarcal para centrarse en Roma y escogió el latín como lengua propia, heredó del Imperio sus leyes, su cultura y sus costumbres. Que fue también el origen de su desaparición es la tesis sostenida por el historiador inglés Edward Gibbon en su Decadencia y caída del Imperio Romano, por más que hoy se sostenga que la adopción de una religión única y excluyente reforzó el poder del Estado y retrasó la caída del Imperio. Y sobre Roma levanta su ciclópea construcción ucrónica Robert Silverberg, tan buen conocedor de la Historia como narrador de historias, que nos cuenta cómo subsiste hasta hoy un invencible, infalible e infatigable Imperio Romano, protegido por los dioses.

La ucronía no funciona siempre, sólo cuando se construye con talento y ésta lo tiene, se disfruta en ella con la grandeza del Imperio Romano alternativo, recreado con TAL detalle que se  hace casi  plausible: Silverberg nos lleva a donde quiere llevarnos y ése es su talento. Cabía esperar lo mejor de su retorno a la ucronía y, de hecho, es su mejor libro desde sus míticas producciones de los 70.

La narración se desarrolla en un fix-up de diez capítulos y un prólogo que aparecieron como relatos independientes en diferentes revistas, aunque el autor guardó los mejores para el libro. Cada capítulo saca a la luz la resolución de una de las crisis que padeció Roma en esta cronología alternativa. Como escribe Suñer en El sitio de ciencia ficción, hay pasajes apasionantes y verdaderamente consistentes, aunque otros se quedan en simples anhelos de Silverberg. La hemos llamado la Eneida del año 2000, pero entiéndase en qué sentido, porque no hay nuevos Rómulo y Remo, los hechos no revisten carácter mítico ni de epopeya, los relatan con la sencillez de un suceso cualquiera unos personajes secundarios, o “voces de la multitud”, que simplemente estaban allí en momentos decisivos que más de una vez aparecen a primera vista como triviales.

Los capítulos se titulan según la datación romana A.U.C., ab urbe condita, desde la fundación de Roma en nuestro 753 a.C., un calendario que encierra un aire como de réplica al etos kosmou de otro fix-up, el exitoso Agente de Bizanciode Harry Turtledove. La mayoría de los relatos tiene lugar en provincias imperiales, incluso ultramarinas, mientras que la capital aparece escasamente representada como centro de la acción. A Silverberg le atraen los “subterráneos” del Imperio y los perdedores, los que derrotó ese Imperio. (Dicho sea entre paréntesis, también parece simpatizar con los vinos de los territorios de Roma).

Todo ello forma parte de la ambientación, mientras que el  postulado de partida llega de la mano del pueblo hebreo. Silverberg tiene ascendencia judía y, aunque hasta el final apenas aparece algún miembro de esta comunidad y siempre como personaje secundario, la sombra del pueblo hebreo flota sobre la trama a lo largo de todo el libro: a la idea del Imperio Romano eterno en nuestro mundo se contrapone la del pueblo elegido por Dios para la vida eterna en el otro.

En el prólogo, un historiador cuenta a un colega cómo hubo un pueblo, descendiente de una tribu nómada del desierto, que creía ardientemente en la existencia de un único y majestuosos Dios que les había prometido una patria en la Siria Palestina. Casi diecisiete siglos atrás, cautivo en Egipto, un caudillo carismático llamado Moisés había intentado conducirlo en un gran éxodo al territorio prometido, pero la empresa fracasó estrepitosamente, siendo masacrado por las fuerzas del faraón. Ni hubo Israel ni surgió de Judá un Mesías que predicara una religión nueva, por lo que, en esta terrible hipótesis para el cristianismo, Roma no se convirtió nunca al monoteísmo y ello fue causa de que no la sometieran los bárbaros. Este erudito pretende escribir una ucronía en la que las aguas que habrían de atravesar los hebreos se abrieran a su paso para cerrarse luego sobre los egipcios, propiciando la huida de los fugitivos.

Y la ucronía se insinúa ya en este prólogo, al decir que el otro historiador estaba investigando la política religiosa del sucesor de Caracalla en el 217, que fue el emperador alternativo Tito Galio, en la realidad un comentarista de Virgilio, en un guiño de Silverberg al lector sobre el autor de la Eneida. A diferencia de los reales de su tiempo, Tito Galio fue un magnífico césar que enderezó el perdido rumbo del Imperio.

Robert Silverberg

Silverberg presenta siempre la historia de Roma ad narrandum, no ad probandum, que arranca de verdad en el hermoso episodio “Con César en las catacumbas”, datado en el 529, en una Roma que no ha cedido al empuje de los bárbaros y ubicado bajo la superficie de la civitas, del que no se pueden levantar los ojos hasta terminar su lectura. Su protagonista es el futuro César Maximiliano Tiberio Antonino, Maximiliano III el Grande, que aparece como un divertido segundón hasta que la muerte de su hermano mayor le lleva a suceder a su padre.

Como buen americano que es, Silverberg piensa que basta la voluntad de un hombre excepcional frente a un gran peligro exterior para cambiar el curso de los acontecimientos, de modo que poner un gran capitán al frente de las huestes del Imperio acarrea la derrota de los bárbaros. Maximiliano gobierna con mano de hierro, a la manera del modelo shakespeariano de Falstaff o Enrique V.

En este primer relato se da una cierta nostalgia por lo que se ha perdido -en aquello que hemos perdido es donde existimos más plenamente-, que también va a gravitar sobre la escena a lo largo de toda la obra. Esta nostalgia la comparte especialmente con el otro gran capítulo, el penúltimo, “Cuentos de los bosques de Vindebona”, datado en 1970, cuya acción transcurre en los bosques de Viena durante la Segunda República Romana y lo protagonizan un niño y el último descendiente de los emperadores.

Figuran entre ambos las historias que narran los sucesivos avatares de Roma. “Un héroe del Imperio” pone fuera de escena a Mahoma, lo que impide la propagación del Islam por las riberas del Mare Nostrum. “La segunda invasión” supone un punto de ruptura total con nuestra Historia, con el enfrentamiento de las legiones romanas con los mayas y la fundación de Nueva Roma al otro lado del Océano, un relato que merecería figurar en cualquier antología de relatos de aventuras.

“A la espera del fin” y “Una avanzada del reino” narran las pugnas con Bizancio en las que la balanza se inclina a uno y otro lado hasta caer definitivamente del de Roma, tras pagar ésta el precio de sus expediciones allende los mares. Aparecen luego tendencias negativas retrógradas en “Lo que cuenta el dragón” y “El reino del terror”, donde un cónsul intenta preservar el Imperio por el pánico, lo que retrasa la llegada de las necesarias transformaciones, pero en “Via Roma” terminan por llegar el Renacimiento y la Revolución y se afirman naciones como la gala, la bretona, la teutona y la hispana y se baila el vals en Vindebona en 1900.

En el emotivo último capítulo, “Hacia la Tierra Prometida”,  en unos setenta alternativos de los reales del siglo XX, tres mil años después un nuevo Moisés intenta conducir a su pueblo a la nueva tierra de promisión, ahora más allá de las estrellas. Curiosamente, en esta Segunda República Romana queremos atisbar vestigios de las comunas hippies de nuestro mundo.

Como se lee en “Fake for Real”, lo más novedoso de toda la novela es la propia Roma, que aún plagada de personajes recurrentes, generales ejemplares y emperadores megalómanos como los que se dieron en la realidad, el talento de contar de Silverberg la hace aparecer hermosamente nueva y plausiblemente eterna. Silverberg reconoce que, para que haya tenido lugar cuanto narra, han tenido que conjugarse multitud de factores en continuo cambio, todos favorables a Roma, que para eso es la protegida de los dioses.

Se trata de una fascinante novela de aventuras y ciencia ficción ucrónica, escrita para el mainstream, que no hace concesiones al hard. La tecnología apenas si aparece de un modo incidental en los primeros relatos, para sólo en el postrero mencionarse la fotografía, las linternas -de carburo- y un cohete espacial. Todo el libro está impregnado de un barniz de “fantasía humanista” donde lo hard se limita al conocimiento que tienen Silverberg y el lector avezado del Imperio Romano histórico.

Escribió Polibio en su Historia de Roma, en el siglo II a.C.: “Al igual que la Fortuna ha dirigido casi todos los asuntos del mundo en una dirección y los ha obligado a converger en un solo y único objetivo…“, esto es, que las vicisitudes de la Fortuna tenían como sola finalidad el triunfo de Roma. Si un viajero del tiempo hubiera ofrecido a Polibio un ejemplar de Roma eterna, lo hubiera tomado por la cierta historia del Imperio.

Se preguntaba con razón Alfonso Merelo en su reseña para Bibliópolis cómo en un mundo sin religión ni santos podía decirse que “a todos los cerdos les llega su San Martín”. Como ya le respondimos personalmente en su día, en el original se lee que “como dicen los bretones, nuestro ganso está ya cocinado”.

 © 2010 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

Silverberg, Robert. Roma eterna (Roma eterna, 2003), Minotauro, Barcelona, 2006, trad. Emilio Mayorga, rúst., 398 pp.

 

Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

Alfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

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