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48, de James Herbert

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LA UCRONÍA COMO PRETEXTO. Violencia en un lóbrego y macabro Londres

La ucronía clásica consistía en esencia en la reescritura lógica de una Historia que no fue, pero que hubiera podido ser: cuando el presente se volvía insoportable, cabía refugiarse en la reconfortante nostalgia de un pasado distinto que habría conducido a un presente mejor. Se escribieron después ucronías que, por el contrario, narraban un pasado ni sucedido ni deseado, quizá para ver, si el presente era malo, cuán peor podría ser, que dijo Dick, o quizá para exorcizar a los demonios de ese temido pasado que nunca fue, pero que aún podría llegar a ser.

Finalmente, cuando ya proliferaron las ucronías, aparecieron las que simplemente utilizaban el género como recurso, incluso como pretexto, para crear un marco en que desarrollar una acción que habría tenido cabida en el mainstream o en algún otro género,  como el policíaco. Si el recurso está bien manejado, la historia alcanza una brillantez de que habría carecido en otro marco.

48 es una novela que habrá enganchado a más de uno desde su inicio, en la terrorífica huida de cuatro o cinco personas por un oscuro y cenagoso túnel de metro londinense, pisando cadáveres como escombros, malamente alumbrados por la luz mortecina de una linterna que se apaga, acosados por unos perseguidores que sólo tiran a herir porque quieren cogerlos vivos para sacarles su sangre y sobrepasados como centellas por bolas incandescentes que son ratas con sus pelajes en llamas cuando el túnel ha sido incendiado. Ahora bien, su reclamo publicitario de contrafactual ucrónico habrá enganchado también a lectores de otros intereses, como los de ciencia ficción, que podrán haberse sentido defraudados.

Su autor, James Herbert, nació en Londres el 8 de abril de 1943. Antes de convertirse en escritor a tiempo completo fue cantante y director de una agencia de publicidad; como curiosidad, diseña las cubiertas de sus libros. Está especializado en temas de horror, como catástrofes, fantasmas, reencarnaciones y demás y también se ha ocupado del nazismo en novelas como The Spear (La lanza), que narra una conspiración neonazi en la Gran Bretaña,  ocupándose de gentes de la calle como las de 48, a la que dedicó dos años, impresionado por los restos del pasado que encontró en un viaje a su ciudad natal. A su regreso al cercano Brighton, en Sussex, donde reside con su esposa e hijas, acometió la escritura de esta sórdida ucronía oscura, que fue su único libro en todo un lustro.

James Herbert

Su catacronismo, siempre presente como telón de fondo, se expone como un backgroundque es  pretexto, no para una Historia con mayúsculas, de la que apenas se dice cómo discurrió, sino para una historia con minúsculas de un pequeño grupo de personas que no se prolonga más allá de unos pocos días en el tiempo ni de unas pocas calles y edificios de una  muerta ciudad de Londres en el espacio. Londres ha sido sólido escenario de catástrofes, como la de El día de los trífidos, aunque ésta sea terror fantástico de los 60 y 48 terror violento de los 90, además de que Herbert no es Wyndham, el autor de los universos amputados, y menos aún Stewart, el creador del impar postapocalíptico La Tierra permanece (mejor sería La Tierra resiste), que aborda una situación no demasiado diferente.

Un laboratorio alemán ha desarrollado un virus que provoca la coagulación de la sangre de forma tan rápida como dolorosa y, en la locura de los últimos días del Reich, se lanzan sobre Inglaterra V2 con esa carga letal. Tras un breve tiempo en que la implantación de cuarentenas parece que va a ser eficaz, caen todas las barreras y la plaga barre la Gran Bretaña, cruza el Canal y hace sucumbir a todo el Continente. Sólo son inmunes al virus los componentes del grupo sanguíneo AB negativo, que suponen el tres por ciento de la población total. En otros pocos la Muerte Sanguínea  se desarrolla lentamente, aunque no hace de ellos sino cadáveres aún no muertos.

Sin ahorrar un detalle de lo nauseabundo, el autor describe un Londres lóbrego, sumido en un ambiente de destrucción, con sus calles repletas de cadáveres y de vehículos detenidos en el punto en que murieron sus conductores, lo mismo que los trenes del metro donde transcurre buena parte de la acción. En la ciudad permanecen incólumes, con todo su antiguo lujo y nostálgico esplendor, hoteles y mansiones que son el refugio del protagonista en un amargo recuerdo del pasado. Es desolador encontrar el palacio de Buckingham o el hotel Savoy hollados por un hombre sucio que  ha escogido sus habitaciones para almacenar armas, comida y bebida, cuyas botellas y latas vacías abandona por los suelos igual que apaga sus colillas contra las antaño suntuosas alfombras.

En la Torre de Londres habita el tenebroso Max Humble, lord Drake, que gobierna a una pandilla de fanáticos descerebrados, tan condenados a muerte como él, que creen que vivirían si consiguieran la sangre fresca de los inmunes a los que persiguen, dispuestos a todo para lograrla. Y la primera víctima elegida es Hoke, un piloto norteamericano de madre inglesa que se presentó voluntario al inicio de la guerra en la RAF, al que se unen accidentalmente el alemán Stern, cuyo avión fue abatido sobre la isla, la aristócrata Muriel, la chica de clase baja Cissie y el antiguo vigilante de seguridad Alan Potter, más el perro Cagney, que alcanza rango de  protagonista.

Humble es un aristócrata que había simpatizado con las ideas de Hitler sobre la eliminación de los judíos, a los que culpa de todos los males del mundo por sus maquinaciones económicas, y se cree en su locura que es el elegido por Dios para liderar la nueva civilización -se podría haber sacado más partido a Walter Mosley-, pero eso es irrelevante, lo que importa es su jeringuilla clavada en el brazo de Hoke para extraerle su sangre y transfundírsela en medio de los disparos y las llamas. Tampoco Herbert ahorra ni el más mínimo detalle macabro, parecería que se estuviera leyendo un violento cómic del manga.

Durante un tiempo van a vivir un día tras otro en inminente peligro de muerte, sumidos en una violencia angustiosa cuya descripción constituye la esencia misma del libro, que no aprovecha las breves pausas entre escena y escena de violencia como hilo conductor de la trama y, menos todavía, para desarrollar las obligadas consecuencias de su contrafactual de partida. Pero cada uno tiene sus gustos y más de un lector, nos tememos, podrá haberse saltado estas páginas para correr a la siguiente escena de violencia.

Pedro A. García Bilbao (en la foto), propietario director de Silente, sociólogo y profesor universitario, publicó una buena reseña  de esta novela en la que hacía ver cómo Herbert había encontrado un escenario real, plagado de sombras del pasado, para desarrollar una idea excelente en un excelente ambiente: el ambiente habría acertado a recrearlo, pero la idea no habría logrado desarrollarla en la misma medida. Hemos recogido algunos comentarios de ella con que estamos conformes, que son varios, aunque no todos.

Como decía Murray Davies a propósito de Collaborator, ya son muchas las novelas al estilo de Si Alemania hubiera vencido, de Robban, o de SS-GB, de Deiughton, que han descrito de modo convencional el triunfo de Alemania en la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Inglaterra por los nazis, por lo que hay que buscar otras perspectivas, que es lo que hace Herbert. Quien haya descendido a un antiguo búnker de la guerra comprenderá la clase de viaje en el tiempo que supone sumergirse en estos restos.

Escribe el citado García Bilbao que si se rodara un filme sobre 48, su consejo sería que no se respetara el desarrollo de la acción que hace el autor y en cierta medida acierte. 28 días después, que bebe en tantos clásicos, no desarrolla la acción de 48, mas parece inspirarse en sus escenas de violencia, por más que allí se trate de zombies no parlantes. Las escenas del metro se retoman en su continuación, 28 semanas después. Se podrían poner más ejemplos.

James Herbert, volviendo sobre él, es un clásico del horror británico. Planeta editó en 1975 La invasión de las ratas (The Rats), seguido de La niebla (The Fog) y El cubil (Lair), que presentó como una mezcla de ciencia ficción y horror, aunque pertenecen mayormente al segundo. Después publicó El superviviente (The Survivor), que en 1980 fue llevado a la pantalla con ese mismo título. Luego lo editó profusamente Plaza & Janés, en novelas que eran ya decididamente de horror.

Pero el horror de 48 es muy diferente al de Las ratas, ya que no lo crea la apocalíptica situación del mundo, la amenaza que pesa sobre la extinción de la vida sobre la Tierra, sino que es el horror inmediato que se cierne sobre un pequeño puñado de hombres, al margen de lo que está ocurriendo al resto del mundo.

48 es el año de la acción. Herbert no hizo lo que Orwell, quien le dio la vuelta al año en que vivía para su especulación sobre el totalitarismo, 1984 por 1948, novela de la que dijo el propio Herbert que había tenido por fuente de inspiración, por más que la fábula de Orwell sea de mucho mayor alcance.

La traducción es buena, excepción hecha de esa manía de anteponer una coma a la y, conjunción copulativa cuyo oficio es enlazar palabras y cláusulas.

© 2010 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann

Herbert, James48 (48, 1996), Planeta, Barcelona, Bestseller Mundial, 1999, trad. Agustín Vergara, tapa dura con s’cub., 303 pp.

 

Augusto Uribe es doctor en una ingeniería, periodista y tiene otros estudios; ya jubilado, es presidente de una sociedad de estudios financieros. Ha ganado varios premios Ignotus y ha publicado en libros y revistas como el antiguo BEM o Nueva Dimensión, que lo tuvo por su primer colaborador.

 

 

 

Alfred Ahlmann, director de la misión arqueológica española en Turquía, es doctor en Historia, profesor universitario en España e imparte clases en algunas universidades extranjeras: domina varias lenguas. Además de numerosos trabajos profesionales, ha publicado también artículos del género.

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