VACACIONES PARA UN HOMBRE CANSADO, por Ramiro Sanchiz

 

Al bajar del ómnibus sentí que mi ignorancia en cuanto a la geografía de la zona era asombrosa. Había creído que el viaje duraría dos horas como mucho, pero aquí me encontraba, pasadas las nueve de la noche, rodeado por una oscuridad espesísima bajo un cielo sin luna, apenas distinguiendo a poco menos de un kilómetro por delante las luces del balneario y, quizá, reflejando el resplandor mínimo de las estrellas, las aguas estáticas del lago, una forma redondeada de un color apenas un poco menos oscuro que el resto del mundo. Me sentí cansado de repente, y el peso de mi mochila se duplicó, clavando sus uñas en mis hombros. Empecé la caminata hacia el pueblo pensando en un hotel, una ducha, una buena cena y una cama cómoda. Dormiría toda la noche, me levantaría tarde y recorrería el balneario buscando una casita para alquilar y poder, al fin, descansar de mis viajes, bajar al lago por las mañanas y un poco entrada la tarde, leer a la luz del crepúsculo y escribir por las noches, quizá partiendo en lentas caminatas por la costanera cerca de la medianoche. Así, el camino se me hizo más corto. Entré al caserío y en el primer boliche abierto pregunté por un hostal o un hotel. Me guiaron con voces cansadas (¿o creía tan desbordado a mi cansancio que me sentía capaz de contagiarlo al resto del mundo?), con voces que parecían arrastrarse quemando un gran esfuerzo para detenerse al final del recorrido, absortas, pensando que quizá había que seguir adelante pero sabiéndose incapaces de reunir las fuerzas necesarias. Llegué entonces al establecimiento recomendado, pedí una habitación, me duché y bajé a comer. Ordené pescado al horno, acompañándolo con un vino blanco bastante ligero y fácil de tomar. Me acosté temprano, no serían las once, y disfruté de esa inusual (en mí) variedad del sueño en la que la noche se agota en un parpadeo y, al abrir los ojos sintiendo que no ha pasado ni un segundo se descubre, ante la luz que invade la habitación, que ya se está a media mañana y todo el mundo lleva horas despierto. Me lavé la cara, elegí ropa liviana y cómoda, preparado para una buena caminata y, mientras me vestía, creí recordar que muchos años atrás un escultor de la zona —aunque no podía precisar cuál era el pueblo correcto— había tallado una hermosa escultura que representaba un dragón. Los herederos, tras la muerte del artista, prefirieron ubicarla en una de las tantas grutas que se sucedían por los caminos de la serranía. Que buen guiño de la suerte sería encontrarla, pensé, y saliendo de la habitación me asombró el silencio de los pasillos; bajé por la escalera apurando el paso: en la recepción no había nadie, ni tampoco en el comedor o en los sillones de la entrada. Me sentí extraño, transportado a otro mundo. Empujé la puerta de vidrio con un hombro y salí, con cautela, como si todo lo que me rodeara pudiese romperse de un momento a otro. Afuera tampoco había nadie. El pueblo estaba vacío, los autos detenidos en la mitad de la calle. El cielo lucía plateado y no había sol, ni tampoco viento. Las hojas de los árboles colgaban mustias, casi marchitas, no del todo libres de cierta belleza. Caminé en dirección al lago buscando ruidos, rumores, movimientos. Nada. Di una vuelta manzana y miré hacia adentro en todos los comercios abiertos a la mañana un poco fría. Todo el mundo había desaparecido y las cosas parecían estropeadas o rendidas, desenfocadas, fuera de contexto. Tanto las cosas vivientes —pero me refiero exclusivamente a las plantas y los árboles, ya que no había gatos, perros o pájaros por ninguna parte— como los objetos de la vida cotidiana, las máquinas, las estanterías, mesas y sillas, todo, abrumadoramente todo parecía derrotado, muerto después de una mínima agonía o una lucha desencantada y demasiado breve. Qué habrá pasado, recuerdo que me pregunté, ingenuamente. Tuve que caminar un par de cuadras más para entenderlo. En dirección a la cordillera y a la carretera por la que había llegado al pueblo una enorme mancha gris se abría camino, aspirando el horizonte, aspirando las nubes, el cielo, las montañas y la tierra, estirando y anulando las formas como una lente mal tallada apoyada sobre un cuadro o una pupila con cataratas. Era el fin del mundo, o había sido, o estaba siendo. Suspiré, resignado. Aquello parecía acercarse, demasiado despacio. Entendí que no valía la pena indagar cómo me había salvado, si había obrado alguna suerte de escudo en mi sueño profundo o si algo tan simple como mis mantas lograron apartarme del destino del resto de la gente; tampoco tenía sentido preguntarse cuándo me alcanzaría aquella nada o si bastaba con descuidarme para unirme a todas aquellas cosas que habían perdido su ser. Más que nada fastidiado por ver mis planes interrumpidos regresé al hotel, guardé mis pocas pertenencias en la mochila y me la eché al hombro. Baje, salí a la calle (recuerdo con especial claridad que no quise mirar hacia el fin del mundo, aunque no por miedo a constatar que había avanzado) caminé hacia la avenida principal y de allí hacia la ruta del oeste. Algún ómnibus tenía que pasar tarde o temprano (así fuese conducido por demonios), y quizá más adelante podría encontrar un balneario en el que descansar como quería o, en el peor de los casos, volver a la ciudad y dar por terminadas mis vacaciones.

© Ramiro Sanchiz 2010

Puede leer la entrevista que le hizo Sergio Gaut vel Hartman, pinchando aquí.

 

Ramiro_SanchizRamiro Sanchiz nació en 1978, en Montevideo. Trabajó como librero, profesor particular de literatura, filosofía y guitarra y periodista cultural. Ha publicado las novelas 01.lineal (2008, Editorial Anidia, Salamanca, España) y Perséfone (2009, Editorial Estuario, Montevideo, Uruguay).

Cuentos suyos han aparecido en las antologías El descontento y la promesa (2008, editorial Trilce, Montevideo) y Esto no es una antología (2008, Ministerio de relaciones exteriores, Montevideo), además de en las revistas Axxón, Letralia, Artifex, Intercom SF, Freeway, Guita y Narrativas.

Para el 2010 está prevista la publicación de su libro de relatos Algunos de los otros, primer premio 2009 de los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Acerca de Interface Grupo Editor

Editamos en papel 75 números de la revista BEM entre 1990 y 2000 y desde 2003 hasta 2012 mantuvimos el portal BEM on Line. Tras múltiples problemas de software, decidimos traspasar a este blog los principales textos publicados en esos años. Interface Grupo Editor está compuesto por Ricard de la Casa, Pedro Jorge Romero, José Luis González y Joan Manel Ortiz.
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