OJOS EN EL ABISMO, de NachoB

Presentación

Cuenta la leyenda que a Shakespeare tenían que encerrarlo e incluso atarlo a una mesa para que se pusiera a escribir. Salvando las distancias, cada día me convenzo mas que en este mundo veloz lleno de ladrones de tiempo (algunos realmente bellos) no nos queda otro remedio para poder hacer algo que realmente nos merezca la pena.

Este relato surgió, como muchos otros míos, de llegar tarde. A certámenes, antologías, citas y compromisos. Un buen amigo, luchador infatigable del este mundillo, sacaba (y saca) una revista digital temática sobre monstruos y mitos, e, infatigable como digo, suele contar conmigo. Y yo a veces llego, y otras, cada vez más numerosas, lamentablemente no. Pero como las ideas ya rondan mi cabeza, y soy muy supersticioso (creo que los cuentos no narrados acaban convirtiéndose en pesadillas recalcitrantes), cuando por fin cojo hueco, me pongo a ello (aunque cada vez acumulo más fantasmas ululantes de estos). Así que no pude publicarlo en su antología sobre este ser mítico, y quedo ahí, en mi ordenador, atravesándome con su mirada fiera cada vez que repasaba mi lista de pendientes. Haciéndome sentir un mal padre. Y eso que creo que me quedo bastante aparente.

Incluso probé con una página que tuvo el mal gusto de cerrar para que me sintiera aún más culpable. Así que no puedo dejar de agradecer profundamente a los compañeros de BEM on Line que den salida a este monstruo de mi imaginación. Porqué sólo existe en mi imaginación… creo. 

NachoB

 

OJOS EN EL ABISMO

Relato de NachoB

Ilustraciones de Pedro Belushi

 

 

Existen tres tipos de monstruos:
los que hay que destruir, no importa lo que cueste;
aquellos de los que hay que huir y combatir únicamente si te encuentras acorralado;
y los que sólo nos queda tratar de aplacar porque están más allá de nuestra comprensión.

Pedro Escudero Zumel
(El viejo y el mar. Y el extraño. Y el Kraken)

 

Soy un científico. O, al menos, lo era. Antes de que pasara lo que queréis saber con tanto ahínco. Porque después de ver lo que he visto, y de saber lo que ahora sé, ya poco queda en mí de razón, de lógica, o de esperanza siquiera. Como investigador he pasado mi vida tratando de comprender el mundo y sus misterios, aportar luz sobre lo desconocido, revelar lo que está oculto. Pero siempre desde unas premisas claras, coherentes y firmes. Ahora me limito a contemplar las estrellas y preguntarme si es verdad que están ahí. Y beber. Todo lo que puedo. Porque entre las brumas del alcohol lo imposible ya no se muestra tan aterrador.

Obviamente de todo lo que voy a deciros dejé constancia en profusos informes que ahora yacen olvidados y archivados en dios sabe qué cajones de qué importantes despachos. Puede que fuera también culpa mía el no haberlos redactado con el rigor que mi puesto y la situación requería, y que la impresión de mi descubrimiento me haya trastornado aportando incoherencia y una torpe vehemencia que los haya desacreditado. O puede que no haya otra forma de narrar lo sucedido que emplear los recursos y las formas de los escritores de fantasía o ciencia ficción. Pero es que la urgencia por avisar de lo acaecido jugó en mi contra, restándome precisión y congruencia. No lo sé. Ahora ya no me importa, porque he tenido tiempo para reflexionar y darme cuenta de las últimas consecuencias de lo que sucedió. Sé bien que no sirve de nada preocuparse. Ya no.

Pero empecemos con la historia, pues mientras aportéis bebida y yo sea capaz de articular palabra, no os escatimaré detalles ni suavizaré la verdad.

Trabajaba como profesor asociado en el Departamento de investigaciones oceanográficas de la Universidad de Las Palmas, y estaba exultante porque, junto con un apreciado colega sueco, nos acababan de conceder una beca del Consejo europeo de Ciencia y Tecnología para realizar una expedición de investigación en el Mar del Norte. Hoy en día las cuestiones medioambientales y el estudio del cambio climático y sus repercusiones en nuestros océanos centran el interés de la opinión pública y por ende de nuestros gobernantes, así que no encontré extraña la generosa subvención otorgada. Se trataba de estudiar un insólito fenómeno que se estaba produciendo en aquellas aguas, y que, según pretendíamos demostrar, obedecía sin duda a un aumento en la temperatura de las mismas en combinación con un uso poco responsable de la tecnología por parte de las multinacionales que extraían crudo en aquel lugar. Poco imaginábamos que había algo más detrás de todo aquello.

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El caso es que nuestro equipo aterrizó en una de las enormes plataformas petrolíferas que abundan en aquellos lares, donde fuimos recibidos con más expectación que rechazo, lo cual no dejó de sorprenderme. Los científicos y los ecologistas no suelen ser de agrado ni de este tipo de empresas ni de sus trabajadores. Sin embargo estos se desvivieron desde un principio por que nos sintiéramos cómodos y dispusiéramos de cuanto necesitásemos para nuestro trabajo. Incluso descubrimos que era la propia compañía quien nos iba a proporcionar el barco que serviría para llevarla a cabo, incluida la pertinente tripulación. Una nave dotada de todo cuanto pudiéramos desear, incluido un pequeño y sofisticado submarino. Mucho más de lo que podíamos haber imaginado, y, desde luego, pedido.

Pronto advertimos que en sus miradas no había recelo, pero sí preocupación. Tras su amabilidad advertimos un expectante silencio, que parecía ocultar algo. Al ver la discusión que el patrón del buque que nos iba a llevar hasta la zona donde pensábamos iniciar nuestras investigaciones mantenía con algunos de sus marineros, no tuve ya dudas de que había algo más en todo aquello. Como no soy amigo de componendas ni temo enfrentarme a los problemas, no dudé en planteárselo en la primera ocasión que pude, la misma noche de zarpar cuando fuimos invitados mi colega sueco y yo a cenar en su camarote.

El capitán era un veterano marinero danés, arquetipo de lo que se puede esperar de un lobo de mar, que conocía aquellas aguas como la palma de su mano. Como todo buen marino a sus vastos conocimientos técnicos unía un cierto deje supersticioso respecto del mar. Era una dicotomía común en este tipo de personas. Por un lado un profesional bien formado de amplia cultura. Por otro, un incauto creyente de fábulas y leyendas sin sentido. Por eso cuando puse sobre la mesa mis sospechas, enseguida desapareció su arrogante seguridad, y una mirada entre suspicaz y timorata asomó en sus pupilas grises. Recostándose sobre su asiento, y tras refugiarse en una gran nube de humo que exhaló de su pipa, me preguntó con su marcado acento escandinavo:

—¿Qué es exactamente lo que saben respecto del objeto de su investigación?

—Bueno, creo que eso no es ningún misterio y que han sido informados con todo detalle de ello. No hay ninguna trampa ni interés extraño. Pero se lo resumo en un momento. Hace algunos años en esta zona se ha descubierto un curioso fenómeno que se ha dado en denominar ‘las aguas negras’. Es parecido al que sucede en el mar de los sargazos, pero de menor entidad. Creemos que por la confluencia entre una corriente de aguas calidas y poco saladas provenientes del cono sur y las heladas aguas del polo norte, se producen las condiciones optimas para que se dé una proliferación masiva de macroalgas planctónicas del orden de las Fucales, o algas pardas.  Esta proliferación llega a cambiar la tonalidad del mar haciéndolo a simple vista más mate (de ahí el nombre), y puede llegar abarcar varias millas cuadradas. Sin embargo, con la subida generalizada de temperaturas en nuestro planeta, el fenómeno ha ido en aumento y en los últimos meses se extiende por centenares de millas.

—Casi la extensión de Dinamarca — remarcó taciturno desde su vaporoso refugio nuestro anfitrión, que parecía conocedor de cuanto le estaba explicando. Sin embargo aquella observación me dejó algo perplejo.

—¿Tanto? Bueno, las mediciones vía satélite nos aportaran datos fiables y concretos. De confirmarse esta tendencia, sería una prueba irrefutable de que se está produciendo una evolución progresiva e incontrolada de inversión térmica a escala planetaria. Y sería una prueba más de la imperiosa necesidad de tomar serias medidas, antes de que sea demasiado tarde.

Aquel curtido marino permaneció unos instantes callado, con la vista fija en el suelo, pensativo. Por fin se decidió a continuar.

—Yo sólo puedo decirles que he navegado por esas aguas y son realmente siniestras. Oscuras como la pez. Espesas como brea. Se pegan a la quilla de los barcos haciendo que cueste avanzar. Incluso allí el cielo se vuelve más sombrío, como si reflejara lo lúgubre que es la zona.

Aquello me empezaba a sonar familiar, y quise desviar el tema por derroteros menos fantasiosos.

—He pasado un año estudiando el fenómeno en el Atlántico, y he de reconocer que resulta cuanto menos curioso. Se tienen que dar unas condiciones climáticas muy peculiares que hasta hoy en día eran imposibles en esta zona. Por eso resulta tan preocupante. Debemos tomar muestras, hacer mediciones e informar cuanto antes. Para eso hemos venido.

Un nuevo silencio, aún más reconcentrado que el anterior pesó sobre la mesa. La voz del capitán sonó ahora gutural, casi agobiada.

—¿Entonces no se lo han dicho? ¿No saben nada?

Nos miramos extrañados.

—¿Nada de qué?

El capitán suspiró y dio una nueva bocanada a su pipa.

—¡Demonios! Yo creía que venían precisamente a investigarlo y tengo que ser yo mismo quién se lo tiene que contar. Va a parecerles cuentos de vieja, pero lo cierto es que en los últimos meses se han producido algunas desapariciones de barcos. Y no sólo de pesca, sino otros mucho mayores. Este es un mar muy turbulento, extremadamente gélido y donde se producen grandes tormentas. Muchos buenos hombres han dejado su vida atravesándolo, y han acabado sus días reposando en sus hondos abismos. Son muchas las leyendas que tratan de justificar tantos desastres y naufragios. Cuando eran joven en la academia nos repetían una y otra vez que en el fondo estas son útiles para transmitir subrepticiamente una velada advertencia que pusiera en alerta a los marineros a la hora de enfrentarse con este duro y embravecido mar. Es la función que tienen los mitos ¿no?, prevenirnos de dónde está el riesgo, aunque sea de un modo mágico que lo haga atractivo, popular y fácil de recordar. Se trata de convencer no a la razón, sino al corazón, porque el hombre siempre se ha movido más por los sentimientos que por el sentido común. Pero no me quiero desviar del tema. El caso es que últimamente su número ha aumentado exponencialmente, y también su magnitud.

—No me diga que estamos de nuevo ante otra nueva fábula como la del triángulo de las Bermudas. Por Dios, somos hombres de ciencia, y ya se ha demostrado hasta la saciedad la escasa veracidad de esas fantasías. El océano es de por si suficientemente peligroso como para explicar la desaparición de barcos y personas, sin tener que recurrir a las locas divagaciones de mentes calenturientas.

—No estamos hablando precisamente de pequeños veleros o pesqueros. Han desaparecido barcos de mucho mayor tonelaje. ¡Diablos, el carguero Finisterre tenía más de 90 metros de eslora, y el superpetrolero Queen of seas era de los mayores del mundo! ¡Y ya no existen! Se han esfumado sin apenas una señal de socorro o alarma.

No salíamos en nuestro asombro. No habíamos tenido noticias de algo así, y desde luego la prensa no se había hecho eco de tan jugosa noticia. Era increíble que una cuestión así se hubiera mantenido en secreto. Aún así mi ordenada mente prefirió tomárselo de un modo jocoso, como corresponde a alguien con mi profesión y estudios.

—Pero ¿de qué estamos hablando?, ¿de un agujero negro, de extraterrestres, de monstruos marinos?  Algo así no podría permanecer oculto. Témome que, como siempre, la explicación debe ser mucho más sencilla. Y puede que por real mucho más preocupante. Probablemente sea el ser humano quien esté detrás, con sus prácticas delictivas y especulativas. Nosotros no estamos aquí para investigar la desaparición de ninguna nave. No somos policías ni inspectores. Somos científicos que vienen a estudiar un fenómeno extraño relacionado con el aumento de las temperaturas de planeta. Y eso, capitán, tiene poco misterio.

Tal vez fui demasiado tajante en mis aseveraciones, pero no me gustaba hacia donde derivaba la conversación. No pude por menos que sentirme en todo caso incómodo, y con la sensación de que nos habían engañado, que no nos habían contado todo sobre el motivo por el que habíamos sido enviados allí. Y de ese modo las piezas encajaban mejor. Tantos medios y tanta premura en la investigación. Como otras veces, me sentí manipulado por quienes manejan los hilos desde la sombra.

En todo caso nada podíamos hacer, y más valía concentrarnos en nuestro trabajo y no dejarnos llevar por las elucubraciones de nuestro anfitrión, por muy preocupantes que nos pudieran parecer. Y por muy juicioso y prudente que aparentara ser él.

 


 

Los siguientes días navegamos a toda máquina, y nosotros nos concentramos en preparar nuestro instrumental y el plan de trabajo, despejando nuestras mentes de cualquier pensamiento que pudiera enturbiar nuestras tareas. En la mañana del segundo día, mientras tomábamos una taza de café caliente en cubierta disfrutando de los primeros rayos de sol de la mañana, uno de los marineros nos señalo el horizonte indicando que ya estábamos llegando. No pudimos por menos que impresionarnos al ver el escenario que nos aguardaba.

Todavía estaba lejos, pero ya se notaba como la tonalidad del mar se alteraba ostensiblemente, haciéndose más ocre, con unos reflejos apagados y sombríos. A pesar de que no había nubes, la luz de sol apenas se reflejaba en aquella zona, que tenía el mismo color que si se estuviera desatando una invisible tormenta sobre ella. Incluso el cielo tenía ese aspecto plomizo del que nos había hablado el capitán. Y tal como había predicho, experimentamos esa mezcla de malestar e inquietud que asistir a un fenómeno inesperado y extraño provoca en los seres humanos. Más aún, pues nuestra curiosidad científica se tiñó de la pesadumbre que embargaba a la tripulación, como si nos contaminaran sus malos presagios y su superstición recurrente.

Cuando por fin llegamos al borde de ese peculiar fenómeno, la situación empeoró. Yo estaba en la proa del barco cuando entramos en las famosas aguas negras. Fue como hacerlo en un mar tintado de petróleo. De hecho, mi primera impresión fue que detrás de todo este enigma, no estaba más que el naufragio de dos grandes buques por motivos desconocidos, y el vertido masivo al mar de su carga tóxica. Viendo la resistencia que la viscosa superficie mostraba al paso de nuestra quilla, me dio la sensación de que lo que teníamos delante era la mancha más grande de petróleo que había visto en mi vida. Viendo además la definición de su contorno, me convencí que estábamos ante el mayor desastre ecológico que había tenido lugar en toda la historia de la humanidad, provocado por el choque en alta mar de dos superpetróleos por causas aun por determinar. A saber que tipo de productos químicos transportaba el antes nombrado Finisterre. La seguridad de los mares nunca había estado tan comprometida como en aquellos tiempos de descontrolado avance técnico. Y el capitán hablándonos de monstruos marinos. Hay no había más monstruo que el mismo de siempre: el ser humano y su codicia insaciable.

Tomamos muestras de esas aguas de aspecto oleaginoso y seguimos introduciéndonos cada vez más en la mancha. El día se tornó gris, la marcha del barco se ralentizó y los marineros se pusieron huraños y recelosos. Pronto se negaron a seguir avanzando, alegando que ya estaban suficientemente dentro de la zona.

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Yo me dediqué entonces a analizar la extraña sustancia que componía aquellas aguas, mientras mi compañero, entusiasmado con su nuevo juguete, preparaba el minisubmarino para hacer una primera incursión. Parecía un niño con zapatos nuevos, y era ajeno al ambiente pesimista que nos rodeaba. Ni siquiera le preocupaba lo más mínimo tener que sumergirse en aquellas aguas viscosas y lúgubres, donde la luz parecía incapaz de filtrarse.

Examiné los datos del sonar y de las cámaras subacuaticas que llevábamos instaladas. Comprobé que en efecto la densidad de aquel líquido era superior a la normal, casi aceitoso, y que, a diferencia de los vertidos habituales, este no se quedaba en la superficie, no flotaba, sino que parecía haberse disuelto con el agua formando un nuevo compuesto de naturaleza desconocida. Dos cosas me llamaron también la atención. La presencia de bosques de algas largas y llenas de bulbos, cuya especie no supe determinar, y, paradójicamente, la ausencia absoluta de toda vida animal. No encontré ningún tipo de pez, o mamífero, ni siquiera plancton microscópico. En aquellas aguas sólo parecía poder sobrevivir esa extraña alga. Y a pesar de que descendí con los robots autómatas a bastante profundidad esperando apreciar algún cambio, la pauta se mantuvo hasta donde nos dieron los cables. Empecé a sospechar que, fuera lo que fuera lo que llevaban esos buques, no era petróleo normal. Viendo los primeros resultados de los análisis, que apenas resultaban reveladores pero mostraban una base netamente carbónica, comencé a albergar serias dudas sobre si nos encontrábamos no con las consecuencias de un accidente al uso, sino con algún tipo de producto experimental que estuviesen probando las grandes multinacionales, de efectos increíblemente devastadores y que por su irresponsabilidad había acabado contaminando todas aquellas aguas. Lamente no tener mayores conocimientos químicos, pero de algo estaba seguro. Era un derivado orgánico de una composición tremendamente compleja, y, por otro lado, muy corrosivo. Tal vez ese fuera el problema que tuvieron los barcos que transportaban la sustancia, pues, aunque no de acción rápida, resultaba tremendamente abrasivo. Incluso detece aumentos sustanciosos en la acidez en determinadas zonas, de una intensidad tan fuerte que incluso harían peligrar la estructura metálica de un barco. Eran auténticas bolsas donde se concentraba un pavoroso ácido. ¿Qué había pasado en aquel sitio? No cabía duda que se había roto totalmente el equilibrio milenario de aquel mar, y que nada de lo que antes existía permanecía igual. Los efectos futuros eran imprevisibles.

Preocupado se lo hice saber al capitán, quien se mostró partidario de salir lo antes posible de un lugar tan siniestro y, por lo que parecía, poco seguro. Sin embargo una hora más tarde nos comunicó apesadumbrado que sus superiores le habían dado orden de permanecer un tiempo más, para que pudiéramos finalizar nuestro análisis. Esto le encantó a mi compañero, que estaba deseando probar el magnífico minisubmarino. Le advertí en todo caso de esas burbujas de composición perniciosa, y prometió ser cuidadoso y hacer una mera prospección entre aquellas algas. En todo caso, según él, la existencia de las mismas garantizaba la no presencia de sustancias peligrosas. Suspiré no muy convencido, pero no podía luchar contra su entusiasmo. Tras las últimas comprobaciones del satélite que mostraban un creciente e imparable incremento en el tamaño de la informe mancha, malos presentimientos se me aferraron como garras a la garganta.

Esa sensación de inquietud y desasosiego no me abandonó mientras veía como descendían su sumergible y aquel líquido burbujeante y espeso se lo tragaba. Por un momento tuve la sensación de algo o alguien nos observaba desde lo más hondo de aquellas terribles aguas. Incluso revisé mis anotaciones y apuntes sobre orografía submarina de aquella zona, por si existía en ellas alguna actividad volcánica que pudiera justificar los reflejos rojos, intensos como el fuego, que desde una profundidad asombrosa para la opacidad de esas aguas, creía apreciar. Como ojos mirándome desde la oscuridad.

Nada más zambullirse tuvimos el primer problema. En aquel fluido viscoso y grasiento no funcionaban las transmisiones. Apenas hubo penetrado unos metros, la radio emitió un chasquido desagradable y se silenció definitivamente. Bien, sólo cabía esperar, pues no teníamos posibilidad de contactar con él. Recé porque mi compañero demostrará una sensatez de la que no solía hacer gala y, al ver que su transmisor no funcionaba, optase por abortar la misión y regresar al barco. Naturalmente, tras aguardar ansioso varios minutos, desistí de esperar semejante arranque de cordura en él.

Pasaron dos horas interminables en las que el mar cada vez parecía más negruzco y paralelamente el cielo se oscurecía más y más , adoptando tonalidades ocres a pesar de la ausencia de nubes. Nuestras almas no tenían mejor color, pues era inevitable que semejante espectáculo nos afectara a pesar de nuestra condición de adultos y avezados profesionales. Tampoco ayudaba el olor a algas descompuestas que impregnaba el ambiente, y que, en tan acertada como inquietante expresión de uno de los marineros, parecía como si alguien se hubiera dejado una tumba abierta.

Ya me temía lo peor cuando una explosión nos arremolinó a todos contra la cubierta de babor. A unos cincuenta metros del barco una nube de humo nos advirtió de la presencia del pequeño submarino, que endeble emergía ante nuestros ojos. Uno de los flotadores de emergencia había estallado, sosteniéndose únicamente ahora por el otro. Rápidamente el capitán organizó un bote para rescatar a mi amigo, antes que la corrosión acabará con lo único que impedía que se hundiese de nuevo. Yo mismo fui en la lancha, y al llegar comprobé con espanto como toda la carcasa estaba corroída en grado extremo, y al mirar al capitán compartí su preocupación sobre lo que en esos momentos aquel ácido podría estar haciendo con el casco del buque. Abrimos la escotilla, y dentro encontramos el cuerpo inerte de mi amigo. Por un momento temí que estuviese muerto, pero gracias a Dios aún respiraba. Lo subimos a bordo, abandonamos el sumergible, no sin antes recuperar las cintas que registraban la información de los aparatos de filmación y recogida de datos de la nave, y partimos a toda máquina hacia la plataforma tratando de salir lo antes posible de aquellas aguas ponzoñosas.

Mi colega pasó los siguientes días sumido en un agitado y febril sueño plagado de pesadillas y angustia. Cuando por fin nos avisaron de que había despertado, acudimos a su cabina ansiosos por conocer su estado y el motivo del mismo.

Recuerdo la triste impresión que me causó cuando lo vi. Ojeroso, pálido hasta parecer de ceniza su piel, la mandíbula descoyuntada, el gesto desencajado y la mirada enloquecida. Nada más verme empezó a soltar una retahíla de frases sin sentido ni concierto que me hicieron temer por su estado mental. Estaba claro que deliraba. Repetía continuamente algo sobre que alguien le observaba desde el abismo, y que debíamos huir antes de que fuera demasiado tarde. Yo le expliqué que ya estábamos en la plataforma petrolífera, a salvo de cualquier peligro. Pero esto no le calmó en absoluto. Gritaba desesperado que estábamos perdidos, que debíamos marchar inmediatamente. Al final tuvimos que llamar al médico para que le suministrara un calmante. Con voz trémula el propio doctor nos confirmó que no encontraba nada bien al paciente, y que llegaba a temer por su vida si no lo evacuábamos rápidamente a un hospital. Gracias a Dios, el helicóptero estaría listo para salir en unas horas, en cuanto lo permitiera la terrible tormenta que se estaba desatando sobre nosotros.

Mientras esperaba que el inestable tiempo mejorara, tuve por fin valor suficiente para ir al laboratorio a examinar las muestras y cintas recogidas del submarino, esperando que éstas me dieran algo de luz sobre lo sucedido. Hasta ese momento, la aprensión que aquella situación y el deplorable estado de mi compañero me habían producido me habían llevado a postergar ese análisis, receloso de enfrentarme con lo que podía descubrir en ellas. Los primeros datos recogidos confirmaron mis temores, pero también levantaron nuevas incertidumbres. Ciertamente debía tratarse de un exorbitante vertido de sustancias desconocidas hasta entonces, altamente corrosivas pero también con una capacidad de propagación nunca antes conocida, que aniquilaba todo rastro de vida por donde pasaba. Sin embargo, sorprendentemente, la mayor concentración de las mismas no se producía en la superficie, sino que se incrementaba a medida que se profundizaba, impregnándolo todo, y llegando a cambiar la propia composición química del agua. Aquello era ilógico, científicamente imposible, dada su menor densidad y por tanto su inevitable tendencia física a flotar. Decidí echar un vistazo a las imágenes que las cámaras del sumergible había recogido.

Estas eran una de las principales ventajas de aquella nave, y una de las cosas la que la hacían tan especial. Dotadas de una sensibilidad extraordinaria, y complementadas con focos especiales de gran potencia, eran las únicas capaces de filmar en las oscuras aguas abisales a una distancia apreciable. Esperaba que sirvieran para arrojar algo de luz sobre lo que estaba pasando.

Al principio del visionado de la cinta no pude por menos que sonreír. Se escuchaba claramente la voz alegre de mi amigo, a través de su micrófono interior, preparado para que pudiera comentar la imágenes a medida que las fuera recogiendo. En aquellos primeros momentos, se le notaba incluso jovial.

—Aquí Pez Volador llamando a Base… Pez Volador llamando a Base… (ruidos e interferencias). Vamos Base, responda… Vaya, este cacharro se ha debido estropear. Pues si piensas que por eso voy a regresar y arriesgarme a que no me dejen volver a sumergirme, estás muy equivocado. Compañero, la fama me está llamando y yo voy a acudir solicito. Tum, turituuuuu… Bueno, por ahora todo lo demás parece estar bien. Únicamente avanzamos más despacio de lo que debiéramos, tal vez por la extraña composición del fluido que nos rodea. Más adelante veo unas sombras alargadas, que probablemente serán una de esas concentraciones de algas que hemos detectado. Me acercaré a recoger una muestra y verlas más de cerca. Tío, este juguetito funciona a la perfección. Estos americanos son la leche cuando se ponen. Si te portas bien, algún día te dejaré conducirlo.

La imagen que aparecía en pantalla corroboraba sus palabras. Parecía deslizarse suavemente entre aguas azules, dirigiéndose hacía una auténtica selva de plantas acuáticas. Sin embargo al pilotar el submarino no podía a la vez dirigir las cámaras, y estás permanecía fijas enfocando al frente lo que tenían delante y ligeramente inclinadas hacia abajo. Por tanto el campo de visión del que él disponía era mucho más amplio de lo que se había grabado, así que sólo podía saber lo que estaba observando a través de lo iba relatando.

—Bueno, ya parece que distingo algo. Efectivamente son algas muy largas con bulbos que suben hasta la superficie y que por abajo… Por abajo nada. Pero nada. Nacen del mismo agua. ¿Pero entonces, como se sostendrán sin peso? Deberían vagar a la deriva. Es muy extraño. Espera, no, no es correcto del todo lo que he dicho. Fijándome bien hay un cambio de tonalidad en el agua justo donde parecen nacer, que es algo más oscuro. Me acercaré a ver si puedo apreciarlo mejor. Hay extrañas formaciones en el interior de ese bosque de algas. Un momento, me ha parecido ver… No es posible… Tengo que asegurarme. Iré despacio, no me gustaría que esas cosas me rodearan y acabaran metiéndose en la turbina y dejándome atrapado. Y encima sin radio… Me acerco, me acerco… No acabo de reconocer que puede ser eso que flota entre ellas… Parece… parece… ¡Oh, Dios, Dios!

Paré la cinta y rebobiné, tratando de adivinar a qué se refería, pero estaba claro que lo que veía estaba fuera del campo de visión, que seguía fijo en la oscura profundidad. Por el tono de su voz parecía aterrado por algo, y estaba claro que había iniciado una apresurada maniobra de alejamiento de aquella zona. No dejó de lanzar improperios hasta unos minutos más tarde, ya lejos de los sargazos. Entonces pareció recuperar la calma y volvió a hablar, visiblemente afectado.

—Vaya mierda… Menudo susto me he llevado… Todo esto es mucho más raro de lo que parece. No sé si lo habrá recogido la cámara, pero te lo voy a de decir yo.  No nos están pagando suficiente por esto, la verdad. Aquellos bultos que flotan entre las algas son lo que debe quedar de los animales que poblaban estas aguas. Están todos allí, medio podridos. He visto muchos peces, pero también hay ballenas, focas, elefantes marinos… Y lo peor. No sé si ha sido mi imaginación o que me esta afectando algún escape de gas del bicharraco este, pero te juro que entre tanto pescado putrefacto he distinguido perfectamente la figura de un hombre ahogado. Estaba ahí mismo, enredado entre el follaje, medio carcomido, pero con los ojos muy abiertos, que parecía que me estaba mirando. ¡Por Dios qué susto, no me llega la camisa al cuerpo! No me gustan nada estos encuentros, que por eso dejé el cuerpo de buceadores de la Armada. Ahora, que ya estoy más tranquilo, se me ocurre que puede que sea uno de los marineros de los buques desaparecidos, cuyo cadáver ha acabado flotando atrapado entre aquella infame vegetación. Vaya asco. Aún tengo ganas de vomitar… Y ahora que lo pienso, ese bosque de algas debe ser inmenso, y si está todo lleno de cuerpos… Esta mancha debe estar acabando con toda la vida con la que se encuentra… Tío, me vuelvo, ya he visto demasiado… ¡Ostia!

En ese momento mientras navegaba por lo que pensaba que era un espacio despejado, delante de la pantalla, como un suspiro, había aparecido una figura que se dirigía directo a él. Estuvo a punto de chocar y sólo le salvo un arriesgado movimiento de evasión en el último segundo. Aquello que había esquivado también había realizado una maniobra similar, y ahora se encontraba a escasos metros de él, imitando su desplazamiento. Fijándome en la pantalla pude distinguir los contornos de aquel objeto, sin duda alguna metálicos. Tenía luces y focos, algo desvaídos. Parecía otro sumergible, similar al nuestro. Sin embargo, fijándome más vi algo extraño, algo que sus palabras me confirmaron.

—¿De donde ha salido ese submarino? ¿Quién coño es? ¿Los rusos, como en las películas? ¿Y qué pretendía, abordarme?… Hijos de puta. ¿Pero por qué me sigue? Cabrones, iros, dejadme en paz… Un momento, no me está siguiendo… Pero, ¿qué es esto?…

En la pantalla observé como mi amigo estabilizaba su sumergible y enfoca directamente a la otra nave, que repetía sus evoluciones una a una, con precisión milimétrica. No pude evitar un grito cuando comprendí que era lo que estaba viendo.

—¡Soy yo!… Es mi submarino… Me estoy viendo reflejado en una especie de gran espejo. Pero, cómo es posible. Me distingo perfectamente. Eso quiere decir que tengo delante de mí una superficie pulida como el cristal. Voy a tratar de retirarme un poco para poder verla mejor… Es increíble, no entiendo nada…Es un cristal inmenso… Aunque me he separado bastante todavía no alcanzo a apreciar sus bordes… Debe tener el tamaño de un edificio… Voy a tratar de distanciarme más… más. Mi reflejo también se aleja… Aún más… Casi puedo distinguir algo… No entiendo… ¿Qué es esto?… Voy a tratar de… ¡NOOOOOOOOOOOOOO!

Yo también chillé de terror al comprender lo que estaba viendo y a lo que se enfrentó mi desgraciado amigo. Ahora también comprendía el motivo de su estado casi catatónico, el shock que sufrió y que casi le mata. Qué mente sería capaz de asumir aquello. Gracias a Dios, antes de perder el sentido y desmayarse, pudo activar el dispositivo de emergencia que desplegó los grandes flotadores que lo sacaron a la superficie.

No me atreví siquiera a rebobinar la cinta para asegurarme que no había sido una ilusión óptica, ni una alucinación provocada por el opresivo y demencial ambiente que nos rodeaba. En ese momento el médico de la plataforma entró en la sala donde me encontraba para comunicarme que debíamos evacuar con urgencia la misma. A pesar del mal tiempo reinante partiríamos de inmediato con el helicóptero, donde ya habían montado a mi compañero. Era incapaz de reaccionar y apenas le contesté unos balbuceos inconsistentes. El me miró, y gracias a Dios simplemente me agarró y me llevó con él. Le seguí abrumado hasta la cubierta principal, donde comprobé que se habían desatado la furia de los siete mares sobre nosotros, a pesar de lo cual había una gran actividad. El médico me informó que la mancha de agua negra había alcanzado la plataforma, y que se había ordenado la evacuación general. Todos los trabajadores se estaban subiendo al buque de investigación o en botes salvavidas, pero nosotros trataríamos de salir volando. En esos momentos no podía pensar, trastornado como estaba por lo que acababa de ver, pero de hacerlo no hubiera sabido si era más peligroso despegar con aquel viento, o lanzarse a aquellas aguas turbulentas y tenebrosas. Subí al aparato y nos elevamos enseguida. Desde arriba vi como aquella mancha rodeaba mecida por las olas las colosales columnas de la plataforma.

Sentí el cálido contacto de una mano. A mi lado reposaba mi amigo, que artificialmente calmado en aquel caos gracias a los fármacos que le había suministrado, me miraba desde lo más hondo de su perturbada mente. Me agarró y noté sus ojos desquiciados clavados en mí. Me preguntó, llevado por la intuición de su locura.

—¿Lo has visto, lo has visto?

Yo aún me negaba a admitirlo, pero él insistió y le bastó reparar en mi desolada expresión para entender que así era.

—Sí, lo has visto. Lo has visto…

—¡Callate…! No sé de qué me hablas.

—No me puedes engañar, lo noto en tu voz, supuras miedo… Lo has visto y sabes lo que es. Lo sabes.

—Yo no sé nada, no he visto nada.

—Sí. Lo has hecho. Y sabes qué es… Sabes que aquella cosa gigantesca y deforme, más grande que el más grande de nuestros buques es… Su ojo… Su ávido e inmortal ojo…

No le contesté, y él simplemente se quedó dormido a pesar de que nos zarandeábamos de lado a lado, a punto de desplomarnos. Recuerdo vivamente que en ese momento miré para abajo y vi con pavor como toda la plataforma, y el barco, y los botes, desaparecían bajo aquellas olas innaturales y deformes, que surgían inmensas y amorfas en todas direcciones, aún en contra del viento y de otras olas, como si tuviesen vida propia, como si en vez de simples masas de agua, fueran…

No quiero hablar más. No me apetece ya. Pagadme la ronda que me debéis y dejarme en paz. Sólo quiero beber, olvidar ¿No os vais? ¿Aún no habéis tenido bastante? Bueno, después de este último trago os diré algo que pude ver en la película que se perdió con el naufragio y de lo que ni siquiera mi amigo se dio cuenta, para su fortuna. Y así lo sabréis todo. Seguro que luego agitáis la cabeza y me llamáis viejo borracho y fabulador. Pero os juro que es cierto. Tan cierto como ese titular del periódico que lleváis que anuncia que la marea negra tocará nuestras costas mañana ¿Queréis saberlo o ya no estáis tan seguros…? Bueno, creo que es tarde para arrepentimientos.

Porque recuerdo perfectamente cómo aquel descomunal ojo que mi amigo vió, y que la cámara siguió filmando cuando trastornado no soportó más la tensión y se desmayó, no estaba unido ni sujeto a nada. ¿Comprendéis?, a nada… Colgaba él solo entre las aguas, inmenso y avizor, acechando en todas direcciones… Aunque claro, aquello… tampoco eran aguas…

…KRAKEN

 

 

© 2010 NachoB por el relato

© 2010 Pedro Belushi por las ilustraciones

 

nachobNachoB es escritor aficionado muy aficionado a escribir, lleva varios años publicando cuentos e historias en diversas páginas de Internet con mayor o menor fortuna.

Como buen hobby dedica al mismo más tiempo del que debería, y mucho menos del que le gustaría. Como resultado de su primer año se regaló un recopilatorio de relatos titulado “Un año de palabras”, que a juicio de los elegidos lectores tiene tantos aciertos como ausencias de tildes.

Desde entonces se ha dedicado a participar con mayor o menor fortuna en el mayor número de certámenes, antologías y publicaciones que ha podido, ganando algunos, quedando finalista en otros y siendo ignorado en los más. Conserva sin embargo la ilusión, y, en la actualidad, sigue siendo feliz escribiendo.

 

 

Foto de Pedro  BelushiPedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras estánMelquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001). Ha hecho diversas exposiciones de su obra gráfica dentro del Circuito de Jóvenes Creadores de su comunidad. Actualmente colabora con BEM on Line y otras revistas de CiFi haciendo ilustraciones para relatos y portadas, así como guiones para otros ilustradores como Carlos Vermut, Nando o Pablo Espada (con quien hizo Clon 27, una de las primeras tiras seriadas en internet).

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Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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